Edme Jolly, tercer Superior General de la C.M. y de las HH.C. (quinta parte)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices, III.
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Capítulo III:

Su profunda humildad

Edme Jolly, C.M.

Edme Jolly, C.M.

No podemos comenzar mejor el capítulo de la humildad cristiana, que ha constituido el principal carácter  del espíritu y y de la gracia del difunto Sr. Jolly, que por las palabras que él mismo ha dicho, según san Ignacio mártir, en una conferencia que dio sobre esta virtud, en la casa de San Lázaro, pocos años antes de su muerte. «Dios decía él, imprime en las almas que él se ha escogido el carácter de su santidad, y este carácter es la humanidad de Jesucristo; como al contrario el demonio imprime sobre los que son de él su carácter que es el orgullo; es el sello del diablo». [439] Siendo así, hay que convenir que este querido Padre y muy humilde Superior estaba verdaderamente marcado con el sello del Dios vivo, ya que ha practicado durante su vida esta virtud tan necesaria de la humildad con un cuidado sin igual, y que la aha poseído en un grado muy eminente. –Toda la perfección de la humildad cristiana consiste en despreciarse a sí mismo, en amar las humillaciones y en atribuir a Dios y al mérito de los demás todo el bien que se hace por su gloria y la salvación de las almas: es lo que ha hecho nuestro honorable Padre y Superior general, al Sr. Jolly.

Todos cuantos le han conocido han confesado que era un hombre raro, un excelente tipo y un personaje de un mérito superior. Los difuntos Srs. Alméras y Blaironque fueron, en Italia, uno su Superior y el otro su visitador, escribieron al Sr. Vicente sobre él, por el año de 1649 casi al mismo tiempo, y le trazaron un retrato muy favorecedor. «El Sr. Jolly dijeron los dos, aunque muy distantes uno de otro, es un tesoro de virtudes; perfectamente humilde y mortificado, indiferente en todo, inteligente para los asuntos, hombre de juicio y de espíritu en quien se puede confiar de todas las formas. Es muy prudente, respetuoso hasta en los menores detalles y muy discreto. Es algo lento en lo que hace, pero lo hace bien, y además perfectamente. Tiene talento para gobernar». Éste es un testimonio bien favorable y nada sospechoso de dos personas  muy distinguidas. También el Sr. Vicente estuvo de acuerdo y no dejó de asegurarse  cada vez más por una larga y sólida experiencia. Se ve por lo que escribió a este humilde sacerdote para resolverle a seguir como Superior en la casa de Roma.

«Yo no he esperado hasta ahora, le decía, para reflexionar sobre las cualidades de vuestro espíritu, y no me he contentado con  examinarlas por mí mismo; sino que antes de encargaros la casa, os he propuesto a los más antiguos de la Compañía, que os conocen bien y que han encontrado bastante gracia en vuestra persona para ese cargo; o más bien ellos han esperado a que Nuestro Señor, que posee abundantemente todas las virtudes, supliera las que os faltan. Y en efecto, no están en él para él solo sino para los que él emplea en sus designios y que ponen toda su confianza en su auxilio. Y, como vos confiáis enteramente en su bondad, debéis permitir que continúe haciendo su obra por vos».

Los externos han conocido el raro mérito de este muy digno Superior. Nuestro sapientísimo Monarca (Luis XIV) tuvo de él una estima muy particular durante su vida, y le ha echado de menos después de su muerte. Los ministros de Estado de la guerra y de las finanzas han admirado su prudencia y los mayores prelados del reino han confesado que habían reunido en su persona en la dirección  ordinaria de su vida y en la administración de la Congregación, con la humildad cristiana, todas las mejores y más sólidas cualidades de gobierno.

