El tiempo de la Formación Permanente

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Corpus Juan Delgado, C.M. · Year of first publication: 2005 · Source: Vincentiana, Marzo-Abril 2005.
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La Instrucción Caminar desde Cristo (2002) plantea la Formación Permanente como camino que dura toda la vida y que guarda rela­ción con el tiempo en sus diversos ritmos (diario, semanal, men­sual, anual).1A la luz de este planteamiento, deseo reflexionar sobre el tiem­po de la Formación Permanente desde dos perspectivas comple­mentarias:

a) La Formación Permanente a lo largo de todo el tiempo de la vida.

b) La Formación Permanente en relación con el ritmo tem­poral de la vida.

1. El tiempo de la Formación Permanente es el tiempo de la Vida:toda la vida, en todas sus etapas y fases

Las Constituciones de la Congregación de la Misión, que definen la formación como un proceso continuo, afirman que la formación delos nuestros ha de prolongarse y renovarse todo el tiempo de la vida.2

La instrucción Caminar desde Cristo apunta la motivación por la que la Formación Permanente ha de abarcar todo el tiempo de lavida. «Si, en efecto, la vida consagrada es en sí misma una progresivaasimilación de los sentimientos de Cristo, parece evidente que tal camino no podrá durar sino toda la vida, para comprometer toda lapersona, corazón, mente y fuerzas (cf. Mt 22,37), y hacerla semejante alHijo que se dona al Padre por la humanidad«.3

Otros documentos de la Iglesia han insistido también en la dura­ción por todo el tiempo de la vida de la Formación Permanente. Así la exhortación Vita Consecrata: «Ninguna fase de la vida puedeconsiderarse tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidadde ser asistida y poder, de este modo, tener mayores garantías de perse­verancia en la fidelidad, ni existe edad alguna en la que se pueda darpor concluida la completa madurez de la persona».4 Y, refiriéndose específicamente a la Formación Permanente de los sacerdotes, la exhortación Pastores Dabo Vobis: «La formación permanente, precisa­mente porque es permanente, debe acompañar a los sacerdotes siempre,esto es, en cualquier periodo y situación de su vida».5

Proceso que abarca todo el tiempo de la vida, la Formación Per­manente reviste características propias en cada una de las etapasde la vida.

1.1. La Formación Permanente en los primeros años de Vocación

Podemos establecer que, en la Congregación de la Misión, la For­mación Inicial culmina aproximadamente con la incorporación del misionero a una comunidad local distinta a la del Seminario o Estu­diantado. Los Hermanos han realizado los Votos y su formación específica y los Sacerdotes han culminado los estudios eclesiásticos. Todos, Hermanos y Sacerdotes, comienzan a prestar diversos servi­cios en una comunidad local.

Estos primeros años de Vocación, vividos plenamente insertos en una comunidad local, pueden ser los más adecuados para que los Misioneros (Hermanos o Sacerdotes) realicen estudios de especia­lización profesional, pastoral, teológica, espiritual, vicenciana… Estos estudios parten de la voluntad compartida por el Misionero y por la Congregación de obtener una preparación específica para los ministerios y para el más eficaz servicio a la Misión en seguimiento de Cristo Evangelizador de los pobres.

La Formación Permanente en los primeros años de Vocación ha de plantearse desde una decisión del Visitador con su Consejo, en diálogo con el Misionero, que valore:

  • La elección de la comunidad local donde el Misionero estará inserto. No puede ser criterio únicamente la situa­ción geográfica de la comunidad que facilita el acceso a los centros de estudios. Mucho más importante será la calidad de la comunidad: humana, pastoral, espiritual y vocacional vicenciana.
  • El adecuado acompañamiento personal del Misionero, sea por el superior de la comunidad, sea por otro Misio­nero de la misma comunidad o de la Provincia o de la Congregación, con quien pueda encontrarse regularmente en diálogo de fe y reflexión espiritual y apostólica.
  • Los estudios más adecuados para cada Misionero, te­niendo en cuenta sus propias aptitudes, las prioridades pastorales de la Provincia, las necesidades más urgentes de los pobres y las nuevas formas de pobreza.

