Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 7

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Oración

La oración viene a ser como un maná precioso que Dios ha dado a sus fieles para conservar y perfeccionar la vida de sus almas; y como un rocío celestial para hacer germinar y crecer en sus corazones toda suerte de virtudes. No hay de qué asombrarse si el Sr. Vicente ha hecho siempre un aprecio tan grande de este santo acto piadoso y una tan gran consideración en practicarlo y en hacerlo practicar a los demás.

En primer lugar, nunca faltaba por las mañanas en dedicar una hora a la oración mental, por muchos asuntos que le surgieran y cualquiera que fuese el lugar donde se hallara, dándole preferencia sobre cualquier buena obra que no fuera obligatoria o necesaria. Eso era para consagrar a Dios las primicias de la jornada y para prepararse a pasar santamente el resto del día. La hacía en la iglesia con toda la Comunidad, y a veces, no pudiendo contener todos los sentimientos que le inspiraba el Espíritu Santo, se le oía lanzar fervorosamente impulsos de su amor a Dios, y sus suspiros infundían devoción a los más tibios. El introdujo en su Congregación el uso de esta santa práctica y quería que todos los días cada uno de los suyos la usara. Decía que también los más enfermos la podían realizar sin molestias, usando el método que él les enseñaba, a saber, el de dejarse llevar por los afectos de la voluntad más que por la aplicación del entendimiento, manteniéndose tranquilamente en la presencia de Dios y formando actos repetidos de resignación, conformidad con la voluntad divina, contrición de sus pecados, paciencia, confianza en la Bondad divina, agradecimiento por los favores recibidos, de amor de Dios y otros semejantes.

Además de la oración mandada por la Regla, hacía otras por el día y de noche, según el tiempo disponible; por más que a éstas prefería las ocupaciones de su cargo y el servicio del prójimo, pues se consideraba como un hombre que no era para sí, y que no podía disponer de otra manera del tiempo, ni de su persona, sino según los deberes del estado al que Dios lo había llamado, que le obligaba, además de cuidarse de su propia perfección, a consagrarse al servicio de la Iglesia y a trabajar en la santificación de las almas. Sin embargo, reconocía que no podía progresar en ese servicio ni en ese trabajo, salvo con la ayuda de las gracias recibidas en la oración. En cuanto hallaba algún pequeño espacio libre en sus trabajos, o alguna interrupción en su sueño, recurría cuanto antes a ese santo ejercicio.

Tenía además la devoción especial de hacer sus oraciones vocales en presencia del Santísimo Sacramento; allí permanecía tan recogido y con una postura tan devota, que todos los que lo veían quedaban muy edificados.

Los Maestros de la Vida espiritual distinguen comúnmente dos clases de oración. (Aquí nos referiremos a la que se hace mentalmente y solamente con la operación del espíritu). Una, que llaman ordinaria, y a la que pueden dedicarse todos, y que se hace a base de consideraciones, afectos y resoluciones. La otra es más secreta, más íntima y más sublime: a ésta Dios eleva a los que Le place y cuando Le place; y esta clase de oración depende más bien de la operación particular del Espíritu Santo, que no de toda la habilidad y de todos los esfuerzos del espíritu humano. No se ha podido descubrir cuál era la oración del Sr. Vicente: si la ordinaria o la extraordinaria; su humildad le hizo mantener ocultos los dones que recibía de Dios, siempre que le fue posible. Pero cualquiera de las dos, que haya sido en concreto, podemos decir en general que fue seguramente muy perfecta, como se puede inferir razonablemente de la excelente preparación que llevaba a ella y de los grandes frutos que sacaba. Esas son las dos señales por las cuales él creía que se podía juzgar con toda seguridad de la cualidades y de la perfección del ejercicio de la oración; porque, aunque respetaba mucho las opiniones de algunos autores modernos en lo que toca a las excelencias de esta forma de oración extraordinaria que han tratado en sus libros, y aunque confesara que las formas de portarse Dios en algunas almas selectas son admirables y sus caminos incomprensibles, con todo, seguía la norma del Santo Apóstol, de no creer fácilmente a toda clase de espíritus, sino de probar bien los espíritus, si son de Dios. Había aprendido además por sí mismo que Satanás se transforma frecuentemente en ángel de luz, y que engaña tanto por apariencias especiosas, como por malas sugestiones. Y su larga experiencia en la dirección de las almas le ha hecho decir en alguna ocasión a personas de confianza, que había unas formas de oración que parecían muy elevadas y muy perfectas, que sin embargo sonaban a falso. Por eso mismo, aconsejaba ordinariamente que se siguiera la vía más humilde y la más baja como la más segura, hasta que Dios mismo nos haga cambiar de camino y nos ponga en otro sendero, que esté iluminado con su luz, para hacernos después, como dice la Escritura, llegar al día perfecto. Pero creía que era necesario que fuera Dios quien hiciera ese cambio; y consideraba una gran temeridad y una especie de presunción, y hasta ilusión, querer por propia iniciativa salir del camino ordinario e introducirse en una vía desconocida con el pretexto de llegar a una perfección mayor. Porque la perfección no consiste en la forma de oración que se puede seguir, sino en la caridad, la cual puede ser más grande y más ferviente en un alma que haga la oración por la vía ordinaria, que en otra que, jactándose de lo que ella piensa ser una manera de oración más elevada, descuidara trabajar en la corrección de sus vicios y en la adquisición de las virtudes que le son necesarias, y quizá se estanque toda su vida en varias imperfecciones notables.

