Breve historia del laicado

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Antonio Vidales, C.M.F. · Año publicación original: 1985 · Fuente: Colección de Subsidios — Secretariado General para los Seglares Claretianos.
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Presentación

laicadoLa historia no sólo nos da a conocer el pasado, sino que nos ofrece lecciones de insospechada validez para el presente y nos ayuda a afrontar el futuro con clarividencia.

Por ello esta breve síntesis histórica del papel del seglar en la Iglesia desde los orígenes del cristianismo hasta nuestros días puede resultar de gran utilidad para los seglares claretianos.

Especial interés tiene para nosotros la etapa histórica del siglo XIX, pues en ella hay que situar la figura de Claret y su empeño por suscitar grupos de seglares y por comprometerlos en la obra de evangelización.

Como seglares, tenemos que insertarnos y protagonizar la hora de gracia que vive la Iglesia de nuestro tiempo con respecto al laicado y que va a tener un hito muy significativo en el Sínodo de 1987 que tiene como tema la Vocación y misión de los laicos en la iglesia y en el mundo veinte años después del Concilio Vaticano II.

Este folleto es una síntesis de trabajos de especialistas que han estudiado seriamente el tema. Sigo especialmente estos dos:

  • Y. Congar, Laic et laicat, Dictionnaire de Spiritualité, IX (Paris 1976), 79—108
  • Andrea M. Erba, Storia del laicado, Dizionario di spiritualitá dei laici (Milano 1981) I 369—393

I: Desde la Era Apostólica a la Edad Media (s. I — V)

1. Durante la era apostólica

No existe en el Nuevo testamento una distinción entre clérigos y laicos. Todos los creyentes están llamados por igual a vivir la vida en Cristo y en el espíritu y a ser testigos y servidores del evangelio.

El término «laico» aparece por primera vez en la carta de S. Clemente Romano a los Corintios (40,5), escrita hacia el año 95. Con él designa a los miembros del pueblo de Dios que no son clérigos.

La presencia y las funciones de los seglares en las primeras comunidades cristianas aparecen con mucha frecuencia en el libro de los Hechos y en las cartas de S. Pablo.

La colaboración de los seglares en la obra de evangelización se realiza de diversos modos:

  • Dando hospedaje y prestando asistencia a los apóstoles y a los misioneros itinerantes; ofreciendo su casa para las reuniones de la comunidad cristiana. Los Hechos y S. pablo nos dan los nombres de muchos de estos colaboradores. Se puede ver, por ejemplo: Hch. 12,12; 15,32; 15,40; 16, 14-15; 17, 5-9; 18, 2-3; 19,9; Col. 4,10-15; Flm. 1,1-2; Rom. 16, 6-16; 16, , 23-25; Flp. 4, 2-3; 1Cor. 16, 15-19.
  • Ayudando económicamente a los apóstoles (cf. Flp. 4,15-16) y a las iglesias locales necesitadas (cf. Hch. 11,28-30; 2Cor. 8,11-15).
  • Participando en la vida y en los asuntos de la comunidad: para sustituir a Judas en el grupo de los Doce proponen a José y a Matías (cf. Hch. 1,23); eligen a quienes van a acompañar a Pablo y a Bernabé en su viaje misionero (cf. Hch. 15, 22).
  • Evangelizando mediante la palabra (cf. Hch. 18,26; Col. 4,10-11; Rm. 16,7). Felipe es un seglar que anuncia la buena nueva de Jesús al eunuco (Hch. 8,35) y que recorre las ciudades evangelizando (Hch. 8,40).

Los cristianos de Jerusalén se sienten impulsados a predicar el evangelio a los judíos de la diáspora (Hch. 8,4). Algunos cristianos de Chipre predican la buena nueva a los griegos de Antioquia arriesgando incluso la propia vida (cf. Hch. 11,20 ss).

El mismo libro de los Hechos cuenta cómo Aquila y Priscila completaron la formación de otro laico, un brillante orador llamado Apolo. «Al oírle Aquila y Priscila, le tomaron consigo y le expusieron más claramente el camino» (Hch. 18, 26).

Pablo, en su carta a los colosenses, les manda saludos a sus compañeros Aristarco, marcos y Jesús «que colaboran conmigo por el Reino de Dios» (4, 10- 11). En la carta a los romanos saluda a Andrónico y Junia, «ilustres entre los apóstoles» (16,7). En la carta a los filipenses habla también de varios laicos «que lucharon por el evangelio a mi lado» (4,3). Se podrían multiplicar las citas referentes a los colaboradores seglares de S. Pablo en su obra de evangelización.

2. En la época de la persecución y de la clandestinidad.

Desde finales del siglo I hasta la victoria de Constantino (a. 312) destacan los siguientes servicios de los seglares:

  • Algunos fieles ricos ponen a disposición de los demás sus casas y así se van creando las «iglesias domésticas». Es el caso en roma de Clemente, Domitila y Priscila.
  • En este periodo algunos seglares desempeñan un papel muy importante en el campo apologético, es decir, en la defensa de la fe cristiana y de la iglesia. Recordemos, por ejemplo, al gran filósofo griego S. Justino (100- 165), a Taciano su discípulo, a Panteno y a otros muchos que escribieron importantes obras apologéticas.
  • Entre los seglares hay también misioneros itinerantes, profetas y heraldos del evangelio, que desarrollan una notable actividad en las comunidades cristianas.
  • Multitud de seglares procedentes de todas las clases sociales, testimonian con el martirio su fe en Cristo en todas las partes del Imperio romano.
  • En esta época se da una intensa y activa presencia laical en las comunidades cristianas. Los seglares están muy unidos a la jerarquía y comparten con ella el anuncio del evangelio. Toman parte en la vida de la Iglesia participando de manera subordinada, pero activa, en las decisiones importantes que afectan a la comunidad: elección y aprobación de los ministros, concilios, etc. Y ejerciendo sus propios dones o carismas; lo que suponía sentido y respeto de las iniciativas del Espíritu (1).

La rápida expansión del evangelio se debe en gran parte a la multitud de cristianos que, emprendiendo viajes por necesidad de la vida, por exigencias de su profesión o por espíritu misionero, se convirtieron en propagadores de la fe.

Tertuliano escribía en los primeros añosa del s. II: «Somos de ayer y llenamos ya vuestras ciudades, casas, plazas, municipios, asambleas, campos y hasta el aplació imperial, el senado, el foro» (2). Y más adelante: «No vivimos al margen de la sociedad. Frecuentamos, como vosotros, los baños, las tiendas, los mercados y las plazas públicas; hacemos el oficio de marineros, de soldados, de agricultores, de mercaderes…» (3).

En los primeros siglos muchas comunidades cristianas, creadas por seglares, continuaron su andadura durante algún tiempo sin la presencia de sacerdotes.

La dispersión de los cristianos provocada por las persecuciones favoreció una siembra del evangelio en los lugares más lejanos. Así ocurrió con los cristianos hechos prisioneros por los godos el año 250, con los fieles de Antioquia deportados a Persia, con el joven Frumencio llevado a Etiopía o con santa Nina que se convirtió en el apóstol de Georgia.

El compromiso de los seglares en la evangelización fue mayor cuando la jerarquía no estaba todavía muy organizada. Los colaboradores seglares tienden a desaparecer a medida que el clero va asumiendo tareas y responsabilidades que antes desempeñaban los seglares.

3. En la época de los Padres de la Iglesia (s. III — IV)

Los Padres de la Iglesia dan gran importancia al papel de los seglares. Entre todos ellos destaca S. Juan Crisóstomo (349—407) que insiste en el deber apostólico y misionero de los seglares.

