«Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo» 1.
No se podría entender la actividad misionera de Vicente de Paúl, ni ninguna de sus realizaciones, sin la explícita referencia a Jesucristo. Vicente quiso desde el momento de su conversión, seguir a Jesucristo, centrarse en Él, mirarse una y otra vez en Él, hasta el punto de querer en todo momento hacer y no hacer lo que Cristo haría o no haría. Su primer biógrafo L. Abelly manifestó: «… se había propuesto a Jesucristo como el único modelo de su vida, y llevaba tan bien grabada la imagen en su alma, y poseía tan perfectamente sus máximas, que no hablaba, ni pensaba, ni oraba, sino a imitación suya y guiado por Él. La vida del divino Salvador y la doctrina de su Evangelio eran la única regla de su vida y de sus actos«2.
Vicente de Paúl quiso hacer de Jesucristo la única regla de su vida. Y a cuantos iban asociándose a sus trabajos misioneros, les fue señalando ese mismo camino. Al P. Portail, su primer colaborador en las misiones, le escribe el 1 de mayo de 1635: «Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo«3. En esta misma línea le escribe al P. Nicolás Etienne el 30 de enero de 1656: «Nuestro Señor Jesucristo es nuestro padre, nuestra madre y nuestro todo«4.
1.- Jesucristo, enviado del Padre, dedicado a hacer su voluntad
En la experiencia vicentina aparece con fuerza la relación entre Jesucristo y el Padre. Jesucristo ha sido enviado por el Padre. Jesucristo vive totalmente dedicado a hacer la voluntad del Padre. Jesucristo vive en continua oración al Padre.
Al repasar las cartas y conferencias de San Vicente, descubrimos la importancia que concede al misterio de la encarnación del Hijo de Dios, descenso desde el Padre para la salvación de los hombres: «¿Qué es lo que hizo el Hijo de Dios? Dejó el seno de su Padre eterno, lugar de su reposo y de su gloria. ¿Y para qué? Para bajar aquí a la tierra, entre los hombres, para instruirles por medio de sus palabras y de su ejemplo, para liberarles de la cautividad en que estaban y redimirles»5
Este descenso de Cristo desde el seno del Padre lo entiende Vicente como la expresión del amor profundo de Cristo para con su Padre: «¡Salvador mío, cuan grande era el amor que tenías a tu Padre! … san Pablo al hablar del nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, dice que se anonadó6. ¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma en que lo hizo? ¡Oh amor de mi Salvador!»7.
La venida de Cristo a la tierra no ha tenido otro objetivo que el cumplimiento de la voluntad del Padre. Es el Padre el que ha enviado a su Hijo al mundo. Y el Hijo vive como enviado del Padre y todo lo hace en referencia al Padre: «El Hijo de Dios… no buscaba en todo más que el cumplimiento de esa santa voluntad, que era el alimento y la ley de todas sus acciones«8
«Nuestro Señor no vino a este mundo nada más que para cumplir la voluntad de Dios… Así pues, Jesucristo no vino al mundo más que para cumplir la voluntad de su Padre, y durante toda su vida no hizo otra cosa, y la Hija de la caridad que tiene que formarse sobre el modelo de Jesucristo, ¿querrá hacer algo distinto de la voluntad de Dios?».9
En la conferencia a los misioneros del 7 de marzo de 1659, dedicada a la conformidad con la voluntad de Dios, Vicente de Paúl comenta ampliamente las palabras de Jesús: Mi alimento es hacer la voluntad del Padre que me envío10. «La norma de nuestro Señor era cumplir la voluntad de su Padre en todo, y dice que para ello bajó a la tierra, no para hacer su voluntad, sino la del Padre. ¡Oh Salvador! ¡Qué bondad! ¡Cuánto brillo y esplendor das al ejercicio de tus virtudes! Tú eres el rey de la gloria, pero vienes a este mundo con la única finalidad de cumplir la voluntad del que te ha enviado. …Tu gusto, Salvador del mundo, tu ambrosía y tu néctar es cumplir la voluntad de tu Padre«11.
