El rostro maternal de Dios. Una nota sobre San Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Robert Maloney · Year of first publication: 1996 · Source: CEME.
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rostro maternal de DiosPodríamos decir muchas cosas sobre el trato que san Vicente tuvo con las mujeres. Entre sus más íntimos amigos y colaboradores, se en­contraban dos mujeres santas: Juana Francisca de Chantal y Luisa de Marillac. Otras mujeres jugaron también un papel importante en su vida, y san Vicente en la de ellas: Desde Margarita Naseau, la chica campesina que no sabía leer, hasta Ana de Austria, la reina de Francia.

Algunos han sugerido la hipótesis de que, en su papel de líder, san Vicente se relacionaba mejor e influía más en las mujeres que en los hombres’. Aunque esta hipótesis es difícil de sostener, dado el gran nú­mero de amigos y dirigidos varones, que san Vicente tuvo, es cierto también, que tenía una lista impresionante de admiradoras y colabora­doras: La señora de Gondi, Juana Francisca de Chantal, Luisa de Ma­rillac, la señora Gousault, la señorita du Fay, Ana de Austria, María de Gonzaga, sólo, por citar algunas.

Pensar que su relación con estas mujeres era «sólo de negocios» sería un error. Su relación con ellas era cálida y afectuosa, como lo diría él: «ni siquiera de la menor sospecha de impureza» (RC IV, 1).

Sus cartas contienen algunos párrafos encantadores, llenos de calor humano. En octubre de 1627, le dice a Luisa de Marillac: «Le es­cribo cerca de la media noche, un poco aprisa. Perdone a mi corazón el que no me esplaye un poco más en la presente. Sea fiel a su fiel amante, que es nuestro Señor. Sea cada vez más humilde y sencilla. Yo seré, en el amor de nuestro Señor y de su santa Madre…» (I. 100).

El día de Año Nuevo de 1638, concluye así la carta que escribe a Luisa: «Le deseo un nuevo corazón y un amor totalmente nuevo para aquél que nos ama incesantemente, de una forma tan tierna, como si comenzase ahora a amarnos; pues, todos los gustos de Dios, son siem­pre nuevos y llenos de variedad, aunque no cambia jamás. Soy en su amor, con un afecto semejante al que su bondad quiere y que le debo por amor a Él, señorita, su muy humilde servidor» (I, 430).

A Juana Francisca de Chantal, le escribe: «Bien, mi querida madre, permítame que le pregunte si su bondad sin igual me concede todavía la felicidad de gozar del lugar que me ha dado en su querido y muy amable corazón. Así lo quiero ciertamente esperar, aunque mis miserias me hagan indigno de ello» (I, 553). En otra carta a la misma, describe a santa Juana Francisca, como alguien que es «nuestra digna madre, que es tan madre mía como si fuera la única, a quien honro y amo con más ternura que jamás hijo alguno tuvo para con su madre, después de nuestro Señor; y me parece que este afecto llega hasta el punto de que tengo suficiente estima y amor para dar a todo el mundo; y en ello no creo que haya ninguna exageración» (II, 74).

De estas citas, se desprende con toda claridad que la estima de san Vicente por las mujeres era muy alta. Solía pensar, por ejemplo, que las mujeres eran más aptas que los hombres para la administración (Cf. IV, 71). No dudaba de que Dios quería que tuviesen un papel como el de los hombres en el servicio de los pobres. En su famosa conferencia sobre «el fin de la Congregación de la Misión», del 6 de diciembre de 1658, dice: «¿No quiso (el Señor) que fueran en su compañía algunas mujeres? Sí. ¿No las ha dirigido a la perfección y al servicio de los po­bres? Sí. Pues, si nuestro Señor, que hizo todas las cosas para nuestra instrucción, así lo quiso, ¿creéis que no haremos bien en seguirlo?…de esta manera, Dios se veía igualmente servido por el uno y por el otro sexo»(XI, 392-93).

Pero el propósito de este corto estudio no es tanto el modo cómo san Vicente se relacionó con las mujeres, sino una de sus maneras de relacionarse con Jesús. Para decirlo más sencillamente: viniendo a no­sotros como hombre, Jesús, tiene además para san Vicente un rostro maternal.

El 30 de enero de 1656, le escribe a Nicolás Etienne, clérigo: «¡Quiera Dios concederle a la Compañía la gracia de saber elevarlo a usted, con su ejemplo y con sus prácticas, hasta un amor muy alto a nuestro Señor Jesucristo, que es nuestro padre, nuestra madre y nues­tro todo!» (V, 510-11).

Al año siguiente, le escribe a un sacerdote de la Misión, cuya madre había muerto, diciéndole que había encomendado a las oracio­nes de la comunidad «no solamente a la madre difunta, sino también al hijo vivo, para que el mismo Señor sea en adelante su padre y su madre y sea su mejor consuelo» (VI, 413).

A la muerte de la madre del hermano Marino Baucher, en 1659, le escribe: «Le pido a nuestro Señor ocupe él, para usted, el lugar de padre y madre» (VIII, 52).

