Conclusión de toda esta Obra, con la que se satisface a la observación que se podría hacer, por qué en este Libro no se narra ningún milagro hecho para probar la santidad del Sr. Vicente
Los que escriben la Vida de las personas que se han distinguido en la virtud, cuentan, de ordinario, al terminar la Obra, los milagros que Dios ha operado en su favor, para que sirvan de testimonio auténtico de su santidad. Y aunque no se debe creer a la ligera todo lo que se dice acerca de esas obras extraordinarias y milagrosas, tampoco hay por qué rechazarlas temerariamente o negarlas: porque la mano de Dios no se ha acortado, y su poder no es menor en estos últimos siglos que en los precedentes. El es el Soberano Señor del Universo, que puede siempre hacer todo lo que le place en el cielo y en la tierra. Y como el don de milagros es uno de los principales medios que ha querido usar para fundar su Iglesia y plantar la fe en los corazones de los hombres, no hay por qué dudar de que pueda servirse de ellos y, en efecto, se sirve de ellos de cuando en cuando, para fortalecer esta misma Iglesia y despertar esta fe, que parece a veces que está dormida en la mayor parte de los cristianos.
Siendo esto así, alguno quizás pregunte por qué en todo el relato de la vida del Sr. Vicente no se ha contado ningún milagro. Porque siendo esta vida, tan virtuosa y tan santa, ¿cómo ha podido ser que Dios no haya hecho en ella alguno en su favor? Y si hizo alguno, ¿por qué se le mantiene en silencio y no se le hace público?, ya que, según el testimonio de un ángel:»Opera Dei revelare et confiteri honorificum est» Tob 12 Es cosa honorable y gloriosa pa ra Dios declarar y manifestar las obras de su poder.
Pero se puede responder en primer lugar, que no es una consecuencia necesaria, que, cuando una persona ha llevado una vida santa, esa vida esté acompañada del don de milagros, ya que vemos muchos grandes Santos, reconocidos como tales por toda la Iglesia, y que, sin embargo, no leemos que hayan hecho ningún milagro. El Evangelio nos declara expresamente que San Juan Bautista, por más que la boca del mismo Hijo de Dios lo declaró el mayor de todos los hombres, no hizo ningún milagro; y la Historia Eclesiástica nos pone ante nuestros ojos a un grandísimo número de Santos, de todos los estados y condiciones, que no los hicieron nunca, y, con todo, la Iglesia no deja de reconocer y honrar su santidad. Por consiguiente, aunque Dios no haya hecho ningún milagro por medio del Sr. Vicente, eso no debería disminuir en nada la estima que merecen sus virtudes, ni la veneración que debemos a la memoria de su santa vida.
Podría, incluso, responder, que si no se ha referido ningún milagro hecho en favor de este Santo Varón, eso no quita que varias personas muy dignas de fe hayan manifestado diversas cosas que hizo durante su vida y que se han sabido después de su muerte, que bien podrían ser reconocidas como milagrosas. Como, por ejemplo, que predijo varias veces unas cosas antes de que sucedieran; que conoció y declaró otras, enteramente interiores, que sólo podía conocer Dios; que libró de unas penas interiores muy grandes a varias personas que estaban extraordinariamente angustiadas desde hacía mucho tiempo y para las cuales no habían podido encontrar ningún alivio; por no hablar de la curación de otras personas afligidas en sus cuerpos por enfermedades muy molestas y que parecían incurables, curación que se realizó de un modo que supera totalmente las fuerzas de la naturaleza, cuando esas personas han recurrido a las intercesiones de este gran Siervo de Dios.
Pero aunque se pudieran narrar varios ejemplos de ésas y de otras cosas semejantes que están comprobadas y basadas en testimonios irrefutables, y que merecían indudablemente el crédito del Lector; a pesar de eso, se ha preferido ocultarlas bajo el velo del silencio, tanto para prestar una obediencia más exacta a las órdenes de la Santa Iglesia, que no quiere que se publique ningún milagro sin que haya sido previamente reconocido y aprobado por la autoridad de los Obispos, como para conformarse con mayor perfección al espíritu de este Padre de los Misioneros, cuya humildad no podía sufrir que se pusieran al descubierto los dones y las gracias extraordinarias de Dios, queriendo que se las tuviera ocultas, hasta que su misma Providencia las manifestara por los medios que ella juzgará más convenientes.
