Caminos de futuro: propuestas de acción para los grupos vicencianos de nuestro tiempo

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: Jaime Corera, C.M. · Year of first publication: 2002 · Source: Asociación Feyda, Mayo de 2002.
Estimated Reading Time:

Hubo un tiempo en que gentes de saber (hombres de ciencia, filósofos de la cultura, sociólogos…) se creían obligados y con derecho a pronosticar desarrollos futuros de lo que se sabía en un momento dado. Pero hace ya bastantes años que los cerebros más instruidos y más despiertos dejaron de hacer pronósticos. Hoy sólo pronostican los periodistas ligeros y las revistas de divulgación barata, pero no los sabios. Estos están escarmentados por los fallos repetidos de sus pronósticos de antaño: hechos que se adelantaban o se atrasaban en muchos años a lo que habían calculado; hechos pronosticados con seguridad, pero que, sin embargo, no terminaban de suceder; hechos, en fin, sorprendentes y totalmente imprevistos, que no respondían en manera alguna a los pronósticos. Esto ha sucedido también en las ciencias físicas, pero, sobre todo, en las ciencias de la cultura. Por ejemplo, ¿desde hace cuántos años se viene pronosticando la desaparición de la religión, y aun la muerte de Dios? «Los muertos que vos matáis gozan de buena salud»

De manera que, escarmentados en cabeza ajena y a pesar del título de esta sección, no vamos a intentar aquí nada que se parezca a un pronóstico de futuro para las instituciones vicencianas. Sin embargo, esperamos que lo que se va a decir responda a los desafíos que el mundo de hoy y de un futuro inmediato, fácilmente previsible, ofrece y seguirá ofreciendo a los grupos vicencianos para su trabajo redentor de los pobres.

Mantener la identidad propia en un mundo secularizado

El mundo de hoy y del futuro próximo es y seguirá siendo un mundo secularizado en el buen y en el mal sentido. Secularizado en el buen sentido: el mundo hoy es, en general, un mundo consciente de la autonomía del ser humano en relación a seres superiores: Dios, dioses, espíritus… Existe la convicción de que en la historia humana sucede sólo lo que hacen los seres humanos. Ya no se cuenta con la ayuda actual y directa, más o menos mágica, de lo alto. Esta convicción no es anticristiana o post-cristiana, y no va en manera alguna en contra de la fe cristiana en la Providencia.

El cristiano sabe que Dios es un Padre que vela solícito por el bien de todas sus criaturas, sobre todo de sus criaturas humanas, pero que Dios no impide ni interviene directamente en las acciones propias de los hombres (excepto ayudándoles con su gracia). El Dios de la revelación judeocristiana ha puesto la tierra en manos de los hombres, para que estos la trabajen como seres relativamente autónomos. Se dice relativamente autónomos, porque Dios les ha revelado con claridad qué es lo que Él quiere que hagan los hombres con ella, con la tierra. Pero el llevarlo a cabo no lo hace Él, sino el ser humano «con su industria», como dice san Juan de la Cruz: «Muchas veces Dios dice la cosa y no dice el modo de hacerla, porque ordinariamente todo lo que se puede hacer por industria y por consejo humano, no lo hace Él, ni lo dice» (Subida al monte Carmelo. Noche activa del espíritu, cap. 22,13).

Un inundo secularizado en el mal sentido: el hombre cae con frecuencia en la tentación de la antigua serpiente: «Seréis como dioses» (Gn 3,5), y se arroga para sí mismo el poder que sólo es de Dios al tratar de construir el mundo según le parece bien, sin tener en cuenta lo que quiere Dios, y aun en contra de Dios. En esa visión, Dios no cuenta para nada.

