El P. Vicente Ferrer, Primer Visitador (II)

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Author: Benito Paradela, C.M. · Year of first publication: 1928.
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CAPITULO II

Ingresa en la Congregación de la Misión. Después de ordenarse de sacerdote le dedican sucesivamente a la enseñanza de la Filosofía y a las misiones (1743-1754).

Estando ya muy entrado en los 22 años de u edad, vistió Vicente Ferrer la sotana de misionero el 2 de junio de 1743. «Su estatu­ra era mediana, dice un contemporáneo suyo, de complexión flaca, aunque sana, largo de cara, de ojos negros y agudos, nariz aguileña y de boca pequeña; de exterior grave y mo­desto, y tan invariable como la misma esta­tura y rostro.»

Fue su maestro en el noviciado el P. Este­ban Pinell, «sacerdote de mucha virtud e instrucción», que gozó de merecida fama como director de conciencias y fué hombre sumamente laborioso, según es de ver por los numerosos manuscritos que de él se guardan en la Biblioteca Provincial y Universita­ria de Barcelona, y por las obritas que publi­có, arreglándolas, y traduciéndolas del italia­no y del francés, tales como El alma desolada y el Camino del cielo, que cuentan numero­sas ediciones y todavía figuran en los catá­logos de librería.

Cuando ingresó Ferrer en la Congregación, la casa de Barcelona, fundada por una colo­nia de santos Misioneros venidos de Italia, contaba 39 años de existencia, y en ella se conservaba todo el fervor primitivo. Tratando en cierta ocasión del buen ejemplo, afirmó el P. Ferrer en una conferencia a la Comunidad de Barcelona: «En esta casa siempre ha ha­bido buenos ejemplos, desde los principios que se fundó, que fué el año cuatro: siempre ha habido algunos que han sido ejemplares; al principio aquellos fundadores que vinieron eran tan ejemplares, que no había más que pedir; pero también los ha habido después. Superiores he visto, mayormente en los prin­cipios que yo estaba aquí, que eran ejempla­rísimos en todo, delicados de conciencia coma si fueran novicios: en la modestia, en la mesa, en las Reglas y en todo, era una cosa que no hay igual.» Del superior P. José Tort, afirma que era un «santo».

Ferrer trabajó con ahínco por seguir e imitar tan hermosos ejemplos, aprendiendo de uno la puntualidad a los actos, de otro la re­verencia y gravedad en los divinos oficios, de éste la humildad y mansedumbre, de aquél la mortificación y fiel observancia de las Reglas, y de todos el silencio, el retiro y la laboriosi­dad. Desde entonces adquirió, sin duda, la costumbre de anotar en un cuaderno lo más interesante que encontraba en sus lecturas, práctica que él tanto recomienda en el Tra­tado de los ejercidos de piedad al hablar del modo de hacer la lectura espiritual. Por un cuaderno que se ha salvado y se guarda en la Biblioteca Provincial Universitaria de Bar­celona, se ve que el P. Ferrer, después de empaparse bien en el espíritu de la Congre­gación leyendo y extractando la vida de San Vicente de Paúl, por Abelly, sus autores pre­dilectos eran: San Francisco de Sales, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de Granada, la Venerable Agreda, el Nieremberg, el Venerable Palafox y las idas de San Felipe Neri y Santa Francisca Fremiot de Chantal.

Sin duda, Ferrer, que después trató tan bien de las tentaciones e impedimentos que e encuentran en el camino de la virtud, ex­perimentó las dificultades, las agonías, las luchas que sufren los que quieren darse de veras a Dios. Mas él, teniendo presentes las palabras del Apóstol: Obrad varonilmente y esforzaos en el Señor, no hizo caso de las difi­cultades y obstáculos, y con la práctica de los ejercicios de piedad procuró aumentar a gracia, «con la que todo se facilita —son sus palabras—, se quitan las dificultades; lo amargo se vuelve dulce, el trabajo no se siente, se ama lo que antes se aborrecía y se aborrece lo que antes se amaba, se true­can las reflexiones del entendimiento, y se mudan los afectos del corazón, y de este mo­do viene a hacerse facilísimo el camino de la virtud y suave su práctica».