La Formación Permanente en los primeros años de Vocación ha de incluir, además, encuentros periódicos de los Misioneros que se encuentran en la misma etapa. Para ello, es necesario consolidar una cierta organización, a nivel provincial o interprovincial: equipo res­ponsable junto con el Visitador; plan y programas; apoyos y recursos propios o externos…

En estos encuentros los Misioneros (me resisto a decir jóvenes,dado que la edad cronológica no coincidirá siempre con la reali­dad de la etapa) podrán brindarse una ayuda mutua imprescin­dible, compartiendo experiencias y reflexiones, animándose recípro­camente a vivir en fidelidad creativa el ideal que abrazaron en el Seminario, y hasta disfrutando de la distensión y el esparcimiento amistoso.

La escena evangélica del envío de los discípulos de dos en dos (Lc 10,1) puede arrojar luz sobre el sentido de la Formación Perma­nente de esta etapa de la vida: los discípulos parten con ilusión y entrega a anunciar la Buena Nueva y viven intensamente el sentido de la Misión y el gusto de la comunión con el Señor y la necesidad de encontrarse con Él para compartir el fruto de su labor.

1.2. La Formación Permanente en la crisis del «realismo»

No es fácil establecer la separación neta entre la anterior etapa y ésta, que identificamos con ‘la crisis del realismo’. Podríamos decir que la Formación Permanente en los primeros años de Vocación puede extenderse durante los seis, ocho, diez o doce años de Voca­ción y que se prolonga más o menos según los lugares y las personas, dándose por concluida cuando el Misionero asume responsabilida­des en la comunidad o en el ministerio (es nombrado superior, por ejemplo, o director…). Aunque los límites entre una etapa y otra, más que cronológicos, son existenciales.

Esta nueva etapa de la vida del Misionero, que puede extenderse desde aproximadamente los diez años de Vocación hasta la edad madura, es la etapa en la que se van asumiendo tareas cada vez de mayor responsabilidad. Los destinos van sucediéndose y los trabajos se extienden en magnitud y complejidad.

En el Misionero puede aparecer la tentación de la desilusión y el riesgo de la rutina al enfrentarse, ya con el desencanto comunitario y pastoral provocado por el choque con la ‘realidad’, ya con la mono­tonía de hacer cada día lo mismo sin vislumbrar cambios significati­vos de respuesta. La escasez de los resultados y el enfrentamiento a la ‘cruda realidad’ propician una cierta astenia y desmotivación.

La Formación Permanente en esta etapa ha de cuidar que el Misionero:

  • Aprenda a buscar lo esencial de su Vocación y Misión, al Único necesario: Cristo Evangelizador de los pobres, que le ha llamado y convocado para prolongar su Misión en la comunión de la fraternidad.
  • Cultive la unidad de vida, de modo que ministerios, unión con Cristo y vida fraterna se alimenten y sostengan mutuamente.
  • Revise su opción originaria y su inspiración vocacional vicenciana para vivir la totalidad y radicalidad de la entre­ga sin detenerse tanto en los resultados.
  • Recupere el gusto por el trato con quien es Regla de su vida, Cristo, Regla de la Misión.
  • Desarrolle el adecuado equilibrio entre oración, compromiso, fraternidad, descanso, amistad, trabajo, soledad…

Para la Formación Permanente propia de esta etapa, la Provincia o la Congregación podrán ofrecer encuentros por ministerios o res­ponsabilidades (por ejemplo, para los misioneros que trabajan como asesores de grupos de laicos, o en formación, o en parroquias…; para los superiores de las comunidades, para los administradores…). Ade­más de los contenidos elegidos para cada encuentro, habrá que cui­dar el clima, la experiencia de conjunto, de modo que resulten ante todo oportunidad para cultivar esa búsqueda de lo esencial tan nece­saria en este momento de la vida del Misionero y para recuperar el gusto por el silencio, la reflexión y el estudio y centrarse en Cristo, como eligiéndolo de nuevo.

