Dimensión teologal de la vida comunitaria

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: José Ignacio Fernández Hermoso De Mendoza, C.M. .
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La Iglesia cuenta en su haber con una larga tradición y con muy diversas modalidades de vida comunitaria. Las diversas experiencia de vida en común coinciden por lo regular en un elemento fundamental: todas se proponen como objetivo primero la perfección de sus miembros, insistiendo claro está en tal o cual fin particular y en alguna de las virtudes características de determinado Instituto. Después de la reforma protestante continuaron vigentes en la Iglesia diversas formas tradicionales de vida comunitaria, sin dejar por eso de aparecer nuevas modalidades entre las que se encuentra el peculiar modo vicenciano de vida comunitaria. San Vicente al diseñar la comunidad de los propios misioneros no partió de cero. Espigó las piezas que necesitaba en el campo de las diversas tradiciones de vida común: monástica, mendicante y jesuítica, dotando al mismo tiempo a la comunidad vicenciana de elementos originales. Así, por ejemplo, la vida comunitaria de la Congregación de la Misión se va a desenvolver en función de la misión, que no es otra que la evangelización de los pobres. Los misioneros viviendo en comunidad serán contemplativos en la acción y apóstoles en la oración.

Soporte teológico de la comunidad vicenciana

San Vicente aprovecha, como queda dicho, elementos referentes a la vida comunitaria, plasmados en la tradición y en los textos constitucionales de algunas órdenes religiosas precedentes o contemporáneas. No bastándole lo recibido de manos ajenas, dio un paso más a fin de proporcionar sólidos fundamentos teológicos a la vida comunitaria de sus misioneros. A este propósito acudió a la Palabra de Dios y muy en particular al ejemplo y enseñanzas de Jesucristo. Es sabido que la imitación de Jesucristo es parte fundamental de la espiritualidad vicenciana. La imitación del Cristo terreno, hasta en detalles insignificantes, proporciona a Vicente de Paúl seguridad en lo doctrinal en incluso a la hora de tomar decisiones referentes a la vida práctica. Dirá a estos efectos San Vicente que «la doctrina de Jesucristo nunca puede engañar»1 y que «Nuestro Señor Jesucristo es el verdadero modelo y el cuadro invisible sobre el cuál hemos de ir plasmando nuestras acciones»2. El Santo Fundador invitaba con frecuencia a los misioneros a valorar las prácticas y los hechos ejemplares de las antiguas órdenes religiosas referentes a la vida comunitaria, pero ante todo a donde había que acudir era a las enseñanzas de la Palabra de Dios así como al ejemplo de Jesucristo y de los primeros cristianos.

Es aquí sobre todo donde encuentra San Vicente auténticos paradigmas de la vida comunitaria de los misioneros. El Santo Fundador aludirá en sus conferencias a la Santísima Trinidad en cuanto causa ejemplar de la vida comunitaria, a la cdmunidad formada por Jesús y sus discípulos más cercanos y a la vida en común de las primeras iglesias cristianas. San Vicente encontró en estos parámetros bíblicos un sólido fundamento teológico sobre el que se asienta la vida comunitaria de la C. M.

Comunidades a ejemplo de la Trinidad

San Vicente nos recuerda en las reglas Comunes que «por la bula de fundación de nuestra Congregación debemos venerar de manera especial los misterios inefables de la Santísima Trinidad y de la Eucaristía»3. Se trata de dos misterios a los que el Santo acude con frecuencia para extraer lecciones y motivaciones de diversa índole. Para San Vicente la vida comunitaria de los misioneros hunde sus raíces y encuentra su razón última en la Santísima Trinidad. No en vano Dios Uno y Trino ha creado todas las cosas y en particular la más noble entretodas ellas: el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios Uno y Trino, es decir, de Dios-Comunidad de personas. El ser humano no podrá realizarse sino en relación con los demás, nunca al margen de los demás. Corresponde al hombre y, en particular, a los misioneros vicencianos vivir y relacionarse entre si a imagen de la Trinidad.