  • En el s. IV se había oscurecido la idea de la vocación de todos a la santidad, pasando ésta a ser prerrogativa de los monjes. S. Juan Crisóstomo combate enérgicamente este error afirmando que la vocación a la santidad y las bienaventuranzas son para todos (4).
  • Defiende también la necesidad del apostolado laical fundándolo sobe la doctrina del sacerdocio universal de los fieles. Sus causes de acción son:
    • La vida ejemplar de cada día, que convence a los paganos más que los discursos;
    • La acción con los alejados para llevarlos a la fe;
    • La ayuda a los hermanos que están en dificultad;
    • La estrecha colaboración con el clero y los obispos, ayudándoles con su oración, con sus opiniones y hasta con la crítica constructiva.

Para S. Agustín los seglares insertos en una sociedad mayoritariamente pagana, han de comprometerse en la obra de regeneración y de construcción del «orden nuevo» que propugna el cristianismo.

Todos los autores, aún aquellos que exaltan la vida monástica como perfecta, dicen que un laico puede sobrepasar a un monje en el camino de la santidad.

Lo que da la medida de la perfección, sea cual sea el estado de vida, es el amor a Dios y al prójimo. (5)

Sin la colaboración de los seglares, que animados de espíritu misionero trabajaron en todos los puntos del imperio, no se hubiera extendido la buena nueva del evangelio tan rápidamente.

En algunas partes los seglares desempeñan un papel importante en la vida y en las estructuras de la iglesia. A veces el pueblo participa en la elección de sus pastores, de los ordenados y de los oficiales eclesiásticos. El Papa Celestino I (422.532) decía que «no se imponga un obispo al pueblo contra la voluntad de este» (6).

En el s. IV se fija la posición jurídica de las personas en la iglesia con la distinción cada vez más clara entre seglares, clérigos y monjes. La santidad parece reservada a los monjes, que huyen del mundo, y las responsabilidades de la Iglesia a los clérigos.

Pasadas las persecuciones, el modo de vivir de muchos cristianos lleva a los obispos y sacerdotes a valorarlos cada vez menos. Esta devaluación creciente del papel del laico en la Iglesia tiene manifestaciones como estas:

  • en los templos se crean espacios reservados para los clérigos.
  • Con respecto al bautismo, los seglares sólo pueden participar en la preparación de los catecúmenos.
  • Las mujeres no pueden preparar a los hombres para el bautismo.
  • Se comienza a eliminar la participación de los hombres para el bautismo;
  • se comienza a eliminar la participación de los seglares en la elección del clero;
  • se reserva al clero el derecho a enseñar las verdades cristianas.

La riqueza y variedad de ministerios que se dan en los primeros siglos «muestra una clara evolución en sentido reductivo para los laicos y acaparativo para los clérigos…, una paulatina reducción del puesto y responsabilidad de los laicos, cuyas tareas son ahora realizadas por los clérigos» (7).

II: Edad media (s. VI – XV)

En este largísimo periodo hay que distinguir diversos momentos y tendencias.

1. En la alta Edad Media

La tendencia general, según Y. Congar (8) es hacia la devaluación del estado laical, pero hay también momentos de estima y de promoción del seglar.

Cada vez se acentúa más la distinción, iniciada ya en el s. III, entre las tres categorías: monjes, clérigos y laicos. En la Ecleciología de la alta edad media se consideran más dignas las dos primeras.

Se ve en la vida monacal la imagen más acabada de la perfección cristiana, el ideal al que todos deben aspirar. Tanto más perfecto es un estado de vida cuanto más alejado y desprendido está de los bienes terrenos, es decir, cuanto más se acerca al modelo monacal.

La parábola evangélica de la semilla que, según donde cae, produce el 30, el 60 y el 100%, no se interpreta en escala escatológica, sino que se aplica a los casados (30%), viudas (60%) y clérigos, vírgenes y célibes (100%).

Hasta Gregorio VII (1073– 1085) no se abandona esta doctrina para defender la perfecta igualdad de las tres categorías con respecto a la consecución de la santidad.

En la época de los reinos bárbaros se distinguen dos tipos de seglares: los que viven vinculados a un monasterio o iglesia, imitando de algún modo la vida de los monjes y la masa del pueblo cristiano, que tiene una instrucción religiosa muy deficiente. Esta segunda categoría es muy poco apreciada.

2. En la baja edad media

2.1. Momentos de decadencia del laicado

Se tiene la conciencia de que todos formamos un solo cuerpo en Cristo, una unidad; pero esta unidad está integrada por dos clases de personas: por una parte, están los clérigos y los monjes, que viven la relación con Cristo y con el cielo de manera inmediata, total y literalmente y, por otra, están los laicos a quienes se concede usar de los bienes terrestres: el matrimonio, las posesiones, etc.

En este contexto el matrimonio se suele presentar como una concesión a la debilidad humana, para evitar la fornicación y para perpetuar la especie. A pesar de este enfoque se continúa diciendo que un cristiano casado puede superar en santidad a un clérigo o a un monje mediocres, pero esto es a titulo personal, no por el matrimonio sino a pesar de él.

En los ambientes monacales y clericales se sigue pensando que la santidad no es para los seglares y que el monje es el cristiano perfecto.

En estas actitudes despreciativas influyó el hecho de que generalmente los laicos eran analfabetos, no sabían latín o estaban muy poco instruidos. Para algunos autores de la época, laico o lego es el hombre sin letras.

Pero la causa principal de esta depreciación fue la tendencia a jerarquizar los estados de vida según el patrón de la vida monástica.

La jerarquía y los concilios de la época insisten en que los deberes de los seglares son:

Respetar el clero y pagar los derechos e impuestos eclesiásticos. Observar los deberes de caridad para con el prójimo.

Acudir al templo para escuchar las instrucciones y prescripciones de la Iglesia.

Aprender y rezar todos los días el padrenuestro, el avemaría y el credo.

Al mismo tiempo, insisten en la prohibición de administrar el bautismo, de distribuir la eucaristía, de meterse en asuntos eclesiásticos y en discusiones teológicas. Un escritor de la época (H. de Romans) decía que «los seglares no deben pretender escrutar los misterios de la fe porque esto está reservado para los clérigos. (9)

2.2 Revalorización del laico

A fines del s. XI y principios del XII aumenta la valoración de los laicos. Algunos autores no definen ya la condición laical simplemente en relación a los clérigos (laico = no clérigo), sino que la definen en sí misma, a partir del bautismo y de su lugar en la sociedad; afirman que los seglares, como verdaderos cristianos, han renunciado también al mundo y son, a su modo, «regulares», porque viven conforme a la regla del evangelio.

El movimiento de reforma impulso sobre todo por Gregorio VII (1073—1085) cambió profundamente la conciencia sobre el papel de los seglares. Gregorio los utilizó contra los clérigos simoniacos e incontinentes, por ejemplo en la Pataria de Milán. El mismo papa aconsejó a Hugo de Borgoña (+ 1093) que no se hiciera monje, porque con ello ponía la búsqueda de su tranquilidad personal por encima de la salvación de los demás.

La creciente estima y promoción del laicado se fundamenta en las razones teológicas y en el progresivo acceso de los seglares a la instrucción.

En el primer lugar, domina fuertemente la conciencia de que por el bautismo todos los cristianos forman parte del Cuerpo de Cristo, participan de la realeza y del sacerdocio de Cristo y, por tanto, no han de ser puramente pasivos en la Iglesia, ni aún en la liturgia y la administración de los sacramentos.

La formación religiosa de los fieles comienza a mejorar especialmente a partir del concilio de Letrán (1215). Bastantes obispos mandas que se explique a los fieles en lengua vulgar y varias veces al año: los artículos de la fe, los mandamientos, los pecados capitales, las virtudes principales y los sacramentos.

Se desarrolla mucho una ética de las profesiones de los seglares, conscientes de que la salvación individual se realiza en el oficio que cada uno tiene. (10).

En esta época aparecen varios tipos de laicos muy significativos: el caballero, el peregrino, el converso, el penitente, etc.

Se produce una progresiva integración de los caballeros andantes en la Iglesia, que bendice las armas de quienes toman como servicio la defensa de los pobres, las viudas, los monjes y la iglesia. El ideal que se les ofrece a estos caballeros es el de una vida religiosa en el mundo y en el servicio de las armas. Este servicio queda más integrado en la vida militante de la cristiandad con las cruzadas y las órdenes militares. Las cruzadas ofrecen a los seglares la oportunidad de consagrar las propias fuerzas al servicio de Dios, tal como entonces se entendía.

