Edme Jolly (tercer Superior General de la CM y de las HH. de la C.) (parte tercera)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices, III.
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Segunda parte: Las virtudes del Sr. Jolly

Capítulo 1

De su caridad para con Dios;  de su piedad y de su fidelidad a los ejercicios espirituales.

Edme Jolly, C.M.

Edme Jolly, C.M.

Las virtudes de caridad, de piedad y de religión son sin duda las primeras y principales virtudes del cristianismo, ya que santifican al hombre perfectamente, le unen a Dios y le disponen a cumplir bien todo lo que pertenece a su divino amor y a su culto. Dios había repartido con abundancia estos dones en el alma del Sr. Jolly. Estaba como colmado de gracias; su corazón ha estado abrasado de caridad, y se puede decir que, cuerpo y alma,  estaba siempre toralmente entregado a las cosas del servicio de Dios; se había hecho una ley de ejercitarse  a menudo en los actos de su divino amor, no dejaba pasar nunca, cuando el reloj llamaba, sin  volver su corazón a este divino objeto, y había adquirido la costumbre de recurrir a Dios casi en todos los asuntos diferentes que tenía que tratar. No le quitaba nunca el pensamiento y el afecto, viviendo en un recogimiento habitual y en un dulce recuerdo de su divina presencia. Se mantenía siempre unido de corazón y de espíritu a su divino consejero, y se conservaba en el deseo de obrar por su gloria con un desprendimiento de sí mismo y un vacío general de todas las búsquedas de las vanidades o del propio interés al que había renunciado del todo no por un amor puramente afectivo y ocioso, sino por los lazos de una caridad activa y robusta.

Hablando un día familiarmente a uno de los sacerdotes de su Compañía sobre el modo de hablar y obrar de ciertas personas que, creyéndose muy adelantadas en gracias y en virtudes, parecían hacer poco caso de la vida activa de los demás, dijo: «Piensan que todo consiste en no hacer nada  y que los que obran y sufren por Dios, no tratan de mantenerse unidos a él; se equivocan, pues ¿qué medio de obrar el bien si no se está unido a Nuestro Señor, si no se comunica con él? No es posible. Se necesita unción para sostener una acción virtuosa; mas para llegar a santo, no hay que estar ocioso y perezoso: Totum opous nostrum in operatione consistit.

«Nuestro Señor nos ha dado por premio de su amor, la fidelidad en la observancia  de sus Mandaminetos, la victoria sobre nuestras pasiones y el buen orden de nuestra vida; ahí está el nudo de la dificultad, y es la prueba de un amor sólido: Probatio dilectionis est exhibitio operis«.

En consecuencia de esta persuasión de la necesidad de la unión del alma con Nuestro Señor por la fecundidad en las buenas obras, se entregó toda su vida a una fidelidad muy grande  en los ejercicios espirituales. Nunca le hemos visto faltar a la oración mental que ha hecho toda su vida con la Comunidad, con una modestia y un recogimiento que han edificado a todos los que tuvieron la suerte de hacerla con él, hasta el punto que hallándose enfermos varios no hacían otra cosa que fijarse en él y unir su corazón al suyo. No se dispensaba nunca de ella, por urgentes que fueran las cosas que tenía que hacer. Cuando iba a los campos, decía siempre el Veni Sancte Spiritus, y escuchaba la lectura del tema antes de ir a celebrar la santa misa. Es debido a este santo ejercicio que no descansaba nunca por las mañanas, por el temor, decía él, de que si llegara a diferirlo la necesidad de los asuntos  le quitara el tiempo de dedicarse a un ejercicio tan santo y tan necesario. Hubiera deseado que todos le hubiesen podido imitar en esto; ha escrito incluso algunas cartas a los superiores y visitadores de las casas de la Compañía para recordarles que no había nada reglamentado en ello en la Congregación y que en la costumbre que se dejaba introducir en San Lázaro de descansar una o varias veces a la semana, se refería a las necesidades de las personas. Él no descansaba, ni aunque se sintiera muy indispuesto; y le han visto venir a la sala todavía enfermo para hacer la oración con la Comunidad, haciendo poco caso de la molestia del cuerpo con tal de que el espíritu estuviera unido a Dios y la familia ayudada con su presencia.

