Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 7, Sección única

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Luis Abelly

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Colección de consejos e instrucciones del Sr. Vicente acerca de la oración

La Sagrada Escritura hablando del Profeta Samuel dice, que «Crevit Samuel et Dominus erat cum eo; et non cecidit ex omnibs verbis eius in terram»no caía a tierra ninguna de sus palabras. Y nosotros podemos decir lo mismo, en cierto sentido, de las palabras del Sr. Vicente, que como estaban animadas del Espíritu de Dios y sazonadas de su gracia, impresionaban a sus oyentes, y golpeando el oído, tocaban el corazón. Por esa razón pensamos que el Lector católico recibirá consuelo y edificación, si intercalamos aquí algunos consejos e instrucciones, que había dado en diversas ocasiones a los suyos sobre el tema de la oración, y que han sido cuidadosamente recogidos por algunos de ellos. Y aunque este buen Siervo de Dios haya pronunciado estas exhortaciones sobre la marcha, sin haberlas preparado de antemano, según las ocasiones que se le presentaban a su caridad, la sencillez con la que habla, como un padre que enseña a sus hijos, les dará una gracia especial, y aún logrará que las almas bien dispuestas saquen de ellas un provecho muy grande. Hablando un día a su Comunidad sobre esta materia: «Se conoce —dijo— a los que hacen bien la oración, no sólo en la manera con que dan cuenta de ella, sino, sobre todo, en sus acciones y en su conducta: por ellas dan a conocer el fruto que de ella sacan. Se ha de decir lo mismo de los que la hacen mal; de forma que resulta fácil ver cómo aquéllos progresan, mientras que estos retroceden. Pues bien, para sacar provecho de la oración, hay que prepararse a ella. Cometen una gran falta los que no cuidan esta preparación y sólo van a hacer oración por costumbre, y porque los demás la hacen. Antes de presentarte a la oración, prepara tu alma, porque la oración es una elevación del alma a Dios para hacerle presentes nuestras necesidades y para implorar la ayuda de su misericordia y de su gracia. Por consiguiente, es razonable que, cuando haya que tratar con tan alta y tan sublime Majestad se piense un poco qué es lo que se va a hacer, ante quién nos vamos a presentar, qué es lo que queremos decirle, qué gracia es la que vamos a pedirle. Sin embargo, muchas veces sucede que la pereza y la negligencia nos impiden pensar en esto; o bien, por el contrario, es la precipitación y la irreflexión lo que nos aparta de ello: esto hace que caigamos en esa falta de preparación. Así pues, hemos de tener además mucho cuidado con nuestra imaginación vagabunda y movediza para detenerla, y con la ligereza de nuestro pobre espíritu para mantenerlo en la presencia de Dios, aunque sin esforzarnos demasiado en ello, dado que el exceso siempre es perjudicial».

«La oración tiene tres partes. Todos saben el orden y el método. Hay que atenerse a él. El tema de la oración es de una cosa sensible o insensible; si es sensible, como un Misterio, tenemos que representárnoslo y poner atención en todas sus partes y circunstancias; si la cosa es insensible, como por ejemplo una virtud, hay que considerar en qué consiste y cuáles son sus propiedades principales, así como también cuáles son sus características, sus efectos y, especialmente, cuáles son sus actos y los medios de ponerla en práctica. Es bueno también buscar las razones que nos mueven a abrazar dicha virtud, y detenernos en los motivos que más nos impresionan. Se pueden sacar de la Sagrada Escritura o de los Santos Padres, y cuando nos vienen a la memoria algunos pasajes de sus escritos sobre el tema durante la oración, conviene rumiarlos en el espíritu; pero no es necesario ponerse a buscarlos, ni tampoco detenerse en muchos de esos pasajes; pues, ¿de qué sirve detener el pensamiento en un montón de pasajes y razones, como no sea para ilustrar y sutilizar nuestro entendimiento? Pero eso es más bien dedicarse al estudio que a hacer oración».

«Cuando alguno quiere obtener fuego, se busca un eslabón; se le golpea, e inmediatamente, en cuanto el fuego ha prendido en la materia preparada, se enciende la vela. Haría el ridículo quien siguiera golpeando el eslabón, después de tener encendida la vela. De la misma forma, cuando un alma está ya bastante iluminada por las consideraciones, ¿qué necesidad hay de buscar otras, y de dar vueltas y más vueltas al espíritu para multiplicar las razones y los pensamientos? ¿No ven ustedes que eso es perder el tiempo, y que lo que entonces se necesita es dedicarse a inflamar la voluntad, y a excitar los afectos por la hermosura de la virtud y por la fealdad del vicio contrario? Y eso no está mal hecho, porque la voluntad sigue la luz del entendimiento, y se inclina hacia lo que se le propone como bueno y deseable. Pero, no basta con eso: no es suficiente sentir buenos afecto. Hay que dar un paso más y llegar a las resoluciones de trabajar con todo interés en el futuro para adquirir dicha virtud, proponiéndose poner en práctica y realizar sus actos. Este es el punto más importante y el fruto que se debe sacar de la oración. Por eso, no hay que pasar ligeramente por encima de las resoluciones, sino repetirlas y afincarlas dentro del corazón. Y también es bueno prever los obstáculos que se le pueden presentar a uno, y los medios que pueden ayudar a ponerlos por obra, y proponerse evitar unos y abrazar los otros».

