Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 5, Sección 1

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Continuación del mismo asunto

El Sr. Vicente ha demostrado su afecto y fidelidad a esta santa práctica de una manera que se puede decir que le había sido singular; no había entrado en ninguna ocupación, ni procurado ninguna ventaja temporal a su Congregación, sino en cuanto que conocía manifiestamente que aquello era conforme a la voluntad de Dios, y que él, a su vez, era fuertemente impulsado por Otro. Hizo en verdad lo imposible por conservar los bienes temporales que la Providencia Divina había dado a su Compañía, porque Dios lo quería, pero nunca se le vio ir más allá de eso para procurárselos, ni hacer algún esfuerzo o solicitud para atraerse a alguien a la Compañía. Y aunque sea lícito y hasta laudable invitar a otros a tomar algún estado en el que puedan servir mejor a Dios, cuando eso se hace por un celo puro de su gloria, sin embargo, la forma de actuar de este Santo Varón era esperar siempre el beneplácito de Dios para seguirlo, y no adelantársele nunca, virtud verdaderamente poco frecuente. Estaba de tal forma lleno y animado de ese deseo de que la voluntad de Dios fuera la soberana de su corazón, y de todo lo que pudiera depender de él, que tenía como norma no ahorrar ni gasto, ni esfuerzo, ni la misma vida, cuando se trataba de cumplir esa santísima Voluntad.

No podía aprobar que los que eran llamados por Dios para un estado o profesión, fueran a abandonarlo por propia iniciativa, aunque tuvieran pretextos muy fuertes y razonables. He aquí lo que escribió un día sobre eso a un párroco, que quería cambiar de parroquia:

«Le ruego —le dijo— que no tenga prisa. Lo que usted pretende hacer merece gran consideración, y me dolería que usted hubiera tomado alguna resolución final sin haber orado, y sin haber consultado al Sr. Duval, o al Sr. Coqueret, o a ambos, porque se trata de saber si Dios quiere que usted abandone a la Esposa, que El le ha entregado».

Los Superiores de las casas de la Congregación han hecho notar que en todas sus cartas no les recomendaba nada tanto, como la conformidad con la voluntad de Dios en toda clase de sucesos. Y como algunos le habían escrito en diferentes ocasiones que se les quería someter a pleito y molestarlos e inquietar en parte de sus propiedades, o en las casas y en los lugares que habían adquirido, su respuesta más habitual era, que no sucedería más que lo que Dios quisiera: El era el Dueño no sólo de nuestros bienes, sino también de nuestras vidas, y que era justo que dispusiera de ellos según su Voluntad

Deseaba que en las arideces espirituales y en las enfermedades del cuerpo se permaneciera sumiso a la Voluntad de Dios; que se estuviera contento en todas las circunstancias en las que quisiera ponernos, y que no se deseara nunca salir de ellas, sino en cuanto supiéramos que le resultaba agradable. Decía que, según su parecer, ésa era la práctica más excelente y más noble en la que un cristiano, y también un sacerdote, pudiera ejercitarse en la tierra.

Uno de los principales Sacerdotes de la Congregación, y uno de los más útiles, estaba muy enfermo, y en peligro de muerte. Y la Señorita Le Gras, Superiora de las Hijas de la Caridad, se hallaba muy afligida por eso mismo. El Sr. Vicente le escribió en estos términos:

«Hay que reaccionar —le dijo— contra lo que nos desagrada, y romper el corazón o ablandarlo para prepararlo para todo. Parece como si Nuestro Señor quisiera tomar su parte en la pequeña Compañía. Ella es totalmente suya, según espero, y tiene derecho a utilizarla como mejor le parezca. En cuanto a mí, mi mayor deseo es no desear más que el cumplimiento de su santa voluntad. No puedo expresarle hasta qué punto va adelante nuestro enfermo en esta práctica; por eso mismo, parece como si Nuestro Señor quisiera colocarlo en un lugar donde pueda vivir más felizmente durante toda la eternidad. ¡Oh! ¡quién nos diera la sumisión de nuestros sentimientos y de nuestra razón a esa adorable voluntad! Lo hará el autor de estos sentimientos y de nuestra razón, si no nos servimos de ellos más que en El y por El. Pidámosle que usted y yo tengamos siempre un mismo querer con El y en El, ya que eso sería un paraíso anticipado en esta vida».

