Introducción
1. Panorama escatológico actual
En la teología actual la «escatología» es un tema relevante, porque va implicado de alguna manera en todos los misterios del cristianismo (cf: «Índole escatológica de la Iglesia peregrinante»: LG 48-51).
Nos interesan aquí los aspectos referentes a las coordenadas escatológicas de la vida cristiana, para aplicarlas después a la escatología vivida por san Vicente. En la escatología –»reflexión cristiana sobre los «últimos tiempos» en la Historia de la Salvación»– tiene un máximo relieve el «acontecimiento escatológico fundamental» (cf LG 48b). Consiste en la venida –»adviento»– del Reino de Dios por el Mesías y en el Mesías, que es Jesús de Nazaret. Todo el Antiguo Testamento anuncia la venida del Mesías, como protagonista, iniciador y consumador del Reino. Con la Encarnación –primera venida– comienzan los «últimos tiempos», o en frase paulina, «la plenitud de los tiempos», que se extiende desde la Encarnación –venida en pobreza y humildad– hasta el juicio universal el «último día» –segunda venida de Cristo en poder y majestad–. Entre estas dos venidas tiene lugar la venida del Reino a cada hombre de cada generación a lo largo de la historia humana. Cada persona humana es, pues, un auténtico acontecimiento escatológico, estrechanente dependiente del «acontecimiento-Cristo». Para esta venida individualizada del Reino, Cristo instituyó su [glesia, que es, a su vez, el principal acontecimiento escatológico después de Cristo. Cada hombre, después de la muerte entra en un estado especial –escatología intermedia– hasta la resurrección de los muertos y el juicio universal. Sólo entonces llegará a su consumación la venida del Reino de Dios.
Podemos resumir el panorama escatológico de esta manera:
- Escatología anunciada: Antiguo Testamento. Escatología realizada en la tierra: Cristo, la Iglesia, cada persona humana.
- Escatología intermedia: Muerte, juicio particular (LG 48d), purgatorio (LG 49a), infierno (LG 48d) y gloria (LG 48d)1
- Escatología consumada: Infierno y gloria.
2. ¿Cómo viene Dios al mundo y cómo va el hombre al encuentro de Dios?
Toda la obra de Jesús en la tierra puede entenderse como la respuesta a esta doble pregunta. Todo el evangelio es, pues, escatología.
Dios viene al mundo por la Encarnación de su Hijo anonadado. Y este anonadamiento –kenosis– llega a su cenit en su muerte ignominiosa en la Cruz (Fil 2, 6-8). La muerte en cruz no fue un fin en sí mismo, sino la manera sorprendente e insondable de revelar al hombre, en nombre de su Padre, el amor que él y su Padre le tienen (Jn 3, 16; 1Jn 4, 10). Fue este amor de Dios-hombre inmolado el que redimió al mundo (Jn 3, 35;12, 32). Por eso toda la escatología –anunciada, realizada y consumada– gira en torno a la venida de Cristo para instaurar el Reino, como el «acontecimiento escatológico fundamental»
Y el hombre va al encuentro del Dios que viene por medio de la conversión y la fe en Jesús –»convertíos y creed al Evangelio» (Mc 1, 15)– sostenidas y alimentadas por la vigilancia evangélica y la oración: «vigilad y orad».
Por la conversión el hombre se orienta, como la brújula, a su norte, que es Dios; por la fe en Jesús encuentra el camino hacia el Padre; por la oración reconoce la grandeza de Dios y su pequeñez, la gratuidad del don del Reino y su absoluta incapacidad para alcanzarlo; y por la vigilancia evangélica permanece de continuo en la espera del Señor y camina anhelante a su encuentro. Cristo nos habla de la conversión y de la fe ya en el primer anuncio del Reino. Son las dos condiciones indispensables para encontrar a Dios. Y en todo el Evangelio, particularmente en el discurso escatológico de los evangelios sinópticos, habla Jesús reiteradamente de la vigilancia y la oración, ya directamente, ya por medio de las parábolas escatológicas. Éstas son las cuatro coordenadas escatológicas que resumen y totalizan toda la vida del cristiano. En ellas naturalmente han de fundarse las coordenadas escatológicas vicencianas.
El encuentro de Dios con su criatura resume toda la revelación. Tiene su expresión más sublime en el diálogo transcendente de la última página de la Biblia: «El Esposo (Cristo) dice: «Sí, vengo pronto»; y responde la Esposa (la Iglesia): «¡Amén, amén! Ven, Señor Jesús»» (Apoc 21, 20).
Coordenadas escatológicas de San Vicente y de la espiritualidad vicenciana
San Vicente fue un cristiano privilegiado por los singulares dones de que fue dotado. Entre ellos destaca el carisma de fundador que le hizo padre y patriarca de una numerosa familia a la que transmitió su espíritu. Pero los dones del Espíritu tienen la finalidad de llevar a su plenitud de diversas maneras la gracia bautismal y capacitar así a cada cristiano para ir al encuentro del Esposo con toda la Iglesia peregrinante. En consecuencia, las coordenadas escatológicas de San Vicente son modos o matizaciones de las coordenadas propias de cada cristiano. Son estas matizaciones características las que intentaremos resaltar aquí.
¿Cómo va Vicente al encuentro del Señor? Todos los estudiosos del santo coinciden en que «la originalidad y riqueza de su espíritu se encuentran más en su vida que en su doctrina» (Ibáñez, 229), si bien es cierto que tuvo conocimientos extensos y profundos –como lo demostró muchas veces en su vida– en toda la gama de las disciplinas de la teología: dogma, moral, derecho, liturgia, ascética, historia de la Iglesia, etc. Esto es también verdad en la escatología. No discute de cuestiones teológicas sobre los «novísimos» –la escatología de entonces–. No tiene tiempo para ello. Simplemente pone a Cristo como centro de su vida y escucha su doctrina. Se deja impactar, sobre todo, por el discurso escatológico de Jesús en los cap. 24-25 de S. Mateo y lugares paralelos. La muerte, el juicio y el infierno producen en él un temor saludable, que impregna su vida, la mantiene en tensión hacia Dios, fortalece su oración y sostiene en él un celo infatigable y un trabajo abrumador. A su vez el premio de la vida eterna, fruto del anonadamiento de Cristo, hace de Vicente un hombre sensible en sumo grado al amor de Cristo y de su Padre. Este amor inefable le «urgirá» en todo momento como a Pablo y le moverá a la fundación de tres grandes instituciones para dar testimonio de este amor de Dios a los hombres, en especial a los pobres, por ser los preferidos de Dios.
El amor y temor de Dios se encuentran, pues, en el subsuelo de la espiritualidad de Vicente y hacen de él un hombre dueño de sí, sereno, siempre igual a sí mismo, humilde, magnánimo, sencillo e impermeable al desaliento.