El apoyo de la comunidad local, la cercanía del Visitador y la puesta en acción de los medios necesarios de formación serán igual­mente decisivos.

La respuesta de Pedro a Jesús: «Señor, ¿a quién iremos? Sólo Tútienes palabras de Vida y nosotros nos hemos fiado de Ti» (Jn 6,68), puede servir de experiencia motivadora para vivir esta etapa de la Formación Permanente.

1.3. La Formación Permanente en la edad madura

Tampoco para esta etapa de la Formación Permanente aparecen nítidos los límites de edad. La situación existencial del Misionero se caracteriza por vivir con una gran actividad, incluso con un verda­dero protagonismo comunitario, social o eclesial, es la época de las grandes realizaciones apostólicas. Esta etapa puede prolongarse de acuerdo a las circunstancias personales, culturales y ambientales. Puede también interrumpirse bruscamente por razón de la enferme­dad no esperada.

La exhortación Pastores Dabo Vobis señala los peligros que puede experimentar el sacerdote en esta etapa: «Puede verse tentadode presumir de sí mismo como si la propia experiencia personal, yademostrada, no tuviese que ser contrastada con nada ni con nadie. Fre­cuentemente el sacerdote sufre una especie de cansancio interior peli­groso, fruto de dificultades y fracasos».6

La exhortación Vita Consecrata, por su parte, apunta todavía otros riesgos que pueden aparecer en esta etapa: «Puede presentarse elpeligro de un cierto individualismo, acompañado a veces del temor deno estar adecuados a los tiempos, o de fenómenos de rigidez, de cerra­zón, o de relajación».7

La presunción de no necesitar formación porque ya lo ha vivido y conocido todo, la tentación del individualismo, la rigidez o la rela­jación, pueden propiciar pequeños o grandes compromisos afectivos y desencadenar situaciones de acomodación y hasta de ‘doble vida’.

La Formación Permanente que corresponde a esta etapa de la vida del Misionero deberá cuidar:

  • La revisión sincera y ecuánime de sí mismo y de la activi­dad que desarrolla.
  • La búsqueda constante de motivaciones y medios adecua­dos a la Misión que le ha sido encomendada.
  • La disponibilidad para responder a las nuevas llamadas de los pobres.
  • El cultivo de una actitud positiva y favorable a la Forma­ción Permanente y a los medios que la comunidad, la Con­gregación y la Iglesia le brindan.
  • La purificación de aquellos rasgos de la personalidad que le alejan del ideal vocacional vicenciano.
  • La recuperación del tono espiritual y misionero sin conce­siones al aburguesamiento o a la relajación.
  • La experiencia gozosa de la participación creadora con Cristo en el trabajo por hacer que los pobres pasen de con­diciones menos humanas a condiciones más humanas.

Para lograrlo, resultará conveniente que cada Misionero tenga la oportunidad de disponer de varios meses o de un año consecutivo en que, interrumpido su trabajo habitual, pueda contemplar desde la distancia su vida, realizar los oportunos reajustes, actualizar su res­puesta vocacional y disponerse a asumir el resto de su existencia como serena y purificada participación en la Misión de Cristo.

La pregunta de Jesús a Pedro, hasta por tres veces, «Simón, hijode Juan, ¿me amas?» (Jn 21,16) es la pregunta a la que, despojado de toda ambigüedad, podrá responder el Misionero que ha alcanzado la gracia de la Formación Permanente propia de esta etapa.

1.4. La Formación Permanente en la ancianidad y en la enfermedad

No a todos los misioneros les alcanza la enfermedad a la misma edad. Hay misioneros que han cumplido más de setenta u ochenta años y continúan con fuerzas comprometidos en el trabajo. Otros misioneros tienen que abandonar la participación directa en la acción misionera mucho antes. Y todos nos hemos de disponer al encuentro definitivo con el Padre.

