Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 13, Sección 1

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Otros actos de humildad practicados por el Sr. Vicente

Con mucha razón un virtuosísimo eclesiástico, que ha conocido muy de cerca al Sr. Vicente, ha dicho de él, que no ha conocido nunca en la tierra un ambicioso que haya tenido más pasión por exaltarse, por hacerse apreciar y alcanzar la cima de los honores, como este humilde Siervo de Dios estaba interesado en rebajarse, en hacerse abyecto y despreciable y en abrazar las más bajas humillaciones y confusiones; porque, ciertamente, parecía haber convertido esta virtud en su tesoro, aprovechando cuidadosamente todas las ocasiones que se presentaban para practicarlas y hacerse con razones para humillarse en toda clase de circunstancias.

Además de todo lo que hemos dicho en este Capítulo, relataremos también en esta Sección otros actos más extraordinarios.

Estaba muy lejos de alardear de los dones y talentos recibidos de Dios, porque, al contrario, trataba, en cuanto le era posible, como ya lo hemos indicado, de ocultarlos; y cuando se veía obligado a dejarlos a la vista para emplearlos en el servicio de Dios y del prójimo, sólo dejaba ver los más pequeños. He aquí su norma sobre este asunto, que es tanto más digna de ser apreciada, cuanto más rara es entre los hombres; y aunque la hemos contado en otro lugar, no dejaremos de repetirla aquí, porque merece ser conocida, y, más todavía, ser seguida y practicada por todos.

«Si voy a hacer una acción pública —decía— que la puedo llevar muy adelante, no la haré, sino que le cortaré tal y tal cosa, que podría darle algún esplendor y a mí alguna fama. De dos pensamientos que me vienen a la cabeza para hablar sobre alguna cuestión, cuando la caridad no me obligue a obrar de otro modo, presentaré el menor, con el fin de humillarme, y me quedaré con el más hermoso para sacrificarlo a Dios en el secreto de mi corazón. Porque Nuestro Señor sólo se establece y sólo se complace en la humildad del corazón y en la sencillez de las palabras y de los actos».

Cuando estaba obligado a hablar de las obras que Dios había hecho por medio de él, o de las bendiciones que había derramado sobre su actuación, lo hacía siempre en nombre de la Congregación y no en el suyo, diciendo: que Dios se había ser vido de la Compañía para tal o tal cosa; que su infinita Bondad había hecho o confia do a la Compañía tal o cual gracia. Y de ordinario, en las cosas que se proponía hacer para algún buen fin, hablaba en plural, diciendo por ejemplo: Trataremos de re mediar tal necesidad, o de procurar tal bien; mandaremos tal ayuda. Hablando de esa forma por espíritu de humildad, como no queriendo obrar por sí mismo, ni decir, por ejemplo: Remediaré, procuraré, mandaréo usar de palabras semejantes, de las que usan habitualmente los que tienen algún poder o autoridad. Decía normalmente: Les ruego, les agradezco, les pido perdón; soy yo la causa de que esas co sas no vayan como deberían, o que semejante desorden haya sucedido; porque esas fórmulas de expresión son, en cierto modo, humillantes, y quieren reservar para él todo lo que pueda llevar consigo algún rebajamiento, o alguna abyección.

Además de eso, tenía una habilidad maravillosa para atribuir a los demás el bien que él hacía, y desviar las alabanzas que le querían dedicar para dirigirlas sobre otro; y como si él no hubiera tenido parte alguna, refería siempre toda la estima y todo el honor del bien que había hecho, a Dios y al prójimo. Si es que había algún exceso en él, era el extenderse demasiado en las alabanzas de los demás y en los desprecios de sí mismo. Porque, en efecto, cuando hablaba de sí, era en términos tan humillantes, que, a veces, daba pena oirle

Respondiendo a una persona muy piadosa, que se había encomendado a sus oraciones:  «Le ofreceré a Dios —le dijo—, porque usted me lo manda; pero necesito de las ayudas de las almas buenas, más que nadie en el mundo, por las grandes miserias que abruman la mía, y que me hacen considerar la opinión que tienen de mí, como un castigo de mi hipocresía, que me hace pasar por otro que no soy yo».