I. La conversión orienta a Vicente hacia el Señor que viene
S. Vicente no fue un santo que nació hecho. Aunque no fue un gran pecador, como él pensaba, hubo de convertirse a Dios con gran esfuerzo entre pruebas y dolorosas experiencias, conducidas por la mano misericordiosa de Dios. Esto sucedía hacia los 33 años de su edad con ocasión de una tentación persistente contra la fe, que sólo terminó cuando se decidió a consagrarse al servicio de los pobres. Fue un toque divino que le descubrió al Señor Jesús y le mostró su vocación, como peregrino en la tierra. Al considerar el amor con que él nos amó, el pecado se le hizo intolerable, hasta tal punto que de 1638 a 1650 saca a relucir en sus charlas sus «muchos pecados» 105 veces, como diciendo: «límpiame, Señor, más y más de mi pecado». Centrado en Dios por la huida del pecado y la conversión inicial, está ya preparado para»darse» a Dios y a su Maestro. En adelante una actitud de conversión permanente le mantendrá en tensión siempre creciente hacia Dios, que no le permitirá respiro alguno en su prodigiosa actividad.
II. La Fe en Jesús le abre a Vicente el camino hacia el Padre
Desde su conversión, Jesucristo se convierte para el santo en el «acontecimiento escatológico fundamental», que centra, ilumina y plenifica su vida. El Maestro será el Gran Peregrino (Jn 16, 28), a quien Vicente seguirá paso a paso en este destierro. Su fe en Jesús integrará en sí la fe en la Iglesia, pero lo más característico y nuclear de su fe se expresará por tres enunciados: «Cristo, Evangelizador de los pobres», «Cristo anonadado» y «los pobres». Estas expresiones dan razón adecuada de su vida y forman una unidad indivisible. Las tres se aclaran y complementan mutuamente.
1. Cristo, evangelizador de los pobres
S. Vicente se complacía en referirse, en sus charlas a sus tres Instituciones principaies, al don que habían recibido de tener la misma misión de Cristo: ser evangelizadores de los pobres. No sabía cómo expresar su asombro y agradecimiento a Dios. «Yo nunca había pensado en ello», solía decir, «todo ha sido obra de Dios». En efecto, la Providencia le situé en condiciones especiales, como párroco, y después como misionero de las tierras de los Sres. de Gondi, de conocer el abandono del «pobre pueblo» en el orden espiritual y material. Le conmueve la exclamación del Maestro: «Me da lástima de estas gentes, porque están como ovejas sin pastor» (Mc 6, 34). Pronto reparó en el texto de Lucas: «Me ha enviado a evangelizar a los pobres» (Le 4, 18). Sería para Vicente, junto con Mt 25, 40. 45, su texto preferido, la fuente inagotable de su amor a Jesucristo y a los pobres. Con sentido profético admirable intuyó su enorme contenido. Su vida y sus obras serán una maravillosa exégesis del mismo.
Para Vicente de Paúl el titulo de «Evangelizador de los pobres» era el preferido por Jesús. «Sí, evangelizar a los pobres es un oficio tan alto que es, por excelencia, el oficio del Hijo de Dios» (XI, 387). Esto le hacía prorrumpir en exclamaciones llenas de emoción, alegría, agradecimiento y humildad No había duda: éste sería el lema de la Congregación de la Misión. Además las palabras «evangelizar a los pobres» no se reducen, según él, a algo puramente espiritual sino que abarcan todo el contenido del versículo 18: «proclamar la liberación a los cautivos, dar la vista a los ciegos y la libertad a los oprimidos». Incluyen también la respuesta de Jesús a los discipulos de Juan: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan. . (Lc 7, 22). Evangelizar es «hacer efectivo todo el evangelio» (XI, 391). En consecuencia la evangelización va dirigida a la persona, a todo el hombre, para su promoción integra; material y espiritual. Fue una de sus grandes intuiciones, confirmada por la Iglesia del Conc. Vat. II. Sus tres Instituciones siguen promoviendo hoy el progreso material de este mundo (X1, 393ss). San Vicente cree firmemente que la venida del Reino de Dios a este mundo pasa por la promoción integral del pobre, según los designios de Dios.
2. Cristo anonadado
Para san Vicente, Cristo anonadado es el complemento esencial de Cristo, Evangelizador de los pobres. Quiso ser pobre con la extrema pobreza de su anonadamiento para evangelizar a los pobres, humillados como él. Utiliza de ordinario la palabra «anonadamiento» en términos de humildad y obediencia (X, 514-515; X1, 405. 407. 688). Dice algo consolador: ek anonadamiento es en Jesús «puro amor» (XI, 411). La Encarnación y la Redención son para él las dos fases del anonadamiento de Cristo. Fueron, sin duda, un tema preferente de las meditaciones del santo que influyeron poderosamente en su vida.
Fue el amor el origen de este anonadamiento, exclama emocionado san Vicente: «¡Oh, qué amor! ¡Salvador mío, cuán grande es el amor que tenías a tu Padre! ¿Podría acaso tener un amor más grande que anonadarse por él? Pues S. Pablo, al hablar del nacimiento de Dios en la tierra, dice que se anonadó. ¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma en que lo hizo?» (XI, 411). Aquí radica también la humildad legendaria del santo XI, 519-520), que le llevó a verdaderos excesos en el desprecio de sí mismo. De aquí arranca también su célebre dicho: «Démonos a Dios, hermanos míos, démonos a Dios, pero con un amor doliente y compasivo» (II, 9-10) para hacer efectiva la Redención. Por eso añadía: «Nuestro Señor y los santos hicieron más sufriendo que obrando» (II, 10; cf 1, 320). El «servicio de los pobres» tiene también aquí su raíz profunda.
Los pobres
S. Vicente se encontró en su vida con el misterio del pobre, misterio profundo que hunde sus raíces en el misterio de la Encarnación. Dios ya en el Antiguo Testamento nos revela que tiene una querencia singular con lo humilde, lo pequeño, lo pobre. Aparece en los profetas como defensor y vengador de los pobres: el huérfano, la viuda, el emigrante. Elige como Pueblo suyo a Israel, pueblo pobre, desvalido entre poderosos rivales, desconocido entre los grandes pueblos que hicieron la historia. Y Dios mantiene esta elección a pesar de su persistente rebeldía, apostasía e idolatría. A este pobre pueblo pecador le hace portador de la promesa de un Redentor y Signo de la pobre humanidad pecadora. Por fin viene a la tierra el Mesías Redentor, pero ¡de qué manera’ El Hijo de Dios se hace hombre en la Encarnación y muere en la cruz, dando así el supremo testimonio, a la vez, de su amor al hombre y de su anonadamiento ante el Padre. Es decir, Cristo despojándose de su categoría de Dios, se hace pobre con la suma, extrema e infinita Pobreza. Es él, el Israel de Dios, el «pobre de Yahvé» quien se constituye, como nuevo Adán, en representante de la humanidad, pero con una «simpatía» o querencia hacia el pobre por ser el que sufre en cada momento histórico las consecuencias del pecado de toda la humanidad Por todo esto Cristo constituye al pobre en signo de la humanidad pecadora, y se compromete con el pobre de dos maneras: dándoles la primacía en el derecho de recibir la Buena Nueva –»Cristo evangelizador de los pobres»– y, después, identificándose con ellos. De ahí que la suprema norma por la que el hombre será juzgado será su compromiso real con el pobre o necesitado (cf más adelante Juicio Final).