San Vicente, al contemplar el misterio de la Santísima Trinidad, destaca algunos rasgos de los que extrae aplicaciones prácticas para la vida común. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo en perfecta comunión y reprocidad. En consecuencia, la comunidad de misioneros vicencianos deberá desenvolverse a tenor de una perfecta comunión de vida y acción. A propósito de la comunión de vida dirá san Vicente que así como «Dios no es más que uno en sí y en Dios hay tres personas, sin que el Padre sea mayor que el Hijo ni el Hijo superior al Espíritu Santo»4, así también los misioneros, aún cuando sean muchos, serán sin embargo un solo corazón y una sola alma.

Dios es comunión de tres personas desde toda la eternidad, ahora y siempre, sin límites de tiempo, es comunión que pdrsiste. En consecuencia, la comunidad de misioneros será comunión ininterrumpidamente, en todo momento y lugar. Cada una de las tres personas de la Santísima Trinidad participa de la vida de Dios. A la luz de este principio toca a la comunidad de misioneros aceptar el valor de la participación y de la corresponsabilidad. El amor trinitario es oblativo y generoso, no es posesivo ni egoísta, se da entre iguales. En consecuencia, la comunidad vicenciana acogerá a personas básicamente iguales en su dignidad, ajenas a la manipulación y al dominio de los unos sobre los otros. En resumen, según San Vicente, la comunidad vicenciana se inspira y encuentra un modelo inconfundible de vida comunitaria en la santísima Trinidad. A este propósito en la conferencia del 23 de mayo de 1659 decía el Santo a los misioneros: «Mantengámonos en ese espíritu, si queremos tener nosotros la imagen de la adorable Trinidad, si queremos tener una santa unión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. ¿Qué es lo que forma esa unidad, esa intimidad en Dios sino la igualdad y la distinción de las tres personas?»5.

En otra ocasión San Vicente apela a la Santísima Trinidad para fundamentar lá misión caritativa de la comunidad vicenciana. Dirá a este fin a las Hijas de la Caridad: «me gustaría que las Hermanas se conformaran en esto a la Santísima Trinidad: que como el Padre se entrega totalmente al Hijo y el Hijo se entrega totalmente al Padre, de donde procede el Espíritu Santo, de la misma manera ellas sean totalmente la una de la otra para producir las obras de caridad a fin de parecerse a la Santísima Trinidad»6. Así pues, según San Vicente, la comunidad vicenciana se ha de apoyar a imitación de la Trinidad de Dios eri una comunión de amor, ya que solo desde ahí brotará por extensión la misión propia que no es otra que el amor compasivo al prójimo.

En definitiva, San Vicente, siguiendo criterios de fe, encuentra en el misterio de la Santísima Trinidad una verdadera causa ejemplar de la vida comunitaria de los misioneros. Las Constituciones, teniendo en cuenta el pensamiento de San Vicente, nos recuerdan que «Como la Iglesia y en la Iglesia la Congregación descubre en la Trinidad el principio supremo de su acción y vida»7.

Comunidad de Jesús con los apóstoles y comunidad vicenciana

El pueblo de Israel acumuló con el correr de los tiempos una conciencia y unos hábitos de vida comunitaria. Esa conciencia se expresaba a través de una terminología corriente: pueblo elegido, pueblo sacerdotal y resto de Israel. En tiempo de Jesús se mezclaban dos conceptos contrapuestos de comunidad. Por una parte se aludía con toda naturalidad al pueblo de Israel unido y compacto y por otra al pueblo dividido, debido al influjo de las potencias extranjeras. Al mismo tiempo nacieron grupos autónomos y disidentes: los samaritanos, los monjes de , Qumran y el grupo de Juan Bautista. Jesús conoció de cerca y se relacionó sobre todo con el grupo de Juan Bautista

Jesús forma su propia comunidad

Llegado un momento Jesús rompió con Juan autista y formó su propia comunidad. Una comunidad con tono y modalidades particulares. Jesús, lejos de ser un anacoreta, predicaba las bienaventuranzas, buscabá’la relación con el pueblo y en general anunciaba un mensaje gozoso y liberador. Este anuncio atrajo a un grupo de oyentes, dispuestos a seguirle de cerca y a formar una comunidad en sentido estricto. El núcleo original lo formaron los Doce y de alguna manera también otras personas que, sin ser de los Doce, se parecían a éstos en su estilo de vida. Con todos ellos Jesús formó una comunidad estable e itinerante. Es distinto el caso de quienes acogían el mensaje de Jesús, lo aceptaban, pero continuaban viviendo en sus lugares respectivos.

