El laicado vicenciano

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Miguel Lloret, C.M. · Year of first publication: 1989 · Source: Ecos de la Compañía.
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DSCN0577Mi participación en el primer congreso nacional de los «Movimientos Vicencia­nos» celebrado en Madrid, en abril de 1988, me ha proporcionado la oportunidad de reflexionar de nuevo en este tema importante y actual. Ese «encuentro» se propo­nía estudiar las incidencias del Sínodo de los Laicos y buscar una mayor cooperación entre todos aquellos y aquellas que, bajo títulos muy diversos, se consideran discípu­los de San Vicente de Paúl y de Santa Luisa de Marillac y quieren vivir de su espíritu en el mundo de hoy en el que existen tantas pobrezas.

En este primer artículo quisiera recordar, ante todo, que nuestros Fundadores fueron, en su tiempo y a su manera, grandes «promotores» del Laicado y presentar un cuadro de conjunto de los Movimientos que nos son más afines.

I. Nuestros fundadores y los laicos

En el siglo XVII, el término «laico» no se empleaba en el sentido concreto que tratamos de darle hoy en la Iglesia. Y esto por la buena y sencilla razón de que, en aquel entonces, no existía la realidad que, bajo esta palabra, se pone o se vuelve a poner de relieve desde el Vaticano II. Aunque evitando todo anacronismo, una vez más podemos ver, sin embargo, en San Vicente y Santa Luisa a «precursores» cuyas intuiciones e iniciativas hemos de actualizar…

De hecho, la Teología y la Pastoral de su época concedían un lugar privilegiado a la dimensión jerárquica de la Iglesia, a su organización interna en detrimento del dinamismo misionero del Pueblo de Dios, y con mayor razón, del Laicado como tal. Al principio, el mismo San Vicente se vio fuertemente tentado de obtener una buena situación en ese conjunto, buscando beneficios considerables y un «honesto retiro». Y, cosa curiosa, que no se ha puesto suficientemente de relieve, son precisamente unos laicos quienes le van a alejar de ese proyecto, haciéndole descubrir a los Pobres y planteándole los interrogantes más decisivos a este respecto.

Cuando San Vicente habla del acontecimiento de Folleville, siempre dice que la iniciativa procedía de la Señora de Gondi. Le pidió no solamente que predicara para exhortar a la gente a la confesión general, sino también que continuara aquella primera experiencia.

Lo mismo sucede unos meses más tarde en Chátillon. Son también los feligre­ses quienes van a llamar la atención de su Párroco sobre la situación dramática de un pobre hombre enfermo y abandonado. ¿Haría falta agruparse para hacer frente a esas desgracias?…

En los comienzos de la Compañía de las Hijas de la Caridad, encontraremos tam­bién a una buena campesina, Margarita NASEAU, a quien parece se debe la iniciati­va al orientar a San Vicente hacia un servicio de los Pobres a través de los Pobres.

Empujado por aquellos laicos que le abren horizontes insospechados, San Vi­cente va a devolverles sus propias preguntas, les pide que tomen sus responsabilida­des y les ayuda a organizarse para hacer frente a ello. Y ahí es donde se revela su genio organizador, su sentido de las personas, de las dimensiones sociales que tie­nen los problemas planteados y, por encima de todo, su talento para percibir las lí­neas de fuerza humanas y espirituales de la acción que era preciso emprender.

A. La prioridad a los pobres en nombre de Jesucristo

El título de «Siervas de los Pobres» fue dado pór los Fundadores a las Damas de la Caridad, como también lo darían después a las Hijas de la Caridad.

1. La finalidad.

El primer artículo de los diversos reglamentos de las «Caridades» —artículo en el que se expresa la finalidad y por tanto el objetivo principal— recoge constante­mente las mismas perspectivas en términos muy bellos.

«La Cofradía de la Caridad, dice por ejemplo el Reglamento general de las Cari­dades de mujeres, ha sido instituida para honrar a Nuestro Señor Jesucristo, Patrono de la misma, y a su Santa Madre y para asistir a los Pobres enfermos de los luga­res en donde está establecida, corporal y espiritualmente:

* corporalmente, administrándoles su bebida y su comida y los medica­mentos necesarios durante el tiempo de su enfermedad,

* y espiritualmente haciendo que les administren los Sacramentos de la Penitencia, la Eucaristía y la Extrema-Unción, y procurando que los que mueran sal­gan de este mundo en buen estado y que los que curen tomen la resolución de bien vivir en adelante.» (Coste XIII, 419; Síg. X, 571).

Lo mismo vemos en el Reglamento de las mujeres de Chátillon que fue el primero:

«Puesto que la caridad para con el prójimo es una señal infalible de los verdade­ros hijos de Dios y como uno de los principales actos de la misma es visitar y alimen­tar a los pobres enfermos, algunas piadosas señoritas y unas cuantas virtuosas Se­ñoras de la ciudad de Chátillon-les-Dombes, de la diócesis de Lyon, deseando obte­ner esta misericordia de Dios de ser verdaderas hijas suyas, han decidido reunirse para asistir corporal y espiritualmente a las personas de su ciudad, que a veces han tenido que sufrir mucho, más bien por falta de orden y de organización que por­que no hubiera personas caritativas…

Y puesto que la santa costumbre de la Iglesia, en todas las cofradías, es propo­ner un Patrono, y como las obras toman su valor y su dignidad de la finalidad por la que se hacen, estas sirvientas de los Pobres toman por Patrono a Nuestro Señor Jesucristo y por finalidad el cumplimiento de aquel ardentísimo deseo que tiene de que los cristianos practiquen entre sí las obras de Caridad y de Misericor­dia, deseo que nos da a conocer en aquellas palabras suyas: «Sed misericordiosos como mi Padre es misericordioso», y aquellas otras: «Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os tiene preparado desde el comienzo del mundo; porque tuve hambre y me disteis de comer, etc…» (Coste XIII, 423; Síg. X, 574-575).