Estas diversas situaciones en las que puede encontrarse el Misio­nero son también etapas de su Formación Permanente.

«El progresivo alejamiento de la actividad, la enfermedad en algu­nos casos o la inactividad forzosa, son una experiencia que puede seraltamente formativa. Aunque sea un momento frecuentemente dolo­roso, ofrece sin embargo a la persona consagrada la oportunidad dedejarse plasmar por la experiencia pascual, conformándose a Cristocrucificado que cumple en todo la voluntad del Padre y se abandona asus manos».8

La Formación Permanente del Misionero en esta etapa ha de cuidar:

  • La participación, en la medida de sus posibilidades, en la Misión de la comunidad y de la Provincia.
  • La animación de la comunidad desde la serenidad, la experiencia de vida y la visión de fe.
  • El cultivo de la convicción de ser partícipe de la Misión de la Congregación y de la Iglesia.
  • El desarrollo de las cualidades del diálogo, encuentro per­sonal y acogida en el seno de la comunidad y para con todos los que se acercan a ella.
  • El apoyo profesional adaptado a las diversas situaciones.

«Cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te ceñirá la túnicay te llevará a donde no quieras» (Jn 21,18). Este anuncio de Jesús a Pedro puede ayudar al Misionero a entrar en las disposiciones de la Formación Permanente propias de esta etapa.

1.5. La Formación Permanente en las diferentes fases de la persona

Al referirnos a la Formación Permanente en cada una de las eta­pas de la vida, hemos precisado que no resulta fácil concretar crono­lógicamente su duración. Más allá de las etapas de la vida, la per­sona, la persona concreta que es el Misionero, puede pasar por situa­ciones críticas debidas a factores externos (un destino, cambio de servicio, incomprensión…) o personales (enfermedad, crisis de fe, tentaciones, problemas de relación).

Son fases que vive la persona y que obligan a replantear la For­mación Permanente.

La cercanía del superior o del Visitador; la calidad de la comu­nión fraterna; la ayuda de expertos y profesionales; el acompaña­miento personalizado… He ahí medios que harán de la crisis oportu­nidad de crecimiento y maduración, verdadera ocasión de Formación Permanente. «La prueba misma se revelará como un instrumento pro­videncial de formación en las manos del Padre».9

Y no sólo la crisis y la prueba, también las fases de euforia y optimismo, de reconocimiento y de triunfo, vividas e interpretadas desde el seguimiento de Cristo, serán otras tantas oportunidades para centrar nuestra vida y dinamizar la fidelidad de nuestra respuesta.

Y es que la Formación Permanente no puede entenderse como un Curso o un conjunto de encuentros en determinados momentos de la vida, sino como la disposición permanente a ir configurándo­nos con Cristo y adquiriendo sus mismas actitudes y disposiciones, cometido que no puede sino durar toda la vida. En acertada expre­sión de Vicente de Paúl: «Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesu­cristo por la muerte en Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estaroculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesu­cristo, hay que vivir como Jesucristo».10

2. El tiempo de la Formación Permanente y sus ritmos: cada día,cada semana, cada mes, cada año

Con rasgos específicos en cada una de las etapas de la vida, la Formación Permanente abarca todo el tiempo de la vida, como aca­bamos de ver. Pero no sólo abarca toda la vida, sino que la Forma­ción Permanente ha de adoptar el mismo ritmo de la vida: los días, las semanas, los meses, el año.11

Es la Instrucción Caminar desde Cristo la que nos sugiere esta perspectiva: «Las personas en formación continua se apropian deltiempo, no lo padecen, lo acogen como don y entran con sabiduría enlos varios ritmos (diario, semanal, mensual, anual) de la vida misma,buscando la sintonía entre ellos y el ritmo fijado por Dios inmutable yeterno, que señala los días, los siglos y el tiempo. De modo particular,la persona consagrada aprende a dejarse modelar por el año litúrgico,en cuya escuela revive gradualmente en sí los misterios de la vida delHijo de Dios con sus mismos sentimientos, para caminar desde Cristoy desde su Pascua de muerte y resurrección todos los días de su vida».12

Lograr que cada día, cada semana, cada mes, cada año… nuestra persona vaya conformándose con Jesucristo, configurándose con Él, es la meta de este proceso.