Cristo, el Misionero del Padre, el que ha descendido desde el cielo para hacer la voluntad del Padre que le envió, ha vivido en diálogo permanente con Dios Padre. San Vicente destaca que Nuestro Señor era un hombre de oración: «Nuestro Señor era hombre de grandísima oración;… Su continuo y principal ejercicio era la oración. La noche de su pasión se separó una vez más de sus discípulos para orar, y se dice que se retiró al huerto, adonde iba con frecuencia a hacer oración. Y allí la hizo con tanto fervor, con tanta devoción, que su cuerpo, por los esfuerzos que hacía, sudó sangre y agua»12.
De la misma manera que San Vicente ha visto relacionada la oración de Cristo con su misión en la tierra, no duda en presentar la oración en conexión con la misión. Los misioneros deben descubrir la eficacia apostólica de la oración, esa oración que alimentó la misión de Cristo: «Una cosa importante, a la que usted debe atender de manera especial, es tener mucho trato con nuestro Señor en la oración; allí está la despensa de donde podrá sacar las instrucciones que necesite para cumplir debidamente con las obligaciones que va a tener«13.
«La Congregación de la Misión durará mientras se practique en ella fielmente el ejercicio de la oración, porque la oración es como un reducto inexpugnable que pondrá a todos los misioneros al abrigo de cualquier clase de ataques; es un arsenal místico, o como una torre de David, que les proporcionará toda clase de armas, no sólo para defenderse, sino también para atacar y derrotar a todos los enemigos de la gloria de Dios y de la salvación de las almas«14.
«La oración es como un gran libro para un predicador… con ella pueden estar seguros de que tocaran los corazones«15.
«La oración es como el maná de cada día que baja del cielo«16
Despensa, maná, gran libro para un predicador, arsenal… todas las comparaciones sugieren el valor misionero, apostólico, de la oración, porque la oración es lo que ha animado a Jesucristo Misionero del Padre y será también lo que animará la misión de quienes le siguen.
2.- Jesucristo, el Misionero del Padre, es el Evangelizador de los pobres.
Para Vicente de Paúl, Jesucristo es el misionero del Padre, el prototipo de misionero, que encuentra cada día en su ministerio. La mirada de Vicente se centra en el rostro humano de Jesús que recorre los caminos de Palestina anunciando la Buena Nueva de Dios a los pobres17. Sorprende la cercanía a la humanidad de Jesucristo que expresan muchas de sus apreciaciones: «¿Qué hizo nuestro Señor mientras vivió en la tierra?… tuvo el oficio de carpintero; se cargó con el cesto y sirvió de jornalero y de albañil. Desde la mañana hasta la noche estuvo trabajando en su juventud, continúo hasta la muerte… Lo vemos vivir del trabajo de sus manos y en la ocupación más baja y penosa… Y, desde los treinta años hasta su muerte, ¿qué es lo que no trabajó de día y de noche, predicando unas veces en el templo, otras en una aldea, sin descanso, para convertir al mundo y ganar almas para Dios su Padre?… Ganarse la vida de esta manera, sin perder tiempo, es ganársela como nuestro Señor se la ganó«18
Vicente no se cansa de repetir que el Hijo de Dios vino al mundo para evangelizar a los pobres, indicando que los misioneros no hacen otra cosa que prolongar la misión de Jesucristo en la tierra: «En esta vocación vivimos de modo muy conforme a nuestro Señor Jesucristo que, al parecer, cuando vino a este mundo, escogió como principal tarea la de asistir y cuidar a los pobres. Misit me evangelizare pauperibus. Y si se le pregunta a nuestro Señor: ¿Qué es lo que has venido a hacer a la tierra? A asistir a los pobres- ¿A algo más? A asistir a los pobres, etc«.19.
La vocación del misionero es la forma de vida que más y mejor se acerca a la vida de Jesucristo en la tierra: «Sí, nuestro Señor pide de nosotros que evangelicemos a los pobres: es lo que él hizo y lo que quiere seguir haciendo por medio de nosotros«20.
3.- Jesucristo Servidor
Jesucristo, el Misionero del Padre, el Evangelizador de los pobres, es el servidor de los pobres. Jesucristo no se contentó con predicar a los pobres; les sirvió. Este es un convencimiento firme en la experiencia espiritual de San Vicente, a partir sobre todo de los acontecimientos de Chatillon en 1617.