Un Prelado muy digno, al ver que el Sr. Vicente se humillaba en todas las cosas, no se pudo contener sin decirle que era un cristiano perfecto. A eso el humilde Siervo de Dios respondió: ¡Ah Monseñor! ¿Qué dice usted? ¡Yo, un perfecto cris tiano! Más me debería considerar un condenado, y como el mayor pecador del uni verso.

Un recién ingresado en la Congregación de la Misión, al hablar un día en la Conferencia en presencia del Sr. Vicente, dijo que sentía una gran confusión por aprovecharse tan poco de los buenos ejemplos que él le daba y de las maravillas que veía en él. El Sr. Vicente dejó pasar estas palabras, para no interrumpirle, pero después de la Conferencia, le hizo esta advertencia en público: «Señor: entre nosotros tenemos esta costumbre: la de no alabar nunca a nadie en su presencia. Es cierto que soy una maravilla, pero una maravilla de malicia, más malo que el demonio, y él no ha merecido tanto el infierno como yo. Esto no lo digo por exageración, sino según los verdaderos sentimientos que tengo».

Un personaje muy enraizado en el Jansenismo estuvo una vez hablando con él de sus errores para persuadirle de ellos, y como no pudo conseguirlo, se puso a censurarlo, y montado en cólera, le dijo que era un auténtico ignorante, y que estaba extrañado de cómo lo podía sufrir su Congregación de Superior General. El Sr. Vicente le respondió, humillándose, que él estaba aún más extrañado que su interlocutor, «porque—dijo— aún soy más ignorante de lo que usted piensa»

Había cierto día consolado y animado a un estudiante de su Congregación que estaba tentado de desesperación, y habiéndole respondido a cierta dificultad que le venía a la mente contra la esperanza que el Sr. Vicente le exhortaba tuviera en Dios, le añadió: «Si el demonio le pone ese mal pensamiento en su espíritu, sírvase de esta respuesta que voy a darle, y dígale a ese desgraciado tentador que ha sido Vicente, un ignorante, uno de cuarto, el que le ha dicho eso».

Un Sacerdote de la Congregación le escribió al Sr. Vicente, que el Superior que había destinado a la casa donde él vivía, no era bastante educado para aquel sitio. El Sr. Vicente, al responderle, después de haber dicho muchas cosas buenas de aquel Superior, que era un hombre virtuoso, añadió estas palabras: «Y a mí ¿cómo me han hecho? ¿y cómo me han podido sufrir hasta ahora en el cargo que tengo, a mí, que soy el más rústico, el más ridículo y el más tonto de todos los hombres entre la gente de condición, con las cuales no sabría decir dos palabras seguidas, sin que se viera que no tengo ni inteligencia ni sentido común, sino, lo que es peor, que no poseo ninguna virtud que me acerque a esa persona de la que me habla».

Esa era la costumbre en todas las ocasiones y ante toda clase de personas, incluso, ante las de más alta alcurnia, sobre todo, cuando le manifestaban algún aprecio, y cuando se le quería prestar algún honor: decir y hacer público que sólo era el hijo de un campesino, y que había guardado rebaños. A él le complacía declarar eso a los pobres para que lo consideraran como a uno que había sido de su condición. A propósito de esto, acaeció cierto día que un aldeano había venido a San Lázaro a pedir al Sr. Vicente, y el portero le dijo que estaba ocupado en aquel momento con ciertos Señores. Aquel buen hombre replicó: Entonces ya no es el Sr. Vicente, por que él mismo me ha dicho que no era más que el hijo de un pobre campesino, como yo.

Acompañábale cierto día un eclesiástico ante la puerta de San Lázaro, cuando una pobre mujer se puso a gritar, diciéndole: Monseñor, déme limosna. El Sr. Vicente le respondió: «¡Ah mi pobre señora! Usted no me conoce bien, porque sólo soy un porquerizo e hijo de un campesino.Otra, que también se encontró con él ante la puerta, como el Sr. Vicente iba acompañado de personas de condición, para invitarle a que le diera limosna más de buena gana, como le dijera que ella había sido criada de la Sra. madre del Sr. Vicente, él le respondió inmediatamente delante de todos los que estaban presentes: ¡Ah mi buena mujer! Usted me confunde con otro; mi madre nunca tuvo criada; ella sí que lo fue, y fue la mujer y yo el hijo de un campesino».

