CAPITULO II
Ingresa en la Congregación de la Misión. Después de ordenarse de sacerdote le dedican sucesivamente a la enseñanza de la Filosofía y a las misiones (1743-1754).
Estando ya muy entrado en los 22 años de u edad, vistió Vicente Ferrer la sotana de misionero el 2 de junio de 1743. «Su estatura era mediana, dice un contemporáneo suyo, de complexión flaca, aunque sana, largo de cara, de ojos negros y agudos, nariz aguileña y de boca pequeña; de exterior grave y modesto, y tan invariable como la misma estatura y rostro.»
Fue su maestro en el noviciado el P. Esteban Pinell, «sacerdote de mucha virtud e instrucción», que gozó de merecida fama como director de conciencias y fué hombre sumamente laborioso, según es de ver por los numerosos manuscritos que de él se guardan en la Biblioteca Provincial y Universitaria de Barcelona, y por las obritas que publicó, arreglándolas, y traduciéndolas del italiano y del francés, tales como El alma desolada y el Camino del cielo, que cuentan numerosas ediciones y todavía figuran en los catálogos de librería.
Cuando ingresó Ferrer en la Congregación, la casa de Barcelona, fundada por una colonia de santos Misioneros venidos de Italia, contaba 39 años de existencia, y en ella se conservaba todo el fervor primitivo. Tratando en cierta ocasión del buen ejemplo, afirmó el P. Ferrer en una conferencia a la Comunidad de Barcelona: «En esta casa siempre ha habido buenos ejemplos, desde los principios que se fundó, que fué el año cuatro: siempre ha habido algunos que han sido ejemplares; al principio aquellos fundadores que vinieron eran tan ejemplares, que no había más que pedir; pero también los ha habido después. Superiores he visto, mayormente en los principios que yo estaba aquí, que eran ejemplarísimos en todo, delicados de conciencia coma si fueran novicios: en la modestia, en la mesa, en las Reglas y en todo, era una cosa que no hay igual.» Del superior P. José Tort, afirma que era un «santo».
Ferrer trabajó con ahínco por seguir e imitar tan hermosos ejemplos, aprendiendo de uno la puntualidad a los actos, de otro la reverencia y gravedad en los divinos oficios, de éste la humildad y mansedumbre, de aquél la mortificación y fiel observancia de las Reglas, y de todos el silencio, el retiro y la laboriosidad. Desde entonces adquirió, sin duda, la costumbre de anotar en un cuaderno lo más interesante que encontraba en sus lecturas, práctica que él tanto recomienda en el Tratado de los ejercidos de piedad al hablar del modo de hacer la lectura espiritual. Por un cuaderno que se ha salvado y se guarda en la Biblioteca Provincial Universitaria de Barcelona, se ve que el P. Ferrer, después de empaparse bien en el espíritu de la Congregación leyendo y extractando la vida de San Vicente de Paúl, por Abelly, sus autores predilectos eran: San Francisco de Sales, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de Granada, la Venerable Agreda, el Nieremberg, el Venerable Palafox y las idas de San Felipe Neri y Santa Francisca Fremiot de Chantal.
Sin duda, Ferrer, que después trató tan bien de las tentaciones e impedimentos que e encuentran en el camino de la virtud, experimentó las dificultades, las agonías, las luchas que sufren los que quieren darse de veras a Dios. Mas él, teniendo presentes las palabras del Apóstol: Obrad varonilmente y esforzaos en el Señor, no hizo caso de las dificultades y obstáculos, y con la práctica de los ejercicios de piedad procuró aumentar a gracia, «con la que todo se facilita —son sus palabras—, se quitan las dificultades; lo amargo se vuelve dulce, el trabajo no se siente, se ama lo que antes se aborrecía y se aborrece lo que antes se amaba, se truecan las reflexiones del entendimiento, y se mudan los afectos del corazón, y de este modo viene a hacerse facilísimo el camino de la virtud y suave su práctica».