Quería, pues, que se juzgase de la perfección y de la bondad de la oración por las disposiciones que se llevaran a ella y por los frutos que se recogieran. En cuanto a las disposiciones decía que: «él no conocía mejores que la humildad, el reconocimiento de la propia nada ante Dios, la mortificación de las pasiones y de los movimientos desordenados de la naturaleza, el recogimiento interior, la rectitud y sencillez de corazón, la atención a la presencia de Dios, la dependencia entera de sus designios y las aspiraciones frecuentes dirigidas a su Bondad».

Pero si exhortaba a los demás a ponerse en esas santas disposiciones, él se ejercitaba aún más, preparando así continuamente su alma para recibir abundantemente en la oración las luces y las gracias que Dios derramaba a manos llenas. En cuanto a los frutos que recogía en la oración, aunque los principales y más excelentes nos sean desconocidos (su humildad nos los ha cubierto con el velo del silencio), con todo, no ha podido controlarse de tal forma, que alguna vez no haya aparecido, cual otro Moisés, si no enteramente luminoso, sí, al menos, ardiente de fervor y de amor, al salir de las comunicaciones tenidas con su Divina Majestad; y se podía juzgar fácilmente por las palabras que profería de la abundancia de su corazón, al salir de ese santo ejercicio, cuáles habían sido los efectos producidos en su alma. Pero además de eso, podemos afirmar ciertamente, que todos los actos de virtud practicados a lo largo de su vida, su humildad, su paciencia, su mortificación, su caridad, y, generalmente, todo lo que hizo por la gloria y para el servicio de Dios fueron frutos de su oración.

Como conocía por propia experiencia cuán provechoso y saludable era el santo ejercicio de la oración mental para progresar en la Vida espiritual y para perfeccionarse en toda clase de virtudes, sentía también una delicadeza muy especial para llevar a los demás a ella: eso era lo que recomendaba y hacía recomendar con más insistencia durante los Ejercicios de la Ordenación a los que se preparaban para recibir ese gran sacramento, pues estaba persuadido que no podrían nunca ir bien, si no eran hombres de oración. Eso era también lo que hacía practicar con exactitud a los que venían a hacer los Ejercicios Espirituales en San Lázaro, pensando que uno de los frutos principales que debían conseguirse, era formarse bien en la oración mental, y tomar una resolución firme de hacerla fielmente cada día. Eso era lo que inculcaba, en diferentes ocasiones, en las Conferencias de los Eclesiásticos; eso era lo que inspiraba a las Damas de la Caridad en sus reuniones; eso era, finalmente, lo que recomendaba muy particularmente y con mucha eficacia a los de su Congregación, porque quería que los Misioneros fueran hombres de oración, tanto para su propia utilidad espiritual, como para ser capaces de elevar y dirigir a ella a los demás. Y siempre manifestó que deseaba con ardor que hicieran progresos en ese santo ejercicio: «Dadme un hombre de oración y será capaz de todo. Podrá decir con el Santo Apóstol: «Todo lo puedo en Aquel que me sostiene y me conforta». Añadía que la Congregación de la Misión durará mientras se practique en ella fielmente el ejercicio de la oración, porque la oración es como un reducto inexpugnable, que pondrá todos los Misioneros al abrigo de cualquier clase de ataques; es un arsenal místico, o como la torre de David, que les proporcionará toda clase de armas, no sólo para defenderse, sino también para atacar y derrotar a todos los enemigos de la gloria de Dios y de la salvación de las almas»