San Vicente reflexionando sobre las actitudes de Cristo, descubre en su amor la explicación de su entrega y servicio. Contempla a Cristo como un abismo de dulzura que le lleva comportarse como servidor: «He aquí una descripción del espíritu de Nuestro Señor, del que hemos de revestirnos, que consiste en una palabra, en tener siempre una gran estima y un gran amor a Dios«21.
«Miremos al Hijo de Dios: ¡qué corazón tan caritativo!, ¡qué llama de amor!… ¡Oh Salvador!, ¡Fuente de amor humillado hasta nosotros y hasta un suplicio infame! ¿Quién ha amado en esto al prójimo más que tú?… Hermanos míos, si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaríamos morir a todos esos que podríamos asistir? No, la caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación y al consuelo de los demás«22.
San Vicente no duda en llamar a los pobres con términos como: maestros, amos, señores, para indicar la actitud de servicio propia de quienes en la tierra tienen como misión continuar la misión de Jesucristo: «existe cierta compañía, cuyo nombre no me viene a la memoria, que llama a los pobres «nuestros señores y nuestros amos»; y tienen razón, pues ellos son los grandes señores del cielo, a ellos les toca abrir sus puertas como se nos dice en el evangelio. Así pues esto es lo que los obliga a servirles con respeto, como a vuestros amos, y con devoción, porque representan para vosotras a la persona de Nuestro Señor, que ha dicho: Lo que hagáis al más pequeño de los míos, lo consideraré como hecho a mí mismo«23.
4.- Las Virtudes vicentinas, necesarias para evangelizar y servir a los pobres
Para Vicente de Paúl sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo eran las virtudes o máximas evangélicas características de un misionero (a) y servidor (a) de los pobres. Las veía como «las cinco piedras con las que venceremos al infernal Goliat». Debemos hacer el esfuerzo de desentrañar su significado y descubrir las maneras en que hoy podemos vivirlas
4.1.- Sencillez (Mt 10,16, Mt 11,25)
San Vicente asegura que «el espíritu de Jesucristo es un espíritu de sencillez»24.
La sencillez consiste en decir la verdad, en decir las cosas tal como son, sin ocultar ni disimular nada. La sencillez consiste también en referir todas las cosas sólo a Dios. San Vicente está tan convencido de la importancia que tiene la sencillez para la misión, que no duda en llamarla «mi evangelio» y asegura que «es la virtud que más amo». La sencillez exige vivir sin superfluidades, sin cargarse de cosas vanas e inútiles; además está persuadido de que Dios se comunica a los sencillos, que donde hay sencillez allí está Dios.
«La sencillez consiste en hacer todas las cosas por amor de Dios, sin tener otra finalidad en todas las acciones más que su gloria. En eso es precisamente lo que consiste propiamente la sencillez. Todos los actos de esta virtud consisten en decir las cosas sencillamente, sin doblez ni artificio; ir derecho a nuestro propósito, sin rodeos ni andar con recovecos. La sencillez consiste, por tanto, en hacerlo todo por amor de Dios, rechazando toda mescla«25.
Para un vicentino (a) resulta imprescindible la sencillez, es por la sencillez como uno se hace agradable a Dios y cercano a los pobres.
4.2.- Humildad (Mt 11,28 -30; Lc 1,52; Filp 2,8)
La humildad es fundamental en la espiritualidad del evangelio. El reino de Dios pertenece a los pobres de espíritu. Dios resiste a los soberbios y eleva a los humildes. San Vicente sabía esto muy bien. De hecho estaba convencido de que la humildad es «el fundamento de la perfección evangélica y el núcleo de toda la vida espiritual«. Jesucristo nos ha dado ejemplo de humildad de palabra y de obra
«¿De dónde viene que tan pocos la abracen y muchos menos la posean? De que es muy hermosa en teoría, pero en la práctica es desagradable a la naturaleza. Practicarla significa que escogeremos siempre el lugar más bajo, ponernos detrás de los demás, incluso de los más pequeños, sufrir las calumnias, buscar el desprecio, amar la humillación, que son cosas por las que naturalmente sentimos cierta aversión. Sin embargo es menester que pasemos por encima de esta repugnancia y que todos nos esforcemos en llegar al ejercicio actual de esta virtud; de lo contrario, no la adquiriremos jamás».
