Capítulo VII: De la mansedumbre y de la firmeza en su dirección.
La mansedumbre que degenera en blandura debilita en extremo la dirección; la firmeza que huele a tiranía irrita extremadamente a los espíritus; pero cuando un superior tiene suficiente prudencia y suerte para hacer una justa mezcla de estas dos cualidades, hay pocos caracteres que no domine y que no corrija, y casi ningún bien que no se pueda esperar de su gobierno.
Veamos lo que se puede decir con verdad y sin adulaciones sobre la dirección de nuestro digno Superior general el Sr. Jolly. Ha sido dulce sin debilidad, firme sin dureza, aunque su dirección haya parecido a algunos un poco más admirable por su firmeza que recomendable por su dulzura.
Es cierto que, en toda su dirección, ha tenido a la vista conformarse a la sabiduría eterna de la que se escribe que alcanza con fuerza sus fines aunque se sirva de medios dulces y suaves para conseguirlo. No abandonaba nunca una buena empresa por difícil que pareciera, y pronto o tarde conseguía lo que había resuelto después de recibir consejo. Pero él contemporizaba mucho, esperaba los momentos favorables, actuaba con gran acierto, y no decía ni hacía nunca nada violento en los preparativos de sus mejores planes. La dulzura debe estar en el corazón para desterrar de él toda amargura y toda inquietud. Debe estar en las palabras para no dejar escapar una sola que signifique la pasión. Por último, debe también brillar en las acciones y en las ocasiones imprevistas para que el hombre caritativamente dulce y humilde de corazón no caiga nunca en esos accesos de violencia y de cólera que oscurecen las mejores empresas y hacen abortar los planes más importantes. El difunto Sr, Jolly ha practicado esto a la perfección. Su corazón se ha visto siempre libre de hiel y amargura en relación con aquellos mismos que le han causado más trabajo. Parece por todas estas cartas que estaba de tal forma muerto a sí mismo, que apenas se daba cuenta de las injurias que se le hacían. Una persona mal dispuesta se imaginó que el Sr. Jolly rechazaba su petición por alguna aversión que sentía hacia ella. Como respuesta, se contentó con negar que estuviera en semejantes disposiciones, y se tuvo la paciencia de justificar su conducta con todo el respeto y la moderación de un igual a un igual y hasta de un inferior en relación con un superior.
Un sacerdote, avisado en el capítulo de que en los recreos se quejaba de la calidad del vino, se esperaba una reprensión agria y fuerte por esta falta que pasa por considerable entre personas de comunidad y aun entre toda clase de gente honorable; sin embargo, el Sr. Jolly no dijo otra cosa que esto: «Es verdad que hemos tenido buena suerte este año, pero no somos los únicos, ya que los vinos de este año no han valido nada. Hay que armarse de paciencia, trataremos el año que viene de tenerlos mejores». Todos los que estuvieron presentes admiraron la moderación y la dulzura de esta corrección, y reconocieron que este venerable superior no era hombre de una mortificación extremada y que no escucha razones. Escribiendo a un joven sacerdote que le había escrito para pedirle perdón por una falsa gestión que había hecho con perjuicio de sus más precisas obligaciones, le consuela y le anima con estas palabras: «Dios permite e veces que los que le aman caigan para volverse a levantar luego para avanzar por el camino de su servicio con más fervor; es, así lo espero de su bondad, lo que le sucederá a usted. Se aprovechará de la desconsideración que le había hecho de abandonar el seno de su madre la congregación, la cual ha tenido y tendrá siempre para usted entrañas de caridad».
Hay una infinidad de otros ejemplos parecidos en los que trata a sus inferiores con señales de dulzura, de caridad y de ternura que demuestran que tenía, como él mismo dice, la devoción de no romper la caña doblada y no acabar de apagar la mecha que aún humea.
Rogaba, suplicaba, conjuraba, esperaba con paciencia el fruto de su trabajo, pero después de tener por largo tiempo misericordia, si no había éxito, juzgaba que era el momento de hacer justicia, y entonces no ahorraba nada poner en su deber a los espíritus rebeldes, aunque a pesar de ello se haya visto ningún vestigio de cólera y de pasión en la firmeza de su conducta.