El caballero desarrolla, independientemente de la Iglesia y del clero, ciertos valores humanos y laicos altamente apreciados en la sociedad medieval: la fidelidad a sí mismo, a la caballería y al código de honor de ésta.

El peregrino medieval, que se dirigía a los grandes santuarios de la cristiandad, como santiago de Compostela, en una figura del laico carismático entregado a la oración y al sacrificio.

Los hermanos conversos viven en los conventos permaneciendo en el estado laical.

Por estos mismos años comienzan a desarrollarse movimientos seglares de vida espiritual caracterizados por el deseo de pobreza, de literalismo evangélico, acompañados, a veces, de crítica de los clérigos y de las instituciones eclesiales.

Las órdenes mendicantes que surgen también en esta época tienen un carácter netamente laical. El mismo San Francisco y sus compañeros no quieren ser sacerdotes.

En los siglos 12 y 13 se difunden ampliamente los grupos de penitentes, se trata de hombres y mujeres que abrazan voluntariamente el «estado de penitencia». En estos grupos aparecen con claridad cuál es el fundamento de la espiritualidad laical de la edad media: la penitencia, la conversión, la humildad, la pobreza de espíritu, unidas a los sufrimientos físicos para revivir la pasión de Cristo.

En el s. 13 se dan diversas cofradías de flagelantes. En algunos lugares y en ciertas ocasiones los penitentes recorrían procesionalmente la ciudad flagelándose la espalda desnuda, implorando la misericordia divina y pidiendo la paz entre las facciones que estaban en lucha fratricida.

La mayor parte de los fieles se santifica en el mundo, pero no a través del ejercicio de la vida conyugal y familiar ni por medio del trabajo, sino mediante las obras de caridad. La espiritualidad del matrimonio se matrimonio se desconoce hasta San Francisco de Sales (1567—1622) y la teología del trabajo es un descubrimiento del s. 20.

De los s. 11 y 12 son los primeros santos laicos: S. Homobono de Cremona y S. Gerardo de Monza, S. isidro Labrador, etc. El primero, casado y padre de familia, unió al trabajo de artesano su compromiso cívico y de güelfo, la asistencia a los pobres y la catequesis, animado por la participación diaria en la eucaristía. S. Gerardo, juntamente con otros seglares, se dedica a la asistencia de enfermos, especialmente de los leprosos. Es un típico santo seglar. Héroe de la caridad, sostenido por un profundo espíritu de oración; en el centro de su vida se encuentra un apasionado amor a Cristo y a sus miembros pobres y dolientes. S. isidro (1080—1130) obrero del campo, que unió a los trabajos de la labranza una profunda vida de oración y la dedicación a obras de caridad.

En es s. 14 continúan existiendo cofradías de penitentes, pero florecen, sobre todo, las de tipo caritativo y asistencial, que están cada vez con más frecuencia en manos de seglares. El concilio de Vienne (1311) estableció que la dirección de los hospitales no fuera confiada a clérigos sino a laicos expertos. Ya a lo largo del s. 13 los laicos, no del pueblo llano, sino burgueses y nobles, fueron arrebatando a los clérigos actividades benéficas, políticas y de gestión municipal y tratando de ejercerlas cristianamente.

E esta época numerosos cristianos se distinguieron en el campo filosófico, político, artístico, literario y religioso e hicieron sentir de varios modos su voz en la Iglesia; recordemos, por ejemplo, a Dante (+ 1311), grandioso poeta y magnífico intérprete del alma medieval.

De estos tiempos es también el gran misionero seglar Ramón Lull que consagró su pluma de convertido y su misa vida a la evangelización de los mahometanos, muriendo lapidado en Túnea en 1316.

Catalina de Siena (+ 1380) quien, por fidelidad a su vocación laical, rehusó el matrimonio y la vida religiosa y fue un alma apostólica que anunció el evangelio y las exigencias de la vida cristiana, incluso al papa y a la jerarquía.

Sólo en Italia hay 27 seglares canonizados que vivieron entre 1400 y 1520. Y junto a ellos hay en todo el mundo de esta época multitud de seglares que vivieron el evangelio con no menos radicalidad y han quedado en el olvido.

Muchos cristianos se santificaron en su entrega generosa al servicio de los pobres y de los enfermos. Recordemos, por ejemplo a Santa Francisca Romana (+ 1440), esposa y madre, que recogía en su casa del Trastévere a los pobres y que durante 35 años estuvo yendo a curar a los enfermos del hospital.

Además de las cofradías de tipo penitencial y caritativo — asistenciales, surgen otros grupos en los que las personas se asocian para vivir el evangelio, la única regla del cristianismo, y alcanzar en el mundo la perfección que los monjes tratan de conseguir en el monasterio. Muchos seglares se sienten tan cristianos como los monjes y desean abrazar íntegramente la vida apostólica al estilo de las primeras comunidades cristianas, leer la Biblia y anunciar el evangelio.

En esta línea vale la pena citar a Gérard Groote (+ 1384) quien creó un movimiento laical enteramente nuevo es decir, independiente del clero, pero que, a diferencia de otros movimientos fanáticos, es disciplinado y ortodoxo. El movimiento se inspira en las primeras comunidades cristianas; sus miembros ganan la vida con su trabajo, viven — sin tener votos – los consejos evangélicos. Sus estatutos recomiendan la eucaristía, la comunión y la confesión frecuentes; su reunión semanal o mensual tenía el carácter de revisión de vida a la luz de la Palabra de Dios.

Sin embargo, la espiritualidad de los fieles está aún contaminada por la ignorancia y el individualismo, por ciertos ritos mágicos y fórmulas supersticiosas propias de una época pesimista, asustada por el miedo a las epidemias, a la muerte y al demonio. Algunas veces, en cambio, se nutre y se purifica en las fuentes bíblicas y litúrgicas.

Existe la convicción de los laicos pueden vivir el evangelio en medio de los hombres, rechazando la lógica del «mundo». Muy raramente se puede encontrar la idea de que la santidad se puede lograr no sólo en el mundo, sino a través del ejercicio cristiano de las actividades seculares (muy tímida y esporádicamente). Tauler (+ 1361) habla de la «multitud de personas que van a Dios en las cosas y con las cosas».

Aunque tímidamente, en esta época la mujer comienza a tener cierta relevancia en la Iglesia y en la sociedad.

A pesar de que algunos grupos de laicos han logrado cierta autonomía, se está aún muy lejos de reconocer la esencial igualdad de las tres categorías: laicos, religiosos y clérigos y de dar a los laicos responsabilidades en la vida de la iglesia.

El modelo de Iglesia jerárquico — monárquica, que se vive tanto a escala universal como de diócesis, rara vez permite a los laicos participar activamente en la vida de la Iglesia y asumir responsabilidades.

III: Siglos XVI — XVIII

Vamos a sintetizar los hechos más destacables de la historia del laicado a lo largo de este período que se inicia con el apogeo del humanismo y la violenta explosión de la reforma protestante y se cierra con la conmoción provocada en el mundo cristiano por la Revolución Francesa y las ideas de la Ilustración que ella difunde.

1. La escuela naturalista del s. XII y posteriormente la filosofía tomista habían puesto los fundamentos de la estima del mundo y de la actividad humana en él. En la misma dirección actuó después el humanismo, afirmando la bondad de las cosas y exaltando el uso de los bienes de este mundo.

El humanismo cristiano (Erasmo 1469—1536 es uno de los principales representantes), crea así un contrapeso al pesimismo que destacaba la condición pecadora del hombre e impulsaba al desprecio y alejamiento del mundo.