2. La referencia.

Siempre encontramos, por tanto, la misma referencia fundamental:

  • a Jesucristo en tanto que se identifica con los Pobres,
  • a Jesucristo como Servidor fiel del designio de su Padre, que lo consagró y envió a llevar la Buena Nueva a los Pobres,
  • al testimonio evangélico por excelencia que constituye un amor al prójimo, sacado del Corazón mismo de Cristo.
  • a una promoción plena del Pobre a través de un servicio corporal y espi­ritual.

B. Actuar «juntos»

De todo lo que acabamos de decir se deduce cómo San Vicente supo captar que esta Caridad no podría reducirse a una dimensión individual. Es «obra de Igle­sia». Quienes acepten hacerse cargo de esta obra deberán constituirse en «célula de Iglesia» y organizarse lo mejor posible, desde todos los puntos de vista, para hacer efectivo este amor —o mejor aún— «hacer que el Evangelio mismo sea efectivo» a través de este amor.

1) Un trabajo de Iglesia.

Los Fundadores insistieron siempre en la solidaridad activa de los Sacerdotes de la Misión, de las Hijas de la Caridad y de las Cofradías para un mejor servicio de los Pobres. Podremos ver en esta cooperación fraterna una realización concreta de la labor común entre Sacerdocio, Laicado y Vida Consagrada, en la que tanto se in­siste hoy y que se inscribe dentro de la línea de un espíritu común.

Lejos de replegarnos sobre nosotros mismos, esto nos lleva a trabajar en comu­nión y en complementariedad con todas las fuerzas vivas de la Iglesia. En tiempo de San Vicente esto se traducía esencialmente por una inserción en la vida parro­quial «hija de Parroquia»: era entonces la estructura pastoral por excelencia. Esto sigue siendo verdad, pero hay otras dimensiones —no menos importantes— dentro de una pastoral de conjunto. Por otra parte, si San Vicente recomendaba con fuerza la obediencia a los Obispos y a los Párrocos, si recomendaba que pidieran su aproba­ción en materia apostólica, etc… cuidaba también de que esta sujeción no se hiciera paralizante para nuestra vocación específica.

2) Un trabajo de equipo.

Ya hemos visto la importancia que daba San Vicente a esta dimensión; a él se le considera como el organizador de la Caridad. Concede una gran importancia a lo que él llama «reuniones» o «asambleas»: es en ellas donde cada uno podía cono­cer mejor lo que debía hacer y cómo lo debía hacer. Todos podían comunicar su ex­periencia, sus interrogantes, adoptar líneas de conducta, etc. (Coste XIII, 430; Síg. X, 580).

Pero este equipo pastoral es mucho más que un simple equipo de trabajo en el sentido ordinario de la palabra. Es un grupo de cristianos, de creyentes: «Allí don­de algunos se reúnan en mi nombre, Yo estaré en medio de ellos», dijo Jesús. San Vicente y Santa Luisa piden especialmente a las Señoras que se amen como herma­nas que el Señor ha puesto juntas para la misma misión y que exciten su celo en contacto con el Corazón de Cristo.

También en este punto juega su papel la complementariedad. Existieron, por otra parte, cofradías de hombres y cofradías mixtas que, a decir verdad, no fueron un éxito precisamente. Se ha dicho con cierto humor que San Vicente tuvo más éxi­to con las mujeres que con los hombres… pero podíamos preguntarnos igualmente cuál fue la influencia de las mujeres en él… Le parecía, indudablemente, que un en­foque, una mano femenina, era más adecuada a las necesidades de los Pobres. En todo caso era muy consciente de que volvía a dar a las mujeres, dentro de la Iglesia y de la Sociedad, una tarea y una responsabilidad que, a su parecer, se habían aban­donado hacía 800 años, es decir, desde el tiempo de las Diaconisas (Coste XIII, 809 – Síg. X, 953). Incluso tenía conciencia de que en esta tarea se reproducía la de las mujeres que rodeaban a Cristo para servirle y la de las mujeres de la edad apostólica. Y así, en vida de los Fundadores, las Señoras extendieron considerablemente su ac­ción a los Pobres del Hótel-Dieu; a los niños expósitos, galeotes, provincias arruina­das, etc. (Coste XIII, 818; Síg. X, 960).

C. Con un espíritu evangélico de amor sencillo y humilde

Podríamos creer que esta expresión sólo se aplica a las Hijas de la Caridad y a los Sacerdotes de la Misión. Salgamos del engaño… porque con esta frase nos encontramos en el centro de la inspiración original.

1) Una sólida vida cristina.

