El abate de Chandenier (16??-1660)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Sr. Berthe · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices, II.
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cruz_svI. Relato de la muerte del Sr. Claude-Charles de Rochechouart de Chandenier, abate de Tournus, por el Sr. Berthe, que le asistió en sus últimos momentos.

El Sr. de Chandenier, abate de Tournus, llegó a Chambéry el viernes por la mañana del 29 de abril de 1660. Su fiebre lenta y continua le había agotado de tal forma, en particular desde Turín, donde su enfermedad había empeorado, que hubo que llevarle en silla a una habitación de arriba, donde una vez llegado se le acostó; enviaron, una hora después, a un hombre del correo a Lyon para traer a un famoso médico, en quien se pudiera confiar más, vista la gran dificultad que había de pronosticar su enfermedad, y conseguir los remedios convenientes. El médico no pudo llegar a Chambéry hasta dos o tres horas después de fallecer  el Sr. abate. El primer día de la llegada  del Sr. de Chandenier a Chambéry, no se hizo otra cosa que ir a pedir a un médico que viniera a verle.

Al día siguiente, su mal fue tan extremo que el médico de Chambéry dudó, más que el día anterior, de la curación del enfermo.

El sábado por la noche, el Sr. abate manifestó que quería sobre todo recibir los sacramentos, y sin dilación, para recibirlos con tal presencia de ánimo y voluntad que      pudiera sacar fruto y aprovechar las gracias que confieren a los que los reciben en el estado, en la manera y por los fines debidos, cuyo deseo él había manifestado  desde que vio que su enfermedad iba en aumento. De suerte que el mayor miedo que tenía en ese momento era que se tardara  demasiado en traérselos. Le prometieron que, al día siguiente por la mañana, le traerían el viático.

El domingo por la mañana, después de confesarse con grandes sentimientos de humildad y de contrición, recibió el viático, pero con tanta devoción, que hay razón para creer que  no hubo nadie del buen número de las personas que asistieron, la mayor parte con la antorcha encendida en la mano, que o se sintiera sensiblemente impresionado, en particular cuando pronunció, con un fervor extraordinario por tres veces: Domine non sum dignus, hasta el final, y también cuando rogó al sacerdote  que le trajo el viático que pidiera a Dios por él, y quisiera encomendarle a las oraciones de los asistentes y de los parroquianos. Ese mismo día, quería que le trajeran la extremaunción, tanto miedo tenía de que se la dieran demasiado tarde; le dijeron que no era todavía el momento, y se contentó por entonces  con esperar hasta el día siguiente para recibirla.

El médico, a ver subir la fiebre cada vez más le mandó sangrar, a lo que el enfermo se resolvió por pura sumisión al médico, pues temía que esta sangría fuera más perjudicial que útil; obedeció no obstante como siempre había hecho, y en todo, al médico que le había acompañado de Roma a Turín, y como lo hizo al cirujano que le acompañó desde el Piamonte hasta Chambéry.

El mismo domingo, a la tarde, quiso sin diferirlo más que le dieran la extremaunción; recibió este sacramento con tantos sentimientos de devoción que impresionó a los asistentes que no pudieron menos de llorar, al verle y oírle responder  en voz alta con una admirable presencia  y fervor de espíritu, a las letanías y demás oraciones que se hicieron, en conformidad con el ritual, y en particular respondiendo, y en voz alta y con mayor devoción todavía Amen, al final de cada unción. Quien le dio este sacramento quedó tan impresionado de veneración y de sentimiento de estima por la persona del Sr. abate de Chandenier , una vez vistos y observados en él los grandes efectos de una vida de fe y de una singular piedad y religión, que se volvió lleno de sorpresa y admiración.

Algún tiempo después de la extremaunción, pidió en particular al sacerdote de la Misión que tenía el honor de asistirle espiritualmente durante su enfermedad, si no sería obrar contra la humildad querer, en aquel estado, dar algún consejo espiritual al Sr. su hermano el abate  de Moutier-Saint-Jean, y siéndole contestado que no, le mandó llamar, y le dijo en particular lo que su celo le sugirió. La misma virtud de humildad que tanto valoraba le hizo pensar que debía hacer venir a los que le habían acompañado durante el viaje para pedirles perdón, lo que hizo con mucho arrepentimiento, incluso con sus sirvientes. Su Sr. hermano le pidió con insistencia y repetidas veces la bendición, como lo hicimos todos pero su humildad no quería acceder, a pesar de nuestras súplicas insistentes.

La misma tarde de domingo, después de pedir, hasta desde Roma, y varias veces durante su enfermedad, y realizadas muy grandes instancias para ser admitido en la Congregación de la Misión, el sacerdote de la Misión que le había asignado el Sr Vicente, para acompañarle durante el viaje, le recibió en ella con muy sensible consuelo del Sr. abate quien lo deseaba tan ardientemente que presentaba súplicas día y noche, habiendo concebido el plan mucho tiempo antes y no esperando más que a que algunos asuntos concluyeran para pedir al Sr Vicente ser incorporado a la Misión, no teniéndose más que por hijo adoptivo hasta ser recibido, admitido e incorporado como miembro.

El lunes por la mañana, su mal se acentuó y la fiebre subió tanto  los accesos, que le redujo al límite, y por último a la agonía hacia las seis de la tarde. La agonía duró tan poco que apenas nos dio tiempo a realizar una parte de las plegarias ordenadas por la santa Iglesia para la recomendación de las almas de sus fieles agonizantes, Dos religiosos pasaron la noche orando ante su cuerpo.

Al día siguiente fue embalsamado el cuerpo, colocado en un ataúd de plomo y llevado a las nueve de la noche a la iglesia de los reverendos Padres dominicos de Chambéry, donde permaneció hasta la noche del día siguiente. Dos sacerdotes de la Misión de la ciudad de  Annecy le recibieron en su casa  a la espera de que sus parientes determinaran el lugar del entierro. Habiendo mostrado siempre el difunto querer estar en una iglesia  de la Misión, y del modo como ellos lo hacen con los misioneros, sin otra pompa ni ceremonia.