2. Los reformadores protestantes niegan toda diferencia esencial entre laicos, sacerdotes y monjes. Lucero en su llamado «A la nobleza cristiana de la nación germánica» escribía: «Todos los cristianos pertenecen verdaderamente al estado eclesiástico; no hay entre ellos más diferencia que la del oficio o ministerio… Esto se deriva de que tenemos todos un mismo bautismo, un mismo evangelio, una misma fe y somos todos cristianos del mismo modo. Y así es que el que sale del bautismo puede gloriarse de haber sido ya consagrado sacerdote, obispo y papa, aunque no a todos incumba desempeñar este ministerio… De ahí se sigue que laicos, sacerdotes, príncipes, obispos y, como ellos dicen, clérigos y seculares, realmente no tienen en el fondo otra diferencia que del ministerio o servicio, y no la del estado». (11)

En respuesta a esta teoría, el concilio de Trento negó enérgicamente que los fieles tengan el poder de administrar todos los sacramentos y reafirmó la institución divina de la jerarquía (12).

3. En este periodo se multiplican las asociaciones laicales dedicadas a la caridad y a la asistencia de pobres y enfermos. Se calcula que sólo en Italia había en el s. XVI unas 1.800 cofradías de este tipo.

En el marco de estas asociaciones y fuera de ellas encontramos profesionales (médicos, abogados, notarios, etc.) que viven muy seriamente su compromiso cristiano de fe y de ayuda a los demás.

Y lo mismo podemos decir de la cultura, del arte y de la literatura, donde encontramos creyentes laicos como Miguel Ángel, Rafael o Leonardo da Vinci.

En el campo político encontramos la extraordinaria figura de Tomás Moro, canciller de Inglaterra, padre de familia, humanista y escritor que propugnó la armonía entre humanismo y cristianismo; un hombre que se santificó en el mundo de la acción, en medio de las intrigas de la corte, en el ejercicio del poder y que fue fiel a la fe católica y de la Iglesia hasta el martirio.

Tampoco faltó la participación de laicos muy cualificados en el concilio de Trento. El secretario del concilio, Ángelo Massarelli, era laico.

S. Antonio Mª Zacaría (+ 1539) crea una asociación de matrimonios y los vincula a la espiritualidad y al apostolado de los religiosos fundados por él. Esta asociación tiene como objetivo la santificación del estado matrimonial y la renovación cristiana en la familia.

En la misma línea de animación y promoción del laicado hay que señalar entre otras iniciativas similares, la fundación de las «congregaciones marianas» por parte de los jesuitas (Roma 1563).

En el s. XVI continúan surgiendo nuevas asociaciones. Entre ellas se puede mencionar la «Congregación del santísimo Sacramento» de carácter netamente laical, fundada en Francia en 1630. Sus miembros con abundancia de bienes económicos, promueven la moralización de los altos cargos del estado, la ortodoxia doctrinal, la asistencia a enfermos, prisioneros y condenados a trabajos forzados, las misiones rurales, etc.

4. La militancia apostólica de los laicos. Se admite, no sin dificultad, la acción apostólica de los laicos junto a la de clérigos y religiosos. Es la época de la evangelización de los campos, de las damas catequistas, de las misiones.

En los países donde está prohibida la acción de los clérigos, como el Japón o es muy dificultada con en Hungría, son los seglares quienes mantienen la transmisión de la fe y sostienen la vida cristiana de la comunidad.

Un capítulo importantísimo de la militancia apostólica de los seglares so las «misiones de infieles». En ellas, muy poco dotadas de sacerdotes, se ofrecen más posibilidades de acción a los laicos.

S. Francisco Javier (1506—1542) crea en la India una organización de catequistas que se convierten en los líderes de las comunidades cristianas que él va suscitando. El P. Alejandro Rhodes funda en Indochina la «Domus Dei», una institución laical dedicada a la formación de líderes seglares. Creó incluso un seminario para la formación de los laicos en el que se seguía un plan formativo muy exigente. Durante varios siglos esta institución y los seglares que en ella se formaron han constituido la verdadera osamenta de aquella cristiandad.

No faltan casos de cristiandades que han sobrevivido sin sacerdotes. Por ejemplo, las poblaciones de Nueva Escocia (Canadá), privadas violentamente en el s. XVII de todos sus sacerdotes, o las comunidades cristianas de Nagasaki (Japón) que mantuvieron vivo su cristianismo durante dos siglos, desde 1660, año en que fuero martirizados todos los sacerdotes, hasta 1856.

En la Iglesia de Vietnam que en 1658 contaba con 300.000 católicos y sólo dos sacerdotes, un gran número de laicos mantenía viva la fe y la práctica religiosa de los cristianos.

Un caso único en la historia de la iglesia es la comunidad cristiana de Corea, fundada por un laico, un literato Coreano que se bautizó en China y al regreso a su país en 1784 se dedicó a evangelizar a sus compatriotas. Cuando diez años más tarde, llegó el primer sacerdote de China, el P. Tsiu, la iglesia contaba ya con 4.000 fieles. Martirizado a los pocos años el P. Tsiu, la iglesia continuó desarrollándose sin ningún sacerdote durante muchos años.

5. Espiritualidad de los laicos. El humanismo cristiano quiere purificar la vida cristiana de las devociones formalistas y de las prácticas religiosas puramente exteriores. Mira con simpatía las realidades terrenas y quiere vivir en ellas una vida de profunda unión con Dios sin ajustarse a las formas de vida y a las costumbres monásticas.

La espiritualidad en años posteriores se centra en la aceptación de la voluntad de Dios. El fundamento de la verdadera espiritualidad es el amor, concebido como el empeño constante por agradar a Dios haciendo su voluntad. El libro clásico de espiritualidad de esta época es la «Introducción a la vida devota», escrito por S. Francisco de sales en 1606 y dirigido a los seglares. En el prólogo advierte que hasta la fecha casi todos los autores de libros de espiritualidad se dirigían a las personas apartadas de los asuntos terrenos o, por lo menos, han trazado caminos que llevan a un retiro absoluto del mundo. El, en cambio, se dirige a los que viven en las condiciones normales del mundo (13).

En una carta a la Sra. Brulat dice: «Hay que amar lo que Dios ama: ahora bien, El ama nuestra vocación, amémosla también nosotros, y no perdamos tiempo en pensar en la de otros».

El obispo Francisco de sales se preocupó más por los laicos que por el clero. Defendió tenazmente que la santidad es para todos, porque no es otra cosa que el amor a Dios y a los hombres y esto es perfectamente conciliable con cualquier profesión. A una esposa cristiana le escribía: «Los medios por los cuales se llega a la perfección son distintos según la diversidad de vocaciones; las religiosas, las viudas y las casadas han de buscar la perfección, mas no por los mismos medios» (14)

En estos contextoS se produce una valoración del matrimonio, no sólo por obra de S. Francisco de Sales, sino también de otros grandes escritores del s. XVI, como Bossuet, Fenelon, etc. Pero al mismo tiempo la jerarquía seguía defendiendo unas normas éticas sumamente estrechas y cerradas, y en los ambientes afectados por el jansenismo se consideraba al estado matrimonial como «la más baja de las condiciones de vida cristiana» (15)

Se da en esta época un ideal muy exigente de oración y, concretamente de oración mental.

En la antigüedad y en la edad media la meditación estaba unida a la lectura de la Biblia y al rezo de los salmos. En esta época se promueve la oración mental y los tiempos expresamente dedicados a ella, tanto a la oración metódica y discursiva, como a la oración afectiva y pasiva. Grandes santos y escritores contribuyeron a este apogeo de la oración mental: Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola, Francisco de Sales, etc.

Se da también un gran aprecio de la dirección espiritual.

Otro aspecto muy destacado de la espiritualidad es la abnegación de sí mismo y la mortificación. Existe una visión pesimista del mundo y se comparte la convicción de que es difícil salvarse viviendo en él.

En realidad, en este período más que una espiritualidad laical, lo que se desarrolla es una espiritualidad de los laicos, es decir, la espiritualidad de los religiosas vivida por los laicos. Aunque exista una verdadera santificación en el mundo, no existe plena secularidad (16).