Fisonomía del grupo de Jesús

Según la tradición evangélica, este grupo ostentaba unos rasgos característicos. El primer elemento era la adhesión de los Apóstoles a la persona de Jesús, prevaleciendo a toda otra vinculación familiar. Se trata de una adhesión que se fue purificando y creciendo en autenticidad a medida que pasaba el tiempo. Otro rasgo de la comunidad de Jesús y los Apóstoles fue la referencia explicita y constante del grupo en cuanto tal al Padre Dios. Jesús mencionaba al Padre en todo momento y a él se dirigía oracionalmente. De esta manera Jesús fue creando día a día un clima religioso a base de apelar desde lo cotidiano al Padre providente y amoroso.

Un tercer elemento enriquecía la comunidad formada por Jesús y los Doce: la fraternidad. La relación dentro del grupo no fue fácil, dada la variedad de procedencias, inclinaciones, temperamentos, mentalidades y aspiraciones personales de cada uno. Jesús aceptó a los Apóstoles tal como eran, en sus diferencias, para a partir de ahí ir remodelando sus almas y llevarlos paulatinamente al crecimiento cómunitario y fraterno. Jesús respetó a los Apóstoles sobre todo cuando éstos experimentaron crisis grupales o personales. A través del ejemplo personal y de la palabra fue sembrando en el grupo nuevos valores: el amor fraterno que se traduce en actitudes de servicio, la humildad personal y grupal, la gratuidad en las relaciones mutuas, el significado de la cruz y la confianza en la Providencia de Dios.

Otra característica de la comunidad de Jesús y los Doce fue la apertura a la misión. La comunidad de Jesús se mostró siempre abierta a una misión. No formaron un ghetto excluyente. La comunidad de Jesús y el pueblo se encontraban de continuo. Jesús y los Doce recorrían los caminos de Palestina, entraban en las ciudades y visitaban las sinagogas. Jesús misionaba personalmente en espacios abiertos y al mismo tiempo enviaba a los suyos a misionar a todas las gentes sin distinción. Jesús y sus discípulos subían a Jerusalén a fin de celebrar las fiestas religiosas. Ante la reiterada tentación de levantar tres tiendas, Jesús invitaba a los suyos a abrirse a loS cuatro horizontes del mundo. La comunidad de Jesús y los Doce no era un fin en sí misma. En suma Jesús animó una comunidad para la misión.

Comunidad y Misterio Pascual

La comunidad de Jesús y Los suyos pasó por momentos difíciles. Los biblistas suelen aludir a la crisis de Galilea8 cuando no pocos seguidores se alejaron de Jesús. Pero la gran prueba llegó con la persecución y condena a muerte de Jesús. A pesar de la experiencia comunitaria al lado de Jesús, el grupo de los Doce se desmoronó: uno traicionó a Jesús, otro lo negó, los demás huyeron y el grupo en cuanto tal se dispersó. No obstante, la siembra precedente de Jesús no había caído en tierra baldía. El encuentro con el resucitado reconstruyó la comunidad y, partiendo juntos, dieron testimonio de la resurrección.

Aplicación a la comunidad vicenciana

La comunidad formada por Jesús y los Doce es un paradigma perfecto de la comunidad vicenciana. Según San Vicente, es necesario que los componentes de la comunidad misionera se dejen interpelar por las enseñanzas y dinamismos propios de la comunidad de Jesús y los Doce. La comunidad vicenciana será tanto más auténtica, cuanto más se asemeje a la comunidad de Jesús y los suyos. El 14 de noviembre de 1659 decía San Vicente a los misioneros: «ruego a la Compañía que alabe a Dios y le dé las gracias por haberla puesto en el estado de su Hijo y de los Apóstoles»9. Las actuales Constituciones resumen el pensamiento de San Vicente en estas palabras: los misioneros de la C. M. «seguimos a Cristo que convoca a los Apóstoles y discípulos y que lleva con ellos una vida fraterna para evangelizar a los pobres»10.

