Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 15

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Luis Abelly

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Sencillez

La Sencillez es tanto más estimable entre los que hacen profesión de seguir las máximas de Jesucristo, cuanto que menos estimada es entre los seguidores de la vana y falsa sabiduría del mundo. Es esa virtud la que nos descubre los senderos de la verdadera justicia, y la que nos hace andar por los caminos rectos que conducen al Reino de Dios; o, por hablar todavía mejor, con San Gregorio, «Cordis simplicitas velut dies est, quam fraus non obnubilat, non tenebrat mendacium, non obscurat invidia, non offuscat dolus, quam lux veritatis illuminat, et praesentiae divinae claritas illustrat» Greg. in Psal. 4, Paenitentla sencillez es como un día sereno del alma cristiana, que no está turbado ni oscure cido por las nubes del fraude, ni de la mentira, ni de la envi dia, ni por los disfraces y artificios, sino que toma su luz de la misma verdad, y es iluminada por los esplendores de la pre sencia de Dios.

Esta virtud ha sido tan apreciada por los más grandes Santos de la Iglesia, que San Ambrosio, «Simplicitatem adeo coluit, ut conversus in puerum, simplicitate aetatis illius innoxiae, perfectam virtutis effigie et quodam innocentium morum speculo reluceret» Ambros. orat. De obitu Satyri fratrisen la Oración fúnebre pronunciaba en alabanza de San Sátiro, su hermano, la pone en el rango de las virtudes principales; y dice, que ese gran personaje, aunque, por otra parte, de una condición muy ilustre en el mundo, sin embargo tenía un amor tal a esta virtud, que parecía se había hecho como un niño por su sencillez, haciéndola aparecer en sus costumbres y en sus actos; y siendo toda su vida un perfecto espejo de inocencia.

Podemos hacer la misma alabanza a Vicente de Paúl con tanta mayor razón, pues habiendo vivido en un siglo muy corrompido, y hallándose comprometido mucho antes en el trato del mundo, y también entre los Grandes de la Corte, a pesar de eso, siempre ha conservado una perfecta inocencia, rectitud y sencillez de vida, de forma que su corazón ha sido como una madreperla, la cual, aunque rodeada y cubierta por las aguas del mar, no recibe ninguna gota, y no se alimenta más que del rocío del cielo.

San Bernardo tenía mucha razón, cuando dijo que «Rara virtus humilitas honorata» Bernardes una virtud muy rara la humildad conservada entre honores. Pero nosotros podemos añadir con razón, que es tanto, y quizás todavía más raro, hallar una verdadera sencillez de corazón, que se mantenga en su rectitud y su pureza en medio del ajetreo y las intrigas de los negocios y del comercio del mundo. Sin embargo, eso es lo que se ha visto y admirado en la persona del gran Siervo de Dios, que ha emergido, como una azucena de candor y de sencillez, entre las espinas y las zarzas de las que está cubierto todo el mundo.

«Decía que la sencillez nos hace ir derechos a Dios y derechos a la verdad, sin ostentación, sin rodeos, ni disimulos y sin ninguna atención al propio interés, ni respeto humano. Practicaba perfectamente lo que decía, de forma que debemos creer que esta virtud de la sencillez, que él poseía en un grado muy excelente, ha contribuido sobremanera a los felices resultados de sus santas empresas, atrayendo sobre él la bendición de Dios y la aprobación de los hombres; porque no hay nada que agrade tanto a Dios, y que gane más el afecto de toda clase de personas, que la rectitud y la sencillez del corazón, de vida y de palabras».