El Sr. Jolly, solito, ignoraba sus raras cualidades y sus talentos extraordinarios para la dirección. Así se lo escribió de Roma al difunto Sr. Vicente, el 24 de julio de 1651: «Lo que me hacéis el honor de escribirme, señor,  en vuestra última carta, confirma cada vez más lo que yo había reconocido en la anterior, que os han contado cosas muy favorables de mí, mas poco verdaderas. Quiera la bondad de Dios que me sirva de aguijón para animarme a trabajar en hacerme tal como creéis que soy, de lo que me encuentro bien distante. Debo suplicarlos bien humildemente, Señor, con todo el respeto que me es posible, que no me atribuyáis nada de la buena marcha de los asuntos de la Compañía, porque si tuviera tiempo de deciros las faltas que he cometido en su gestión, veríais bien claro que no merezco ninguna alabanza. Tal vez, Señor, os he engañado con mis cartas en las que, por mi soberbia, informo mucho mejor de lo que trabajo. Una persona de mi lentitud, de mi ignorancia y de mi escasa virtud apenas es propia para ocupar aquí el lugar que tengo: lo haré no obstante si Dios lo quiere, mientras vos me lo confiéis, suplicándoos, Señor, muy humildemente que reflexionéis un instante sobre lo que acabo de decir, que no es humildad sino la pura verdad que siento la obligación de revelaros». Éste es el estilo de casi todas las cartas del Sr. Jolly; está agobiado por el sentimiento de su bajeza, vileza y pequeñez, -es así como se expresaba.

Pero nuestro muy honorable Padre difunto hablaba poco y hacía mucho más de lo que decía; y se puede decir con verdad que casi todos los pasos de su vida eran progresos en la humildad.

En primer lugar, en cuanto a la oración, las lecturas espirituales y las vías interiores, siempre ha seguido el camino trillado de nuestros Padres. Ha estado humildemente a los pies de Nuestro Señor con santa Magdalena para escuchar su palabra y alcanzar perdón de sus pecados. Son sus términos. – Después de «el besar de los pies», ha aspirado » al de las manos » y se ha ocupado, a ejemplo de los  apóstoles y de los discípulos, en trabajar mucho por la gloria de Nuestro Señor y la salvación de las almas que ha rescatado mediante la efusión de su sangre. Mas en cuanto al «beso de su boca» que la Esposa pide a su Esposo de los Cánticos, esta vía extraordinaria de servir a Dios es siempre muy santa cuando Dios solo es su autor, pero está siempre sometida a mil ilusiones, cuando la criatura toma parte en ello; él no la ha afectado nunca; incluso ha hecho todos los esfuerzos para impedir que sus inferiores se mezclasen con temeridad y peligro en el bien de sus almas. Estimaba más el libro de la «Introducción»  de san Francisco de Sales, las obras de Granada y el «Tratado de la Perfección cristiana» de Rodríguez que tantos otros libros en los que hay más elevación a veces que solidez.

En segundo lugar, ha tenido gran cuidado de imitar a Nuestro Señor en lo que dice de sí mismo que el Hijo del hombre no ha venido para ser servido sino para servir a los demás y dar su vida por ellos. Se le ha visto varias veces desde su regreso de Roma, servir en la mesa con toda humildad, modestia y exactitud. Ha practicado a menudo lo mismo desde que fue elegido Superior general. Se ha molestado a veces en ir a encender la vela, preparar la leña y hacer fuego para calentar a algunos sacerdotes ancianos que llegaban de otras casas o de las misiones, cansados o cansados, cuando nuestros hermanos enfermeros no llegaban a tiempo. Se ofreció incluso a descalzar a un sacerdote a quien hizo sentar para esto, pero nunca en plan de superior,

De más lejos que veía a una persona de algún rango y condición que fuera, sacerdote, clérigo o hermano, se descubría al mismo tiempo que ella, y con frecuencia se le adelantaba  en esta señal de estima y de respeto. Se sabe que hasta su extrema ancianidad y entera caducidad, se ha puesto siempre de rodillas para abrazar a las personas de la Compañía que iban de viaje, o que regresaban y darles esta humilde bendición, que iguala casi por completo al que la da y al que la recibe. No quería que le recogieran el pañuelo, sus cartas, su pase y demás objetos que se había dejado caer; y si sucedía que eran más rápidos que él, exclamaba: «He, Señor, ¿qué hace usted? deje, deje, por favor»; que, si era vencido en los pequeños servicios que le hacían, él se resarcía con exceso en gratitud.

Antes de establecernos en Saint-Cloud, fue obligado a ir a saludar a Mons. el duque de Orléans, y a cenar en una taberna, compartió el tiempo de la comida con el clérigo que le acompañaba, para hacerse alternando  uno al otro un poco de lectura lo que ha practicado de igual manera, con nuestros hermano de las granjas, siempre que por casualidad comía con ellos.

Por último, se puede decir de verdad, que a ejemplo de Nuestro Señor (a quien había tomado por su modelo en el santo ejercicio de las virtudes, principalmente de la humildad), siendo el Superior de los demás, se hizo el servidor de todos, para llevarlos a todos a la práctica de la humildad.