Dios le ha concedido la gracia de practicar durante esta última enfermedad, de manera heroica, cantidad de virtudes , principalmente: 1º la obediencia, dejándose llevar como un niño, al médico y al cirujano que le hacían marchar de un lado a otro; 2º la paciencia, sin quejarse, aunque sintiera dolores casi continuos durante el viaje, y en particular ardores extraordinarios durante los últimos días de su enfermedad, diciendo a Dios en medio de sus mayores sufrimientos:  auge dolorem, auge patientiam … ; 3º una maravillosa conformidad y resignación a la muy adorable voluntad de Dios en la muerte, aunque hasta su llegada a Saboya, pasados los montes de los Alpes, tuviera siempre un gran miedo a la muerte. Este temor le abandonó de tal manera que dijo varias veces a quien le asistía para bien morir, que no sentía penas de espíritu, ni tentaciones, y que se sentía contento de morir.

II. Actos de virtud del abate de Chandenier.

De la virtud de la religión. –Refería a Dios toda la gloria de sus actos y daba a su Iglesia el ejemplo y la utilidad  de sus obras. Consumió su vida y sus bienes  por la propagación del reino de Dios. Dio varios beneficios con este fin, sin dar uno sólo para llegar a obispo. Le ofrecieron varios obispados notables mediante alguna recompensa; pero ni siquiera un sencillo priorato, no hubiera querido dar un solo paso o decir una palabra para elevarse a esta dignidad, era demasiado humilde para no creerse incapaz; cuando grandes prelados del reino le buscaron pensando hacer un sacrificio a Dios al colocarle en sus puestos; él protestaba que si Dios solo no le hacía obispo, él no lo sería nunca, tanto estimaba que una pura vocación es necesaria para triunfar en los cargos y empleos eclesiásticos. Y para poner remedio por su parte a la pluralidad de beneficios  prohibidos por los sagrados cánones, sólo se quedó con uno, y logró que su Sr. hermano no haya conservado más que otro.

Su exactitud era perfecta en observar el orden del día, del de las Misiones, y de las prácticas, haciendo cada cosa a su tiempo y dando el tiempo conveniente a cada cosa, en particular a la oración y al servicio divino, a la lectura de la sagrada Escritura y demás ejercicios de piedad, donde se comportaba con tanto respeto, atención y recogimiento que daba devoción a los demás. Bastaba con mirarle para pensar en Dios cuya majestad y la santa presencia parecían en su servidor como puedan verse  en un santo en la tierra. Invitaba con suavidad y eficacia a los que le veían tan recogido a recogerse como él. Quien hubiera podido penetrar en su hermoso interior, habría encontrado el reino de Dios perfectamente establecido, y a Jesucristo en plena libertad de obrar en él incesantemente las voluntades de su Padre.

Ha hecho con muy gran devoción el viaje a Roma, durante el que no dejó pasar un solo día sin decir la misa, aunque resulte bastante difícil, sobre todo porque en los viajes se depende de los cocheros que es gente difícil.

No se puede decir con qué devoción se comportó en la Gran-Cartuja y en Milán. Se tomó sus medidas, y pasó la fiesta de Saint-Bruno en la Gran-Caruja (donde asistió a Maitines que se dicen por la noche) y a la fiesta de San Carlos, en Milán. La víspera o el día de San Carlos, guardó abstinencia de carne, y el día de la fiesta se retiraron, él y su hermano, , hallándose siempre o en la iglesia o en su habitación, sin entablar conversación con nosotros, de lo cual nos advirtieron. Diré de paso que él era muy devoto de san Carlos. Llevaba su breviario, había dos cuadros en su habitación, y encargó también algunos en Milán.

Antes de llegar a Nuestra Señora de Loretto, mandó hacer a la compañía la oración sobre el misterio de la Encarnación, y ayunó dos veces en honor de de la Virgen de Loretto, a saber el día que partió, y el día que llegó.

Visitaba con una devoción particular las reliquias de los santos, besando las cajas donde se hallaban, y las tocaba con su rosario; pues se complacía en hacer estos actos ordinarios en el pueblo sencillo.

Cuando entraba en un nuevo Estado, como de Saboya, de Milán, etc., y hasta cuando descubría algunas iglesias, al menos aquellas donde debían alojarse, tenía ciertas oraciones para saludar al Santísimo Sacramento, a la santísima Virgen, a los santos patronos y a los Ángeles custodios. Al llegar a alguna parte, se informaba ante todo quién era el santo patrón. Ayunó el día que llegó a Roma.

Desde el momento que descubrió la iglesia de Nuestra Señora de Loretto, y la de San Pedro, se apeó de la carroza, se puso de rodillas y dijo una oración bastante larga, anduvo algo a pie por devoción antes de llegar a Loretto. Creo que hizo lo mismo antes de llegar a Roma.

Quiso decir la misa mayor todos los diez días de la primera ordenación que nuestros Señores hicieron en Roma y edificó mucho a nuestros ordenandos.

Recibió audiencia del Santo Padre el Papa, el cual le trató con una bondad muy particular, le mostró algunas cruces e imágenes del Sr. de Sales que lleva bajo los hábitos; le otorgó todo lo que le pidió, que era que se acordara de él en particular en sus oraciones, y que le diera reliquias, Agnus, indulgencias.

Enfermando en Roma, continuó sus devociones; que le habían sangrado, él se ponía de rodillas para rogar a Dios. Caminando a Albano por recomendación del médico para tomar el aire, sintiendo grandes molestias del pecho, y no pudiendo hablar más que con gran dificultad, no dejaba sin embargo de hacer todos los días su oración mental, recitar su breviario, y decir la santa misa, aunque  sintiera gran incomodidad en las piernas y dificultades para andar. De regreso a Roma, le hicieron que dejara el breviario y la misa.

Diez o doce días antes de su muerte, se le ha visto que muchas veces y con gran devoción hacía la señal de la cruz, sin que se viera el motivo.

Insistió en que le dieran a Nuestro Señor como viático sin que hubiera peligro.

Tenía el don de oración en grado muy alto, y se puede decir que toda su vida no era más que una oración continua.

Tenía en mucho la repetición de oración y decía que la Compañía marcharía bien mientras conservara esta santa práctica. Convenció un día al médico, en presencia del Sr. Vicente, de que hacer oración mental no le perjudicaría la salud. Y el Sr. de Mouchy contó haberle oído decir que no podía entender que hubiera dificultad en hacer oración.