S. Vicente, por un don especial de Dios, fue extremadamente sensible a estos designios divinos y los convirtió en carne de su carne. Los pobres fueron la brújula que le orientó en su camino y el faro que le iluminó en su marcha al encuentro del Señor. Estaba agradecido a los pobres, porque recibía de ellos –decía– mucho más de lo que él les daba. Les veneraba y respetaba como a sus «amos y señores». Eran, para él, los «preferidos de Dios», los redentores de la humanidad, los que nos reconcilian con Cristo Juez, los «porteros del cielo e introductores en las eternas moradas». Las necesidades de los pobres son, para Vicente, las flechas indicadoras de la voluntad de Dios. La justicia, el amor, la paz y progreso de la humanidad en su conjunto pasan por los pobres. El bien del individuo, de la Iglesia y del mundo radica en que los pobres sean atendidos, para sacarles de su estado de necesidad, de desamparo, de opresión. El amor al pobre, por fin garantiza que nuestro amor a Dios y a todas las criaturas sea generoso, gratuito, sacrificado, tal «como Cristo nos amó» (cf pag. 10 y 15-17).
La fe de san Vicente en la Iglesia
Según san Vicente (IX, 382-383), el sermón de despedida de Jesús en san Juan son las conferencias de Jesús con sus discípulos para hablarles del «comienzo, progreso y perfección de la Iglesia». En efecto, la Iglesia es la «comunidad escatológica de Jesús» (LG). La Iglesia es parte integrante de la fe cristiana. Es también la madre que nos lleva en su seno hasta que nos dé a luz para la eternidad en la muerte. San Vicente creyó, amó y sirvió a la Iglesia.
La Iglesia era para él la prolongación de Cristo en la historia humana y la garante de la seguridad y certeza inconmovibles de nuestra fe en Jesús. Vicente se adelantó a nuestros tiempos considerando a la Iglesia como «peregrina» (A. Dodin, Pervivencia de un fundador, 49) que nos lleva en su seno en camino al encuentro de su Esposo.
La Iglesia en que cree es la «Iglesia de los pobres». Su opción por los pobres es la garantía de que es guiada por el Espíritu Santo. «¡Qué dicha para nosotros, los misioneros, poder demostrar que el Espíritu Santo guía a la Iglesia, trabajando como trabajamos por la instrucción y la santificación de los pobres!» (XI, 730}.
La Iglesia es, por fin, para él, el «lugar:del Espíritu Santo»: «Su Santo Espíritu preside en los concilios y de él proceden todas las luces diseminadas por toda la tierra, que han iluminado a los santos, ofuscado a los malvados, aclarado las dudas, manifestado las verdades, descubierto los errores y señalado el camino por el que puede caminar con seguridad la Iglesia en general y cada fiel en particular» (XI, 803-804).
Su amor a la Iglesia se manifestaba en el gozo que sentía por sus triunfos y más todavía en la aflicción por sus males. Era grande el temor que tenía de su desaparición en toda Europa. Con frecuencia hablaba a los misioneros de esto (XI, 242- 246) y de la gran responsabilidad de los sacerdotes en los males de la Iglesia y de las naciones cristianas (V, 541). Por eso, sin duda, le dio a su Congregación como segundo fin la «formación del clero» (Const. 1, 3).
La vida del santo fue un continuo servicio a la Iglesia de Jesús en cumplimiento de su compromiso bautismal. Se sentía corresponsable con ella en todo:
Su obediencia a los concilios, al Papa y a los Obispos fue exquisita (1, 341; X1, 692). «Le he ofrecido a su divina Majestad nuestra pobre Compañía para ir a donde su Santidad ordene.» (II, 45). Decía que su Congregación pertenecía a la «religión de S. Pedro».
Con las Instituciones de las Hijas de la Caridad y de la Cofradía de la Caridad llenó un hueco importante en el apostolado de la Iglesia, incorporando a éste el apostolado activo insustituible de la mujer cristiana, que estaba olvidado.
S. Vicente mimó las misiones «ad Gentes» con un amor a veces heroico: «Juzgamos felices a los misioneros que han muerto como hombres apostólicos por la fundación de una nueva Iglesia» (X, 536).
Fue un luchador esforzado contra las herejías de su tiempo, y en especial el Jansenismo. En la defensa del dogma cristiano es donde manifiesta sus profundos conocimientos teológicos (XI, 804; cf XII, Jansenismo y aquí).
Vicente tuvo también en cuenta «la índole escatológica de la Iglesia», viviendo con gran devoción el dogma de la «comunión de los santos». Conserva un recuerdo vivo y tierno de los difuntos de sus tres Obras, a los que dedica, cuando puede, conferencias necrológicas admirables –se conservan nada menos que 17–, en las que les prodiga grandes elogios. Con especial compasión y cariño se preocupa de los difuntos del Purgatorio, corno más necesitados, asegurándoles múltiples sufragios (cf XII, Difuntos).
5. La fe de Vicente en la Virgen María
Dice el Conc. Vat. II: «La Madre de Jesús precede en la tierra con su luz al peregrinante Pueblo de Dios, como signo de esperanza cierta y de consuelo, hasta que llegue el día del Señor» (LG 68). La vida de Vicente estaba impregnada de esta doctrina escatológica. Consideró siempre a la Virgen María como su madre, guía y protectora en su peregrinación al encuentro del Señor. La invocaba con fervor en sus dificultades y peligros. Profesaba con el «credo» de la Iglesia que María era parte integrante de la fe en Cristo por ser su Madre. Para san Vicente la altísima dignidad de ser Madre de Dios fue la fuente de todos los dones y privilegios de María. «La Encarnación santificó y divinizó en cierto modo a la Sma. Virgen, y como perseveró en medio de sus dificultades. . fue glorificada por encima de los ángeles» (cf X, 937; marianismo vicenciano). En las reglas a sus misioneros (X, 509) labia del culto a María a continuación del culto a los misterios de la Trinidad, la Encarnación y la Eucaristía. Por ello san Vicente honró a la Virgen con una veneración especial.
