Antonio Portail (Séptima Parte)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Source: Noticias de los misioneros.
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VII.  (enero 1646-setiembre 1649)

Triste situación de París – Viaje de san Vicente – Carta de la Srta. Le Gras al Sr. Portail –Respuesta del Sr. Portail –Regreso del Sr. Portail a París.-Cordial recepción –Improvisación del Sr. de la Fosse.

Antonio Portail, C.M.

Antonio Portail, C.M.

Tales eran los sentimientos de estima que la Srta. Le Gras demostraba al Sr. Portail, y ella no deseaba menos su vuelta  que san Vicente mismo. Pero no fue más que a finales de este año hacia el principio de setiembre cuando pudo volver.

París era entonces presa de los horrores  de la guerra civil. San Lázaro había sido evacuado por la mayor parte de los misioneros ya que los soldados lo habían arrasado todo: los recursos incluso de varias casas como de Marsella y de Argel habían quedado completamente destruidos.

San Vicente, vivamente afligido por la miseria del pueblo, hizo ante la Reina, en Saint Germain, una gestión que no tuvo éxito; de ello habla en una carta al Sr. Portail, con fecha del 22 de enero de 1649, «salí de París el 14 de este mes para ir a Saint Germain con el propósito de rendir algunos pequeños servicios a Dios (era a la Reina para que se separara de Mazarino y volviera a París), pero mis pecados me han hecho indigno de ello.»

San Vicente partió entonces  para hacer la visita de las casas de la Compañía, y volvió a París a finales de julio. [67]

El Sr. Portail continuó, a la espera de tiempos mejores, ejerciendo su celo en Marsella. Tampoco se olvidaba de las hijas de la Caridad, y les enviaba sabios consejos. La Srta. Le Gras le agradece en una carta  del 16 de mayo.

«París, a 16 de mayo de 1649.

«Señor,

«Ya sé que vuestro corazón todo lleno de caridad querrá recibir las muy humildes gracias  de nuestras hermanas y las mías, que os ofrezco por los consejos y testimonios  que nos habéis dado, en una carta en general para ellas, y una en particular para mí, que nos ha servido de gran júbilo y consuelo. La lectura se hizo en la espera de la conferencia, y Dio sabe, Señor, que no faltaron las lágrimas, que fueron endulzadas por la esperanza de veros pronto, pero ya hace mucho tiempo que esperamos esta suerte. En nombre de Dios, Señor, os ruego que no contribuyáis a este retraso, de manera que  cuando quiera la Providencia compadecerse de nosotros, tengamos esta dicha. Creo que vuestra caridad no s ha compadecido mucho, en este tiempo de tanto dolor en París; os rogamos  que nos ayudéis a dar gracias a nuestro buen Dios por las gracias que nos ha hecho a toda la Compañía, tanto por habernos preservado del hambre como de todos los demás peligros, no sólo en las ciudades sino también en los pueblos: esto constituye para nosotras  una obligación tan particular que es imposible que estemos debidamente agradecidas, a no ser que  nuestro buen Dios añada a todas estas gracias la de serle más fieles de lo que lo hemos sido: y esto es lo que me hacer implorar el auxilio de vuestra caridad, y en lo que esperamos vernos ayudadas si la divina Providencia nos llevara hasta ese punto. Os encontraréis con grandes cambios. No sé si os habréis enterado del fallecimiento de nuestras queridas hermanas Turgis, Jeanne Baptiste la mayor, Salomée. Reina de Angers, Marie d’Espinal, Élisabeth Martin, que estaba en Nantes, y de nuestra buena hermana Magdeleine, que había sido  tanto tiempo la hermana sirviente en Angers y cantidad de otras llegadas a nuestra Compañía desde vuestra ausencia. Todas os la recomiendo a vuestra caridad, pero en particular las que quedan, varias de ellas vacilantes en su vocación y a todas nosotras en general, poco celosas y fervientes y muy apegadas a nuestro amor propio, lo que me da miedo de que demasiado pronto haya relajamiento.

«Qué diréis, Señor, que no temo afligiros con estas tristes noticias, pues es la confianza que tengo en la caridad que sé que Dios os ha dado por la salvación y la perfección que su bondad quiere en nosotras para la cual os ruego que pidáis me hagáis el honor de creerme, en el amor  de Jesucristo Crucificado, Señor, vuestra muy obediente y muy humilde servidora. L. DE MARILLAC.»