Un joven, pariente de un Sacerdote de su Compañía, se excusó, por respeto a él, de sentarse a su lado y estar cubierto. El le dijo: «¿Por qué, señor, tiene tanto reparo y tanta ceremonia junto a un pobre porquerizo, hijo de un pobre campesino, tal como soy yo?». Y el joven quedó muy sorprendido.

Después de visitar a un hombre de condición, quien por honor quería acompañarle hasta la puerta, hizo todo lo que pudo para hacerle desistir, y entre otras cosas, le dijo: «Señor, mire que no soy más que el hijo de un pobre lugareño, y que durante mi juventud he guardado los rebaños en el campo». A lo que el Señor, que era un hombre agudo, respondió, que uno de los grandes reyes del mundo, que era Da vid, también procedía de guardar rebaños. Y el Sr. Vicente pareció quedar como muy confuso y muy abatido ante aquella respuesta.

En las reuniones piadosas que solía frecuentar, su humildad le llevaba siempre a preferir las opiniones de los demás, y a preferirlas a las suyas, aunque fueran mejores, y un día en una de las reuniones de las Damas de la Caridad de París, que él presidía, estaban deliberando sobre algunos asuntos bastante importantes para la asistencia de los pobres, y una de las Damas de la Compañía se dio cuenta de que el Sr. Vicente, según su humildad habitual, seguía preferentemente los pareceres de las que opinaban, antes que el suyo propio; ella se molestó, y no se pudo contener sin llamarle suavemente la atención, que él no se impusiera con suficiente firmeza para hacer valer sus opiniones, aunque fueran las mejores. El le dio esta respuesta digna de su humildad: «No es del agrado de Dios, Señora, que mis endebles pensamientos prevalezcan sobre los de las demás. Estoy muy contento, porque el buen Dios hace sus negocios sin mí, que sólo soy un desgraciado».

El afecto que sentía por la virtud de la humildad, y los tesoros de las gracias que hallaba en su práctica, le llevaba a dar cuenta a su Compañía de todos los rebaja mientos que buscaba. Por eso, habitualmente hablaba de ellos con unos términos humillantes. Con ese espíritu respondió un día a un sacerdote, que solicitaba ser recibido en su Compañía, al tiempo que manifestaba que la prefería a todas las demás, reconociendo que era el mejor camino para ir al cielo: «Es la bondad que us ted nos tiene —le dijo— la que le hace pensar de esa manera; pero es cierto que las otras Comunidades son santas todas ellas, y que nosotros somos unos desgra ciados, y más desgraciados que los desgraciados».

Dijo a otro que pedía lo mismo: ¡Qué, Señor!, ¿quiere ser misionero? ¿Y cómo es que se ha fijado en nuestra pequeña Compañía?, porque somos unos pobres hombres. Ese Señor ha confesado más adelante, que quedó muy edificado de aquella humildad del Sr. Vicente, que así rebajaba el aprecio de su Compañía ante los mismos que la buscaban, y que pedían entrar en ella.

Mas no contento con hablar de esa manera, siempre ha tratado con sus ejemplos de insinuar ese espíritu de humildad en su Compañía, desde los primeros tiempos. Cuando todavía vivía en el Colegio de BonsEnfants, se puso varias veces de rodillas ante siete u ocho Sacerdotes que la componían, declarando en su presencia los pecados más graves de su vida pasada; quedaron así muy emocionados, admirando la fuerza de la gracia en su Superior, gracias a la cual él renunciaba tan animosamente a aquella inclinación natural que todos los hombres tienen de ocultar sus debilidades, y trataba, al descubrir las suyas, de destruir en ellos todos los sentimientos de estima que pudieran tenerle. Además, tenía esta costumbre: todos los años, el día de su bautismo, se ponía de rodillas ante su Comunidad, y le pedía perdón a Dios por todos los pecados cometidos desde hacía tantos años que su Bondad lo sufría en la tierra, y suplicaba a la Comunidad, que le perdonaran todos los motivos de escándalo que pudiera haberles dado, y rogaran a Dios que le hiciera misericordia.