Primeras comunidades cristianas y comunidad vicenciana

San Vicente disertando sobre la pobreza decía el 6 de agosto de 1655 a los misioneros: «¡Qué dicha para la Misión poder imitar a los primeros cristianos, vivir como ellos en común y en pobreza! ¡Oh Salvador! ¡Qué ventaja para nosotros! Pidámosle a Dios que por su misericordia nos dé este espíritu de pobreza»11. En el pasaje citado el Santo Fundador evoca la vida comunitaria de las primeras comunidades cristianas y, en particular, alguna de sus vertientes, como es la comunión de bienes,

El 23 de mayo de 1659 San Vicente comentaba ante los misioneros de San Lázaro dos pasajes bíblicos tomados respectivamente de la carta a los Romanos y Filipenses: «para que con un mismo corazón y una misma alma honréis a Dios Padre»12, «colmad mi gozo no teniendo más que un mismo corazón y los mismos sentimientos para conservar la caridad»13. Después de esta alusión a la Palabra de Dios concluía el Santo: «hemos de pedirle a Dios que nos haga a todos, lo mismo que a los primeros cristianos, un solo corazón y una sola alma»14.

Las primeras comunidades según los Hechos de los Apóstoles

El libro de los Hechos recoge la historia de la expansión de la Palabra de Dios y de la creación de nuevas comunidades a partir de la muerte y resurrección del Señor. Fueron los seguidores de Jesús, cambiados por la experiencia Pascual, quienes formaron las primeras comunidades. El Espíritu del resucitado y la convicción de que el crucificado estaba vivo y era mesías suscitó en ellos un modo peculiar de vida. Estas comunidades primeras acogieron a los Doce, a varios parientes de Jesús, a un grupo indeterminado de antiguos seguidores de Jesús y a otras personas que se sintieron atraídas por el ejemplo de vida comunitaria de los cristianos. Las primeras comunidades eran abiertas, cada vez más complejas y en proceso constante de diferenciación del judaísmo oficial.

En los sumarios de los Hechos de los Apóstoles encontramos ejemplos modélicos de vida comunitaria, fruto en buena medida del recuerdo histórico y en parte también de la tendencia a la idealización. Nos referimos a los sumarios que se encuentran en Act 2, 42-47; 4,32-35 y 5,12-16. Afirma San Lucas que los que habían sido bautizados «perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles y en la unión fraterna, en la facción del pan y en las oraciones. Los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno…Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar»15.

En estos versículos San Lucas describe sumariamente la vida de las comunidades cristianas de Jerusalén y su entorno y, al mismo tiempo, nos presenta un modelo válido de vida comunitaria para la Iglesia y, por supuesto, también para la comunidad vicenciana. Los rasgos característicos de las primeras comunidades cristianas se expresan con meridiana nitidez en el texto citado:

  • Los componentes de las comunidades se reunían movidos por unas fuertes vivencias de fe.
  • El anuncio del evangelio, ofrecido por los Apóstoles, era escuchado con atención por los bautizados y catecúmenos.
  • La unión fraterna se manifestaba entre otros a través de la comunión de bienes en favor de los necesitados.
  • La oración asidua era compartida por todos y recorría la vida en común.
  • La comunidad se reunía para celebrar la fracción del pan eucarístico.
  • La comunidad no era elitista sino de puertas abiertas a todos sin distinción.