No se contentaba con exhortar a los suyos para que fueran fieles y gustaran de este santo ejercicio. El en persona los encauzaba hacia allí, y a pesar de la innumerable multitud de asuntos de los que estaba sobrecargado, se tomaba la molestia de hacerles repetir de vez en cuando sus oraciones, y habitualmente los llamaba dos veces cada semana para hacer participar a la Compañía de las luces y los buenos sentimientos recibidos en la oración; y cada vez hacía hablar a tres o cuatro, tanto para edificarse mutuamente unos a otros, como para dar ocasión a los recién venidos, que aún no estaban formados del todo en este ejercicio, de aprender cómo debían hacerlo.

Solía emocionarse mucho en esas repeticiones de oración y no se cansaba de escucharlas, dedicando a ello horas enteras. Y cuando iba de viaje en compañía de personas seglares, les hacía aceptar de buena gana que se dedicaran diariamente algún tiempo a hacer un poco de oración, y que se hablara sobre los buenos pensamientos y buenos sentimientos recibidos en ella; esto cerraba la puerta a conversaciones inútiles y la abría a conversaciones piadosas, gracia a las cuales se volvían comunes los frutos de la oración. Una Señora muy virtuosa, después de haber aprendido del Sr. Vicente esa práctica, la introdujo entre sus domésticos; y le contó un día que uno de sus lacayos, al contar muy sencillamente los pensamientos que había tenido en la oración, había dicho que, después de considerar cómo había recomendado Nuestro Señor a los pobres, había pensado que debía hacer algo por ellos y que, al no poder darles nada, había resuelto rendirles, al menos, algún honor y hablarles amablemente, cuando se dirigieran a él, y también quitarse el sombrero para saludarles. El Sr. Vicente se valió de este ejemplo algunas veces para mostrar que las personas de la condición que fueran podían dedicarse a hacer la meditación: los que así lo hacen, se hacen mejores, y Dios inspira en este santo ejercicio los actos virtuosos, cosa que no sucede en otro tiempo.

Recomendaba especialmente la práctica de la oración a los que están obligados a predicar, a catequizar y a dedicarse a la dirección de las almas. He aquí cómo manifestó un día sus pensamientos, al escribir a uno de sus Sacerdotes: «La oración es un gran libro para un predicador: es en ella de donde usted puede sacar las verdades divinas del Verbo Eterno, que es su fuente, para difundirlas después entre el pueblo. Es de desear que los Misioneros se aficionen mucho a ese santo ejercicio de la oración; porque sin su ayuda producirán poco o ningún fruto; pero por su medio se harán capaces de tocar los corazones y de convertir las almas. Pido a Nuestro señor que le confirme en la práctica de esta virtud».

Aconsejaba, sobre todo, la oración afectiva y de práctica, es decir, aquélla en la que se trabaja más en concebir afectos y en formar resoluciones, que en entretenerse en simples consideraciones; en éstas, a su parecer, no se debía detener, sino a falta de luces y de movimientos, que el Espíritu Santo infunde en los corazones. Y para hacer comprender mejor la diferencia de la aplicación del espíritu practicada en la oración de otros movimientos de la gracia, que se recibía en ella, comparaba el alma a una galera que surca el mar con los remos y las velas; y decía que así como no se usan los remos, sino cuando falta el viento, y que, cuando era favorable, se navegaba más agradablemente y más rápidamente, de la misma manera había que ayudarse de las consideraciones en la oración cuando el Espíritu Santo no nos hacía sentir sus movimientos; pero cuando este viento celestial empezaba a soplar en nuestros corazones tenía uno que abandonarse a su influencia.