En tercer lugar, no podía soportar sino con gran pena las alabanzas que le daban; saboreaba por el contrario los desprecios y las mayores confusiones. Se rebajaba él mismo y rebajaba también a la Congregación en los encuentros, y huía del brillo y de los aplausos del siglo, con mucho cuidado.

Un joven clérigo postulante habiéndole hecho en Fontainebleau un cumplido, en latín en el que le alababa por sus muchas y grandes virtudes, comenzó la respuesta que le hizo inmediatamente con estas palabras: Indignus sum tuis laudibus, sed me mones ad adquirendas virtutes quibus me exornas. Es una excelente manera de escuchar las alabanzas  tomarlas por avisos tácitos, que nos dan,  para adquirir las virtudes de las que carecemos.

A un sacerdote, que le había hecho algunas alabanzas, le respondió así: «He recibido vuestra hermosa y larga carta, del 25 de mes pasado. A ella responderé de manera breve. Como mostráis deseo de que os corrija, os diré, con la sencillez que habéis querido soportar siempre, que tenemos una regla que prohíbe alabar a una persona en su presencia. Para decir verdad, no habéis incrementado demasiado mi soberbia, con vuestras palabras de miel, ya que las cosas demasiado dulces me ponen malo; pero me tomo la confianza de deciros esto para que cambiéis de estilo, ya que el Sr. Vicente, nuestro venerable fundador, no era del parecer que se perdiera el tiempo en hacer cumplidos en las cartas».

A veces incluso, dejó sin respuesta cartas de sus inferiores que le dedicaban algunas alabanzas; y cuando se quejaban dulcemente, les respondía con sencillez que se trataba precisamente de enseñarles que no debemos tentarnos unos a otros con alabanzas indiscretas. No podía sufrir siquiera  las que sabía que el difunto Sr. Vicente  no le entregaba por su bien y la gloria de Nuestro Señor. «Espero de vuestra caridad, Señor, le escribía, que me evitaréis esta ocasión, que mi escasa virtud o más bien  mis pecados me presentan de ofender a Dios».  Cuando las personas de la Corte, o NN. Srs. los Obispos le alababan en sus cartas, se le veía sumergirse  en el interior de sí mismo, leyendo estas cartas; entonces no les respondía nada, y si les respondía, era con una profunda humildad. «Oh ¿qué decís?, Monseñor; yo soy un pobre pecador»; etc. Decía por el contrario contradicciones y humillaciones que recibía por su parte, en ciertas ocasiones molestas: «Esto está bien; hay que gustar y saborear a largos tragos esta amargura y llevar con gozo la confusión que nos produce este accidente: Bonum mihi, quia humiliasti me«.

Ponía en el número de sus máximas y reglas de perfección «la confesión cordial de sus imperfecciones, el amor de nuestra abyección, la benigna y graciosa acogida que damos al desprecio y a la censura de nuestra condición, de nuestra vida o de nuestras acciones».

Se humillaba sin cesar en sus cartas; y si es cierto, como lo dijo, que haya dictado más de cien mil, es casi cierto que ha hecho tantos actos de humildad, pues no hablaba nunca como maestro, sino siempre humildemente.

Huía de buen grado del resplandor en las funciones  de los Misioneros, deseando que todos buscaran lo más útil al bien de las almas y no lo que era más propio pata hacerse estimar. No se encontraba en ninguna asamblea pública sin una necesidad verdadera; y en todos partes donde se hallaba iba, según el consejo de Nuestro Señor, a colocarse en la última plaza, y cuando absolutamente querían hacerle colocarse más arriba, era cosa admirable ver  los esfuerzos de su humildad para lograr quedarse en un lugar inferior.

