Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 3, Sección 3

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Ideas del Sr. Vicente sobre la confianza que hay que tener en Dios

Después de haber presentado en la Sección anterior la conferencia que el Sr. Vicente tuvo en cierta ocasión ante su Comunidad acerca del tema de la Confianza, que debían tener en Dios, no estará fuera de lugar poner aquí, a continuación, los sentimientos que manifestó en varias circunstancias a diversas personas particulares sobre esa misma cuestión.

Escribiendo un día a una persona virtuosa, que le había manifestado una devoción especial por la fiesta de San Vicente: «Le doy gracias por la parte que usted toma en la devoción a mi Santo Patrón, y ruego a Dios que dé a su fe lo que mi miseria es indigna de alcanzar para usted. Pídale perdón por mi falta de devoción, que se debe a mi poca preparación. Esta mañana he estado ocupado en mil asuntos, sin poder hacer más que un poco de oración y con muchas distracciones; imagínese usted lo que cabe esperar de mis oraciones en este santo día. Sin embargo, esto no me desanima, ya que pongo mi confianza en Dios, y no en mi preparación, ni en mis esfuerzos. Lo mismo le deseo a usted con todo mi corazón, ya que el trono de la bondad y de las misericordias de Dios está establecido sobre el fundamento de nuestras miserias. Confiemos, pues, en su bondad, y jamás nos veremos confundidos, tal como El nos ha asegurado con su palabra».

Y en otra circunstancia, escribiendo a la misma persona: «Descargue —le dice— su espíritu de todo lo que le apena; Dios cuidará de ello. Usted no puede angustiarse en esto, sin contristar (por así decirlo) el corazón de Dios, porque él ve que usted no le honra bastante con una santa confianza: confíe en El, le suplico, y obtendrá el cumplimiento de lo que su corazón desea. Se lo digo otra vez, rechace esos pensamientos de desconfianza, que a veces tolera en su espíritu. Y ¿por qué su alma no va a estar llena de confianza, siendo, como es, la hija querida de Nuestro Señor por su misericordia?».

Y en otra carta a la misma: «¡Oh qué grandes tesoros hay ocultos en la Divina Providencia y cómo honran maravillosamente a Nuestro Señor los que la siguen y no se adelantan a Ella! Ultimamente le oí decir a uno de los grandes del reino que él había aprendido bien esta verdad por su propia experiencia, ya que solamente había emprendido por sí mismo cuatro cosas, las cuales, en vez de salirle bien, todas cedieron en su daño. ¿No es verdad que también a usted le gusta, como es muy razonable, que su criado no emprenda nada sin usted y sin sus órdenes? Y si esto es razonable entre un hombre y otro, ¡con cuánta mayor razón lo será entre el Creador y la criatura!». Habiéndole preguntado cierta persona un día si podía haber excesos en la esperanza y en la confianza que se debía tener en Dios, le respondió: «Que así como no se puede creer demasiado en las verdades de la fe, igualmente no se podía esperar demasiado en Dios; que es muy cierto que uno se puede equivocar esperando cosas que Dios no ha prometido; o bien esperando las que El ha prometido condicionalmente, y no queriendo hacer lo que El manda para obtenerlas, como cuando un pecador espera el perdón y no quiere perdonar a su hermano, que le pide misericordia, y no se quiere convertir; como cuando confía que saldrá triunfante de las tentaciones, y no quiere oponerles resistencia ni combatirlas: porque esas esperanzas son falsas e ilusorias. Pero la que es auténtica, no puede jamás ser demasiado grande por estar fundada en la bondad de Dios y en los méritos de Jesucristo».

Viendo un día a algunos de los suyos que se dejaban desanimar y desalentar demasiado por el sentimiento que tenían de sus imperfecciones: «Nosotros poseemos —les dijo para animarlos— el germen de la Omnipotencia de Dios en nosotros, que debe sernos un gran motivo de esperanza y de poner nuestra confianza en El, a pesar de todas nuestras pobrezas. No, no tienen por qué extrañarse al ver sus miserias en ustedes; porque cada cual tiene su parte buena. Es bueno conocerlas, pero no afligirse desmesuradamente por ellas. Es bueno también desviar la atención, cuando nos lleva al desaliento, y redoblar nuestra confianza en Dios, y abandonarnos en sus manos paternales».