«Pues bien, para esto no es necesario, ni muchas veces conveniente, tener grandes sentimientos de aquella virtud que debemos abrazar, ni siquiera el deseo de tener esos sentimientos; porque el deseo de hacer que nos sean sensibles las virtudes, que son cualidades puramente espirituales, puede a veces perjudicar y hacer daño al espíritu, y la excesiva aplicación del entendimiento calienta el cerebro y da dolores de cabeza. Lo mismo pasa también con los actos de la voluntad repetidos demasiadas veces, o demasiado violentos, que agotan el corazón y lo debilitan. Hay que ser moderado en todo, pues el exceso nunca es digno de alabanza en ninguna cosa, pero especialmente en la oración: hay que actuar con moderación y suavidad, conservando siempre la paz del espíritu y del corazón».

En otra ocasión explicando la diferencia que hay entre los pensamientos que vienen de nosotros mismos, y los que nos son inspirados por Dios: «Fíjense en la diferencia —dijo— que hay entre la luz del fuego y la del sol: durante la noche nos ilumina nuestro fuego, y con su fulgor vemos las cosas, pero muy imperfectamente, sin descubrir más que su superficie, porque esa luz no da más de sí. Pero el sol lo llena y vivifica todo con su luz: no sólo descubre el exterior de las cosas, sino que con su virtud secreta penetra dentro de ellas, las hace obrar y que sean fructuosas y fértiles, según la calidad de su naturaleza. Pues bien, los pensamientos y consideraciones que vienen de nuestro entendimiento no son más que unos fuegos muy pequeños, que sólo muestran un poco por fuera el exterior de los objetos, sin producir nada más; pero las luces de la gracia que el Sol de justicia derrama en nuestra alma, descubren y penetran hasta el fondo más íntimo de nuestro corazón, excitándolo y haciéndole producir frutos maravillosos. Por tanto, hemos de pedir a Dios que sea El mismo quien nos ilumine y nos inspire lo que le agrada. Todas esas consideraciones altas y rebuscadas no son oración; son más bien con frecuencia brotes de la soberbia. Ocurre con los que se detienen y complacen en ellas lo mismo que con el predicador que se pavoneara con sus hermosos discursos y pusiera toda su complacencia en ver a los oyentes satisfechos de lo que les dice; es evidente que no sería el Espíritu Santo, sino el espíritu de soberbia el que iluminaría su entendimiento, el que lanzaría al exterior todos esos hermosos pensamientos, o, por mejor decir, el demonio quien le inspiraría y le haría hablar de ese modo. Lo mismo pasa en la oración, cuando se buscan hermosas consideraciones, y se entretiene uno en pensamientos extraordinarios, sobre todo, para manifestarlos luego a los demás en la repetición de la oración, con el fin de que los demás lo aprecien. Eso sería una especie de blasfemia, sería, en cierto modo, una idolatría del propio espíritu, ya que, tratando con Dios en la oración, se estaría meditando en lo que pueda halagar a la soberbia, y se utiliza ese tiempo sagrado para buscar la satisfacción y complacerse en esa vana estima de los propios pensamientos, haciendo un sacrificio al ídolo de la vanidad».

«¡Ah Hermanos míos! Guardémonos mucho de esas locuras; reconozcamos todos que estamos llenos de miserias; no busquemos más que lo que nos pueda humillar y llevarnos a la práctica sólida de las virtudes; anonadémonos siempre en la oración, y en las repeticiones de la oración expongamos humildemente nuestros pensamientos; si a veces se presentan algunos que nos parecen hermosos, desconfiemos mucho de nosotros mismos, y tengamos miedo de que los produzca el espíritu de soberbia, o que los inspire el demonio. Por eso, hemos de humillarnos siempre profundamente cuando nos vengan esos hermosos pensamientos, bien sea en la oración, bien sea predicando, bien en la conversación con los demás. El Hijo de Dios podía arrebatar a todos los hombres con su divina elocuencia, pero no quiso hacerlo; al contrario, para enseñar las verdades de su Evangelio se sirvió siempre de expresiones comunes; siempre quiso ser más bien humillado y menospreciado que alabado o estimado. Veamos, pues, Hermanos míos, cómo hemos de imitarlo. Para ello reprimamos esos pensamientos de soberbia en la oración y en las demás ocasiones; sigamos en todo las huellas de la humildad de Jesucristo; usemos palabras sencillas, comunes y familiares, y cuando Dios lo permita, quedemos contentos de que no se tenga en cuenta lo que decimos, que nos desprecien, que se burlen de nosotros, teniendo la certeza de que, sin una verdadera y sincera humildad, nos será imposible obtener ningún provecho ni para nosotros, ni para los demás».