Además de eso, cuando pensaba que le había sucedido alguna cosa que no fuera del todo un buen ejemplo a la Compañía, no dejaba, cada vez que le sucedía, de humillarse por ello y de pedirle perdón. Y eso lo hacía también por cosas secretas, como por unos movimientos de impaciencia que habían aparecido al exterior, por algunas palabras menos mansas dichas a alguno, y por las menores faltas hechas por inadvertencia.

Un día le encargó a uno de los Hermanos de la casa que le diera alojamiento a un pobre transeúnte y el Hermano se excusó con muchas objeciones y réplicas. El Sr. Vicente creyó que debía hablarle con energía para obligarle a someterse; pero, después, como su humildad le causara algunos remordimientos internos, se puso de rodillas en medio de un pasillo de la huerta, donde se encontraban algunos Sacerdotes Antiguos de la Comunidad, y les dijo que pedía perdón a la Compañía por el escándalo que daba todos los días y que acababa de dar una vez más, al hablarle ásperamente a un Hermano del corral. Uno de los Sacerdotes, que estuvo presente en aquel acto de humildad, después de haber expuesto su versión, añadió: «Esto puede ser conocido de todos, pero lo que yo he visto es que esa misma tarde, al entrar, según mi costumbre, en la habitación del Sr. Vicente, después del Examen General, lo hallé besando los pies a ese Hermano«.

No fue sólo en esta ocasión, sino en una infinidad de muchas otras le vieron echarse a los pies de sus inferiores, incluso de los menores de la casa. De estos casos sólo presentaremos algunos ejemplos.

Una vez pensó que había dado motivo de pena a un Hermano por haberle dicho, quizá con un tono algo enérgico, que debía tener paciencia para resolver lo que le había propuesto; y no quiso celebrar la misa antes de humillarse ante aquel Hermano; y como no lo halló en la cocina, fue a buscarlo a la bodega, y allí le pidió perdón por haberlo contristado.

Un día de ayuno le sorprendió, en uno de sus viajes, en una pobre posada. Y pidió un poco de aceite para echarlo a una torta seca que le habían puesto para comer, pero su humildad le hizo temer que aquello hubiera causado alguna desedificación a quien le acompañaba. Por eso, se puso de rodillas ante él para pedirle perdón.

Otro día, estando de viaje con tres Sacerdotes, les habló, para distraerlos, de alguna cosa que le había sucedido en cierta ocasión. Y como le escuchaban con atención, quedaron muy sorprendidos cuando en medio de su narración se golpeó el pecho, diciendo que era un desgraciado, lleno de soberbia y de orgullo, y que no hacía más que hablar de sí mismo, de modo que hubo que cambiar de tema de conversación. Y en cuanto llegaron al lugar donde debían detenerse, no dejó de pedirles perdón de rodillas por el escándalo que les había dado hablando de sí mismo.

Cayó enfermo en Richelieu el año 1649, y le enviaron desde París al Hermano enfermero de San Lázaro, para que recibiera de él un poco más cuidado, porque conocía bien de qué manera había que tratarlo. Le hizo una acogida entrañable y le manifestó mucho afecto, según su costumbre. Sin embargo, le dijo que estaba pesaroso de que le hubieran causado tanta molestia al hacerle venir desde tan lejos por un vejestorio; más tarde pensó que no lo había recibido con suficiente cordialidad, y le pidió perdón de rodillas no sólo en Richelieu, sino también, estando ya de vuelta en San Lázaro, en presencia de su Asistente, con quien hablaba sobre este asunto: «Sepa usted bien, señor —le dijo— que este buen Hermano, cuando vino a Richelieu por mí, no, no le abrí mi corazón, como suelo, y es de eso de lo que le pido perdón muy humildemente en presencia de usted, y le ruego a usted que pida a Dios por mí, para que me conceda la gracia de no cometer más faltas de ese estilo»

