El Sr Claude de Luchet nació en una tierra de la diócesis de Saintes llamada Chay, de padres nobles. Su padre se llamaba François de Luchet y su madre Cclaudia Dubois. Nació en el mes de mayo de 1612 y fue bautizado el 6 de ese mes, ya de edad, estudió un poco; pero se fue muy pronto a la guerra, a la edad de trece años tan sólo y se hacía llamar » el Señor de San Sulpicio». Fue a Flandes, donde permaneció un año con las tropas al servicio de su Rey; luego queriendo regresar a Francia, se embarcó en un navío extranjero, que de flandes se dirigía a su país. Le entró un mareo tal que le era imposible retener el menor alimento en el estómago. Obligado a quedarse en su cabina, la falta de aire le resultaba insoportable; si trataba de arrastrarse hasta el puente, sus vómitos aumentaban; la mayor parte de los pasajeros se quejaban de él, y él no encontraba compasión en nade, ya que estos pasajeros eran casi todos herejes sin caridad. Habían llegado hasta el punto que querían desembarazarse de él arrojándole al mar. Su aversión contra Francia y la religión católica les había inspirado esta crueldad y hecho tomar esta resolución tan bárbara. Un compañero y amigo del joven de Luchet, habiendo sabido de esta conspiración vino a decírselo. El pobre muchacho se asustó ante esta noticia tan terrible y tan inesperada; se acordó entonces de haber oído hablar varias veces de la asistencia que la santísima virgen da a los que recurren a ella, hizo un voto de ir en peregrinación a la iglesia de Saumur, que le está dedicada. Cosa admirable, apenas hubo formulado este voto, cuando cesaron sus vómitos; recobró el apetito y la salud tan bien que pudo llegar a la casa paterna perfectamente restablecido.
De vuelta a casa, no pensó más en la ejecución de su voto, y poco después, se alistó con las tropas otra vez donde se destacó por su valor. Se encontraba cerca del mariscal de la Meilleraie, cuando éste ordenó el asalto a la ciudad de Burdeos; de sesenta gentilhombres que rodeaban entonces al mariscal, seis tan sólo escaparon a la muerte, entre los cuales el Sr. de Luchet. Seguía entonces el malhadado ejemplo de los demás profiriendo juramentos u otras palabras indignas de un verdadero cristiano. No obstante, dándose cuenta que, para adquirir la estima de los jefes, había que moderar la lengua, el respeto humano le hizo corregir su lenguaje inconveniente, que podía dañar su reputación. Tomó a pecho también tener la reputación de ser compasivo con el prójimo; se mostraba muy tratable con la gente del campo, y hallando una vez en un pueblo a muchos pobres, víctimas de la mayor miseria, les hizo distribuir, a sus expensas, los socorros que les eran necesarios. Este modo de tratar a la pobre gente le hacía pasar a los ojos de todos por un hombre de bien, pero en realidad no era tal, porque no cesaba de vivir lejos de Dios, y se entregaba incluso al libertinaje, descuidando todos los deberes de un caballero cristiano, y no rechazando ningún duelo cada vez que la punta de honor se presentaba; lo que es más espantoso es que no pensaba ofender a Dios con eso duelos y creía que el pecado no era para más que para el que lo provocaba.