Cuando oficiaba solemnemente, lo hacía con tanta devoción que todo el mundo le admiraba, preguntándose quién era.

Un jueves santo, haciendo el lavatorio de los pies a los pobres en nuestra iglesia de San Lázaro, lo hizo tan devotamente que provocó las lágrimas de varios ordenandos. Esta devoción se veía también cuando recitaba el breviario, viéndose con claridad que era el corazón el que hablaba.

Era muy exacto en observar las menores ceremonias que se sabía muy bien, habiéndolas preparado bien con anterioridad con un eclesiástico para aprendérselas, y cuando se hallaba alguna duda, rogaba a alguna persona bien versada en ellas que se lo explicara y resolviera.

Se le veía todo absorto en devoción, cuando en la sacristía hacía la preparación o acción de gracias por la santa misa.

Yendo a Roma, cuando llegaba a los lugares de refresco o alojamiento, iba a bajar y saludar en primer lugar a Nuestro Señor en la iglesia; que si no estaba abierta hacía su oración en la puerta, de rodillas.

Ni se ponía ni se quitaba las vestiduras  de la Iglesia sin besarlas afectuosamente.

Asistía las fiestas y domingos al oficio solemne con gran modestia, y cuan ocurría que se cometía alguna falta, al regresar se ponía de rodillas con los demás y besaba el suelo.

Hacía preparaciones a Vísperas, para oficiar en ellas, tan largas casi como para la misa.

Se esforzaba en imitar y practicar exactamente las prácticas de la Compañía, sin falta: 1º en la sacristía, allí no hablaba nunca, sin gran necesidad; 2º cuando la necesidad lo requería, lo hacía tan bajo que apenes se le oía; 3º leía con atención el directorio para ordenar su misa, sin olvidar los papeles de las recomendaciones, iba al lavamanos y se revestía con gran respeto y devoción, etc. Cuando salía a la ciudad, saludaba el Santo Sacramento, así como al regreso.

Muchas veces, en las acciones de gracias, así como en el altar, no podía retener las lágrimas y, en efecto, se ha visto que sus paños de misa estaban humedecidos de ello.

Cuando iba a decir la misa a otra parte, llevaba un purificador y un roquete, lo que hace ver con qué limpieza quería que se trataran las cosas santas, y su exactitud en las rúbricas. En los asuntos de importancia, hacía tres cosas: la primera, ayunaba; la segunda, hacía oración; la tercera, daba limosna y después recogía el éxito de la mano de Dios, pensando que su voluntad era tal; lo que dejó ver en un proceso que sostuvo para la exención de su abadía.

Después de decir la misa, sobre todo la solemne, servía otra, vistiendo y revistiendo al sacerdote como al hermano menor.

Leía todos los días un capítulo del Nuevo Testamento, y a veces uno del Antiguo.

Al regresar de la Misión  de Metz, se desvió por devoción para pasa a Claraval, donde fue a ver la abadía, y dijo la santa misa en el altar de san Bernardo.

Caridad para con el prójimo. –Ha empleado casi toda la renta que se reservó, bien para educar a jóvenes eclesiásticos en los seminarios, a los que retiraba luego consigo, hasta procurarles beneficios, como en la asistencia a los pobres de sus tierras, a quienes mandaba que se les distribuyesen granos a lo largo del año para vivir y para ocuparlos.

Le he visto dar sumas considerables para rescatar esclavos, liberar a prisioneros, y hacer otras limosnas.

Era uno de los misioneros que gobiernan y sostienen el colegio de los Treinta y Tres.

Era de la Compañía del Santísimo Sacramento, siempre entregada a las obras de misericordia. Conjunto de bolsa clerical de San Nicolás para contribuir de todas las maneras posibles a formar buenos sacerdotes.

Visitaba a los pobres enfermos, y ha visitado a un solo pobre hermano por lo menos doce veces durante una enfermedad, molestándose en subir a la pequeña enfermería, donde se quedaba a veces más de una hora para compartir su mal, consolarle con cualquier palabrita de edificación, pronunciada de cuando en cuando, pues hablaba poco por no incomodar.

Libró de la prisión a una mujer que iba a ser colgada.

Trabajó duro para librar a una persona injustamente condenada a las galeras.

Se echó a los pies de los que no se querían reconciliar entre sí,

Iba a veces a la Conciergerie, al Châtelet, y otras prisiones, donde después de catequizar a los presos, les hacía distribuir limosna.

Un día una persona de la Compañía al exponerle la gran necesidad y miseria de un pobre artesano que había caído ciego, de noventa y dos años de edad, reducido a la mendicidad, le entregó 24 libras.

Enterado de que el hermano de una persona de la Compañía estaba en necesidad, reprochó a esta persona por no habérselo dicho antes, y de entonces en adelante le daba a diario tres escudos.

Visitando un día algunos pueblos de su dependencia según refiere uno de sus criados, entró en una pobre chocita en la que encontró a dos o tres pequeños muy mal vestidos, cabezas y pies desnudos, y quemando la paja de la cama para calentarse. Este buen Señor se quedó tan impresionado de este espectáculo, y viendo que ni el padre ni la madres no estaban, la compasión y la caridad le llevaron a tomar a estos pequeños a su cargo como una madre para calentarles los pies con sus propias manos y besándolos. No dudo de que les hiciera una buena limosna para vestirse.

Cuando sabía que entre los eclesiásticos ejercitantes había algunos necesitados, les procuraba o hacía alguna caridad, sea de condición, de ropas o de dinero.

Estando de retiro y prescindiendo de sus cosas por este tiempo, se las entregó a su director quien, entre otras cartas, vio una en la que  un pobre gentilhombre le daba las gracias por una buena suma de dinero que el Sr. abate le había entregado para casar a su hija, o llevarla a religión, la cual, junto con su padre, le mostraban su humilde gratitud.

Encontrándose en Turnus, se dedicaba de ordinario al arreglo de los procesos, y a pacificar a sus súbditos unos con otros. Visitaba asiduamente a los enfermos y pobres de dicho lugar.

Cuando recibía a algunos criados, les decía el orden en su casa y, una vez dentro, les hacía ir al retiro antes de nada.

Nada más llegar a un lugar, sea a una pequeña ciudad, o al lugar de sus beneficios, donde se alojaba, enviaba a alguno de sus gentes a conocer el número de los pobres que había, para luego darles la limosna, y visitarlos, sobre todo a los pobres vergonzantes.

