Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 9

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Devoción a la Santísima Virgen, Madre de Dios, y a otros Santos

Debemos honrar —dice el gran San Bernardo—con los afectos más íntimos de nuestro corazón a la Santísima Virgen María, porque es así la voluntad de Aquél que ha querido que por medio de esa incomparable Virgen recibiéramos toda clase de favores y de gracias. No es ninguna producción del espíritu humano, ni una producción de los sentimientos de alguna devoción particular, sino una orden emanada de la Voluntad de Dios, que rindamos un honor muy especial a quien El mismo ha querido honrar hasta el punto de escogerla para que fuera la Madre de su propio Hijo, y para recibir inmediatamente de ese divino Hijo el homenaje de una verdadera y perfecta sujeción y obediencia.

Toda la Iglesia ha reconocido siempre esa verdad, y ha dado en todos los siglos testimonios de su respeto y de su devoción a la Santísima Madre de Dios con la celebración de su Fiestas, con la veneración de sus imágenes, con las oraciones solemnes que le ha ofrecido siempre y que continúa ofreciéndole todos los días, con los himnos y cánticos que ella canta en su alabanza y con todos los demás medios que el Espíritu Santo le ha sugerido. A tal efecto, todos los más grandes Santos han participado de esos mismos pensamientos de veneración y devoción particularísima a la Reina de los Angeles y de los hombres; y, por consiguiente, existe una razón poderosa para creer que el Sr. Vicente, que tenía tan gran interés en aceptar la voluntad de Dios, y en seguir fielmente las directrices de la Iglesia y los ejemplos de los Santos, habrá cumplido dignamente todos los deberes de devoción y de piedad para con la Santísima Madre de Dios. Asimismo, nos ha dado pruebas y señales muy considerables de eso.

Porque, en primer lugar, entre los Reglamentos dejados a su Congregación ha puesto éste, como uno de los principales, y cuya observancia recomendaba con mucho interés a los suyos: «Todos trataremos —les dice— de cumplir perfectamente, con la ayuda de Dios, con el culto especial que debemos a la Santísima y Bienaventurada Virgen María: 1. ofreciendo todos los días, y con una devoción especial, algunos servicios a esta dignísima Madre de Dios, nuestra piísima Señora y Dueña; 2. imitando sus virtudes en la medida de nuestras fuerzas, y particularmente su humildad y su pureza; 3. animando con celo a los demás, siempre que se ofrezca ocasión, a que también la honren constantemente en gran manera y sirvan como merece».

Siempre recomendó y aconsejó a todos que tuvieran una devoción especial a esta Reina del cielo. Mas él convencía tanto con su ejemplo, como con sus palabras, porque ayunaba puntualmente la víspera de sus Fiestas, y se preparaba a celebrarlas con otras mortificaciones y buenas obras; y con su ejemplo introdujo esta santa práctica entre los suyos. No dejaba de actuar solemnemente en los oficios de los días de sus Fiestas; y lo hacía con tal sentimiento de devoción, que fácilmente se podía conocer cómo estaba su corazón en relación a la Santísima Virgen. Tenía también la devoción particular de celebrar la Santa Misa en sus capillas y en los altares dedicados en su honor.

Así como hacía la apertura de las Conferencias y de las reuniones, en las que estaba presente, con la invocación del Espíritu Santo, así las terminaba también siempre con alguna antífona y oración en honor de la Santísima Madre de Dios.

Llevaba siempre colgado de la cintura un rosario, tanto para rezarlo a menudo, como así lo hacía, como para hacer con esa señal externa una profesión abierta de su veneración y devoción a la Reina del Cielo, y declararse públicamente como uno de sus fidelísimos y devotísimos servidores.

Dondequiera que se encontrase, sea en su casa, o en otras de la ciudad, aunque estuviera en compañía de personas de categoría, en cuanto oía sonar el Angelus, se ponía de rodillas (fuera del tiempo pascual y de los domingos, que lo decía de pie) para ofrecerle esa oración con el respeto conveniente, y su ejemplo obligaba a los demás a hacer lo mismo.

Iba frecuentísimamente a visitar por devoción las iglesias dedicadas a Dios bajo la invocación de la Bienaventurada Virgen; y durante las guerras y revueltas del Reino llevaba a los Eclesiásticos de la Conferencia de San Lázaro a hacer diversas peregrinaciones a las mismas iglesias de ellos para pedir a Dios, por medio de esta Madre de misericordia, la paz y tranquilidad pública, y el sometimiento de los súbditos del Rey a la obediencia de Su Majestad. Invitaba a su vez a las Damas de la Compañía de la Caridad a que hicieran peregrinaciones parecidas a diferentes sitios dedicados en honor de la Santa Virgen, para implorar por su medio la ayuda de la Bondad divina en las calamidades públicas, e iba él también a aquellos sitios para ofrecer allí el Santo Sacrificio de la Misa, y darles la comunión con su mano. Una vez fue también expresamente en peregrinación a la iglesia de Chartres, con el fin de obtener, por intercesión de esta Abogada poderosa, las luces necesarias para un eclesiástico nombrado para un obispado, y así conocer la vocación de Dios sobre él para aquel sublime estado, donde creía que podría prestar muy grandes servicios a la Iglesia, por más que a aquel virtuoso eclesiástico le costara mucho resolverse, por unos sentimientos de una humildad muy excepcional.

