Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 3

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
Tiempo de lectura estimado:
Luis Abelly

Luis Abelly

Esperanza y confianza en Dios

Si la fe del Sr. Vicente ha sido grande, su esperanza en Dios no ha sido menos perfecta. Se puede decir en cierto sentido de ella que, a imitación del gran Padre de los Creyentes, a menudo esperó contra toda esperanza, es decir, que tenía puesta su esperanza en Dios, cuando, según todas las apariencias humanas, tenía menos motivos para esperar. Y así como su fe era tan simple y pura que no se apoyaba más que en la sola verdad de Dios, igualmente su esperanza, al estar por encima de los sentimientos y razonamientos de la naturaleza, únicamente miraba la misericordia y bondad de Dios.

En primer lugar, cuando se trataba de emprender algún asunto para el servicio de Dios, después de invocar su luz y conocida su voluntad, esperaba todo el éxito de la dirección y de la protección de su infinita Bondad. Y aunque, por seguir las órdenes de la Providencia, empleaba los medios humanos necesarios y convenientes, únicamente ponía su apoyo en la ayuda que esperaba de Dios. Cuando ya estaba comprometido de ese modo, todo lo esperaba de Dios, para él y para los suyos. Si alguno de ellos, por falta de confianza o por algún miramiento a la prudencia humana, iba a indicarle que no tenía ninguna apariencia de salir bien, o que tal vez sería muy difícil o casi imposible que bastase con aquello para lo que iba a acometer, le respondía: «Dejemos hacer a Nuestro Señor; es su obra, y como a El le ha gustado comenzarla, tengamos seguro que la acabará de la forma que más le plazca». O bien les animaba diciendo: «Tengan buen ánimo; confíen en Nuestro Señor, que será nuestro primero y nuestro segundo en el trabajo comenzado, en la tarea a la que nos ha llamado»

Escribiendo un día a un Superior de una de las casas de su Congregación: «Le compadezco —le dice— en sus fatigas que son grandes, y que van aumentando a medida que sus fuerzas disminuyen por las enfermedades. Es el buen Dios el autor de eso, e indudablemente no le dejará a usted tal exceso de carga sobre sus brazos sin que le ayude a sostenerla, pues El mismo será la fuerza de usted, lo mismo que su recompensa, por los servicios extraordinarios que usted le presta en esa situación apurada. Créame, tres hacen más que diez, cuando Nuestro Señor pone la mano; y la pone siempre, cuando nos quita los medios humanos y nos compromete en la necesidad de hacer alguna cosa que excede nuestras fuerzas. Pero rogaremos a la Divina Bondad, que le plazca conceder la salud a sus Sacerdotes enfermos, y que llene su Comunidad de una gran esperanza en su misericordia».

Para mejor disponer a los suyos a esa perfecta confianza en Dios, a la que los excitaba a menudo, les hacía concebir una grandísima desconfianza en sí mismos, y persuadirse de que no podían nada por sí mismos, sino estropear las obras y planes de Dios; con el fin de que, estando bien convencidos de su insuficiencia, estuvieran dispuestos a tener una entera y más perfecta dependencia del acompañamiento de Dios y de la actuación de su gracia, y que a tal efecto acudieran sin cesar a El por medio de la oración.

A este propósito, escribiendo a uno de sus Sacerdotes: «Doy gracias a Dios —le dice— porque ha aprendido usted el arte de humillarse bien, que consiste en reconocer y hacer públicos sus defectos. Tiene usted razón al creerse muy poco apto para toda clase de actividades, porque es sobre ese fundamento, donde Nuestro Señor asentará su gracia para la ejecución de los proyectos que tiene sobre usted. Pero también cuando usted hace esas reflexiones sobre sus miserias, debe elevar su espíritu a la consideración de su adorable Bondad. Ciertamente tiene usted grandes motivos para desconfiar de sí mismo; pero los tiene usted mayores para confiar en Dios. Se siente usted inclinado al mal. Piense que Dios está dispuesto muchísimo más a hacer el bien y a hacérselo a usted y por usted. Le ruego que haga su oración sobre esto, y durante el día haga algunas elevaciones a Dios para afirmarse bien sobre ese principio, que es que, después de haber puesto los ojos en la propia debilidad, los ponga siempre en su asistencia; deteniéndose mucho más en sus misericordias infinitas que en la indignidad de usted; y en la forma de actuar de El, que en la insuficiencia de usted; para abandonarse, ante eso, entre sus brazos paternales con la esperanza de que El hará sus operaciones en usted, y que bendecirá las obras que haga usted por El».