Se trata de un verdadero «proyecto de vida» el que exponen los diversos regla­mentos y que corresponde a una sólida vida cristiana, unificada por el servicio a Cristo en la persona de los Pobres. Hemos visto la insistencia especial sobre la vida frater­na; lo mismo ocurre con la vida de oración, sobre todo por lo que se refiere al culto mariano. Ya en el reglamento provisional de agosto de 1617, leemos esta frase muy conocida:

«Y como quiera que si se invoca a la Madre de Dios y se la toma como Patrona en las cosas importantes, no puede ocurrir sino que todo vaya bien y redunde en gloria del buen Jesús, su Hijo, dichas Damas la toman como Patrona y Protectora de la obra y le suplican que la proteja muy especialmente, como también se lo piden a San Martín y a San Andrés,… patronos de Chátillon, y comenzarán, Dios median­te, a trabajar en esta buena obra, mañana, día de San Bartolomé, según el orden en el que ellas están inscritas.» (Coste XIV, 126; Síg. X, 567).

Y con más precisión aún, leemos en el reglamento definitivo:

«… se ejercitarán con esmero en la humildad, sencillez y caridad, respetan­do cada una a su compañera y a las demás… y haciendo todas sus acciones con la intención de demostrar su caridad para con los Pobres, y no por respeto humano.» (Coste XIII, 435; Síg. X, 584).

2) Una sólida formación.

Si el cometido de San Vicente fue importante a este respecto, no podemos olvi­dar que Santa Luisa fue una gran animadora y formadora. ¿Qué no hizo en favor de aquellas Cofradías de las que fue responsable y que tantas veces visitó aunque le costara grandes fatigas? En cuanto a Señoras personalmente, se convirtió hasta en Directora de Ejercicios (Retiro), las recibía en su casa y las acompañaba en su caminar espiritual según las indicaciones de San Vicente.

A nivel del servicio, encontramos ya en el reglamento de Chátillon, ese sentido agudo de los menores detalles que admiraremos a lo largo de la vida de los Fundado­res (Coste XII, 426 y ss.; Síg. XI/4, 688 y ss.). En ello se percibe realmente de qué manera se aborda a la persona del Pobre como al mismo Cristo y al mismo tiempo como El lo haría. Por otra parte es esto mismo lo que ha dictado tantos reglamentos diversos según las circunstancias, según las necesidades y las llamadas: la colabora­ción de San Vicente y Santa Luisa es admirable en este punto. Así aprendían ellos mismos y enseñaban a los demás a responder a las urgencias más apremiantes me­diante improvisaciones lo más adecuadas posible y al mismo tiempo a establecer —y esto es a lo que hay que tender siempre— las organizaciones mejor pensadas. De ésto último Chátillon constituye un ejemplo-tipo con su reglamento provisional y su reglamento definitivo.

II. Los «Vicencianos», ayer y hoy

Aquí solamente podemos hacer un rápido resumen histórico.

A. De las cofradías a la Asociación Internacional de las Caridades

1) Actualización.

San Vicente dio a las Cofradías impulsos y estructuras tan realistas y tan funcio­nales que siguen siendo todavía medios privilegiados para luchar contra todas las formas de pobreza y contra todo lo que las causa o las mantiene.

Su actualización se ha traducido estos últimos años en la instauración, a ni­vel internacional, de la Asociación Internacional de las Caridades (A.I.C.). Cada país tiene su denominación, su organización y su objetivo propios, pero esto permite una coordinación más efectiva y más eficaz. Recordemos, por ejemplo, la asamblea general de delegados del mundo entero que tuvo lugar en Madrid en 1981 y que aprobó como «carta magna» el documento de base: «Contra todas las pobrezas, actuar juntos».

2) Autonomía.

La A.I.C. es hoy, de conformidad con el espíritu del Vaticano II y en función de sus nuevos Estatutos, un Movimiento de Laicos jurídicamente autónomo respec­to a la Congregación de la Misión y a la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Sin embargo se mantienen cuidadosamente vínculos estrechos de parentesco espiritual, así como la colaboración sobre el terreno, especialmente en determinados países. Con el fin de garantizar este «parentesco», continuarán presentando a nues­tro Superior General los tres nombres entre los que la Santa Sede nombrará al Asis­tente Eclesiástico Internacional. Este mismo reglamento prevé que el Superior Gene­ral y la Superiora General son invitados de oficio en todas las reuniones importantes de la A.I.C.

Con el fin de no repetir inútilmente, hablaremos en el próximo artículo de las orientaciones más concretas que se ha señalado este Movimiento.

B. La Sociedad de San Vicente de Paúl

1. Bajo el patrocinio de San Vicente.

Desde sus primeras reuniones en 1833 los jóvenes miembros de la Conferencia de la Caridad —con Federico OZANAM a la cabeza — se pusieron bajo el patrocinio de San Vicente de Paúl y al mismo tiempo bajo el de la Inmaculada Concepción de María (cf. Ecos de la Compañía, febrero y marzo de 1988). En 1834, la víspera del aniversario de la Traslación de las Reliquias, unos sesenta de ellos fueron a San Láza­ro para rendir homenaje a nuestro Fundador. Al agrupar a sus amigos estudiantes para el servicio de los Pobres, Ozanam se fijaba un triple objetivo:

  • aportarse unos a otros un apoyo mutuo,
  • reforzar su espíritu y su vida de Fe dentro del ambiente de ateísmo y de anti­clericalismo militantes de la época,
  • demostar —¡y qué «vicenciano» es esto!— la beneficiosa vitalidad del cris­tianismo.

