Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 3, Sección 2

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Lo que hacía aún más excelente y más perfecta esta confianza del Sr. Vicente era que sólo se unía a Dios, y que no se apoyaba más que en su Providencia. De ella sola quería depender en absoluto. Y a imitación del gran San Francisco, «Beatus, qui omni spe rerum huius mundi seipsumorbavit, ac in solo Deo spem omnem defixit atque locavit suam». Basil.Orat. de virtut. et vitdeseaba que Dios fuera su todo. Por eso, han hecho notar que, aunque reconociera alguna perfección o talento en los Sacerdotes de la Compañía, o sacara de ellos algún gran servicio para el bien de su Congregación, o de la casa de San Lázaro, donde residía habitualmente, y aunque, incluso, pudiera tenerles, según lo mereciera la virtud de ellos alguna estima, amor y ternura, con todo no se aficionaba a ninguno. En varias ocasiones se vio que había enviado a los sitios más alejados, y empleado en las misiones más peligrosas a quienes apreciaba y quería más y le eran más útiles, y hasta más necesarios, cuando veía que podían rendir un mayor servicio a Nuestro Señor; privándose de buena gana por su amor, tanto para ofrecerle en sacrificio lo que él más apreciaba, y lo que más amaba, a imitación del Santo Patriarca Abraham, como para no fundar ni apoyar su esperanza en el sostenimiento y acrecentamiento de su Congregación sobre medios humanos, sino únicamente en la Providencia Divina, pues sobre ella basaba todo su apoyo, y sólo de ella quería depender entera y absolutamente.