En otra ocasión, al ver a una virtuosa Señora muy atemorizada por lo que pudiera sucederle a su hijo: «Entregue —le dijo— al hijo y a la madre a Nuestro Señor, y El cuidará de ambos. Déjele hacer sólo su voluntad en usted y en él; espere esa misma voluntad en la duración de sus actos de piedad, sin desear otros, y eso basta para hacerle a usted enteramente de Dios. ¡Qué poca cosa hace falta para ser santa! El medio más eficaz y casi único es acostumbrarse a hacer la voluntad de Dios en todo».

Esa misma Señora estaba un día enferma, y le escribió para rogarle que le hiciera saber qué mal de su alma causaba el del cuerpo: «No puedo indicarle otra causa de su mal más que la voluntad de Dios. Adore, pues, esa voluntad, sin andar buscando de dónde vendrá que Dios se complace en verla en el estado de sufrimiento. El se ve soberanamente glorificado por nuestra entrega a su gobierno, sin discutir las razones de su voluntad, si no es que su voluntad es su razón misma y que su razón es su voluntad. Encerrémonos, pues, ahí dentro, como lo hizo Isaac con la voluntad de Abraham, y Jesucristo con la voluntad de su Padre».

Tenía tan gran interés en la práctica de la conformidad con la voluntad de Dios, que era una de sus más grandes alegrías ver a sus Hijos en semejante disposición: «Le doy gracias a Dios —dijo a uno de ellos en una carta que le escribió— de que esté usted dispuesto a hacer en todo y en todas partes su santísima voluntad, yendo a vivir y a morir a cualquier sitio adonde El quiera llamarle. Esa es la disposición de los buenos siervos de Dios y de los hombres verdaderamente apostólicos, que no se detienen ante nada. Esa es la señal de los verdaderos Hijos de Dios, que se encuentran siempre con la libertad de responder a los designios de un Padre tan digno. Le doy las gracias por usted con un gran sentimiento de cariño y gratitud, no dudando de que su corazón, preparado de este modo, recibirá en abundancia las gracias del cielo para poder hacer mucho bien aquí en la tierra, tal como se lo suplico a su divina bondad».

Ahora bien, como la voluntad de Dios se conoce de dos maneras: o por los acontecimientos que no están en nuestra disposición y que dependen absolutamente de su Voluntad, como las enfermedades, las pérdidas y otros accidentes parecidos de esta vida; o bien, por declaraciones que Dios nos hace de lo que le es agradable, y que, sin embargo, deja a nuestro albedrío; sea que nos lo haga conocer externamente por sus Mandamientos, o por sus consejos; o bien, internamente por sus inspiraciones, el Sr. Vicente se había prescrito algo así como una Regla para permanecer conforme con la voluntad de Dios de una y otra manera. Primero, mantenerse continuamente en total sumisión a la voluntad de Dios en todos los accidentes más onerosos que quisiera mandarle y permitirle, y con una disposición o resolución, cuando le ocurrieran, de recibirlos y aceptarlos no sólo con paciencia y sumisión, sino también con gusto y alegría; estando siempre muy contento, porque la santa voluntad de Dios se cumpliera en él, y que todas sus órdenes se ejecutaran enteramente. Y en las cosas que Dios dejaba a su discreción, obraba siempre según lo que conocía que era lo más agradable a Dios, dirigiendo a ese fin su intención, al comenzar cada uno de los actos, y diciendo en su corazón: «Voy a hacer es to, o a dejar aquello, porque creo que es ésa tu voluntad, y porque lo tienes por agradable», y de vez en cuando renovaba esa intención, para que siempre y en todo cumpliera fiel y santamente la voluntad de Dios. El Sr. Vicente llamaba a la práctica de la conformidad con la voluntad de Dios «el tesoro del Cristiano», porque contenía en grado eminente el de la mortificación, la indiferencia, la negación de sí mismo, la imitación de Jesucristo, la unión con Dios y, generalmente, de todas las virtudes, que son virtudes porque son agradables a Dios y conformes a su voluntad, que es la fuente y la Regla de toda perfección.