El mismo Francisco de Sales, a pesar de lo dicho arriba, de hecho los medios que él aconsejaba a los laicos son los mismos de los religiosos, y en otra ocasión dice: «La verdadera perfección no estriba en vivir en el mundo, sino en no gustarlo y deleitarse en él» (17).

6. ¿Y el pueblo llano? Tanto la formación de los laicos como su acción apostólica y su espiritualidad se desarrollan entre las clases altas y cultas. El pueblo llano sigue siendo víctima de la ignorancia. Los estratos inferiores de la población urbana y las poblaciones rurales no van más allá del catecismo sentimental, de las primeras misiones populares y de la fidelidad a unas devociones con ciertos rasgos de superstición.

IV: Siglo XIX

1. Una Iglesia a la defensiva.

Las ideas de la ilustración y de la Revolución francesa continúan avanzando implacablemente en el siglo XIX. Profundamente laicistas, pretenden eliminar la religión o confinarla en la intimidad de las conciencias, sin que deba significar nada en la vida pública.

La iglesia, sobre todo el clero y la jerarquía que tanto habían contado durante siglos en la vida pública de Europa, son ahora objeto de hostilidad y descrédito.

La Iglesia, que se siente agredida, se repliega sobre sí misma para recuperar fuerzas, defenderse y defender al pueblo llano de la avalancha del secularismo.

Al mismo tiempo se vuelve muy conservadora. Por rechazar el secularismo de la Ilustración, rechazó también los valores positivos que indudablemente tenía, como los expresados con estas palabras: progreso, igualdad, libertad, fraternidad, democracia, entonces rechazadas y que hoy llenan la boca de todos los cristianos, clérigos y laicos.

Hoy sentimos cierto rubor al leer la lista de los 80 errores condenados por el Papa Pío IX en el «Syllabus» (1864), el último de los cuales condena a quien diga que el papa debería reconciliarse con y aceptar el liberalismo y la cultura moderna.

Esta reacción es comprensible en una Iglesia que se siente perseguida. Pero con el rechazo del progreso y de la cultura moderna, con el cerrarse sobre sí misma, con el no ver en el mundo más que un enemigo y romper todo dialogo con él, la Iglesia comprometió gravemente su misión de extender el Reino de Dios en el mundo. Cien años después, el Vaticano II hará un gran esfuerzo por reanudar el diálogo con el mundo. De este empeño es una extraordinaria muestra la constitución titulada «La Iglesia y el mundo actual», GS.

2. Un laicado elitista y defensor de la iglesia

En cuanto a los laicos hay que distinguir entre la masa de los fieles y las élites.

2.1. Se ve a los fieles como presa fácil de «la peste del laicado» y existe un gran empeño por defenderlos de tan grave peligro. Para protegerlos de una sociedad en progresiva secularización se crea una especie de doble de las actividades seculares: escuelas, universidades, hospitales, sindicatos, círculos deportivos y de recreo, etc. Todos ellos de carácter confidencial. De este modo se pretende crear espacios vitales en los que pueda entrar el secularismo.

Los catecismos y los otros medios de enseñanza de la religión a las clases populares insisten en la noción de deber, en las prácticas religiosas, en el amor, respeto y obediencia a la jerarquía, y vinculan la perfección cristiana a la separación del mundo.

Se da una notable difusión de las cofradías y asociaciones de carácter piadoso y benéfico y están en auge algunas nuevas devociones como la del Corazón de Jesús y el Corazón de María o la de S. José.

2.2. La Iglesia ya no podía esperar ni libertad, ni apoyo de los príncipes, como en otros tiempos, sino de la opinión pública que había ido adquiriendo gran poder e influencia. Son los hombres importantes de la sociedad, de la cultura y de la política quienes pueden defender ahora a la Iglesia e influir como cristianos en la opinión pública, en la legislación social, la beneficencia, los movimientos populares, etc.

Efectivamente, el s. XIX está lleno de grandes figuras de católicos fervientes que luchan en defensa de la fe y de la Iglesia en todas estas áreas. Recordemos, por ejemplo a: Joseph Goerres (+ 1848) y Clemens Brentano (+ 1842), a J. de Maestre (+ 1821), de Boland (+ 1840) y a Chateubriand (+ 1848), a Charles de Montalembert (+ 1870), Federico Ozanam (+ 1853) y Louis Pasteur (+ 1895).

En España es una figura egregia Donoso Cortés (+ 1853), que fue un adelantado del compromiso seglar cristiano en el mundo de la política, de la diplomacia y de la filosofía. Otra gran figura, en la segunda mitad del s. XIX es Menéndez Pelayo.

En Italia tenemos A. Volta (+ 1827), A. Manzini (+ 1873), Contardo Ferrini. En América latina podemos citar a García Moreno (+ 1875), presidente del ecuador. En el área de la justicia social: Armand de Melón (+ 1877), Albert de Mun (+ 1814), León Harmel (+ 1815), G. Tionolo, el máximo representante del pensamiento social católico en Italia, y los laicos de la Unión de Friburgo que cooperaron en la elaboración de la primera gran encíclica social, la «Rerum Novarum» de León XIII (1891).

3. Persistencia de la mentalidad clerical

Yves Congar resume la historia del laicado en el s. XIX con esta frase: «Hay laicos que son apóstoles en una Iglesia todavía clerical que se defiende en un mundo en vías de secularización» (18).

La jerarquía y el clero apoyan las acciones de todos estos cristianos ejemplares, a veces con cierta desconfianza, y recordándoles constantemente la sumisión a la Jerarquía.

Hay bastante contradicción entre las iniciativas y compromisos apostólicos que de hecho van tomando los seglares, individualmente o en asociaciones, y la mentalidad del clero y de la jerarquía sobre el papel del laicado. Incluso entre la doctrina y la praxis de la misma jerarquía hay cierta contradicción. Vamos a citar algunos documentos del magisterio que expresan meridianamente esta mentalidad clerical que dominó en el s. XIX y que sigue estando vigente hoy en muchos clérigos y laicos, aún después del vaticano II.

El esquema «Supremi pastoris» del Vaticano I dice: «Nadie ignora que la Iglesia es una sociedad distinta, en la que Dios ha destinado a algunos a mandar y a otros a obedecer. Estos son los seglares, los otros son los clérigos» (19)

En coherencia con este modo de pensar, ningún laico fue admitido al Concilio, ni siquiera como oyente, a pesar del haber tantas figuras ilustres en el laicado católico. En esto el vaticano I se quedó más atrás que el concilio de Trento.

Pío IX repitió afirmaciones del mismo estilo en 1876 a los obispos del Brasil. León XIII en su carta al card. Guibert (1885) decía que «es incontestable y absolutamente claro que en la Iglesia, por exigencia de su misma naturaleza, hay dos estados bien distintos: los pastores y la grey, esto es, los jefes y el pueblo. El primero tiene la función de enseñar, de gobernar y de dar a los hombres las leyes necesarias; el otro tiene el deber de someterse al primero, de obedecer, de cumplir sus órdenes, de demostrarle respeto».

Continuando en esta misma línea Pío X, ya en 1906 dice que «sólo en el cuerpo pastoral residen el derecho y la autoridad… En cuanto a los fieles no tienen otro deber sino dejarse conducir y seguir, como rebaño dócil, a sus pastores» (20)

Mons. Talbot, un prelado inglés residente en Roma escribía en 1867 a Mons. Manning: «¿Cuál es el papel de los laicos? Ir a la caza, disparar, divertirse… Esto es de competencia suya. En cuanto a meterse en los asuntos de la Iglesia, no tienen ningún derecho». Muy expedito también el obispo de Rouen: «los seglares no tienen la misión de ocuparse de los asuntos de la Iglesia; lo mejor que pueden hacer es rezar…»

El Card. Gasquet (+ 1929) cuenta la conversación de un misionero con un catecúmeno sobre el papel de los seglares en la iglesia. El misionero dice que es doble. Ponerse de rodillas delante del altar y sentarse delante del púlpito,. El cardenal concluye: «se olvidaba de otra tercera: echar mano de la cartera» (21)

Muchos laicos comparten esta misma mentalidad clerical. Así Montlembert escribía: «No soy más que un laico, responsable ante Dios y ante la iglesia solamente de mi salvación personal» (ERrba.oc.385)

Otros, en cambio, mantienen una postura crítica, como el filósofo E. Le Roy quien se lamenta de que «a los simples fieles les corresponda sólo elk papel de los corderos de la candelaria, que se les bendice y se les esquila».