También el vicenciano, que por su fe pone de corazón su confianza última en Dios, debe saberse autónomo ante Dios en su obrar. Dios no hará por la redención de los pobres lo que quede sin hacer en este mundo por la pereza o por la cobardía de los que decimos creer en Él. El vicenciano cuenta con la gracia de Dios, por supuesto. ¿Qué sería capaz de hacer sin la ayuda de la gracia? Pero los planes concretos para la redención de los pobres, el trabajo efectivo de llevarlos a cabo, los tiene que diseñar y ejecutar él mismo «con el sudor de su frente y con el cansancio de sus brazos», como solía decir Vicente de Paúl.

Pero el vicenciano no puede confundir las cosas y caer en la trampa del que hemos llamado secularismo malo, pues sabe que si no se tiene en cuenta a Dios, la construcción de un inundo más humano y más justo se hace imposible, y aun se vuelve contra el mismo hombre, como lo ha probado abundantemente la historia trágica de la humanidad en el siglo XX.

El voluntario vicenciano no puede permitir que su identidad cristiana se diluya por contagio en el secularismo del mundo en que vive. Todo lo contrario; a mayor secularismo disolvente, más fe y más confianza en la Providencia, y también más trabajo por la redención del mundo de los pobres.

Mantener la identidad propia en una Iglesia rica en carismas diferentes

En la teología de hoy se insiste, con razón, en que en la Iglesia es más importante lo que tenemos todos en común que lo que nos diferencia. Lo que tenemos todos en común es fundamentalmente el bautismo. Ese es el hecho decisivo en toda vida cristiana, la `consagración radical’, como dice el Concilio Vaticano II (Peorectae carnatis, 5). A partir de esa raíz, y alimentándose de esa raíz, han sido innúmeras las maneras de vivir esa consagración radical, inspiradas todas ellas por el Espíritu del Dios de Jesucristo.

A partir de una llamada, de una vocación determinada, el cristiano concreto vivirá su consagración bautismal según lo exija la vocación, el carisma, con la visión propia que exige esa vocación. Al hacerlo, no hará otra cosa que ser fiel a su bautismo, de la manera que el Espíritu Santo ha señalado a ese cristiano o cristiana concretos. Es importante que las diversas vocaciones o tipos de espiritualidad mantengan su identidad dentro de la gran Iglesia. Y no por el orgullo de distinguirse de los demás, ni sólo porque al hacerlo se enriquece la vida de la misma Iglesia, sino, sobre todo, por fidelidad al obrar del Espíritu Santo en el mundo y en la Iglesia.

Y así, el vicenciano, para ser fiel a su carisma propio, debe conocer lo mejor que pueda el verdadero espíritu de los que crearon, sin duda bajo la inspiración del Espíritu Santo, ese modo de vida cristiana, esa espiritualidad: san Vicente de Paúl, santa Luisa de Marillac, el beato Federico Ozanam… En el mantenerse fieles a ese carisma les va la vida.

Esto habrá de tenerse en cuenta tanto más cuanto que, a pesar de la apariencia o de la realidad de enfriamiento general entre la población católica, ha surgido en los últimos tiempos un gran número de movimientos de espiritualidad como se ha dado pocas veces en la historia de la Iglesia. Hay de todo entre esos movimientos, desde la más desencarnada espiritualidad hasta el compromiso social más decidido.

El vicenciano puede aprender mucho del entusiasmo, la agilidad y el frescor que se dan en muchos de esos movimientos, como suele suceder en movimientos de creación nueva. Pero no tiene por qué pedir prestadas de ellos nuevas señas de identidad espiritual. La espiritualidad vicenciana es una forma de vida cristiana muy consistente, suficiente para llevar hasta la más consumada santidad, y muy bien definida en sus perfiles fundamentales desde hace más de tres siglos.