Finalmente, si no presentamos en este Libro ningún milagro como muestra de la santidad del Sr. Vicente, se debe a que disponemos, por otra parte, de pruebas tan fuertes, que son más que suficientes, no sólo para convencer, sino también para persuadir a un espíritu razonable y cristiano. Se cuenta de un cardenal muy anciano, que, estando presente en el Consistorio durante la lectura que se hacía de las Informaciones que el Soberano Pontífice había ordenado para proceder a la canonización de una persona que había vivido y que había muerto con fama de santidad; mientras se leía un gran número de curaciones milagrosas de varias enfermedades hechas por intercesión de ella, dicho Cardenal parecía estar del todo amodorrado, vencido por el sueño; pero que, a continuación, cuando se llegó a relatar que un día, cuando en plena calle recibió una injuria tremenda, y un baldón muy espantoso, lo había soportado con una paciencia admirable, sin que diera muestras de alterarse y que, por el contrario, había manifestado mucha caridad y amor a quienes le trataban mal, dijo en alta voz: Eso sí que es un milagro.Queriendo dar a entender con aquellas palabras, que los actos virtuosos, y especialmente los que son heroicos y muy superiores a la capacidad de la naturaleza humana, deben figurar como las pruebas más fuertes y más convincentes de la santidad de los que los han practicado hasta la muerte.
Siguiendo esta norma, los que quieran fijarse, sobre todo, en lo que se ha referido del Sr. Vicente, hallarán abundantemente con qué convencerse acerca de esta cuestión: porque si se pueden llamar milagrosas las obras que están muy por encima de las actuaciones comunes de la naturaleza, las que superan con mucho sus fuerzas y las que van mucho más lejos del modo ordinario del común de los cristianos, se puede decir con todo derecho que la larga vida del Sr. Vicente ha sido casi un continuo milagro, pues no ha sido otra cosa que un tejido de actos de las virtudes más excelentes, en cuya práctica el fiel Siervo de Dios ha perseverado siempre constantemente hasta el fin.
Pero para dar aún más luz a lo que deseamos dar a entender al Lector, observará éste, si le place, que, como Dios no se ha servido sólo de los milagros, sino que también ha usado de otros medios para hacer creíbles los misterios y las verdades de nuestra Religión, de igual manera su Divina Providencia no siempre quiere manifestar la santidad de sus más fieles servidores con obras maravillosas que realiza por medio de ellos, pudiendo servirse de otros recursos, cuando le place, que no son menos aptos ni menos eficaces para este fin. Así vemos en la Historia Eclesiástica, que El hizo a algunos célebres por una vocación extraordinaria del todo, y por una manera de vida muy elevada por encima de lo común, y más angélica que humana, por la cual son objeto de veneración, así como de la admiración de todos los fieles.
El ha querido que sólo el martirio, sin ningún otro efecto milagroso, haya canonizado a un gran número de otros; y que muchos, por un camino diferente, se hayan hecho ilustres y recomendables en la Iglesia por su erudición y doctrina singularísima y santísima.
Mas para su Siervo, Vicente de Paúl (si se nos permite penetrar en los secretos de su Providencia) parece que ha querido por un medio muy especial, y no menos maravilloso, servirse de sus rebajamientos para elevarlo, y de su profunda humildad para hacerlo más digno de honor y de veneración en su Iglesia; de modo que en este humilde Sacerdote se encuentra particularmente verificado lo que Jesucristo dijo que: El que se humilla será ensalzado.
Ciertamente, si por un lado se considera con alguna atención el desprecio que el Sr. Vicente hacía de sí mismo, y el deseo continuo que tenía de pasar por una nulidad, por un pobre siervo inútil, por un desgraciado, por un abominable pecador, así se llamaba; y si por otra parte nos fijamos en las cosas extraordinarias y casi increíbles que Dios quiso llevar a cabo por medio de él, se verá obligado a reconocer que si esas cosas han prosperado con semejante bendición, eso no ha venido de la habilidad ni de la virtud del hombre, sino que son efectos de una dirección especialísima de la Sabiduría y del Poder de Dios, y casi de tantos milagros obrados por su Bondad, para manifestar que Le placía y que aprobaba lo que su fiel Siervo emprendía y hacía para Su servicio.
