Vida del Señor Vicente de Paúl: Interludio

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Jaime Corera, C.M. · Year of first publication: 1988.
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Interludio

sanvibibliaMientras hace su día de retiro el señor Vicente vamos también nosotros a hacer un alto de descanso en la narración de su vida. La na­rración continúa en 1634. El lector apresurado puede -saltarse limpiamente este in­terludio y continuar a partir de ese punto. No sufrirá mucho con ello la imagen de su pro­tagonista que se desprende de la lectura de este libro, aunque esperamos que lo que aquí se va a decir contribuirá algo a conocer mejor su figura.

Cuestiones discutidas

La vida de Vicente de Paúl no presenta dificultades mayores al biógrafo o al historiador desde el punto de vista de la documentación, pues ésta es abundante, suficiente para diseñar una figura bastante cercana al personaje real. Lo es la documentación sobre él v también la dejada por él mismo, varios miles de cartas y algo más de un par de cientos de charlas a sus misioneros y a las hijas de la caridad, amén de unas pocas a otras clases de gentes. A todo esto hay que añadir como fuente imprescindible de información básica la biografía que Louis Abelly (ver al final Nota bibliográfica), que conoció personalmente al señor Vicente durante veintidós años, publicó sólo cuatro años después de fallecido nuestro hombre. Hay lagunas en la documentación, algunas importantes, pero en conjunto la figura de Vicente de Paúl es tan accesible como lo puede desear el estudioso más exigente para alguien que nació hace más de cuatrocientos años.

Hay sin embargo en su vida una serie de puntos oscuros y discutidos, algunos de ellos discutidos con mucha pasión, de los que vamos a tratar en este momento. No lo hicimos en su lugar por no detener con exceso la marcha de la narración. Hicimos mención de varios de ellos, dando a la vez nuestra opinión y por eso no los vamos a ver aquí de nuevo. Los mencionamos simplemente: su posible origen español; las anécdotas de su precoz caridad y piedad infantil; sus estudios en Zaragoza; el fervor de su primera misa; la esclavitud en África, el punto más acaloradamente discutido de todos; la embajada ante Enrique IV a su vuelta de Roma; el título de licenciado en derecho. Una fuente tardía nos asegura que llegó a poseer el título de doctor en teología. El dato es falso.

Quedan tres puntos, dos de ellos de escasa importancia para conocer la personalidad del señor Vicente, aunque tienen su interés anecdótico: el tercero, decisivo para tratar de comprender la naturaleza de su evolución espiritual y humana.

El primero se refiere a la fecha de su nacimiento, que Abelly coloca en 1576, con lo que Vicente habría muerto a la edad de 84 años. Puede darse como seguro que no nació en tal fecha, sino al menos cuatro años más tarde. El motivo para la fecha que da Abelly está sin duda en la intención de hacer ver que Vicente de Paúl tenía veinticuatro años cuando se ordenó en 1600. Hubiera sido altamente escandaloso admitir en público que este reformador del clero había empezado su vida sacerdotal ordenándose ilegalmente cuatro años antes de lo permitido por el concilio de Trento. No se sabe si fue Abelly mismo el responsable del adelanta­miento de fechas; todos los indicios parecen apuntar a algún miembro importante de la Congregación de la Misión. Entre los miembros de la comunidad fundada por el señor Vicente se sabía muy bien el año exacto de su nacimiento, pues las varias menciones de su edad que él mismo hizo en público apuntan todas claramente al año de 1580. Es eso lo que nos ha llevado a escoger ese año como el de su nacimiento, haciendo caso omiso de la sugerencia de Coste (véase Nota biblio­gráfica) de que Vicente cuando hablaba de su edad añadía invariablemente un año a lo que hoy sería la cuenta normal porque sumaba el año comenzado, aún sin haberlo cumplido entero, a los años ya cumplidos, por lo cual habría que quitar un año a los que él dice, de lo que resultaría que nació en 1581. No nos parece que haya base para esta afirmación, y además nos parece incompatible con algunas menciones de su edad que hizo el mismo Vicente. Escribe por ejemplo el 12 de octubre de 1639: «En el próximo abril entraré en los sesenta». Efectivamente: suponiendo que había nacido en abril de 1580 tenía al escribir eso 59 años y seis meses.