Ha demostrado su firmeza en primer lugar, en los cuidados infatigables que ha tenido para mantener en vigor las constituciones, reglas y costumbres de la congregación. Era en esto como un muro de bronce y una columna de hierro en la casa de Dios, o como una de esas rocas poderosas, contra la cuales todas las tempestades y las olas del mar van a quebrarse unas tras otras sin moverlas nunca. «Nuestra regla es contraria a esto, es preciso tener cuidado en esto. Así escribía a un superior de una de nuestras casas, la mejor de todas nuestras razones».
En segundo lugar, se ha señalado esta firmeza en los cambios que hizo de superiores de nuestras casas a pesar de las dificultades casi insuperables que ha debido vencer a veces, bien por parte de personas de primer orden que se oponían, bien por parte de los misioneros que hubieran preferido quedarse allí. Hace quince o dieciséis años, creyó tener que quitar de la parroquia de Fontainebleau a uno de los nuestros que la servía desde hacía mucho tiempo y que estaba allí como adorado de todo el mundo. La dificultad de este cambio no venía sin duda de parte de este superior, quien habiendo recibido su carta a las seis y media de la mañana, después de cantar la misa mayor en un día solemne, salió de esta casa antes de comer, sin decir nada más que a su asistente, y vino a cenar a San Lázaro. Pero se necesitaba el permiso del rey, el consentimiento de la reina, y se debía esperar a los resultados de una encuesta de los parroquianos que reclamaban a su párroco a Su Majestad. El Rey tuvo la bondad de decir al Sr. Jolly, después de algunas réplicas sobre el deseo de los pueblos y del bien que hacía este párroco, que él aprobaba todo cuanto quería, pero que todavía había que ganarse a la reina. Esta virtuosa y sabia princesa, secundada por todas las damas de honor, tuvo gran trabajo en rendirse, sin embargo lo hizo al final, mediante ciertas condiciones para suavizar la pérdida que sufría. Por fin, la demanda de los pueblos no tuvo otras dificultades. El difunto Sr. Laudin fue instalado y ha hecho mucho bien en los diez o doce años que ha dirigido esta parroquia.
El difunto Sr. Jonhé apenas llevaba ocho meses en la parroquia de Versalles y ya se había ganado los favores de Su Majestad. Había entrado en el espíritu y en el corazón de uno de los cortesanos mejores de la corte, y ello de manera de manera que no puede ser más laudable para un buen párroco. Este señor hallándose gravemente enfermo, fue a verle, y le dijo con una dulzura y una autoridad de padre que le eran naturales: «Muy señor mío, unos vienen como cortesanos para halagaros, los otros como gente interesada para tener parte en vuestros favores; en cuanto a mí, yo vengo a veros como padre, pastor y como párroco; es para deciros que no basta con haber poseído en la tierra los favores del más grande rey , sino que es preciso tratar de ganarse los de Dios. -¡Qué he de hacer para ello, señor párroco? replicó el enfermo. –Habrá que darme unos días de audiencia, recogeros, pensar en hacer una buena confesión general que yo escucharé en distintas ocasiones. Eso es todo lo que os pido», respondió el párroco. La condición fue aceptada, la confesión general hecha, el enfermo se curó y ya no fueron dos sino un solo corazón y un alma. Sin embargo había que quitar al Sr Jonhé de Versalles, por razón del agobio de sus dolores continuos. Este buen gentilhombre por más que expuso que bastaba que el Sr. párroco se quedara en su habitación, que todos los médicos de la corte se emplearan de buena gana en curar le, que él mismo pagaría todos los gastos; todas estas amistades, todas estas razones todas estas insistencias no impidieron al Sr Jolly lograr la anuencia del rey para este cambio. Quiso también, si era posible, obtener el de este buen señor, que le hizo esperar dos horas seguidas en la escalera, antes de dejarle entrar. Por último, habiendo hecho todo lo que era necesario, retiró al Sr. Jonhé, a pesar de las protestas que hacía este gentilhombre de que no se lo perdonaría.