Un día, al salir de una prisión a visitar y hacer sus limosnas, una pobre mujer se lamentaba que acaban de robarle un delantal que valía un escudo; el Sr. abate viéndola tan llorosa por su pérdida, mandó que le dieran un escudo para comprarse otro.

La humildad. –Si se ha visto al Salvador del mundo como anonadado en la tierra, se ha visto a este ilustre abate tender sin cesar a su propio aniquilamiento. Se le ha visto con frecuencia humillado profundamente para pedir perdón por las faltas que no había cometido. Se le ha visto prosternado ante varias personas como para besarles los pies. Se le ha visto de rodillas ante los más sencillos hermanos de la Misión para abrazarlos. Oh Salvador, qué humildad! A la verdad su divino Maestro se rebajó ante Judas: pero era un apóstol; y aquí un apóstol se rebajó ante un nada como yo.

Su práctica era ponerse siempre de rodilla al entrar en las habitaciones, y al salir, en particular de la suya.

Durante sus retiros se hacía la cama, iba a vaciar su orinal como todos, una vez vestido.

Una persona, habiéndole presentado un poema de agradecimiento por alguna gracia recibida, le dio las gracias con una carta, sorprendido al verse alabado de aquella manera. Le comunicó por un sentimiento notable de su humildad que, no siendo un sujeto de las flores de su elocuencia, él había extendido sus violetas delante de un puerco, y en otra carta, hablando de las contradicciones que recibía en Tournus en el bien que quería establecer: «Todo el mundo, dice, no hace aquí versos en mi alabanza«, rechazando así el honor que unos le hacían con la reprobación que recibía de los otros.

Desde la muerte de Mons. el cardenal de la Rochefoucauld su tío, ha elegido como morada, en París, el seminario de San Sulpicio, y luego la casa de San Lázaro.

En su viaje de Roma, hacía lectura mientras los criados estaban a la mesa, lo que le incomodaba notablemente. Le rogaron que accediera a que lo hiciera otro. Les hacía también asistir a las oraciones públicas que hacía él mismo, y en Roma les puso un horario para empleo del día muy exacto, y les hacía tener todos los días media hora de oración mental, pidiendo a uno de los nuestros que les enseñaran el método.

Unos días antes de morir llamó a la Compañía, y pidió perdón por el escándalo que decía que le había dado.

Quiso morir misionero, y recomendó que en los funerales no se hiciera nada distinto que con un sencillo misionero, y durante su vida tenía gran estima de la Compañía, y manifestaba grande alegría cuando se enteraba de algo favorable. Un sacerdote de la Compañía le ha oído decir que no era digno de la gracia de ser misionero, y eso con mucha humildad. Otra vez le dijo que los misioneros  eran los hijos del Sr. Vicente naturales, y ellos los hijos adoptivos. Había hablado muchas veces al Sr. Vicente del plan que tenía de entregarse a la Compañía aunque en términos encubiertos, y el Sr. Vicente ha dicho que ya le entendía y desviaba el discurso adrede.

Un día que una persona hablaba en su favor y le decía algo en alabanza, pidió a esta persona que no dijera tantas cosas, y que él era incapaz, insuficiente y pobre sacerdote.

Se le ha visto en compañía de uno de nuestros hermanos coadjutores conversar descubierto, no queriendo cubrirse si este hermano no lo hacía.

Después de dar al Sr. Talec, superior de San Carlos, trescientas libras para contribuir a hacer una capilla, lo que hizo en nombre de su Sr. hermano, pidió que no se dijera nada, sino al Sr. Vicente, y ello tal vez para animarle a permitir que se construyera la capilla. Había dado ya más de cien libras para plantar árboles, tal era su celo en bien de este seminario.

Se le vio más de una vez ir a encender su vela a la cocina y en invierno ir en busca de leña para hacer un poco de fuego en su habitación, en lo cual practicaba la pobreza pues lo hacía muy pequeño.

Cuando le llamaban: Señor abate, pedía que no se usaran estos términos, sino que se dijera Señor de Tournus, y que él no era más que un pobre sacerdote, etc.

Tan enemigo era de los líos y de los procesos que viéndose obligado a aguantarlos por algunos derechos de su abadía, y por consiguiente a solicitarlos, dijo un día a este propósito que los tenía en tan poca cosa que preferiría, si tuviera que escoger, ser empleado como un hermano a quien señalaba, el cual se ocupaba en algunos ganados del corral, antes que, decía, entrar en ninguno proceso.

No podía tolerar ninguna alabanza, ni siquiera por parte del Sr. Vicente, y cuando no había otro remedio, el Sr. abate recurría a humillarse de la mejor manera

Los que han tenido la dicha de dirigirle en retiro dicen que tenía un sentimiento tan bajo de sí mismo, que se reputaba  indigno de que se le prestara ningún servicio ni de tener sirvientes. Como llevaba un día el orinal y hacía la cama, le dije que se lo hiciera el lacayo. Me respondió: «Yo usar lacayos, eso es cosa mía hacer de lacayo«. Esto era prueba de que estaba bien lejos del espíritu del mundo, y lleno del de Dios.

En su viaje de Roma, él mandó alguna vez comer en su mesa a un hermano coadjutor, diciendo que lo habría hecho siempre si la necesidad lo hubiera permitido, y que sabía bien cómo se ha de tratar a un hermano de la Misión. Mientras decía adiós y abrazaba a los misioneros de Roma, hacia el final vio a uno de nuestros hermanos coadjutores y lo abrazó con una ternura muy particular.

Servía a veces con mucha humildad a la mesa en el refectorio.

De vez en cuando el superior advertía de una falta cometida en el oficio divino en la sacristía, pues él se ponía de rodillas como los demás.

Su humildad y su deseo de ser tenido en poco le hizo a veces preguntar la cantidad de alguna palabra latina muy común y la explicación de alguna estrofa de himno.

Su Sr. hermano dijo a un sacerdote de la Misión que prometía en las ciencias, y que por consejo había renunciado a ellas.

En su abadía, cuando no se podía ganar a sus súbditos, se ponía de rodillas delante de ellos, atribuía a sus pecados aquello de lo que no era culpable, como que él y su capítulo no se entendían bien; pero el asunto del diferendo era principalmente  porque él urgía a sus canónigos a cumplir su deber.