Desde el principio de su ingreso en el seminario, de seguro que diría, como el alma animosa de que nos habla en uno de sus preciosos tratados: «De mi Dios espero, seguramente, el perdón de mis culpas, de su infinita misericordia y piedad, la gracia para la enmienda, y de su paternal bondad y clemencia, el valor para vencer las tentaciones, para superar las dificultades en la práctica de las virtudes, y finalmente, para sufrir cualesquiera penas interiores y exteriores con- que se dignare probarme mi Dios, mi Padre, mi Criador, mi Redentor y mi Esposo. Ea, Señor, criad en mí un corazón nuevo y confiado, que disipe y destierre de mí todas las perplejidades y desconfianzas, para que, quitado este primero y el mayor de los impedimentos, y el más denigrativo e injurioso a vuestra Divina Majestad y paternal bondad, os ame con todo mi corazón y con una santa libertad y generosidad de espíritu, os sirva con todas mis potencias, sentidos y fuerzas por todo el tiempo de mi vida».
Por fin, concluidos los dos años de noviciado y siendo ya diácono, hizo los votos el día 3 de junio de 1745 y el 26 de marzo del año siguiente fue ordenado sacerdote. Siempre se mostró muy agradecido a Dios por haberle llamado a la Congregación; porque creía que en ninguna parte se encontraban medios tan acomodados y fáciles para la propia santificación y para trabajar en la salvación del prójimo. Nada temía tanto por esto, como el perder la vocación y no corresponder a tan gran beneficio. «Todos los que dejan la vocación, afirmaba el día de San Matías del año 1789 ante la comunidad de Barcelona, son castigados de un modo o de otro; interiormente todos padecen con los remordimientos, aunque esto no se ve. No creo que haya ninguno que no sea castigado de Dios con particularidad en esta vida, y en la muerte, quién sabe lo que será. De los que han salido, ya hemos visto a dos que han parado en manos de la justicia, y bien castigados que han sido… A otros hemos visto que cuando tenían alguna conveniencia para vivir, se han muerto en la flor de la edad… No les imitemos y procuremos corresponder bien a la vocación hasta la muerte, como lo hizo San Matías.»
Ordenado de sacerdote, como llevamos dicho, le dedicaron los Superiores a enseñar a los jóvenes Misioneros que se formaban en aquella casa la Filosofía, «llave maestra de las demás ciencias», como él mismo la llama muy acertadamente, (no olvidando, al mismo tiempo que desempeñaba su cátedra, el estudio de la ascética y de la moral que tanto habían de servirle para las misiones. Procuró vivir retirado, sin buscar noticias ni atender a lo que pasaba a su alrededor, trabajando por santificarse en el cumplimiento fiel de su obligación. «No es grande mortificación el retiro y silencio, afirmaba en los últimos días de su vida. Todos aquellos .que son dados al espíritu, no sienten nada el retiro ni el silencio, ni se cuidan de esto tampoco: su contento es estarse retirados. Que tengamos ocupación, esto es lo que nos hace suave el retiro; porque si tuviéramos que estar todo el día en el aposento sin hacer nada, no lo podríamos sufrir; yo por lo menos padecería mucho; pero con la ocupación que uno tiene, pasa los días sin darse. cuenta».
Para que se fuera adiestrando en el importantísimo ministerio de las misiones, le enviaron, en 1751, con los famosos misioneros PP. Justafré, Rocamora y Rafols a dar una misión en San Cugat del Vallés. Asiéntase este famoso y antiquísimo monasterio, junto con el pueblo que se formó a su lado, en paraje delicioso sobre una loma del Vallés, detrás del lindo Tibidabo. Está el monasterio en la parte oriental del pueblo, del que lo separa una gran plaza, de la que han desaparecido los corpulentos olmos del tiempo de los monjes. Es admirable «la majestad, hermosura y severidad del edificio». En el frontis almenado del esbelto y severo templo de tres naves, sobre la gran puerta principal, ábrese grande y hermosísimo rosetón de calados radiados. Fácilmente nos imaginamos la admiración del P. Ferrer y de sus compañeros al penetrar en aquella verdadera catedral del Vallés y postrarse ante el delicado y precioso retablo del altar mayor con su mesa de colosales dimensiones y de una sola pieza; pero su sorpresa sería aún mayor cuando después de abierta la misión por aquel santo misionero que iba de director, el P. Justafré, entrasen en el anchuroso claustro bajo del monasterio, que algunos califican corno el «mejor y más delicado de os claustros catalanes», de estilo románico uro, con doble hilera de columnas, en cuyos graciosos capiteles están representadas escenas de la vida civil y militar, de la sagrada escritura y multitud de caprichosos animales y vegetales.