Este Santo Varón estaba tan atento a las inspiraciones de la Divina Providencia, que en varias circunstancias se le vio actuar de forma distinta de la que suelen los demás, que piensan que todo está perdido si no se mueven, si no se inquietan, y no se esfuerzan en prevenirse contra los accidentes de esta vida, y en poner remedio a los contratiempos y adversidades, usando de cartas, dando órdenes, haciendo cambios, y sirviéndose de otros recursos humanos con prontitud, y sin demora, corriendo y tratando de cubrir el defecto de confianza y de sumisión a la Divina Providencia, con el pretexto de que Dios deja obrar a las causas segundas. Pero el Sr. Vicente, como se dejaba guiar por unas luces más puras y por un principio más seguro, no tenía prisa en acudir a los recursos humanos, hasta lo más tarde que podía, para dar tiempo a la Providencia Divina a obrar por sí misma y poner las cosas en el punto conveniente. Actuaba así por el perfecto conocimiento que tenía de que lo propio de Dios es sacar el bien de todo, y que cuanto menos hay del hombre en los asuntos, más hay de Dios.

Cuando había hecho lo que creía que Dios le exigía para poner orden en los asuntos, quedaba en paz ante el resultado, y descansaba enteramente en las manos de Dios; y cualquiera que fuera el resultado, bueno o malo, no se disgustaba ni se inquietaba por lo que había hecho, contentándose con el testimonio de su conciencia, que le daba a conocer que, después de haber tratado de adaptarse a las órdenes de la voluntad de Dios en lo que había hecho, no había por qué sentir disgusto alguno, sino más bien bendecir y dar gracias a su Bondad.

Un eclesiástico de condición y de virtud estaba muy atribulado a causa de unos pensamientos de desesperación. Escribió al Sr. Vicente desde un sitio muy alejado, en el que se hallaba entonces, para recibir algún consuelo y algún remedio. Y he aquí su respuesta, que deja ver cada vez más cuáles eran los sentimientos de aquel Santo Varón en lo referente a la confianza que se debe tener en Dios:  «Espero —le dice— que después de haber escrito su carta, Dios habrá disipado los nubarrones causantes de su angustia. Por eso, sólo le voy a responder de pasada. Me parece que anda usted en dudas de si será del número de los predestinados. Le respondo, que, aunque es verdad que nadie tiene señales infalibles de su predestinación sin una revelación especial de Dios, sin embargo, según el testimonio de San Pablo, hay señales tan probables para conocer a los verdaderos hijos de Dios que casi no cabe lugar a dudas. Y esas señales, señor, yo las veo todas en usted, gracias a Dios. La misma carta, por la que me dice usted que no las ve, me descubre parte de ellas, y el largo conocimiento que tengo de usted me manifiesta las demás. Créame, señor, no conozco ningún alma en el mundo que sea más de Dios que la suya, ni un corazón más apartado del mal ni más deseoso del bien que el que usted tiene».

«Pero a mí no me lo parece», me dirá usted. Y le respondo que Dios no permite siempre a los suyos discernir la pureza de su interior en medio de los movimientos de la naturaleza corrompida, a fin de que se humillen continuamente y de que ese tesoro, escondido de esa forma, se encuentre más seguro. El Santo Apóstol había visto maravillas en el cielo; pero no por eso se creía justificado, ya que veía en sí mismo demasiadas tinieblas y luchas. Sin embargo, tenía tanta confianza en Dios, que creía que no había nada en el mundo capaz de separarlo de la caridad de Jesucristo. Este ejemplo debe bastarle a usted para permanecer en paz en medio de sus oscuridades y para tener una total y perfecta confianza en la infinita bondad de Nuestro Señor, el cual, al querer acabar la obra de su santificación, le invita a abandonarse en manos de su Providencia. Déjese, pues, guiar por su amor paternal, porque El le ama; y lejos de rechazar a un hombre de bien como es usted, le aseguro que ni siquiera abandona jamás a una persona mala que espera en su misericordia».

