Capítulo V:
De su obediencia y de su fidelidad a las reglas y a las menores prácticas de la Compañía.
Vir obediens loquetur victorias. El hombre obediente hablará de victorias que habrá ganado sobre sí mismo, sobre su propio juicio, sobre su propia voluntad, sobre sus pasiones, sobre sus malas inclinaciones, y en general sobre todos los enemigos de su salvación; es el oráculo de la verdad el que nos lo asegura, y nuestro muy honorable difunto Superior el Sr. Jolly daba en las conferencias que celebramos sobre este asunto, toda la extensión que acabamos de dar a este pasaje. A esto añadía aún esta famosa sentencia de san Bernardo: Cesset propria voluntas, et infernus non erit; porque, como es la voluntad propia de la criatura la que puebla el infierno, así la obediencia siendo la tumba de la propia voluntad, parece que no hay ya infierno para los que obedecen perfectamente. «El amor de la obediencia hace, dice en otra parte, que se viva contento y que el trabajo es útil para la vida eterna, recompensando Dios lo que se hace por el amor de él, sobre todo si no hay mezcla de su propia voluntad».
Él ha practicado exactamente todos los consejos saludables que ha dado, en este asunto, a sus hijos. Cuando se dispuso a entrar en el seminario, pidió al Sr. Vicente que celebrara la santa misa para obtener que Dios le hiciera conocer su santa voluntad sobre la elección de un estado de vida en el que pudiera prestarle algunos pequeños servicios. Una vez que conoció que Dios le quería en la Compañía, se desprendió de su propia voluntad en las manos de este caritativo Padre y muy digno Superior, y desde ese primer momento hasta su muerte, no se ha visto en él ningún vestigio de su propia voluntad. Considerándose, en efecto siempre como muerto a sí mismo y viviendo para Nuestro Señor, no buscó más que vivir en la independencia de los que le ocupaban su lugar; y tan pronto como había aprendido sus voluntades por su medio, las ejecutó con una perfecta fidelidad.
No es cosa rara ver a jóvenes seminaristas sencillos, manejables y obedientes; la abundancia del rocío celestial que corre por sus venas, el fervor del espíritu de Dios que los ama, la gracia de la novedad, el ejemplo de sus cohermanos, la dulzura de la conducta y la facilidad de las cosas que les mandan endulzan mucho el yugo de la obediencia; pero, en adelante, al decaer el primer fervor, las cosas que se les mandan siendo más difíciles, no es raro encontrar a personas a las que les cuesta obedecer. El difunto Sr. Jolly, él, fue siempre el mismo.
No había cumplido más que dieciocho meses de seminario cuando le sacaron de él, para enviarle a Roma, a formar parte en los trabajos de nuestros cohermanos que estaban en esa ciudad.
Dos cosas hacían esta obediencia difícil: la humildad por una parte le representaba la necesidad que tenía de pasar dos años en el seminario para tener tiempo de revestirse del espíritu de la Compañía; su prudencia, por otra parte, le hacía palpar con el dedo la ventaja que hubiera tenido de un curso de estudios reglados con el fin de reavivar la memoria de las cosas que había aprendido en el siglo, y para formarse cada vez más en la ciencia eclesiástica. La prudencia de la carne podía así intervenir y exponer que no era conveniente enviarle de nuevo a un país caliente, del que había regresado a Francia por razones de salud.
Pero las razones humanas, las reflexiones de la prudencia ordinaria lo mismo que sus sentimientos de humildad se doblegaron ante la obediencia. A la primera señal de la voluntad del superior, sale para Roma, nada más llegar, su obediencia es puesta en nuevas pruebas mucho más difíciles que las anteriores: le hacen sacerdote por un extra tempora, le dan el cuidado de lo temporal de una casa pobre, es admitido al consejo de familia y le confían el cuidado de las conciencias para las personas de la Congregación. Se somete a todo con humildad. Obedece con confianza, y espera de Dios su auxilio; con tal que sepa la voluntad de sus superiores, no dejará piedra sin mover para la gloria de Dios mediante sus órdenes.