Quien desee conocer un tratamiento convincente de este punto puede ver el artículo de Fermin Campo, C.M. «1580-1980: cuarto centenario del nacimiento de san Vicente de Paúl», en Anales de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, Madrid. 1977, pp. 551-555. Lo podrá encontrar en casi todas las casas de la Congregación de la Misión o de las Hijas de la Caridad de España y en algunas de Hispanoamérica.

En cuanto al día de abril en que nació nos inclinamos por el 4 o por el 5, sobre la información dada por Abelly de que Vicente nació un martes de Pascua, in­formación que en este detalle parece ser segura. El año de 1580 el martes de Pascua cayó en el día 5 de abril, san Vicente Ferrer en el calendario, día en el que, si nació, también fue probablemente bautizado siguiendo una costumbre inmemorial en Europa que ha durado hasta este mismo siglo XX. No se puede excluir que naciera en las últimas horas del día anterior, el 4 de abril, que fuera bautizado el 5 y se le pusiera el nombre del santo que se celebraba el día del bautismo. De ahí nuestra indecisión.

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El segundo punto anecdótico se refiere a una leyenda muy popularizada cuyo origen está también en Abelly. Nos cuenta Abelly que en una ocasión, cuya fecha no se dice pero que pertenecería a sus primeros tiempos de capellán de galeras, conmovido Vicente por el caso de un galeote que dejaba a su familia desamparada, mandó al carcelero que lo soltara v pusiera en libertad, quedándose él mismo en su lugar. Esto sucedía en Marsella. No afirma esto Abelly a humo de pajas, sino que se basa en el testimonio de personas serias. La evidente leyenda ha contribuido poderosamente a popularizar los aspectos heroicos de la figura de san Vicente y ha sido aceptada universalmente hasta que Coste la rechazó con razón como le­gendaria, aunque admite que pudo haber algún hecho generoso por parte de Vicente en relación a algún galeote, hecho que luego recibiría la forma en la que nos lo entrega Abelly.

Jean Anouilh, el guionista de la película «Monsieur Vincent», no ha querido renunciar del todo a la leyenda popular, pensando que aun no siendo verdadera revela muy agudamente un aspecto innegable de la grandeza de corazón y de compasión de nuestro hombre. Al darle la forma en que aparece en la película ha dado tal vez con el hecho tal como pudo haber sucedido en la realidad. Compa­decido por el agotamiento físico de un galeote, en peligro de ser aplastado por el remo al que está encadenado, Vicente deja el puente de mando en el que se encuentra rodeado de oficiales de marina bien vestidos y perfumados y baja a sentarse en el banco de los galeotes para coger el remo. Esto pudo haber efecti­vamente sucedido, pero está muy lejos de lo que nos cuenta Abelly.

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El tercer hecho es mucho más importante para conocer a nuestro santo. También lo cuenta Abelly, y también ha sido aceptado universalmente, incluso por Coste. Contábamos cómo el señor Vicente nos decía de un doctor teólogo amigo suyo que había caído en una terrible tentación contra la fe por haberse dedicado, después de unos años de vida bien ocupada de trabajos, a la dulce ociosidad como figura de adorno en el palacio de la reina Margarita de Valois. Compadecido de él, nos dice Abelly, se ofreció Vicente a Dios para que librara al doctor de la tentación, estando éste en peligro de muerte, y recayera, si a Dios le parecía bien, sobre él mismo. Dicho y hecho: murió el doctor en paz, y Vicente se vio de repente sumergido en una tentación parecida. La tentación fue terrible realmente. No podía ni recitar el credo cuando trataba de ahuyentarla. Para, a pesar de todo, afirmar su fe, se le ocurrió escribir la fórmula del credo en un papel que colocó sobre su pecho debajo de la sotana. Hizo un pacto con Dios de que era su voluntad expresarle su fe a pesar de las terribles dudas siempre que colocara su mano derecha sobre el pecho. Esto duró, dice Abelly, tres o cuatro años. Dios le libró finalmente de la tentación cuando Vicente hizo un voto o promesa firme de dedicar su vida a trabajar por los pobres. Esto último sería alrededor de 1614.

Es indudable que Abelly creyó firmemente en la veracidad de esta historia, que le llegó, dice él mismo, a través de varios testigos fidedignos a quienes la había contado el mismo Vicente a lo largo de su vida en años posteriores. Con ella creyó encontrar la clave de por qué y cómo su héroe, que en sus años juveniles sacer­dotales no había mostrado interés especial por los necesitados, había terminado por ser un admirable modelo en la dedicación a ellos en su vida adulta.

