Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 8, Sección 1

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Luis Abelly

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Devoción particular al Santísimo Sacramento del Altar

Pero una de las más grandes y más singulares devociones del Sr. Vicente ha sido la de la Santísima Eucaristía considerada no solamente como Sacrificio, (hemos hablado de eso en este mismo capítulo), sino también como Sacramento, bajo cuyas especies el Hijo de Dios se nos hace realmente presente en nuestras iglesias y cumple de una manera tan verdadera como maravillosa la promesa que hizo de permanecer con nosotros hasta la consumación de los siglos.

Esta devoción del Sr. Vicente se manifestó al principio en el grandísimo respeto, con el que se portaba en las iglesias donde estaba reservado este adorabilísimo Sacramento y en el afecto grandísimo que sentía por esos santos lugares honrados con la presencia de Jesucristo. Veamos lo que un personaje de una virtud muy grande ha manifestado: «He notado varias veces —ha dicho— que, cuando el Sr. Vicente rezaba ante el Santo Sacramento, se podía ver fácilmente en su exterior la auténtica y sincera devoción de su interior: siempre estaba de rodillas, con un porte tan humilde, que parecía que se hubiera rebajado gustosamente hasta el centro de la tierra para manifestar mucho más su respeto a la Majestad de Aquel cuya presencia reconocía. Y ciertamente, al considerar aquella modestia respetuosa que aparecía en su rostro, podía decirse que veía con sus ojos a Jesucristo. Y la compostura de su exterior era tan devota y tan religiosa que era capaz de despertar la fe más dormida y dar a los más insensibles sentimientos de piedad para con este misterio».

Pues bien, no era solamente al ofrecer sus plegarias cuando aparecía su respeto y su devoción al Santísimo Sacramento, sino que todas las veces que se hallara en las iglesias, donde se detenía por la circunstancia que fuera, siempre se mantenía con una modestia muy grande; y, en cuanto le era posible, evitaba hablar con persona alguna en estos santos lugares. Pero si tenía necesidad de hacerlo, trataba de hacer salir fuera de la Iglesia a los que querían hablar con él. Esto lo hacía hasta con las personas más cualificadas, incluso con los Prelados, pero sin decir ni hacer nada que pudiera herir el respeto debido a ellos.

El afecto particular que sentía por los lugares honrados con la Divina Presencia era tal, que los días en los que estaba tan embarazado por los asuntos, que no podía salir de casa, aún se le veía ir a la iglesia: allí permanecía ante el Santísimo Sacramento todo el tiempo que podía tener libre, y, a veces, varias horas. Acudía sobre todo, cual otro Moisés, al Sagrado Tabernáculo con ocasión de negocios espinosos y difíciles, para allí consultar el Oráculo de la Verdad. Se le vio con frecuencia, cuando recibía cartas que preveía que contendrían la noticia de algún buen o mal resultado en cosas de importancia, ir a ponerse detrás del Altar Mayor de San Lázaro; y allí, poniendo las rodillas en tierra y con la cabeza descubierta, abrir y leer las cartas en presencia de Nuestro Señor. También solía hacer eso en otros lugares en que se hallara. Y un día, como le hubieran presentado una carta en el patio del Palacio en París, pensando que le anunciaría el resultado de un asunto muy importante para la gloria de Dios, aunque entonces estaba ya muy torpe de sus piernas, no dejó de subir la escalera para ir a la Capilla de arriba del Palacio, donde descansa el Santísimo Sacramento; y como la hallara cerrada, con todo, se puso de rodillas ante la puerta, y en aquel estado leyó la carta. Seguramente usaba de aquel modo para protestar más perfectamente su sumisión a todas las disposiciones de la Voluntad de Dios, que le serían manifestadas en las cartas; y para hacer un sacrificio de todos los movimientos de alegría, o de tristeza, que las noticias que iban dentro podrían promover en su alma.