Decía con frecuencia palabras de humildad, y esto con un tono que daba bien a entender que era de corazón.

Llegado a Metz tuvo alguna dificultad con una persona que quería predicar o mandar predicar a otra persona la cuaresma en Metz, lo que era un obstáculo para la misión. Hizo un acto de indiferencia diciendo que estaba preparado para volver a París, y después de largas discusiones por una parte y por otra, se puso de rodillas ante dicha persona, pidiéndole perdón por haberla ofendido de palabra, humillación que produjo gran edificación en Metz, y se ganó a dicha persona. Metz pensó que esta acción era propia de un santo.

No quería predicar en la catedral aunque se lo pidieron, sino tan sólo a los soldados de la ciudadela y a los pobres.

Después de permanecer bastante tiempo con los Señores del San Sulpicio quienes tenía más relación con la condición de su estado y nacimiento, los dejó a pesar de todo para venir con nosotros pobres sacerdotes, reduciéndose  a cantidad de nuestras prácticas, incluso a llevar el hábito que se parecía mucho al nuestro.

Aunque tuviera criados y sirvientes, no quería dejar que ninguno le hiciera la cama, ni vaciara sus orinales.

Un día creyendo haber dado motivos de mortificación a uno de nuestros hermanos coadjutores, al encontrase con él, se echó a sus pies, le pidió perdón, besó el suelo, y le pidió permiso para besarle los pies.

Llegando algunos pobres a verle para exponerle sus miserias, se molestaba en bajar al claustro, aunque su habitación se encontrara muy arriba, y con eso los dejaba tan contentos  que esta buena gente salía bendiciendo a Dios en aquel su servidor.

Durante su estancia en Roma, sus visitas no se realizaban a los cardenales y señores según su condición, o raramente; pero sí a los pobres visitando hospitales, etc.

Por último pudiendo vivir espléndidamente en la corte y darse buena vida, no se contentó con apartarse de ella  y retirarse a San Lázaro para vivir más retirado; sino que no tuvo ni bien ni reposo hasta agregarse a esta pequeña Compañía , y en efecto murió misionero.

Hacía en las fiestas de primera y comienzos de cuaresma, y otros tiempos, exhortaciones a todos sus criado.

Cuando, en su ausencia, algún criado cometía una falta pequeña, le reprendía a su regreso y le hacía ponerse de rodillas y pedir perdón a la Compañía, y él mismo lo hacía atribuyendo la falta a sus pecados, y eso ordinariamente.

Los instruía, los confesaba, y les hacía de director de su conciencia.

Durante su estancia en Roma, sus visitas no habían sido para los cardenales y señores según su condición, o raramente, sino más bien a los pobres visitando hospitales, etc.

En fin pudiendo vivir espléndidamente en la corte y darse buena vida, no se contentó con apartarse de ella y retirarse a San Lázaro para vivir más retirado; sino que no tuvo ni bien ni descanso que no se añadiera a esta pequeña Compañía, y en efecto murió misionero.

Hacía en las fiestas grandes y comienzos de cuaresma, y demás tiempos, exhortaciones a todos sus domésticos.

Cuando, en su ausencia, algún criado cometía alguna falta menor, le reprendía a su regreso, le mandaba ponerse de rodillas, y pedir perdón a la Compañía, y él mismo lo hacía a tribuyendo la falta a sus pecados y e3llo de ordinario.

Los instruía, los confesaba, y les servía de director de sus conciencias.

Les dio un reglamento que todos observaban exactamente. Aquellos a quienes concedía el habito no llevaban ninguna banda, sino muy modestamente, con el pelo corto, etc. No quería que sus criados recibieran ningún dinero que les daban algunas personas de condición y si ocurría, manda devolverlo varias veces; más aun, enviando un día a su cochero a vender un caballo, le dijo que lo vendiera por doscientas libras, este cochero, este cochera lo hubiera podido vender por doscientas cincuenta, con todo lo entregó por doscientas veinticinco. Al enterarse el Sr. abate mandó al cochero a devolver las veinticinco libras de más al comerciante.

Pobreza. –Sentía gran amor por la santa pobreza, eso hacía que no tuviera ningún placer en el mundo, se privaba de todas las comodidades superfluas, iba vestido corrientemente, llevaba un pesado sombrero, las carne delicadas ni tocarlas, si bien hallándose en la corte, es creíble se tratara mejor. Su selo para sellar sus cartas era de cobre o de hierro llevando un nombre de Jesús.  Se deshizo de su carraza no sin gran incomodidad. No tenía vajilla de plata, ni en casa, ni en su abadía, aunque su condición se lo pidiera. Tenía un gran temor a hacer gastos superfluos, en vista de que, al salir de Roma, incomodado notablemente, dijo a un médico que le acompañara hasta Turín, y por el camino consultaba y preguntaba si había razón suficiente para hacer este gasto. En sus viajes, hacía reunirse a los pobres, los instruía o mandaba instruir, y luego les daba la limosna. En Roma dio al menos tres doblones. En Metz, rogó al Sr. de Monchy que distribuyera en limosna tanto dinero como el de la reina. Habiendo ido de Roma a Albano para tomar los aires, dio tres doblones de oro para los pobres de Albano. En el viaje a Roma, dio varias limosnas para las iglesias arruinadas, a los pobres peregrinos y otras cosas, de las que el Sr Berthe que llevaba la bolsa podrá dar completo conocimiento, como el Sr. de Monchy del de los viajes a Metz. Su pobreza se deja ver también en que si en otro tiempo él y su Sr. hermano eran servidos por veinticinco o veintiséis criados, y en su muerte, ya no tenía nada más que nueve o diez en total, un hombre de asuntos, seis o siete en sus abadías y dos tan sólo en su viaje a Roma.

Llevaba las medias remendadas y zapatos bastante malos que tenían los cordones de cuero, pero limpios. No queriendo nada superfluo en su habitación, ni tapices, ni cuadros, etc., él no tenía otra comodidad que un pequeño hueco para hacer sus oraciones.