Para un vicentino (a) resulta imprescindible la humildad. Es por la humildad como Dios actuará a través de nosotros, y es la humildad la que nos hará cercanos a los pobres
4.3.- Mansedumbre (Mt 5,8)
San Vicente nos dice que él era colérico por temperamento. Pero enfrentado a la llamada evangélica a ser manso y humilde de corazón, pidió a Dios que cambiara su corazón:
«Me volví a Dios y seriamente le pedí cambiar este irritable y lúgubre carácter mío, y que me concediera un espíritu amable y benigno. Y con la gracia de nuestro Señor, poniendo un poquito de cuidado en contener los impetuosos impulsos de mi naturaleza, me he visto parcialmente curado de mi humor negro».
Dios actuó en este hombre santo. Sus contemporáneos nos dicen que Vicente era muy amable y afable. Era manso incluso cuando se veía obligado a corregir. Por su compasión y la amabilidad de sus palabras, incluso cuando corregía, ganaba con frecuencia los corazones de los obstinados.
San Vicente advertía a los miembros de la compañía que no pensaran que los mansos son débiles: «No hay personas más constantes y firmes en el bien que los que son mansos y apacibles; por el contrario, los que se dejan llevar de la cólera y de las pasiones del apetito, son ordinariamente muy inconstantes, porque no obran más que por arranques y por impulsos. Son como los torrentes, que sólo tienen fuerza e impetuosidad en las riadas, pero se secan apenas ha pasado el temporal; mientras que los ríos, que representan a las personas apacibles, caminan sin ruido, con tranquilidad, sin secarse jamás «.
La mansedumbre lleva consigo ser acogedor, amable, afable, tener un rostro sereno hacia los que se nos acercan. Implica saber sufrir las ofensas, perdonando e incluso tratando con dulzura a los que nos ofenden.
4.4.- Mortificación (Mt 16,24-26; Gal 2,20)
Jesús te llama a seguirle hasta la muerte, y a morir cada día al pecado. San Vicente conocía estos mandatos evangélicos muy bien: «Cristo dijo: «Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo y tome su cruz cada día». Y dentro del mismo espíritu, san Pablo añadió: «Si viven según la carne, morirán; pero sin con el espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, vivirán». Por ello todos nos dedicaremos asiduamente a someter la voluntad y el juicio propios, y a mortificar todos los sentidos»
La mortificación supone el sometimiento de la pasión a la razón, lleva a la indiferencia, al desapego de personas, lugares, oficios, para estar más disponibles a la voluntad de Dios
4.5.- Celo apostólico (Lc 12,49; Mc 16,15; 2Cor 5,14)
«Si el amor de Dios es fuego», nos dice san Vicente, «entonces el celo es su llama». Él amaba con un amor ardiente. Desde lo hondo de su corazón decía con calor a los miembros de su compañía: «Estemos ciertos de que no seremos verdaderos cristianos hasta que no estemos dispuestos a perderlo todo y a dar incluso nuestra vida por el amor y la gloria de Jesucristo, decididos con el santo Apóstol a escoger antes los tormentos y la muerte que vernos separados de la caridad de este divino Salvador «.
«… que vino a traer fuego a la tierra para infamarla de su amor. ¿Qué otra cosa hemos de hacer nosotros sino que arda y lo consuma todo? Es cierto que he sido enviado no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios si no lo ama mi prójimo… Si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados?… No, la caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación y al consuelo de los demás«.26.
El celo apostólico capacita para ir a cualquier lugar y para hacer todo, busca extender el Reino de Dios. Es disponibilidad para ir a cualquier parte e incluso morir por Cristo: Nos impulsa a la misión con amor ardiente.