Cuando salía de la casa de San Lázaro, iba en primer lugar a postrarse ante Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento para pedirle su bendición; y en cuanto estaba de vuelta, iba inmediatamente a presentarse ante El, como para darle cuenta de lo que había hecho en la ciudad; para darle gracias por las que había recibido y para humillarse por las faltas que pudo haber cometido. Y esto lo hacía no por cumplir, sino con un verdadero sentimiento de Religión y de piedad, estando cada vez un tiempo bastante largo ante el Santísimo Sacramento, con un porte muy humilde y devoto. Ha introducido entre los suyos esta práctica, diciendo que era muy justo que se tributara esa muestra de cortesía con el Amo de la casa.

Cuando, andando por la ciudad, hallaba al Santísimo Sacramento por la calle, se ponía inmediatamente de rodillas en el sitio donde se hallara y permanecía en aquella humilde actitud mientras lo podía ver; y si lo llevaban a lo largo del camino que llevaba él, lo seguía con la cabeza descubierta desde muy lejos, ya que no le podía seguir de cerca por la dificultad que tenía de andar.

En sus viajes observaba esta santa costumbre: al pasar las aldeas, si las iglesias estaban abiertas, bajaba del caballo para ir a visitar y adorar el Santísimo Sacramento; y si estaban cerradas, entraba espiritualmente y le tributaba interiormente los mismos deberes; y en cuanto llegaba a los lugares donde debía detenerse para comer o para acostarse, antes de nada, iba a la iglesia a ofrecer sus respetos y sus homenajes al Santísimo Sacramento.

Durante sus enfermedades graves, cuando no podía andar ni sostenerse de pie para celebrar la Santa Misa, practicaba la devoción de comulgar todos los días, si es que no le ocurría algún contratiempo insuperable que le privara de ese consuelo. Y en sus comuniones cotidianas llevaba tan grandes disposiciones, y manifestaba su respeto y una ternura tan notables hacia Aquél que adoraba y recibía en dicho sacramento, que parecía estar como transportado y arrebatado fuera de sí. Sobre esta cuestión, hablando un día a los suyos de los efectos que este Divino Sacramento obra en quienes lo reciben con las disposiciones convenientes les dijo: «¿No sientes ustedes, Hermanos míos, no sienten arder ese divino fuego en sus pechos, cuando han recibido el Cuerpo adorable de Jesucristo en la Comunión?».

Era de la abundancia de su corazón de donde salían esas palabras, que daban a conocer bastante lo que por su propia experiencia gustaba y sentía en sus comuniones. También era eso lo que le llevaba a exhortar a todos a que se prepararan bien para recibir digna y frecuentemente la Sagrada Comunión del Cuerpo de Jesucristo, porque no aprobaba que uno se alejara de ella sin una razón importante. A una persona piadosa, aconsejada y dirigida suya, como una vez se hubiera abstenido de recibir este sacramento por alguna pena interior que le había sobrevenido, ese mismo día le escribió en un billete: «No ha obrado usted del todo bien al abstenerse hoy de la Sagrada Comunión por la pena interna que ha sentido. ¿No ve usted que eso es una tentación, y que así se convierte en presa del enemigo de este adorabilísimo Sacramento? ¿Piensa usted hacerse más capaz y mejor preparada para unirse a Nuestro Señor alejándose de El? Con toda seguridad, si usted piensa así, se engañará en gran manera, y eso sería una pura ilusión».

En otra ocasión hablando a los de su Comunidad sobre este mismo asunto, les dijo: «Que debían pedir a Dios que les diera el deseo de comulgar a menudo, pues había motivos para gemir delante de Dios y entristecerse, al ver cómo se enfriaba esta devoción entre los cristianos, debido en parte a las nuevas ideas».

