156. Auténtico cristiano el que está dispuesto a perderlo todo por Jesucristo.
No seremos —decía— verdaderos cristianos hasta que no estemos dispuestos a perder todo por el amor de Dios y a dar nuestra vida por Jesucristo.
Notas del P. Dodin:
Definición ausente en Abelly (III).
157. Dispuesto a sufrir por evitar las faltas.
Otra cosa que daba a conocer cómo era su mortificación, era (se lo hemos oído de su misma boca) que sufriría de buena gana una herida diariamente en su carne, con tal de impedir de esa forma las faltas que se cometen a lo largo de la jornada en la Compañía. Ahora bien, como es fácil que no se cometan muchas y quiero pensar que son pequeñas, sin embargo, eso no dejaría de ser una práctica de un hombre bueno y de un gran Siervo de Dios, tal como él lo era.
Notas del P. Dodin:
Ausente en Abelly (III).
158. Ser indiferente a los honores y a las calumnias.
He aquí un detalle que permite que se vea claramente incluso la mortificación interior del Señor Vicente, aunque no deja ver más que lo que él practicaba. Un día una persona de la Compañía llegó a decir, al repetir la oración que, haciendo determinada práctica que nombró, procuraría el honor de la Compañía. El Señor Vicente no tardó en rectificar aquellas palabras y en decir a aquella persona, que no había por qué usar semejantes palabras, sino que había que ser indiferente tanto a los honores como a las calumnias, y antes bien buscar el desprecio y la confusión. Y eso es lo que hacía consigo mismo llamándose «pordiosero, vaquero, pobre porquero, ignorante y un pobre estudiante de cuarto».
Notas del P. Dodin:
Ausente en Abelly (III).
159. Silencio sobre su cautividad.
Pero lo que debe llenar a uno de admiración es que haya ocultado, como él lo hizo, su esclavitud en Túnez, por más que haya tenido tantas ocasiones para hablar sobre ella; principalmente cuando excitaba a las personas de la Compañía a tener, cuando menos, compasión de los pobres esclavos, que están detenidos allí, y a las personas externas a contribuir con sus caridades a que los asistieran. Disponía, ya lo he dicho, de una ocasión tan hermosa para decir algo, cuando representaba la miseria de aquella pobre gente, que también las había sentido en su persona. A pesar de eso, nunca habló de ella. Hablaba mucho de las miserias y de las tribulaciones que sufría aquella pobre gente, pero no decía nada más, porque debió pasar algo en su esclavitud y en su liberación, y eso habría engendrado en el espíritu de las personas, que lo hubieran sabido, un aprecio y una veneración más grande hacia él. Y nunca se hubiera sabido esto, si Dios no lo hubiese permitido. Él ha hecho que una carta que el Señor Vicente escribió, cuando se liberó, a un amigo suyo, hubiera sido hallada cincuenta y tres años después de escrita.
Notas del P. Dodin:
Abelly I.28
160. Silencio también ante el Hermano Robineau.
Y además, sucedió que un amigo de su tierra reconoció su letra e informó al Señor Vicente, y el Señor Vicente, algún tiempo antes de su muerte, hizo todo lo posible para conseguir dicha carta. Y ¿por qué querría tenerla? Seguramente para romperla o echarla al fuego. No diré más cosas sobre esta cuestión, para que ninguna persona de la Compañía vaya a redactar el relato por escrito y detalladamente. Con todo, diré solamente esto: que, habiendo tenido el honor de estar cerca de él durante, más o menos, el espacio de trece años enteros, tanto que en la Compañía sólo dos o tres han convivido con él tanto tiempo, a pesar de eso nunca me dijo ni manifestó de viva voz o por escrito, que había sido esclavo, aunque varias veces ha solido hablar de Berbería, de la miseria de los pobres cautivos y eso que, con bastante frecuencia, ha escrito sobre ese país, y que he tenido el honor de escribir varias cartas en su nombre a nuestros Cohermanos de aquella tierra, principalmente a lo largo de casi un año, que nuestro Hermano Ducournau estuvo enfermo y delicado y en el campo.
Notas del P. Dodin:
Reclamación del Sr. Vicente para recuperar la carta de su «cautiverio».
Carta del 18 de marzo de 1660 (VIII.271/260).
El original de la carta del cautiverio estaba en San Lázaro desde el mes de agosto de 1658 (VIII.513/537), publicación de la carta del Hermano Beltrán Ducournau en Notices sur les prétres, clercs et fréres défunts de la Congrégation de la Mission, Pi serie, t.423 (por el Hermano Pedro Chollier).
Abelly (I.18) afirma que el Hermano Beltrán Ducournau pidió al canónigo Saint-Martin que enviara las «cartas de la cautividad» a un sacerdote, superior del Colegio de Bons-Enfants.