Resumimos los dos puntos que hemos visto antes de pasar a hablar de principios concretos para diseñar proyectos de acción vicenciana en el mundo de hoy. Toda institución que quiera ser conocida legítimamente como vicenciana, así como los miembros que la componen, deberán estar sólidamente anclados en dos convicciones básicas: la condición cristiana, que se mantiene y se confiesa con valentía en un mundo secularizado, y la condición vicenciana, bien conocida y definida en medio de una Iglesia rica en carismas y en formas diversas de espiritualidad. Puede suceder que algunas de ellas sean poco compatibles con la visión vicenciana. No hay que sorprenderse ante esta última afirmación. Recuérdese a san Francisco de Sales, cuando afirmaba que la espiritualidad propia de la vida de clausura contiene algunos elementos esenciales que estarían fuera de lugar en la vida espiritual de, por ejemplo, un laico, o de un sacerdote secular.

Caminos de presente y de futuro

Todo lo que vamos a decir de aquí en adelante intentará desarrollar tres puntos concretos, ordenados los tres a alimentar una dedicación más eficaz a trabajar por la redención de los pobres del mundo de hoy y del próximo futuro. He aquí los tres puntos:

  1. Proyectos de formación de los voluntarios vicencianos
  2. Proyectos de colaboración con otras instituciones vicencianas
  3. Proyectos de trabajo para la redención de los pobres

1. Proyectos de formación de los voluntarios vicencianos

Todo hombre o mujer que nace a este mundo es un ser que nace inerme, pero dotado de mil capacidades de desarrollo que la formación y la educación habrán de desarrollar a lo largo de toda una vida. El desarrollo más rápido y más profundo, el que marca de verdad a la persona, se da en los primeros años de la vida, y se lleva a cabo normalmente en un medio familiar. La familia es sin duda el gran agente formador de seres humanos. En años posteriores, el niño o la niña se irá abriendo a otros agentes de formación: la escuela, la parroquia, la calle, las amistades, los medios de comunicación, la sociedad en general. Cada uno de ellos contribuirá a añadir o corregir, e incluso a anular, aspectos importantes de la formación básica inicial. Este proceso de progreso y cambio en la formación de la persona no termina hasta la muerte. Por eso se habla hoy tanto, con razón, de la formación permanente.

Pues bien: también los grupos vicencianos deben tener un programa de formación permanente para los miembros que los componen. El vicenciano no nace, se hace. A partir de una decisión inicial de vivir su fe como vicenciano (recuérdese la conversión de Vicente de Paúl a una ‘nueva’ vida a los treinta y siete años), el cristiano o la cristiana que ha tomado esa decisión se integra en un grupo de vida nueva, en el que debe crecer y formarse progresivamente a lo largo de lo que le quede de vida en este inundo. Nunca se es suficientemente o perfectamente vicenciano; siempre habrá lugar para el progreso y la profundización, sea cual sea la edad.

Ahora bien, el grupo vicenciano no tiene que formar a sus miembros como seres humanos, ni como cristianos, ni como ciudadanos maduros y responsables. Eso lo harán otros agentes de formación. El grupo vicenciano es responsable sólo de la formación vicenciana. Es cierto que una buena formación vicenciana hará de sus miembros mejores hombres o mujeres, mejores cristianos y mejores ciudadanos. Pero lo conseguirá, precisamente, por medio de una formación específica de espíritu y de estilo vicenciano.

En concreto, todo grupo vicenciano debe tener algún programa de formación de sus miembros, de formación en su vocación vicenciana propia. No hay por qué excluir de ese programa temas que se refieran directamente a la formación humana, cristiana o ciudadana, pero incluso esos temas deben ser vistos a la luz de su visión vicenciana. Por ejemplo, un curso sobre la biblia o sobre los evangelios, dado a un grupo vicenciano, deberá destacar los aspectos que se refieren a la redención y evangelización de los pobres del mundo, cosa que es, por otro lado, muy fácil, pues ambos testamentos, el antiguo y el nuevo, están empapados de esa idea fundamental.

Dos preguntas:

a) ¿Hay en el grupo vicenciano al que pertenezco algún programa específico de formación vicenciana?

b) Los diversos aspectos de formación en mi grupo ¿se estudian desde la óptica vicenciana y se orientan a una acción más eficaz hacia la redención de los pobres?