Ofreció a María sus tres Obras, y recomendaba el ofrecimiento indivividual a sus miembros: «Prometamos entregarnos a su divino Hijo y a ella misma sin reserva alguna, a fin de que sea ella la guía de la Compañía (H. de la C.) en general y de cada una en particular» (IX, 1140). Invocaba con oraciones llenas de unción, confianza y ternura a María, como Madre virginal de Jesús, madre nuestra, madre de misericordia, patrona, fundadora y guía de sus Obras (cf IX, 1078, 1147); habla repetidas veces de la obligación de invocar a María (cf XII, María (Virgen); recomienda el ayuno en las vísperas de sus fiestas y termina sus cartas con la fórmula: «Soy en el amor del Señor y de su santa Madre».
Invita en sus charlas a imitar a María. María es el modelo de todas las virtudes. Habla en especial de su amor a Dios, conformidad con su voluntad, humildad, perseverancia, amor al recogimiento, modestia, trabajo, sumisión, delicadeza, castidad, etc. (cf XII, María (Virgen). Además san Vicente tuvo el carisma de saber transmitir su amor a María a los miembros de sus Obras. Fomentaba en particular la celebración solemne de las fiestas de María, el rezo del «Angelus», el Rosario, las letanías de Ntra. Señora y la Salve.
Vigilancia
La palabra escatológica «vigilad» repetida tantas veces por los sinópticos se refiere primariamente a la preparación de los hombres para salir al encuentro del Señor en la hora de la muerte y en el juicio universal que son las venidas decisivas: la primera para cada hombre y la segunda para toda la humanidad. La destrucción de Jerusalén parece ser, en la mente de Cristo, el signo prototípico del juicio universal. Pero las parábolas escatológicas nos enseñan que «vigilad» se aplica también con todo rigor a la preparación continua para recibir al Señor que viene al encuentro de cada hombre a lo largo de su vida.
Los estudiosos de san Vicente han resumido su vida en acción y contemplación. Sin pretenderlo, nos han dado en estas dos palabras la mejor exégesis del «vigilad y orad» evangélico como compendio de la vida del cristiano. San Vicente nos define lo que entendía por «acción» en dos palabras: «Buscad, buscad (el Reino de Dios), esto dice preocupación, esto dice acción (X1, 429). Se trata, pues, de una actitud de espera tensa pero con obras, de una vigilancia activa. Toda la pastoral vicenciana tiene este carácter. Oigamos al santo: «Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios; pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente» (XI, 733).
Veamos ya cómo se realizaron en la vida de Vicente las parábolas escatológicas de Cristo sobre la vigilancia, es decir, cuáles son las modalidades propias de su acción en el cumplimiento de estas parábolas: la higuera, el mayordomo infiel, las diez vírgenes, los talentos, el juicio universal.
1. La higuera (Mt 24, 32-35; Mc 13, 28-32; Lc 21, 29-33)
Jesús en la parábola nos enseña que, en la espera del Señor, los hombres deben prestar una atención permanente a los «signos» anunciadores de cambios –hoy diríamos, por ejemplo, el desplome inesperado del comunismo ateo en el mundo–, a través de los cuales la historia, dirigida por la Providencia, camina imparable hacia la venida gloriosa de Cristo. San Vicente fue un gran devoto de la Providencia y un atento observador de los «signos de los tiempos». Es realmente un profeta que se adelantó a los tiempos actuales. Las palabras magistrales pronunciadas por Pablo VI el 16 de abril de 1969 parecen una interpretación exacta de la doctrina y práctica de san Vicente: «En todo el universo creado podemos encontrar señales que son como el puente que nos une con el mundo inefable del Dios escondido. Se debe concretar en el tiempo, es decir, en el curso de los acontecimientos, aquellos signos que nos pueden dar alguna noticia de la amante Providencia de Dios o su acción secreta, o con la posibilidad, disponibilidad o exigencia de una acción apostólica» (cf tambien GS, 11). San Vicente recomienda siempre no retrasarse ni adelantarse a la Providencia, sino escrutar, a la luz de la fe, los acontecimientos hasta ver en ellos signos claros de la voluntad de Dios; pero una vez conocida es preciso seguirla con fortaleza y plena confianza, aunque sus designios nos sean desconocidos. El santo actuó, según estos criterios, con el jansenismo y el protestantismo. En el jansenismo descubrió un gran peligro para la Iglesia. Esto le instó a un gran esfuerzo para desenmascarar y hacer condenar cuanto antes a los sutiles profetas de la herejía. El protestantismo le hablaba a su vez de la urgente necesidad de reforma de la Iglesia Las respuestas de san Vicente a esta necesidad fueron la formación del clero y las misiones «ad Gentes» para implantar la Iglesia en otros lugares.
Pero en relación con los signos, lo más importante en el santo fue haber intuido que las necesidades de los pobres, a escala individual o social, son siempre signo infalible del querer de Dios en la vida de cada hombre o en la historia humana, y que su cumplimiento por el hombre es la condición de todo progreso en la justicia y en la paz. La necesidad del pobre es, para él, como un fuego que se enciende en la «casa» –individuo, familia, ciudad, nación, región–, que es necesario apagar –remediar– cuanto antes. Entonces «se tocan las campanas a fuego», para que toda la vecindad –individuos, familias, ciudades, naciones, regiones– acuda urgentemente a extinguir el fuego, es decir, remediar la necesidad. Esta intuición movilizó todas sus energías y le llevó a la fundación de sus tres grandes obras y a su prodigiosa fecundidad en la práctica de las obras de misericordia, materiales y espirituales. San Vicente sólo pudo encontrar la alegría interior y la paz de su alma en la certeza y seguridad de que la dedicación suya y de sus instituciones a los pobres era el signo claro de que estaba cumpliendo la voluntad de Dios. Por eso decía: «Todo el mundo piensa que esta Compañía es de Dios, porque se ve que acude a las necesidades más apremiantes y más descuidadas» (XI, 396).
2. El mayordomo infiel (Mt 24, 45-51; Lc 12, 41-48)
La parábola responde, según Lc., a esta pregunta de Pedro a Jesús: «Señor, ¿dices esta parábola –la del siervo que espera la llegada del Señor– para nosotros o para todos?» (Lc 12, 41). Jesús en su respuesta nos enseña la transcendencia del servicio al prójimo. Todos los hombres son prójimos porque son solidarios unos de otros (cf Ecclo 17, 14). Todos son «mayordomos y sirvientes en la «casa» del Señor. Pero a mayor autoridad o mayordomía, mayor responsabilidad en el servicio (Sab 6, 1-8), «al que mucho se le dio, mucho se le exigirá» (Lc 12, 40). Está en «autoridad» todo el que tiene ascendiente –por la influencia, el dinero, la nobleza, el poder, la cultura, etc.– sobre sus hermanos, que entonces se convierten en sirvientes, en pobres respecto de él.