El gran convertido del s. XIX J. H. Newman (+ 1890), empeñado en preparar líderes laicos para defender la doctrina católica, constataba con amargura en una carta de 1873 que «en toda Europa, por lo que he podido ver, hay eclesiásticos cuya política consiste en tener alejados a los laicos».

Ya en los primeros años del s. XX el obispo de Cremona, G. Bobomelli escribía al card. Rampolla: «Hay laicos más instruidos en religión que muchos obispos y sacerdotes. ¿Por qué nos servirse también de ellos? ¿Por qué no oírles? ¿Por qué decirles: vosotros a callar y a obedecer?» Expresión de la contradicción de que hemos hablado entre la teoría y la praxis de la Iglesia es el constatar que l mismo papa pío X se manifestaba partidario de la colaboración orgánica de los laicos con la jerarquía en los más variados sectores.

4. Nuevos tipos de asociaciones laicales

En esta época se mantienen en su vigor las asociaciones de tipo devocional y caritativo ya existentes y surgen otras en estos mismos campos y en el área del apostolado. (Entonces apostolado era, ante todo, el apostolado de la palabra).

Así en Turín se funda en 1779 «La amistad cristiana», que tiene como objetivo no sólo la santificación de sus miembros sino también la difusión de la buena prensa para combatir los errores.

En Viena S. Clemente Mª Hofbauer (+ 1820) creó un movimiento de restauración católica con una legión de discípulos que alcanzaron gran relieve en el campo literario, filosófico y político. Este grupo se unió después a «La Amistad Católica» fundada en Turín en 1817.

Estamos en los precedentes de la Acción Católica. Se está produciendo un fenómeno nuevo: la intervención de los seglares en sectores reservados hasta ahora al clero. En esta línea hay que destacar la «Congregación» fundada en parís en 1801 y guiada en los primeros años por Montmorency — Laval (+ 1826), ministro de asuntos exteriores. Sus miembros pertenecían a la alta sociedad, pero actuaban entre las masas a través de obras de beneficencia y apostolado en los hospitales y en las cárceles y a favor de los obreros y por medio de la prensa y la propaganda de libros católicos entre la burguesía de las ciudades.

La joven Paulina Jaricot (+ 1862) juega un papel importante en el nacimiento de una asociación de carácter misionero, la «Sociedad para la propagación de la fe» (1822), destinada a un futuro fecundo en el mundo.

Al mismo tiempo en las parroquias rurales se extienden con rapidez las «Hijas de María», vinculadas con la devoción de la medalla Milagrosa, que contarán a final de siglo con 600.000 personas inscritas. Surgen otras muchas asociaciones de este estilo vinculadas a institutos religiosos.

Gran influencia ha ejercido la «Sociedad de S. Vicente de Paúl», iniciada por el seglar Federico Ozanam en 1833. Su finalidad es ayudar a los pobres, sin distinción alguna de clase, de raza o religión, con visitas a domicilio y contactos personales.

S. Vicente Palloti (+ 1850) fundó en 1835 en Roma la «Sociedad del Apostolado Católico», integrada por personas de todas las clases sociales. Tenía como objetivo difundir los principios del cristianismo en los lugares de vida y de trabajo. Pío XI lo llamó «precursor de la Acción Católica. En Italia es fundada en 1867 y en España en 1868.

En este marco del s. XIX hay que situar a S. Antonio Mª Claret. Entre los años 1847 y 1864 crea o promueve una docena de grupos y asociaciones laicales, todos ellos con marcado sentido apostólico. Por ello Pío XI ha podido llamarlo «gran precursor de la Acción católica».

Sobre el tema: Claret y los seglares está prevista la publicación de un folleto en esta misma colección de subsidios.

V: El laicado en el S. XX

1. Persiste la mentalidad clerical y, al mismo tiempo, aumenta la participación de los seglares en el apostolado

La visión jerarcológica de la Iglesia y la mentalidad clerical se resisten a ceder en la primera parte del s. XX, pero al mismo tiempo va aumentando la participación de los seglares en las actividades de evangelización, aunque esta participación se vea fundamentalmente como una concesión de la jerarquía.

Todavía en 1964 la situación de los seglares en la iglesia es comparada con los proletarios en la sociedad. Pero se oían ya voces muy fuertes de protesta, incluso por parte de la jerarquía, como la del Cardenal Saliege De Lyon (+ 1956) que decía: «Sería un error fatal para el futuro de la Iglesia querer conservar a los seglares en estado de feto».

La creciente participación de los seglares en la evangelización se desarrolla sobre todo a través de la Acción católica y de otras asociaciones. La

A. C. fue diversificándose en distintas ramas: jóvenes, adultos, hombres y mujeres, universitarios, obreros, etc. Y creció rápidamente en todas las diócesis y parroquias, gracias sobre todo al impulso dado por Pío XI y Pío XII.

Pío XI, llamado el Papa de la AC., la define como «la participación de los seglares en el apostolado jerárquico». Pío XII amplió y precisó esta fórmula sustituyendo la palabra «participación» por «cooperación». La participación da por supuesto que el apostolado es misión propia de la jerarquía y que los seglares cooperan a esta misión por concesión de la jerarquía y no por exigencia de su misma vocación cristiana.

Se da también un resurgir de las instituciones laicales vinculadas a las diversas familias religiosas: terciarios franciscanos, dominicos, cooperadores salesianos, comunidades de vida cristiana (antiguas Congregaciones Marianas), etc.

En la primera mitad del s. XX surgen nuevas asociaciones y movimientos laicales, muchos de los cuales tienen influencia en la vida de la Iglesia. Citemos algunos:

El «Opus Dei», fundado en 1928 por José Mª Escrivá (+ 1975) con el objetivo de empeñarse en que «la clase que se llama intelectual y aquella que, bien en razón de la sabiduría por la que se distingue, bien por los cargos que ejerce, bien por la dignidad con que se destaca, es directora de la sociedad civil, se adhiera a los preceptos de N. S. Jesucristo y los lleve a la práctica» (23)

Nacen en esta época varios movimientos matrimoniales y familiares, como los «Equipos de Ntr. Sra.», fundados por H. Caffarel en 1939 o el Movimiento Familiar Cristiano, creado en Buenos Aires en 1948 por obra de un matrimonio.

Hay que mencionar también los «Cursillos de Cristiandad», nacidos en 1949 en Mallorca (España), el movimiento juvenil «Oasis» creado por el P. Rotonda en Roma (1950) y los «Focolarini», iniciados por Chiara Lubich en 1948, presentes hoy en más de 130 países (24)

Un papel muy importante en la evangelización ha tenido el laicado misionero, tanto el nativo como el enviado por las iglesias. En muchos lugares de misión los catequistas nativos han sido con frecuencia evangelizadores más eficientes que los misioneros venidos de fuera. Los catequistas son un capítulo importantísimo de la historia de las misiones católicas.

En muchos países de vieja cristiandad han surgido instituciones para formar y enviar misioneros seglares o directamente pastorales. También ellos han prestado un gran servicio a la misión evangelizadora de la Iglesia.