Tampoco dejaría de ver el P. Ferrer, tan amante de los libros, la riquísima biblioteca y archivo del monasterio, donde se guardaban multitud de ediciones raras y códices de inapreciable valor, que han ido a enriquecer el Real Archivo de la Corona de Aragón. Los dos únicos papiros que hay en este famoso archivo, proceden de San Cugat.
Pero dejando a un lado tantas riquezas artísticas y literarias, algunas lastimosamente en ruinas, veamos lo que contiene, respecto, de esta primera misión, en que tomó parte el P. Ferrer, el precioso Libro de Misiones de la casa de Barcelona. Con su laconismo acostumbrado dice que la misión duró desde el 14 de marzo al 5 de abril de 1751, con mucha concurrencia de fieles, y fruto extraordinario, comulgando al pie de dos mil personas. El P. Justafré predicó los sermones y pláticas aparte a los monjes benedictinos, que asistían todos con su célebre abad D. Buenaventura de Gayolá y Vilossa, tan benemérito de aquel famoso monasterio; el P. Rocamora predicó las pláticas de la mañana, y las doctrinas, los Padres Rafols y Ferrer. Concluyeron el Lunes Santo y regresaron a Barcelona. Aquel año no volvió a salir el P. Ferrer a misiones; en el siguiente, 1752, tomó parte en cuatro, a saber: la de Granollers, que duró del 23 de enero al 23 de febrero, con mucha asistencia, fervor y fruto extraordinario, concurriendo también muchos de los pueblos circunvecinos. Para mantener el fruto de la misión, dejaron establecido en la iglesia parroquial el ejercicio de la oración– mental cotidiana, y promovieron .la devoción y aumento de la Congregación de los Dolores. A continuación de la anterior, dieron misión en Llinás, concluyendo el .15 de marzo. En ambas predicó el P. Ferrer las doctrinas. Las predicó asimismo en las otras dos misiones del mismo ario: la de Moyá, que la dieron cinco operarios, desde el 4 de noviembre al 11 de diciembre„ siendo director el P. Melción, uno de los grandes misioneros de la antigua casa de Barcelona que murió santamente con las armas en la mano en 1782, en Alayor (Mahón), donde estaba preparando a los fieles para la visita pastoral, y fué enterrado en la iglesia parroquial de aquella villa; y la de San Feliú Saserra, empezada el mismo día que terminaron, la anterior, concluyendo el 4 de enero del año siguiente. Las dos fueron muy fructuosas: en la primera se arreglaron muchas discordias entre familias principales y parientes que no se hablaban hacía más de veinte años, y comulgaron arriba de dos mil almas; y en la segunda zanjaron las diferencias que había entre el párroco y su, pueblo, con motivo de querer éste que se observasen ciertos derechos y costumbres que no debían ser muy laudables.
En 1753 ayudó el P. Ferrer a dar misión en Centellas, Monistrol de Caldeas, Canet de Mar, Vilasar, Falset, Porrera y Alcover, predicando las doctrinas, las pláticas o simplemente ayudando a confesar. Todas estas misiones fueron también fructuosísimas, terminándose con ellas muchas discordias entre los vecinos, ó bien entre éstos y las autoridades, y no pocas entre los casados. No faltaron tampoco algunas conversiones extraordinarias de pecadores escandalosos, señaladamente en Falset.