2. Proyectos de colaboración con otras instituciones vicencianas

Como ya se ha visto, hoy hay en la Iglesia muchos grupos que se consideran inspirados por la experiencia espiritual de san Vicente de Paúl. No pocos de ellos se consideran también como pertenecientes a lo que en estos años ha comenzado a ser conocido como la Familia Vicenciana. Es muy natural que se consideren una familia, pues todos ellos se reconocen hijos espirituales de un mismo padre.

Nada más normal para esos grupos que el establecer entre ellos lazos de simpatía, de conocimiento mutuo y, sobre todo, de colaboración. Cada grupo tendrá y mantendrá su identidad propia que deberá mantener por fidelidad, y también sus proyectos propios, como lo hace cada uno de los hijos dentro de la familia biológica. Pero también en este caso es más importante lo que es común a los grupos vicencianos que lo que les diferencia. De lo que es común debe brotar lo que decíamos arriba: la simpatía y el afecto, el conocimiento mutuo, la colaboración en proyectos concretos de formación y de trabajo. De formación, pues el espíritu fundamental de todos esos grupos es el mismo; de trabajo, pues todos ellos se dedican por vocación a la redención de los pobres.

Hay que dar gracias al Espíritu del Padre de Jesucristo ¿a quién, si no?) por los signos inequívocos y cada día más abundantes de que se ven así las cosas en prácticamente todos los grupos vicencianos.

Dos preguntas:

a) En mi grupo vicenciano ¿tenemos conciencia de pertenecer a una gran familia extendida por todo el mundo que quiere vivir su fe cristiana bajo la inspiración espiritual de san Vicente de Paúl?

b) ¿En qué colabora mi grupo con otros grupos vicencianos? ¿En qué proyectos de formación y de acción podría colaborar aún más?

3. Proyectos de trabajo para la redención de los pobres

Por la redención de los pobres se pueden hacer muchas cosas. No es la menos importante, aunque no vamos a hablar aquí de ella, la oración por los pobres y con los pobres. Vamos a hablar sólo de proyectos de trabajo.

a. Trabajos de asistencia benéfica

A lo largo de más de tres siglos las instituciones vicencianas han sido bien conocidas por la dedicación caritativa asistencial, por sus obras de beneficencia, como se las suele calificar. Se recordarán del catecismo de nuestra infancia: dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino…La lista del catecismo estaba basada en otra parecida del Señor en la tremenda escena del juicio final que aparece en el capítulo 25 del evangelio de san Mateo. Y así, desde los primeros tiempos de la Iglesia, y basándose en el ejemplo del Señor mismo, la Iglesia en general, y las instituciones vicencianas en particular, han dedicado enormes energías personales e ingentes medios económicos a aliviar los muchos males que asedian a los pobres. Lo han hecho a través de obras de beneficencia o de caridad, como se las conoce vulgarmente.

Esta manera de trabajar por los pobres ha entrado en crisis. Hoy se la considera con frecuencia como mera obra de caridad que no soluciona nada, sino que sólo alivia la pobreza; se la menosprecia diciendo que esa caridad no basta, y que, a veces, no hace más que prolongar, sin remediarlo en su raíz, el lastimoso estado de los pobres. Y se suele añadir que lo que hay que hacer hoy es luchar contra las injusticias y trabajar por un cambio de las estructuras sociales del mundo de hoy, estructuras que siguen produciendo pobres, como lo han hecho siempre. Esto se dice desde fuera, como reproche hacia la labor tradicional de las instituciones benéficas de la Iglesia Católica. Pero no faltan voces dentro de ella, algunas de gente muy conocida, que también lo dicen.

El vicenciano no debe hacer ningún caso a tal reproche, a no ser que él piense que a los pobres hay que darles sólo pequeñas ayudas para aliviar sus males. Hablaremos de esto más adelante. Por desgracia, y porque las estructuras sociales que creamos los seres humanos nunca parecen ser capaces de ser tan justas como sería de desear para acabar con la pobreza, la ayuda benéfica será en el futuro previsible no sólo necesaria, sino que, en muchos casos, no habrá lugar a algún otro tipo de acción, como las que vamos a ver enseguida. Cuando el pobre se está Muriendo de hambre no se le puede consolar diciéndole que espere un poco hasta que construyamos unas estructuras sociales justas que acaben con el hambre.