Ahora bien, puesto que hay mucha dificultad en conocer bien la voluntad de Dios por la vía de las inspiraciones, en las que se puede engañar uno fácilmente, pues el amor propio nos hace a veces considerar las producciones e inclinaciones de la naturaleza por movimientos del Espíritu de Dios, el Sr. Vicente decía que, para no engañarse, era preciso poner una gotita de hiel, es decir, usar de una gran discreción, y no fiarse del propio espíritu, o de los propios sentimientos. He aquí lo que dijo en cierta ocasión a los suyos a propósito de esto: «Entre una multitud de pensamientos y de sentimientos que nos vienen sin cesar se encuentran algunos que son buenos en apariencia, pero que no vienen de Dios, y que no son de su agrado. ¿Cómo podríamos discernirlos? Hay que examinarlos; recurrir a Dios con la oración, y pedirle luz, considerando los motivos, el fin y los medios, para ver si todo está sazonado a su gusto; proponerlos a los sabios, y aceptar los consejos de los que están encargados de nosotros, y que son los depositarios de los tesoros de la ciencia y de la prudencia de Dios; y haciendo lo que aconsejan se hace la voluntad de Dios».

Y hablando un día a los mismos, les dio una advertencia muy importante sobre esta cuestión: «Estoy seguro —les dijo— de que no hay ninguno de los aquí presentes, que no haya tratado de practicar hoy algunos actos que sean buenos y santos de por sí; y, sin embargo, puede suceder que Dios haya rechazado esos actos por haberlos hechos por iniciativa de la voluntad de ustedes. ¿No es eso lo que el Profeta ha declarado, cuando dice de parte de Dios: «No quiero vuestros ayunos, con los cuales, pensando en honrarme hacéis lo contrario, porque, cuando ayunáis, hacéis vuestra propia voluntad; y por esa propia voluntad, echáis a perder y a corromper vuestro ayuno»? Pues bien, eso mismo se puede decir de todos los de más actos de piedad; en ellos la intromisión de nuestra propia voluntad daña y echa a perder nuestras devociones, nuestros trabajos, nuestras penitencias, etc. Hace veinte años que no leo nunca en la Santa Misa la Epístola del capítulo 58 de Isaías, sin que quede muy preocupado. ¿Cómo habrá que hacer pues para no perder nuestro tiempo y nuestras fatigas? Nunca se ha de obrar por el movimiento de nuestro propio interés, inclinación, humor o fantasía, sino acostumbrarnos y habituarnos a hacer la voluntad de Dios en todo, digo en todo, y no en parte; porque ese es el verdadero efecto de la gracia, que hace a la persona y a su acto agradables a Dios».

Acabaremos este capítulo con una reflexión devota, que este Santo Varón hizo un día sobre la felicidad de un cristiano perfectamente asentado en esta conformidad con la voluntad de Dios.

«Vean —dice— las santísimas disposiciones en las que se pasa la vida, y las bendiciones que acompañan a todo lo que hace: no tiene en cuenta más que a Dios, y es Dios quien le guía en todo y por todo; de modo que puede decir con el Profeta: «Tenuisti manum dexteram meam, et in voluntate tua deduxisti me». Dios lo tiene de su mano derecha, y él a su vez lo tiene con una sumisión entera a esta divina dirección. Ustedes lo verán mañana, y toda la semana, todo el año y, en fin, toda su vida, en paz y tranquilidad, en fervor y tendencia continua hacia Dios, y extendiéndose siempre en las almas del prójimo las dulces y saludables operaciones del espíritu que lo anima. Si ustedes lo comparan con los que siguen sus propias inclinaciones, verán sus actividades muy brillantes de luz, y siempre fecundas en frutos; se nota un progreso notable en su persona, una fuerza y energía en todas sus palabras. Dios da una bendición particular a todas sus empresas, y acompaña con su gracia los proyectos, que emprende por El, y los consejos que da a otros, y todas sus obras son de mucha edificación. Pero, por otro lado, se ve que las personas apegadas a sus inclinaciones y gustos, sólo tienen pensamientos terrenos, discursos de esclavos, y obras muertas. Esta diferencia viene de que éstos se apegan a las criaturas, y que aquéllos se separan de ellas. La naturaleza actúa en esas almas bajas, y la gracia en las que se elevan a Dios y sólo respiran su voluntad»

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