El Sr. Portail le responde algunos días después:

«Señorita,

Ah, Señorita, qué consuelo con vuestra querida carta,, al enterarme de la protección especial  del buen Dios sobre vuestra persona y toda vuestra caritativa familia, en un tiempo en que los más ricos y los más poderosos tenían tantas dificultades  para subsistir y salvar sus vidas. Cuando los ejemplos del piso hundido de la casa del barrio Saint-Germain, de la caída al río y de los efectos de la Providencia extraordinaria sobre vuestra comunidad, sobre todo con respecto a la castidad perfecta que se ve a pesar de las grandes ocasiones que hay de alterarla, cuando, yo digo,  todo eso no existiera, esta última protección] sería capaz de hacerme creer firmemente que vuestro pequeño Instituto es verdaderamente de Dios y gobernado por su mano, como lo haría un buen padre con sus hijos más queridos; y que así se ha de redoblar vuestra confianza en su bondad, esperando que una vez más que por una parte os mortifica quitándoos una buen número de buenas hijas, él os consolará y os asistirá  cada vez más, y os multiplicará y santificará, a medida que recoja los frutos para enviar al Cielo, o podará las ramas superfluas. Estas consideraciones son las que han suavizado la pena que había sentido mi corazón por la muerte de tantas buenas hermanas y a la vez hace admirar en un diluvio tan grande de aflicciones. Ruego a Nuestro Señor Jesucristo que os la conserve  y bendiga más que nunca con toda vuestra querida Compañía, a la que saludo con toda humildad y reverencia , suplico que renueve sus oraciones por mí,  que soy en el amor del mismo Señor Nuestro y en el de su santa madre, Señorita, vuestro muy humilde y obediente servidor. PORTAIL,  Indigno sacerdote de la Misión».

Entre tanto el regreso del Sr. Portail a Paría no tardó en realizarse.

San Vicente volvió de sus visitas  hacia finales de junio; y a principios de setiembre, el Sr. Portail entraba en París al cabo de una larga ausencia y de largos y fatigosos viajes.

Pero se vio bien recompensado a su vuelta por la alegría de volver a ver a su querido y venerable padre. La acogida que le dieron sus cohermanos debió también alegrarle sobre manera.

Citaremos a pesar de su longitud una pieza de versos del Sr. de la Fosse. Permite ver la cordialidad del recibimiento hecha al Sr. Portail  cuál era el lazo afectuoso y de caridad que unía a los misioneros. Lazo afortunado que hace de la familia de adopción una verdadera familia, en la que todos no tienen sino un solo corazón y una sola alma, y en la que se aplica con exactitud esta palabra de los libros santos: Ecce quam bonum  et quam jucundum  habitare fratres in unum.. Pero dejemos la palabra al Sr. de la Fosse.

REGRESO DEL P. PORTAIL A PARÍS.  CANTO IMPROVISADO

 

«Por fin, querido Padre (séame permitido usar esta palabra) Dios no se ha mostrado sordo a nuestros votos, y a nuestras plegarias. No ha desconocido sin piedad  nuestros sentimientos de amor; nuestro afecto le ha agradado, y, recibida en los cielos en medio de los tronos sagrados, nuestra familia misma ha podido dirigir numerosas súplicas a favor de  la causa.

«Oh padre, por fin habéis sido devuelto a vuestra patria! Éstos son vuestros hijos que reclamáis en la tierra y por mar, estos hijos que vienen a echarse en los brazos de su bien amado padre.

Extemporale Carmen

D. D. PORTAIL

Tandem, care pater(sit fas mihi nominis hujus),

Vota paecesque Deus surdo non  repulit aure ;

Durus et affectus tandem non lusit amantes,

Olli noster amor placuit, coelique receptus

Hospicio, veneranda inter subsellia caetus

Ipse suam oravit fecundo pectore causam.