Mons. el cardenal de Bouillon recibiendo a su regreso de Roma, los cumplidos de cantidad de personas que venían a darle las gracias, y al no ver avanzar al Sr, Jolly, de quien sabía que se hallaba en la sala de audiencia, dijo muy alto:

«¿Y dónde está entonces el Sr. Jolly?» y al verle, le dijo con toda bondad: ¿Os ocultáis todavía, señor; continuáis ocultándoos?» Lo que quiere decir que Alteza Eminentísima lo había visto más de una vez. El difunto Mons. de Louvois le admitía de buen grado en su audiencia secreta, y le introducía hasta su gabinete, a causa de la estima que hacía de su virtud y del respeto que profesaba a su persona, considerándole como a un santo hombre y confiándole sus limosnas. Decía de él, en la Corte y en todos partes, que no conocía a hombre de mejor sentido, de mayor virtud, más convincente y persuasivo que él. El Sr. abate de Louvois era en este aspecto del mismo parecer que su Monseñor su padre, ya que el Sr. Jolly habiéndole hecho una visita para aprender de él de qué manera quería que se distribuyera las limosnas  que le había confiado por las tierras de sus abadías, le respondió al punto: Mitte sapientem et nihil dicas ei; es decir: «Poned vuestros asuntos en manos de un hombre prudente: no tendréis ya necesidad de añadir recomendación alguna». «Es suficiente, Señor, le dijo, con que estén en vuestras manos». El Sr. Jolly siguió insistiendo, y su humildad le hizo poco después buscar en otra parte  estar a cargo de este joven señor, que le replicó que era como el Hijo de Dios, de quien está escrito: Virtus ex illo exibat, que «cuanto más le tratabas más provecho sacabas, pues daba siempre algún ejemplo de virtud». Con eso fue suficiente para poner en fuga a este humilde siervo de Dios que sufrió  todavía mucho, viendo que no podía, ni con súplicas, ni con resistencias impedir a este ilustre abate que le llevara hasta su carroza; pero después que el preceptor hubo tomado el partido de su alumno y hubo dicho que si el Sr abate había faltado a este deber, su padre le culparía, hubo que ceder y la humildad debió buscar en otra parte con qué resarcirse de tantas señales de estima y de respeto que él aborrecía.

Detestaba desde el fondo de su corazón todo lo que podía  en aquello halagar el amor propio, y recuperaba en la casa los menores ejercicios de la Compañía con un nuevo gusto y una calma tan grande como si no hubiera salido de su habitación, lo que siempre se ha tenido como algo extraordinario. Se ha de acabar este capítulo diciendo que ha sido muy fiel en recibir los consejos de los Señores Asistentes, reuniéndolos asiduamente en los días señalados y aceptando siempre sus sentimientos en cuanto le era posible. Recibía cordialmente los avisos de su admonitor y hasta los que le eran dados por los menores sujetos de la Compañía, o a veces por personas poco regulares o indispuestas contra él. No levantaba la voz y hablaba con respeto, a quienquiera que fuese, incluso al último clérigo o hermano del seminario. Se ponía de buen grado a la altura de los culpables a quienes corregía. «Tenemos necesidad vos y yo, hermano mío, decía, de dulzura y de humildad y de un poco de espíritu interior. Oh, si Nuestro Señor quisiera abrirnos un poco los ojos para reconocer nuestra vanidad, nuestros defectos y nuestras pasiones», etc. Por último, los de dentro y los de fuera de la Compañía han tenido esta virtud de humildad en el Sr. Jolly, como su talento favorito. «Vuestro Sr. Jolly, decía uno de NN. Srs. Los Obispos, es un santo hombre, es un hombre humilde, muerto al mundo y todo de Dios y de vuestra Compañía; parece penetrado del todo de espíritu de la Misión». «¿Podréis hallar, decía otro prelado, a un hombre humilde, como él? Nosotros lo deseamos, pero son raros». Hay pocas personas en este siglo que hayan sido más estimadas  por su humildad como este buen superior; él mismo se sentía muy confuso. «Me avergüenzo, escribía al Sr. Hébert, misionero, de que me digáis que el rey haya querido informarse sobre mi salud, siendo tan inútil como soy para todo bien. Si quisierais, Señor, en la ocasión que tengáis de ver a la Sra. de Maintenon, suplicarle en mi nombre que presente mis más humildes agradecimientos  a Su Majestad y asegurarle la continuación de mis pobres oraciones por la conservación de su persona sagrada y la prosperidad de sus proyectos, os quedaría muy agradecido. Conocéis las grandes y particulares obligaciones que tenemos para con él, y debemos pedir a Dios que bendiga todas sus empresas».

Después de una larga práctica de toda clase de actos de humildad, se debe creer que el rey del cielo, que es el Dios de los humildes y el maestro de esta virtud, ha recompensado con una gloria inmortal esta rara cualidad con la que ha enriquecido a su  muy humilde servidor y que le ha colocado en su palacio eterno con los príncipes de su pueblo.

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