Nos habríamos quedado sin pagar un justo tributo a la memoria del hermano Dubourdieu, muerto durante el generalato de Sr. Jolly, si no le dedicáramos aquí unas líneas.
Le(De) Paul, después de hablar de su esclavitud en África, destacan todos la dedicación que mostró por el alivio de los cautivos, numerosos, ay, y verdaderamente dignos de piedad, en las mazmorras de la Regencia.
El deseo caritativo del santo iba acompañado de un deseo patriótico no menos vivo, que no debía realizarse hasta dos siglos después: rescatar Argel de los piratas.
Sus numerosas tentativas ante el caballero Paúl, oficial de aventura, pero capaz de concebir este plan y de realizarlo, no pudieron sin embargo llevarse a cabo. La única cosa que pudo lograr con el fin de proteger a los esclavos fue el establecimiento de dos consulados, en Túnez y en Argel, adonde envió a sus misioneros.
El consulado de Argel, ocupado primero por el hermano Barreau (de 1646 a 1659), tuvo por segundo titular al hermano Dubourdieu, quien supo cumplir estas funciones con tanta inteligencia como entrega.
Jean-Armand Dubourdie nació hacia 1620, en Garos, de Bearn, y entró el 8 de noviembre de 1644 en la congregación fundada por el Sr. Vicente. Fue en la casa de Nuestra-Señora-de-la-Rosa cuando fue iniciado en la vida de comunidad.
Pasó los primeros años de su vocación en algunas casas de la Compañía en el sur de Francia. La penetración de su espíritu, su aptitud para los negocios, y otras cualidades raras le hicieron notarse por sus superiores y, en 1658, san Vicente le designó para ocupar en Argel el puesto de cónsul. Este proyecto no se realizó, y no fue hasta que en 1661, un año después de la muerte de san Vicente, cuando el Sr. Alméras, su sucesor, envió con el Sr. Philippe Le Vacher, al hermano Dubourdieu como cónsul y al hermano Sicquard como canciller.
El Sr. Philippe Le Vacher de vuelta a Francia tras el arreglo de los asuntos del hermano Barreau, el hermano Dubourdieu se quedó entonces cinco años en su aislamiento, como resultado de las querellas que se elevaron entre Francia y Argel. Los dos hermanos no dejaban pasar ninguna ocasión de ayudar a los esclavos por los ánimos que les infundían, las limosnas que les daban y los buenos oficios que les podían prestar. Fue en 1673 cuando volvió por fin a Francia el hermano Dubourdieu a encontrar un poco de tranquilidad y la paz que deseaba ardientemente.
Edificó a la casa de San Lázaro con su piedad y allí murió el 15 de abril de 1677.
El superior general (con lágrimas en los ojos comunicaba) su muerte a los miembros de la Compañía: «Sabed que Dios acaba también de disponer de nuestro hermano Arnould-Jean Dubourdieu, que era uno de los más virtuosos hermanos que tengamos. Falleció ayer, tras seis horas de fiebre continua y una gran opresión de pecho. Se hallaba todavía en la fuerza de la edad a sus cincuenta años, treinta de los cuales los pasó en la Compañía, a la que ha prestado muy buenos servicios, con grande edificación.
«Ha ejercido durante doce años el oficio de cónsul en Argel, donde ha sido muy querido y estimado de los turcos mismos, que admiraban su gran caridad con los esclavos, para cuya asistencia no sólo daba liberalmente lo que tenía, sino que exponía con alegría su vida para servirles, durante el tiempo de la peste. Esta caridad le ha logrado sacar a muchos del estado de perdición en que estaban, y afirmar a otros que vacilaban en su fe. Ha dado también allí un buen ejemplo del amor a los enemigos, habiendo salvado la vida a personas que le habían calumniado maliciosamente. Dios sabe los grandes bienes que ha hecho en ese país y qué contratiempos y aflicciones ha sufrido, de las que ha hecho un buen uso, ya que era hombre de oración, y ahí estaba su refugio y su consuelo en las adversidades. Vivía en una gran fidelidad a las reglas de nuestra Congregación, lo que le ha mantenido siempre en el espíritu de su vocación, que poseía en abundancia. Por esto, habiendo sido siempre fiel a Dios en las grandes y pequeñas ocasiones, tenemos motivos para creer que él goza ahora de la recompensa que su divina Majestad da a sus fieles servidores». –Memorias de la Congregación de la Misión