Parece, por sus resoluciones y por algunos papeles de devoción, y mucho más por el fervor uniforme de su santa vida, que él no se contentaba con estar presente en la oración con los demás, sino que también se esforzaba por hacerla perfectamente y sacar de ella el fruto que Dios le preparaba. Insistía mucho en los actos de adoración y de humildad; se establecía sin prisas en la presencia de Dios, escuchaba al espíritu de Nuestro Señor; luego gustaba la pureza de las máximas evangélicas y contemplaba sobre todas las cosas  la humillación de Nuestro Señor Jesucristo, sufriente, pobre  y humillado. Hacía todos estos esfuerzos para formar a los jóvenes en este ejercicio, marcándoles el método, reprendiéndoles por las faltas que habían cometido, y les descubría las trampas que el demonio les tendía. Siendo fiel en hacer, desde por la mañana su preparación próxima y su buena vida siendo una preparación alejad muy excelente, no tenía dificultad para entrar en materia.

Estimaba sobre todas las cosas la práctica que tienen algunos de rezar mucho y repetir a menudo lo mismo hasta que entra en el corazón, y prever las diferentes acciones  del día, con el fin de disponerse a hacerlas todas en el espíritu que les es propio. Se dio cuenta expresamente de que al salir de la meditación, estaba mejor dispuesto que en otro tiempo y se proponía conservar durante todo el día algo de esta santa disposición, o renovarse mediante frecuentes y devotas oraciones jaculatorias y con la práctica de sus resoluciones. A propósito de esto, decía con frecuencia estas hermosas palabras de san Francisco de Sales: «Las virtudes meditadas y no practicadas nos inflan el espíritu en lugar de santificar nuestros corazones».

Era tan fiel a sus lecturas espirituales y a sus exámenes generales y particulares como a sus meditaciones. Tenía un libro espiritual puesto por su confesor o por su Director, y no se descuidaba en leer todos los días algunas páginas, observando todo lo prescrito en nuestras Reglas.

Hacía la lectura del Nuevo Testamento, de rodillas, en su habitación, y muy lejos de su mesa, para no apoyarse. Se le ha visto también con frecuencia hacer la lectura de la Imitación de Nuestro Señor, sentado en todo el borde de su silla, teniendo como un joven seminarista el libro entre las manos, con una rara modestia y toda la tranquilidad de un hombre que no hubiera tenido otras ocupaciones.

Cuando no podía encontrase con la Comunidad en los exámenes particulares, no dejaba nunca de quedarse en la iglesia o en la sala, después de la comida, para dedicarse a ello. En cuanto al examen general, no ha faltado nunca, ni siquiera en ciertos días en que volvía a casa después de dadas las ocho, prefiriendo este ejercicio a la necesidad que tenía de hacer la comida o de descansar. El cuidado que tenía de hacer preceder por la oración cada una de sus acciones principales, y esta atención continua a la presencia de Dios, cuyo recuerdo no perdía jamás del todo, hacían nacer en su alma una dulce tranquilidad y una serenidad sin igual. Todo su exterior  conservaba un porte serio, grave y devoto, que edificaba maravillosamente y mantenía a todos en el respeto.