Celo por las almas, y por la gloria de Dios y de su Iglesia. –Su celo era prudente, mezclado de dulzura y de prudencia; ha escrito a una persona de confianza a quien daba cuenta de la Misión de Metz que su gran esfuerzo era no ser da casi nadie, es decir servir de consuelo a todos; para ello se hacía afable y bueno con todos, haciéndose todo a todos para ganarlos a todos.

Su fervor y su celo eran admirables, y así lo han parecido en todas partes, en particular en las misiones. Ha asistido a varias fiestas en el campo, gozándose en instruir y en confesar a aquella pobre gente, siendo de los más asiduos en el trabajo, no queriendo mejor habitación ni mejor alimento que los demás que lo eran por entonces bastante pobremente, y sometiéndose  al que se ocupaba de la misión como el menor de los misioneros. En la misión que se ha dado en el Hospital general, él predicó todos los días por la piedad por las mujeres pobres, Ya que, en todas las partes y en todo, él escogía siempre lo peor. En la de Metz era el superior y, no obstante, hacía el oficio de sirviente, levantándose el primero, encendiendo el candelero, yendo a despertar a todos los demás, y llevándoles luz, incluso a los criados, cada mañana, durante tres meses, se arrodillaba al pie de cada cama para decir: Benedicamus Domino y no se levantaba hasta que le respondían. Deo gratias.

Siendo señor temporal y espiritual de Tournus, al que encontró con algún desorden de costumbres, trabajó de tal manera en reformarle, sobre todo con su dulzura y buen ejemplo, que lo consiguió, manos veinte o treinta malos espíritus que le han dado buena guerra y ejercicio hasta su muerte.

Hizo también lo posible para hacer vivir dentro de la regla a los canónigos de su capítulo que le han causado grandes cuidados. Se sirvió para ello de todos los medios posibles, para lo cual, cuando se hallaba en su abadía, asistía con mucho cuidado y cansancio a todas las horas canónicas. Estaba a menudo casi todas las mañanas en la iglesia.

Había cerca de Tournus dos personas del otro sexo pervertidas que corrompían a la juventud; él, viendo que los oficiales de la justicia que había encargado de expulsarlas tardaban demasiado, se fue él mismo con algunos oficiales al lugar donde estaban estas personas corrompidas, les hizo afeitar el pelo, las puso en una carreta con los muebles, y libró así de esta peste a Tournus.

Mantenía en su casa o en el seminario a eclesiásticos para tener al alcance de la mano a personas propias para ocupar sus beneficios, y había colocado ya a dos en su capítulo.

En su abadía, siempre lectura de la mesa, primera y segunda, de cualquier condición que fueran  las personas que comían. Hacía allí él mismo las oraciones públicas de la tarde a las que todo el mundo asistía.

Empleaba días enteros  en los ejercicios de devoción y asuntos de piedad., Hizo entre otras la visita a las Carmelitas, lo que le supuso un gran trabajo de suerte que apenas encontraba el tiempo de cumplir con el breviario. En los viajes, cuando en alguna hostería disponía de tiempo antes de las comidas, hacía venir a los niños y les daba el catecismo. En estas conversaciones no hablaba nunca más que de cosas en honor de Dios.

Se cuidaba de que sus criados hicieran el retiro una vez al año. Tenía tal celo por la salvación de las almas que se olvidaba de comer y de beber y de dormir por trabajar, bien en las misiones, bien en reconciliar las enemistades, arreglar diferencias; se inclinaba por lo general hacia todo lo que se refería a la salvación del prójimo y los socorrían tanto espiritual como corporalmente.

Hallándose en Tournus en la época del carnaval, predicó con tanto ardor contra las caretas, que ese año no se vio ninguna en esta ciudad.

Su paciencia en las aflicciones, resignación, etc. –Habiéndose visto obligado a mantener un proceso por la exención de su abadía, Dios permitió que saliera perdiendo; pero en lugar de quejarse del juicio, se alegró de la confusión y fue inmediatamente a felicitar a su parte victoriosa y se alegró con ella por el decreto emitido contra él; a este efecto, le concedió una visita en su casa no menos cristiana que sorprendente, y además se fue a agradecer a sus jueces de la parte de su causa lo mismo que si se hubieran pronunciado a su favor; lo que muestra por una parte qué poderosa era la gracia en él para hacerle triunfar de sí mismo en las revueltas de la naturaleza corrompida, que en estos accidentes sensibles se arrebata al primer movimiento, y por otro lado el cuidado que tenía de no dejar pasar ninguna acritud al corazón del prójimo, no más que al suyo, sino  de establecer fuertes lazos de unión y de caridad.

Hace cinco o seis años que habiendo emprendido un viaje a Roma, fue secuestrado en el camino por el Sr. caballero de Chandenier, acompañado de una escolta de gentes de armas. Le tuvo dos meses prisionero, con el fin de obligarle a que le entregara Tournus, no contentándose con una pensión de 20.000 libras que tenía sobre esta abadía y sobre otra; le paseó de un lado a otro por la noche, le retuvo un tiempo en un castillo, y luego en otro, y le amenazó con embarcarle al mar, con llevarle a Berbería o a Inglaterra, y con exponerle a todos los peligros imaginables, para intimidarle. Pero este santo hombre sufría estos tratos con una dulzura de espíritu y un valor invencibles, resuelto a sufrirlo todo, hasta la muerte, antes que dar escándalo a la Iglesia, y este mal en su conciencia de ceder a un hombre a quien veía indigno de tales beneficios, y que hubiera abusado de ellos. Por último, reconocida su constancia por este pobre caballero, le puso en libertad, y poco después, reducido a la muerte, reconoció con ello su falta y le pidió perdón a este incomparable abate por haberle perseguido así.

Aunque haya padecido largas y molestas enfermedades, ya que es probable que su enfermedad venía desde hacía mucho, y principalmente en los más rudos ataques, nunca se le ha oído decir una palabra de queja ni mostrar amargura por sus males, sino que al aumentar sus calores, decía a Dios: Auge dolorem, sed auge patientiam.

En su muerte, demostró una maravillosa conformidad y resignación a la muy adorable voluntad de Dios, aunque hasta su llegada a la Saboya, y pasadas las montañas de los Alpes, le hubiera entrado una fuerte aprensión de la muerte. Este temor se le fue de tal forma que dijo varias veces a quien le asistía a bien morir, que no tenía penas de espíritu o tentaciones, y que estaba contento de morir.