Hemos sabido que poco después un prelado, a quien la compañía debe mucho se opuso con toda su fuerza al cambio que se quería hacer de uno de nuestros sacerdotes, encargado de una parroquia de importancia en su diócesis; pero tal vez todos no sepan los esfuerzos que ha hecho nuestro firme Superior, para lograr este cambio, que creía necesario: las cartas llenas de deferencia y las súplicas reiteradas no producían ningún efecto sobre este ilustre prelado, que seguía negándose a dar la visa a quien se quería sustituir como párroco. El Sr. Jolly no pudiendo ir a Versalles, tomó el partido de escribir al Sr. Hébert y rogarle que hablara con Su Majestad y le dijera de su parte, con todo el respeto y la sumisión convenientes, que estaba resuelto a abandonar este establecimiento, de fundación real, si no le dejaban la libertad de cambiar a los Superiores, cuando lo juzgara bueno en Nuestro Señor. Su Majestad, pereciéndole bien estas razones, accedió y dijo varias cosas de gran instrucción, que es oportuno referir, por los propios términos de la respuesta que el Sr. Hébert leyó al Sr. Jolly. Ésta es la copia tomada del original, el 20 de noviembre de 1695:
«Señor, es para daros cuenta de la conversación que he tenido el honor de celebrar ayer por la tarde con el rey, sobre el asunto en cuestión que tengo el honor de escribiros. Su Majestad me ha testimoniado querer que se observen exactamente las condiciones de nuestra fundación en ese lugar, y en particular la que da la libertad al Superior general de nuestra Congregación de cambiar al superior o párroco, cuando lo juzgue conveniente. El Rey se ha sorprendido por esta conducta, diciéndome que personas de comunidad debían ser muy obedientes. Me hizo también el honor de decirme que se acordaba muy bien haber no eximido a nosotros solos, con los religiosos de Santa Genoveva, del edicto que se refiere a la inmovilidad de los párrocos; que nos había fundado en Fontainebleau, en los Inválidos y en Versalles, con esta condición del cambio libre de los superiores o párrocos que él mismo, en los cambios que habéis hecho, señor, había consentido, y que su intención era que se observara lo mismo en todas partes igualmente; por último, que respondería a Mons. el Obispo de ese lugar, si le escribiera sobre el cambio que acabáis de hacer. Añadió incluso, que los difuntos Srs. De París, de Sens y de La Rochelle, conocían bastante los cánones de la Iglesia para juzgar si fundaciones conformes a las que había hecho, con esta condición de cambiar a los párrocos, no eran contrarias a estos mismos cánones. Esto es, señor, todo lo que el rey me ha hecho el honor de decirme sobre este asunto. Soy, etc. «. El Sr, Jolly, al recibir esta carta, dio comunicación de esta respuesta al prelado que se oponía al cambio; éste entonces aceptó todo lo que se pidió, y puede decirse que siguió más afecto a Compañía y en particular a la persona del difunto Sr. Jolly.
Si este sabio superior era tan firme en los cambios, en los que los súbditos de la congregación no tenían ninguna poca parte en las oposiciones que se encontraban en ellos, era mucho más riguroso y hacía esfuerzos mucho mayores para quitar del cargo a los que daban origen a estas dificultades y que no querían ser desplazados. He aquí un ejemplo:
Un superior de la casa de Varsovia, visitador de la casas de Polonia, llamado por el Sr. Jolly para regresar a Francia, se mostró reacio a obedecer. Interpuso, para eludir la obediencia, la autoridad del rey y de la Reina de Polonia y la de nuestro embajador de Francia, que escribieron al rey cristianísimo y al Sr, Jolly para impedir su cambio. Pero todo eso fue inútil El Sr. Jolly trató tan hábilmente las cosas que nuestro sabio rey no se quiso mezclar en el asunto; escribió al rey y a la reina de Polonia y les hizo apreciar sus razones. Por fin, nombró a uno de nuestros más antiguos sacerdotes, para ir a Polonia, en calidad de visitador, colocar a este hombre desobediente en su deber, del que se había apartado mucho. Este nuevo visitador trató de ganárselo con su dulzura, pero todo fue inútil.
Este súbdito rebelde habiendo enfermado en la casa de Varsovia, llamó al superior de la de Culm, a quien quería, en caso de muerte, hacer depositario de todas sus cartas y papeles de visitador. Entonces mismo llegó el paquete de cartas del Sr. Jolly que había elegido al Superior de Culm para ser párroco en Varsovia.