Durante la primera mitad del s. XX hay figuras de gran relieve en el laicado cristiano. Las exigencias de brevedad nos obligan a mencionar sólo algunos nombres: P. G. Frassati (+ 1925), Antonieta Giacomeli, reivindicadota incansable del laicado como fuerza activa en la vida de la Iglesia; Armida Brelli, fundadora en 1918 de la Juventud Femenina de A. C. en Italia y más tarde, junto con el P. Gemelli, de la Universidad Católica del Sacro Cuore.; Giorgio La Pira (+ 1977), el «alcalde santo de Florencia», promotor de la paz y de la civilización cristiana, pobre con los pobres de la ciudad, embajador de gracia en países del este.

Estadistas católicos de gran categoría como A. De Gasperi (+ 1954) y Robert Schumann (+ 1963), hombre de Dios en el difícil mundo de la política; pensadores y escritores como Jacques Maritain (+ 1973) y Jean Guitton.

Elizabeth Leseur (+ 1914) vivió con radicalidad evangélica en medio del ambiente de la burguesía francesa. Ch. P´guy (+ 1914) «poeta de los misterios cristianos» e inspirador de la literatura católica de nuestros tiempos; Mario Goñi (+ 1937), Magdeleine Delbrël (+ 1963) y Adriana von Speyr (+ 1967) convertida al catolicismo en 1940, casada, médico, escritora y mistica. De ella dice el gran teólogo contemporáneo H. Urs von Baltasar que es «un fenómeno excepcional en la historia de la Iglesia y su obra teológica es mucho más importante que la mía».

Los Institutos Seculares son una forma de vida laical que nace oficialmente en la Iglesia con constitución apostólica «Provida Mater» (1947).

Mucho tiempo antes hubo intentos de crear grupos de cristianos que vivieran en el mundo la vida consagrada, incluso con los clásicos votos de obediencia, castidad y pobreza. Ya Sta. Angela Mereci (+ 1540) intentó constituir una asociación de personas consagradas a Dios que continuaran viviendo en el propio ambiente social. Ha habido otros muchos intentos, entre los que cabe señalar las Hijas del Inmaculado Corazón de María, cuya regla de vida escribió el P. Claret en 1850.

Los proyectos se intensifican en la primera mitad del s. XX, a pesar de que la Santa Sede se resiste a admitir esta forma de vida laical. En 1938 el Santo Oficio mandó retirar un libro del P. Gemelli que propugnaba la creación de los institutos seculares. La Santa Sede pretendía que fueran asociaciones con finalidad apostólica, pero no una forma de vida consagrada en el mundo.

Pío XII con la Provida Mater», a cuya elaboración tan decisivamente cooperó el Card. Larraona, abrió de par en par las puertas de la Iglesia a esta forma de vida que el espíritu estaba suscitando por todas partes. Pablo VI fue clarificando en sucesivas intervenciones la naturaleza de los Institutos Seculares, buscando su razón de ser en el ansia profunda de una síntesis entre la plena consagración de la vida según los consejos evangélicos y la plena responsabilidad de una presencia y de una acción transformadora dentro del mundo.

2. ¿Qué hizo posible el giro copernicano del Concilio vaticano II?

Con el Concilio Vaticano II la doctrina oficial de la Iglesia sobre el laicado ha dado un giro de 180 grados. La mentalidad del colegio episcopal no hacía esperar un cambio de tal magnitud. Hay que ver en ello, ante todo, la acción del espíritu empeñado en devolver a los seglares la parte que les corresponde en la vida y misión de la Iglesia.

Sin embargo, no se trata de una acción fulminante del espíritu ni de un cambio improvisado, sino preparado a lo largo de muchos años por el trabajo

— no siempre bien visto — de algunos teólogos y pensadores, clérigos y laicos, y por la praxis apostólica de muchos seglares.

Entre los hombres que han hecho posible la nueva visión del concilio sobre los seglares vamos a mencionar únicamente dos: el P. Yves Congar y el seglar Jacques Maritain, conscientes de que hay muchos otros de gran talla.

Y. Congar publica en 1953 una obra que va ejercer gran influencia: «Jalones para la teología del laicado». El pensamiento de Congar fue sustancialmente asumido por el concilio.

La reflexión de Maritain a lo largo de 30 años ha penetrado en la conciencia de muchos intelectuales católicos de nuestro tiempo. Su ejemplaridad de vida y de pensamiento lo convierte en «el más grande maestro del laicado de los tiempos modernos». No dejó de plantearse durante toda su vida el problema de la situación de los laicos en el interior de la Iglesia y del mundo. Ha insistido en la llamada universal a la santidad y en la animación evangélica de las estructuras seculares. Ha sostenido la laicidad como dimensión esencial de la Iglesia misma en su misión salvífica.

Por encima de unos autores concretos, hay que destacar los dos elementos o marcos doctrinales que han ejercido una influencia decisiva en la promoción del laicado: una nueva visión del mundo y de la relación de la Iglesia con él y una nueva visión de la Iglesia.

2.1. Una nueva visión del mundo y de la relación de la Iglesia con él.

El enfrentamiento entre la Iglesia y el mundo ha impedido durante mucho tiempo el plantear adecuadamente la cuestión del laicado católico, que adhiere su pleno sentido y su fuerza cuando se tiene delante un mundo que es verdaderamente mundo, y cuando éste y la Iglesia no están enfrentados, sino en diálogo, teniendo como meta el Reino de Dios, punto de convergencia de la Iglesia y del mundo. Esta referencia a la meta que Dios ha querido para su creación es necesaria para que las realidades terrestres puedan tener sentido cristiano.

Sólo desde esta visón se puede comprender cómo los miembros del Pueblo de Dios que, por su estado de vida, construyen el mundo realizando las tareas temporales, pueden santificarse, no retirándose del mundo, sino en el ejercicio mismo de esas tareas.

El encuentro y la experiencia de Dios no se dan sólo en lo sobrenatural trascendente sino también en el mundo, porque Dios está presente en la historia de los hombres. El Vaticano II afirmará que la vocación celeste del cristianismo, en lugar de apartarlo del compromiso temporal, le urge más a él (cf. GS. 34, 39, 42, 43, 57).

No se puede ocultar que esta nueva visión comporta el riesgo de olvidar, por una parte, la especificidad del ámbito religioso y, por otra, la realidad de un aspecto del «mundo» que no lleva a Dios y, por tanto, la verdad y el valor de la tradición ascética en la búsqueda de la unión con Dios.

2.2. Una nueva visión de la Iglesia

La doctrina sobre los seglares (laicología) forma parte de la Ecleciología y su suerte depende del modo de entender la Iglesia. Así, en un modelo de la Iglesia societario en el que la misión eclesial está confiada únicamente a la jerarquía, es lógico considerar a los seglares únicamente como objeto de la misión de la jerarquía.

La condición de los seglares cambia radicalmente cuando se ve a la Iglesia como Cuerpo de Cristo, en el que cada miembro tiene un servicio que prestar a la misión común (25) o como Pueblo de Dios que camina en la historia guiado y dinamizado por el espíritu; pueblo en el que todos son diferenciadamente corresponsables, es decir, cada uno según el don recibido del Espíritu.

La visión de la Iglesia como Pueblo de Dios, que ha recibido el espaldarazo definitivo del vaticano II, se ha ido configurando a lo largo de muchos años. (26).

Desde esta perspectiva, la Iglesia, más que una sociedad con miembros desiguales, como habían dicho reiteradamente los papas en el s. XIX y en los primeros años del XX, es una comunidad en la que todos tienen la misma dignidad y todos son corresponsables. Eso si, hay diversidad de servicios, como en todo pueblo bien organizado; y uno de ellos, sin duda importantísimo, es el de la jerarquía.

La Iglesia es esencialmente carismática, porque el Espíritu la gobierna y dinamiza con sus dones (carismas). Porque todos somos miembros del Pueblo de Dios y porque todos tenemos carismas, todos tenemos que ser agentes en la Iglesia. La pertenencia a la comunidad y a los carismas recibidos son fuente de corresponsabilidad y de compromiso eclesial. La Iglesia es un grupo de creyentes a quienes se ha entregado solidariamente la responsabilidad del Evangelio para vivirlo, anunciarlo y realizarlo en el mundo. La misión de la Iglesia no ha sido confiada a la jerarquía, sino a todo el Pueblo de Dios.