Desde el principio de su ingreso en el se­minario, de seguro que diría, como el alma animosa de que nos habla en uno de sus pre­ciosos tratados: «De mi Dios espero, segura­mente, el perdón de mis culpas, de su infi­nita misericordia y piedad, la gracia para la enmienda, y de su paternal bondad y cle­mencia, el valor para vencer las tentaciones, para superar las dificultades en la práctica de las virtudes, y finalmente, para sufrir cua­lesquiera penas interiores y exteriores con- que se dignare probarme mi Dios, mi Padre, mi Criador, mi Redentor y mi Esposo. Ea, Señor, criad en mí un corazón nuevo y con­fiado, que disipe y destierre de mí todas las perplejidades y desconfianzas, para que, qui­tado este primero y el mayor de los impedi­mentos, y el más denigrativo e injurioso a vuestra Divina Majestad y paternal bondad, os ame con todo mi corazón y con una san­ta libertad y generosidad de espíritu, os sir­va con todas mis potencias, sentidos y fuer­zas por todo el tiempo de mi vida».

Por fin, concluidos los dos años de noviciado y siendo ya diácono, hizo los votos el día 3 de junio de 1745 y el 26 de marzo del año siguiente fue ordenado sacerdote. Siem­pre se mostró muy agradecido a Dios por ha­berle llamado a la Congregación; porque creía que en ninguna parte se encontraban medios tan acomodados y fáciles para la pro­pia santificación y para trabajar en la salva­ción del prójimo. Nada temía tanto por esto, como el perder la vocación y no correspon­der a tan gran beneficio. «Todos los que de­jan la vocación, afirmaba el día de San Ma­tías del año 1789 ante la comunidad de Bar­celona, son castigados de un modo o de otro; interiormente todos padecen con los remor­dimientos, aunque esto no se ve. No creo que haya ninguno que no sea castigado de Dios con particularidad en esta vida, y en la muer­te, quién sabe lo que será. De los que han sa­lido, ya hemos visto a dos que han parado en manos de la justicia, y bien castigados que han sido… A otros hemos visto que cuando tenían alguna conveniencia para vivir, se han muerto en la flor de la edad… No les imite­mos y procuremos corresponder bien a la vocación hasta la muerte, como lo hizo San Matías.»

Ordenado de sacerdote, como llevamos di­cho, le dedicaron los Superiores a enseñar a los jóvenes Misioneros que se formaban en aquella casa la Filosofía, «llave maestra de las demás ciencias», como él mismo la llama muy acertadamente, (no olvidando, al mismo tiempo que desempeñaba su cátedra, el estudio de la ascética y de la moral que tanto habían de servirle para las misiones. Procuró vivir retirado, sin buscar noticias ni atender a lo que pasaba a su alrededor, trabajando por santificarse en el cumpli­miento fiel de su obligación. «No es grande mortificación el retiro y silencio, afirmaba en los últimos días de su vida. Todos aque­llos .que son dados al espíritu, no sienten na­da el retiro ni el silencio, ni se cuidan de es­to tampoco: su contento es estarse retira­dos. Que tengamos ocupación, esto es lo que nos hace suave el retiro; porque si tuviéra­mos que estar todo el día en el aposento sin hacer nada, no lo podríamos sufrir; yo por lo menos padecería mucho; pero con la ocupación que uno tiene, pasa los días sin darse. cuenta».

Para que se fuera adiestrando en el im­portantísimo ministerio de las misiones, le enviaron, en 1751, con los famosos misione­ros PP. Justafré, Rocamora y Rafols a dar una misión en San Cugat del Vallés. Asién­tase este famoso y antiquísimo monasterio, junto con el pueblo que se formó a su lado, en paraje delicioso sobre una loma del Vallés, detrás del lindo Tibidabo. Está el mo­nasterio en la parte oriental del pueblo, del que lo separa una gran plaza, de la que han desaparecido los corpulentos olmos del tiem­po de los monjes. Es admirable «la majes­tad, hermosura y severidad del edificio». En el frontis almenado del esbelto y severo tem­plo de tres naves, sobre la gran puerta prin­cipal, ábrese grande y hermosísimo rosetón de calados radiados. Fácilmente nos imagi­namos la admiración del P. Ferrer y de sus compañeros al penetrar en aquella verdade­ra catedral del Vallés y postrarse ante el de­licado y precioso retablo del altar mayor con su mesa de colosales dimensiones y de una sola pieza; pero su sorpresa sería aún mayor cuando después de abierta la misión por aquel santo misionero que iba de direc­tor, el P. Justafré, entrasen en el anchuro­so claustro bajo del monasterio, que algunos califican corno el «mejor y más delicado de os claustros catalanes», de estilo románico uro, con doble hilera de columnas, en cu­yos graciosos capiteles están representadas escenas de la vida civil y militar, de la sagra­da escritura y multitud de caprichosos animales y vegetales.