Durante ese tiempo entraba en ascensos; fue primero lugarteniente de una compañía del regimiento de Champaña, y en último lugar obtuvo en rango de capitán en el regimiento Mazarino. En este grado se dirigió a su región para reclutar soldados. Fue entonces cuando su padre fue atacado por la enfermedad que le llevó a la muerte. El Sr. de Luchet estuvo atento a tributarle todas las honras de la piedad filial; asimismo, su padre viéndole tan lleno de atenciones hacia él y tan prudente, le manifestaba mucha estima y se encomendaba sus oraciones. Se puede imaginar qué motivo de confusión fue para nuestro capitán que, desde hacía tres años no se había confesado. Sin embargo, para matar el aburrimiento durante el tiempo que pasaba al lado del lecho de su padre, se puso a leer la Introducción a la vida devota, por san Francisco de Sales que la divina Providencia había dejado caer en sus manos. Este libro hizo impresión en su espíritu y en su corazón; para seguir los buenos consejo que en él da el santo obispo, así como para calmar los remordimientos de su conciencia, que atormentaban violentamente su alma, tomó la resolución de hacer una buena confesión general y, para este fin, se fue a hacer un retiro con los Padres del Oratorio de La Rochelle. Su confesor quiso conmutarle el voto que había hecho ; pero el Sr.de Luchet, que comenzaba ya a sentir en él el deseo de darse al servicio de Dios, le respondió : «Padre, no sólo quiero cumplir enteramente mi voto sino que hago también el de permanecer tres meses en Saumur». En estas, murió su padre, en 1638 y, después de rendirle los últimos deberes, el capitán de Luchet sin pérdida de tiempo se dirigió a Saumur para cumplirlo; con anterioridad, renunció a su cargo de capitán en las manos del coronel del regimiento y le hizo saber que no quería ya servir a otro amo que a Dios; solamente tenía a la sazón veintiséis años.
Llegado a Saumur, comunicó su plan al Superior de los Padres del Oratorio, quien le puso bajo la dirección de un virtuoso sacerdote de su Congregación. El Sr. de Luchet, desde un principio, no hizo de éste el caso que se merecía, porque le parecía muy simple; pero pronto tuvo de él una gran estima y gran veneración; era con razón, ya que este buen director se mostraba muy celoso en la dirección de las almas. Se impuso la tarea de adelantar a su discípulo y le introdujo en la vía de una seria penitencia. Le hizo echar al fuego todas las cartas que había recibido de sus amigos, sin dejarle responder a ninguna. Después de este generoso sacrificio, el nuevo penitente recibió de Dios, en recompensa, gracias extraordinarias, y se entregó desde entonces a una mortificación heroica, hasta dejarse voluntariamente devorar de la miseria. Practicó otras penitencias muy rigurosas, sin olvidar la mortificación interior y todas las obras espirituales que acompañan la vida de retiro. Sus austeridades de produjeron incluso una enfermedad que duró bastante tiempo. Algunos meses después de terminar su retiro, su director le dijo que le convenía ponerse al estudio de la gramática para aprender bien el latín. Obedeció, y un Padre del Oratorio le dio lecciones. Fue así como pasó tres años en Saumur y, en gran parte, en la casa misma de los Padres del Oratorio.
Es verdad que éstos no tenían costumbre de recibir a nadie en pensión en su casa, pero la recomendación de los obispos de Saintes y de Angers y el mérito personal de su huésped les había llevado a hacer una excepción en su favor. Durante esos tres años, avanzó mucho en la piedad y en la práctica de los actos de virtud y de las buenas obras; se dedicó en particular a visitar y a consolar a los enfermos y a instruir a los pobres a los que daba y hacía llegar muchas limosnas. Además llevado por el espíritu de penitencia, hizo un gran número de peregrinaciones, sobre todo para impedir los desórdenes que tiene costumbre de ocurrir debido a la cantidad de gente en los lugares de devoción. Su celo se manifestó sobre todo en Saumur, remediando los desórdenes que existían entre los pobres, y que eran grandes. Era pues un sujeto de edificación en toda la ciudad y al mismo tiempo hacía grandes progresos en las letras, pues había recibido de Dios un espíritu muy vivo y muy penetrante y un excelente juicio. Por eso, en dos años, aprendió la Teología moral y la explicación de los santos Padres sobre la sagrada Escritura.
