Vida de san Vicente de Paúl: Presentación

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Toda biografía es una interpretación, y además una interpretación parcial. Incluso lo es toda autobiografía. El trabajo de filtración de la memoria sobre los recuerdos de la vida pasada es equivalente a la selección que hace el paso del tiempo entre los documentos que sirven de materia prima para la biografía. No puede, en consecuencia, ninguna biografía o autobiografía, sea buena o mala, dejar de ser parcial. Pero es que, además, el adulto que escribe su autobiografía «ve» sus experiencias vividas en el pasado, tales las de la niñez, con los ojos del adulto que es y no con los del niño que fue. O sea: interpreta sus experiencias anteriores. Lo mismo hace el biógrafo; y no sólo el alejado históricamente de su personaje sino incluso el que lo ha conocido vivo.

No es en esto una excepción la presente biografía de san Vicente de Paúl aparecida en 1664, sólo cuatro años después de la muerte del santo. También ella es una interpretación parcial de la figura de san Vicente vista a través de los ojos de un escritor, Luis Abelly, que conoció a san Vicente durante los treinta últimos años de la vida de éste. Varios críticos recientes, también algunos antiguos y contemporáneos del autor, han notado, a veces con un cierto tono de reproche, las evidentes parcialidades de esta obra de Luis Abelly. Es útil para el lector común que los expertos le hagan notar lo que no sabría descubrir por sí mismo. Pero no es justo reprochar al autor el que haya escrito una biografía parcial tal como la escribió, pues no podría haberla escrito más que a «su manera». Y aún menos se le debe decir nada en tono de reproche si la obra está fuertemente condicionada, como lo está la presente, por otras personas de quienes depende la selección de documentos; personas que además han escogido a éste biógrafo precisamente, porque saben de antemano qué tipo de biografía va a salir de su pluma.

En suma: esta biografía de san Vicente de Paúl, que, a pesar de las parcialidades de su interpretación, sigue siendo la biografía básica e imprescindible para conocer a san Vicente, es el fruto de un hombre que era como era, y que fue además asesorado y aún dirigido por otros que querían una biografía de Vicente de Paúl predicamental como Abelly la escribió.

Luis Abelly nació en París, veinticuatro años más tarde que su biografiado. Estudio en la misma ciudad y llegó a doctorarse en teología. Desde su misma ordenación, o tal vez antes, entró en la órbita del Sr. Vicente al poco tiempo de que éste fundara la Congregación de la Misión en 1626. San Vicente le estimaba mucho; dejó de él escrito este juicio: «es un espíritu bueno, muy sabio y muy juicioso«. De la estima que de él tenía Vicente quedan otros testimonios indirectos. En 1646 intentó cederle su cargo de director de los conventos de la Visitación de París; en 1657 le propuso como capellán del gran Hospital General, cargo que efectivamente Abelly desempeñó durante casi dos años y para el que las autoridades civiles habían pensado en san Vicente, pero que éste no aceptó. Abelly fue uno de los primeros miembros y de los más entusiastas de las Conferencias de los Martes; dio varias misiones con otros de las mismas Conferencias y también junto con misioneros de la congregación fundada por san Vicente. Por recomendación  de éste fue a Bayona como vicario general. Allí estuvo hasta 1643, año en que vuelve a París para ser párroco de Saint-Josse. En 1664, cuatro años después de fallecido san Vicente, es nombrado obispo de Rodez, cargo al que renunció a los dos años por razones de salud. Se retiró a San Lázaro, la Casa Madre de la Congregación de la Misión, y en ella residí

ha llegado hasta nosotros, hoy disponemos de una documentación más completa que la suya. Por ejemplo, Abelly no tuvo en sus manos -parece que no se las quisieron proporcionar- las Conferencias de san Vicente a las Hijas de la Caridad. Pero halago más importante: la documentación que le proporcionaron en San Lázaro fue cuidadosamente seleccionada. Abelly cita sólo 313 cartas de entre los varios miles que se conservan escritas por o dirigidas a san Vicente. Se puede asegurar sin miedo a equivocarse que no pudo (si es que él tuvo intención de ello­) ver todas. Además trabajó no sobre los originales, sino sobre copias. Así lo afirma él mismo con más que moderada vehemencia. Algún crítico había puesto en duda su honradez en transcribir las palabras de san Vicente; él se defiende diciendo: «puedo protestar y confirmar, si es necesario, con juramento… que en cuanto a las cartas del Sr. Vicente no he hecho otra cosa que poner en mi libro las copias cuyos originales están en manos de la Misión«. No hay motivo fundado para no creer a Abelly, a pesar de las reticencias de algún estudioso de prestigio de estos años. De manera que las divergencias entre los textos de las cartas que cita Abelly y la redacción original han de atribuirse no a él, sino a quienes le proporcionaron las copias.