S. Vicente fue el «siervo fiel y prudente» de la parábola, que salió gozoso al encuentro de su Señor, poniendo toda su «autoridad» al servicio del prójimo en la persona de los pobres. He aquí algunas características de su servicio:
Su servicio fue universal, como universal es el mandamiento del amor. Cada persona era para él hija de Dios y hermana suya. Estuvo siempre a disposición de Papas, Obispos, reyes, ricos y pobres, nobles y plebeyos. Prestó sus servicios de infinitas maneras, unas veces por propia iniciativa, otras porque era requerido, pero siempre guiado por la Providencia.
La «opción por el pobre». Fue la principal característica de su servicio. «Servicio a los pobres» es una expresión estereotipada, repetida miles de veces por el santo. Era algo consustancial a su vida y a la vida de sus Obras. En un texto magistral nos da el sentido de este servicio: «No podemos asegurar mejor nuestra felicidad eterna que viviendo y sufriendo en el servicio de los pobres, en los brazos de la Providencia y en una renuncia actual a nosotros mismos para seguir a Jesucristo» (III, 359). Los pobres eran –decía– «mi peso y mi dolor», porque en ellos se ceba siempre la injusticia de los hombres. Él mismo se sentía responsable por sus pecados, llegando a prorrumpir en exclamaciones patéticas que nos parecen excesivas «¡Miserable!, no has ganado el pan que comes, el pan de los pobres». Esta situación de su alma creaba en él un ansia irrefrenable de justicia que le obligaba a emplear todos los resortes de su inventiva inagotable en la defensa de toda causa justa. Era Vicente como el ejecutor de la justicia de Dios, que se compadece, ama, defiende y venga a los pobres. Movilizó a las clases superiores, nobleza y clero hacia el pobre. La dignidad del pobre era algo intocable, por lo que exigía de los suyos un trato delicado, hecho de «humildad, dulzura, tolerancia, paciencia y respeto» (cf XI, 588-589) y rebosante de «alegría, entusiasmo, constancia y amor» (cf IX, 534).
El servicio del santo iba dirigido a unir; armonizar y reconciliar a los hombres y a las clases. Nada de violencia! La justicia vendrá por la caridad, no la caridad por la justicia. Acercaba los ricos a los pobres por medio de un compromiso serio no sólo con sus bienes sino con la dedicación de sus personas, cuando era posible. En las Cofradías de la Caridad se daban ejemplos magníficos de esto. Y acercaba los pobres a los ricos elevándoles a una mayor conciencia de su dignidad y a un nivel social más alto, por medio de la ayuda material, la instrucción, la educación y la formación profesional, para que pudiesen valerse por sí mismos y ganarse honestamente la vida.
El servicio era siempre «en Dios y por Dios», es decir, alimentado por la fe. No hay otro camino para que el servicio del hombre al hombre sea desinteresado, gratuito y eficaz, como el amor de Dios a su criatura. No se precipitaba en el servicio. Lo consultaba con Dios en la oración y aguardaba a que hablasen las señales de la Providencia. San Vicente invita sin cesar a los suyos a «entregarse a Dios para servir a los pobres». En las Reglas de las Hijas de la Caridad estampó esta primera Regla de Oro: «El fin principal para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar a Nuestro Señor Jesucristo co mo manantial y modelo de caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres» (X, 874; Const. HH. de la C. :1. 3).
3. Las diez vírgenes (Mt 25, 1-13, Mc 13, 33-37; Lc 12, 35-40)
Esta parábola es una joya del Evangelio con referencia directa a nuestro tema escatológico. Jesús, de una manera un poco velada, nos habla de la transcendencia de la muerte para el hombre representado en las vírgenes. Y esto, porque sucede una sola vez, porque llega inesperadamente, porque de ella depende la eternidad feliz o desgraciada, porque a la muerte sigue el juicio inapelable: «Señor, ábrenos», «no os conozco». Jesús no pretende amedrentarnos, sino que el hombre «tema a Dios» –en sentido biblico–, para que tome la vida en serio y se prepare para ese momento. Jesús añade la nota entrañable de su amor inefable al hombre con las imágenes de novio y novia. Él quiere entregarse a los hombres como sus esposas y los hombres están destinados a él, como a su Esposo.
Podemos decir que en esta parábola está contenido el subsuelo de la espiritualidad vicenciana. Veámoslo:
a) El amor de Dios al hombre y del hombre a Dios. san Vicente está penetrado del amor que Dios le tiene a pesar de su indignidad. Esto le parece tan increíble que lo tiene como escandalizado. De este sentimiento profundísimo surge, como réplica, su célebre «darse a Dios» y «dar testimonio del amor que Dios nos tiene», para conseguir que los hombres, y particularmente los pobres, se dejen amar por Dios. «No me basta con amar a Dios si mi prójimo no le ama. He de amar a mi prójimo como imagen de Dios y objeto de su amor, y obrar de manera que, a su vez, los hombres amen a su Creador… que los ha amado hasta el punto de entregar por ellos a la muerte a su único Hijo» (XI, 553-554).
El santo comprendió bien que el aceite, en la mente de Jesús, era el punto central de la parábola. El «aceite» de las obras de misericordia –juicio final– es el que alimenta la vida teologal de la fe, esperanza y caridad. «Les faltaba aceite en sus lámparas, esto es, no tenían caridad» (IX, 64. III. 1140). El aceite, además, mantiene encendida la lámpara del testimonio ante los hombres (XI, 414-415. 435). He aquí, pues, otro pilar sólido de la espiritualidad vicenciana: el «amor efectivo», al que el santo da gran preponderancia sobre el «amor afectivo» (XI, 733-734).
b) El temor de Dios. Dios conoce al hombre, lleno de pasiones y proclive por su sensibilidad a dejarse arrastrar de las cosas materiales que le envuelven, le fascinan, le dificultan la reflexión y le vuelven descuidado y olvidadizo. Por eso trata misericordiosamente de infundir al hombre un temor saludable que le mantenga fiel –»en forma»– a su eterno destino glorioso. Este temor nace con el pensamiento de la muerte, juicio e infierno. Jesús nos recuerda esto en la parábola, pero dando un relieve especial a la muerte por ser un hecho evidente, universal e inminente. Nada repite Jesús con más insistencia en el discurso escatológico: «Estad preparados», «vendré como ladrón», «no sabéis el día ni la hora».