Tenía un tío canónigo, arcediano y gran vicario en la diócesis de Saintes, que quiso hacerle recibir la tonsura a fin de conferirle algún beneficio eclesiástico. La recibió en efecto y, por consejo de su director fue también el mes de mayo de 1660 a recibir las cuatro órdenes menores de manos del obispo de Angers, Mons. Henri Arnauld. El año siguiente, el 4 de marzo de 1661, con el consentimiento de Mons. Louis de Bossompière, Obispo de Saintes, fue ordenado subdiácono por el obispo de Angers. El 13 de junio del mismo año, fue ordenado diácono, y último sacerdote, el 23 de septiembre de 1662. Con el fin de prepararse dignamente a recibir las órdenes sagradas, había pasado seis meses en el seminario de la diócesis de Poitiers, establecido entonces en nuestra casa de Richelieu. El Sr de Beaumont, que era el superior entonces y que fue más tarde el director del seminario interno de San Lázaro en París, distinguió pronto la virtud del Sr. de Luchet, y tenía una estima tan alta de él que siendo todavía un joven clérigo, el Sr. Jean Simon, llegado recientemente a Richelieu tras cuatro meses de seminario interno, le enviaba a pasar el recreo con el Sr. de Luchet para aprender de él los principios de la vida espiritual y formarse en la práctica de las virtudes. Era estimado y querido de toda la casa, ya que desde entonces se veía en él una gran humildad unida a una sencillez poco ordinaria; leía y servía con gusto en la mesa, y acompañaba al predicador a la parroquia para llevar el reloj y avisarle cuando era hora de terminar el sermón.
Durante su estancia en nuestro seminario de Richelieu, su tío, gran vicario de Saintes, le ofreció la mejor parroquia de toda la diócesis, que estaba entonces vacante, y le invitó a venir a tomar posesión. Pero como tenía otras intenciones, dio las gracias a su tío y vino a hacer su retiro en nuestro seminario de Saintes, bajo la dirección del Sr. Louis Bréant, que estaba entonces encargado de los ejercitantes. Durante este retiro, expuso a su director los motivos que le hacían creer que era llamado a la Congregación de la Misión; pero el Sr. Bréant creyó conveniente enviarle a consultar con este fin a su primer director de Saumur, a quien había hecho su confesión general. Éste le animó mucho a ir a estar con su hermano, que era párroco de Veaux en la misma diócesis de Saintes quien, siendo muy sabio, le ayudaría a perfeccionarse en la ciencia y a formarse en las funciones propias de un verdadero eclesiástico. Lo hizo, en efecto, y vino a ayudar durante algún tiempo a su hermano en las funciones pastorales, predicando, catequizando y administrando los sacramentos, como lo hubiera hecho un vicario, todo para bien de los parroquianos.
Pero él insistía en dejar el mundo por completo y consagrarse sin reserva al servicio de Dios. Hizo pues serias reflexiones para ver si le convenía abrazar la vida solitaria y penitente. Con esta intención fue a consultar al célebre P, Quériolet, prior de la Cartuja y hombre de un raro mérito. Se dirigió también a la abadía de Priaire, en Bretaña, para recibir consejo de un religioso de gran prudencia, y se cree que era el abad del monasterio, que había sido un amigo íntimo de san Vicente de Paúl. Uno y otro le exhortaron a entrar en alguna comunidad donde se trabajara por la salvación de las almas; pero la dificultad estaba en saber a qué comunidad le llamaba Dios. Habló pues con su director sobre las diferentes comunidades que le vinieron a la memoria para saber la que había que escoger. Después de decirle que no pensara en las que había nombrado ya, acabó hablando de la Congregación de la Misión. «Es ésa, dijo su director, ésa es a la que Dios os llama; id allá y no penséis en ninguna otra cosa».
Después de una decisión tan tajante, el Sr. de Luchet no dudó más que fuera Dios mismo el que le llamara a la Congregación; más para no proceder a la ligera y con el fin de estar más seguro de la voluntad de Dios, quiso trabajar durante algún tiempo con los misioneros en nuestra casa de Saintes. El Sr. Lehall, que se encontraba allí entonces, ha asegurado que el Sr. Luchet, en su conducta y en sus trabajos, mostraba la más entera abnegación de sí mismo. En el momento de abandonar del todo el mundo fue a recibir la bendición de su obispo, quien le concedió el exeat de buenas maneras.