Porque, ¿no habrá motivo para considerar una cosa en cierto sentido milagrosa el que el hijo de un simple campesino, nacido en la oscuridad de la más baja condición que se da entre los hombres, educado de una forma totalmente rústica, guardando animales y después reducido a una desdichada cautividad, y que se ha mantenido siempre oculto, cuanto ha podido, en la sombra de una vida vulgar y abyecta, haya, a pesar de todo eso, aparecido en la Iglesia como un nuevo sol que ha iluminado un número casi incontable de pobres almas que yacían en las tinieblas y en la sombra de la muerte, como habla un Profeta, es decir, que pasaban toda su vida en una espantosa ignorancia de Dios y de las cosas necesarias para su salvación; y que, no sólo haya iluminado, sino también calentado y vivificado con el fervor de su celo, a infinidad de personas que estaban muertas a la vida de la gracia y como sepultadas en el pecado, y avivado en los corazones de muchos otros el fuego del divino Amor?
¿Que un sencillo Sacerdote sin Beneficios, sin bienes exteriores y sin ningún poder ni autoridad en la Iglesia, haya sabido remediar eficazmente un número muy grande de desarreglos que había en el Clero; y que haya hecho en ese terreno, y felizmente dirigido, como Jefe, dentro y fuera del Reino de Francia, lo que los más grandes Prelados y los más celosos habían determinado apenas emprender en sus propias diócesis, y en los lugares dependientes de su jurisdicción, con toda su autoridad y todas sus rentas cuantiosas?
¿Que un hombre pobre y desprovisto de todos los medios y de todas las comodidades haya encontrado el medio de socorrer y de asistir en su extrema necesidad a los pobres, no de una sola ciudad, sino de varias Provincias enteras; no durante alguna parte de una mala estación, sino durante un gran número de años; y que durante todo ese tiempo haya procurado que fueran provistos de cuanto necesitaban para su alimentación, ropas y otras necesidades; que haya repuesto a las iglesias arruinadas por las gentes de guerra, dotándolas de ornamentos; que haya procurado a los Sacerdotes y a los Párrocos la subsistencia necesaria; que haya provisto de medicamentos y de comida a un número casi infinito de enfermos pobres, repartidos por todos los sitios de las aldeas de Francia, Saboya, Italia y otras Provincias aún más alejadas; y eso, no por un poco de tiempo, sino durante más de treinta años, y que haya encontrado unos recursos inagotables para continuar siempre esas asistencias, mientras las Cofradías de la Caridad instituidas por él duren?
Finalmente, ¿que un hombre del más bajo origen, no ocultado por él, sino publicado por todas partes, que se declaraba pobre ignorante, que no manifestaba al exterior ningún talento que lo hiciera notable, que no ha compuesto ningún libro ni predicado en ningún púlpito célebre, y que más bien ha hecho todo lo posible para mantenerse oculto, o hacerse vil y despreciable; que, a pesar de todo eso, este hombre desconocido haya adquirido una fama que se ha extendido casi por todo el mundo; que haya sido honrado y buscado por los más Grandes, y hasta llamado a los despachos y a los Consejos de los Soberanos?
Seguramente, quien sopese rectamente todas estas cosas se verá obligado a reconocer que la mano del Señor ha estado con su fiel Siervo para obrar todas esas maravillas, y que la vida, la dirección, las obras y los resultados de las empresas del Sr. Vicente han sido unas obras singulares de la sabiduría y del poder de Dios, que sabe, cuando quiere, hacer salir la luz de las tinieblas, y sacar de la nada lo que hay de más grande y de más brillante en el universo
Después de todo, el Lector hallará aquí un gran motivo para glorificar a Dios, y de bendecirle por todos estos grandes ejemplos de virtud, que El le ha puesto ante los ojos en la persona de su fiel Siervo. San Gregorio Niseno, hablando de San Efrén, decía que Dios le había puesto en la tierra como una gran luminaria para iluminar al mundo, o bien, como alta columna, viva y animada, para enseñar a los hombres los caminos de la virtud y de la santidad, al modo de los Mercurios que se ponían en los caminos reales; y nosotros podemos, con toda clase de razones, decir lo mismo del Sr. Vicente: Es Dios quien lo ha hecho nacer y quien lo ha dado a su Iglesia para procurarle grandes bienes, pero, sobre todo, para dejar en ella el ejemplo de su vida santa, como una dirección segura para conocer el camino que conduce a la perfección sólida, para que a la vista de todo esto se anime a tomar esta ruta, y buscando, a su imitación, antes que cualquier otra cosa, el Reino de Dios, el cumplimiento de sus deseos y el crecimiento de su honor y de su gloria
FIN