Recordemos la labor que llevó a cabo Sor Rosalía RENDU. Tenía un sentido muy agudo del servicio eficaz a los desdichados, una flexibilidad constante en las modali­dades de este ministerio, un profundo espíritu de verdadera Hija de la Caridad. De ella aprendieron, pues, Ozanam y sus compañeros, él sentido del Pobre y de sus ver­daderas necesidades y una voluntad deliberada de salvaguardar la independencia de la acción caritativa con relación a las autoridades políticas y policiales. Al igual que San Vicente, tuvo el don de asociar a aquellos laicos a dicha acción.

2. Evolución

Este Movimiento, que ha tomado una importancia numérica considerable, agru­pa, al menos en algunos países, a hombres y mujeres, especialmente a jóvenes muy dinámicos. Así, en Francia, la Sociedad de San Vicente de Paúl y las «Luisas de Ma­rillac» se unieron en 1969, para poner en común todos sus medios espirituales, hu­manos y materiales en la lucha contra el sufrimiento, la miseria, el aislamiento, la injusticia. La presencia de esta juventud impone a su vez una renovación en la formación espiritual y vicenciana.

Por eso, el actual Presidente Internacional, Amin de TARAZI, cuenta mucho con los Sacerdotes de la Misión y las Hijas de la Caridad. Desea que, por todas partes donde nos encontremos juntos, se establezca esencialmente esta cooperación fra­terna, por nuestra parte bajo la forma de un apoyo espiritual en la línea del auténtico espíritu vicenciano: hombres y mujeres de Fe, artífices de justicia, testigos de la Cari­dad, servidores de la Iglesia y de la Sociedad.

C. Medalla Milagrosa y carisma vicenciano

También de esto hemos hablado ampliamente en los Ecos citados anteriormen­te. Es tanto más importante cuanto que el carácter propiamente vicenciano del laica­do surgido de la manifestación de la Medalla Milagrosa: Hijas de María (como se decía entonces) y Asociación de la Medalla, podría parecer menos evidente. Sin em­bargo es significativo que las Constituciones y Estatutos de las Hijas de la Caridad no hablen explícitamente más que de ese laicado.

1. Algunas observaciones.

El culto mariano por sí mismo, y, con mayor razón, para los discípulos de San Vi­cente, se orienta necesariamente en el sentido de la Misión y, en especial, de la op­ción por los Pobres, en todos los sentidos que la palabra «Pobre» tiene en el Evangelio.

Ciertamente, no sin razón se dirigió María a una humilde Hija de la Caridad y a nuestra Familia Espiritual para transmitir este mensaje de Fe y de Amor en el tiem­po y en el mundo de hoy. Las Asociaciones que han nacido de este mensaje han tenido, desde el principio un doble objetivo de santificación y de apostolado y están destinadas esencialmente a las personas —en particular a los jóvenes— de ambien­tes populares.

2. Una llamada a la renovación.

Las Juventudes Marianas han renovado recientemente sus Estatutos a nivel in­ternacional y deberán, por consiguiente, hacer otro tanto a nivel nacional, para que puedan inscribirse también como Movimiento de Laicos en el registro permanente del Consejo Pontificio para los Laicos y dentro del marco de las Asociaciones inter­nacionales. En dichos Estatutos se indica precisamente que su espíritu les impulsa, en primer lugar, a participar, a su manera, en la tarea evangelizadora de la Iglesia y en el apostolado en favor de los Pobres, a imitación de María.

El mensaje de 1830 es y debe ser, una actualización del carisma vicenciano. Así es, por otra parte, como se ha comprendido desde el comienzo. Podemos constatar con alegría que, después de un período en que se puso el acento demasiado exclusi­vamente en la devoción, hay una verdadera «vuelta a las fuentes». En algunos paí­ses, como España, el apelativo «vicenciano» se une al de «mariano». Es absoluta­mente necesario que, dado el contexto en que se encuentran, nuestras Asociacio­nes Marianas se formen dentro de esta perspectiva pastoral y social. El Año Mariano nos proporciona una excelente ocasión para ello y nos invita a unir a la profundiza­ción doctrinal y propiamente espiritual esta intensificación del esfuerzo misionero entre los Pobres, en estrecha colaboración, en la medida de lo posible, con los Sacerdotes de la Misión y las Hijas de la Caridad.

D. ¿Un nuevo laicado vicenciano?

Pienso, al formular esta pregunta, en todos los laicos que colaboran verdadera­mente con nosotros y, más particularmente, en aquellos a quienes traspasamos nues­tras «obras» (escuelas, hogares, etc…) pidiéndoles que continúen dentro del mismo espíritu. No forman parte, necesariamente, de un movimiento existente, pero mu­chos se sienten y quieren se les considere «de la familia». Por esto desean trabajar bajo nuestra titularidad, o al menos, ser guiados y ayudados por nosotros en su la­bor apostólica en favor de los Pobres. Pienso también en nuestros antiguos «alum­nos» que gustan de agruparse bajo nuestra égida para vivir con el espíritu en el que han sido educados, y, de una manera más general, en las personas que desean tener lazos efectivos con nosotros.