Era sobre todo admirable en la iglesia, cuando decía la santa misa, o cuando oficiaba en las grandes fiestas. Parecía todo absorto en Dios y en una compostura plena de religión. Muchas personas asistiendo a su misa en San Lázaro, o en Nuestra Señora de París, cuando iba a celebrar allí, a ejemplo del Sr. Vicente, los sábados de la ordenación, quedaban impresionados por la devoción, y los que no la conocían, preguntaban quién es ese sacerdote tan alto que ha dicho la misa tan devotamente; este hombre, añadían algunos, parece vivir como un ángel y como un santo. Los que le conocían no estaban menos impresionados, sabiendo cómo su vida estaba conforme a la santidad de esta divina acción. Cuando hizo las exequias de mons. de Bassompierre, obispo de Saintes, asistieron diez o doce prelados. Varios tuvieron durante casi todo el oficio los ojos puestos en él, para admirar su modestia, la religión y la devoción que estaban pintadas en su rostro y brillaban en toda su actitud. En el oficio de Mons. Michel Le Tellier, canciller de Francia, que tuvo lugar en la iglesia del Hôtel Royal de los Inválidos, cuarenta prelados que asistieron  admiraron su modestia.

No sólo desempeñaba estos divinos oficios con las disposiciones santas que hemos dicho, unía ello también la buena gracia exterior y una práctica muy exacta de las menores ceremonias,  sin equivocarse casi nunca en ninguna. Deseaba también que todos los oficiantes fueran exactos y quería que todos cantaran devotamente, , y que se evitara  anticiparse unos sobre otros; sobre lo cual daba consejos muy prudentes, y hacía incluso a veces   correcciones urgentes. Sobresalía en velar las faltas que se cometían, en rectificar a sus oficiales y en esperarlos para hacer las acciones comunes todos a la vez. Distribuía, en las conversaciones con los demás, una parte de esa unción que había adquirido en su fuente en el santo sacrificio del altar que ha celebrado todos los días de su vida, incluso en los que se hacía sangrar o tomaba alguna medicina, sin dispensarse nunca hasta los últimos momentos; se le ha visto en el altar agotado, sudando, y casi medio muerto. Viéndose obligado finalmente a ceder  a la debilidad de su cuerpo y a las razones de los enfermeros, se abstuvo de celebrar la santa misa; pero quiso oírla siempre, teniendo la suerte de comulgar la víspera de su muerte. Y no es que pusiera límites a sus deseos en materia de devoción sino que el amor ardiente que tenía por la humanidad sagrada de Nuestro Señor, oculta para nuestra santificación en este augusto sacramento, sobresalía sobre las demás consideraciones.

Era muy exacto en saludar a Nuestro Señor en el Santo Sacramento cuando iba a la ciudad o regresaba. Realizaba esta acción de una manera tan edificante, se quitaba el solideo y se inclinaba como para anonadarse ante Dios en un santo recogimiento el espacio de dos o tres Pater que empleaba para encomendar a Nuestro Señor los asuntos que iba a tratar a la ciudad. A su regreso, no dejaba de empleas casi el mismo tiempo en acciones de gracias. De viaje, rezaba casi siempre con los ojos  cerrados, y oculto en el fondo de la carroza, mandando cerrar los cristales y la cortina de su lado para no ser visto. Cuando entraba en las casas de personas de distinción para asuntos difíciles, oraba durante algún tiempo antes de entrar, para encomendar el asunto a Nuestro Señor en quien había puesto toda su confianza, esforzándose en obrar siempre bajo su dependencia y por el movimiento de su gracia. Se unía en espíritu al mismo Señor para decir su breviario, para recitarlo con más piedad y atención  y cesaba toda otra acción y cerraba los ojos a las cosas visibles para recogerse antes de comenzar. Tenía también esta laudable costumbre de hacer preceder esta esta recitación de alguna lectura espiritual a fin de recogerse cada vez más y  ponerse en situación de ejercer santamente esta grande función de los Santos y de los Ángeles que no tienen en el cielo otra ocupación que alabar y bendecir a Dios.

No podía sufrir ninguna precipitación al recitar el oficio divino así como en las preces de la Comunidad. En una ocasión, dándose cuenta de que  se iba un poco deprisa  en las oraciones comunes de la casa, lo reprendió tres o cuatro veces seguidas en el capítulo y en las conferencias; luego, viendo que no se corregían del todo, mandó escribir sus intenciones y leerlas en la obediencia. Recomendaba que se escucharan unos a otros para ser uniformes en el tono, y para comenzar y terminar juntos; no arrastrarse, y algo que merece todavía más atención, no anticiparse.

