Anotaciones al decreto conciliar «Perfectae Caritatis» (III)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Mª Ibáñez Burgos. · Fuente: Anales españoles 1966.
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VIII.—Verdadera renovación en Cristo por la Caridad

La vida religiosa está unida al misterio de Cristo y de su Iglesia. El seguimiento, la imitación de Cristo, mejor aún, la «continuidad de Cris­to», en términos de San Vicente, es la «norma última» de la vida re­ligiosa, según el decreto conciliar. Seguir a Cristo es, evidentemente, imitarle, y en esta imitación se encuentra la razón última y el criterio soberano de la vida consagrada. Esto supone y exige una unión particu­larísima con Cristo. El perfume y el vigor de esta unión lo manifiesta el decreto conciliar cuando afirma: «Christo conjungitur», utilizando un verbo que caracteriza la unión entre los esposos. Este seguimiento e imi­tación de Cristo es seguimiento e imitación en el amor.

El término joánico: «injertados en Cristo», o los términos paulinos: «incorporados a Cristo» o «revestidos de Cristo», alcanzan en el decreto conciliar su verdadero sentido y desarrollo al hablar de la vida religiosa. Si se me permite la expresión, yo la llamaría una eclosión existencial de decisión de vida cristiana. Me ha alegrado comparar esta manera de hablar del Concilio con la doctrina de S. Vicente. San Vicente afirma que los misioneros deben «revestirse de Jesucristo». El término que San Pablo aplica a los bautizados, S. Vicente lo aplica a los misioneros, y el sentido no parece ser otro que éste que acabamos de dar: un sentido existencial en nuestra acción misionera, lo que supone que de tal ma­nera hemos de obrar, que Cristo pueda hacer suyas, moralmente, las acciones que nosotros hagamos. Las afirmaciones de S. Vicente son cla­ras: «La acción sostenida por el Espíritu de Jesús será la verdadera y acaso la única prueba del amor. Ella debe ser la consumación o el término normal de los pensamientos, afectos, imaginaciones que se tie­nen en la oración» (Conf. S. V., XI, 40). «Lo interesante de la vida de oración—dice–es la vida de Caridad.» La acción, prueba infalible de verdad, será al mismo tiempo la expresión viva y concreta del dogma. «Es necesario santificar las ocupaciones buscando a Dios en ellas y ha­cerlas más para encontrarle en ellas, que para verlas hechas» (Conf. S. V., X II, 1321. «Nosotros vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo. Debemos morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo» (Conf. S. V., I, 295), escribía en 1635. Vicente no podía renegar de esta carta ni podía olvidarla jamás. «Nada me place más que en Jesucristo», solía decir con frecuencia…, y aconsejaba a los suyos decir a Jesús: «Señor, si es­tuvieseis en mi lugar, ¿cómo obraríais en esta ocasión? ¿Cómo instrui­ríais a este pueblo? ¿Cómo consolaríais a este enfermo de espíritu o de cuerpo?» La enseñanza de S. Vicente es un esfuerzo para hacer participar una experiencia. Esta experiencia es la de la vida en Cristo; es un des­arrollo, gracias a una fidelidad cada día más profunda, a las exigencias de una mística bautismal. Es la experiencia y la doctrina del Apóstol San Pablo. Todos los artículos de su código moral y de su predicación se des­arrollan en la mística de transformación de S. Pablo: despojarse del hombre viejo, revestirse de Jesucristo.

«A la naturaleza misma de la vida religiosa—dice el decreto conciliar— pertenece la acción apostólica y bienhechora, como un santo ministerio y una obra específica de caridad, confiadas a ellos por la Iglesia, para ser ejercidas en su nombre.» Puede afirmarse que el objetivo último de la renovación conciliar en orden a la vida apostólica de los religiosos se encuentra en estas líneas. El fin de la adaptación es permitir a todos esta vida íntegra de la caridad hacia Dios y hacia el prójimo.

Juzguemos esta afirmación conciliar en el conjunto de la doctrina y acción vicencianas y llegaremos a comprobar la semejanza de una acción y de una doctrina. Recordemos la acción social y caritativa de S. Vi­cente desde el 1640 a 1660 y la institución de sus obras, animadas por su prudencia sobrenatural, orientadas por su sagacidad y sostenidas por una inspiración. San Vicente establece: —Para los pobres, las Cofradías de Caridad y las Hijas de la Caridad. —Para las almas y los cuerpos des­trozados, lanza las misiones populares, organiza la Congregación de la Misión, los sacerdotes de los martes. Con estas dos series de institucio­nes, masculinas y femeninas, Vicente va a trabajar en el campo del padre de familia.

IX.—Pobreza, castidad, obediencia

Después de haber afirmado el decreto esta primacía de la caridad, habla de algunos puntos relativos a la castidad, pobreza y obediencia. El religioso es casto, pobre, obediente, para imitar a Cristo, para ser con El, en la expresión de S. Vicente ( adaptada hoy por el P. Marte­let, S. J., y Bourgeois en el breve comentario del decreto), «salvador» ; para ser al mismo tiempo un testimonio en la Iglesia de hoy, testimo­nio de unas realidades futuras, viviendo, sin duda en este mundo, y re­saltando su presencia entre sus hermanos, pero esforzándose en recor­darles la ciudad eterna, donde se encontrará reunido el pueblo de Dios.