«Hablando de esto con el Superior de una santa Compañía y con otro que era un gran director de almas, al preguntarles si veían ahora acercarse al confesonario y recibir la comunión a tantas personas como antes, éstos le dijeron que la frecuencia y el número había disminuido mucho; que, sin embargo, la Eucaristía era el pan cotidiano que Nuestro Señor quiso que se le pidiera, y que los primeros cristianos tenían la costumbre de comulgar todos los días, pero que ciertos nuevos advenedizos habían apartado de eso a mucha gente, y que no era extraño que les escucharan, dado que la naturaleza se complacía en ello, y que las que seguían sus inclinaciones abrazaban con gusto esta nuevas opiniones, que parecían aliviarles al quitarles la preocupación y el esfuerzo exigidos para ponerse y mantenerse en las disposiciones necesarias para recibir digna y frecuentemente la Sagrada Comunión».

«Añadió que había conocido a una señora de elevada condición y piedad, que, por consejo de sus directores, siguió comulgando durante mucho tiempo los domingos y jueves de cada semana; pero habiéndose puesto luego en manos de un confesor que seguía esta nueva doctrina, por no sé que curiosidad y afectación de mayor perfección, se había apartado de esta santa práctica, comulgando al principio solamente una vez cada ocho días; luego, cada quince, más adelante, una vez al mes, etc.; y habiéndolo dejado, una vez, más de ocho meses, un día se puso a reflexionar sobre sí misma, y se vio en un estado muy deplorable, muy llena de imperfecciones y expuesta a cometer un gran número de faltas, a complacerse en la vanidad, a dejarse dominar por la cólera, por la impaciencia y por las demás pasiones y, finalmente, muy distinta de cómo había sido antes de apartarse de la Sagrada Comunión. Quedó entonces muy extrañada e impresionada, y se dijo llorando: ¡Desgraciada de mi! ¡En qué estado me encuentro aho ra! ¡De dónde he caído, y adonde me llevarán todos estos desvaríos y desórde nes! ¿A qué se debe este cambio tan desdichado? Seguramente se debe a que dejé mi primera dirección y escuché los consejos de estos nuevos directores, que son muy perniciosos, ya que producen tan malos efectos como he podido palpar por propia experiencia. ¡Dios mío, que me abres los ojos para reconocerlo: dame la gracia de separarme por completo de ellos!».

«Después de lo cual, se separó de los directores nuevos y renunció a sus peligrosas máximas, que la habían destrozado y casi echado a perder. Siguió otros consejos más saludables y volvió a sus prácticas anteriores, frecuentando como anteriormente los sacramentos con las disposiciones requeridas. Y así encontró el descanso de su conciencia y el remedio para todos sus defectos».

El Sr. Vicente se ha servido varias veces de este ejemplo para dar a conocer mejor, por la oposición de su contrario, las grandes bendiciones que se recogían con la frecuente y digna recepción de este Santísimo Sacramento, pues en él Nuestro Señor nos da no sólo abundancia de gracias, sino también el manantial de todas las gracias, que no es otro que El mismo. Y como este devoto Siervo de Jesucristo experimentaba un gran sentimiento ante ese exceso de amor y de caridad de un Dios a las criaturas, exhortaba con frecuencia a los suyos a que Le dieran acciones de gracias muy especiales por un beneficio tan incomprensible, tratando de reconocer esta incomparable obligación con frecuentes adoraciones, humillaciones y glorificaciones al Hijo de Dios, que reside en este Santísimo Sacramento y, al confesarse también incapaces de satisfacerle, rogar a los Santos Angeles que les ayudaran a rendirle justas muestras de agradecimiento.