Ciertamente todo esto requiere que lo evaluemos con lucidez, pero me parece que, bajo formas diversas, está surgiendo un nuevo laicado vicenciano que manifies­ta, a veces, una fuerte vitalidad. Nuestro deber es estar atentos, porque, como diría San Vicente, se nos ofrecen posibilidades para hacer quizá por sus manos lo que nosotros no podemos, o no podemos hacer ya con las nuestras. En Francia, por ejem­plo, esto comienza a organizarse en función de la reestructuración de obras y todo contrato de personal lleva el siguiente preámbulo:

«Las Hijas de la Caridad, en fidelidad al espíritu de sus Fundadores, San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac, quieren estar especialmente atentas y disponibles a las llamadas de los más desfavorecidos. Con la inquietud por mantener su «carác­ter propio», piden a toda persona que desee asociarse a su tarea, cualesquiera que sean sus convicciones personales, que se comprometa mediante el presente contra­to a ejercer su función en conformidad con el «proyecto de vida» definido por el es­tablecimiento, dentro del respeto a la persona y la atención a todas sus necesidades, dentro del respeto a los valores humanos, morales y espirituales, propios de su Compañía».

Así la «familia vicenciana» crece sin cesar. Esto puede manifestarse de maneras muy diversas según los países, pero tiene que ser así, ya que Jesús nos dijo: «¡Siem­pre tendréis Pobres entre vosotros!».

Queda por decir lo más importante: las orientaciones.

III. Orientaciones

Las orientaciones pueden resumirse como sigue:

  • Fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia y al espíritu vicenciano actualizado,
  • En función del objetivo propio de cada movimiento,
  • Y en cooperación fraterna entre «vicencianos» y con todos los que, en la Iglesia y en la sociedad, trabajan auténticamente en la promoción integral de los verdaderamente pobres.

Ya hemos visto que, cada vez más, se está llevando a cabo una toma de con­ciencia sobre todos estos puntos. Sacerdotes de la Misión e Hijas de la Caridad de­ben contribuir a continuar este esfuerzo con valor y lucidez.

A. Enseñanza de la Iglesia

Muchas orientaciones se nos dan a nivel de la Iglesia universal y de la Iglesia local. Evocaremos más adelante el reciente Sínodo de los Laicos. Detengámonos, por el momento, en la última Encíclica de Juan Pablo II, «Sollicitudo rei socialis», que llega en el momento oportuno para ayudarnos en nuestra reflexión. Todos los discípulos de San Vicente deben estudiar este documento y sus repercusiones en sus propias vidas; en él encontrarán amplias perspectivas para renovarse. De hecho nos presenta dos preocupaciones que aparecen constantemente:

  • el desarrollo no es solamente un proceso económico;
  • la Iglesia (por tanto todos los cristianos y nosotros especialmente) tiene la obligación imperativa de interesarse activamente por todo lo que afecta a la sociedad y a los hombres.

1) Una evidencia.

Veinte años después de la «Populorum Progressio», es urgente que la Iglesia vuelva a tomar la palabra a este respecto. Los dos textos tienen en común su apertu­ra a todas las dimensiones del mundo. Pero Pablo VI escribía en un contexto un poco eufórico para el conjunto de las naciones e insistía para que a través de este creci­miento de la producción y gracias a ella surgiera un humanismo nuevo: lo esencial era que el hombre moderno volviera a encontrarse a sí mismo pasando de condicio­nes menos humanas a condiciones más humanas según el plan de Dios sobre noso­tros.

Juan Pablo II hace notar que la situación se ha degradado: el subdesarrollo, de hecho, afecta tanto a algunas zonas de países desarrollados como a la mayoría de los países pobres. Se va haciendo cada vez mayor el foso entre los más ricos y los más desfavorecidos. Muchos ni siquiera pueden participar en su propio desarrollo y la interdependencia de las naciones refuerza más la miseria: desempleo, falta de vivienda, efectos de la deuda.

Hay, sin embargo, aspectos positivos: una preocupación renovada por el respe­to a los derechos del hombre, una búsqueda de la identidad de las naciones, una esperanza de que los hombres sepan construir su común destino y no destruirse com­pletamente.

2) Una visión política.

Juan Pablo II tiene gran empeño en que comprendamos bien que las causas del subdesarrollo no son solamente económicas, sino también culturales y políticas en una amplia medida. El obstáculo principal es el enfrentamiento de los «bloques», la oposición entre el Este y el Oeste como una especie de guerra fría. Basta ver, por ejemplo, los gastos fabulosos impuestos por el armamento y las consecuencias que llevan consigo.

El eje de un auténtico desarrollo es el que coincide con la verdadera vocación del hombre. Los criterios principales serán, por tanto:

  • el respeto a los derechos del hombre y de los pueblos,
  • el respeto a los derechos de las culturas,
  • el respeto a la naturaleza.

De ello se desprenden orientaciones prácticas:

  • Necesidad del desarrollo cultural,
  • Desarrollo del sentido cívico y político,
  • Desarrollo agrícola,
  • Desarrollo de la solidaridad internacional, etc.

3) Una cuestión moral.

El verdadero desarrollo es, finalmente, de naturaleza ética o moral. Es necesario que el hombre sea y pueda hacerse cada vez más hombre, libre, creador, responsa­ble. Los obstáculos de fondo son, pues, de este orden y tienen sus raíces en los cora­zones, en las personas.

El peso de las decisiones y de las orientaciones se deja sentir en estructuras de pecado. El Papa emplea de nuevo esta expresión —aunque poniendo en ella sus pro­pios matices— porque, dice por ejemplo: «la suma de los factores negativos da la impresión de crear, en las personas y en las instituciones, un obstáculo muy difícil de superar». Es preciso, por tanto, ir a la raíz de las cosas: hay que dar la prioridad al cambio de las actitudes espirituales, o, digámoslo claro, a la conversión.

4) Solidaridad y liberación.