Durante su enfermedad me dijo que le escribiera algunos pasajes  de la Escritura santa, entre otros éstos «Haec est consolatio mea ut affligens me doloribus non parcas. Dominus dedit, Dominus abstulit». Y uno de éstos dos; «Si sustinebimus, etc. o » si tamen compatimur, etc. «; tenía con frecuencia éste en la boca: Auge dolorem, sed auge patientiam.

Obediencia. –Estaba sumiso a su director, como un niño a su padre. A su regreso de Roma, obedecía exactamente al médico que le acompañaba haciendo todo lo que le decía u ordenaba, aunque muy abatido por su incomodidad. En las fiestas mayores, cuando le pedían que oficiara, lo hacía de muy buena gana, y si sucedía que, mientras se preparaba, algún clérigo iba a advertirle que era hora de revestirse, dejaba al instante su oración para obedecer a este clérigo.

Silencio. –Su silencio era admirable, no hablaba casi nunca, y cuando lo hacía, como en los recreos, era siempre de cosas buenas, como de las dificultades de las rúbricas, de pasajes de la sagrada Escritura, que él entendía muy bien por la fuerza de la fe y de la oración, ya que poco se servía de los comentarios. Se ha advertido que en los claustros huía a veces de encontrarse con algunos de la casa, sobre todo después de las comidas, para regresar a su habitación, a fin de que se guardara el santo silencio en el claustro. Su silencio en la sacristía era admirable, si quería el libro u otra cosa, lo mostraba con el dedo, y así se entendía lo que pedía.

De camino un día a Nanterre con el Sr. párroco de Saint-Étienne-du-Mont, y el Padre Faure, religioso de Sainte-Geneviève, el Sr Talec, que los acompañaba, dijo un día que el Sr. abate no tuvo otra  diversión durante el camino que con el buen Dios, guardando el silencio, suspirando de vez en cuando, aunque la compañía hablara de esto y de aquello. De notar es que el Sr. abate no iba a divertirse sino tan sólo hacerle ver al Sr. Talec el buen orden del seminario de Nanterre.

Modestia. –Era muy modesto en sus acciones, en sus hábitos y llevaba el pelo al ras. No se cree que haya habido nadie en su tiempo que haya manifestado mejor la modestia de nuestro Señor que él, caminando siempre muy despacio, siempre recogido exteriormente e interiormente. No se veía en él ningún acto de inmodestia; pero donde su modestia brillaba más, era al decir la misa o al oficiar en la iglesia solemnemente. Hallándose en Roma, el Papa le reconoció por su modestia, sin haberle visto nunca. Allí mismo, una persona de gran condición, se cree que un cardenal mandó detenerse a su carroza para considerar su rara modestia.

Su modestia en la iglesia encantaba a los más distraídos y los animaba a la devoción. Una persona piadosa ha dicho que al oír su misa le servía micho para disponerse a comulgar, impresionado por su rara modestia; por eso esta persona trataba de oír su misa con frecuencia. Se decía en otro tiempo, y eso de ordinario, que no veía quién estaba en la mesa enfrente de él.

Un día de la Candelaria, estando en Roma, asistió a la ceremonia de los cirios, cuya bendición ofició Su Santidad, y estuvo con tal recogimiento y modestia, que el Papa no le quitó los ojos de encima, como encantado y arrebatado por este hombre de Dios.

Mortificación. – Se privaba de todos los encantos de la vida, y se mortificaba sin cesar, comía poco y ayunaba a menudo. Se le ha visto ir a pie de San Lázaro a París, y regresar todo embarrado, y habría seguido así si no le hubieran obligado a tomar una carroza para su hermano y para él.

En Roma, se mortificó en extremo no visitando casi a nadie, retirado en su habitación, tratando de llevar una vida oculta. Ha visto muy pocas cosas en Roma, incluso iglesias y lugares santos. Cuando quería resolver o ayudar a resolver  algo de importancia, recurría a dios por el ayuno y la oración.

Antes del viaje a Roma, se vio que perdía la salud por falta de alimentarse lo suficiente, llamaron al médico que se sorprendió en extremo al verle tan extenuado, pues teniendo un gran cuerpo, necesitaba, según el juicio del médico, comer mucho. No obstante al cabo de poco tiempo los que le servían en la mesa y los hermanos de la cocina se sorprendían cómo podía vivir. Cuando se daba cuenta que le preparaban algo mejor de de ordinario, ni lo tocaba; pero otra cosa era cuando le servían cosas ordinarias, frías, comía contento. Le dijeron que sería su culpa si su Sr. hermano, que se esforzaba en imitarle hasta en lo más mínimo, no comía más que lo más ordinario, e incluso menos de lo necesario, y así se pondría malo. Fue así como tomaba un poco de los mejores platos que le presentaban. Pero era muy poco, y tenía la habilidad de esconder bajo otras viandas lo que él recortaba.

Hallándose en la misión de Metz guardó varios ayunos y abstinencias, como el de no tomar más que un poco de pan a veces y una pera con un vaso de agua enrojecida para cenar y eso bien tarde, y en pleno trabajo, su bebida ordinaria era agua teñida. En esta misión mandó guardar abstinencia el martes de carnaval a toda la Compañía. Poseía el espíritu de penitencia en alto grado, testigos las lágrimas que derramaba todos los días en abundancia, al celebrar la santa misa, y era este espíritu el que le hacía emprender y sostener tantas fatigas. Era normal acostarse hacia las diez y a veces más tarde y levantarse a las cuatro de la mañana o así. Dormía mucho menos en Metz. Algunos dijeron que ayunó tres días en pleno trabajo, con sólo pan, etc.

Una vez regresando del campo, el prefecto de las habitaciones se olvidó de poner sábanas en su lecho, lo que hizo que pasara la noche sin sábanas, y el prefecto al recordarlo fue a pedirle perdón, pero el Sr. abate verdadero amante de la humildad, se le adelantó y se puso de rodillas antes y le excusó, feliz por la ocasión de practicar este acto. Se pasaba el tiempo encerrado en su cuarto huyendo de las compañías. Llevaba un cinturón de plata muy rudo. Hallándose en Roma, se le presentó la ocasión de ver a los Griegos oficiar solemnemente, adonde le convidaron por ser algo hermoso de ver; pero él no salió ese día, quedándose encerrado en su habitación. Otra vez, asistiendo a una misa que celebraba el papa de bastante larga duración, cedió su sitio a una persona de condición para sentarse en el suelo.