Un miembro de la Comunidad repitió un día la oración, y como dijera que había dudado si debía hacer unas resoluciones por su infidelidad en ponerlas después por obra, el Sr. Vicente, tomando la palabra y dirigiéndose a todos los presentes les dijo: «Aunque uno haya sido infiel en el cumplimiento de sus propósitos, no por eso ha de dejar de hacer otros nuevos en la oración; lo mismo que, aunque parezca que no aprovecha el alimento que se toma, no por eso se deja de comer. Porque ésa es una de las partes principales, e incluso la más importante de la oración: hacer buenos propósitos. Por eso, hemos de detenernos especialmente en ellos más que en el razonamiento o en la reflexión. El fruto principal de la oración consiste en resolverse bien, en resolverse con decisión, en basar bien nuestros propósitos, en convencernos profundamente, en prepararnos bien para cumplirlos, y en prever los obstáculos para superarlos. Pero eso no es todo, ya que en el fondo nuestros propósitos no son de suyo más que acciones físicas y morales; y aunque sea conveniente formarlos debidamente en nuestro corazón y afianzarlos en él, hemos de reconocer que todo lo que tienen de bueno, sus prácticas y sus efectos, depende totalmente de Dios. Y ¿por qué creéis que faltamos de ordinario a estos propósitos? Porque nos fiamos demasiado de nosotros mismos, estamos seguros de nuestros buenos deseos, nos apoyamos en nuestras propias fuerzas, y por eso no sacamos ningún fruto. Por tanto, después de tomar algunas resoluciones en la oración, hay que rezar mucho a Dios y pedirle insistentemente su gracia, desconfiando mucho de nosotros mismos, para que quiera comunicarnos las gracias necesarias, y así fructifiquen estos propósitos; y aunque luego lleguemos a fallar de nuevo, no sólo una o dos veces, sino en muchas ocasiones y por largo tiempo e, incluso, aunque no las hayamos cumplido ni una sola vez, nunca hemos de cansarnos de renovarlos y de recurrir a la misericordia de Dios, implorando la ayuda de su gracia. Las faltas pasadas tienen que humillarnos mucho, pero no hacer que perdamos los ánimos; y aunque caigamos en alguna falta, no por eso hay que disminuir la confianza que Dios quiere que tengamos en El, sino tomar siempre una nueva resolución de levantarnos y de evitar nuevas caídas con la ayuda de su gracia, que hemos de pedirle. Aunque los médicos no noten ningún efecto en los remedios que aplican a una enfermedad, no por eso dejan de proseguir y repetir sus intentos mientras haya alguna esperanza de vida. Por tanto, si ellos siguen aplicando remedios a las enfermedades del cuerpo, aunque sean largas y graves, aunque no vean ninguna mejoría, con mayor razón hemos de hacer lo mismo con las enfermedades del alma, pues en ellas, cuando Dios quiere, hace maravillas la gracia».

En otra ocasión el Sr. Vicente tomó motivo para hablar de la manera cómo hacía la oración uno de los Hermanos de la Compañía: siempre seguía el mismo modo de hacer su oración, dividiendo el tema en determinados puntos: «Hermano —le dijo— ha hecho usted bien en dividir su oración. Sin embargo, cuando se toma algún misterio como tema de meditación, no es necesario ni conveniente detenerse en una virtud particular, ni hacer la división habitual sobre el tema de esa virtud. Es mejor considerar la historia del misterio y fijarse en todas sus circunstancias, ya que en todas ellas, por pequeñas y vulgares que sean, hay grandes tesoros ocultos, si sabemos buscarlos bien. Pude verlo hace poco en una Conferencia de esos Señores que se reúnen aquí. Tenían como tema para su charla lo que había que hacer para emplear útilmente el tiempo de la cuaresma. Era un tema muy ordinario, del que solían hablar todos los años; sin embargo, dijeron cosas tan buenas que todos los asistentes quedaron muy impresionados, y yo, de modo especial. Puedo decir en verdad que no he visto ninguna Conferencia tan devota como ésa, ni que impresionara tanto a los espíritus; pues, aunque habían hablado muchas veces sobre ese tema, parecía que no eran las mismas personas las que hablaban, sino que Dios les había inspirado en la oración un lenguaje muy distinto. Así es, Hermanos míos, cómo oculta Dios tesoros en cosas que parecen tan comunes y en las circunstancias más pequeñas de verdades y misterios de nuestra Religión; son como esos granos de mostaza, que producen grandes árboles, cuando Nuestro Señor quiere darles su bendición»