Han transcurrido veinte siglos desde que San Lucas redactó el pasaje que comentamos. Lo cierto es que los misioneros de la Congregación de la Misión, empezando por San Vicente, siempre encontraron en estos pasajes de los Hechos un ejemplo modélico de vida comunitaria. La comunidad vicenciana será auténtica en la medida en que se apoye en motivaciones de fe, compartidas por los miembros de la comunidad, en la comunión fraterna entre todos los hermanos, en el ofrecimiento desinteresado de servicios y de los bienes propios a los necesitados de dentro y de fuera de la comunidad, en la oración dado que, según San Vicente, «en la oración se toman fuerzas para animarse en el servicio de Dios y del prójimo»16.

Será auténtica la comunidad vicenciana si se reúne para la fracción del pan eucarístico, pues entonces y ahora la eucaristía es fuente de vida comunitaria y fomento de iniciativas apostólicas; si se apoya en un estilo de comunidad abierta a la misión y en una experiencia personal y comunitaria de Jesucristo resucitado.

San Vicente juzgaba oportuno que todos los ingredientes que alimentaron la vida de las primeras comunidades cristianas alimentaran también la vida de las comunidades vicencianas. A este propósito pronunció las palabras antes recordadas: «¡Qué dicha para la Misión poder imitar a los primeros cristianos y vivir como ellos!»17. Las Constituciones actuales dan por supuesto que a comienzos del tercer milenio los misioneros de la C. M. organizamos las comunidades de modo semejante a como lo hicieron los primeros cristianos: «Bajo el soplo del Espíritu Santo construimos la unidad entre nosotros al realizar la misión a fin de dar testimonio fehaciente de Cristo Salvador»18.

Conclusión

San Vicente quiso que la vida comunitaria de la C. M. se asentara sobre bases firmes. Para eso acudió a la Palabra de Dios y, en particular, a tres lugares teológicos o paradigmas, como son la Santísima Trinidad, la comunidad de Jesús con sus discípulos y las primeras comunidades cristianas. En el momento presente, sin menospreciar las aportaciones de las ciencias humanas referentes a la vida comunitaria, consideramos que una mirada atenta y creyente a la palabra de Dios, dejándose interpelar por sus enseñanzas y orientaciones, sigue siendo el alma de la vida comunitaria vicenciana.

Taller de textos: paradigmas de la comunidad

Trinidad:

«Lo mismo que Dios no es más que uno en sí, y hay en Dios tres personas, sin que el Padre sea mayor que el Hijo, ni el Hijo superior al Espíritu Santo, también es preciso que las Hijas de la Caridad, que tienen que ser la imagen de la Santísima Trinidad, aún cuando sean muchas, sin embargo no tienen que ser más que un solo corazón y una sola alma. Y los mismo que en las sagradas personas de la Santísima Trinidad, las operaciones, aunque sean diversas y se atribuyan a cada una en particular, tienen relación una con la otra, sin que por atribuir la sabiduría al Hijo y la bondad al Espíritu Santo se pretenda que el Padre está privado de estos dos atributos, ni que la tercera persona carezca del poder del Padre o de la sabiduría del Hijo, de la misma forma es preciso que entre las Hijas de la Caridad la que esté encargada de los pobres tenga relación con la que cuida de los niños, y la que cuida de los niños con la que atiende a los pobres. También me gustaría que las Hermanas se conformasen en esto a la Santísima Trinidad, que como el Padre se entrega totalmente al Hijo y el Hijo se entrega totalmente al Padre, de donde procede el Espíritu Santo, de la misma manera ellas sean totalmente la una de la otra para producir las obras de caridad que se atribuyen al Espíritu Santo, a fin de parecerse a la Santísima Trinidad ¿Qué es lo que hay en Dios? Hijas mías, hay igualdad de personas y unidad de esencia. ¿Y qué os enseña esto sino que todas debéis, en la medida de vuestras posibilidades, ser unas e iguales?»19.

«Las relaciones que median entre las personas divinas podemos resumirlas en un eterno ejercicio de conocimiento y, de amor. En ese conocerse y amarse se encuentra el origen de la felicidad infinita de Dios. Si en Dios se diera sólo la unidad sin la Trinidad, sin las tres personas distintas, sería un Dios solitario, un Dios infeliz, porque la felicidad no se puede dar en soledad. La comunidad trinitaria es para toda comunidad religiosa un modelo de identificación en cuanto que toda la vida de los religiosos debe ser un constante ejercicio de conocimiento y de amor, del que brotará la felicidad del religioso, que será, por sí misma, un testimonio de la buena noticia que quiere transmitir en vida»20.