Provisto de este documento, se dirigió a Saumur para terminar la serie de sus peregrinaciones allá donde la había comenzado, y también para obtener de la santísima Virgen, a la que había tomado por su abogada el feliz éxito de gran asunto de su vocación a la Congregación de la Misión. Después partió para San Lázaro, en el mes de julio y, tras el retiro, fue recibido en el seminario, el 24 del mismo mes en 1663, a la edad de cincuenta y un años. Le dieron por ángel, durante los ocho primeros días de seminario, a este mismo clérigo que había conocido en Richelieu y que había regresado a París para continuar su seminario. Al volver a verle, este clérigo le preguntó, con cierta sorpresa, si era ya sacerdote. Él respondió «Ay sí, y verdaderamente es bien triste ver sacerdote a un hombre tan ignorante como yo». Era la humildad la que le hacía responder así; pues como se ha dicho anteriormente, poseía muy bien la teología moral y tenía aptitud para todas las funciones de nuestro Instituto.
Comenzó desde entonces a posesionarse bien del espíritu de un bien seminarista; aprendió y ejerció con mucha facilidad todas las prácticas más pequeñas del seminario; como debía cumplir en la ciudad varias visitas y comisiones que le habían encargado antes de salir, se le permitió cumplir este deber; por la calle se cayó por accidente en el barro y ensuciarse el abrigo. Sin hacer caso de este accidente, continuó su marcha y fue a casa de un eclesiástico de calidad a quien tenía que ver. Después de saludarle con educación y respeto en su habitación, le pidió permiso de colgar el abrigo en lugar conveniente y, con toda sencillez, se puso a quitarle el barro de que estaba cubierto. Quería así aprovecharse de la confusión que le procuraba este accidente. El eclesiástico en efecto no pudo por menos que reírse al ver a un hombre de esta calidad hacer un oficio tan opuesto a los usos del mundo y sobre todo de la nobleza. Algún tiempo después este mismo eclesiástico llegando a San Lázaro a hacerle una visita, llegó mientras los seminaristas hacían los ejercicios corporales, el Sr. de Luchet fue a hablarle con toda alegría vestido de su saco de tela, aunque supiera muy bien que este eclesiástico se sorprendería, ya que no buscaba otra cosa que suscitar desprecio cuando podía.
El Sr. de Luchet, siendo ya un operario bien provisto de todas las virtudes y de los conocimientos necesarios para trabajar en nuestras funciones, no pudo gustar mucho tiempo la dulzura de la querida soledad del seminario. Los Superiores juzgaron conveniente emplearle en las misiones, y fue en efecto del número de los que precedieron en sus visitas pastorales a Mons. de Peréfixe, arzobispo de París. No se debe omitir mencionar aquí dos pruebas por las que tuvo que pasar durante su seminario. La primera fue de trabajar casi de continuo en las misiones o visitas pastorales y de tener que tratar con ciertos espíritus inquietos cuya conversación le procuraba mucho aburrimiento, incluso disipación, en vista de su situación de seminarista. La segunda prueba fue de haber sido enviado por la obediencia a Nantes, con el fin de ayudar al hermano Duplessier, clérigo estudiante, hijo único y heredero de una noble y rica familia de Bretaña, a dar la última mano a sus asuntos temporales; semejante comisión y un viaje de seis semanas repugnaban mucho a su disposición natural. Dios le prestó su ayuda y a pesar del desagrado que sentía al tratar con seculares y espíritus turbulentos en materia de asuntos temporales, él no sintió menoscabo en su vocación. Se puede creer no obstante que fue consecuencia de estas dos pruebas el pedir al Sr. Alméras, entonces superior general, que le prometiera muchas cosas, que le parecían ventajosas para su adelanto espiritual: 1º De no obligarle nunca a vivir con espíritus relajados o inquietos; 2º no encomendarle asuntos temporales; y 3º no confiarle la dirección de los demás. El Sr. Alméras le respondió que la virtud sólida no consistía en huir de las dificultades, sino en vencerlas, y que Dios exigía de nosotros una indiferencia total para todas las disposiciones de su providencia. Esta sabia respuesta de su Superior tranquilizó al Sr. de Luchet, y después de acabar con mucha edificación su seminario, fue admitido a los votos y los hizo con un fervor muy particular.