Vicente vivió intensamente estas verdades. Por eso, un temor saludable le acompañó en su vida y fue una de las profundas raíces que vivificaron su espiritualidad. Este temor marca todo su apostolado. «Al principio, nos dice, no tenía otro sermón que el de «temor de Dios», para salvar al pueblo», «La salvación de los pueblos es algo tan grande que merece cualquier esfuerzo. . no importa que muramos con las armas en la mano: es la más gloriosa y la más deseable» (VI II, 239). Este temor impregna la explicación de esta parábola a las Hijas de la Caridad (IX, 1139-1147), y lo mismo las misiones populares y en particular la confesión general en ellas. «El temor de los juicios de Dios» llegó a ser una expresión habitual de san Vicente.
c) Nostalgia de las «bodas eternas». La parábola, por fin, exhala como un suave perfume de nostalgia de las «bodas eternas», que acaparaba al corazón de Jesús. Siente nostalgia no sólo de su Padre sino de las bodas que celebrará en el cielo con la humanidad. San Vicente era muy sensible a esta dulce esperanza de las bodas: ¡él que tanto trabajaba y sufría! En la explicación de la parábola hay un momento en que exclama: «Cuando él venga, os abrazará como esposas, ya que siente un amor tan grande a las almas que le son fieles, que no hay ningún esposo que quiera a su mujer tanto como él quiere a las almas» (IX, 1142; cf IX, 784-785). Y en su célebre exhortación a un hermano moribundo dice: «Si sus pensamientos le dicen que es una temeridad el que un pobre deudor y un mal esclavo aspire a las caricias y besos del Esposo, dígales que es Dios quien lo manda y lo desea» (XI, 66). Con la esperanza del cielo san Vicente moderaba el pensamiento de la muerte: «El pensamiento de la muerte es bueno y nuestro Señor lo ha aconsejado y recomendado, pero tiene que ser moderado» (VI II, 323-324). Emociona también la ternura con que habla de la «Misión del cielo» en sus conferencias necrológicas.
4. Los talentos (Mt 25, 14-30; Mc 13, 34; Lc 19, 11- 27)
Jesús nos enseña aquí que, en la espera del Señor, el hombre ha de darse al trabajo de cada día, para que, al llegar el Señor, pueda presentarle los intereses de la hacienda recibida. El trabajo, pues, consiste en «negociar» con los talentos -dones recibidos de Dios-, para producir abundantes frutos en proporción a los talentos recibidos. Al final de la vida los hombres serán severamente juzgados del uso hecho de los dones. Los que hayan hecho «buen negocio» serán agasajados espléndidamente, pero los que hayan desperdiciado sus dones serán condenados hasta a la pena del infierno. Esta pena no nos parecerá exagerada, si pensamos que el trabajo es una de las condiciones esenciales del amor.
Vicente fue un gran «negociante». Dio frutos espléndidos para los pobres, la Iglesia, la sociedad, en su presente y en el futuro. Fue realmente un coloso en el trabajo. Sobre lo que es y significa el trabajo tuvo una intuición profunda que partió de este texto de san Juan: «Mi Padre trabaja hasta el presente, y yo también trabajo» (Jn 5, 17). San Vicente explicó su pensamiento en una charla sobre el trabajo a sus Hijas (IX, 439- 452). Dios es el primer trabajador y arquetipo de todo trabajador, porque es esencialmente activo. Produce frutos exquisitos, divinos, que le son propios: la generación del Verbo, la expiración del Espíritu Santo por el Padre y el Hijo, la creación y conservación de! universo, la Redención. . y el concurso que presta a todas las criaturas –también al hombre– para que puedan existir y obrar (IX, 444- 445). En virtud de este concurso todas las criaturas trabajan con él sin problema, cumpliendo los designios de su Creador. ¿Todas?. . Sí, todas menos el hombre que, abusando del mayor don recibido que es la libertad, puede contrariar por el pecado los designios de Dios.
a) El precepto del trabajo. Si el hombre no hubiera pecado, no habría necesitado este precepto. El trabajo habría sido para él algo espontáneo y gozoso. Pero, al pecar, Dios le hizo explícito el mandamiento, añadiendo una cláusula onerosa: «Trabajarás, con el sudor de tu frente, para comer tu pan» (Gen 3, 17-19). San Vicente da gran importancia a la cláusula onerosa, «con el sudor de tu frente», que acompaña a todo trabajo humano. El santo siente como escrúpulo de dedicarse a trabajos más llevaderos que los trabajos manuales de otras personas, como los pobres. Le entusiasma S. Pablo, porque se ganaba el pan con un trabajo «extra». Siente también como añoranza de aquellos años en que era costumbre en la Iglesia que todos trabajasen de esta manera. Y añade: «Dios sabe con cuánto gusto lo haría (yo), pero no podemos hacerlo y tenemos que humillarnos» (IX, 448-449). Por eso se mostraba solidario de los que se dedican a trabajos duros y recelaba de otras maneras de vivir, que entrañan serios peligros de olvidarse de los pobres, perder la austeridad de vida y hacerse insolidarios de los que hacen posibles las comodidades de la vida de los demás con trabajos menos cualificados y más duros. Así se entiende mejor la acusación que hacía de sí mismo: «¡Miserable!, ¿te has ganado el pan que comes, ese pan que te viene del trabajo de los pobres?» (XI, 120-121).
b) Solidaridad con la comunidad humana. A san Vicente le agrada poner el ejemplo de las hormigas y las abejas, por su laboriosidad incansable, pero, sobre todo, por su solidaridad. Trabajan por la subsistencia de la comunidad, y sólo así subsiste cada una. Se imagina el santo que una comunidad humana trabajadora y solidaria sería perfecta y feliz. El hombre, dice, tiene que «ganarse la vida, para no ser gravoso a los demás». Añade que el agradecimiento es también expresión de solidaridad con toda la humanidad –también los pobres– que trabaja para cada persona, proporcionándole alimento, vestido, habitación, cultura, medicinas, etc. Por eso, cuando se excluye a los pobres de estos frutos del trabajo de todos, estamos realmente comiendo el pan de los pobres.
c) Colaboración con Dios en la obra de la creación. Éste es para san Vicente el motivo más relevante del trabajo. Dios ha hecho al hombre el gran honor de admitirle como colaborador suyo en la creación y, por la gracia, también en la redención. Para esto le presta su concurso y su gracia. Dios espera del hombre que secunde los designios de su Providencia para que se logre el progreso del pueblo de Dios y de toda la familia humana. Sólo de esta manera la persona humana puede «salvarse»: aquí, por su realización plena en la tierra como hombre e hijo de Dios, y, en la escatología consumada, por la posesión de la «vida eterna». A esta colaboración del hombre san Vicente la llama de ordinario «fidelidad» en sus comentarios a Mt 25, 21 y a Lc 16, 10 y 19, 41 (IX, 297. 564. 567; Xl, 270. 392. 775).