Una vez lo visitó un sobrino suyo, que había venido expresamente de la ciudad de Dax a París. El portero del Colegio de BonsEnfants, donde él vivía entonces, le hizo saber que su sobrino quería verlo; sintió un primer movimiento de cierta contrariedad por su llegada, y dijo que lo llevaran a su habitación. Pero, su humildad le hizo cambiar inmediatamente de sentimiento y tomar la determinación de ir él mismo a recibirlo, al piso bajo. He aquí en qué términos el Señor de Saint-Martin, canónigo de la ciudad de Dax, que vivía por aquel entonces en ese mismo Colegio, dio su versión: «No puedo pasar en silencio —dijo— un acto de virtud del Sr. Vicente, del cual he sido testigo con ocasión de la visita de un sobrino suyo. Es el siguiente; habiéndole encargado a uno de los suyos que fuera a recogerlo a la calle, donde estaba, vestido a la manera de los campesinos de aquella tierra, para que lo llevara a su habitación, este buen Siervo de Dios experimentó un impulso de superación, y lo realizó, porque, saliendo de su habitación bajó a la calle, donde, al encontrar a su sobrino, lo abrazó, le besó y le tomó por la mano, y después de llevarlo al patio, hizo bajar a todos los Señores de su Compañía, y les dijo que aquél era el hombre más honorable de su familia; y le hizo saludar a todos. Y le hizo hacer el mismo acto de urbanidad a las demás personas de condición que le venían a visitar. Y en los primeros Ejercicios Espirituales, que hizo más adelante, se acusó públicamente en plena reunión de haber tenido alguna vergüenza a la llegada de su sobrino, y de haberlo querido subir a escondidas a su habitación porque era campesino e iba mal vestido».

Aún fue más adelante en la práctica de la humildad en los primeros Ejercicios de los Ordenados que se hicieron en San Lázaro: porque, hablando a los que debían recibir los Ordenes de la vocación al Estado Eclesiástico, mezcló en su charla varias cosas humillantes de la vida pasada; y para confundirse más, añadió que uno de sus parientes había estado condenado en las galeras. Esto lo ha repetido en muchas ocasiones, aunque dicho hombre fuera un pariente muy lejano, a lo sumo de cuarto grado.

Siendo como era tan aficionado a procurarse a sí mismo humillaciones, no lo era menos para recibir las que le venían de parte de su prójimo. Uno de los principales Magistrados del Parlamento dijo un día en el Gran Salón de Sesiones, que los Misioneros de San Lázaro casi apenas daban misiones. Se lo contaron al Sr. Vicente, y quedó extrañado de aquella afirmación, y se lo dijo a uno de los suyos. Este le respondió que el tal Magistrado hablaba sin conocimiento de causa, y que hacía mucho que la Compañía no trabajaba en tantas misiones a la vez, más las que había dado el año anterior; le añadió que sería conveniente se le hiciera saber a dicho Magistrado, porque, de otro modo, estando tan mal informado, podría continuar desprestigiando a la Compañía. El Sr. Vicente le contestó: «Hay que dejarle hacer; yo no me justificaría nunca, sino a base de obras».

Sucedió en otra ocasión, que una de las casas de la Congregación había recibido una humillación muy notable, sin que hubiera habido de por medio ningún pecado. En lugar de afligirse por ello, se alegró, y exhortó a su Comunidad a que diera gracias a Dios de todo corazón, y Le pidiera la gracia de hacer buen uso de dicha abyección: Porque —decía— es una felicidad ser tratado en la forma que trataron a Nuestro Señor. Y para hacer arraigar cada vez más el espíritu de humildad en su Compañía, propuso como tema de Oración a su Comunidad, una vez al mes, y eso durante varios años, la meditación sobre el Orgullo, para que concibiera contra él más horror; y decía: «Que la Compañía no subsistiría nunca sin la virtud de la humildad; que, cuando faltara esta virtud en alguna Compañía, cada cual pensaría en su acomodo particular, y que de ahí provendrían las parcialidades, el cisma y la ruptura; que si los Misioneros tenían algo que pedir a Dios, eso debería ser la humillación; y que debían contristarse y llorar cuando recibieran aplausos, ya que Nuestro Señor había dicho: Vae cum benedixerint vobis homines!, desgraciados de vosotros cuando los hombres os aplaudan».