El Sr. de Luchet era verdaderamente virtuoso, y se puede ver la solidez de su virtud en un resumen escrito por él mismo, que hizo de su retiro preparatorio a los votos, y que se ha hallado después de su muerte «Yo he tenido la felicidad, dice, de hacer los votos el 24 del mes de agosto, día de San Bartolomé, después de hacer el retiro. En él he renovado las resoluciones tomadas en los retiros precedentes:
1º De trabajar con gran desconfianza de mí mismo, y gran confianza en Dios, haciendo a menudo actos de estas dos virtudes, sobre todo entes de emprender nada; 2º de tener mucho cuidado para corregirme de mi precipitación en hablar; 3º meditar sobre nuestras Reglas tres veces a la semana.
«Los actos particulares de mi práctica son: 1º De hacer un acto de contricción cuando vea a alguien caer en alguna falta, y pensar delante de Dios en lo que yo quisiera que hiciera por mí, si yo estuviera en su lugar y él en el mío y, después de esto, hacer lo que dios me inspire en esta ocasión; 2º de no causar pena a nadie ni de palabra ni por mis acciones y no descubrir los defectos de otro sin necesidad; 3º de no juzgar temerariamente de nadie, y cuando me vea tentado de hacerlo, replegarme sobre mis propios pecados, excusar al prójimo sirviéndole en todo lo que pueda y viendo en él a Nuestro Señor. Fili accedens ad servitutem Dei, sta in justicia el timore, et praepara animam tuam ad tentationem. Homines vero receptibiles in camino humiliationis. Debuit per omnia fratribus similari. «Hijo mío, al acercarte al servicio de Dios, manteneos firme en la justicia y en el temor y preparad vuestra alma a la tentación. Los hombres que Dios quiere recibir en el número de los suyos pasan por el crisol de la humillación. Jesucristo ha debido parecerse en todo a sus hermanos «. -Un eclesiástico le dijo un día que los Misioneros habían quitado de su apellido la partícula de; él lo tomó a la letra y en adelante no se llamó más que Luchet, en lugar de Luchet. Sus padres se lo reprocharon, pero él persistió con esa amable sencillez. (Los Santos Sacerdotes franceses del siglo diecisiete, ms. de Joseph Grandet publicado por el Sr. Letourneau, superior del seminario mayor de Angers).
Con tales sentimientos y cuidados en llevar a la práctica sus buenas resoluciones, el Sr de Luchet trabajaba en las misiones con mucho fruto y dejaba en todas partes los más bellos ejemplos de virtud. Por eso, el Sr, Alméras creyó oportuno, el mes de diciembre de 1668, confiarle la dirección del seminario interno y mantuvo este empleo durante seis años. Pero sus mortificaciones y entrega continua acabaron por dañar su salud; pues este oficio es uno de los más penosos a causa de la obligación de seguir siempre la vida del seminarista para ser una Regla viva. Por esto el Sr. Jolly, quien había sucedido al Sr. Alméras, pensó que se le debía dar un empleo exterior, y el 20 de noviembre de 1674, le envió, en calidad de superior, a nuestra casa de Toul la cual, por este tiempo, aparte de la dirección del seminario y del hospital del Espíritu Santo, se cuidaba también de la parroquia de Saint-Amant, y llevaba también la función de las misiones. Tenía pues allí un vasto campo para ejercer todas las obras de nuestro Instituto. Allí era muy exacto en cumplir bien su cargo observando con puntualidad sus Reglas, teniendo por máxima que un superior debe preceder a los demás con sus ejemplos, y encontrarse el primero en todos los ejercicios. Se hallaba constantemente ocupado, y consideraba como perdido el tiempo que no empleaba en las cosas propias de su oficio y de su vocación. Cuando disponía de algún tiempo libre, lo empleaba en el estudio y no perdía nunca el tiempo en hacer visitas inútiles. En cuanto a las de conveniencia, se deshacía pronto de ellas, sobre todo de las que debía hacer a personas de otro sexo. Observando fielmente esta máxima de san Jerónimo: Sermo austerus et brevis cum mulieribus.