Por ser colaboradores de Dios, que todo lo hace bien, san Vicente exige el trabajo bien hecho. Esto requiere la rectitud de intención para «agradar a Dios» y «honrar el trabajo duro y fatigoso de nuestro Señor». Dice el santo hermosamente: «hay que hacer las cosas. . más por encontrarle a él allí que por verlas hechas» (XI, 430), ya que si no, «las obras. . son una moneda falsa, porque no está acuñada con el sello del príncipe, ya que Dios mira las obras, sólo si se ve en ellas y se las dedicamos» (XI, 447). Para que el trabajo sea una obra bien hecha, san Vicente añade tres condiciones: que trabajemos en bien del prójimo, que se destierre el espíritu de avaricia –acumulación de bienes, consumismo– e igualmente el espíritu de vanidad, que es idolatría, al atribuir el hombre a sus habilidades, ciencia, técnica, etc. lo que sólo pertenece a Dios, con desprecio de lo que nos advierte en un precioso texto bíblico (Deut o, 7-18).
Ante este cúmulo de consideraciones, a san Vicente se le hace incomprensible la pereza y la ociosidad, que son la antítesis del trabajo. Las fustiga con extrema severidad en sus charlas (IX, 397-398; X, 486. 533-534; XI, 120-121). Con el libro sagrado exclamaba: «Id, perezosos, aprended de la hormiga lo que es preciso que hagáis» (Prov 5, 6; IX, 443).
5. El juicio final (Mt 25, 31-46; Lc 4, 17-21; 15, 1- 32; 16 1-12. 19-31)
Es la parábola más comentada por san Vicente y la que inspira en profundidad su doctrina de la entrega a Dios, para el servicio de Jesucrisco en los pobres y de los pobres en Jesucristo. Jesús concreta y complementa en ella el contenido de las parábolas del mayordomo infiel y de las diez vírgenes. En las primeras Jesús pasa, en visión prospectiva, de las obras al juicio, mientras que, en el juicio final va, en visión retrospectiva, del juicio a las obras. Jesús hace estas concreciones: El Señor que se aguarda es el «Hijo del hombre», que vendrá al final de la historia como Juez y Rey universal en gloria y majestad; las sentencias serán claras, inapelables, eternas, y separarán tajante y definitivamente la zizaña del trigo. Sobre todo, completa las parábolas anteriores con algo inaudito, inesperado, increíble, enunciado con juramento por estas palabras: «En verdad os digo que cuanto hicisteis –o dejasteis de hacer– con uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis –o conmigo dejasteis de hacerlo–» (Mt 25, 40, 45). Palabras que dejaron aturdido a Vicente y, junto con las otras de Lc 4, 18, cambiaron su vida, le mantuvieron en actitud de conversión permanente en la espera del Señor y le impulsaron a una entrega a Dios cada día más comprometida con los pobres.
¿Quiénes eran, para san Vicente, los «hermanos míos más pequeños»? ¿Qué quiere decir «a mí me lo hicisteis»? Vicente no entraba en discusiones teóricas. Sencillamente creyó estas palabras en toda su literalidad y trató de ajustar a ellas su vida y la de los suyos. En los «hermanos de Jesús» ve los pobres en toda su amplitud, los necesitados. A su vez en las palabras «a mí me lo hicisteis[/note] vio claramente una «misteriosa identificación de Cristo con el pobre». A la luz de la Biblia descubrió la «simpatía» de Jesús y de su Padre con los pobres de tres maneras:
- Dios infinitamente misericordioso se vuelve siempre con entrañas de compasión ¡qué misterio! –a todo lo humilde, desvalido, pobre, despreciado, olvidado, arrinconado, miserable, empecatado.
- Los pobres son la imagen de lo que fue su vida en la tierra: él sufrió pobreza, hambre, sed, desnudez, desprecio, cárcel, abandono hasta de su Padre, ser tenido por loco…
- Cristo se hizo hombre a imagen del pobre: siendo el Hijo Unigénito del Padre, se anonadó en el misterio de la Encarnación y Redención. Dios se hizo pobre criatura. Ésta fue la extrema e infinita pobreza de Cristo.
a) Identificación de Cristo con el pobre. Esta palabra se utiliza hoy en el doble sentido de «solidarizarse con otro haciendo causa común con él» o «identificarse con otro, por tener las mismas creencias, propósitos, deseos, sentimientos… que él». Para san Vicente, la presencia misteriosa de Cristo en el pobre es algo mucho más profundo. Las principales fórmulas con que S. Vicente expresa esta identificación son éstas:
- Nuestro Señor está en la persona del pobre (V, 592 y otros).
- Los pobres representan a la persona de Nuestro Señor (XI, 726 y otros).
- Nuestro Señor considera como hecho a sí mismo lo que se hace con los pobres (V, 578;IX, 302. 414 y otros)
- Al servir a los pobres se sirve a Jesucristo (IX, 02).
En otros textos san Vicente adorna, aclara y completa estas fórmulas con expresiones muy significativas. Es obligado ponerlas aquí:
- «Los pobres son los miembros doloridos de Cristo» (VI, 459; X1, 393)
- «Una hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará a Dios en ellos… Esto es tan verdad como que estamos aquí» (IX, 240)
- «Nuestro Señor es, junto con ese enfermo, el que recibe el servicio que le hacéis, porque representa a la persona de Nuestro Señor» (IX, 916).
- «Los pobres son los preferidos de Dios…Reconozcamos delante de Dios que los pobres son nuestros amos y señores, y que somos indignos de rendirle nuestros pequeños servicios» (XI, 273).
- «Los pobres son nuestros amos, son nuestros reyes… hay que obedecerles, ya que Nuestro Señor está en ellos» (IX, 1137).
- «Haceos amigos con vuestras riquezas, a fin de que os reciban en las eternas moradas. . Por tanto debéis tratarlos con mansedumbre y respeto… ya que el Señor lo considera como hecho a sí mismo… Si él está enfermo, yo también lo estoy; si está en la cárcel, yo también» (IX, 1194).
- «No hemos de considerara los pobres. . según su aspecto exterior. . pues con frecuencia son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ellos los que representan al Hijo de Dios; él casi no tenía aspecto de hombre en su pasión y pasó por loco entre los gentiles» (XI, 725).
- «El está en esos pobres privados de razón… Cuando vayáis a verlos, decid: Voy a ver en ellos la Sabiduría Encarnada de Dios, que quiso pasar por loco» (IX, 750).