Tampoco dejaría de ver el P. Ferrer, tan amante de los libros, la riquísima bibliote­ca y archivo del monasterio, donde se guar­daban multitud de ediciones raras y códices de inapreciable valor, que han ido a enrique­cer el Real Archivo de la Corona de Aragón. Los dos únicos papiros que hay en este fa­moso archivo, proceden de San Cugat.

Pero dejando a un lado tantas riquezas ar­tísticas y literarias, algunas lastimosamente en ruinas, veamos lo que contiene, respec­to, de esta primera misión, en que tomó par­te el P. Ferrer, el precioso Libro de Misiones de la casa de Barcelona. Con su laconismo acostumbrado dice que la misión duró des­de el 14 de marzo al 5 de abril de 1751, con mucha concurrencia de fieles, y fruto ex­traordinario, comulgando al pie de dos mil personas. El P. Justafré predicó los sermo­nes y pláticas aparte a los monjes benedic­tinos, que asistían todos con su célebre abad D. Buenaventura de Gayolá y Vi­lossa, tan benemérito de aquel famoso mo­nasterio; el P. Rocamora predicó las pláti­cas de la mañana, y las doctrinas, los Padres Rafols y Ferrer. Concluyeron el Lunes San­to y regresaron a Barcelona. Aquel año no volvió a salir el P. Ferrer a misiones; en el siguiente, 1752, tomó parte en cuatro, a sa­ber: la de Granollers, que duró del 23 de ene­ro al 23 de febrero, con mucha asistencia, fervor y fruto extraordinario, concurriendo también muchos de los pueblos circunveci­nos. Para mantener el fruto de la misión, de­jaron establecido en la iglesia parroquial el ejercicio de la oración mental cotidiana, y promovieron .la devoción y aumento de la Congregación de los Dolores. A continuación de la anterior, dieron misión en Llinás, con­cluyendo el .15 de marzo. En ambas predicó el P. Ferrer las doctrinas. Las predicó asimis­mo en las otras dos misiones del mismo ario: la de Moyá, que la dieron cinco operarios, desde el 4 de noviembre al 11 de diciembre„ siendo director el P. Melción, uno de los grandes misioneros de la antigua casa de Barcelona que murió santamente con las ar­mas en la mano en 1782, en Alayor (Ma­hón), donde estaba preparando a los fieles para la visita pastoral, y fué enterrado en la iglesia parroquial de aquella villa; y la de San Feliú Saserra, empezada el mismo día que terminaron, la anterior, concluyendo el 4 de enero del año siguiente. Las dos fueron muy fructuosas: en la primera se arreglaron muchas discordias entre familias principales y parientes que no se hablaban hacía más de veinte años, y comulgaron arri­ba de dos mil almas; y en la segunda zanja­ron las diferencias que había entre el párro­co y su, pueblo, con motivo de querer éste que se observasen ciertos derechos y cos­tumbres que no debían ser muy laudables.

En 1753 ayudó el P. Ferrer a dar misión en Centellas, Monistrol de Caldeas, Canet de Mar, Vilasar, Falset, Porrera y Alcover, predicando las doctrinas, las pláticas o simple­mente ayudando a confesar. Todas estas mi­siones fueron también fructuosísimas, ter­minándose con ellas muchas discordias en­tre los vecinos, ó bien entre éstos y las auto­ridades, y no pocas entre los casados. No faltaron tampoco algunas conversiones ex­traordinarias de pecadores escandalosos, se­ñaladamente en Falset.