Siguió en Toul unos cuatro años, y entre los grandes bienes que obró se puede contar el de haber determinado a Mons. de Fieux, que sucedió a Mons. de Saussay, a perfeccionar y a restablecer el seminario episcopal, que es uno de los más hermosos y numerosos del reino, y del que han salido muchos sujetos útiles a la Iglesia, que han trabajado en bien de la diócesis, con grandes bendiciones por parte de Dios. El Sr. de Luchet tenía un afecto particular por las misiones, y trabajaba en ellas, bien con las predicaciones, en las que desplegaba un gran celo, hablando con un estilo sencillo pero penetrante, que inspiraba a la compunción a los oyentes, bien por la asiduidad al confesonario, donde seguía en todo una sabia moral, mostrando firmeza con los que andaban en malas costumbres o en ocasiones próximas. Se entregaba, además, a poner fin a los procesos con arreglos amistosos, lo que le resultaba fácil a causa de sus conocimientos en jurisprudencia y de la excelencia de su juicio que penetraba enseguida al fondo de la dificultad, no dejaba tampoco de establecer la cofradía de la Caridad allá donde se lo permitían, y la visitaba luego de vez en cuando para hacerla subsistir. En toda su conducta no había respeto humano, actuaba en la presencia de Dios y para su gloria, y decía, con una santa libertad, la verdad a cada uno. Incluso con las personas más distinguidas conservaba esta sencillez, acompañada, no obstante, de la prudencia cristiana, lo que le hacía amable a todos y hacía estimar en mucho su virtud.
Se ha advertido mientras residía en Toul que casi siempre tenía a la vista en su habitación las principales resoluciones de su retiro y los avisos que los Visitadores le habían dado en la Visita, y en su Imitación conservaba muchos pequeños papeles escritos de su mano, que contenían máximas tocante a las virtudes que se había propuesto practicar. Como tenía un talento particular para las misiones, el Sr. Jolly juzgó oportuno colocarle en una casa especialmente dedicada a esta función; por esta razón le envió a la de Lychon, hacia finales de septiembre de 1678. Esta casa estaba situada en un lugar muy malsano, y llevaban tiempo los Misioneros pensando [586] en trasladarse a un lugar más sano. La Providencia reservaba este favor a la gracia que acompañaba al Sr. de Luchet a todas partes a donde iba. A las seis semanas más o menos de su llegada, el Sr. prior de Beaulieu ofreció a la Congregación su priorato, alejado tan sólo a dos horas de Luçon y le hizo que se uniera a la Congregación. Allí se estableció pues la residencia de los Misioneros; era uno de los sitios más hermosos de toda la diócesis.
El Sr. de Luchet tomó posesión el mes de noviembre; mas para disponer las habitaciones, hubo que levantar nuevas edificaciones. Un día, que vigilaba los trabajos en medio de los carreteros y de los albañiles, cansado de estar tanto tiempo en la obra, rogó a uno de sus sacerdotes que fuera a reemplazarlo; éste se excusó diciendo que tenía cosas más importantes que hacer que hacer un oficio de hermano coadjutor. El Sr. de Luchet, sin conmoverse con esta respuesta, replicó con mucha afabilidad que en la Iglesia de Dios había habido sacerdotes mártires que se habían entregado a oficios más bajos todavía. El sacerdote respondió que era la fe la que daba a estos santos el valor de sufrir semejantes humillaciones. A estas palabras, el Sr. de Luchet suspiró, diciendo: Eh, no es acaso la fe la que me anima también a rebajarme, viendo en este empleo la voluntad de Dios; de otra manera, ¿cómo iba yo a querer pasar toda mi mañana en este jaleo?» Estas palabras dan entender claramente la excelencia de la disposición de su alma y de su corazón, incluso en las cosas de menor importancia.