Algo semejante habría que observar acerca de las numerosas variantes, algunas de cierta importancia, que se advierten entre las citas de las Conferencias de san Vicente en el libro de Abelly y la redacción que ha llegado hasta nosotros publicada por Coste. Se puede fácilmente suponer que también en cuanto a las Conferencias Abelly se tuvo que contentar con copias, mientras los originales se guardaban celosamente en San Lázaro. Pero es que además tampoco la redacción de las Conferencias que han llegado hasta nosotros es la original. Todas ellas, excepto una, nos han llegado a través de copias, que se suponen fieles, de la redacción original. Por otro lado la redacción «original» nunca nos da verbatim las palabras de san Vicente. Son bien conocidas las circunstancias precarias en que los amanuenses se  vieron forzados a tomar y a escribir la palabra viva de san Vicente.

En conclusión: es difícil saber a veces qué redacción es más fiel a lo que dijo san Vicente, si la de Abelly o la del texto publicado por Coste. Pero en ningún caso se podrían poner a cuenta de Abelly las variaciones textuales. Es casi seguro que, como en el caso de las cartas, él se limitó a copiar lo que le dieron. Todo lo que él escribía lo sometía a la «censura» de las autoridades de San Lázaro, quienes sin duda hubieran puesto objeciones a que el biógrafo encargado se atreviera a desfigurar las palabras del fundador: «antes de enviar nada a la imprenta he enviado siempre mis manuscritos a los señores de San Lázaro, para que pudieran verlos… ellos se han preocupado de la impresión y de corregir las pruebas«. Decir esto era tanto como declarar al lector que toda posible infidelidad a la palabra «original» del Sr. Vicente había que ponerla a cuenta de «los señores de San Lázaro».

No querríamos dar la impresión ­al hablar de «parcialidad» y de «interpretación», así como al exponer las discrepancias del texto de Abelly con los textos originales­, de que el retrato de san Vicente que nos proporciona Abelly sea un retrato desfigurado. En su conjunto la obra de Abelly nos proporciona el Vicente de Paúl más vivo y más directo, ­aunque no el más completo­, de cuantos aparecen descritos en las muchas biografías que se han escrito de san Vicente de Paúl hasta hoy mismo. No en vano Abelly tuvo la doble ventaja de conocer bien a su biografiado y de ser un escritor hagiográfico «profesional», ventajas de que no ha disfrutado ninguno de sus grandes biógrafos posteriores, Collet, Maynard o Coste, ni tampoco otros no tan grandes.

No es que sólo Abelly tuviera a su disposición documentos que biógrafos posteriores no han tenido la suerte de conocer, ni que no hayan tenido la suerte de conocer a san Vicente en vida. Ya hemos dicho que el biógrafo de hoy, en conjunto, tiene una documentación más completa que la que tuvo Abelly, documentación que incluye además no toda la que tuvo a su disposición, pero sí toda la que él cita. Hay que admitir, visto el resultado final, que Abelly no era del todo una mala elección para escribir la vida del Sr. Vicente, los «señores de San Lázaro» sabían muy bien lo que se hacían y eligieron al que les pareció, vistas todas las circunstancias, el más adecuado para ello. Había, en efecto, una cierta sintonía previa entre lo que quería San Lázaro y lo que era capaz de hacer Abelly, bien conocido y apreciado en aquella casa como persona y como escritor.

Pero la sintonía se cobró su precio; por ejemplo, y sobre todo, en relación a los años juveniles, los treinta primeros más o menos, de la vida del Sr. Vicente. Ninguno de ellos, ni biógrafo ni señores de San Lázaro, le habían conocido antes de los 45 años. La documentación de que disponían para esos años era por otro lado escasa. Y esa sí que fue sometida a una operación sistemática no sólo de interpretación, sino en un caso ­el de la fecha de nacimiento de san Vicente­ a una operación de desfiguración pura y simple. En San Lázaro se sabía muy bien la edad exacta de san Vicente a través de las varias menciones de su edad, doce al menos, que de ella hizo él mismo por escrito y de palabra. Se sabía también con seguridad que había sido ordenado sacerdote en 1600. Todos ellos, y el público en general, le habían conocido en la santidad de su edad madura; hubiera sido altamente escándalos o hacer de dominio público en una biografía «oficial» el hecho de que este gran reformador del clero había sido él mismo ordenado, contra las ordenanzas del concilio de Trento, a la edad de veinte años, habiendo nacido, como se sabía por sus propias alusiones a su edad, en 1580 ó 1581. La placa puesta en su tumba a los pocos días de fallecer declaraba en letras de molde que Vicente había fallecido «alrededor de los 84 años de edad», lo cual retrotraía la fecha de su nacimiento a 1576, que es exactamente la fecha que da Abelly.