En esos mismos sentimientos les advertía que cumplieran cuidadosamente con todos los deberes externos de reverencia ante el Santísimo Sacramento, y llamaba la atención a los que veía cometiendo faltas. En esto era tan exacto, que, si veía alguno pasar ante el altar mayor de la iglesia, donde está reservado, sin hacer la genuflexión hasta el suelo, o que la hacía con demasiada brusquedad, le advertía en particular, o también en público cuando lo juzgaba conveniente, diciendo que no había que presentarse ante Dios como unos marionetas, a los cuales se les imprime movimientos ligeros y reverencias sin alma y sin espíritu. Un día, al advertir que un Hermano no había hecho la genuflexión entera, lo llamó y le enseñó hasta donde y de qué manera había que hacerla. Por lo que le tocaba a él, siempre cumplió exactamente con esa obligación, e hizo la genuflexión, mientras pudo y aún más, porque con frecuencia necesitaba que le ayudaran para levantarse. Y cuando su mucha edad y los molestos achaques de sus piernas no le permitieron hacerla del todo, pedía por ello perdón de vez en cuando públicamente delante de toda la Comunidad, diciendo que sus pecados le habían privado del uso discrecional de sus rodillas.

Una vez entre otras, después de haber manifestado con su humildad habitual que sentía mucho que su edad y sus achaques le impidieran hacer la genuflexión dijo: «Pero si veo que la Comunidad se relaja, me esforzaré en poner la rodilla en tierra, por mucho que me cueste, y para levantarme lo mejor que pueda, me apoyaré con las manos en tierra, y así podré dar el ejemplo debido; porque las faltas que se cometen en una Comunidad se imputan al Superior, y las de la Congregación en este punto son muy importantes, tanto porque se trata de un deber de Religión y de una reverencia externa que manifiesta el respeto interior que rendimos a Dios, como porque si somos los primeros en faltar a ella, no haciendo más que una pequeña o media genuflexión, los eclesiásticos de fuera que vienen aquí, creerán que no están obligados a hacerla ya más, y los de la Compañía que vengan después de nosotros, y que seguirán nuestras Reglas, harán menos aún; y así todo irá decayendo; porque, si el original es defectuoso, ¿qué será de las copias? Les ruego, pues, señores y hermanos míos, que presten mucha atención a esto, y se porten en esa ocasión de forma que la reverencia interior prevenga y acompañe siempre a la exterior. Dios quiere ser adorado en espíritu y en verdad, y todos los verdaderos cristianos deben portarse de esta forma según el ejemplo del Hijo de Dios, quien, postrándose rostro en tierra en el Huerto de los Olivos, unió a esta devota postura una humillación interior muy profunda, por respeto a la Majestad Soberana del Padre».

Si el Sr. Vicente ponía tal interés en actuar de suerte que no se faltara al menor detalle del respeto exterior debido a este adorable Sacramento, con más razón se puede creer que sentía un disgusto extremo y un dolor muy sensible, cuando oía las noticias que alguna vez le comunicaron sobre profanaciones e impiedades que la insolencia de los soldados y de los herejes habían cometido durante la desgracia de las guerras contra ese mismo Sacramento. No se puede expresar qué conmovido quedaba por eso, qué afligido estuvo, cuántas lágrimas vertió por esa razón, y cuántas penitencias extraordinarias hizo para reparar, cuanto pudo, las injurias y los atentados cometidos contra la persona de Jesucristo. Pero no contento con lo que podía hacer por sí mismo y con otros auxilios que procuraba por mediación de personas caritativas, mandando copones, cálices y otros ornamentos parecidos a las iglesias saqueadas, quería además que los de su Comunidad hicieran las mismas reparaciones, enviándoles a uno tras otro a hacer peregrinaciones y a visitar en espíritu de penitencia las iglesias donde se habían cometido tales profanaciones sacrílegas.

Los Sacerdotes celebraban en ellas la Santa Misa, y los demás, tanto Clérigos como Legos, comulgaban. Además de eso, les ordenaba dar misiones en las aldeas y en otros lugares donde habían ocurrido dichas desgracias, para excitar al pueblo a hacer penitencia y a practicar otros actos piadosos propios para aplacar la indignación de Dios y reparar en cierto modo las injurias y ofensas cometidas contra su Soberana Majestad

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