Trabajó siete años en la diócesis de Luçon, con no menos éxito que en la de Toul, a pesar de que en este último lugar se hubiera visto incomodado por las enfermedades más que en ningún otro lugar, por residir demasiado pronto en el nuevo edificio de Beaulieu. Aumentando de día en día las enfermedades, el Sr. Jolly le llamó a San Lázaro el mes de octubre de 1685 para tratar de llevar algún alivio a su salud. Mejoró, en efecto, y le enviaron, en calidad de director de las misiones, a las diócesis de Sens y de Orléans; allá, todas sus misiones tuvieron un feliz éxito. De regreso a París, ya repuesto, fue enviado el mes de febrero de 1686, para dirigir, en calidad de superior, nuestra casa de Dijon, donde se entregó a fondo al trabajo de las misiones. Se aplicó al servicio de las almas con un celo infatigable, aunque con frecuencia tuviera accesos de gota, o catarros y la fiebre. Por eso, todo el mundo se sorprendía al verle ir a misiones con estas enfermedades.
Durante el espacio de tres años y medio que trabajó en Bretaña, en Champaña y en la diócesis de Langres, sufriendo habitualmente, realizó mucho bien; y viendo la bendición que Dios concedía a sus trabajos, no podía resolverse al descanso, a no ser cuando la violencia de mal le clavaba en el lecho. En la misión de Fay, que fue la penúltima en la que tomó parte, se vio obligado a guardar cama durante cerca de quince días; pero, viendo llegar el día de la comunión general, como antes de meterse en cama había confesado ya a muchos hombres, hizo un esfuerzo para trasladarse a la iglesia, con el fin de reconciliar a cuantos lo desearan; después hizo algunas reconciliaciones y, acabada la misión, al sentirse mejor, pasó con sus compañeros a la misión de Auges en Franco Condado, donde volvió a trabajar durante el espacio de quince días, hasta la Pascua, es decir el 18 de abril de 1668. Ese día parecía haber recobrado todas sus fuerzas; pero al día siguiente fue presa de una pequeña fiebre que le hizo titubear si debía predicar. Reflexionando luego que si no predicaba, el Sr. Garel, que estaba con él se cansaría demasiado predicando varias veces en un día, superó los ardores de la fiebre, que le parecieron disminuir y, llevado por la caridad, subió al púlpito y predicó el sermón, pero con tanta dificultad, que al regresar a casa fue atacado de un nuevo acceso de fiebre. Al domingo siguiente, sintiéndose algo mejor, predicó otra vez con gran fervor, pero fue el último sermón de su vida; ya que, al bajarse del púlpito, sintió, aparte de la intensidad de la fiebre, un dolor en el costado que le obligó a guardar la habitación, sin acostarse. Se preparó él mismo un remedio, que le alivió un poco, pero no le quitó el mal; hizo venir al médico quien, si bien hábil, no pudo hacer otra cosa. Al verlo, el enfermo se dispuso a recibir el santo Viático que le trajo el Sr. Jean Simon, su asistente, durante la noche del noveno día de su enfermedad. Tras lo cual, la humildad le llevó a hacer una revisión general de toda su vida con una gran piedad y devoción, y el mismo día que la hizo recibió el sacramento de la Extremaunción con una perfecta resignación a la voluntad de Dios. Dio también después de est la absolución a un penitente que se había confesado con él, y que experimentaba pena en repetir su confesión con otro, y por cierto en situación extrema, quiso hacer este acto de caridad, de manera que se puede decir que trabajó por la salvación de las almas hasta el último suspiro. Al día siguiente, hacia las tres de la mañana, perdió el habla y entró en agonía hasta las ocho de la tarde, en que entregó su hermosa alma al creador el 28 de abril de 1668. (Archivos de la Misión en París. Noticias manuscritas).