Si el mismo Abelly era sabedor de la desfiguración y se avino además a aceptarla, no hay manera de saberlo. Pero lo que pretendía la desfiguración -evitar el escándalo público- encajaba muy bien con la visión altamente «hagiográfica» que Abelly se impuso a sí mismo, sin duda inconscientemente, por convicción personal y por su oficio de escritor de vidas edificantes. Él había conocido santo a Vicente de Paúl desde el principio de su relación, y se imaginó que Vicente lo había sido efectivamente desde que nació. Y así, bien por convicción personal, bien porque no le fueron mostrados los documentos pertinentes, en la descripción del Vicente juvenil no aparecen numerosos detalles reveladores de una vida no ya descarriada o inmoral, pero sí de una clara deficiencia en santidad, datos que el mismo Vicente, de joven o de maduro, no tuvo ningún empacho en revelar por escrito y de palabra. Tal, por ejemplo, el caso de la vergüenza que sentía siendo adolescente en Dax por la pobre apariencia personal y por la cojera de su padre, cuando iba éste a visitarle a la ciudad desde la aldea natal, dato que el mismo Vicente reveló para su vergüenza en su edad madura, pero que Abelly no menciona. También otros datos que aparecen en las llamadas «cartas de cautividad», pero que no aparecen en las citas de esas cartas que trae Abelly. Por ejemplo, el hecho de que vendiera un caballo alquilado como si fuera suyo propio, lo que no es precisamente un rasgo de santidad. Tampoco lo es perseguir a un pobre ratero y bribón por una modesta cantidad de dinero, como dice que hizo el mismo Vicente, dato que tampoco aparece en Abelly.

En suma: Abelly, experto biógrafo de vidas piadosas, no hace más que aplicar al joven Vicente el «género literario» hagiográfico que conocía tan bien, y lo superpuso a su héroe casi desde su nacimiento en contra de toda la evidencia documental proporcionada por el mismo Vicente. Hay que decir en su descargo, y para salvar su indudable honradez como biógrafo, que tal vez nunca le proporcionaron los datos que estaban en contradicción con su visión interpretativa. Nos inclinamos por esta explicación, pues Abelly nos parece sincero cuando escribe que «la verdad es el alma de la historia».

La biografía de san Vicente escrita por Abelly es, ya se ha dicho repetidas veces, una hagiografía en sentido estricto; es decir, la biografía de un santo escrita no por un historiador ni por un sociólogo-sicólogo, sino por un hagiógrafo-teólogo. Las claves de la interpretación de la figura del santo son casi siempre de tipo providencialista. Es Dios quien ha asumido la vida de este hombre y la ha modelado de la cuna a la tumba. Esta perspectiva está muy lejos de ser falsa; es la única perspectiva justa desde el punto de vista teológico: el hombre santo es una obra privilegiada de Dios. Pero hay que tener cuidado con esa perspectiva cuando se trata de describir el detalle del obrar de Dios en el santo.

En primer lugar, se corre el riesgo de que la invocación excesiva a un actuar omnipresente de la providencia deje en el lector la penosa impresión de que el actor, San Vicente en este caso, sea una especie de marioneta en manos de un poder sobre el que no tiene control. Es decir, se corre el riesgo de vaciarlo de su humanidad. La riquísima sicología de san Vicente casi no aparece en la vida escrita por Abelly más que cuando éste le deja hablar citando sus palabras. El mismo, Abelly, que tuvo la fortuna de conocer a su santo tan de cerca, podía habernos proporcionado el más acabado retrato de un ser vivo. Pero no lo hizo; se lo impidió la unilateralidad de su perspectiva teológica. Y de paso marcó el estilo de las grandes biografías posteriores. Ninguna de ellas, que por cierto han sido también hechas de encargo, nos da un retrato verdadero de lo que fue en realidad la personalidad humana de san Vicente de Paúl. Sólo algunos autores que están al margen de la tradición «oficialista», tal es el publicista A. Redier, tal la sicoanalista Siiri Iuva, han tenido la valentía y el acierto de bucear en la riquísima mina de la «verdadera vida» de san Vicente de Paúl.