¿Qué pasos podemos dar para alcanzar también nosotros esta identificación con Cristo? ¿Cómo vivir el ritmo de nuestro tiempo para que sea tiempo de Formación Permanente, de creciente confi­guración con Jesucristo?

2.1. El ritmo diario de la Formación Permanente

Cada día el Misionero hace oración, se reúne con la comunidad en diversos momentos, se esfuerza por realizar unos servicios, acoger a las personas. Cada uno de estos gestos puede vivirse de forma ruti­naria o como respuesta a la llamada del Señor; y, por tanto, puede resultar carga pesada de cada día o experiencia de crecimiento en el seguimiento de Jesucristo Evangelizador de los pobres. Es la gra­cia de todos los días, oculta en lo cotidiano, que transforma cada circunstancia del día en tiempo de Formación Permanente.

Cada día el Misionero ha de saber aplicar la disciplina del equi­librio entre descanso y trabajo; oración, fraternidad y misión. La fidelidad a esta disciplina garantiza una vida saludable que hace posi­ble el crecimiento. Por el contrario, los desajustes y la pérdida de este equilibrio ocasionan, más pronto que tarde, dificultades serias para hacer de la propia vida espacio y tiempo de crecimiento en Cristo.

2.2. El ritmo semanal de la Formación Permanente

Cada semana el Misionero ha de reservar un día para la fiesta, el domingo o (si el ministerio así lo requiere) algún otro día de la semana. Las páginas de la Biblia son explícitas en reclamar un día a la semana para el Señor, para el descanso, para la caridad…

El Misionero manifestará así que el Señor es más importante que su trabajo y dispondrá del tiempo necesario para el reposo, para la lectura, para la relación interpersonal, para la oración más cal­mada, para la celebración más intensa, para la paz que hace fecundo su ministerio y creativo su amor fraterno.

2.3. El ritmo mensual de la Formación Permanente

La tradición vicenciana cuenta con un medio que ha dado y puede seguir dando muchos frutos en el proceso de configuración con Jesucristo: el retiro mensual.

El retiro mensual ofrece al Misionero la oportunidad de recoger su vida, tomar distancia de las actividades cotidianas y revisar (volver a ver) cada mes su existencia desde el Señor. Es también ocasión de poner orden exterior e interior, de vivir desde dentro, de recuperar el tono espiritual y vocacional.

Si se realiza con la comunidad, el retiro mensual posibilita ade­más el reconocimiento de las dificultades vividas, la sanación, la reconciliación y la animación comunitaria.

2.4. El ritmo anual de la Formación Permanente

Al contemplar y celebrar los misterios de Cristo, desde la Pascua y hacia la Pascua, el Misionero saborea su Vocación y Misión. Deján­dose formar por el ritmo del año litúrgico, va penetrando en la per­sona de Cristo, dejándose interpelar por Él, que le sale al encuentro a través de su Palabra y que le invita a crecer ‘de edad en edad’.

Los Ejercicios Espirituales, que haremos fielmente una vez alaño13 nos sitúan en un clima de verdad y nos ayudan a concretar el Proyecto de Vida para el año; Proyecto que será instrumento de cre­cimiento en Cristo y de Formación Permanente.