Pero ha sido principalmente en sus actuaciones de la Corte, donde se ha manifestado la humildad del Sr. Vicente con más fuerza, cuando estaba más opuesto a los honores que le rendían unos, y cuando su virtud y recto comportamiento lo merecía de todos. Al principio, cuando fue llamado al Consejo junto con el difunto Sr.. Príncipe de Condé y otros Señores, como ese buen Príncipe le quisiera obligar a sentarse junto a ellos, él le dijo: Señor, es demasiado honor que Su Alteza me sufra en su presencia, a mí que no paso de ser más que el hijo de un pobre porquerizo.A lo cual el Sr. Príncipe le respondió con el verso de un poeta: Moribus et vita nobilita tur homo, añadiendo: No es de hoy el conocimiento que tenemos de sus méritos. Y le propuso inmediatamente en la reunión unos puntos de controversia; el Sr. Vicente le respondió en seguida con tal satisfacción del Príncipe, que le dijo: ¡Vaya, Sr. Vicente! Usted dice a todos, y lo hace público por todo el mundo, que usted es ig norante y, sin embargo, resuelve en dos palabras las más grandes dificultades que tenemos con los Religionarios. Volvió a proponerle una vez más otras dificultades sobre Derecho Canónico, y como el Sr. Vicente le volviera a responder con parecida satisfacción del Príncipe, éste le dijo que reconocía que había sido elegido por su Majestad, con mucha razón, para que le ayudara con su consejo en lo tocante a los Beneficios y otros asuntos eclesiásticos.

Pues bien, aunque ese cargo era tan importante y tan honorífico, y el acceso que le brindaba ante la Reina Madre durante la Regencia, le hacían muy influyente, con todo, ya lo hemos hecho notar, él nunca llevó una sotana nueva, cuando iba al Louvre, y tampoco apareció vestido de otro modo ante los Grandes de la Corte, que como cuando iba a instruir y predicar a los campesinos, permaneciendo igual por todos los sitios con una decencia muy sencilla y humilde.

Hablando un día acerca del cargo que desempeñaba en la Corte, dijo:  «Le pido a Dios que me tengan por un insensato, como lo soy, para que no me empleen más en esta especie de comisión, y tenga más tiempo libre para hacer penitencia, y dé menos malos ejemplos, como doy a nuestra pequeña Compañía»

También es cierto que ese cargo le pesaba muchísimo, no por carecer de afecto hacia Su Majestad, por cuyo servicio hubiera expuesto muy de buena gana su vida, sino a causa de los honores que llevaba consigo. Abrazaba, por el contrario, las confusiones con amor y sufría con gozo las calumnias que le ocurrían, y alababa a Dios por ellas, sin que nunca se le hubiera oído justificarse, y, menos aún, quejarse; y muy lejos de guardar ningún resentimiento, se humillaba incluso delante de los que lo ofendían y les pedía perdón. Eso se le vio hacer ante una persona de condición, que le trataba con mucho desprecio, y con un joven Gentilhombre, que le había dicho, en un arrebato de su edad, que era un viejo loco. Se puso de rodillas ante él, pidiéndole perdón por la ocasión que podía haberle dado para decirle tales palabras.

En otra circunstancia habiendo impedido que el Rey diera un Obispado a una persona que él sabía no era apropiada para estar al frente de una diócesis, sus parientes, que eran influyentes, concibieron por ello un resentimiento muy grande, y lo hicieron pronto público inventando contra él una calumnia; le añadieron además varios detalles para hacerla más creíble y así propalarla ante la Corte. Llegó el caso a oídos de la Reina, así que, en cuanto vio al Sr. Vicente, le preguntó riéndose, si sabía bien lo que se sabía de él, y que se le acusaba de tal cosa. Respondióle sin turbarse, ni alterarse: Señora, soy un gran pecador. Y como Su Majestad le indicara que debía justificarse, él le contesto: También otros dijeron cosas parecidas contra Nuestro Señor, y El no se justificó nunca.