La verdadera respuesta pasa, por tanto, por la solidaridad, camino de la paz y, al mismo tiempo, del desarrollo. Esta virtud humana y cristiana abarca todos los as­pectos de la vida en sociedad hasta la misma dimensión internacional. A la luz de la Fe se convierte en comunión y abre a la realización del plan de Dios.

Precisamente porque, a pesar de tantas miserias, la historia presente permane­ce abierta al plan de Dios, la Iglesia puede hablar de confianza en una verdadera libe­ración. Es una nueva forma de hacer frente a la miseria y al subdesarrollo.

Al situarse en esta perspectiva teológica, lejos de oponer desarrollo y liberación, Juan Pablo II insiste para que se tomen estos dos términos en toda su amplitud hu­mana. En esto coincide con la idea del Vaticano II, para quien el verdadero desarrollo es liberador de la persona.

Como discípulos de San Vicente no podemos dejar de hacer referencia a esta gran lección sobre la enseñanza social de la Iglesia, a las orientaciones que nos da para nuestra acción socio-caritativa. Más que nunca, vemos cómo la Evangelización, la misión están íntimamente unidas hoy a una promoción humana entendida en este sentido, dentro de una Iglesia cuyo deber es denunciar, anunciar, guiar.

B. Bajo el signo de la complementariedad

La reflexión sobre la Encíclica «Sollicitudo rei socialis» es importante. Nos pone a la escucha de la Iglesia y nos obliga a situarnos, según nuestro espíritu propio, dentro de una Pastoral de conjunto a todos los niveles.

Nos hace comprender mejor que no hay que oponer entre sí cosas que son com­plementarias. Así se habla fácilmente de las «intuiciones de la Acción Católica»: evan­gelización del «medio por el medio», sensibilidad a la presencia operante del Espíritu Santo en las realidades de la vida, promoción del Laicado, etc. Es evidente que todo movimiento debe vivir, a su manera, estas convicciones que la Iglesia ha confirmado con su autoridad, convicciones que encontramos, por ejemplo, en el decreto conci­liar «Ad Gentes». Pero en la Iglesia hay cabida para todos los carismas que distribuye el Espíritu, desde el momento que son debidamente autentificados: movimientos es­pirituales, educativos, caritativos, etc. En ellos debe revelarse verdaderamente el es­píritu evangélico y todos, en cooperación con los demás, deben contribuir a la Mi­sión, a la realización integral del hombre, según el plan de Dios.

En el interior de la familia vicenciana, debemos unir nuestras fuerzas dentro del respeto a nuestras diferencias.

1. Orientaciones comunes.

Unos y otros tenemos que vivir en el mundo de hoy la misma referencia a San Vicente y a Santa Luisa y la misma referencia a su «espíritu».

a) Un mismo espíritu.

En el artículo precedente vimos las notas dominantes de este «espíritu» tal co­mo las inculcaron los Fundadores a las Cofradías de la Caridad y en otra clave a los Sacerdotes de la Misión y a las Hijas de la Caridad. Dichas dominantes constituyen el «fundamento» sobre el que hemos de apoyarnos siempre, porque ahí radica nues­tra «identidad», nuestro carácter específico, que está sacado del más puro espíritu evangélico, es decir:

  • la preferencia por los verdaderamente pobres en nombre de Jesucristo que se identifica con los pobres, que viene a traerles la Buena Nueva;
  • un trabajo de Iglesia y como Iglesia en el seno de un grupo de creyen­tes que se organizan del modo más perfecto posible para responder a las necesidades más urgentes y para llevar a cabo una tarea de larga duración,
  • un amor sencillo y humilde que anima y unifica toda una vida orienta­da personalmente y en conjunto hacia el servicio misionero, amor sin cesar renovado por una sólida formación a todos los niveles.

Por eso, este mismo espíritu lo encontramos en la base de todos los esfuerzos actuales, por ejemplo:

  • A nivel de la vocación misma comprendida como una interpelación para el servicio a los que sufren, cualesquiera que sean la naturaleza y las causas de su sufri­miento, y dentro del respeto absoluto a las personas.
  • A nivel del compromiso dentro de un equipo que permita a cada uno poner sus dones y sus competencias al servicio de los Pobres, en tareas que correspondan a sus posibilidades y capacidad (especialmente teniendo en cuenta obligaciones fa­miliares y profesionales). Este compromiso supone una toma de conciencia siempre renovada de nuestra responsabilidad evangélica con miras al bien común, una toma de conciencia del derecho y del deber que todos tienen de participar en la vida y en la acción social; una toma de conciencia de la prioridad que ha de tener la lucha contra las pobrezas en sus manifestaciones y en sus causas y de que el equipo local es el lugar privilegiado para esta acción. Esto supone también disponibilidad, regula­ridad, trabajo en equipo, reflexión, información y formación continuas.
  • A nivel del funcionamiento:
    • acción y compromiso en el plano personal dentro de una relación de inter­cambio y comunicación;
    • acción y compromiso en el plano de las acciones colectivas en respuesta a todas las necesidades;
    • acción y compromiso en el plano de la investigación de las causas de la po­breza y en el de la acción sobre las mismas, participando en la vida social a todos los niveles y en la elaboración de «políticas» de la infancia, juventud, ancianos, sani­dad, trabajo, ocio, migraciones, condición de determinadas zonas demográficas, etc., lo que implica que el trabajo se lleve a cabo en colaboración con otras organizacio­nes y movimientos en el plano local, nacional, internacional;
    • acción y compromiso a nivel de la pastoral parroquial, socio-profesional, glo­bal, y en sus diversos estamentos de reflexión y de animación.

b) Actualización.