No hablaba nunca en la iglesia, por mucha necesidad que hubiera, y cuando le sucedió a alguien que fue a interrumpirle por lo que fuera, o de la parte de quien fuese, no respondía, sino que se levantaba enseguida, se quitaba el solideo, hacía la genuflexión, salía de la iglesia y preguntaba una vez fuera qué deseaban. Consideraba el silencio en el lugar santo tan seriamente que ordenó en las fiestas y domingos a un eclesiástico de la Compañía que se quedara en la nave, para mantener el orden, impedir las inmodestias y toda conversación durante los oficios divinos, en particular durante las Vísperas. Cuando se veía obligado a  ir a las otras iglesias de París para asistir a alguna gran solemnidad o a un oficio de los difuntos por cualquier persona de nota, edificaba a todo el mundo por su modestia, por su silencio y su respeto por la presencia de Nuestro Señor en el Santo Sacramento. De ordinario estaba de rodillas, y esto por horas enteras.

En las circunstancias ordinarias, su piedad, ya tan sostenida, crecía aún más, y sus deseos, a veces, sobrepasaban a sus fuerzas. Se le vio en Nuestra Señora de París, el sábado antes de la fiesta de la Santísima Trinidad, cuando se celebraba el jubileo otorgado por Nuestro Santo Padre el Papa Alejandro VIII, tratar de llegar hasta la capilla dedicada  a la santísima Virgen, por medio de tanta gente que cerraba el paso. Dijo allí la santa misa y distribuyó allí la comunión durante más de media hora pasada, aunque estuviere ya muy caduco y le costara un triunfo tenerse en pie. Se le vio a continuación  ir a pie a la parroquia de Saint-Laurent a hacer sus estaciones por otro jubileo y quedarse tanto tiempo y regresar tan cansado y tan fatigado que al llegar cayó desvanecido, de lo que le costó recuperarse. Todo lo que pertenecía de lejos o de cerca de Nuestro Señor le era  muy querido y muy venerable; cuando se encontraba imágenes de los santos o incluso papeles de devoción estropeados, no quería que los pisasen. Debemos, decía, dar suma importancia  al reglamento y a las santas prácticas de la Compañía, dejar todas nuestras devociones particulares para observar bien nuestras reglas, valorar más por ejemplo no hablar sin permiso a personas  conocidas que nos encontremos por los pasillos que tomar veinte disciplinas; realizar con tanto cuidado el menor oficio, y honrarle como si se tratara del cargo de Superior de la casa, ya que nuestra perfección no consiste  en nuestra propia voluntad que encuentra muy a menudo en estas cosas, sino en la de Dios, la cual, estamos seguros de ello, está en nuestras reglas y prácticas.

Nuestro Señor Jesucristo era, según hemos dicho, su primer consejero, s querido Maestro y el único objeto de sus deseos. Veamos un acta escrita de su mano, por la cual se dedicaba y consagraba por entero a su querido Salvador: «Os adoro, mi Señor Jesucristo; yo me doy todo a vos para perteneceros por un derecho irrevocable y me quiero dar ahora y para siempre, de tal manera que yo no pueda en nada disponer de mí  sin vos, como esclavo, como ofrenda y como criatura, pues tenéis sobre mí derechos de Dios. Os doy mi espíritu, mi carne y todo lo que soy; y todo ello por vos mismo, oh Dios, por la Iglesia, por la Congregación, por todos aquellos que me hagáis encontrar y por todas las cosas que vos me dirigiréis, de las cuales haré uso en vos, como vos mismo, si me es posible, contra el pecado, contra el mundo, la carne, la pereza, el orgullo, la vanidad, el amor de las cosas presentes y la avidez de los ojos. Así sea».