Cuando el Sr. Vicente mandaba a los suyos a las misiones más lejanas y más difíciles, a países extranjeros, les recomendaba, sobre todo, que llenaran sus corazones con una verdadera y perfecta confianza en Dios, y les decía: «Vayan, señores, en el nombre del Señor. Es El quien los envía; ustedes emprenden este viaje y esta misión para su servicio y para su gloria. El será también quien los conduzca y quien los asista y proteja. Así lo esperamos de su Bondad infinita. Manténganse siempre en una fiel dependencia de su fiel dirección. Acudan a El en todos los sitios y en todas las ocasiones. Arrójense en sus brazos, pues que a El lo deben reconocer como a su bonísimo Padre persuadidos de que los asistirá y que bendecirá los trabajos de ustedes».

En fin, en todas las empresas más grandes y más difíciles, que sólo podían sostenerse con gran dificultad y grandes gastos, luego que el Santo Varón hubo conocido la Voluntad de Dios iba adelante con la cabeza baja, sin asombrarse de todas las dificultades que podían presentársele, teniendo por cierto, y repitiéndolo frecuentemente: «Que la Providencia divina no falta nunca en las cosas que se em prenden por órdenes suyas». Eso hacía que emprendiera con tanto mayor coraje semejantes empresas, cuando las veía rodeadas y expuestas de mayores dificultades y trabajos.

Su confianza en Dios se ha manifestado también en las indigencias y necesidades apremiantes, a que se han visto reducidas a veces algunas casas y Comunidades de su Congregación. A este propósito, el Superior de una de sus casas, habiéndole escrito un día sobre la grandísima incomodidad en que vivía su familia a causa de la esterilidad del año y de la carestía de los víveres:

«No tiene usted por qué extrañarse —le respondió—, ni por qué asustarse por un mal año, ni por varios. Dios es abundante en riquezas. No les ha faltado nada hasta el momento. ¿Por qué tienen miedo del futuro? ¿No se cuida El de alimentar a los pajarillos, que no siembran ni siegan? ¿Cuánta mayor bondad no pondrá en proveer a sus servidores? Ustedes quisieran tener todas sus provisiones recogidas y verlas ante ustedes para estar seguros de tener todo a placer; lo digo según la naturaleza, porque pienso que según el espíritu está usted muy contento por haber tenido ocasión de confiar sólo en Dios, y de depender, como verdadero pobre, de la liberalidad de ese Señor, que es infinitamente rico. Dios quiera tener compasión del pobre pueblo, que es muy digno de lástima en tiempos de escasez, porque no sabe usar bien de ella, y no busca en primer lugar el Reino de Dios y su Justicia, para hacerse digno de que las cosas necesarias para la vida presente le sean también concedidas por encima de los socorros requeridos para la eterna».

Se ha sabido que un día el que estaba encargado de la economía y del cuidado de la casa de San Lázaro fue a decirle que no disponía ni de un «sueldo» para los gastos, tanto ordinarios como extraordinarios que había que hacer durante los Ejercicios de los Ordenandos, que iban a comenzar. Aquel gran corazón, lleno de confianza en Dios, levantando la voz: «¡ Qué noticia más estupenda!, —le dijo— ¡ Bendito sea Dios! ¡ Magnífico! ¡ Ahora es cuando hay que demostrar que confia mos en Dios!». Y un eclesiástico amigo suyo, con quien tenía mucha confianza, hablándole un día sobre la cuestión del mucho gasto que había que hacer en tiempo de órdenes, y como le indicase que su casa estaba muy abrumada y que no podía sostener semejante carga, y que, según él, debería exigirse algo a cada uno de los ordenandos que venían a San Lázaro, le respondió sonriendo: «Cuando hayamos gastado todo por Nuestro Señor, y ya no nos quede nada más, pondremos la llave bajo la puerta, y nos retiraremos».