Tenía por ilusiones todas las ideas contrarias a la santa virtud de la obediencia. Un joven, a quien habían enviado a Roma, quería absolutamente estudiar en una clase pública y no en una particular, con la ayuda de algún sacerdote de la casa. Él escribió de Roma al Sr. Vicente, en estos términos: » De tres hermanos que el Sr. Berthe nos ha enviado aquí por orden vuestra, Señor, y que llegaron como os decía en mi última el mismo día que la escribí, uno que no ha acabado todavía sus dos años de seminario está muy afligido porque no ha encontrado, como pensaba, una clase de teología por aquí, como dice que le han prometido por vuestra parte, Señor, donde estudiaría. He hecho lo posible, tanto para demostrarle que le ayudaríamos lo que pudiéramos en sus estudios, como para hacerle mostrarse bien indiferente en todo, como es necesario que sea un Misionero. Pero es algo penoso ver hasta dónde llega su tentación; no atiende a ninguna razón, ni divina ni humana, si bien por otra parte se muestra firme en su vocación; y cree estar perfectamente desprendido de todas las cosas del mundo, diciendo que se ha vuelto indiferente en todo, pero no en este punto de los estudios, habiendo recibido promesas contrarias. Vos me dijisteis, me parece, Señor, entre otras cosas que le propusiera algo parecido a esto en un retiro a los seminaristas, a saber que se formara en la indiferencia en los estudios; y yo lo veo ahora más necesario que entonces, ya que este pobre hermano se pierde en esta tentación, y si no se le quita de la cabeza, o más bien, si Nuestro Señor no se lo quita, es una puerta abierta a mil inquietudes y a convertirse en poco propio para el servicio de su vocación. Me ha dado pruebas de su deseo de pedirle que le envíe a Génova para estudiar allí según su grandísimo deseo. Le he dicho que podía escribiros; pero hacer que se lo pidieran otros yo no se lo aconsejaba, ni siquiera que os lo pidiera él mismo, porque no se vería satisfecho de condescender a la tentación, y que es mucho mejor acomodarnos a los designios de Dios sobre nosotros, que hacer nuestra voluntad contra su beneplácito.
«Por último, le he exhortado a tener paciencia, ya que no es probable que un intento tan vehemente y un problema tan grande dure mucho tiempo a una persona que quiere ser enteramente de Dios; pero la desgracia es que no se le puede hacer comprender que este apego sea desordenado. Nuestro Señor lo hará si le place por vuestras súplicas, Señor. Está en ejercicios espirituales con los dos que han venido con él. Después de los ejercicios, veremos si el estudio que hará con la asistencia que alguien de la casa le dé, le calmará de alguna manera. Recurre siempre a la promesa que dice que le hicieron de mandarle a estudiar bajo un maestro con otros escolares».
El difunto Sr. Alméras ha confesado alguna vez que durante el tiempo que ha dirigido la casa de Roma, no ha advertido en el Sr. Jolly un solo rasgo de propia voluntad, ni la menos falta contra las reglas; y que, desde ese tiempo él le consideraba como uno de los más regulares y de los más obedientes misioneros que conociera.
En efecto, él le ha obedecido en todo y sin ninguna contradicción durante cuatro o cinco años que fue su súbdito; pero obedeció con mayor perfección, cuando en 1654 el Sr. Vicente le llamó a París para dirigir el seminario interno de San Lázaro, y que diez meses después le volvió a mandar a roma. Iba a tomar la dirección de una casa que comenzaba, en la primera ciudad del mundo, y a la vista de las personas más señaladas de toda la cristiandad; obedeció no obstante con humildad y se encargó por obediencia de ese peso duro que parecía capaz de doblegar los hombros más fuertes.