«En realidad, la Iglesia es esencialmente misterio de comunión, muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La vida fraterna quiere reflejar la hondura y la riqueza de este misterio, configurándose como espacio humano habitado por la Trinidad, la cual derrama así en la historia los dones de la comunión que son propios de las tres Personas divinas. Los ámbitos y las modalidades en que se manifiesta la comunión fraterna en la vida eclesial son muchos. La vida consagrada posee ciertamente el mérito de haber contribuido eficazmente a mantener viva en la Iglesia la exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad. Con la constante promoción del amor fraterno en la forma de vida común, la vida consagrada pone de manifiesto que la participación en la comunión trinitaria puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de solidaridad»21.

Comunidad de Jesús y los doce:

«Habituados a contemplar a Jesús rodeado de sus discípulos, que, después de pentecostés, han permanecido fieles al maestro y se han dispersado por el mundo llevando la buena noticia, olvidamos que en los años que convivieron con Jesús tuvieron más de un problema entre ellos. Pero, Jesús, el maestro, supo ayudarles a crear la comunidad necesaria para partir a su misión. En la indudable evolución que se dio en las relaciones que mediaban entre ellos, tiene toda comunidad religiosa un camino que estudiar y mucho que aprender, sobre todo de Jesús. Porque la suya • no fue una comunidad fácil. No podía serlo, teniendo en cuenta las distintas procedencias, a lo que hay que añadir las diferencias de caracteres y edades.

Las comunidades de todos los tiempos no se han caracterizado precisamente por su homogeneidad. Pero es evidente que, si los que las integran trabajan seriamente por avanzar en su personal maduración, se superan muchas dificultades de los primeros tiempos, se liman aristas, se reducen distancias en las mentalidades y gustos, se atenúan las diferencias.

La comunidad de vida es obra de todos los integrantes de la comunidad, y cuantos más contribuyan a su creación y menos bloques se creen para el crecimiento, tanto más se hará realidad. En la de Jesús, fue su presencia y su conducta el principal agente de la comunidad. En las actuales, todos tienen que tomar a pecho la tarea de la construcción de la comunidad de vida22.

«La comunidad de los Institutos Religiosos y de las Sociedades de Vida Apostólica mantienen vivo y presente en la historia aquel tipo de comunidad que Jesús formó en torno a sí en los días de su vida terrena para que estuvieran con Él y enviarlos a testimoniarle»23.

La comunidad de Jerusalén:

El fervor y el entusiasmo suelen ser características de los principios. Sin embargo la comunidad de creyentes no carecía de sombras que hacían resaltar la luz que ella difundía. Hay unos textos siempre citados cuando se habla de aquella comunidad.24

Gracias a estos textos, conocemos los elementos de aquella comunidad, que deben darse en cualquiera de las actuales:

  • Perseveraban en la unión fraterna.
  • Perseveraban en la oración.
  • La unión fraterna los condujo a tenerlo todo en común, distribuyendo el producto de las ventas entre los que tenían necesidad.
  • Pensaban y sentían lo mismo.
  • Compartían una misma fe.
  • Constituían una comunidad cuya vida era testimonio que impresionaba»25.

«La vida fraterna tiene un papel fundamental en el camino espiritual de las personas consagradas, sea para su renovación constante, sea para el cumplimiento de su misión en el mundo. Eso se deduce de las motivaciones teológicas que la fundamentan, y la misma experiencia lo confirma con creces. Exhorto por tanto ‘a los consagrados y consagradas a cultivarla con tesón, siguiendo el ejemplo de•los primeros cristianos de Jerusalén, que eran asiduos en la escucha de la enseñanza de los Apóstoles, en la oración común, en la participación en la eucaristía y en el compartir los bienes de la naturaleza y de la gracia. Exhorto sobre todo a los religiosos, a las religiosas y a los miembros de las Sociedades de vida apostólica, a vivir sin reservas el amor mutuo y a manifestarlo de la manera más adecuada a la naturaleza del propio Instituto, para que cada comunidad se muestre como signo luminoso de la nueva Jerusalén»26.