Redditus est patriae genitor. Tua pignora ternis,

Pignora per terras totiesque petita per undas,

Pignora sub blandos genitoris itura lacertos]

«Ved, todo aplaude en vuestro regreso; os acogen con cantos de alegría; los tambores con su ruido desacostumbrado acentúan nuestra alegría y vuestro retorno los pone en movimiento; todo se ha vestido en torno nuestro de un aire de fiesta, en este feliz acontecimiento, nada puede enmudecer. Oíd, juventud sagrada! Escuchad, hijos de Apolon, ¿impondríais silencio a las musas, o no os tenéis por convidados a  cantos de fiesta? Pero, qué digo, musas, en el honor de quien regresa, habéis mezclado vuestros cantos con los de Apolon, y os he oído encantar los aires con vuestros himnos de regocijo. Oh fiesta primaveral, que el soplo ardiente del Pindo  produce en el corazón, nutriendo el alma de un calor divino.

«Así pues,  amigos, venid a estrecharos en los brazos de vuestro padre, depositad mil besos en su frente bendita. Al menos envolved esos pies venerados que en carreras activas llevaban al anciano por llanuras y montañas, cuando él sembraba de palabra las semillas sagradas y preparaba a Cristo abundantes mieses. –Besad esos pies que han llevado al anciano por rocas y tierras inhóspitas , cuando, pastor fiel, visitaba su rebaño querido y le repartía los tesoros de su corazón paternal.

«Vamos, amigos, llenad los cestos de regalos, extended a porfía por la santa morada ramilletes de flores olorosas; trenzad, jóvenes, trenzad coronas triunfales y ceñid su frente con laurel de los vencedores; de qué terribles peligros no ha escapado esta cabeza venerable!

Aspice cuncta fremunt, reduci chorus advolat-

Tympanaque insolito testantur murmure plassu

Asventu quassata tuo; strepit excita passim

Laetitiae tempestas ; illo in cardine rerum.

Nil mutum natura ledit. Quid sacra juventus

Quid Phabi soboles tacuisti forti sonores

Amitas neque vos ad carmina recta vocastis ?

Quid loquor? Et reduci cecinistis Apolline, Mxs,

O vernans aestas quam Pindi conscius ardor

Intus agit, pulchroque animum despascitur arstu!

O socii Calathis, inquam, date muunera plenis

Spargite certatim bene odore lycaeum,

Plecte triumphales, age, plecte juventa, coronas.

Heu quibus ereptum caput hoc venerabile fans!

Ergo, cohors dilecta paterno pendula collo.

«Tú le has poseído, Roma, aunque no fueras la última meta de su  ruda labor. – Tú le has conocido, Génova, mira, mira su marcha gozosa hacia los Cielos, Génova, ciudad de los Ligurios, adosada a una alta montaña. Allí, se le ha visto a nuestro vigoroso atleta descender a la arena del coso y abatir por tierra los esfuerzos poderosos del ángel de las tinieblas. Y tú también tú le has conocido, región de Saboya, rodeada de colinas elevadas; tú has conocido las fatigas de los senderos, y las hermanas del camino, y las incomodidades de los largos retrasos y los peligros crueles de la peste. – Vosotras también, vosotras

Figite sacratis in vultibus oscula mille;

Si nimium est, saltem speciosas stringite plantas,

Plantas qui celeri per plana per ardua cursu

Portavere senem, dum mystica semina verbi

Spargeret, et Christo dite glomeraret aristas;

Plantas que rupes et inhospita tesca volucri

Decurrere gradu, dulces dum viseret agnos

Pastor amans, maternum illis et panderet uber.

Nosti, Roma, licet duri non meta laboris.

Ultima nosti ; alacres coelo aspice et inspice passus,

O Ligurum splendor, Genua, alto proxima monti

His athleta meus fulvâ conspectus arena

Contulit hostile sinuosi demonis aestus;

Tu quoque montosis, succincta Sabaudia gibbis,

Nosti, sudores scabrique incommoda callis,

Taedia longa morae diraeque pericula pestis.]

le habéis visto, orillas y puertos de Marsella, galeras roídas por las olas; Ah desdichados, que os sentáis sobre sus duros bancos de remeros, uncidos y encadenados para siempre, y golpeando con remadas oblicuas las aguas quejumbrosas, decid, si alguno de vosotros sobreviviendo a la horrible carnicería  ha sido testigo de los méritos de su vida y de su ministerio  de padre; decid con qué avidez prestabais el oído a sus palabras de consuelo para soportar más pacientemente los golpes que retumbaban en vuestras espaldas. No os olvidaré tampoco a vosotros, que fuisteis secuestrados por esta peste de fuego, y que, rompiendo vuestras cadenas,  os fuisteis volando hacia los cielos; ah vosotros sabéis lo que puede el denuedo, el celo del apóstol, cuál era su piedad, su fe ardiente, cuáles eran sus entrañas dignas de Cristo.