El nuevo visitador le envió a pedir al día siguiente la visa de la parroquia de Santa Cruz a Mons. el Obispo de Posnania, quien se la otorgó de muy buena gana y tomó posesión ese mismo día, en lugar del antiguo Superior. De manera que este pobre hombre, que parecía tan prudente según el siglo, se vio despojado por completo de su superioridad, de su parroquia y de su oficio de visitador, sin poder mover una sola máquina para impedirlo: Comprehendam sapientes in astucia eorum. Dios se complace a veces en confundir la sabiduría de los orgullosos con la sencillez de los humildes. Aunque el Sr. Jolly fuera el más moderado de los hombres, tomaba sin embargo este asunto tan a pecho que dijo repetidas veces a aquél a quien envió para resolverlo que él preferiría que la congregación perdiera todas las fundaciones que tenemos en el reino de Polonia que permitir un escándalo tan grande y dejar sin castigo un ejemplo tan pernicioso. Le castigó en efecto de todas las maneras que una congregación secular puede castigar a sus súbditos rebeldes.
El primer Superior de nuestra casa de los Inválidos le dio también mucho trabajo para cambiarle. El Sr. de Louvois le estimaba por sus hermosas cualidades y le había cogido afecto. Era conveniente cambiarle, y este buen señor no quería ni oír hablar de ello. Tuvo incluso, por lo que se dice, alguna carta con sello o por lo menos algunas palabras obtenidas del rey para impedir este golpe. El Sr. Jolly fue a Fontainebleau para tratar de conseguir el consentimiento del rey, quien puso al principio ciertas dificultades, pero que al fin accedió. Un provincial jesuita ha dicho saber de buena tinta que en esta ocasión el Sr. Jolly pensó primero errar el golpe, y que el rey le había negado su consentimiento; pero que habiendo pedido, como accediendo a sus voluntades, la gracia de dimitir de la dirección de su congregación, Su Majestad le dijo con muy buen tino: «Vamos, Señor Jolly, continuad vuestro empleo y conducid a vuestra congregación, como queréis; yo os dejo las manos libres en todo». El Sr. de Louvois consintió entonces de buen grado, y decía con agrado que el Sr. Jolly era tan forme y tan persuasivo, de viva voz y por carta que no era posible negarle nada de todo lo que pedía.
El difunto Sr. Jolly miraba con razón esta libertad del cambio de sus súbditos como punto esencial para la dirección. En efecto, si alguna vez sucediera que a los superiores les faltase esta autoridad, sería la ruina de nuestra congregación, no existiendo ningún súbdito en la compañía que no pudiera a fuerza de servicios, de asiduidades, de complacencias, y tal vez incluso de cobardías, ganarse los favores de las personas poderosas que los mantuvieran en su puesto, a pesar de su indignidad y las penas que haría sufrir a sus cohermanos.
El Sr. Jolly no podía permitir que los superiores de las casas particulares fueran a Versalles, a Fontainebleau, a Saint-Germain sin un permiso expreso. Habiéndose encontrado, un día, en Saint Germain al superior de la casa de los Inválidos le reprendió tan agriamente que le hizo llorar como a un niño. También reprendió duramente al de la casa de Sens, a quien se encontró en Fontainebleau en uno de sus viajes. Y, de ordinario, si la enmienda total no seguía inmediatamente tras la corrección, no tardaba en cambiar a estos superiores a quienes consideraba como poco idóneos para mandar a los demás, no sabiendo obedecer, como obligados que están a ello. No quería siquiera que nadie de Versalles, de Saint Cloud o de nuestras otras casas viniera a París sin su permiso expreso. Cuando sucedía que algún sacerdote o hermano veía a París sin orden suya o sin cartas del superior, el primer paso que había que dar, ante de tener audiencia, era volverse al lugar de donde se había salido.
Ha despedido así a sacerdotes, de sesenta años, que habían venido de le Mans y de Marsella para quejarse, sin querer escucharlos ni reconocer por hijos suyos, hasta que se hubieron vuelto a la obediencia que habían abandonado. Cuando se enteraba que en nuestras casas particulares algunos sacerdotes o hermanos se apartaban en este punto de su deber, los castigaba con severidad.