Un contravalor y un reto para la vida comunitaria:

«Somos hijos de una época que llamamos postconciliar. Los slogan de hace treinta años eran ‘compromiso’, ‘libertad’, ‘pluralismo’…. No podemos negar esos valores, pero tampoco algunas consecuencias negativas, por ejemplo: el INDIVIDUALISMO que ha crecido en nuestras comunidades, la prioridad de proyectos personales sobre la misión común, los conflictos entre libertad y obediencia, la falta de disponibilidad. La vida fraterna en comunidad ha perdido calidad y, lo que es peor aún, se percibe un desánimo respecto a la posibilidad de su recuperación. Quizá por eso se defiende una vida comunitaria basada en la tolerancia, en una pacífica convivencia o, a lo más, como un equipo apostólico o un grupo de «amigos que se quieren bien»27.

«El reto que la actual cultura individualista lanza a la Congregación de la Misión nos está pidiendo una comprensión más teológica y evangélica de la comunidad. Comunidades reunidas, como la de los Apóstoles, para estar con Jesús y para la misión. Estar con Jesús significa acentuar la dimensión orante, el compartir la fe, la aceptación de lo diverso y la reconciliación. Comunidad para la misión significa sentirnos congregados para una misión común, diálogo y discernimiento, apertura al entorno, estructuras flexibles que favorezcan la misión. El individualismo reinante en la cultura actual es un desafío a la dimensión comunitaria de la Congregación de la Misión como sociedad de Vida Apostólica»28.

Cuestionario:

  1. En los Evangelios y Hechos de los Apóstoles encontramos dos modelos de vida comunitaria: la comunidad de Jesús con los Doce y las primeras comunidades cristianas postpascuales (Act 2, 42-47; 4, 32-35). ¿Cuáles son los elementos más peculiares de la comunidad de Jesús con los Doce y de las primeras comunidades postpascuales?
  2. ¿En la Congregación de la Misión cuáles son en la actualidad las expresiones más positivas de la vida comunitaria? ¿Cuáles son las carencias más notorias y frecuentes?
  3. La vida moderna y la cultura actual influyen fuertemente sobre la vida comunitaria. ¿Ese influjo en qué favorece a la vida comunitaria de los misioneros y en qué la perjudica?
  4. ¿De qué medios te sirves en cuanto Visitador para ayudar a diseñar y revitalizar la vida comunitaria de tu Provincia? ¿En qué medida manejas criterios de fe? ¿Con qué frecuencia acudes a la Palabra de Dios? ¿En qué medida son lugares de referencia la Santísima Trinidad, la comunidad de Jesús con los Doce y las comunidades cristianas postpascuales?
  1. RC II, 1
  2. SVP XI, 212; ES XI,129
  3. RC X, 2
  4. SVP XIII, 633; ES X 766
  5. SVP XII, 256-257; ES XI, 548-549
  6. SVP XIII, 633; ES X, 766-767
  7. C 20
  8. Jn 6, 66-71
  9. SVP XII, 385- ES XI, 654
  10. C 28, 2
  11. SVP XI, 226; ES XI, 140
  12. Rom 15, 6
  13. Fil 2,29
  14. SVP XII, 249;ES XI, 543
  15. Act 2, 42-47
  16. SVP IX, 409;ES IX, 375
  17. SVP XI, 226; ES XI, 140
  18. C 20, 3°
  19. SVP, Consejo del 19 junio de 1647 /ES X, 766-767
  20. E. Perales
  21. VC 41
  22. E. Perales
  23. J. M. Guerrero
  24. Véanse Act 2, 42-47 y Act 4, 32-35
  25. E. Perales
  26. VC 45
  27. F. Quinano
  28. F. Quintano

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