Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 6

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Atención continua a la presencia de Dios

La grandeza y la perfección del amor que el Sr. Vicente tenía a Dios, se conoce no sólo por la sumisión perfecta a su Voluntad, sino, aún más particularmente, por su atención continua a la presencia de su Divina Majestad. Porque, ¡qué cosa más propia del amor que hacer desear y buscar la presencia de la persona amada, y de complacerse en su compañía, en su vista y en conversar con ella! Pues bien, la aplicación del Sr. Vicente a Dios era tal (según el testimonio que ha dado acerca de él un virtuosísimo Sacerdote, que lo conoció muy bien y lo observó durante muchos años), que era fácil concluir que su alma estaba continuamente atenta a la presencia de Dios. Nunca se le veía disipado con ninguna clase de preocupaciones u ocupaciones que pudieran presentársele, sino siempre estaba recogido y presente a sí mismo. Han hecho notar que habitualmente no respondía a lo que se le preguntaba, sobre todo, si se trataba de una cosa importante, sin antes haberse detenido un poquito, y entretanto levantaba su alma a Dios para implorar su luz y su gracia, con el fin de no hacer nada que no fuera según su Voluntad y su mayor gloria.

El mismo eclesiástico ha dicho que lo había visto a veces durante horas enteras tener fijos los ojos sobre un crucifijo que sostenía en sus manos, y que, en varias ocasiones, cuando le comunicaban noticias de ciertos asuntos desagradables, o de otros que podían darle algún motivo de consuelo, aparecía en su cara tal igualdad de espíritu, que no podía proceder sino de esa continua aplicación que tenía en Dios.

A propósito de esto se le oyó decir con frecuencia que no había mucho que esperar de un hombre que no gustaba de hablar con Dios, y que si no se salía tan airoso de las actividades en el servicio de Nuestro Señor, era por no estar íntimamente unido a él y por no pedirle la ayuda de su gracia con perfecta confianza.

Cuando iba o venía de la ciudad, siempre era con gran recogimiento, andando en la presencia de Dios, alabándolo y rezando en su corazón. En sus últimos años, cuando iba sólo con su compañero en la carroza que se veía obligado a usar, no sólo se mantenía recogido en su interior: ordinariamente llevaba sus ojos cerrados, y las más de las veces corría sobre sí la cortina, de modo que no podía ni ver, ni ser visto de nadie, para así mejor conversar con Dios.

Tenía esta santa costumbre: que siempre que oía sonar el reloj, sea las horas o los cuartos; en casa o en la ciudad; sea que estuviera solo o en compañía, se descubría la cabeza, y haciendo la señal de la cruz, elevaba su alma a Dios. Decía que esta práctica era muy propia para renovar en su espíritu la presencia de Dios y acordarse de las resoluciones que había tomado por la mañana en la oración; y para eso la introdujo entre los miembros de su Compañía, que usan de ella según se lo permitan el tiempo y los lugares.

Como conocía por propia experiencia las gracias y bendiciones contenidas en el recogimiento interior, y en la atención a la presencia de Dios, invitaba a los demás al mismo cuanto podía para hacerlos partícipes de él. A tal efecto, hizo poner en diversos puntos del claustro de San Lázaro estas palabras escritas con letras grandes Dios te mira, para que los suyos y las demás personas externas que se hallaran en la casa de San Lázaro fueran avisadas, según iban y venían, de que se acordaran de Dios. Sentía tal aprecio por ese acto, que decía que si se hallara una persona que lo supiera practicar bien y se mantuviera fiel en seguir los atractivos de la vista de Dios, llegaría pronto a un grado muy alto de santidad.

Era muy inteligente en servirse de las cosas naturales y sensibles para elevarse a Dios; y, a tal efecto, no se detenía en la corteza, ni en el aspecto exterior, ni tampoco en las excelencias particulares de los seres creados, sino que se servía solamente de ellos para pasar a la consideración de las perfecciones del Creador. Cuando veía campos cubiertos de mieses, o árboles cargados de frutos, eso le daba ocasión de admirar la abundancia inagotable de los bienes que hay en Dios, o bien, de alabar y bendecir el cuidado paternal de su Providencia para proporcionar el alimento y proveer a la conservación de sus criaturas. Cuando veía flores, o alguna otra cosa hermosa o agradable, tomaba ocasión para pensar en la perfección y hermosura infinita de Dios, y para decir en su interior estas palabras, que se han hallado escritas de su mano: «¿Hay algo que se pueda comparar con la hermosura de Dios, que es el principio de toda la hermosura y perfección de las criaturas? ¿No reciben de El las flores, los pájaros, los astros, la luna y el sol su esplendor y su hermosura?».

Un día declaró a su Comunidad que, habiendo ido a visitar a una persona enferma y atribulada por un continuo dolor de cabeza, sufría aquella molestia con una paciencia tan grande que le parecía ver en su rostro no sé qué gracia, que le daba a conocer que Dios residía en aquella alma doliente, y de ahí tomó la ocasión para exclamar: «¡Qué dichoso es el estado de sufrir por amor de Dios! ¡Qué agradable es a sus ojos, ya que su propio Hijo quiso coronar los actos heroicos de su santa vida con un exceso de dolores que le hicieron morir!».

En esa misma ocasión añadió que, habiéndose hallado días antes en una habitación rodeada de espejos, de forma que una mosca no hubiera podido escaparse sin ser vista, de cualquier parte que hubiera querido echar a volar, aquello le dio ocasión para decirse a sí mismo: «Si los hombres han inventado la forma de representar de esa manera todo lo que pasa en un sitio, hasta el menor movimiento de las cosas más pequeñas, con mayor razón debemos creer nosotros que están todas ellas representadas en el gran espejo de la Divinidad, que llena todo y que encierra todo por su inmensidad, y en quien los Bienaventurados ven todas las cosas, y particularmente las buenas obras de las almas fieles y, por consiguiente, todos sus actos de paciencia, de humildad, de conformidad con la voluntad de Dios, y de las demás virtudes».

Acabaremos este Capítulo con unas palabras muy dignas de destacarse, que dijo un día a su Comunidad, acerca de la práctica de la Presencia de Dios: «El pensamiento de la Presencia de Dios nos hará familiar la práctica de hacer continuamente su voluntad: el recuerdo de la divina Presencia se afincará poco a poco en el alma, y por su gracia se convertirá en hábito, de forma que finalmente estaremos como animados de esta divina Presencia. Hermanos míos, ¿cuántas 584 personas piensan ustedes que hay en el mundo, que casi nunca pierden a Dios de vista? Estos días últimos me encontré con una; hacía caso de conciencia por haberse distraído tres veces en un día del pensamiento de Dios. Esas personas serán nuestro jueces, que nos acusarán ante la divina Majestad del olvido que tenemos de Ella nosotros, que no tenemos otra cosa que hacer sino amarla, y manifestarle nuestro amor con nuestras miradas y con nuestros servicios. Pidamos a Nuestro Señor que nos haga la gracia de decir como El: Cibus meus est, ut fa ciam voluntatem eius qui misit me,mi comida y mi vida es hacer la voluntad de Dios. Supliquémosle que nos dé siempre hambre y sed de esa justicia».

 

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