5.- Actitudes fundamentales para evangelizar y servir al estilo de Jesús
Simplemente, voy a trazar una serie de actitudes que me parecen nucleares hoy para caminar al estilo de Jesús como vicentinos (as)
a)Pedagogía vicenciana
El 11 de noviembre de 1657, Vicente de Paúl se dirigió a Hijas de la Caridad con una conferencia que bien podríamos subtitular como manual de pedagogía vicenciana para un mejor servicio al pobre: «Por eso estáis destinadas a representar la bondad de Dios delante de esos pobres enfermos. … también vosotras tenéis que tratar a los pobres enfermos como os enseña esa misma bondad, esto es, con dulzura, con compasión, y con amor: pues ellos son vuestros amos y también los míos… Así pues, esto es lo que os obliga a servirles con respeto, como a vuestros amos, y con devoción, porque representan para vosotras a la persona de Nuestro Señor… Según eso, no sólo hay que tener mucho cuidado en alejar de sí la dureza y la impaciencia, sino además afanarse en servir con cordialidad y con gran dulzura, incluso a los más enfadosos y difíciles, sin olvidarse de decirles alguna buena palabra… No decir muchas cosas a la vez, sino ir poco a poco dándoles la instrucción que necesitan…»27
Aparentemente, esta pedagogía vicenciana puede parecer excesivamente normal y elemental. Pero ahí reside, precisamente, su grandeza, su perennidad, su urgencia y su actualidad.
b) Comunión con los pobres
Una comunión que implica y conlleva verdadero conocimiento de los problemas y necesidades de los pobres, auténtico encuentro con ellos, acogida profunda, proximidad, participaciónreal en sus avatares, sensibilidad respecto de sus derechos, docilidad servicial ante sus exigencias, escucha y diálogo para descubrir sus valores y ayudarles a tomar conciencia de su potencial, dejarse interpelar por sus llamadas, ser voz de los que no tienen voz para defender los derechos de los más desprotegidos y dar a conocer las aspiraciones legítimas de los más desfavorecidos, atención personalizada.
Lo reflejó muy acertadamente, Sor Juana Elizondo, en su intervención en el Sínodo sobre la Vida Consagrada: «Es importante acortar distancias para encontramos más cerca de los pobres y para que ellos no tengan dificultad en aproximarse a nosotros. Podemos crear distancias con nuestras actitudes, nuestras estructuras, nuestros modos de vida… »
c) Audacia y creatividad
En el contexto vicenciano, audacia y creatividad hacen referencia al ardor, a la unión del amor afectivo y el amor efectivo, fuego que inflama, ilumina y consume a quien lo posee. Es decir, se trata de consumir la vida, como un holocausto, en el servicio a los pobres. Y se traducen por un empuje que brota de la experiencia honda de Jesucristo servidor y de la pasión por los pobres, y desemboca, ineludiblemente, en la búsqueda de nuevos métodos, nuevas formas y nuevas expresiones serviciales.
Por supuesto, la audacia y la creatividad van de la mano de la disponibilidady la movilidad. Cuando las Constituciones de las Hijas de la Caridad dicen que «Fiel a tal Espíritu, la Compañía se mantiene disponible y ágil para responder con creatividad y valentía a las llamadas de la Iglesia y a las urgencias de los pobres…«28, están hablando de audacia y creatividad.
d) La evangelización integral
El destinatario de este servicio solidario es la totalidad de la persona del pobre. Con otras palabras, el destinatario no son sólo todos los pobres, sino todo el pobre. Y así, Vicente de Paúl recuerda a las Hijas de la Caridad que su servicio evangelizador a los pobres debe evitar los dualismos: «Porque vosotras no estáis solamente para atender a los cuerpos de los pobres enfermos, sino también para darles instrucción en lo que podáis«29 «Tenéis que llevar a los pobres dos clases de comida: la corporal y la espiritual…»30.
e) Formación permanente, sólida y renovada
Porque si el servicio a los pobres tiene que llevarse a cabo con calidad, es absolutamente necesaria e imprescindible unaactitud de apertura a la formación como crecimiento vocacional, como renovación espiritual, como dinamización del ser y quehacer, como adquisición de contenidos, como conocimiento actualizado del mundo de los pobres y de su entorno social, como puesta al día en métodos y formas de servicio… Ya pasaron los tiempos en que bastaba con la buena voluntad.
Las Constituciones de las H.C. enfocan la formación hacia un mejor servicio integral al pobre y como «recorrido de toda la vida prepara a las Hijas de la Caridad a dar respuestas siempre nuevas a las continuas llamadas de Dios. No es sólo una necesidad sino una cuestión de justicia hacia los pobres y hacia cada Hermana«31
f) Espiritualidad vicentina, es una espiritualidad integradora
Entre la capilla y el mundo no puede haber mucha separación. Evidentemente, son lugares diferentes y los dos necesarios, pero el uno debe llevar al otro. Ahí está la integración a la que nos invita San Vicente: el encuentro con Dios en la capilla a través de la oración personal y comunitaria, o a través de la celebración de los sacramentos, se tiene que transformar en energía para el servicio y la evangelización del pobre. Por aquí apuntaba San Vicente cuando insistía a Misioneros y a Hijas de la Caridad que la oración debe terminar con algún compromiso concreto. Él lo expresó en la archiconocida frase de «dejar a Dios por Dios«.32. La mística vicenciana no se improvisa, sino que se prepara en la oración intensa y profunda. De lo contrario no impulsa a la contemplación en la acción.
Es una espiritualidad de siervo (a): que abarca, al menos, tres dimensiones:
- Una espiritualidad de encarnación: no se puede tener un compromiso a distancia. Hay que encarnarse en el mundo de los pobres. Hay que ser y estar con los pobres. De lo contrario, el compromiso se convertirá en burocracia.
- Una espiritualidad samaritana: hay que sentir con el herido, sensibilizarse ante su situación, cargar con sus sufrimientos, tomar conciencia de las causas que producen sus heridas, alerta a la sociedad contra los mecanismos que producen heridos.
- Una espiritualidad del principio-misericordia: tomando palabra misericordia en su sentido más profundo y etimológico: tener el corazón al lado del mísero, es decir, haciendo que la misericordia sea el motor y el impulso de nuestro pensar, juzgar y actuar respecto de los pobres.
Hoy, como en tiempo de san Vicente necesitamos: audacia, creatividad e imaginación, como pedía Juan Pablo II: «Se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados, pero que hoy quizás requiere, mayor creatividad. Es la hora de una nueva imaginación de la caridad, que promueva no tanto y no solo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno«33.
Juan Pablo II habló de «nuevo ardor». San Vicente urgía enérgicamente a los misioneros: «Si el amor de Dios es un fuego, el celo es la llama; si el amor es un sol, el celo es su rayo». Se trata de un coraje, un empuje que brotan de la profunda experiencia de Jesucristo servidor, y de la pasión por los pobres que llevan necesariamente a la búsqueda arriesgada y valiente de nuevos métodos, nuevas formas y nuevas expresiones de servicio. El amor a Dios y a los pobres exige cambio de esquemas mentales a una sincera conversión: «La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera… con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera»34.
- Aparecida Nº 32
- pág. 95
- SVP, I,320
- SVP, V,511
- SVP,XI,310, repetición de oración del 11 de noviembre de 1657
- Filp 2,7
- SVP, XI,41, Conf. a los misioneros del 13 de diciembre de 1658
- SVP,IX, 168 Conf. a las H.C. del 11 de diciembre de 1644
- SVP,IX,468-469. Conf del 14 de julio de 1650
- Jn 6,34
- SVP,XI, 448-449
- SVP,IX,380
- SVP,XI, 237
- SVP,XI,778
- SVP; VII,140
- SVP, IX,368
- Lc 4, 14- 19
- SVP,IX, 446- 447
- SVP, XI,33. 34
- SVP,XI,386
- SVP, XI,412
- SVP,XI,555
- SVP, IX,916
- SVP,IV,450
- SVP,XI,586
- SVP, XI,553-554
- SVP, IX, 915-916.
- C 12 b
- SVP,IX, 63
- SVP,IX, 535
- C 52 a
- SVP,IX,725
- Nov.Mil.In, 50.
- Aparecida, 370