Como él tenía una estima especial por esta virtud, trataba también de insinuarla en el espíritu de los suyos, y hablándoles un día sobre que Jesucristo recomendaba a sus Discípulos que fueran sencillos como las palomas, les dijo:  «El Divino Salvador, al enviar a sus Apóstoles a predicar su Evangelio por todo el mundo, les recomienda en particular esta virtud de la sencillez, como una de las más importantes y necesarias para atraer sobre ellos las gracias del cielo, y para disponer los corazones de los habitantes de la tierra a escucharles y a creerles. Pues bien, no hablaba solamente a los Apóstoles, sino, en general, a todos los que su Providencia destinaba a trabajar en la predicación del Evangelio, y en la instrucción y conversión de las almas; y, por lo tanto, Jesucristo nos hablaba a nosotros, y nos recomendaba esta virtud de la sencillez, que es tan agradable a Dios, pues su complacencia está en hablar con los sencillos de corazón: Cum simplicibus sermocinatio eius. Piensen, Hermanos míos, qué consuelo y qué felicidad para los que son del número de los verdaderos sencillos, a los cuales les asegura la palabra de Dios que su ilusión es estar y conversar con ellos».

«Nuestro Señor también nos hace conocer bien cuán agradable Le es la sencillez con estas palabras que El dirige a Dios su Padre: Confiteor Tibi, Pater, quia abs condisti haec a sapientibus et prudentibus, et revelasti ea parvulis. Reconozco, Padre mío, y Te agradezco, porque la doctrina, que he aprendido de Ti, y que la propago entre los hombres sólo es conocida por los pequeños y los sencillos, y porque permites que los sabios y los prudentes del mundo no la entiendan, y porque el sentido y el espíritu de esta doctrina divina les está oculta. Ciertamente, si pensamos en estas palabras, deben espantarnos a nosotros que corremos tras la ciencia, como si toda nuestra felicidad dependiera de ella. No es que un Sacerdote y que un Misionero no deban tener ciencia, sino tanta cuanta necesite para satisfacer su ministerio, y no para contentar su ambición y su curiosidad. Es necesario estudiar y adquirir ciencia, pero con sobriedad, como dice el Santo Apóstol. Hay otros que alardean de inteligencia en los negocios, y que quieren figurar como personas enteradas, como hábiles y capaces para todo: es a ésos a quienes Dios quita la penetración de las verdades y de las virtudes cristianas, así como a todos los sabios y entendidos en la ciencia del mundo. Y ¿a quién da entonces la inteligencia de sus verdades y de su doctrina? A los sencillos, a la gente buena, y, las más de las veces, hasta a los pobres; como se puede ver por la diferencia que se nota entre la fe de la pobre gente del campo y la de las personas que viven en el gran mundo. Porque puedo afirmar que la experiencia desde hace mucho tiempo me ha hecho conocer que la fe viva y práctica, y el espíritu de la verdadera Religión se encuentra más ordinariamente entre los pobres y entre los sencillos. Dios se complace en enriquecerlos con una fe viva: ellos creen y gustan esas palabras de vida eterna que Jesucristo nos ha dejado en su Evangelio. Normalmente se les ve llevar con paciencia sus enfermedades, sus escaseces y demás tribulaciones, sin murmurar, y hasta sin quejarse, sino poco y rara vez. ¿De dónde procede eso? Es que Dios se complace en derramar y en hacer abundar en ellos el don de la fe, y las demás gracias, que niega a los ricos y a los sabios del mundo».

«Añadamos a esto que todo el mundo ama a las personas sencillas y cándidas, que no entienden de sutilezas ni de engañifas, que andan buenamente, y que hablan con sinceridad, de forma que su boca está siempre de acuerdo con su corazón. Son estimadas y amadas en todos los sitios, y también en la Corte, cuando allí se encuentran; y en las Compañías regladas todos las quieren, y confían en ellas. Pero lo que es notable, es que los mismos que no poseen el candor y la sencillez en sus palabras, ni en su espíritu, no dejan de amarlas en los demás. Tratemos, pues, Hermanos míos, de hacernos amables a los ojos de Dios con esta virtud, que vemos, por Su misericordia, brillar en muchos de la pequeña Congregación, que, con su ejemplo, nos invitan a imitarlos».