El hecho de el Vaticano II considere a la Iglesia, ante todo, como Pueblo de Dios y que la LG., hable primero del Pueblo de Dios y después de las diversas vocaciones (carismas) y servicio que hay en él (jerarquía, laicos, religiosos) es una revolución copernicana tal que las afirmaciones hechas por los papas medio siglo antes nos parecen arqueológicas.

3. Los seglares en los documentos del Vaticano II

Son cuatro los documentos que se refieren más ampliamente a los seglares:

  1. La constitución sobre la Iglesia (LG) en su capítulo 4°, nn. 30—38, describe el ser y la misión del laico en la Iglesia. En el capítulo 2° habla del Pueblo de Dios y en el 5° de la vocación de todos a la santidad.
  2. La constitución sobre la Iglesia en el mundo actual (GS) afirma que la Iglesia existe para extender el Reino de Dios en el mundo y que ha de actuar en él con actitud de diálogo y de servicio. Se abren aquí a los seglares inmensos espacios de acción en todos los campos de la vida y de la actividad humana.
  3. El decreto sobre el apostolado de los seglares (AA) está enteramente dedicado a este tema. Habla de la vocación de los seglares al apostolado, de los objetivos a conseguir, de los diferentes campos y formas de apostolado, de la coordinación y de la formación para el apostolado.
  4. El decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia (AG) insiste en el compromiso de evangelización de los seglares en las zonas de misión mediante el anuncio del evangelio y la promoción humana y asegura que la Iglesia local no se puede considerar constituida sin la presencia y colaboración de un laicado cristiano auténtico.

En opinión de algunos teólogos, en los documentos conciliares emerge a veces una Ecleciología de tipo monárquico — jerárquica y se advierte con frecuencia que el centro de la Iglesia sigue estando en la jerarquía, la cual reconoce «también» una participación de los seglares en la realidad eclesial (27). La doctrina conciliar sobre los seglares adolece de cierta ambigüedad. En ella se mezclan la apertura al futuro con intentos de mantener el pensamiento tradicional (28)

4. El posconcilio

El Vaticano II significa un gran avance en la promoción del laicado, pero sería ingenuo pensar que con él hemos alcanzado la meta en la promoción de los seglares. El concilio no es punto de llegada y basta, sino que es también punto de partida para nuevas etapas del itinerario.

Muchas Iglesias locales y continentales, en fidelidad al concilio, han tratado de impulsar al laicado. Recordemos por su significación las reuniones de la Conferencia Episcopal latinoamericana en Medellín (1968) y en Pueblo (1979), que han recogido, desarrollado y aplicado al continente latinoamericano la doctrina conciliar sobre los laicos.

Se trata de un proceso lento que encuentra dificultades y que no siempre supera la tentación de dar pasos atrás. A los 20 años del Concilio todavía muchos católicos — probablemente la mayoría, y tanto laicos como clérigos — están convencidos de que los ministros que han recibido la ordenación sagrada son los jefes indiscutibles, los responsables y los que tienen la última palabra. Esta mentalidad ampliamente difundida es quizás la mayor dificultad para la promoción al laicado.

Un aspecto de la promoción eclesial de los seglares es el incipiente desarrollo de los ministerios laicales iniciado con el motu proprio «Ministeria quaedam» (1972) de Pablo VI.

La Iglesia entera, y cada Iglesia local, es comunidad ministerial, porque es una comunidad carismática en la que cada uno ha recibido dones del espíritu en orden a prestar diversos servicios. Cuando estos servicios son oficialmente reconocidos y «conferidos» se llaman «ministerios». Los ministerios laicales no deben entenderse ni por encima ni al lado de la comunidad, sino en la comunidad. Cuando se entienden por encima de ella se corre el riesgo de caer en un clericalismo de laicos.

En este sentido es atinada la observación de B. Cooke: «Aunque es cierto que son cada vez más laicos comprometidos en algunas actividades pastorales, antes reservadas a los eclesiásticos…, sin embargo es difícil valorar este desarrollo, especialmente si se tiene en cuenta la difusión de programas diaconales. ¿Se quiere acaso reconocer el discernimiento, la intuición, la responsabilidad y la igualdad de toda la comunidad cristiana o estamos, frente a un extensión del «clero», que engloba profesionales de la religión ordenados y también algunos no ordenados» (29)

5. Los movimientos laicales en la segunda mitad del s. XX.

Después del concilio han surgido en la Iglesia nuevos movimientos laicales a través de los cuales se están realizando grandes avances en la promoción del laicado. Dice el Card. Ratzinger: «Lo que abre la esperanza a nivel de la Iglesia universal… Es el surgir de nuevos movimientos que nadie ha proyectado, sino que han brotado espontáneamente de la vitalidad interior de la fe misma. Se manifiesta en ellos, aunque sea humildemente algo así como una primavera de Pentecostés en la Iglesia. Me refiero al Movimiento Carismático, a los Cursillos, al Movimiento de los Focolares, a las Comunidades Neocatecumenales, a Comunión y Liberación, etc.» (30).

Junto a los movimientos citados por el card. Ratzinger podemos señalar algunos otros, incluso más significativos, como las Comunidades Eclesiales de Base, nacidas en América Latina a raíz del Concilio y difundidas rápidamente por todo el mundo. Sólo en Brasil hay más de cuatro millones de personas que viven su fe y su compromiso cristiano en el seno de las CEB.

Tanto las CEB como otros tipos de pequeñas comunidades cristianas son el lugar más adecuado para la participación y corresponsabilidad de seglar en la vida y misión de la Iglesia.

Merece citarse también como excepcional experiencia de comunión interconfesional el Concilio de los Jóvenes y todo el movimiento ecuménico suscitado en torno a Taizé (31).

Notas

(1) Y. Congar, «Laic et Laicat», Dictionnaire de Spiritualité IX (Paris 1976 81.

(2) Apologeticum 32, 4—6

(3) Apologeticum 42, 1—3

(4) PG. 632, 67—68

(5) Cf. PG, 60, 339; PG, 48, 536.

(6) Pl, 50, 434.

(7) D. Borobio, Ministerios laicales, Madrid 1984, 59

(8) Y. Congar, o.c. 84

(9) A. M. Erba, Storia del laico, Dizionario di Spiritualita del Laici (Milano 1981) 369—393.

(10) Y. Congar, o.c. 90

(11) W. A. 6, 407 s.

(12) Cf. S. Francisco de Sales, Obras Selectas, BAC Madrid 1953, I 41

(13) S. Francisco de Sales, o.c. II 767.

(14) Y. Congar, o.c. 95.

(15) Y. Congar, o.c. 94.

(16) S. Francisco de Sales, o.c. II 776.

(17) Y. Congar, o.c. 98.

(18) «Supremi Pastoria», n. 10

(19) «Vehementer Nos», n. 9-10

(20) A. M. Erba, o.c. 385

(21) A. M. Erba, o.c. 387.

(22) Constituciones, Roma 1950, c. 1 & 3,2

(23) Cf. A. Favale, Movimwenti ecclesiali contemporenie, Roma 1980

(24) Ya el esquema del Vaticano I (1890) sobre la Iglesia titulaba el capítulo primero: «La Iglesia es el Cuerpo de Cristo». La carta magna de la concepción de la Iglesia como Cuerpo de Criusto es la encíclica de Pío XII «Mystici Corporis» (1943)

(25) Ya en 1940 3l teólogo M. D. Koster proponía la expresión «Pueblo de Dios» como la más adecuada para expresar la realidad de la iglesia.

(27) M. Keller, Teología del Laicado, en Mysterium Salutis, VIII, 491, Brescia 1975.

(28) M. Keller, o.c. 500

(29) B. Cook, Concilium, ed. Italiana Xxi (1985) 565.

(30) V. Messori, J. Ratzinger, Rapporto sulla FEDE, Roma 1985, 41.

(31) Cf. A Favale, o.c.

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