Su obediencia fue puesta a prueba definitivamente cuando debió aceptar el oficio de Visitador de la provincia de Italia, luego la dirección general de toda la Congregación. Como su profunda humildad hacía que se creyera muy indigno de sus empleos, y su rara prudencia le descubría de lejos todas las dificultades; pero en estos casos, más que en ninguno otro, este hombre obediente conseguía victorias sobre sí mismo, sacrificándose por el bien de todos. Él había venido a la Compañía, decía a uno de sus sacerdotes, para gozar del descanso en Nuestro Señor; «y sin embargo, añadía, hay que ir y venir, vivir en el ruido y en el tumulto de los negocios; pero todo es bueno en Nuestro Señor, y nuestro verdadero bien consiste en hacer en todo y en todas partes su santísima y adorable voluntad».
Cuando fue Superior general se entregó a la lectura de las Constituciones y de las Reglas, y estudió con cuidado las colecciones de los avisos, cartas y respuestas escritas por sus predecesores. Redujo a dos puntos todo el secreto de su dirección, sin tener a la vista otra cosa que, en primer lugar, hacer llegar a las personas de la Compañía a Dios, y en segundo lugar, dirigirlas por las rutas trazadas por el Sr. Vicente; por eso en todas las deliberaciones y en todos los avisos, se adaptó a la gracia y al espíritu de este santo fundador. Una vez que presidía en una de las Asambleas generales, en la que se propusieron algunos cambios en la dirección: «Veamos, dijo, Señores, veamos si esto está conforme a nuestro primer espíritu; ¿Qué harían los Srs. Vicente y Alméras si estuvieran aquí para deliberar con nosotros? Ese es el espíritu en el que debemos obrar en esta ocasión».
No quería oír que se permitiera fuera lo que fuese algo que el Sr. Vicente había prohibido, ni recibiera en la Congregación a las personas que él o el difunto Sr. Alméras habían rechazado. Un estudiante le preguntó si los de su condición pudieran hacer una parte de su oración, en la misa de las siete, los días que descansaban. El Sr. Jolly pidió tiempo para pensarlo y para buscar si el Sr. Vicente no había reglado nada sobre este asunto; tres días después, le respondió que no podía hacerse así, y que nuestro muy honorable Padre había respondido a una pregunta semejante que había tiempo para todo, para la misa, para la oración, para el estudio y que no quería que se recortase nada de lo destinado a los ejercicios espirituales. –Cuando le pedían permiso para algo inusitado, su repuesta ordinaria era ésta: «Hay que atenerse a la Regla y a la costumbre antigua de no innovar nada, el difunto Sr. Vicente no tenía esta costumbre».
En el gobierno general como en su conducta particular, ha sido siempre fiel a la práctica de las Constituciones. Era extremadamente exacto en observar las Reglas. Estaba en este aspecto en disposición de decir con una santa confianza, sin herir la humildad: Quis vestrum arguet me de peccato? ¿Podríais encontrar que yo haya cometido una falta contra las Constituciones o contra las reglas fundamentales de nuestro Instituto?
Los Superiores generales por no tener a nadie por encima de ellos x se hallarían siempre en gran peligro de hacer su propia voluntad si no tuvieran al fundador como su superior y a la Regla como su maestra: Omnes magistram sequantur Regulam, decía san Bernardo; hay que obedecer a la Regla, desde lo más pequeño hasta lo más grande y sin ningún privilegio ni excepción que no esté fundado en la razón y la equidad. El Sr. Jolly estaba tan persuadido de esta importante máxima en el buen gobierno que no reconocía otro privilegio, para el Superior general de la Compañía que el de no tomar descanso, de ser más regular que todos los demás y más fieles en las cosas menores.
La fidelidad en las cosas pequeñas, dijo, un día en una conferencia que daba sobre este asunto a su familia, es el precio al que debemos comprar el paraíso; es mediante esta fidelidad como se adquiere la humildad que es el fundamento de la vida de un misionero y de la de todos los cristianos; así es como se vence el espíritu de soberbia, que no se complace más que en aparecer en las grandes cosas y en las acciones brillantes; por medio de esta fidelidad se abandona el espíritu del mundo y se reviste del espíritu de la Misión.