Voy a entretenerme brevemente en la pobreza, no sólo porque nues­tros contemporáneos la dan la importancia de un testimonio evangélico primordial, ni por ser un tema que trato de estudiar, sino también por la importancia que adquiere el texto conciliar en la doctrina de S. Vi­cente. Dos puntos son señalados en el decreto:

  • Pobreza en relación al trabajo.
  • Pobreza y cuidado privilegiado de los pobres.

Parece ser cierto, en un orden económico-social, que pobre es todo aquel que necesita de su trabajo para poder vivir. Las consecuencias de esta afirmación no sólo en un orden social, sino también en un orden teológico, son exigentes para la vida religiosa.

En el orden social, la necesidad del trabajo en los religiosos manifes­taría al mundo de los ricos y al mundo de los pobres ese testimonio que pide el Concilio.

En el orden teológico se llegaría a profundizar en el sentido bíblico-teológico de la necesidad del trabajo, como cumplimiento de la voluntad de Dios, en orden a la belleza y desarrollo del mundo y como elemento de redención.

La doctrina de S. Vicente en estos dos puntos señalados por el Con­cilio alcanza su máxima actualidad, su exacta precisión y su más bella expresión. El sentido social y el sentido de redención están expresados por S. Vicente en la conferencia sobre el trabajo a las Hijas de la Ca­ridad («Amor al trabajo», S. V., IX, 483-498) o en el «Elogio del trabajo misionero» (Conf. Abelly, lib. III, pág. 32). Es necesario, para compren­der la doctrina y la vida de S. Vicente, atravesar su inmensa actividad y llegar al corazón. Es necesario ir del corazón a las obras, de la per­sona a la acción para llegar al corazón de esta existencia, que brilló durante ochenta años. Es necesario recordar que en el horario de este hombre hay tres horas de oración, nueve y media de trabajo y tres y media de cosas diversas. Sólo así se puede comprender la frase de San Vicente: «La Iglesia es comparada a una gran recolección, que requiere obreros, pero obreros que trabajen. Por nuestras obras debemos testimo­niar a Dios que le amamos» (S. V., XIII, 40). Si preguntáramos a San Vicente: «¿Qué es necesario en una vida para hacer algo?» El, dulce­mente («Dios me ha dado dulzura», dice en una ocasión), nos respon­dería: » ¡Más! Somos terriblemente negligentes.»

«Dios no se encuentra más que por los caminos enseñados por el Evangelio. Él no se conserva más que por los caminos enseñados por el Evangelio», escribía Pascal en su noche de fuego de 1654. Vicente ha grabado también en su corazón una convicción, que es a la vez el re­cuerdo de un acto de donación y el recuerdo de lo que él es ante Dios. Vicente se entregó al juego dramático y caritativo de ofrecerse a Dios en favor de aquel «pobre» controversista de la fe. Vicente es como el Hijo de Dios, el servidor de los pobres. Es yendo a los pobres cómo se encuentra el Espíritu de quien fue enviado a los pobres; es en relación con esta misión divina cómo se debe comprender todo, amar todo, organizar todo. Es necesario, nos dirá S. Vicente, «continuar esta obra mesiánica» de Jesús de evangelizar a los pobres del cap. IV de S. Lucas y del men­saje profético de Isaías. Sólo así se puede llegar a comprender el men­saje evangélico de «evangelizar a los pobres» y de «revestirse de Cristo». De otra manera se nos haría incomprensible ese grito de júbilo y de emoción de Vicente, semejante al del salmista: «Nuestra herencia, se­ñores y hermanos míos—dice a sus misioneros—, son los pobres, los po­bres. Sí, señores; los pobres.»

Este es el Espíritu de Jesucristo y el espíritu de S. Vicente, que su­pone una actitud inspiradora hacia Cristo y su mensaje: «Nada me place más que en Jesucristo», y un esfuerzo de disponibilidad (no se lee ordinariamente más que lo se es) al Evangelio. Por eso, S. Vicente reclama un esfuerzo moral y concreto, capaz de abrir nuestra alma y nuestra vida al Evangelio, que inspira la acción de Jesús.

Si el Espíritu de Jesucristo y el corazón de S. Vicente no se pueden conocer ni poseer más que dándose a Dios a través de los pobres, nues­tra renovación actual estará en relación con esta doctrina y con esta experiencia.

El año pasado publicó el P. Pardo un artículo en ANALES (mayo-junio 1965) sobre «La Iglesia de los pobres y la familia vicenciana». Le agra­dezco con sinceridad el haber reafirmado un poco mi inquietud y el haber lanzado a la consideración de la familia vicenciana, en circunstancias oportunas, el Mensaje y Herencia Vicencianos.

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