Después del Hijo, decía este devoto sacerdote, hay que preferir a todo a su santa Madre y la nuestra; debemos estimarla como Madre de Dios, amarla tiernamente como a nuestra buena Madre, imitar sus virtudes y sobre todo su pureza, su amor, su ternura para con Nuestro Señor su Hijo. «Reconozco, decía él, haberlo recibido todo de Jesús por las manos de María. Debo a la santísima Virgen mi conservación, mi vocación, tantas otras gracias recibidas de Dios por su mediación; debo pues recurrir a ellas en toda ocasión, alabarla, animar a los demás a su devoción. Es la Madre de Dios, es la mía, yo le seré siempre devoto y pediré por medio de ella las gracias y, desde ahora, la de buscar en todas las cosas el amor de mi Dios y de resistir con prontitud a los ataques de la vanidad». Decía todos los días una parte del Rosario. No se quitó el rosario que llevaba a la cintura, a cualquier lugar que fuera, a la Corte, a la asamblea de las Damas de Caridad, en la Sorbona, y en todas partes no tenía ningún respeto humano, ningún  cuidado por lo que podían decir de él, prohibiendo incluso a los estudiantes que no dijeran nada que pudiera disgustar a sus hermanos por este antiguo uso al que nuestros venerables Superiores generales el Sr. Vicente y el Sr. Alméras habían sido tan fieles, que la Compañía habría hecho de ello una regla, si por buenas razones no se hubiera creído conveniente dejar esta práctica a gusto de cada uno.. No cedía nada a nadie en esta devoción. Después de la misa, se arrodillaba delante del altar de la Santísima Virgen y allí hacía una parte de su acción de gracias. Después de las vísperas de los domingos y de las fiestas, se arrodillaba también algún tiempo con los estudiantes. Cuando pasaba por delante de la iglesia de Nuestra Señora de París, hacía parar la carroza y entraba a saludarla en su capilla para encomendarle los asuntos de la Compañía. Asistía al oficio los días de su fiesta, aunque no oficiara él. El viernes, después del capítulo, venía a la iglesia para adorar a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento y saludar a la santísima Virgen antes de subir a su habitación para hacer la meditación. Amaba tiernamente a los que amaban y honraban en particular a esta «Madre de la hermosa dilección»; se complacía en oírles hablar los días de sus fiestas sobre sus virtudes, sus grandezas y sus gracias. Él la consideraba como a la muy buena Madre de la Compañía, a la cual él recomendaba muy frecuentemente cuando estaba en peligro de experimentar algún daño considerable.

Tenía una veneración profunda hacia la persona, la vida y las acciones de nuestro venerable Padre y muy digno fundador el Sr. Vicente. Como durante la vida de éste, igualmente después de su muerte tenía por costumbre decir: «El Sr. Vicente solía actuar así; admitía o rechazaba tales cosas «; era su regla de conducta. Los que le han examinado con más detenimiento han reconocido que de esta manera hacía gobernar más al Sr. Vicente que él, siendo un fiel observante de las Reglas, de las Constituciones y de todos los consejos de este dignísimo Fundador; no teniendo ni vistas, ni razones, ni prudencia contra las ideas, las razones y la prudencia de este querido Padre de los Misioneros; Sentía por él no sólo una estima humana, sino un respeto religioso que le llevaba casi todos los días a su tumba para consultarle sobre los asuntos y rogarle que gobernara desde arriba él mismo la Compañía, y le comunicara todas las gracias necesarias según las circunstancias. Iba en los grandes asuntos, acompañado de los Srs. Asistentes, como al oráculo que debían consultar. Enviaba allí a los Misioneros tentados o desanimados, para que fueran socorridos y que la virtud de las cenizas de este santo cuerpo despertara en ellos el vigor de su primer espíritu: cosa que se ha conseguido más de una vez.

Así eran la caridad, la piedad y la religión del difunto Sr. Jolly. Quiera Dios comunicarnos parte de estas grandes y sólidas virtudes sin las cuales toda carne no es, según la palabra de la Escritura,  más que como hierba que se seca, y con las cuales los menores hijos de la Iglesia son ante Dios sus más fieles servidores y sus hijos más queridos.

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