Un joven de gran cualidad habiéndose salido de nuestro seminario de París, por causa de algunas ligerezas y defectos opuestos a nuestro espíritu, es increíble cuánto le costó al Sr. Jolly defenderse de las importunidades de una infinidad de personas de cualidad que le rogaron que le perdonara y recibiera de nuevo, en vista de su buena voluntad. La difunta Srta. de Montpensier tomó cartas en el asunto, haciendo inútilmente, en esta ocasión, todo lo que una persona de su espíritu y de su rango podría hacer para lograr vencer en el más importante de todos los asuntos. –El R. P. de La Chaise, NN. Srs. los Obispos le han hablado muchas veces a propósito de la entrada o salida de algunos súbditos de nuestra Congregación; nunca ha tenido en cuenta para otorgar o negar más que lo que consideraba ser el mayor bien de la Congregación. A algunas personas de autoridad que le pedían algo que estimaba contrario a su deber, les respondió que antes le cortarían la cabeza.
Era muy estricto en autorizar a ir a su país y a su familia.
No quería permitir que se comiera en la ciudad bajo el pretexto que fuese. Un sacerdote, empleado en una de nuestras parroquias, siendo culpable de esto, fue obligado a venir a París para conocer el detalle y le quitó de esa parroquia para destinarle a otra parte. –Un joven estudiante, habiendo obtenido de él permiso de ir a un acto público que hacía su hermano muy religioso en presencia de su familia, tuvo la debilidad de quedarse con su compañero después de la ceremonia y de comer con todos sus parientes que se lo pidieron con insistencia. Por la noche, el Sr. Jolly mandó decir en el puerta que podían ir a cenar donde habían comido. El compañero no obstante fue admitido a justificarse, pero el joven no fue recibido más que a condición de ser humillado públicamente y cumplir la penitencia que le fuera impuesta. El Sr. Jolly, al cabo de una repetición de oración, le dio una fuerte reprimenda, que concluyó con estas palabras: «Ya que os habéis olvidado de las reglas y tenéis tan poco espíritu de la Compañía, volveréis al seminario para formaros de nuevo y allí estaréis hasta que nos parezca bien dejaros salir». La penitencia no duró más que tres meses, porque el joven, que la había aceptado por las buenas, la cumplió con mucha fidelidad. Hizo lo mismo con otro que se quedó a comer con sus padres, después de asistir a unas exequias. Cuando hacía una corrección pública por algún defecto que había escandalizado, no había otra cosa más firme que sus palabras y el tono de su voz. Relataba el hecho con sus circunstancias, luego mostraba su gravedad respecto de Dios, respecto del estado de misionero, respecto del escándalo, por los efectos molestos que puede tener; entonces, suavizaba un poco el tono de su voz y disponía el espíritu y el corazón a la docilidad; imponía por último la penitencia, que hacía cumplir en toda su extensión.
Sus cartas de corrección no eran menos fuertes que las reprensiones que hacía de viva voz. Éste es una entre otras más, que escribió a un joven sacerdote que perdía el tiempo: «Me molesta contristaros, no obstante es mi deber advertiros que no me siento muy contento al enterarme de vos desde que estáis en N. .., como se lo he dicho a N…, que yo no lo estaba tampoco. Yo había esperado que el vuestro cambio de casa os haría cambiar de conducta; pero no veo que sea así. Os divertís haciendo visitas que no os convienen y escribiendo cartas inútiles; de manera que consumís mucho tiempo importunamente. Es preciso, por favor, poner remedio a esto, puesto que no podemos todos los días cambiaros de casa, y ello nos os serviría de nada, ya que cuando dejáis las diversiones inútiles en un lugar, las volvéis a tomar en otro. Tratad, por favor de recordar la disposición en que estabais cuando vinisteis a nuestra Congregación, y aplicadlo a vuestra conducta. Os vemos con alegría, pero es necesario para vuestra satisfacción y la nuestra que viváis en conformidad con a las obligaciones de vuestro estado, sin ello no tendréis nunca paz y nosotros no podríamos tampoco dejaros tranquilo ni abstenernos de quejarnos de vos. Reconoced pues vuestras faltas y cambiad de conducta; con ello estaréis agradecido a los favores que habéis recibido de Dios, y yo me uniré para darle gracias por esta última que no será menor que las precedentes»
Habiéndolo contado algunas personas con respeto y confianza que había quejas por su firmeza demasiado grande, respondió: «No tengo nada que reprocharme en esto; por el contrario, me reconozco culpable de debilidad en muchas ocasiones».