La devoción de este Santo Varón a la Madre de Dios se ha manifestado también de modo notable por los sermones que predicó en honor de Ella en las misiones en las que trabajó, y por el acto, que introdujo entre los suyos, de hacer lo mismo, y de instruir cuidadosamente al pueblo en las obligaciones particulares que tienen los cristianos de honrar, servir e invocar a la Santísima Madre de Dios, y de acudir a Ella en sus necesidades y penurias. Finalmente, el gran número de Cofradías que él ha fundado y hecho fundar por todas partes para honrar a Nuestro Señor con la práctica de la caridad para con los pobres, y que las ha colocado bajo la protección especial de su Santísima Madre, igual que todas las demás Compañías y Reuniones de piedad fundadas por él, son unas muestras muy claras, no sólo de su devoción sino también del afecto y del celo que sentía por extenderla en todos los corazones.

Estando, pues, animado de ese espíritu y siempre dispuesto a rendir todo el honor y todo el servicio que le fuera posible a la Reina de los Angeles y de los hombres, ¿habrá que asombrarse, si todos sus trabajos y todas sus santas iniciativas han sido favorecidas con tan buenos resultados, y acompañados de tantas bendiciones, al estar, como estaba puesto de un modo tan especial bajo la poderosa protección de la Madre de Dios?

Como el Sr. Vicente sabía muy bien, y lo enseñaba a menudo en las misiones, que el honor que se rinde no sólo a la Santísima Madre de Dios, mas también a todos los Santos, vuelve al Divino Maestro, de quien son verdaderos servidores, les rendía un honor muy grande, y particularmente a los Apóstoles, como a quienes habían tenido la dicha de acercarse lo más cerca posible a la persona sagrada del Hijo de Dios, y de beber de las fuentes del Salvador el agua que salta hasta la vida eterna: los consideraba y honraba como los primeros y grandes misioneros, que habían llevado la luz del Evangelio por toda la tierra, y trabajado con amplísimas bendiciones en la instrucción y en la conversión de los pueblos. Entre los Apóstoles quería y respetaba, sobre todo, a San Pedro, como quien había querido a Jesucristo más que los demás, y había sido instituido por El, como primer Vicario suyo en la tierra, y Jefe y Soberano Pastor de su Iglesia. Tenía también una veneración y devoción muy especial a San Pablo, como quien había sido el Maestro y el Doctor de los Gentiles, y había trabajado más que todos los demás; y como llevaba su nombre, trataba también de imitar sus virtudes.

Siempre demostró una singular devoción al Angel de su Guarda, y nunca entraba en su habitación y tampoco salía de ella, sin que lo saludara y le rindiera algún honor: ha introducido esta piadosa costumbre entre los suyos, la de hacer lo mismo a sus Angeles tutelares, cuando entraran o salieran de sus habitaciones.

También era muy devoto del glorioso mártir San Vicente, su patrón; y como un día se enterara de que una persona de mérito y de piedad tenía relaciones con gente de España, le rogó que usara de su influencia para conseguir noticias de la tradición de ese Reino, relacionadas con la vida y el martirio de ese Bienaventurado Santo, más amplias que las recogidas en el Resumen de su Historia. Incluso sentía una veneración especial a San Vicente Ferrer; y se ha señalado que en varios de sus Ejercicios Espirituales hizo su lectura en el libro compuesto por ese Santo, y por medio de esa lectura había grabado tan bien en su espíritu los actos más dignos de nota y sus frases más santas, y los solía referir con frecuencia en sus charlas, y aún ponía más cuidado en ponerlos por obra, imitando especialmente el celo que este gran Santo había tenido en procurar la conversión de los pecadores y la salvación de las almas.

Honraba con grandes sentimientos de piedad las Reliquias de los Santos. Hablando un día a la Comunidad sobre el tema de una procesión que los Señores del Cabildo de Notre Dame de París han solido hacer a San Lázaro, en la que suelen llevar habitualmente las principales Reliquias que poseen en su iglesia: «Nos pondremos —les dijo— en disposición de recibir estas preciosas reliquias, como si esos mismos Santos, cuyas son esas reliquias, nos hicieran el honor de venir a visitarnos. Así honraremos a Dios en sus Santos y le suplicaremos, que nos haga participantes de las gracias que con tanta abundancia derramó sobre sus almas».