Hablando un día a su Comunidad sobre este mismo asunto de la confianza en Dios: «El verdadero misionero —dice— no se debe inquietar por los bienes de este mundo, sino poner todos sus cuidados en la Providencia del Señor, teniendo por cierto que, mientras él esté bien asentado en la caridad, y bien fundado en esa confianza, estará siempre bajo la protección de Dios, y, por consiguiente, que no le sucederá ningún daño, y que no le faltará ningún bien, incluso cuando piense que, según las apariencias, se está perdiendo todo. No digo esto por una ocurrencia mía, es la Sagrada Escritura la que nos enseña y la que dice que «Qui ha bitat in adjutorio Altissimi, in protectione Dei caeli conmorabitur». El que vive bajo el estandarte de la confianza en Dios, siempre estará favorecido por una protección especial de su parte; y en ese estado debe tener por cierto que no le ocurrirá ningún mal, porque todas las cosas cooperan a su bien; y no le faltará ningún bien, pues que, al dársele Dios mismo, trae con El todos los bienes necesarios, tanto para el cuerpo como para el alma. Y así, hermanos míos, deben ustedes esperar que, mientras ustedes permanezcan firmes en esta confianza, no solamente estarán preservados de todos los males y de todos los accidentes fastidiosos, sino también se verán colmados de toda clase de bienes».

Acabaremos este capítulo con el extracto de una charla que el Sr. Vicente dio un día a las Hijas de la Caridad para inspirarles ese mismo espíritu de confianza en Dios en medio de todos los enojosos y peligrosos accidentes a los que se suelen hallar expuestas al prestar el servicio a los pobres: «Verán muchas veces, Hermanas, —les dijo— cómo la cólera de Dios castiga con una muerte repentina y violenta a una muchedumbre de pecadores, sin que tengan la ocasión de hacer penitencia y convertirse. Verán morir también a muchos inocentes, y ustedes seguirán vivas. Sí, Hermanas mías, Dios cuida de la conservación de ustedes, porque sirven a los pobres».

Y más adelante, les hizo unas reflexiones sobre los efectos de la protección especial de Dios sobre ellas en dos ocasiones dignas de señalarse.

«Una sucedió por aquellos días: una casa del arrabal de SaintGermain casi nueva, se derrumbó del todo, en el momento en que una Hija de la Caridad que llevaba su ración a un enfermo pobre había entrado en ella, y se halló entre dos tablones, y, por consiguiente, según todas las apariencias humanas debía haber que dado aplastada bajo aquellas ruinas, como todas las personas que se hallaban entonces en aquella casa. Eran más de treinta, y se salvó sólo un niño pequeño, que quedó herido; pero la Hija de la Caridad fue preservada milagrosamente, permaneciendo con el puchero en la mano en un pequeño rincón del piso, que no se cayó, aunque todo el resto del piso se cayó. Y además, como por un segundo milagro, aunque cayeron desde arriba viguetas y otras piezas de madera, piedras grandes, arcas, tablas y otras cosas parecidas por los lados de la Hermana, ella no recibió herida alguna, y la vieron salir sana y salva de entre las ruinas».

«La otra ocasión fue, que una viga se había roto en la casa de la Comunidad de las Hermanas, y cuando el suelo de una habitación cayó de repente, la Providencia de Dios proveyó de tal modo a aquel accidente, que ninguna de ellas se encontró ni encima ni debajo de aquel piso, aunque momentos antes había habido algunas. Y hasta la Señorita Le Gras, su primera Superiora y Fundadora, no había hecho más que salir de allí. Verdaderamente fue una maravilla de la protección de Dios para con ellas».

A propósito de lo cual, el Sr. Vicente continuando su charla, y levantando la voz: «¡Ah Hermanas! —les dijo— ¿Cómo no van a confiar en Dios? Leemos en las Historias que un hombre murió en pleno campo por la caída de una tortuga que un águila dejó caer sobre su cabeza. Y nosotros vemos hoy casas patas arriba, e Hijas de la Caridad que salen sanas y salvas de debajo de las ruinas, sin haber recibido lesión alguna. ¿Qué es esto, sino una señal y una muestra con la que Dios quiere dar a conocer, que le son queridas como la niña de sus ojos? ¡Ah mis queridas Hermanas! Estén seguras de que, mientras conserven en sus corazones esta santa confianza, Dios las conservará en cualquier lugar en que se encuentren».

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