Al año siguiente, 1754, trabajó el P. Ferrer en las misiones de Pla, Raureil y, sobre todo, en las de Valls y Vich. He aquí lo que respecto a estas dos últimas dice el curioso Libro de Misiones de la casa de Barcelona: «El 22 de enero de 1754 se comenzó la misión en Valls, villa de unas cinco mil almas de comunión… La concurrencia fue numerosísima y siempre en aumento, el fruto extraordinario y palpable, y el fervor de aquella buena gente tal, que a pesar ‘de ser tiempo de carnaval’ y ser allí muy inclinados al bullicio, y además se alojaban entonces en la villa tres compañías de dragones de a caballo; sin embargo, en todo el curso de la misión, que duró hasta la primera dominica de Cuaresma en que se hizo la comunión general, no se oyó ni una guitarra ni se dijo palabra acerca del carnaval, con admiración de toda la villa, máxime de los más principales de ella, asegurando que jamás habían visto misión tan fructuosa y de tanto fervor:
En el último sermón fue tan grande la concurrencia, que con todo y ser la iglesia tan capaz, quedaron fuera más de 300 personas: se cree que pasaban de 7.000 los oyentes. Comulgaron más de 5.200 personas, en la comunión general 4.500 y durante la misión en la iglesia parroquial, sin contar los conventos, se repartieron más de 11.000 formas. Los señores militares confesaron casi todos con nosotros e hicieron solos su comunión general con mucha edificación, orden y devoción en el altar de los Dolores. El Padre Melción, además de los sermones, predicó seis pláticas privadamente a los señores sacerdotes que, junto con los religiosos, no bajaban nunca de 60. Se concluyó esta misión el día 7 de marzo.»
«A 24 de marzo de 1754 comenzó la misión en la ciudad de Vich… Fué fervorosísima; el fruto universal y extraordinario; las conversiones obradas, poco comunes, entre otras la de una bruja que tenía pactó con el demonio; los sentimientos de dolor y lágrimas fueron tales, así en los sermones como en el confesonario., que muchas veces había, necesidad de reprimirlos… La concurrencia fue tan grande, que la gente no cabía en la catedral y muchos tenían que volverse por poder entrar. Los ancianos decían que no se había visto ni se vería jamás misión tan concurrida y fructuosa. Pasan de 11.000 los que comulgaron una sola vez; en la comunión general llegaron a cerca de 8.000; este día los confesores eran más de 60, porque a petición del Cabildo acudieron a ayudarnos muchos religiosos. Sólo en la catedral se repartieron durante la misión más de 23.000 formas. Se dio esta misión a instancia de los muy ilustres Cabildo y Ayuntamiento y de su Ilma. el Sr. Obispo, para implorar de Dios la benéfica lluvia de que tanto necesitaban los campos; y alcanzaron más de lo que pedían, pues además de la lluvia de la divina gracia que tan copiosamente se derramó sobre sus almas, han tenido una cosecha de trigo tan abundante, que comúnmente se dice que los nacidos no la han visto mayor en aquella tierra; por lo que la ciudad y todo el país están muy agradecidos y afectos a nuestro Instituto y Congregación, dando gloria a Dios que tan misericordiosamente les ha visitado y socorrido. Los operarios fueron seis: el P. Esteban Pinell, superior, que asistió la primera y última semana y predicó tres pláticas a los señores eclesiásticos, en la capilla de los Dolores, asistiendo el Ilmo. Sr. Obispo, el Cabildo y todo el clero, secular y regular, con mucha satisfacción, júbilo y aplauso universal; el P. Víctor Melción, que fue él director y predicó 42 sermones; el P. Costa, estuvo más de dos semanas; los PP.Ferrer, Fogueras, Rafols, que predicó las doctrinas, y el P. Artimbau las pláticas de la mañana. Se terminó la misión el 15 de mayo.» En una nota marginal se lee: «Los muy ilustres Cabildo y Ayuntamiento, agradecidos por el beneficio de la fisión, regalaron a nuestra sacristía una cruz de plata, ricamente labrada, que pesa 110 onzas.»
Por algún autógrafo que hemos visto del P. Ferrer, creemos que las notas anteriores el Libro de Misiones están escritas por él, por eso a duras penas pone su nombre entre los que en ellas trabajaron; pero el Sr. Torres Amat, que le conoció y tuvo a la vista un manuscrito de su vida, que le proporcionaron los Misioneros de la casa, de Barcelona, afirma que en las misiones «de Valls y Vich, fue extraordinario el fruto que hizo» el P. Ferrer. Así iba amaestrándose este celoso misionero en el nobilísimo ejercicio de las misiones, y contrastando sus vastos conocimientos en la piedra de toque de la experiencia, para la acertada dirección de las almas en el camino de los divinos preceptos y de los consejos evangélicos.