Dos preguntas:

a) ¿Qué proyectos de asistencia caritativa mantiene mi grupo vicenciano de manera habitual?

b)¿No nos remuerde a veces un poco la conciencia porque no acabamos de decidirnos a asistir a personas necesitadas que viven cerca o lejos de nosotros?

b. Proyectos de promoción

También en este tema ha sido muy abundante y eficaz la acción de las instituciones vicencianas en muchos países a lo largo de más de tres siglos, y también sigue siéndolo hoy. Un tema que además es hoy de mucha actualidad y que lo va a seguir siendo en el futuro.

El trabajo de promoción trata de conseguir lo que expresa la etimología de la palabra: ayudar a avanzar hacia delante a quien en el conjunto de la sociedad aparece en posición desventajosa. El trabajo de promoción abarca todos los aspectos en que un ser humano o un grupo juega con desventaja: salud, cultura, situación económica, relaciones sociales, e incluso atención religiosa. Cuando se trabaja por la promoción se intenta reducir, a través de un trabajo sostenido, las diferencias que separan a la persona o al grupo del resto de la sociedad en que viven.

El trabajo de promoción suele ser un trabajo largo y constante, pues las desventajas que sufren los desfavorecidos suelen deberse a causas nada fáciles de erradicar, sin olvidar entre ellas la oposición que se da, a veces, por parte de otros grupos sociales menos desfavorecidos o decididamente privilegiados.

Hay muchos modos de trabajar por la promoción de los pobres. El más común, y uno de los más eficaces, es la educación escolar y profesional. En efecto, sin una educación escolar o profesional suficiente, las clases pobres encontrarán siempre cerrado el camino que les ayude a salir de su pobreza. Esto lo han visto siempre muy claro las muchas instituciones educativas nacidas dentro de la Iglesia Católica, que, en su conjunto, pueden presentar una hoja de servicios a la humanidad, a lo largo de su historia, que no tiene semejante ni de lejos en ninguna otra institución social. Una parte no pequeña en esa hoja de servicios de los tres últimos siglos le corresponde, sin duda, a las instituciones educativas de inspiración vicenciana.

Aparte de la promoción en el terreno y a través de la educación escolar y profesional, hay otras maneras de trabajar por la promoción de los pobres en el terreno de la salud, de la cultura, las diversiones, el deporte, la formación de la conciencia sindical, las relaciones sociales… Pero quisiéramos señalar uno en particular de gran actualidad. Nos referimos a las oportunidades para la promoción que ofrece el tiempo de ocio, tan abundante ya en la sociedad actual y que con toda probabilidad será aún más abundante en el futuro.

También este fenómeno afecta hoy a los pobres, aunque a veces de una manera trágica, pues, con frecuencia, a los pobres les sobra tiempo (es lo único que les sobra a veces) porque no tienen un trabajo digno con el que llenarlo. En ese tiempo de ocio forzado se puede encontrar espacio para otras actividades que les ayuden en su promoción general.

El aumento del tiempo de ocio afectará también, a veces, al voluntario vicenciano. No puede perderlo tontamente o malgastarlo en pasatiempos frívolos y costosos, como le gusta hacer a buena parte de la sociedad de hoy. Todo lo contrario: el aumento de tiempo de ocio le proporcionará una mayor cantidad de tiempo liberado de otras obligaciones, tiempo que el voluntario podrá dedicar a los trabajos propios de su vocación vicenciana.