Al año siguiente, 1754, trabajó el P. Fe­rrer en las misiones de Pla, Raureil y, sobre todo, en las de Valls y Vich. He aquí lo que respecto a estas dos últimas dice el curioso Libro de Misiones de la casa de Barcelona: «El 22 de enero de 1754 se comenzó la mi­sión en Valls, villa de unas cinco mil almas de comunión… La concurrencia fue numero­sísima y siempre en aumento, el fruto extra­ordinario y palpable, y el fervor de aquella buena gente tal, que a pesar ‘de ser tiempo de carnaval’ y ser allí muy inclinados al bu­llicio, y además se alojaban entonces en la villa tres compañías de dragones de a caba­llo; sin embargo, en todo el curso de la mi­sión, que duró hasta la primera dominica de Cuaresma en que se hizo la comunión gene­ral, no se oyó ni una guitarra ni se dijo pa­labra acerca del carnaval, con admiración de toda la villa, máxime de los más princi­pales de ella, asegurando que jamás habían visto misión tan fructuosa y de tanto fervor:

En el último sermón fue tan grande la con­currencia, que con todo y ser la iglesia tan capaz, quedaron fuera más de 300 personas: se cree que pasaban de 7.000 los oyentes. Comulgaron más de 5.200 personas, en la comunión general 4.500 y durante la misión en la iglesia parroquial, sin contar los con­ventos, se repartieron más de 11.000 for­mas. Los señores militares confesaron casi todos con nosotros e hicieron solos su comu­nión general con mucha edificación, orden y devoción en el altar de los Dolores. El Padre Melción, además de los sermones, predicó seis pláticas privadamente a los señores sacerdotes que, junto con los religiosos, no bajaban nunca de 60. Se concluyó esta mi­sión el día 7 de marzo.»

«A 24 de marzo de 1754 comenzó la misión en la ciudad de Vich… Fué fervorosísima; el fruto universal y extraordinario; las conversiones obradas, poco comunes, entre otras la de una bruja que tenía pactó con el demonio; los sentimientos de dolor y lágri­mas fueron tales, así en los sermones como en el confesonario., que muchas veces había, necesidad de reprimirlos… La concurrencia fue tan grande, que la gente no cabía en la catedral y muchos tenían que volverse por poder entrar. Los ancianos decían que no se había visto ni se vería jamás misión tan concurrida y fructuosa. Pasan de 11.000 los que comulgaron una sola vez; en la comu­nión general llegaron a cerca de 8.000; este día los confesores eran más de 60, porque a petición del Cabildo acudieron a ayudarnos muchos religiosos. Sólo en la catedral se re­partieron durante la misión más de 23.000 formas. Se dio esta misión a instancia de los muy ilustres Cabildo y Ayuntamiento y de su Ilma. el Sr. Obispo, para implorar de Dios la benéfica lluvia de que tanto necesitaban los campos; y alcanzaron más de lo que pedían, pues además de la lluvia de la divina gracia que tan copiosamente se derramó so­bre sus almas, han tenido una cosecha de tri­go tan abundante, que comúnmente se dice que los nacidos no la han visto mayor en aque­lla tierra; por lo que la ciudad y todo el país están muy agradecidos y afectos a nuestro Instituto y Congregación, dando gloria a Dios que tan misericordiosamente les ha visitado y socorrido. Los operarios fueron seis: el P. Esteban Pinell, superior, que asistió la primera y última semana y predicó tres pláticas a los señores eclesiásticos, en la capilla de los Do­lores, asistiendo el Ilmo. Sr. Obispo, el Cabil­do y todo el clero, secular y regular, con mu­cha satisfacción, júbilo y aplauso universal; el P. Víctor Melción, que fue él director y predicó 42 sermones; el P. Costa, estuvo más de dos semanas; los PP.Ferrer, Fogueras, Ra­fols, que predicó las doctrinas, y el P. Artimbau las pláticas de la mañana. Se terminó la misión el 15 de mayo.» En una nota margi­nal se lee: «Los muy ilustres Cabildo y Ayunta­miento, agradecidos por el beneficio de la fisión, regalaron a nuestra sacristía una cruz de plata, ricamente labrada, que pesa 110 onzas.»

Por algún autógrafo que hemos visto del P. Ferrer, creemos que las notas anteriores el Libro de Misiones están escritas por él, por eso a duras penas pone su nombre entre los que en ellas trabajaron; pero el Sr. Torres Amat, que le conoció y tuvo a la vista un ma­nuscrito de su vida, que le proporcionaron los Misioneros de la casa, de Barcelona, afirma que en las misiones «de Valls y Vich, fue extr­aordinario el fruto que hizo» el P. Ferrer. Así iba amaestrándose este celoso misionero en el nobilísimo ejercicio de las misiones, y contrastando sus vastos conocimientos en la piedra de toque de la experiencia, para la acertada dirección de las almas en el camino de los divinos preceptos y de los consejos evangélicos.

 

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