En segundo lugar: la perspectiva unilateralmente teológica puede llevar al escritor a situaciones muy complicadas. ¿Cómo sabe él que en este caso, en un hecho o en un aspecto concreto, es Dios el responsable de lo que sucede, y no el hombre con sus capacidades o sus debilidades? ¿Hay que atribuir a Dios, o más bien al santo, una manera de ser peculiar del santo? ¿Es esa manera peculiar una virtud, obra de Dios, o una característica del carácter peculiar de este santo, y no de otro?

Abelly se da cuenta de que el tono general de su biografía es tan laudatorio que habrá lectores incómodos ante tan acabada perfección, y que hasta verían con gusto algún defecto, aunque fuera pequeño, en el héroe, defecto que le acercaría algo al modo común de los mortales. Efectivamente, admite Abelly, el Sr. Vicente tuvo algún defecto «porque lo afirma la Escritura y ni los Apóstoles ni los otros santos se vieron libres de ellos«. Menciona dos en concreto: la conocida lentitud de san Vicente en tomar decisiones importantes -lentitud que a veces exasperaba a algunos de sus contemporáneos, tal el prior Le Bon cuando éste le ofreció San Lázaro-, y la costumbre que tenía de «hablar demasiado mal de sí mismo y demasiado bien de los demás». Pero no se le ocurre a Abelly atribuir estos «defectos» a, por ejemplo, el carácter circunspecto y algo desconfiado ante los grandes proyectos y las grandes ilusiones tan propio del gascón Vicente, hijo además de labrador, y a un posible complejo de inferioridad no del todo bien asimilado de quien, habiendo nacido pastor de puercos, había llegado a las más altas cotas de consideración social. Le cuesta al autor sus buenas páginas y su buena cantidad de tinta el explicar estas peculiaridades de san Vicente, pero lo consigue: no se trata de dos peculiaridades de carácter, dice, y mucho menos de dos defectos; son dos virtudes en sentido estricto. Tal vez fueran virtudes, probablemente lo fueron; pero al ofrecer esta única explicación teológica nos priva de saber qué lugar ocupaban estas dos curiosas características en el conjunto de aquella rica personalidad.

Esta Vida de san Vicente, publicada originalmente en tres tomos, está en realidad compuesta de tres libros muy diferentes entre sí, aunque se refieran al mismo personaje. Sólo el primero es una biografía en sentido propio, narración de los hechos más significativos de la vida de san Vicente desde su nacimiento hasta su muerte. El libro tercero completa con multitud de datos el retrato del biografiado a través de una estructura muy curiosa, tradicional en la hagiografía hasta casi de este mismo siglo. Es un estudio sistemático de las «virtudes» de san Vicente, las teológicas en primer lugar. Casi se podría decir que es más bien un tratado sistemático de las virtudes teologales y morales ilustrado con ejemplos y palabras de san Vicente. Pero su lectura es imprescindible para tener una imagen adecuada del san Vicente que nos quiere ofrecer el autor.

El segundo libro es muy otra cosa, y apenas si añade nada a la descripción de la vida o la personalidad del santo. Casi todo él es poco más que un centón de larguísimas citas de cartas de misioneros que describen las obras en que están ocupados en diversos lugares de Francia y de otros países. No hacía falta ser un Abelly para escribir un tal libro. Bastaba ser un competente archivero. De hecho el libro da la impresión, por su estilo y por su enfoque, de que ha sido preparado para la imprenta por otras manos. La lectura de este segundo libro es de interés para saber qué clase de hombres eran y cómo trabajaban los misioneros animados por el celo y el estilo de su fundador, pero es de escaso interés para conocer la persona del fundador mismo.

El mismo Abelly lo advierte en el Prefacio de este segundo libro: «al que no desee más que ver la narración de la vida y las virtudes del Sr. Vicente le bastará la lectura del primero y del tercer libro para quedar enteramente satisfecho«. Lo dice como quien no parece tener excesivo interés en que se lea el segundo libro, y como quien espera que el lector se concentre en los otros dos. Abelly, que sin duda no era tan santo como san Vicente, y que, a diferencia de su biografiado, sí tendría algún defecto, no se vería seguramente libre del todo de lo que se llama vanidad de autor. ¿Sería del todo desacertado suponer que no es enteramente Abelly el autor del segundo libro?

Jaime Corera C.M

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