La contemplación de María a lo largo del año, sobre todo en sus fiestas14 pondrá delante de nuestros ojos a quien «comprendiócon más profundidad que todos los creyentes las enseñanzas evangéli­cas y las hizo realidad en su vida».15

2.5. El ritmo sostenido de la Formación Permanente

La Formación Permanente no consiste en el esfuerzo extraordi­nario realizado en unos días intensivos de actualización o en el ejer­cicio heroico de horas arrebatadas al descanso o en la escapada acelerada de unas jornadas anuales. La Formación Permanente se asemeja más a la ‘carrera de fondo’ donde importa mantener el paso y no cejar en el ritmo sostenido.

Vicente de Paúl, a partir de su propia experiencia, nos ofrece la clave para que el ritmo de nuestra Formación Permanente tenga el mismo ritmo de nuestra vida y para que nuestra identificación con Jesucristo sea un proceso con ritmo sostenido. «Nuestro SeñorJesucristo es el modelo verdadero y el gran cuadro invisible con el quehemos de conformar todas nuestras acciones».16 Y sugiere el medio para conseguirlo: «Otra cosa en la que debe poner una atención espe­cial es sentirse siempre dependiente de la conducta del Hijo de Dios; osea, que cuando tenga que actuar, haga esta reflexión: ‘¿Es esto con­forme con las máximas del Hijo de Dios?’. Si así lo cree, diga: ‘Enton­ces, bien, digámoslo’; por el contrario, si no lo es, diga: ‘No lo haré’…Además, cuando se trate de hacer alguna buena obra, dígale al Hijo deDios: ‘Señor, si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías en esta ocasión?,¿cómo instruirías a este pueblo?, ¿cómo consolarías a este enfermo deespíritu o de cuerpo?’».

La mística vicenciana de la contemplación en la acción es segu­ramente el fruto más colmado de este ritmo sostenido de la Forma­ción Permanente.

BIBLIOGRAFÍA

  • AA.VV., Formar hoy para la vida religiosa, Claretianas, Madrid 1991.
  • A.CENCINI, La formación permanente, San Pablo, Madrid 2002.
  • G. FERRARI, Religiosos y formación permanente: el crecimiento humanoy espiritual en la edad adulta, Claretianas, Madrid 2000.
  • J. GARRIDO, Proceso humano y gracia de Dios, Sal Térrea, Santander 2000.
  • B.GOYA, Formación integral a la vida consagrada, San Pablo, Madrid 1998.
  • C.PALMÉS, Las cinco llagas de la formación y su curación, Claret, Bar­celona 1999.
  • X. QUINZÁ, Modular deseos, vertebrar sujetos. Pensar la formación parala vida consagrada, San Pablo, Madrid 2005.
  1. CONGREGACIÓN PARA LOS INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA Y LAS SOCIEDAD DE VIDA APOSTÓLICA, Instrucción «Caminar desde Cristo», Roma 2002, n. 15.
  2. C. 81. Cf. C. 77: «Nuestra formación, en proceso continuo, debe propo­nerse como fin que los misioneros, animados por el espíritu de San Vicente, lle­guen a ser capaces de cumplir la misión de la Congregación. Por tanto, aprendancada día mejor que Jesucristo es el centro de nuestra vida y la regla de la Con­gregación». También las Constituciones de las Hijas de la Caridad hablan de la formación como recorrido de toda la vida (C. 52a) y aseguran que las Herma­nas están convencidas de la necesidad de una formación continua (C. 58).
  3. Caminar desde Cristo, 15.
  4. JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica postsinodal Vita Consecrata,Roma 1996. VC 69.
  5. JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis,Roma 1992. PDV 76.
  6. PDV 77.
  7. VC 70.
  8. VC 70.
  9. VC 70.
  10. SVP I, 320.
  11. Para desarrollar este planteamiento me he servido de: A. CENCINI, Laformación permanente, San Pablo, Madrid 2002.
  12. Caminar desde Cristo, 15.
  13. C. 47, 2.
  14. Cf. C. 49.
  15. C. 49, 1.
  16. Repetición de la oración del 1 de agosto de 1655. SVP XI, 129. Cf. tam­bién XI, 52-53.

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