Confesaremos francamente que no creemos en esa historia. Por eso no le dimos cabida en su momento en la narración de la vida de san Vicente. Pero no podemos dejar de mencionarla porque todos los biógrafos, siguiendo fielmente a Abelly, la aceptan tal como Abelly la cuenta. Con ello se explicaría suficientemente la clara ruptura o «conversión» que se percibe en la vida de nuestro santo entre los 30 y 40 años. Pero hay contradicciones cronológicas obvias en el relato de Abelly que no parecen hacerlo admisible. También, y esto tal vez sea más importante, con­tradicciones sicológicas, pues nos quiere hacer admitir que Vicente de Paúl contó a lo largo de los años el hecho más dramático de su vida interior a varias personas, cuando el mismo Abelly, que conoció muy bien a san Vicente, nos dice, como vimos arriba, que éste no era nada amigo de hablar de los secretos de su alma, hasta el punto de que tiene que admitir que «la parte principal (de san Vicente), la interior y espiritual, nos es desconocida».

No vamos a entrar en más detalles para justificar nuestra postura. Se remite al curioso lector interesado en ello a otra obra del autor, «Diez estudios vicencianos», editorial CEME, Santa Marta, Salamanca, 1983, pp. 30-38.

Los tiempos del Señor Vicente

Vicente mismo pertenecía por nacimiento a una clase sin existencia social re­conocida oficialmente, la clase campesina. Richelieu, cardenal y primer mi­nistro, califica a los campesinos de «mulos», que con su trabajo penoso deben mantener y alimentar al resto de la sociedad. Así lo hacían, efectivamente. En un tiempo en que la producción industrial es aún escasa, el campo y quienes lo cultivan son la fuente más segura e importante de riqueza. Pero la propiedad de la tierra está mayoritariamente en manos de los auténticos poderes sociales: la nobleza, la iglesia, la burguesía de toga y estudios y la que busca su riqueza y su influencia social en el comercio, en particular en el comercio ultramarino. Existen además los artesanos, que viven de su trabajo manual. Estos y los burgueses, no aún los campesinos en tiempo de san Vicente, forman el llamado «tercer estado», sin decisivos derechos políticos reconocidos, pero que preci­samente en este tiempo comienzan a luchar por conseguir una influencia social creciente. Siglo y medio más tarde, con la revolución francesa, llegaría la burguesía no sólo a conseguir el poder político y económico supremo, hasta hoy mismo, sino que de paso suprimiría sumariamente a la institución monár­quica y a los otros dos «estados», la aristocracia y la iglesia, en cuanto fuerzas político-sociales.

La aristocracia cumple la función básica de defender al país con armas y con hombres; las gentes de iglesia deben rezar y velar por el bien espiritual del reino. Ambas funciones llevan consigo fuertes privilegios económicos y polí­ticos. Por ejemplo, tanto la nobleza como las instituciones eclesiásticas están casi del todo exentas del pago de impuestos, que recaen por tanto fundamen­talmente sobre burgueses, artesanos y campesinos.

Los dos estados reconocen a la monarquía como poder supremo. Sólo el aspecto puramente espiritual-moral-dogmático de la iglesia escapa al control del rey; también él es hijo de la iglesia y criatura de Dios. Pero también es vicario de Dios para el gobierno temporal, y como delegado de Dios tiene poder incluso sobre múltiples aspectos temporales-institucionales de la iglesia misma: nom­bramiento de obispos y abades, bienes eclesiásticos, fundación de órdenes re­ligiosas. Incluso la aceptación de decretos y documentos en general provenientes del papa o de concilios está sometida al beneplácito real. Éstos tendrán fuerza legal en Francia si el rey lo quiere. Es un rey absoluto. Que llegara a serlo del todo se debe sobre todo a la acción de dos ministros cardenales, Richelieu y Mazarino. Acompañó a la acción de los dos ministros el pensamiento político­teológico francés, que con el paso de los años en vida de san Vicente buscó razones para justificar con mayor solidez ideológica el absolutismo práctico de la institución real. Ni el mismo Vicente, que supera en tantos aspectos los límites de la sociedad y de la iglesia de su tiempo y se escapa de ellos, se libera de esta visión de la realeza. Podía haberlo hecho, pues hacía muchos años que Belarmino, así como Suárez y otros teólogos de Salamanca habían llevado a cabo una crítica demoledora del derecho divino de los reyes.