La intención principal del Sr. Vicente en la devoción que profesaba a los Angeles y a los Santos, era honrar los dones de Dios y de su Espíritu Santo, cuyos templos eran; de forma que el honor que les tributaba y las plegarias que les ofrecía, tenían a Dios como principal objeto y último fin; y todos los actos de piedad que les dedicaba no eran más que medios para rendir a la Divina Majestad una gloria más grande, y para invocarla con más eficacia gracias a las intercesiones de los Santos, siguiendo en eso las intenciones de la Iglesia, pues el gran Siervo de Dios estaba interesado en acomodarse a ellas, manteniéndose fiel y constantemente en todos los sentimientos de esta Madre común de todos los Hijos de Dios, y se sometía en todo a sus directrices, que consideraba santas, estando como estaba inspirada por el Autor de toda santidad.

El fervor de la devoción lo impulsaba a exhortar a los demás a entrar en los mismos sentimientos de los que estaba animado, y también hacía que sintiera grandemente la frialdad y la falta de devoción de la mayor parte de los cristianos de este tiempo. Se le ha visto con frecuencia hablar con lágrimas en los ojos del fervor y de la fidelidad de los turcos en practicar los actos de su falsa Religión, su sumisión, su silencio, su modestia y discreción en las mezquitas; y, sobre esto solía decir, que había motivos para temer que aquellos pobres infieles fueran algún día nuestros jueces, y que condenaran delante de Dios nuestra tibieza y nuestra falta de devoción.

No debemos omitir aquí la devoción particular que sentía en procurar el alivio y la liberación de las almas fieles que sufren en el Purgatorio. Con frecuencia exhortaba a los suyos a cumplir con esa obligación piadosa, y decía que había que considerar a esos queridos difuntos como los miembros vivos de Jesucristo, animados por Su gracia y seguros de participar un día de su gloria; y que, por esa consideración, estábamos obligados a amarlos, servirlos y ayudarlos con todas nuestras posibilidades.

A tal efecto, rezaba y ofrecía a menudo el Santísimo Sacrificio de la Misa a intención de ellos. Hacía también rezar y ofrecer el mismo Sacrificio por ellos a los demás Sacerdotes de su casa. Y el sacristán de San Lázaro ha declarado que le mandaba muy a menudo que dijeran misas por las almas del Purgatorio que llevan allí detenidas desde hace mucho, y que nadie reza en particular por ellas. Impuso también, a propósito de lo mismo, en todas las casas de la Congregación, la santa costumbre de decir tres veces al día en comunidad el De profundis, a saber, después de los dos exámenes particulares, que se rezan antes de las comidas, y en las oraciones de la noche.

Terminemos este Capítulo con el testimonio de dos eclesiásticos muy virtuosos acerca de la devoción y de la piedad que han observado en la persona del Sr. Vicente. He aquí lo que uno de ellos ha dejado escrito: «Aunque el Sr. Vicente estuviera sobrecargado de asuntos, y tuviera que tratar casi continuamente con personas tan diferentes, lo cual supone de ordinario un obstáculo para la devoción, sin embargo, podemos decir, ya que la devoción no es otra cosa que la caridad practicada con interés y presteza, que siempre tenía el corazón rebosando de devoción, pues se le veía aceptar todas las ocasiones, que se le presentaban, por muchas dificultades que tuviera, para procurar el avance de la gloria de Dios y el bien del prójimo, y entregarse con tanta caridad a socorrer a quienes veía más abandonados y en las mayores necesidades. También podemos asegurar que poseía tal espíritu de devoción, que no se podía hablar con él sin quedar conmovido, ni oírle hablar de Dios como hacía, con unas palabras siempre respetuosas y llenas de ternura, sin que uno sintiera en sí alguna chispa del ardor sagrado que las palabras de Jesucristo resucitado produjeron en el corazón de sus dos discípulos, que iban a Emaús. Eso mostraba bien a las claras que era el mismo Jesucristo el que animaba sus palabras, tanto como sus demás actividades».

El otro no dijo menos: dejó escrito el testimonio siguiente: «Por lo que toca a la devoción y a la piedad del Sr. Vicente, no hacía falta más que verlo en las funciones del Coro y del Altar, o en los otros actos de piedad, y hasta en los actos ordinarios; porque su postura, su modestia, su recogimiento eran como otros tantos esbozos, que representaban su devoción; y lo que es más maravilloso, el tono, el acento y hasta la sola inflexión de su voz conmovía los corazones, e inspiraba a los demás la devoción de la que estaba lleno. Muchos Señores Eclesiásticos de la Conferencia de San Lázaro han confesado que venían a la Conferencia principalmente para oírle hablar, y que se marchaban tristes, cuando por modestia, como sucedía a veces, no había dicho nada».

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