No se ha de creer, añadía, que esta fidelidad en las cosas pequeñas sea tan sólo necesaria a los principiantes; debe ser el ejercicio de nuestros hermanos, de los estudiantes y de los sacerdotes más antiguos, como también de los seminaristas. Son los que tienen esta fidelidad en las cosas pequeñas los que pueblan las Compañías y las mantienen con sus buenos ejemplos; es preciso pues asegurar la observancia en las cosas pequeñas, porque, dice Nuestro Señor, «quien es fiel en lo poco lo será en lo mucho». Dios es liberal con los que lo son con él, y si él no nos asistiera en las cosas pequeñas como en las grandes, ¿dónde estaríamos nosotros?
«Dios no mira qué grande es lo que se le da, sino con qué afecto se le ofrece. Ha unido las cosas más grandes a la fidelidad en las menores.
La felicidad de Adán en el paraíso terrestre dependía dela fidelidad en abstenerse de comer una manzana; la curación de Naamán, en lavarse siete veces en el Jordán. ¿Qué hay más pequeño que la materia y la forma de los sacramentos? Sin embargo qué grandes y excelentes son sus efectos! El demonio no se preocupa con qué nos pierde, con tal que lo consiga. Y san Gregorio papa advierte muy sabiamente que es más peligroso acostumbrarse insensiblemente a pecados pequeños que caer en los mayores que se dejan sentir con horror y de los que se corrige uno con facilidad. No se ha de dar al demonio uno solo de nuestros cabellos, pues con ese solo cabello se esfuerza en arrastrarnos a los infiernos.
Las cosas pequeñas son, añadía él, la puntualidad en levantarse por la mañana a la primera señal y la obediencia al primer sonido de la campana para todos los demás ejercicios, como a la voz se Jesucristo; dejando sin terminar la letra comenzada, reteniendo, cuando suena el fin de la recreación la mitad de la palabra que se había comenzado a decir, santificando a Dios el resto del periodo en la lectura que se hace y cuyo fin se querría ver. Es también obedecer a la menor señal de los Superiores y de los menores oficiales, la diligencia en vestirse para ser los primeros en la oración. La santa modestia es también una de las cosas pequeñas: modestia en la oración, manteniéndonos ante Nuestro Señor en el respeto que debemos a su presencia aunque hubiera que sufrir para esto lo poco de incomodidad que hay en estar arrodillado, o estar recto si se está de pie, etc. Todas estas cosas son pequeñas y parecen de escaso valor; pero son en realidad de gran perfección, la estima y la observancia de estas reglas nos pueden merecer el don de oración, mientras que por el contrario el desprecio y la negligencia que se tiene por ellas nos hacen indignos de los favores de Dios. Se necesita la modestia al caminar por los pasillos, y guardando en el recreo y en todas las demás partes una buena actitud del cuerpo no moviendo la cabeza a la ligera, evitando en el refectorio las faltas señaladas en las Reglas del seminario y las que están contenidas en el libro del buen comportamiento; modestia, por último, que parezca en todo en el recato de la vista y la mortificación de toda vana curiosidad.
«El silencio es también una de las cosas pequeñas; silencio no sólo en cuanto al tiempo y al lugar, no hablando en los encuentros y fuera del tiempo del recreo en los corredores, como se ha recomendado, no hablando a los externos al encontrarse con ellos, enviándoselos a nuestros hermanos porteros que están encargados de avisar al Superior; silencio también en cuanto al tono de la voz, no elevándola más alto de lo necesario para hacernos oír y no interrumpiendo a los demás. Silencio en el trabajo, evitando lo más posible el ruido, cerrando las puertas con cuidado, moviendo las sillas sin golpearlas contra las otras y sin arrastrarlas por el suelo, haciendo al marchar el menor ruido posible sobre todo después del examen general. Debemos también poner entre las pequeñas cosas importantes para nuestra perfección, la fidelidad en tomar agua bendita, arrodillarse al entrar y salir de nuestras habitaciones, la fidelidad en hacer bien la genuflexión y la señal de la cruz, en guardar bien el recato en la iglesia, en leer en el Breviario o en el Diario las cosas que se cantan. Igualmente, no hablar en el refectorio, no comer fuera de los tiempos señalados, no ir a la huerta sin permiso; no calentarse sin necesidad y, cuando hay necesidad, hacerlo prontamente y en el lugar destinado a esta costumbre».