Con todo, el párrafo más sorprendente aparece en una carta a Ma­turina Guerin, escrita el 3 de marzo, 1660, inmediatamente después de la muerte del Sr. Portail y antes de la de santa Luisa de Marillac: «Cier­tamente, el gran secreto de la vida espiritual es poner en sus manos todo lo que amamos, abandonándonos a nosotros mismos para todo lo que él quiera, con una perfecta confianza en que todo irá mejor; por eso, se dice que todo se transforma en bien para los que sirven a Dios. Sirvámoslo, pues, hermana mía, pero sirvámoslo según su gusto y de­jémoslo hacer. Él les hará de padre y de madre; será su consuelo y su virtud y, finalmente, la recompensa de su amor» (VIII, 243-244).

Dos ideas brotan de estos textos:

1. Vicente ve el rostro maternal de Jesús

Con su sencillez característica, san Vicente escribió a los Misio­neros y a las Hijas de la Caridad, tanto sobre la paternidad, como sobre la maternidad, en la persona humana de Jesús. De esta manera, de­muestra haber incluido en su propia espiritualidad una verdad funda­mental de las escrituras.

El Antiguo Testamento representa sin ambargo a Dios como madre. «¿Acaso olvida una madre a su niño, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella llegase a olvidar, yo nunca te olvi­daré» (Is 49, 15). Yahvé se queja: «Estaba mudo desde mucho ha, había ensordecido, me había reprimido. Pero, ahora, como parturienta grito, resoplo y jadéo entrecortadamente» (Is 42, 14). El Salmista descansa en Dios con gran confianza: «Mantengo mi alma en paz y silencio, como niño destetado en el regazo de su madre. ¡Cómo niño destetado está mi alma en mí!» (Sal 131, 2).

De igual manera, en el Nuevo Testamento, el Evangelio de Lucas no duda en usar la imagen de la madre para describir la profunda pena de Jesús por la infidelidad de Jerusalén. Jesús se lamenta: «¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina su nidada bajo sus alas, y no habéis querido!» (Lc 13, 34).

San Vicente no fue el único entre los santos, en ver a Jesús como madre, al reflexionar sobre las escrituras. Nos vienen a la memoria las sorprendentes palabras de Anselmo de Canterbury:

¿No eres tú también, buen Jesús, una madre?
¿No eres tú una madre, que como la gallina junta sus polluelos bajo sus alas?…
Y tú, alma mía, muerta en ti misma, escóndete bajo las alas de Jesús, tu madre,
y llora tus penas bajo sus plumas. Pídele que cure tus heridas
y que, confortado, puedas revivir.
Cristo, mi madre, tu reúnes tus polluelos bajo tus alas;
este tu pollo muerto se pone bajo tus alas…
Calienta tu pollo, da vida a tu pollo muerto,
justifica a tu pecador’.

En esta época, cuando, bajo la influencia de Jung, la gente habla del animus y del alma en nuestro interior», y cuando se escribe tanto sobre una espiritualidad masculina y otra femenina’, resulta interesan­te la naturalidad con la que san Vicente escribió de Jesús como padre y como madre.

2. La visión que Vicente tiene de la providencia tiene rostro maternal

Todas las cartas de san Vicente citadas anteriormente, en las que habla de Jesús como una madre, tratan de asuntos trágicos. En algunos de ellos, invoca explícitamente la necesidad de confiar en la providen­cia; en otros, la llamada es implícita. En todos los casos, dice básica­mente a sus corresponsales: Dios revela, en Cristo, que Él te ama como un padre y también como una madre, como tu propia madre, o como Luisa de Marillac, la «madre» de las Hijas de la Caridad.

Vicente se preocupa de asegurar a los destinatarios, que Dios los acompaña, en Cristo, como una madre acompaña a su hijo, que Él se preocupa por su futuro, y que su amor cálido está siempre presente.

En una conferencia del 9 de Junio de 1658, les dice a las Hijas de la Caridad: «Tener confianza en la providencia quiere decir que debe­mos esperar de Dios que se cuidará de todos cuantos lo sirvan, lo mismo que un esposo se cuida de su esposa y un padre mira por su hijo. Así es como se cuida Dios de nosotros, y mucho más. No tenemos que hacer otra cosa más que confiarnos a su dirección, tal como dice la regla que hace un niño en manos de su nodriza. Si pone el niño en su brazo derecho, a éste le parece bien; si lo pone en el izquierdo, se queda con­tento; con tal que le dé de mamar, se quedará satisfecho. Así pues, hemos de tener también nosotros esa confianza en la providencia divi­na, ya que ella se preocupa de todo lo referente a nosotros, del mismo modo que lo hace una nodriza con el niño» (IX, 1050).

Reflexionando sobre los textos citados en este corto comentario, se puede decir que el reconocimiento por san Vicente de lo paternal y lo maternal en Jesús, le permitió desarrollar dentro de sí sentimientos paternales y maternales. Como Jesús, a quien siempre tenía como mo­delo, Vicente tenía todas las cualidades normales que solemos asociar6 con el lado paternal de la personalidad humana (mostrar enfado frente a la injusticia, demostrar extraordinarias facultades organizativas en el servicio de los pobres), y también como Jesús, san Vicente podía vol­ver un rostro cálido, providente, un «rostro maternal» hacia los miem­bros de sus Congregaciones y hacia los pobres.

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