«Para conocer bien la excelencia de esta virtud, hay que saber que nos acerca a Dios, y que nos hace semejantes a Dios, dado el parecido que nos hace tener con El, en tanto que El es un ser muy simple, y que tiene una esencia purísima, que no admite ninguna composición, de tal modo que lo que Dios es por esencia, eso mismo debemos tratar nosotros de serlo por virtud, tanto cuanto nuestra debilidad y miseria es capaz de ello. Hay que tener un corazón sencillo, un espíritu sencillo, una intención sencilla, una actuación sencilla; hablar sencillamente, obrar buenamente sin usar de artificios ni disfraces, sólo mirando a Dios, a quien únicamente deseamos agradar».

«Así que la sencillez comprende no solamente la verdad y la pureza de intención, pues ella tiene también cierta propiedad de alejar de nosotros todo engaño, astucia y duplicidad. Y como es principalmente en las palabras donde esta virtud se manifiesta, ella nos obliga a declarar las cosas con nuestra lengua, como las tenemos en el corazón, hablando y declarando sencillamente lo que vamos a decir, y con una pureza de intención de agradar a Dios. Pero no es que la sencillez nos obligue a descubrir todos nuestros pensamientos, porque esta virtud es discreta y nunca contraria a la prudencia, que nos hace discernir lo que es conveniente decir de lo que no lo es y nos hace conocer cuándo hay que callarse, lo mismo que cuándo hay que hablar. Si propongo, por ejemplo, un tema que es bueno en su sustancia y en todas sus circunstancias, lo debo exponer con toda sencillez, pero si, entre las cosas buenas que tengo que decir, se halla alguna circunstancia viciosa o inútil, entonces hay que omitirla; y, generalmente, no se deben decir cosas que se saben, cuando van contra Dios o contra el prójimo, o que tienden a nuestra recomendación, a alguna comodidad sensual o temporal, porque eso sería pecar al mismo tiempo contra varias virtudes».

«Por lo que toca a la sencillez que se refiere a los actos, la sencillez tiene esta peculiaridad, que hace obrar buenamente, rectamente y siempre ante la mirada de Dios, sea en los negocios o en los trabajos y actos de piedad, con exclusión de toda clase de hipocresía, de artificio y de vana pretensión. Por ejemplo, una persona que hace un regalo a otra, fingiendo que es por cariño, y, en realidad, hace el regalo para que la otra le dé otra cosa de mayor valor, aunque, según el mundo, eso parece permitido, sin embargo va contra la virtud de la sencillez, que no puede sufrir que se manifieste una cosa y se pretenda otra; porque, como esta virtud nos hace hablar según nuestros sentimientos internos, nos hace también obrar igualmente con una sinceridad y rectitud cristiana; y todo por Dios, que es el único fin que ella pretende. De ahí se puede deducir que esta virtud de la sencillez no está en las personas que, por respeto humano, quieren aparentar que son distintas de lo que son; que hacen actos buenos externamente para que las consideren virtuosas; que tienen cantidad de libros superfluos para parecer sabios; que ponen mucho cuidado en predicar bien para conseguir aplausos y alabanzas y, finalmente, que tienen otras intenciones en sus actos y prácticas piadosas. Ea, yo les pregunto Hermanos míos. ¿no es esta virtud de la sencillez bella y deseable? Y ¿no será justo y razonable guardarse con mucho cuidado de todos esos disfraces y artificios de palabras y de obras? Mas para adquirirla hay que practicarla, y será con frecuentes actos de virtud de sencillez como llegaremos a ser verdaderamente sencillos, con la ayuda de la gracia de Dios, que debemos pedírsela a menudo».

Hemos referido con cierto detalle la Conferencia, que el Sr. Vicente dio a los suyos sobre el tema de esa virtud, porque hemos creído que no podíamos presentar mejor su sencillez que con sus propias palabras: porque él era tal como quería persuadir que fueran los demás; y el que entendía sus palabras podía conocer su corazón, pues siempre lo llevaba en los labios. Ciertamente podemos decir que poseía esta virtud en tal grado, por la ayuda de la gracia de Nuestro Señor, que las potencias de su alma estaban llenas de ella; y que todo lo que decía y hacía provenía de esa fuente, adaptando siempre su exterior a su interior, y sus actos a sus intenciones, que tendían, todas ellas, a lo más perfecto. A propósito de esto decía que  hacer aparecer las cosas buenas al exterior y ser totalmente distinto en el in terior, era hacer como los fariseos hipócritas, e imitar al demonio, que se transfor ma en Angel de Luz.