Estas son las palabras de nuestro padre que deben ser escuchadas con respeto y sumisión de todos los misioneros, sus hijos, ya que están llenas de un gran sentido, fundadas en una larga experiencia y sostenidas por el buen ejemplo de que nos ha dado en estas pequeñas cosas, como en las mayores, habiendo practicado exactamente todo cuanto acaba de decirse aquí, durante todo el curso de su vida. este ha sido el testimonio general de todos los que le han conocido y que han hablado en las conferencias celebradas sobre sus virtudes, o que han enviado memorias de lejos, que era un ángel en modestia y un perfecto modelo de una plena regularidad. Le sucedió una vez levantarse después de los demás, porque el hermano que le encontró dormido cuando fue para despertar a las tres y media, le dejó, después de hacer dos o tres esfuerzos inútiles para despertarle, creyendo que podía tener una necesidad urgente de reposar; pero, muy sorprendido al ver que el sol se le había adelantado en la bendición del Señor, el Sr. Jolly hizo una buena reprimenda a este buen hermano que había tenido compasión de su necesidad, y le dijo que le sacudiera bien fuerte después de decir el Benedicamus Domino si no respondía claramente Deo gratias, y si él no se levantaba en ese mismo instante.
Tenía la paciencia de sacar del bolsillo el pasaporte perdido entre sus cartas y papeles con el fin de cerrar las puertas con el menor ruido; en cuanto a las puertas que se cerraba con un simple picaporte, las llevaba suavemente con la mano sin abrirlas mucho, ni siquiera las puertas de cristal y corredores que se cerraban casi solas. Cuando le hacían una sotana algo larga, la hacía recortar, diciendo que había vanidad y espíritu del mundo en llevar sotanas arrastrando o demasiado ajustadas al cuerpo; y si el hermano sastre no se corregía, le cambiaba de oficio por algún tiempo, a fin de hacerle con ello más atento a no hacer nada que fuese contra la pobreza y la sencillez antigua de los hábitos de los misioneros.
No dejaba nunca de tomar agua bendita, de hacer la señal de la cruz, de arrodillarse al entrar y salir de su habitación, aunque esta práctica le costara mucho a causa de las úlceras de sus piernas y de los dolores de sus rodillas.
Tomaba tan bien sus medidas que volvía casi siempre de la asamblea de las Damas de la Caridad de Pantin, y demás lugares, donde tenía que hacer fuera de casa, para las horas de las comidas que tomaba con la comunidad. Poseía a la perfección todos los avisos de los cuadernos, incluso de los oficios más pequeños, de manera que se sentía molesto de cometer faltas exteriores en ellos sin advertirlo y se corrigiera exactamente. Corrigió una vez a un seminarista porque para un ejercicio público dado cuatro o cinco golpes más de los que señalaba su cuaderno.
Siempre ha sido fiel a su empleo del día, tanto para los ejercicios espirituales como para las funciones de su oficio de Superior general.
Ponía tanto empeño en la exactitud incluso a las menores reglas y prácticas de la Compañía que animaba a ello con poderosos motivos, recordando que estas cosas que parecen pequeñas a los ojos de los hombres no dejan de ser grandes delante de Dios, cuando están bien hechas.
«Es conveniente, dice en la última conferencia que ha tenido en San Lázaro, sobre esta materia, es conveniente desear el Paraíso y amar los bienes espirituales, como los avaros las riquezas. Ellos se entregan sin cesar a reunirlas, no perdiendo ni un ochavo ni un céntimo, sino juntándolo todo a lo que ya tienen; así, cuando se presenta una ocasión de practicar el respeto, el silencio, la modestia y el apoyo, no hay que dejarla escapar».
Nos hemos extendido mucho en este capítulo, porque es importante y hemos creído rendir un verdadero servicio a los que vengan después, reservando los sentimientos y las propias palabras de un personaje tan sabio, sobre un asunto que es arriesgado descuidar, y que sería incluso de temer llegar alguna vez a despreciar.