En otra ocasión, hablando sobre el mismo asunto de la oración,

«Algunos —dijo— tienen bellos pensamientos y buenos sentimientos, pero no se los aplican a sí mismos, ni piensan bastante en su estado interior. Sin em594 bargo, se ha recomendado muchas veces que, cuando Dios comunica algunas luces o algunos buenos movimientos en la oración, hay que ponerlos siempre al servicio de nuestras necesidades particulares, hay que considerar los defectos propios, confesarlos y reconocerlos delante de Dios, e incluso, a veces, acusarse delante de la Comunidad para mayor humillación y confusión, y hacer el firme propósito de corregirse; pues eso no se hace nunca sin sacar algún provecho».

«Mientras se repetía la oración, pensaba en mi interior por qué motivo algunos logran muy pocos progresos en este santo ejercicio de la meditación. Temo que la causa de este mal consista en que no practican mucho la mortificación y les dan demasiada libertad a sus sentidos. Si leemos lo que los más hábiles maestros de la Vida espiritual han dejado escrito sobre la oración, veremos que todos unánimemente han dicho que la práctica de la mortificación es absolutamente necesaria para hacer bien la oración y que, para disponerse a ella, no sólo hay que mortificar la lengua, los ojos, los oídos y los demás sentidos exteriores, sino también las facultades del alma, el entendimiento, la memoria y la voluntad; por este medio, la mortificación nos dispondrá a hacer bien la oración y, al revés, la oración ayudará a practicar bien la mortificación».

Uno de los Hermanos de la Compañía se puso un día de rodillas ante los demás para pedir perdón, porque desde hacía algún tiempo no hacía nada en la oración, y también porque le costaba mucho aplicarse a ella. «Hermano —le dijo el Sr. Vicente— Dios permite a veces que se pierda el gusto que uno sentía y el atractivo que tenía por la oración, e, incluso, que le resulte penosa. Pero se trata de ordinario de una prueba que nos envía y por eso mismo no hay por qué angustiarse, ni dejarse llevar por el desaliento. Hay almas buenas que a veces son tratadas de ese modo, como así lo han sido muchos Santos. Sí, conozco personas muy virtuosas que no tienen más que sinsabores y sequedades en la oración, pero como son muy fieles a Dios, hacen muy buen uso de todo ello y eso contribuye mucho a su progreso en la virtud. Es verdad que, cuando estos sinsabores y arideces les ocurren a los que empiezan a darse a la oración, hay a veces motivos para temer que provengan de alguna negligencia por parte de ellos; y en eso, Hermano mío, debe usted poner un poco de cuidado»

Entonces el Santo le preguntó al Hermano si le dolía la cabeza. Este le respondió que, en efecto, desde que el último Retiro intentó hacer sensibles al espíritu los temas de la oración, sufría con frecuencia dolores de cabeza. Entonces él le replicó: «Hermano: no hay que obrar de esa manera, ni esforzarse en hacerse sensible en la oración lo que no lo es por su naturaleza; es el amor propio el que busca eso. Hemos de obrar por espíritu de fe en la oración, y considerar los misterios y las virtudes que meditamos con ese espíritu de fe, mansa y humildemente, sin esforzar la imaginación, y aplicar más bien la voluntad para los afectos y las resoluciones, que el entendimiento para las ideas».

Otro Hermano, al repetir la oración, se lamentaba porque no tenía bastante talento para meditar, y que de las facultades del alma sólo se servía de una, que era la voluntad. Apenas se proponía el tema, y sin usar de razonamientos, comenzaba a producir afectos, ya dando gracias a Dios, ya lamentando sus pecados, o bien, suplicándole que le diera alguna gracia para imitar a Nuestro Señor en alguna virtud. Y a continuación hacía algunas resoluciones, etc: «Basta, Hermano —le dijo el Sr. Vicente— y no se preocupe usted por las aplicaciones del entendimiento, que se hacen únicamente para excitar la voluntad, ya que usted, sin esas consideraciones, se inclina tan fácilmente a los afectos y a las resoluciones de practicar la virtud. ¡Que Dios le dé la gracia de continuar así y de hacerse cada vez más fiel a los deseos de El».

 

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