Y ésta era una de sus normas: que como la prudencia de la carne y la hipo cresía reinan particularmente en este siglo corrompido, con mucho perjuicio para el espíritu del Cristianismo no se puede combatirlas y vencerlas mejor que con una verdadera y sincera sencillez.

Su fidelidad a la práctica de esta virtud se deja ver en todas las ocasiones, hasta en los menores detalles. Entre varios ejemplos, se ha hecho notar frecuentemente que la gran cantidad y diversidad de asuntos a los que se dedicaba continuamente, le hacían en alguna ocasión olvidarse de algunas cosas pequeñas, como de hablar a alguien, de responder a alguna carta, o de hacer alguna otra cosa que le habían encomendado.

Prefería confesar sinceramente sus defectos, aunque le pudiera sobrevenir la confusión, que no cubrirlos con alguna excusa o algún artificio ingenioso; y decía que siempre le había resultado bien declarar las cosas tal como eran, porque Dios les da su bendición. Sobre esto, dijo una vez estas palabras dignas de notarse: «Dios es infinitamente simple, es la misma simplicidad; por tanto, donde hay simplicidad y sencillez, allí está Dios. Como dice el Sabio, el que anda con sencillez, anda seguro; por el contrario, los que recurren a cautelas y artimañas están en un miedo continuo de que descubran su artificio y que, al verse sorprendidos en su doblez, nadie quiera fiarse de ellos».

Al destinar cierto día a uno de sus Sacerdotes a una Provincia, donde, según el rumor que corría, usaban mucho de sutilezas, le dio este excelente aviso:  «Va usted a una tierra, donde dicen que la mayor parte de los habitantes son astutos y taimados; si es así, el mejor medio para que aprovechen es actuar con mucha sencillez ante ellos, pues las máximas del Evangelio son completamente opuestas a las maneras de obrar del mundo, y como usted va servir a Nuestro Señor, debe portarse según su espíritu, que es un espíritu de rectitud y de sencillez».

Algún tiempo más adelante, con ese mismo espíritu, se procedió en esa Provincia a la fundación de una casa de su Congregación. Destinó allí como primer Superior a un Sacerdote de la Compañía, en quien relucía una gran sencillez.

Pues bien, como llevaba a los suyos, en cuanto dependía de él, a esta virtud de la sencillez, no podía tampoco sufrir en ellos, ya en las palabras o en sus actos, ninguna cosa que le fuera contraria, ni tampoco que pareciera que se separaba ni un tanto de la presencia de Dios, que él deseaba que lo vieran en todas las cosas, sin detener su pensamiento, ni su afecto en las criaturas. He aquí lo que respondió acerca de esto a uno de sus Sacerdotes, que le escribía en una carta que le había dado su corazón: «Le agradezco su carta y su querido regalo. Su corazón es demasiado bueno como para ser puesto en unas manos tan malas como las mías; y sé muy bien que usted no me lo da sino para que se lo entregue a Nuestro Señor, al cual pertenece, y al amor del cual usted quiere que tienda sin cesar. Que este amable corazón sea, pues, únicamente, desde este momento, para Jesucristo, y que El sea suyo plenamente y siempre, en el tiempo y en la eternidad. Pídale a El, se lo ruego, que me dé parte del candor y de la sencillez del corazón de usted, que son virtudes de las que estoy muy necesitado, y cuya excelencia es incomprensible».