La misma advertencia le hicieron en diversas ocasiones algunos de su Comunidad a propósito de las deudas con las que se encontraba cargada la casa de San Lázaro, y por los grandes y continuos gastos, que se hacían en los Retiros y en otras Obras de caridad que allí se practicaban. En diversas ocasiones se le hizo observar que, al paso que iba, su Comunidad estaba en peligro de sucumbir, si no se moderaban sus caridades, y si no se cerraba la puerta a una buena parte de las personas externas que se recibían para hacer allí los Ejercicios. Pero era ésta su única respuesta: «Que los tesoros de la Providencia de Dios eran inagotables; que nuestra desconfianza le causaría un deshonor, y que la Compañía de la Misión se destruiría antes por la riquezas que por la pobreza».

Dijo casi lo mismo a un abogado del Parlamento de París, quien, cuando estaba haciendo los Ejercicios en San Lázaro, quedó sorprendido al ver a tantas personas externas en el refectorio, además de los miembros de la Comunidad, que allí siempre son muchos. Al marcharse, tuvo la curiosidad de informarse del Sr. Vicente de dónde podía sacar con qué dar de comer a tantas bocas. A lo que le respondió: «Señor, el tesoro de la Providencia de Dios es muy grande; es bueno dejar los cui dados y los pensamientos en manos de Nuestro Señor, que no dejará de proporcio narnos nuestro alimento». A esas palabras añadió las del Salmista, a las que tenía particular devoción: «Oculi omnium in Te sperant, Domine, et Tu das illis escam in tempore opportuno. Aperis Tu manum tuam, et imples omne animal benedictione».

Una vez le ocurrió una grave pérdida a la casa de San Lázaro, mientras él estaba ausente. En cuanto le avisaron, he aquí en qué términos escribió acerca de dicho asunto a la Compañía: «Todo cuanto Dios hace, lo hace para nuestro mayor bien. Por consiguiente, hemos de esperar que esta pérdida será para nuestro provecho, ya que viene de Dios. Todas las cosas ceden en bien para los hombres justos. Y estamos seguros de que, si recibimos las adversidades de manos de Dios, se convertirán para nosotros en gozo y bendición. Les ruego, pues, señores y hermanos míos, que den gracias a Dios por la resolución de este asunto, por la privación de esta finca y por las disposiciones que nos ha dado para aceptar esta pérdida por su amor. Es ciertamente una gran pérdida; pero su adorable sabiduría sabrá hacer que las cosas se tornen en provecho nuestro por unos caminos que desconocemos por el momento, pero que ustedes verán algún día. Sí, ustedes lo verán, y espero que el buen comportamiento observado por todos ustedes en este accidente, que no esperábamos, servirá de fundamento para las gracias que Dios les concederá en el futuro, si emplean rectamente todas las aflicciones que El quiera enviarles».

Y como algunos amigos del Sr. Vicente le insistían en que tratara de rehacerse de aquella pérdida por un medio fácil y seguro sugerido por ellos, se excusó, y entre las razones contenidas en una carta que escribió a uno de ellos, le introdujo la consideración siguiente:

«Tenemos razones para esperar —le dijo— que si buscamos de veras el Reino de Dios, como Jesucristo nos enseña en el Evangelio, no nos faltará nada; y si el mundo nos quita por un lado, Dios nos dará por el otro, tal como ya lo hemos probado después de la pérdida que nos ha ocurrido. Porque Dios ha suscitado una persona, que nos ha dado tanto como se nos ha quitado».

Podemos todavía traer aquí muy oportunamente acerca de esta cuestión las palabras notables con las que el Sr. Vicente concluye una carta que escribió a uno de sus Sacerdotes, encargado de una finca. En ella, después de darle las órdenes sobre lo que debía hacer:

«Ahí van —le dice— muchas cosas sobre lo temporal. Quiera la Bondad de Dios que, según el deseo de usted no le alejen de lo espiritual, y que su espíritu nos dé parte en el pensamiento eterno que El tiene de sí mismo, mientras que sin cesar se dedica al gobierno del mundo, y a proveer a las necesidades de todas sus criaturas, hasta el menor mosquito. ¡Ah Señor! ¡Que tenemos que trabajar mucho en la adquisición de la participación de ese espíritu!».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.