A propósito de ese Santo Patriarca, el Sr. Vicente se sirvió una vez de la historia de su sacrificio para ofrecer a los suyos una cándida representación de la perfecta confianza que debían tener en Dios. Vean en qué términos les habló sobre esa materia: «¿Se acuerdan ustedes del gran Patriarca, a quien Dios le había prometido poblar toda la tierra por medio de un hijo, que le había dado? Y sin embargo le manda que lo sacrifique. Ante eso alguien podría decir: Si Abraham hace morir a su hijo, ¿cómo cumplirá Dios su promesa? Sin embargo, este santo Hombre, que había acostumbrado su espíritu a someterse a todas las manifestaciones de la voluntad de Dios, se dispone a la ejecución de aquella orden sin preocuparse de nada más. A Dios le toca pensar en eso, —podía decir—; si yo cumplo su mandato, El cumplirá su promesa. Pero ¿cómo? No sé nada; basta con que El sea todopoderoso; le voy a ofrecer lo que tengo de más querido en este mundo, ya que El lo quiere. Pero, es mi hijo, ¿le quitaré a Dios el medio, para que pueda cumplir su palabra? ¡Es lo mismo! ¡Si El lo quiere así, habrá que hacerlo! Pero, si yo lo conservo, mi descendencia será bendita. Dios lo ha dicho, sí; pero también ha dicho que le dé muerte; me lo ha indicado. Obedeceré, pase lo que pase, y esperaré en sus promesas». «Admiren esta confianza: no se preocupa por lo que vaya a suceder. Con todo, la cosa le tocaba bien de cerca; pero él espera que todo saldrá bien, porque Dios está metido en ello. ¿Por qué, señores, no tendremos la misma esperanza, si dejamos a Dios el cuidado de todo lo que nos afecta, y preferimos lo que nos manda?». «También a propósito de esto, ¿no admiraremos la fidelidad de los hijos de Jonadab, hijo de Recab? Era un buen hombre, que recibió de Dios la inspiración de vivir de un modo diferente de los demás hombres, y de no albergarse más que en tiendas de campaña, y no en casas. Abandona entonces la que poseía: ya lo tenemos en el campo; allí se le ocurrió no plantar nunca una viña, para no beber jamás vino, y, en efecto, no la plantó, y no bebió nunca. Prohibió además a sus hijos que sembraran trigo y otros granos, plantar árboles y poseer huertos. De modo que estaban todos sin pan, sin trigo y sin frutos. ¿Qué harás, pobre Jonadab? ¿Piensas que vuestra familia podrá pasar sin alimentos, lo mismo que tú?» «Comeremos, se dijo para sí mismo, lo que Dios nos envíe». Fijaos si esto es duro; ni los religiosos más pobres llevan su renuncia a tal extremo. Pero la confianza de aquel hombre fue tan grande que se privó de todas las comodidades de la vida para depender solamente del cuidado de la Providencia, viviendo en esa situación trescientos cincuenta años, a saber, él, sus hijos y los hijos de sus hijos. Aquello fue tan agradable a Dios que, al reprocharle a Jeremías la dureza de su pueblo, abandonado a los placeres, le dijo: «Vete a esos hombres endurecidos. Les dirás que hay un hombre que hace esto y esto, etc.». Jeremías hace venir a los Recabitas para justificar la gran abstinencia del padre y de los hijos. Y para ello, mandó poner encima de la mesa pan, vino, vasos, etc. Estando presentes los hijos, Jeremías les dijo: «De parte de Dios os digo que bebáis vino». «y a nosotros —respondieron los Recabitas— a nosotros nos han encargado que no bebamos; nos lo prohibió nuestro padre». «Pues bien, si aquel padre tenía la confianza de que Dios proveería a la subsistencia de su familia, sin que él se preocupase de ella; y si los hijos eran tan fieles en cumplir la intención de su padre, ¡ah señores! ¿qué confianza debemos tener nosotros de que, en cualquier situación que nos ponga Dios, mirará también por lo que necesitamos? ¿Cuál es nuestra fidelidad a nuestras Reglas, en comparación de la de los Recabitas, quienes, a pesar de no estar obligados a abstenerse de aquellas cosas usuales en la vida, con todo vivían en aquella pobreza? ¡Dios mío, Hermanos míos! Pidamos a su divina Bondad una gran confianza en los acontecimientos que se nos presenten: si le somos fieles, nada nos faltará, El en persona vivirá en nosotros, El nos guiará, defenderá y amará. Lo que digamos, y lo que hagamos, todo le resultará agradable». «¿No veis cómo los pájaros no siembran, ni siegan? Sin embargo, Dios les pone la mesa en todos los lados, les da el vestido y la comida; El extiende su Providencia a las hierbas de los campos, hasta a los lirios que visten unos ropajes tan magníficos, que ni Salomón en toda su gloria los ha tenido semejantes. Pues si Dios mira así por las aves del cielo y por las plantas, ¿por qué no vais a confiar en un Dios tan bueno y tan próvido? ¿Es que van a confiar más en ustedes que en El? Y, no obstante, ustedes saben bien que El lo puede todo; que ustedes no puedan nada. Y a pesar de eso, se atreven a apoyarse en su habilidad más que en la Bondad de El; sobre la pobreza de ustedes que sobre la abundancia de El. ¡Oh miseria del hombre!»  «He de decir aquí a los Superiores que están obligados a velar por las necesidades de cada uno y a proveer todas las cosas necesarias. Y como Dios cuida de proporcionar las cosas necesarias a todas las criaturas, hasta una larva, quiere también que los Superiores y los Oficiales, como instrumentos de su Providencia, velen para que no falte nada de lo necesario ni a los Sacerdotes, ni a los Clérigos, ni a los Hermanos, ni a cien, ni a doscientas, trescientas personas o más, si están aquí, ni al menor, ni al mayor. Pero, también, Hermanos, deben ustedes descansar en el cuidado amoroso de la misma Providencia para el sustento de ustedes, y contentarse con lo que se les dé, sin indagar si la Comunidad tiene con qué, o no tiene, ni preocuparse más que de buscar el Reino de Dios, porque su Sabiduría infinita proveerá a todo lo demás»

«Hace poco le preguntaba a un cartujo, que está de prior de una casa, si llamaba a los religiosos a consejo para el gobierno de lo temporal. Me respondió: «Llamamos a los encargados, como el subprior y el procurador; y todos los demás se quedan tranquilos; sólo se cuidan de cantar las alabanzas de Dios y de hacer lo que la Regla y la obediencia les ordenan». Aquí observamos la misma práctica, gracias a Dios; sigamos así. Estamos obligados a tener algunos bienes y a hacerlos rendir para atender a todo. Hubo un tiempo en que el Hijo de Dios envió a sus discípulos sin dinero ni provisiones; luego creyó conveniente poseer algo, recibir limosnas y reunir algunas cosas para el sustento de su Compañía y la ayuda a los pobres. Los Apóstoles siguieron esa norma, y San Pablo dice de sí mismo, que trabajaba con sus manos, y que reunía con qué aliviar a los cristianos necesitados. Les toca, pues, a los Superiores velar por la economía, pero procuren que esta vigilancia de lo temporal no haga disminuir la de las virtudes, y obren de modo que se mantenga en vigor su práctica en la Compañía, y que Dios reine en ella sobre todo. Esta es la primera finalidad que han de tener»

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