Aunque no faltan quienes creen descubrir los principios de la muy posterior so­ciedad burguesa-capitalista ya en el siglo XVII, e incluso antes, la sociedad francesa era en ese tiempo fundamentalmente feudal. No se trataba ya ciertamente del feudalismo que pudiéramos llamar «clásico», el que imperó en estado puro desde el siglo VIII al XI. La importancia creciente de la monarquía a partir de ese último siglo produce una erosión progresiva del poder local feudal. En los tiempos de san Vicente la nobleza no se dedica ya a oponerse al poder centralizante, sino que más bien busca en la cercanía a la corte un afianzamiento para su declinante poder social y económico. Hubo, naturalmente, excepciones de nobles más o menos rebeldes al cambio de los tiempos. Muchos de ellos se aliaron con los campesinos en las muchas revueltas populares del tiempo, e incluso las atizaron para crear problemas al poder central y afirmar de rechazo su propio poder. Les iba a veces en ello su supervivencia, pues el aumento de la presión fiscal sobre los campesinos para financiar los lujos de la corte y las guerras del rey disminuía su capacidad para pagar los impuestos al señor feudal. La población campesina fue el último esta­mento en liberarse de los lazos feudales. En tiempos de san Vicente la mayor parte de la población rural, que constituía tal vez el ochenta por ciento de los alrededor de 19 millones de la población total, estaba sometida a la vez al poder central real y a diversos poderes locales feudales. El campesino tenía que soportar y mantener a ambos poderes a la vez, y sufrir muy a menudo en su propia carne y en sus bienes las rivalidades entre ambos.

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Al Vicente adulto le tocaron muy malos tiempos desde el punto de vista de la paz social y del progreso económico. Innúmeras guerras y rebeliones internas, entre las que destacaron las guerras de religión y las dos Frondas, produjeron en muchas regiones de Francia una destrucción de bienes y de personas que empeoraron las condiciones de vida, siempre precarias, de la población, sobre todo de la rural. A la muerte de Vicente en 1660 el campesino medio vivía sin duda en peores con­diciones que sus abuelos.

A esto hay que añadir las guerras internacionales, en las que Richelieu y Mazarino, y Luis XIV luego de la muerte de san Vicente, embarcaron al país para sacudirse el cerco del imperio español. Consiguieron hacerlo, y con ello Francia se constituyó en la primera potencia europea. Esto se consiguió a costa de mucha muerte, mucha destrucción y mucho impuesto que recaía sobre todo, como dijimos, sobre la población campesina.

Hubo en tiempos de san Vicente un fuerte movimiento de oposición a la política internacional de Richelieu, quien nunca tuvo escrúpulos en aliarse con los poderes protestantes si ello resultaba útil para destruir el poder español. La oposición venía sobre todo del llamado «partido devoto», en el que se encontraban hombres muy cercanos a san Vicente, como Berulle, Duval, Miguel de Marillac. San Vicente no perteneció a ese «partido», pero sin duda simpatizaba con sus ideas, aunque nunca expresó esta simpatía en público. Este partido ofrecía una alternativa política que consistía básicamente en buscar un acomodo de paz con el Imperio y dedicar los recursos a reconstruir el país, muy dañado por las guerras internas de religión de finales del siglo XVI y principios del XVII. Pero Richelieu desbancó al candidato a primer ministro del partido devoto, que era Miguel de Marillac, y con ello Luis XIII pudo embarcar definitivamente a Francia en una política de lucha por la hegemonía que creó las bases de la Francia moderna. El precio que pagó por ello la población francesa, sobre todo la rural, fue muy alto. Tal vez fuera necesario pagarlo para conseguir la prosperidad posterior.

Pero Vicente de Paúl no llegó a conocer esa prosperidad, ni siquiera sus comienzos. A él sólo le tocó ver la destrucción. Sobre sus espaldas y las de sus instituciones cayeron las víctimas de la destrucción, los residuos que fueron dejando como deshechos las guerras internas y las internacionales y el desorden social: niños abandonados, soldados mutilados, enfermos desatendidos, galeotes, artesanos en­vejecidos y empobrecidos, campesinos expulsados de sus tierras, esclavos. En ellos no estaba en manera alguna el futuro de Francia. Eran las víctimas inocentes de la lucha por el futuro de Francia.

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