Otras veces comparaba los temas de meditación a las tiendas de los mercaderes; y decía que, como hay tiendas donde se encuentra sólo una clase de mercancía y otras donde se encuentra todo lo que haga falta, que hay también temas de meditación que sólo nos instruyen en una virtud, y otros, que contienen tesoros de todas las clases de virtudes, como son los Misterios del Nacimiento, de la Vida, de la Muerte y de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo; que para aprovechar estos temas de Meditaciones había que adorar a Nuestro Señor en el estado en el que el Misterio nos lo representa, admirarlo, alabarlo y agradecerle las gracias que nos ha merecido, representarle humildemente nuestras miserias y nuestras necesidades, y pedirle las ayudas y las gracias necesarias para imitar y practicar las virtudes enseñadas por El.

Animaba a quienes sentían alguna aridez o esterilidad en sus oraciones a perseverar animosamente en la imitación de Nuestro Señor, el cual factus in agonia, pro lixius orabat, continuaba y prolongaba sus oraciones en lo más agudo de sus penas y de su agonía. Les decía que era preciso reconocer que la oración era un don de Dios, y que se debía pedirle con insistencia la gracia de hacer oración, diciéndole con los Apóstoles: Domine, doce nos orare, Señor, enséñanos cómo debemos orar; y esperar esta gracia de su bondad con humildad y paciencia. Un día, al darles a los suyos consejos relacionados con la oración, les dijo que: «La oración es una predicación que nos hacemos a nosotros mismos para convencernos de la necesidad que tenemos de acudir a Dios y de cooperar con su gracia a fin de extirpar los vicios de nuestra alma, y plantar en ella las virtudes. Que en la oración hay que esforzarse, sobre todo, en combatir la pasión o la mala inclinación que nos domina, y tratar siempre de mortificarla, porque, si lo conseguimos, todo lo demás vendrá fácilmente, pero que había que mantenerse firme en el combate. Que era importante actuar mansamente en la forma de obrar, y no romperse la cabeza a fuerza de empeñarse y de querer sutilizar; que era conveniente levantar el espíritu a Dios, y escucharle, porque una de sus palabras vale más que mil razones y que todas las especulaciones de nuestro entendimiento; que deseaba que se tuviera la práctica de oración de elevarse de vez en cuando a Dios, y manteniéndose en un humilde reconocimiento de la propia nada, esperar si Dios quería hablar a nuestro corazón y decirnos alguna palabra de Vida eterna; que sólo nos podía aprovechar lo que Dios nos inspirara y lo que venía de El; que debíamos recibir de Dios para dar al prójimo, a ejemplo de Jesucristo, quien hablando de sí mismo, decía que sólo enseñaba a los demás lo que había oído y aprendido de su Padre».

Tenía la santa costumbre de hacer todos los años los Ejercicios Espirituales de ocho días por lo menos, sin faltar nunca a ellos, por acuciantes asuntos y ocupaciones que pudiera tener. Y durante el tiempo del Retiro dejaba totalmente el cuidado de la casa y de los asuntos ordinarios, para entregarse solamente a la oración y al recogimiento a imitación de su Divino Salvador, que se retiró también al desierto para dar ejemplo a los que iban a ir a predicar el Evangelio. Vean lo que dijo un día a su Comunidad acerca de los Ejercicios Espirituales, que nos da a conocer cuáles eran sus ideas sobre ellos, aunque no estaba hablando de sí, sino que recomendaba simplemente a las oraciones de su Comunidad a algunos Sacerdotes de su Compañía que los estaban haciendo en aquel momento: «Rogaremos a Dios por los que han empezado el Retiro, para que quiera renovarlos interiormente, y hacerles morir a su propio espíritu, dándoles el de El. Sí, un Retiro bien hecho es una renovación total: el que lo hace como es debido pasa a otro estado; ya no es el que era; se convierte en otro. Pediremos a Dios que quiera darnos este espíritu de renovación, para que, con la ayuda de su gracia, nos despojemos del viejo Adán, y así revestirnos de Jesucristo, a fin de que en todas las cosas cumplamos su Santísima Voluntad».

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