La fórmula complexiva que resuma estos dichos podría ser ésta: Jesucristo está en los pobres, miembros doloridos y preferidos por Nuestro Señor, que representan a Jesucristo pobre y anonadado, en virtud de aquellas palabras: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis».
b) El misterio de la identificación de Cristo con el pobre. ¿En qué consiste esa misteriosa identificación o presencia de Cristo en el pobre que se adivina en los textos de san Vicente? Hoy se oye hablar cada vez más entre los teólogos y el pueblo de Dios, del «sacramento de los pobres». Esto es debido a los datos de la Revelación en el Antiguo y Nuevo Testamento, a la doctrina de los Stos. Padres y a la opción preferencial de la Iglesia por los pobres en toda su historia. Con esta expresión se alude a una especie de sacramento universal instituido por el Señor con validez para los hombres de todos los tiempos, sin excluir a los ateos. El sujeto apto para identificarse con Cristo es cualquier hombre en necesidad, en la medida de su gravedad y desvalimiento. Su identificación misteriosa con Cristo se realizaría por virtud de las palabras de Cristo en la solemne fórmula que él enuncia con juramento: «en verdad os digo…». Estas palabras, según esta doctrina, crean por su eficacia infinita una nueva realidad, a saber, la identificación de él con el pobre, que es distinta de otras identificaciones, como por ejemplo, la de la vid con los sarmientos.
La consecuencia de esta identificación es crucial para el destino eterno del hombre. Comprometerse con el pobre –asistirle– o no comprometerse, es, según se deduce de las sentencias, nada menos que creer en Cristo y aceptarle, o no creer y rechazarle. Y esto es independiente de que, aquel que hace la obra de misericordia o el que la recibe, haya recibido o no el anuncio expreso de Jesús. Ahora bien la fe al menos implicita, en Jesús es necesaria para la salvación, como lo afirma tantas veces el Nuevo Testamento y ha enseñado siempre la Iglesia. La doctrina del «sacramento de los pobres» nos da una excelente explicación de la identificación expresada por los textos del santo.
Otra consecuencia de singular transcendencia es que Cristo, por virtud de este «sacramento universal», unifica, al parecer, los mandamientos de amor a Dios y al prójimo en un solo objeto que sería Cristo identificado con el pobre y viceversa. Así el Dios invisible se hace visible en el pobre, para poder ser creído y amado por cualquier hombre (cf 1Jn 4, 20). Digamos también que, a la luz de esta doctrina, se resuelve la aparente antinomia de la salvación «dentro o fuera de la Iglesia», igualmente brilla con nuevo fulgor la transcendencia de las obras de misericordia y se capacita al hombre para que ¡pueda dar algo! en la persona del pobre a aquel de quien lo recibe todo.
Concluyamos: Jesús quiere que la pobreza y abatimiento de su vida mortal sean contemplados en el pobre hasta que él vuelva. Quiere seguir sufriendo en el pobre y compartir con él las necesidades que experimentó en su vida. El pobre se convierte, pues, en «memoria viva e imagen viviente» de su pobreza y anonadamiento, tanto más cuanto que el pobre es miembro «dolorido» del Cuerpo místico de Cristo, «Nuevo Adán». (cf J. Sendra, La identificación de Jesucristo con el pobre, p. 101-134).
La oración
La oración es una de las coordenadas escatológicas fundamentales de la vida cristiana. Con la «vigilancia» forma una unidad indisoluble, expresada por el dicho castellano: «A Dios rogando y con el mazo dando», traducción magnífica del «orad y vigilad» de Jesús. Son la «contemplación y acción» de Vicente de Paúl. El tema de la oración es estudiado ampliamente en otros lugares de esta obra. Tocaremos nada más los puntos más relacionados con nuestro tema.
S. Vicente dijo: «Dadme un hombre de oración y será capaz de todo». Sin pensarlo, acertó a dar la mejor explicación de la fecundidad de su propia vida. La oración está enraizada en la entraña de la realidad humana del hombre peregrino, que consiste en vivirse como criatura, hijo y pecador ante Dios hacia el que camina por ser él nuestro Creador, Padre y Redentor.
El dogma de la creación influyó poderosamente en la vida de san Vicente. Estaba penetrado hasta los tuétanos de su pequeñez como criatura y de la grandeza de Dios, su Señor y Creador. Se sentía, pues, absolutamente dependiente de Dios. Sabía que todo pecado, desde el primero de Adán, es un intento de suplantar a Dios, y que el reconocimiento de su soberanía condiciona de raíz la realización de la persona humana. Por algo Jesús en el «Padre Nuestro» nos pone como primera petición, «sea reconocido que tú eres el único Dios», y en la sexta «no nos dejes caer en la tentación» de querer «ser como Dios». De este reconocimiento brotó en el santo su espiritu de adoración y anonadamiento ante la Majestad de Dios; igualmente su proverbial humildad, su acudir a Dios como mendigo en todo instante, su temor de Dios.
Por otra parte los dogmas de la Encarnación y Redención grabaron a fuego en su alma el amor inefable del Padre y de su Hijo al hombre pecador, hasta hacerle hijo suyo Este amor inefable fue para el santo la fuente inagotable donde bebió aquella caridad que darramó a manos llenas sobre la tierra. Ahora la oración se convirtió para él en la respiración de su alma, en viático de su peregrinación, en alimento que sostenía y acrecentaba su fe, esperanza y caridad. Su oración de hijo era filial, íntima, rebosante de compunción, agradecimiento y alabanza. Inflamado por la oración prorrumpía en exclamaciones espontáneas que se le escapan en sus pláticas, conferencias y repeticiones de oración; y de manera especial en las oraciones preciosas con que termina a veces sus charlas.
Vicente aparece en la oración enamorado de su Maestro. «Oh Salvador, oh Salvador», decía. La imitación de Jesús era el objeto preferente de sus meditaciones. Con la llave de la oración penetró en el Corazón de Jesús y sorprendió allí los sentimientos íntimos de su Espíritu: la experiencia vivísima del amor que el Padre le tiene; su respuesta al Padre, colmada de amor, reverencia y anonadamiento; su caridad activa y compasiva con los pobres; los designios providenciales de su Padre. S. Vicente quiso que este Espíritu de Jesús fuese también el espíritu de sus tres Obras más importantes.
Bibliografía
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- Existe hoy un movimiento procedente de teólogos protestantes y seguido por algunos teólogos católicos que niegan la escatología intermedia y piensan que a la muerte seguirá inmediatamente la resurrección, ya que, después de la muerte, dicen, ya no habrá tiempo. Pero la tradición de la Iglesia, fundada en la Revelación, y su doctrina actualizada en el Vaticano II, la considera errónea, como fundada no en la Biblia, sino en filosofías modernas muy discutibles (cf. C. Pozo, La salvación del alma, en Creo en la vida eterna, Centro de Estudios de Teología Espiritual, 1979, 163-178.