Y escribiendo a otro de los suyos, que manifestaba que obraba por algún interés o respeto humano: «Ha obrado usted sensatamente —le dice— al ponerse a bien con las personas que me nombra, pero decir que es con el fin de que nos sostengan, y que nos defiendan es un motivo muy bajo y muy alejado del Espíritu de Jesucristo; según él debemos mirar a Dios puramente, y hacer servir todas las cosas por el amor que le debemos. Y usted, por el contrario, mirando por sus intereses, quiere emplear la amistad de esas personas para conservar nuestra fama, que es una cosa vana, si no está fundada sobre la virtud, y si no está establecida sobre semejante fundamento, ¿por qué tiene usted miedo? Me escribe, además, otra cosa, que no revela menos su respeto humano, a saber, que, cuando en sus cartas me habla bien de algunas personas, yo haga de forma que lo sepan sus amigos, para que ellos se lo comuniquen. ¡Ay Señor!, ¿es que está jugando? ¿dónde está la sencillez de un Misionero, que debe ir derecho a Dios? Si usted no ve ningún bien en esas personas, no hable de eso; pero si lo halla, hable para honrar a Dios, porque todo bien procede de El. Nuestro Señor censuró a un hombre, que le llamaba bueno, porque no lo hacía con buena intención; pero cuánto mayor motivo tendría para censurarle a usted, si usted alaba a los hombres pecadores por complacencia, aunque ese fin lleve consigo otro que sea bueno; porque estoy seguro de que usted no busca hacerse con el aprecio y el afecto de alguno, sino para hacer progresar la gloria de Dios. Mas recuerde que la doblez no agrada a Dios, y que para ser verdaderamente sencillo, debemos tener en cuenta sólo a El».

Pero si el Sr. Vicente llevaba a los suyos a practicar la virtud de la sencillez en toda clase de ocasiones, los exhortaba más en concreto que la hicieran aparecer en las predicaciones e instrucciones que hacían al pueblo. Hablándoles un día del deseo de alabanza y de estima, que se mezcla tan a menudo en el espíritu de muchos predicadores, les dijo: «Se quiere brillar y dar que hablar de uno; gusta ser alabado y oír que digan que tenemos éxito, y que hacemos maravillas. Miren qué monstruo, y qué serpiente infernal, la que se esconde bajo esos hermosos pretextos y que infecta con su veneno mortal el corazón de quienes le dan entrada. ¡Oh maldito orgullo! ¡Cuántas cosas buenas destruyes y corrompes, y cuántos males causas! Tú haces que se predique de sí mismo, y no de Jesucristo, y que en lugar de edificar, se destruya y se arruine. Hoy he estado presente en una charla que un Prelado ha dado a los Ordenandos. Después de ella, he ido a su habitación, y le he dicho: Monseñor; hoy me ha convertido usted.Y al responderme: ¿Cómo ha sido eso? Es—le he replicado— que usted ha declarado todo lo que ha dicho tan llanamen te y tan sencillamente, que eso me ha parecido muy emotivo, y no he podido más que alabar y bendecir a Dios por ello ¡Ah Señor!—me ha dicho él— le debo confesar con la misma sencillez, que muy bien podría haber dicho alguna otra co sa más preparada y más elevada, pero hubiera ofendido a Dios, si lo hubiera he cho.— Miren, señores, cuáles han sido los sentimientos de ese Prelado. En ellos deben entrar todos los que buscan verdaderamente a Dios, y los que desean procurar la salvación de las almas. Haciendo así, les puedo asegurar que Dios no dejará de bendecir lo que ustedes digan, y de dar fuerza y virtud a sus palabras. Sí, Dios estará con ustedes, y obrará por ustedes, porque se complace en los sencillos, El los asiste y bendice sus trabajos y sus actividades; por el contrario, sería una impiedad creer que Dios quiere favorecer o asistir a una persona, que busca la gloria de los hombres, y que se alimenta de vanidad, como hacen todos los que se predican a sí mismos, y quienes en sus predicaciones no hablan, ni con sencillez ni con humildad; porque ¿podría decirse que Dios quiere ayudar a un hombre a perderse? Eso es algo que no puede entrar en el pensamiento de un cristiano. ¡Oh! ¡Si supieran ustedes qué mal tan grande es introducirse uno en el oficio de predicador para predicar de distinto modo que el que predicó Jesucristo, y de distinto modo que sus Apóstoles, y que muchos grandes Santos y grandes servidores de Dios lo han hecho, y lo hacen aún ahora! Quedarían ustedes horrorizados. Dios sabe que hasta tres veces, durante tres días seguidos, me he prosternado ante un Sacerdote, que entonces era de la Compañía y que ya no está, para rogarle con toda la insistencia que me fue posible, que predicara y hablara muy sencillamente, y que siguiera las pautas que se le habían dado, sin haber podido conseguir nada de él. Daba las charlas de la Ordenación, y de ellas no consiguió ningún fruto, y todo aquel montón de pensamientos y de períodos escogidos se convirtió en humo; porque, efectivamente, no es el fasto de las palabras lo que aprovecha a las almas, sino la sencillez y la humildad la que atrae y la que lleva a los corazones la gracia de Jesucristo. Y si queremos conocer la verdad, ¿qué es, les ruego, lo que atrae a este lugar a los Señores Ordenandos, a los Teólogos, a los Bachilleres y a los Licenciados de Sorbona y de Navarra? No es la ciencia, ni la doctrina que les proporcionan; porque ellos tienen más que nosotros, sino que es la humildad y la sencillez con la que nosotros tratamos, por la misericordia de Dios, de comportarnos con ellos. Vienen aquí solamente para aprender la virtud, y en el momento en que dejen de verla brillar más entre nosotros, se retirarán de nosotros. Por eso, debemos desear y pedir a Dios que quiera hacer la gracia a toda la Compañía, y a cada uno de nosotros en particular, de obrar sencilla y llanamente, y de predicar las verdades del Evangelio en la forma que Nuestro Señor las enseñó, de modo que todo el mundo las entienda, y que cada uno pueda aprovecharse de lo que digamos».