«Hombre querido del cielo, no son los remedios sabios, ni los preceptos de la medicina los que os han protegido frente a la muerte, sino el poder tutelar de vuestra propia virtud; por todas partes cadáveres  en descomposición

 

Masiliae, novistis adhuc, vos, litoral portus

Alloques, et salso putres humore triremes

Ah ! miseri praedura super qui transtra sedetis

Fatales inter nodos et vincula sortis,

Obliquo querulum ferientes remige naevum,

Dicite,vos, qui si quis faeda de strage superstes

Cionscius est vitae merit, officiique paterni.

Ut sacris avidas admostis vocibus aures.

Mitius ut vestro sonuerunt verbera dorso

Nec minus ad causam : Vos alloquor, ignea postis

Quos tulit et ruptis praernisit ad astra catenis

Fortunata cohors, quibus aureus obtigit aether

Et nunc, augusto pretiosa monilia collo,

Jam nostis quid possit amor, quid apostolus urget,

Quem pietas, quem vera fides, quem viscera Christi

O nimium dilecte polo, non pharmaca, non te

Eripuere neci, coï praecepta magistri,

Nnuminis ut tutela tui; nam tabida passim

Cirpora spargebant aegro contagia coelo;

 

infectaban el aire de miasmas peligrosas, los funerales se sucedían tras los funerales, las osamentas se hacinaban sobre las osamentas: espectáculo horrible! Calamidad espantosa, lamentable destino. La hermana mayor huye de su hermano, la esposa huye de su esposo y, mientras la naturaleza no piensa  más que en su conservación, se olvida de sí misma, hollando con sus pies los lazos más sagrados del afecto.

«Pero, a vos, no en vano os llaman sacerdote de Cristo; hábil en ahuyentar las enfermedades más recónditas, protegido por una virtud divina. Os reís de las pestes corporales, andáis constantemente por medio de los muertos y de las sombras como si llevarais un diploma asegurado de vida eterna, y el soplo apestado de la enfermedad no puede nada sobre vos.

«Favor inesperado del Cielo! Han sido escuchados los votos de vuestros amigos piadosos! Oh dulces lágrimas derramadas por vos, gajes de una gran alegría! Oh gemidos, semilla de un gozo eterno! Oh padre, cabeza bendita, todos juntos bendecimos al Señor que en medio de tantos peligros os ha devuelto sano y salvo a nuestra morada: Ojalá se pudieran prolongar

Funera funeribus demandabant, ossibus ossa ;

Dura lues, deforme malum, lacrimabile fatum,

Alma soror fratrem, conjux fugit alma maritum,

Et nimium natura sibi dum consulit, ipsa

En oblita sui, connataque foedera calcat.

Tu tamen, o Christi non frustra dicte sacerdos.

Occultosque omnes solers depellere morbos

Rides corporeas, vallatus numine pestes;

Assiduus manes inter versaris et umbras,

Longaevae quai certa gerem diplomate vitae.

Nec te pestiferae contristas anhelitus aura.

O Coeli favor! O vota exaudita piorum !

O lacrimae pro te dulces! O foenora magnae

Laetitiae! O gemitus aeterni semina plausus!

O Pater! O perdulce caput! Gratamus Olympo

Unanimes, qui perte per tanta pericula reddit

vuestros años y haceros pasar tranquilos los momentos de una ancianidad feliz. Y cuando hayáis alcanzado la edad que conoció Néstor, acabando vuestros días después de una la larga carrera, entréis en los cielos, lleno de vida, pero sobre todo lleno de méritos»

Finibus incolumen nostris; tibi prorroget annos

Temporaque emeritae faciat tranquilla senectae.

Hic cum Nestoreum degendo expleveris annum

Et longum solvens cursum morieris, Olympo

Ut plenus vita, meritis sed plenior, intres.

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