Todos los viernes ayunaba y a veces hasta los sábados. Se ha advertido por una larga experiencia que era dueño de sus actos.

La fe. – Su aplicación continua a Dios, y a su presencia en la que estaba todo el tiempo, dan bastante a entender la viveza de su fe. Una vez que iba a su abadía pasó por Sainte-Reine y entró en el hospital que se comenzaba, donde siendo un burgués de esta ciudad, anteriormente ujier en el Parlamento de París, que se ha desprendido de su oficio, y se ha entregado a los pobres, era el Sr. Arnoulet, éste abordó al Sr. de Chandenier y le dijo: «Señor, estamos aquí como pobres abandonados, no tenemos aquí a nadie que nos predique, querríais, Señor, hacernos la caridad de hacernos una predicación mientras os encontráis aquí?» A lo cual el Sr. de Chandenier le respondió con un espíritu lleno de fe mostrándole el tabernáculo: Señor, Jesucristo está ahí (como queriendo dar a entender que Jesucristo era el Predicador de los Predicadores, que ellos no tenían más que echarse a sus pies, y que desde el tabernáculo les predicaba  sin cesar la caridad, la paciencia, la pobreza y la humildad, respuesta que edificó y contentó perfectamente a este buen hombre y a los asistentes.

Un número de actos de fe, de esperanza y de caridad que hizo los últimos días de su enfermedad no se puede expresar mejor que diciendo que hacía con tanta frecuencia que el sacerdote que le asistía temía que esta aplicación casi continua a Dios  aumentaba su mal  pues le había insistido tanto para recordarle que practicara en particular actos de fe y de esperanza cuando le viera acercarse al fin. El Sr. abate mismo, sin sugerírselo nadie, los hacía aun de palabra, hasta inmediatamente antes de morirse, de manera que las últimas palabras que recordamos haberle oído fueron actos de las virtudes explicadas aquí.

Su dulzura. – Tenía una gran dulzura que se veía en su rostro, en sus palabras, que iban acompañadas de un gran respeto, lo que le ganaba los corazones. Hizo entrar aquí de retiro a un hombre de Metz que no había asistido a la misión, y fue a verle a su habitación, le abrazó, le exhortó, etc.

Su dulzura era tal que el primero de los oficiales de su justicia en Tournus dijo a uno de nuestros señores que se actuaba con demasiada dulzura.

Templanza. – Comía muy poco, como ya se ha dicho, y viandas comunes, bebía agua teñida, de manera que los médicos se sorprendían de que pudiera vivir. En su abadía incluso, no usaba en la mesa más que buey y cordero; siempre se tenía lectura.

Un día que nuestros misioneros daban la misión en Saint-Ouen, estuvo allí,  donde después de ver a los nuestros a la llegada y oído la predicación, se vivió, y por mucho que se hizo para persuadirle que tomara al menos un dedo de vino, no quiso nada, cuando por toda razón que no comía fuera.

Su pureza de conciencia, castidad e integridad. –Hace más o menos un año que una persona de París le habló de poner a su hijo aquí en pensión para encerrarle y corregirle de sus malos comportamientos, diciéndole que ella simularía llevarlo a Saint-Denis, y que estando a la puerta de San Lázaro unos hombres titulados se harían cargo de él para encerrarlo aquí. El Sr. de Tournus le corrigió para disuadirle de que cometiera ese pecado de mentira, aunque leve, y le probó con buenas razones que, sea cual sea la buena obra que se desee hacer, no debe servirse del pecado venial. Con ello, hacía ver que no podían permitir ni siquiera el pecado venial en él, ni en los demás, sin hacer la corrección.

Estando una vez en recreo, y con él tres o cuatro de nuestros misioneros, cuando se tocaba la espineta, y se hablaba de los instrumentos, él dijo: que una vez, estando en una sala del Louvre, donde estaban los veinticuatro violones del rey que tocaban, se sintió tan emocionado y transportado por la armonía y sonido de estos instrumentos, que nos decía que después no volvió más. Era un alma muy pura y casta, y muy fiel en observar todas las prácticas y consejos dados a los ejercitantes, dando orden que no le dejaran ver las cartas que le traerían durante el retiro hasta después; que si eran cartas de importancia, y cuya respuesta no se pudiera dilatar, me pedía se lo comunicara al Sr. Vicente y aceptaran su parecer para decírselo. Se desprendía siempre a su tiempo de todo lo que podía impedir las gracias del retiro.

Dos de nuestros misioneros, personas muy virtuosas, le hicieron compañía en su viaje a Roma, y han declarado no haber advertido en él durante todo el tiempo ningún pecado ni siquiera venial, ni palabras inútiles, sino siempre de Dios.

Como muchos beneficios dependían de su abadía, se los confería siempre a personas a quienes sabía dignas y capaces de tales empleos; fuera de eso, no los daba, aunque gobernadores de provincias se interesasen ante él por ello; pero como solución, él formaba a jóvenes eclesiásticos, etc. Tenía la castidad muy recomendada para todos los de su casa, y había una regla a este efecto, que dos de sus criados habiendo permitido entrar a una hija de pastelero que llevaba algo encargado, despidió a este joven que le había dado la entrada y una penitencia a quien era cómplice, que no quiso cumplir y salió de la casa. Cosa notable sucedida a su ayuda de cámara en el viaje de Metz.

III..- En su viaje a Metz, Dios asistió de una manera muy particular a su ayuda de cámara, sobre quien pasó la rueda de una carroza o carro muy cargado. El hermano Alexandre pudo decir si no hay en ello algo de extraordinario en vista del lugar del cuerpo sobre el que pasó la rueda, sin que el joven muriera, ni siquiera heridas de importancia.

Se ha de notar que en la carroza había ocho personas, y criados por delante y por detrás. Item que el Sr. abate en persona le llevó al cirujano, y luego a una casa de los padres de algún misionero, donde estuvo siete días en Meaux, entre cuyas puertas ocurrió eso. Item más que el joven estando en la casa del cirujano, y desmayado, el Sr. abate le animó, diciéndole que no se moriría todavía tan pronto.

 

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