Todo lo que acabamos de decir va ya en ese sentido. Por otra parte, estos princi­pios deben encontrar su aplicación concreta y eficaz de modo adecuado en cada país. A pesar de todas estas diferencias hay, sin embargo, unas constantes, como decía Mons. ROUET, Obispo Auxiliar de París, a las Visitadoras reunidas en mayo de 1988:

  • Cada sociedad segrega sus pobres concretos, sus excluidos, sus marginados, de los que hemos de hacernos hermanos en Cristo.
  • La pobreza evoluciona según los lugares y las épocas. Debemos seguir esta evolución para responder a las verdaderas necesidades y encontrar las verdaderas respuestas.
  • Las pobrezas siguen teniendo tendencia a sumarse como una se­rie de reacciones en cadena. Hay que tener en cuenta todo esto a la vez, porque se da una fragilidad psicológica cada vez más profun­da. «Un pobre que llega a aislar la causa de su pobreza comienza a salir de la espiral de su pobreza.»
  • La pobreza es un fenómeno complejo. Por eso se necesita una gran paciencia en el caminar hacia una verdadera victoria sobre el mal, a través de muchas etapas que hay que superar pero no que­mar. Aquí nos encontramos con lo que afirmábamos al principio. No hay que oponer la ayuda inmediata y la acción sobre las estruc­turas: la presencia junto a los desprovistos va a una con la participa­ción en los esfuerzos colectivos y recíprocamente. De todos modos habrá siempre casos individuales difíciles de resolver, inadaptados con relación al ritmo y a las evoluciones de la sociedad. Los discípu­los de San Vicente no podemos dejar de acudir a esta «cita».

En cuanto a las respuestas a todas estas llamadas, reflejan la variedad de estas últimas y piden a nuestra caridad que sea inventiva hasta el infinito:

En una época en que la sociedad se hace cada vez más pluralista y en la que el Estado, en muchos países, extiende su monopolio, nosotros, en cooperación con todos los hombres de buena voluntad, no hemos de vacilar en decir quiénes somos y cuáles son nuestras motivaciones específicas de cristianos y de discípulos de San Vicente.

Ante un incremento del individualismo es imprescindible que afirmemos la im­portancia de la solidaridad coordinada que no impide que cada uno mantenga sus caracteres propios, sino todo lo contrario.

Preguntémonos acerca de nuestra propia aptitud respecto a la movilidad, es de­cir, nuestra capacidad para «repensar» nuestras formas de intervención e inserción.

Puesto que faltan lugares en los que la persona se sienta comprendida en su integridad, en su totalidad, tratemos de inventar esos lugares de escucha, en los que además se ponga todo en juego para solucionar sus problemas. Hagamos todo lo posible, tanto humana como espiritualmente, para adquirir la competencia requerida para tal tarea.

Como verdaderos vicencianos no tengamos como objetivo el hacer cosas visi­bles, cosas espectaculares, sino actuemos en profundidad. Con medios sencillos y humildes creemos lazos de fraternidad con aquellos que más necesitan que se les ayude a levantarse y a rehacer su vida.

2. Cooperación… Concertación… Coordinación

Lo primero que tenemos que hacer es tomar conciencia de lo que representa el Laicado en la Iglesia y, sobre todo, el Laicado vicenciano. El Laicado tiene su identi­dad propia y nosotros la nuestra. Pero en la medida en que comprendamos las tareas específicas de cada parte, comprenderemos también mejor nuestra misión común, lo que tenemos derecho a esperar unos de otros.

a) Vocación y misión de los Laicos

Tal era el título del Sínodo de 1987 que, concretando todavía más, añadía «en :a Iglesia y en el Mundo, veinte años después del Concilio Vaticano II». En espera de que Juan Pablo II nos ofrezca el documento que le inspiren los textos que los participantes de dicho Sínodo han dejado en sus manos, podemos hacer algunas reflexiones.

El documento preparatorio decía: «Al llevar una vida secular, los Laicos cristia­nos están especialmente capacitados para desempeñar una tarea dentro de la misión de la Iglesia con relación al mundo. Esa tarea, la llevan a cabo tomando parte en todas las realidades de que se compone la existencia de los hombres. Por ello, se encuentran necesariamente implicados en los dinamismos complejos de la historia contemporánea». ¿Cuáles son los puntos candentes de esa misión?

Lo primero, tenemos ese «mundo», como tal. Los Laicos deben entrar plena­mente en todos los proyectos humanos que tienden a hacer que la vida humana cum­pla plenamente su finalidad. Pero, a través de esos proyectos, hay que tener siempre la mira puesta en el Proyecto de Dios tal y como queda expresado en la Creación, en la Encarnación Redentora, para dar paso a la Salvación en Jesucristo. En esta misma línea, hay que poner especial insistencia en la justicia y la paz, la dignidad de la mujer, los pobres.