Dos preguntas:

a) ¿Tiene mi grupo vicenciano algún proyecto de promoción en marcha?

b) Aparte del tiempo dedicado al necesario descanso, ¿cómo uso y a favor de quién mi tiempo de ocio?

c. Trabajo por la justicia a favor de los pobres

Esta tercera manera de trabajar por la redención de los pobres suena a muy moderna, pero no lo es. Es tan antigua como el evangelio mismo. ¿Qué otra cosa que trabajo por la justicia a favor de los pobres fue la actitud crítica y decidida del Señor ante los oprimentes poderes civiles y religiosos, y ante los ricos que explotaban a las clases populares de su tiempo con sus estructuras civiles, religiosas y económicas injustas? Ya más cerca de nosotros, y por referirnos expresamente a la herencia vicenciana, ¿qué otra cosa que trabajo por la justicia, motivado por la compasión hacia los sufrimientos de los pobres, fueron las varias intervenciones de Vicente de Paúl a favor de la paz y en contra de las guerras, nacionales e internacionales, y su petición, cara a cara, por dos veces, al primer ministro (que era además cardenal; Mazarino se llamaba) para que dimitiera de su cargo y se hiciera así la paz civil, y dejara de sufrir hambre la población pobre de París? ¿Y cómo se calificará la ayuda que prestó Vicente de Paúl para que se organizara una expedición que liberara por la fuerza a cientos de esclavos en el norte de África, detenidos allí contra todo derecho natural y contra toda justicia internacional establecida por tratados firmados entre naciones soberanas? ¿Será ésta una manera legítima de seguir e imitar a Jesucristo? Sin duda lo era; no se canoniza a los santos por ninguna otra razón, sino sólo por dejar que el espíritu de Jesucristo inspire y dirija su s ida propia.

Ya advertimos en una sección anterior que, aunque la preocupación activa por la justicia a favor de los pobres no ha estado del todo ausente en la historia de las instituciones vicencianas, tampoco ha sido siempre, hay que reconocerlo paladinamente, una de sus características salientes. Aún hay quienes tienen dificultades para admitir un tal trabajo como legítimo y propio del espíritu vicenciano. Una lectura atenta del evangelio y un conocimiento que no sea sólo superficial de las ideas y de los hechos de san Vicente de Paúl debería ser suficiente para convencerles de lo contrario.

Pero si eso no convence, a pesar de todo, debería convencer la enseñanza inequívoca de la Iglesia de hoy, que repetidamente en encíclicas y otros documentos oficiales y no oficiales declara, sin ambigüedad ninguna, que el trabajo por la justicia es una de las contribuciones mayores con que debe contribuir el cristiano a la humanización verdadera del mundo actual, un mundo sumido en injusticias profundas, que son la causa mayor de la pobreza masiva en el mundo de hoy, y lo va a ser durante muchos años. Por desgracia, no es probable que uno se equivoque al hacer este pronóstico de futuro.

De manera que los grupos vicencianos deben integrar en sus programas de trabajo también la promoción de la justicia a favor de los pobres. No queremos sugerir con esto que deben comprometerse en programas gigantescos de cambio social estructural hacia una justicia total, cosa que no han podido llevar a cabo ni partidos mucho más poderosos que las instituciones vicencianas, ni tampoco naciones enteras que cuentan con recursos mucho mayores. No estaría mal que lo intentaran, si pudieran hacerlo con alguna esperanza sólida de tener éxito.

Lo que sí queremos sugerir es que el grupo vicenciano, aparte de sus proyectos de beneficencia y de promoción, debe estar abierto y dispuesto a intervenir en situaciones de injusticia que estén al alcance de sus fuerzas. Se dan a veces situaciones injustas que, aun siendo de alcance modesto, hacen sufrir mucho a los pobres, y que, si se consigue arreglarlas, contribuyen a veces de manera importante a mejorar la suerte de los pobres.

Dos preguntas finales:

a) ¿Estoy convencido de que el trabajo por la justicia a favor de los pobres es una de las dimensiones de la espiritualidad vicenciana?

b)¿Tiene mi grupo alguna experiencia, o algún proyecto aunque sea pequeño, de trabajo por la justicia a favor de los pobres?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *