«Vuestra muy humilde hija». Luisa de Marillac (II)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Jaime CORERA · Fuente: Ecos de la Compañía 1994.
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II.- Luisa bajo la dirección de san Vicente

Lo primero que se le ocurrió a santa Luisa poco después de quedarse viuda fue desprenderse de la que había sido la casa del matrimonio Le Gras y alquilar una vivienda cercana a los Buenos Hijos. Allí vivía su nuevo director espiritual. Este acababa de reunir un pequeño grupo de tres sacerdotes, grupo que ya inicialmente constituía lo que en breve tiempo se iba a llamar Congregación de la Misión. Este simple dato de cambio de domicilio revela una vez más la inseguridad interior de aquella mujer por aquellas fechas. Camus le había reprochado varias veces el que se mostrara tan dependiente de él mismo y le iba a reprochar el que fuera tan dependiente del señor Vicente. Resultó sin embargo que el cambio de domicilio para asegurarse un acceso fácil y frecuente a su director no le sirvió de nada. Su director andaba por aquellos tiempos plenamente dedicado con sus compañeros a sus misiones rurales que le tenían alejado de París por largos períodos. Luisa se queja de ello por carta, y por carta le responde san Vicente con evasivas, con consejos repetidos de que se mantenga tranquila y en paz y se deje dirigir por Dios mientras aguarda que El mismo le manifieste lo que desea que haga ella con su vida de viuda reciente. No le gustaba a Luisa este tipo de respuestas por aquellos años, pues la dejaba a solas con todas sus inseguridades y confusiones. Pero con el paso del tiempo llegó no sólo a comprender las maneras de su director sino a admirarlas altamente. Así lo manifestó repetidas veces después a sus Hijas de la Caridad, a las que solía decir que no había muchos directores como el señor Vicente quien, en lugar de hacer como tantos otros que imponen su propia dirección en lugar de la de Dios, «tenía el don de conocer el camino por el que Dios conduce a sus elegidos y de dirigirlos por él»

Luisa contribuía generosamente a las peticiones por parte de Vicente de oracio­nes y de ayuda material para los pobres; funcionaba además como una especie de agencia de colocación entre familias bien de París para muchachas que los misione­ros creían prudente liberar de situaciones comprometidas o difíciles en las aldeas en que misionaban. Luisa se interesó mucho desde un principio por la fundación misionera de su director, según aparece en dos breves escritos suyos de estas fechas (LM 674), aunque no parece que entendiera aún con claridad el verdadero fin para el que había sido fundada. Los dos textos abundan en expresiones de uso frecuente en los escritos de la Escuela Abstracta: la Congregación de la Misión «tiene por principio el conocimiento propio y el desprecio del mundo;… el conocimiento de Dios a quien se reconoce como soberanamente digno de ser honrado dignamente»; se centra en los aspectos de santificación de sus miembros sacerdotes, mientras que sólo de pasada menciona el fin para el que se ha fundado el grupo como «el de ayudar al prójimo a salvarse». Añade al final del segundo escrito dos ideas sobre la Congrega­ción de la Misión que posiblemente tuviera en cuenta también su fundador pero que no aparecen en ningún lugar de sus escritos de estos años. La primera quiere poner a la Congregación de la Misión en manos de la Virgen María «para que no haya nada en ella que proceda de invención humana», y la segunda pide que el Espíritu Santo la dirija «como obra verdaderamente suya».

Mientras tanto Luisa seguía en su casa su ritmo intenso de piedad. Seguía también con sus dudas sobre su estado futuro. Se inclinaba por alguna forma de vida religiosa, en conformidad con sus aspiraciones frustradas en su adolescencia, pero no encon­traba para ello ningún aliento por parte de su director. Este tendía más bien a darle largas y a animarle a imitar el «no-hacer» y los años de la vida oculta del Señor (1 62/ 1126). Podría pensarse, con una gran probabilidad de acertar, que Vicente esperaba que ella acabara por decidirse por alguna forma de trabajo por los pobres; pero nunca se lo dijo, ni siquiera se lo insinuó. La decisión de hacerlo así vino de ella misma, según testimonio seguro de Gobillón, quien da además la razón final que terminó por animar a santa Luisa: el ejemplo de la dedicación de Vicente y sus compañeros «a toda obra de caridad». Eso le llevó a decidirse por «colaborar en la empresa de este santo clérigo con todas sus fuerzas».

San Vicente recibió la noticia con gran alborozo. Su pluma refleja en esta ocasión un tono mucho más afectuoso y emotivo que el mucho más sobrio de sus cartas anteriores: «No sabría decirle cuán ardientemente mi corazón desea ver el suyo para saber cómo ha pasado eso». Pero quiere mortificar su deseo «por el amor de Dios, del cual solamente debe ocuparse el de usted» (I, 51/1, 117).

Unos meses después, su resolución de dedicarse a trabajar por los pobres tomó una forma muy concreta, con toda probabilidad también por sugerencia de san Vicente. Luisa se dedicaría a visitar y tratar de revitalizar las cofradías de caridad fundadas por los misioneros al final de sus misiones rurales. Esto empezó a hacer con dedicación plena en mayo de 1629.

Le bastaron ocho meses de entrenamiento en este nuevo y duro género de vida, lleno de dificultades personales y exteriores, para encontrar en medio de ese trabajo la culminación de su vida espiritual-mística: el desposorio espiritual. En el viaje hacia Asniéres sentía «un gran consuelo de que Dios quisiera que, aunque soy indigna, ayudase a mi prójimo a conocerle». El desposorio mismo, descrito con maravillosa lucidez y sobriedad por ella misma (LM 682), tuvo lugar el 5 de febrero de 1630 en la localidad de Saint Cloud. En esa fecha se dio, y en ese escrito aparece expresamente descrito, un elemento imprescindible y totalmente fundamental de la espiritualidad vicenciana. Tuvo que darse también sin ningún género de duda, no sabemos cuándo ni en qué forma, en la experiencia misma de san Vicente, aunque él nunca habló ni escribió sobre ello. Si santa Luisa misma no hubiera sido dada a expresar en escritos personales los fenómenos de su vida interior, cosa que a san Vicente mismo por su parte nunca se le ocurrió ni le gustó hacer, o bien si sus escritos se hubieran perdido, nunca se habrían conocido con detalle las vertiginosas profundidades místicas de las que Luisa tuvo experiencia. Sus cartas y sus dichos nos hubieran dado ciertos indicios y sospechas sobre la profundidad de su vida espiritual, pero nada más. De san Vicente no tenemos más que cartas y dichos, pero también estos nos proveen de suficientes indicios para que la podamos sospechar con todo fundamento. Por de pronto consta que san Vicente esperaba que las hijas de la caridad fueran capaces de oración contemplativa en sentido estricto (IX, 420-42 1/IX, 385); no muestra ningún reparo en proponerles como modelo en este aspecto a la mismísima santa Teresa de Jesús; les dice: en la oración «desde los apóstoles nadie ha llegado tan alto como santa Teresa», y añade: «¿Acaso sabéis, hijas mías, si Dios quiere hacer de cada una de vosotras una nueva santa Teresa? » (IX, 424/IX, 388). No hace falta añadir, pero lo añadimos, que sólo podía esperar una tal cosa de sus hijas como cosa normal quien como cosa normal lo experimentaba en su propia vida. Nos referimos a la vida mística «ordinaria»; consta con certeza que fue beneficiario de algún fenómeno místico extraordinario. Recuérdese la visión de los tres globos.

La experiencia del desposorio espiritual se dio, decíamos, en medio de su nuevo trabajo por los pobres. No disminuyó éste en manera alguna ni puso en peligro la profundidad de su experiencia espiritual. Más bien la ahondó y la llevó a su culmina­ción y además la fue modulando en términos cada vez menos abstractos y más centrados en la figura de Jesucristo. Su escrito sobre los ejercicios espirituales de 1632 (LM 689-692), hechos plenamente bajo la orientación de san Vicente, conserva aún muchas expresiones que recuerdan su formación espiritual anterior, pero el tono predominante es ya plenamente trinitario -y no, como le gustaba a ella misma y a la Escuela Abstracta, centrado en la unidad indiferenciada de Dios- y cristocéntrico: «Debo consagrar el resto de mis días a honrar la santa vida oculta de Jesús en la tierra» (LM, 695), cosa que hizo efectivamente hasta el fin de sus días sin desviaciones ni titubeos. El primer fruto de esta imitación de Cristo fue la creación, unos meses más tarde, de las Hijas de la Caridad. El primer proyecto de reglamento, escrito por Luisa de Marillac para ellas, relaciona y funde seguimiento de Cristo -servicio a los pobre- «perfección propia» con toda claridad (LM, 714-715). La paciente transformación de la sensibilidad espiritual de tendencia predominantemente abstracta, transformación que según acabamos de indicar está ya conseguida básicamente antes de la fundación de las Hijas de la Caridad, hizo de Luisa hasta el fin de sus días un espíritu gemelo del de san Vicente. El acuerdo de sensibilidades espirituales va a ser ya pleno en adelante.

También lo va a ser en el plano de la relación afectiva. El verdadero cariño que Vicente llegó a sentir por santa Luisa aparece sin inhibiciones en las conferencias sobre ella que tuvo Vicente con las Hermanas después de muerta la fundadora. En cuanto a Luisa, ésta lo dejó expresado escuetamente en carta al padre Portail. El señor Vicente, dice, es «la persona que nos es más querida en este mundo» (LM, 165). San Vicente lo sabía; lo sabía casi desde el comienzo mismo de su relación: «¿Qué le diré de aquel (de él mismo) a quien su corazón quiere tanto en el Señor?» (1, 63/1 126), le escribe en los primeros años, antes de que Luisa comenzara a dedicarse a visitar las cofradías rurales. Aunque buena parte de las expresiones afectivas que aparecen con cierta abundancia, sobre todo en los primeros años en las cartas de san Vicent -no así en las de santa Luisa, que siempre se muestra mucho más sobria- son sin duda convencionales, como las que admitiría en aquel tiempo, y hoy también, la buena educación e incluso el buen sentido cristiano entre un hombre y una mujer, hubo algunos momentos en que la pluma de Vicente no pudo dejar de expresar el cariño particular que sentía por esta mujer. Así le sucedió cuando al ver en la capilla de los Buenos Hijos un frontal de altar que Luisa había enviado, Vicente se lo agradeció escribiéndole que «pensé que me arrebataba el corazón de contento, pues creía ver el de usted allí…, y este contento duró ayer y aún dura con una ternura inexplicable» (I, 153/1, 207). Aún fue más explícito en otra carta del mismo tiempo en la que, sin venir aparentemente a cuento por el contenido de la carta, se despide de Luisa diciéndole que «mi corazón no es mío, sino de usted en el de Nuestro Señor, que yo deseo sea el objeto único de nuestro amor» (1, 170/1, 125). Hay que tomar al santo en serio, y más a este santo que no tenía tendencia a expresarse en broma. Hay que tomarlo en serio en las dos cosas que dice: en el amor que expresa por santa Luisa y en el deseo claramente expresado de que el Señor sea el objeto único y definitivo del amor de ambos. Esto segundo era más importante que lo primero y debía regular lo primero. Ni se puede tomar lo segundo como mera fórmula piadosa que tal vez encubriera otros sentimientos no del todo confesables. El señor Vicente sentía de verdad lo que decía acerca del Señor como objeto único de amor, y se lo expresó a santa Luisa en otras ocasiones en palabras parecidas (1 39/1 108; 1 214/1 263).

Pero Vicente y Luisa eran, después de todo, un hombre y una mujer no sólo «normales» sino (aunque muy diferentes en su manera de manifestarlo, Luisa más sobria, Vicente más emocional) fuertemente emotivos. Pues ninguno de los dos estaba confirmado en gracia, ni tampoco se hacían la ilusión de que lo estuvieran (como sí lo llegaron a pensar diversos géneros de iluminados y alumbrados en ese tiempo y en el siglo anterior), no había que excluir el riesgo de que su relación afectiva tomara formas y se desviara por caminos que no tenían nada que ver con la vida espiritual. El tema es delicado, pero hay que afrontarlo.

Hubo un momento, alrededor de seis años después de iniciada su relación de director y dirigida, dos antes de la fundación de las Hijas de la Caridad, en que parece que Luisa temió, o tuvo tal vez el escrúpulo, de que la relación espiritual se pudiera deslizar por caminos afectivos extraños del todo, e incluso destructivos de tal relación. La interpretación del texto no es segura, pero eso parece desprenderse de la respuesta dada por san Vicente a una carta escrita por ella, carta que no ha llegado hasta nosotros. Traducimos literalmente: «Borre de su espíritu la razón que usted me ha alegado por la cual va a hacer ese viaje. No podría imaginarse cómo eso ha contristado mi corazón. oh, no, no estoy yo hecho de esa manera, gracias a Dios, pero Dios sabe lo que me ha dado por usted, y usted lo verá en el cielo» (I 1 18-119/ 1 180). Y añadió en otra carta del mismo tiempo: «esté usted segura del corazón de quien es, en el de Nuestro Señor y en su amor, su muy humilde servidor; y permita añada a ello la recomendación de la santa indiferencia, aunque la naturaleza gruña en contra; y que le diga que todo se puede temer mientras no se haya llegado allá, pues nuestras inclinaciones son tan malignas que ellas se buscan a sí mismas en todo. Sea Nuestro Señor en nuestro corazón y nuestro corazón en el de El, a fin de que sean tres en uno y uno en tres, y que no queramos más que lo que El quiere» (1 214/1 263). Lo cual, lo que dice la última frase sobre el querer de Dios, tampoco va escrito en broma o en metáfora poética sino que fue realidad viviente en sus vidas hasta la muerte de ambos, y aún más allá: dos corazones gemelos sin otro móvil de su amor que el hacer con toda pureza la voluntad de Dios.

El aparente abandono en que Vicente dejó a santa Luisa en las últimas semanas de la vida de ésta llamó la atención de las hijas de la caridad que conocieron a los dos fundadores, pues sabían muy bien de la hondura del afecto entre ambos. La enfermedad del señor Vicente, que hacía tiempo le retenía en su propia habitación sin salir de ella ni para decir misa, le impidió asistir en la hora de la muerte a su dirigida de tantos años, si es que pensó en hacerlo, pues ni siquiera se avino a enviarle unas últimas palabras escritas, aunque se lo pidieron, sino que se contentó con enviarle por intermediarios un mensaje breve y verbal para decirle que le seguiría pronto al cielo. Todos los biógrafos ven en ello con razón el último acto de renuncia y desprendimiento en una relación que nunca había dejado de ser limpia y a la vez profunda durante más de treinta años.

Por lo demás, en el conjunto de la relación entre ambos Vicente aparece como quien domina y dispone sobre una dirigida que se deja llevar sin dificultades por aquel a quien considera su padre espiritual, que lo fue efectivamente en el aspecto que resultó ser su vocación definitiva. Luisa piensa, y lo expresa multitud de veces, que necesita en mil aspectos de su vida interior y exterior la orientación de su director. Para Luisa no hay duda ninguna de que la voluntad de Dios se expresa a través de la de Vicente, lo cual le coloca a ella en una actitud de subordinación querida y plenamente voluntaria. Vicente mismo era consciente de ello, y además se lo dijo en palabras un poco rudas e imperiosas en los primeros años: ‹<Estoy seguro de que usted quiere y no quiere más que lo que Dios quiere y no quiere, y de que usted tiene la actitud de querer y no querer más que lo que me parezca que Dios quiere y no quiere… Fíese de mí. ya pienso yo por los dos» (I 62/1126). Así en el comienzo mismo.

Pero las cosas cambiaron profundamente con el paso de los años. El tono de dependencia y subordinación querida lo mantuvo Luisa hasta el final. Pero Vicente fue descubriendo progresivamente y con admiración la hondura de la madurez espiritual de aquella mujer, y luego su gran capacidad para la entrega personal por los pobres y sus dotes prácticas de organizadora y animadora primero de las cofradías parroquiales y luego de las hijas de la caridad: ‹‹No os habéis hecho a vosotras mismas les dice a ellas como homenaje póstumo a la fundadora—, ha sido ella quien os ha hecho y os ha engendrado en Nuestro Señor» (X 726/IX 1232). San Vicente expresó repetidas veces, de palabra y por escrito, a veces delante de ella misma, su admiración por aquella mujer que Dios había puesto bajo su dirección. Y después, al morir ella, su corazón y sus labios se desbordaron en unos tonos tan elogiosos como no había usado jamás acerca de ninguna de las muchas personas excepcionales que había conocido a lo largo de su vida: «¡Qué hermoso cuadro, Dios mío! ¡qué humildad, qué fe, qué prudencia, qué buen juicio, siempre con la preocupación de conformar sus acciones con las de Nuestro Señor!» (X 729-730/IX 1235).

 

III – Si santa Luisa contribuyó en algo a enriquecer
el «espíritu vicenciano»

 

Parece que están pasando ya, afortunadamente, los tiempos, largos tiempos, en que la figura de santa Luisa era vista como mera creación de la sabia orientación de su director; su mejor creación tal vez, pero plenamente subordinada a él. Muchas razones han contribuido a que se vieran las cosas así. Mencionaremos, como posiblemente la más importante, el poco conocimiento que se tenía de los escritos personales y las cartas de santa Luisa hasta fecha relativamente reciente. La simple lectura de lo que dejó escrito santa Luisa debería ser suficiente para convencer a cualquier lector de la solidez de su personalidad y de su originalidad.

Por el otro extremo se hace un flaco servicio a la originalidad de esta mujer si se afirma que hubo en ella acentos espirituales, y por cierto los más profundos, que en cierta medida quedan al margen, o a lo más conviven de alguna manera con acentos aprendidos de san Vicente. Si eso fuera así resultaría que esta admirable mujer vivió, en particular en los últimos años de su vida, dos estilos espirituales yuxtapuestos y no plenamente integrados entre sí.

Volvemos a formular la tesis de este trabajo (más bien la hipótesis: hay mucho que investigar aún en este tema): santa Luisa recibió a lo largo de su vida dos estilos al menos de espiritualidad no sólo diferentes sino en ciertos aspectos hasta contra­puestos. Bajo la orientación de san Vicente acabó predominando en su espiritualidad el estilo espiritual de éste. No le obligó ello a renunciar del todo a su formación espiritual anterior. Santa Luisa tuvo el don y la sabiduría de integrar en su nueva visión espiritual los temas más sólidos de su formación espiritual primera. Al hacerlo contribuyó con acentos propios a enriquecer la visión misma de su director.

Exponemos ahora este último punto. Una observación previa: de ninguna manera queremos ni insinuar que los aspectos que aquí se atribuyen a santa Luisa no existieran en absoluto en la espiritualidad personal de san Vicente. Nos parece que no podrían dejar de estar presentes de alguna manera en su visión espiritual. Tal vez incluso fueran elementos fuertes y constitutivos de su propia vida espiritual; lo serían incluso con toda probabilidad, pero aparecen muy escasamente en sus cartas y conferencias. Por eso mismo apenas si se han tenido en cuenta en las exposiciones sistemáticas, antiguas o recientes, del espíritu vicenciano. Esto es explicable, pues toda exposición sistemática no puede basarse más que en los escritos conocidos de san Vicente, y en estos apenas si se hallan esos elementos.

Es explicable, pero no es aceptable. En santa Luisa, mujer que asimiló con toda profundidad y fidelidad la orientación espiritual de su maestro, y que está en el origen mismo de la creación del espíritu vicenciano, sí se encuentran expresados claramente elementos que no pueden faltar en ninguna auténtica espiritualidad. No solamente expresados, sino plenamente integrados en la que Luisa recibió de su director. Mencionaremos algunos que nos parecen más importantes, sin dedicarnos en este momento a mostrar los detalles de su integración». Los principales son tres: el Espíritu Santo, la Virgen María y el bautismo, temas en los que la documentación que nos ha llegado de san Vicente mismo es muy pobre, mientras que no lo es, todo lo contrario, la que nos ha llegado de santa Luisa. No sólo es abundante sino que nos parece además plenamente integrada en la perspectiva vicenciana. Por decirlo brevemente, sin meternos en pruebas que exigirían un tratamiento más detallado: Luisa muestra de manera convincente la profunda relación de estos tres temas con la perspectiva propia vicenciana de las Hijas de la Caridad, mientras que Vicente no presenta sobre ellos apenas más que algunas observaciones pasajeras.

Por referirnos, por ejemplo, al tema de la Virgen María: no se ha escapado a los buenos conocedores de la espiritualidad francesa del siglo XVII el hecho de que en cuestión de mariología san Vicente es, según expresión del padre Dodin, «el pariente pobre» entre los espirituales de su tiempo. No se puede decir lo mismo de santa Luisa. Sin que queramos decir con eso que Luisa de Marillac posea una mariología sistemática o excepcional en su formulación (cosa que, por ejemplo, Berulle sí tiene), su visión de la Virgen María es mucho más rica que la de san Vicente y, lo que es más importante, es una visión plenamente integrada en la perspectiva vicenciana. De la Virgen María, según santa Luisa, deben las hijas de la caridad aprender a relacionar su vida espiritual con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y con su profesión de servidoras de los pobres. No hace falta añadir que integrar una tal visión de la Virgen María en el talante vicenciano de los misioneros es la cosa más sencilla del mundo, pero estos no lo encontrarán hecho en los escritos de su fundador.

Una exposición sistemática completa de lo que se llama «espíritu vicenciano» no puede dejar de lado esos temas, y posiblemente otros, con la excusa de que ocupan un espacio mínimo en la enseñanza del fundador mismo. Luisa supo suplir con abundancia y precisión algunos aspectos que no aparecen con tanta abundancia ni con tanta precisión en la enseñanza de san Vicente que ha llegado hasta nosotros en forma escrita.

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