Dados del todo a Dios y a los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Misioneros Paúles de la Provincia de Salamanca .
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Hermana, ¡qué consolada se sentirá usted en la hora de la muerte por haber consumido su vida por el mismo motivo por el que Nuestro Señor dio la suya! ¡Por la caridad, por Dios, por los pobres! Si conociera usted su felicidad, hermana, se sentiría realmente llena de gozo; pues, haciendo lo que usted hace, cumple la ley y los profetas, que nos mandan amar a Dios con todo nuestro corazón y al prójimo como a nosotros mismos. ¿Y qué mayor acto de amor se puede hacer que entregarse a sí mismo por completo, de estado y de oficio, por la salvación y el alivio de los afligidos? En eso está toda nuestra perfección (SVP,VII, 326).

¿Por qué se estiban las convicciones de este sacerdote como acontece en el puerto con los barcos? Porque ha vivido una comprobación determinante, de la cual hemos hablado. Se ha dado a los pobres para mejor darse a Dios, al cabo de meses de dudas y de desconcierto íntimo. Pero esta experiencia viene de lejos. San Vicente sabe lo que es la desdicha y, sobre todo, la turbación del alma.

Ha estado largos meses bajo sospecha de robo. En dos domingos consecutivos, con la publicidad que conlleva el púlpito, se le ha acusado de hurtar una bolsa a su propietario. En París, el año 1608, está desterrado de la sociedad gascona. Es marginado como alguien indigno de trato. Conoce hasta en lo más hondo de sí mismo el peso de la injusticia. Pues es una imputación inicua. Pero calla, aunque se le relegue al rango de un pobre, de un desdichado objeto de burlas: No somos nosotros los que tenemos que dar aclaraciones; Si se nos imputa algo que no hemos hecho, no nos toca a nosotros defendernos. Dios quiere, hijas mías, que le dejemos el discernimiento de las cosas. El sabrá, en tiempo oportuno, dar a conocer la verdad (SVP, IX, 339-340).

Una vez dado el giro, toma el partido de los despreciados y, día tras día, va convirtiéndose en uno de ellos. Helo ahí en el que es por excelencia camino del evangelio, el de la proximidad: Somos los Sacerdotes de los pobres, dirá más tarde; Dios nos ha escogido para ellos; eso es lo esencial para nosotros, el resto es accesorio (Abelly, 631). Y a sus hijas: … si os llevan a ver al obispo …, decidle que sois unas pobres Hijas de la Caridad, que os habéis entregado a Dios para el servicio a los pobres …(SVP, IX, 497-498).

En enero de 1617, en Gannes y Folléville, en el Somme, percibe el desamparo espiritual y toca con el dedo la necesidad de reconciliar las almas unas con otras y con Dios. A este fin se impone una única solución: «misionar».

Seis meses después, en agosto del mismo año, es párroco de Châtillon en las Dombas, donde encuentra la enfermedad y la miseria de toda una familia. Allí lanza a sus feligreses por la ruta de la caridad. No se atiene ya más que a la fuerza del amor efectivo, y crea las cofradías (que llamaríamos hoy «voluntariado»), destinadas a desplegar en el tiempo lo que es sólo una asistencia demasiado casual o sentimental.

Imagina un incesante ir y venir entre dos polos complementarios: el corporal y el espiritual; bien sabe que se trata ante todo de atender al cuerpo, de alimentarlo, de visitar al enfermo y pasar un rato con él. No tienen igual sus consignas a las primeras «Señoras de la Caridad»: La que esté de turno, después de haber tomado todo lo necesario de la tesorera para poder darles a los pobres la comida de aquel día, preparará los alimentos, se los llevará a los enfermos, les saludará cuando llegue con alegría y caridad, acomodará la mesita sobre la cama, pondrá encima un mantel, un vaso, la cuchara y pan, hará lavar las manos al enfermo y rezará el (la oración) Benedicite, echará el potaje en una escudilla y pondrá la carne en un plato, acomodándolo todo en dicha mesita; luego invitará caritativamente al enfermo a comer, por amor de Dios y de su santa Madre, todo ello con mucho cariño, como si se tratase de su propio hijo, o mejor dicho de Dios, que considera como hecho a sí mismo el bien que se hace a los pobres. Le dirá algunas palabritas sobre Nuestro Señor … (SVP, X, 587).

Cree además en la necesidad de una recuperación espiritual, único modo de servir bien al pobre. Proclama la palabra, escucha la confesión de un campesino alejado de Dios y le pacifica consigo mismo. Funda la Congregación de la Misión, destinada a participar en la salvación del pobre pueblo del campo.

En adelante los dos registros, el corporal y el espiritual, aseguran a Vicente un desarrollo literal en plena armonía. Inculca a los padres y hermanos de la Misión: si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizara los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás. XI 393 Y sugiere a las hermanas: aficionaos mucho a los pobres, por favor, y tened mucho cuidado de enseñarles las verdades necesarias para la salvación. Ya habéis visto cuánto importa esto (SVP, IX, 241).

Inevitablemente se piensa en la frase de Pablo VI, tres siglos después: «No se reduce el desarrollo al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, ha de ser integral, es decir, promover a todo hombre y al hombre entero … En el designio de Dios, cada ser humano es llamado a desarrollarse, pues cada vida es una vocación …» .Vicente desea sobre todo que se halle ese valor supremo que es Dios por la fe y la caridad, bienes inalienables. Participar en vida del Dios viviente es recuperar la dignidad de «hijo» y vivir del Amor. Para llegar a una percepción semejante de las

cosas, es preciso que el hombre esté «habitado». Mucho mejor, que haya decidido vivir cierta radicalización. Entonces vive dedicado. Y se extasía por la oblación de otros, que nos sugiere hacer lo mismo: Cuando una buena Hija de la Caridad entrega toda su vida al servicio de Dios, cuando lo deja todo por él, cuando ya no hay en el mundo nada para ella, ni padre, ni madre, ni bienes, ni posesiones, ni conocimientos más que Dios o por Dios, no tenemos más remedio que creer que esa hermana será algún día bienaventurada. Pero son pocas las personas que tienen este conocimiento. ¡Qué hermoso es ver a un alma revestida de la gracia de Dios, rodeada de la virtud de Dios, que lleva a Dios en su corazón, que nunca lo pierde de vista! Si se pudiera ver eso, nos sentiríamos arrebatados de admiración; no podríamos contemplar la belleza de ese alma sin sentirnos deslumbrados (SVP, IX, 920).

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