En efecto, si ese mundo tiene su autonomía, es decir, sus propias leyes y si, por eso, está en manos de los hombres, ello no quiere decir en absoluto que sea indiferente a Dios. Dios lo ha creado con un designio concreto de realización del hom­bre. Por lo tanto, para que encuentre su sentido profundo, hay que evangelizarlo. Ahora bien, los Laicos se encuentran en pleno mundo, en su vida diaria, en su conjunto familiar, social, económico, político, cultural. «Los Laicos —dice también el instru­mento de trabajo del Sínodo— hacen que la Iglesia esté presente en el mundo como Iglesia de Jesucristo Salvador en el mismo lugar en el que el mundo actúa según sus propias leyes e intenta desarrollarse, realizarse, expresarse según sus proyectos.» La vocación de los Laicos y su misión son, pues, las de introducir en el mundo un tipo de existencia y un sentido de la vida que sólo Cristo puede hacer surgir.

Los Laicos tienen esa vocación y esa misión en su calidad de miembros de la Iglesia. Son enviados como tales y con todas las dimensiones de su existencia de Laicos (matrimonio o celibato, familia a su cargo o vínculo con la familia, compromi­so en la sociedad, profesión, economía, política, cultura). El Sacerdocio y la Vida consagrada están también en el mundo, pero no de la misma manera, porque las situaciones del mundo no son propiamente constitutivas de su existencia: tienen y guardan, con relación al mundo y a sus asuntos, una distancia bien delimitada. El Sacerdote tiene esencialmente como ministerio el garantizar la autenticidad de la Fe y la celebración de los Sacramentos de la Fe, porque la gracia de la Salvación es un Don de Dios en Jesucristo. Los Laicos tienen absoluta necesidad de verse soste­nidos por ese ministerio del sacerdote, de la misma manera que necesitan de la Vida Consagrada para no dejarse devorar por los negocios y el espíritu del mundo.

El documento preparatorio añade: «La condición eclesial de los Laicos se pre­senta como inseparablemente unida a su condición bautismal y a su condición secu­lar». Con los Laicos entra en la Iglesia el mundo en su totalidad (matrimonio, familia, escuela, ambiente educativo, economía, política, ciencia, técnica, medios de comu­nicación, cultura, vida diaria). Y son los únicos que pueden hacerlo de esa manera, puesto que forman parte de ese mundo, que constituye, en sentido propio, su exis­tencia y su vida. Por la misma razón, el Sacerdocio y la Vida Consagrada necesitan, a su vez, del Laicado, para ser ellos mismos en la Iglesia lo que deben ser, sin que esto quiera decir que el Laicado pueda suplirlos. El Sacerdocio y la Vida consagrada correrían el riesgo de moverse en el vacío si los Laicos no les recordaran la realidad del mundo tal cual es, tal y como necesita ser salvado.

En una palabra, los Laicos son miembros de la Iglesia de pleno derecho e ínte­gramente y, como tales, participan en la misión total de la Iglesia, en medio del mundo. Dentro de la comunión de la Iglesia hay una «circularidad» —si puede emplearse tal palabra— entre Sacerdocio, Vida Consagrada y Laicado, para que la Iglesia pueda ser totalmente lo que ha de ser.

b) Aplicación a la Familia Vicenciana

Ahí tenemos toda la riqueza que como vicencianos hemos de vivir entre noso­tros, dentro de la Iglesia y a su servicio.

La cooperación tendría que ser algo natural. No puede menos de ser muy fruc­tuosa, siempre en la medida en que se respete el carácter específico de cada uno. De hecho existe ya, y consiste primordialmente en una petición de ayuda espiritual a los Sacerdotes de la Misión y en una petición de ayuda en el plano de la organiza­ción, a las Hijas de la Caridad. El Estatuto 7 de la Congregación de la Misión nos pide que estemos disponibles para esa animación espiritual y, llegando el caso, para intervenir en calidad de expertos. El Documento Final de la última Asamblea General de las Hijas de la Caridad les habla, igualmente, de colaboración con el Laicado Vi­cenciano al tratar del compromiso en favor de la justicia y para revelar a los pobres que Dios les ama.

La concertación es una cooperación más estrecha e intensa, más sistematiza­da. De suyo es más bien ocasional: por ejemplo, para responder, juntos, a una llama­da concreta hecha por la Iglesia o por los pobres, o para actuar de acuerdo en una circunstancia determinada.

La coordinación deseada por algunos, va más lejos porque supone una concer­tación seguida. ¿Es posible esa coordinación? ¿Es de desear? ¿Qué forma concreta podría adoptar? ¿Quién asumiría en realidad la responsabilidad de la misma?… Todo depende de la respuesta que pueda darse a estas preguntas… Y estas preguntas de­ben dirigirse a quien corresponda de derecho. A veces, dice un proverbio, «lo mejor es enemigo de lo bueno». En ciertos países tenemos Comisiones Mixtas: compues­tas de Sacerdotes de la Misión y de Hijas de la Caridad. Por lo demás, la manera de concebir esas Comisiones y su mismo funcionamiento varían bastante de un lu­gar a otro. ¿Podrían esas Comisiones, por lo menos ocasionalmente, desempeñar una función coordinadora, en el sentido que estamos buscando aquí?

Una cosa es cierta, y es que hemos de tomar en serio —pero siempre respetan­do al máximo las diversidades dentro de la unidad— las llamadas que nos dirige el Laicado Vicenciano, y hacerlo con un espíritu de creatividad, de fraternidad, de hu­mildad, de celo, de perseverancia y con una buena preparación: son éstas palabras que el Padre Almeida, entonces Asistente General de la Misión, encargado de los Movimientos Vicencianos, pronunció en la última Asamblea General de los Sacerdo­tes de la Misión. Encierran amplia materia para reflexionar en torno a nuestras con­vicciones y en torno a las realizaciones prácticas.

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