Acabaremos este Capítulo con el testimonio que el Superior de una de las casas de la Misión ha dado sobre la virtud de la sencillez que reinaba en el corazón de este Santo Varón, y que brillaba en sus acciones y en sus palabras

«Como el Sr. Vicente —dice— hablaba de una forma humilde y sencilla, aunque muy vigorosa y muy eficaz, también nos recomendaba muy especialmente esta humildad y sencillez en sus discursos públicos y particulares. Quería que se desterrara el fasto y todo lo que pueda oler a espíritu o a vanidad del mundo. Y para persuadirnos mejor, entre las muchas razones que aducía, añadía que, como las bellezas naturales disponen de más atractivos que las artificiales y maquilladas, igualmente los discursos sencillos y comunes son mejor aceptados, y hallan más favorable entrada en los espíritus, que los que son afectados y artificiosamente trabajados. El deseo que tenía de mi progreso, le hizo tomarse el cuidado de formarme en todas las cosas; y el gran número de mis imperfecciones me han dado la ventaja de recibir de él muchos consejos y saludables enseñanzas. Me acuerdo que durante mis estudios de Teología, hacía predicar a todos los de su casa, que trabajaban en adquirir esta ciencia divina; y cuando me llegó el día, y yo manifesté en su presencia todo lo que había preparado con mucho estudio y esmero, pensando que había hecho una maravilla; él puso aquella noche mi discurso sobre el tapete, y mandó hacer la anatomía del mismo a más de veinte personas a quienes yo honraba como mis maestros; y él concluyó a continuación, con una caridad que me dio animos: que era preciso que aprendiera a predicar como Jesucristo lo había hecho; que el Divino Salvador podía, si hubiera querido, decir cosas maravillosas de misterios no revelados, con unos conceptos y unos términos que fueran proporcionados, siendo el Verbo y la Sabiduría del Padre Eterno, y que, sin embargo, nosotros sabíamos cómo había predicado sencilla y humildemente para acomodarse al pueblo, y darnos el modelo y la manera de tratar su santa Palabra».

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