Durante ese mismo tiempo en que él estaba empleado en la Corte, uno de sus amigos le advirtió que un eclesiástico, que falleció al poco tiempo, hacía correr el rumor por la ciudad, y hasta se lo había contado a una de las personas más cualificadas de París, de que el Sr. Vicente había hecho dar un Beneficio a cierta persona, gracias a una biblioteca y a una suma considerable de dinero. El buen Siervo de Dios quedó ciertamente un poco aturdido en el primer momento por esa negra calumnia, y tomó la pluma, como así lo ha declarado más adelante, con la intención de escribir a alguien para justificarse, pero en cuanto escribió las primeras letras, entrando dentro de sí, y volviendo a examinar lo que iba a hacer: ¡Desgraciado! —dijo— ¿en qué piensas? ¡Qué! ¿Quieres justificarte? ¡Y acabamos de enterarnos de que un cristiano falsamen te acusado en Túnez ha permanecido tres días sometido a tormentos, y, finalmente, ha muerto sin proferir ninguna palabra de queja, aún siendo inocente del crimen que le habían acusado! Y en cuanto ti ¿te quieres excusar? ¡Oh no, no será así! Y al mismo tiempo, dejó la pluma, y no escribió nada, ni se puso en plan de justificarse.

Finalmente su humildad, que iba creciendo cada vez más, discurrió otro medio del todo extraordinario para practicarla. Hizo venir a París el año 1642 a algunos de los más Antiguos y más Principales de su Congregación para deliberar acerca de varios asuntos importantes. Después de algunas Conferencias, presentó ante ellos las faltas de su conducta, su incapacidad para el gobierno y la necesidad que había de proponer otro nuevo Jefe a la Compañía: Están ustedes reunidos —les dijo—. Entrego el cargo de Superior General en sus manos; hagan en nombre de Dios una elección de otro de entre ustedes, para que sea nuestro Superior. Y después de esto, salió de la sala, y se fue a una capillita que está enfrente de la iglesia; allí se puso a rezar delante del Santísimo Sacramento. Los Sacerdotes reunidos, sorprendidos ante aquella proposición y viendo que no había lugar para deliberar sobre ello, mandaron a algunos a rogarle que volviera. Después de haber estado buscándolo largo tiempo, lo encontraron de rodillas en aquella capilla vuelto hacia el altar mayor de la iglesia. Le dijeron que ninguno de ellos podía consentir en hacer lo que deseaba, y le rogaron y urgieron que volviera para tratar los demás asuntos que  quedaban por resolver. Pero él se excusó, y les hizo nuevas instancias para la elección, diciendo que él estaba depuesto, y que debían elegir a otro para desempeñar aquel cargo. Después que les contaron todo eso a los que estaban en la sala, salieron todos, y vinieron en corporación a conjurarle que continuara en el gobierno de la Compañía. Finalmente le dijeron: Es usted mismo a quien nosotros elegimos para nuestro Superior General, y mientras Dios le conserve sobre la tierra, nosotros no tendremos otro. Hizo lo que pudo para defenderse, pero después de todas sus resistencias, conociendo la voluntad de Dios, bajó la cabeza, y sometió su espalda a dicho cargo. Y lo hizo de tal modo que, quedando para él todo lo más penoso, rehusó tanto cuanto le fue posible todas las ventajas y todos los honores. Era por ese espíritu de humildad por lo que nunca usaba del título de Superior General de la Congregación, salvo en los actos públicos o en las Letras patentes, cuando era absolutamente necesario. En todos los demás casos se calificaba, al firmar, Indigno Sacerdote de la Congregación de la Misión, o Indigno Superior.

Escribió también a algunos de sus Sacerdotes, que, al comienzo de las cartas que le dirigían, no dejaran más espacio en blanco que el que veían en las que él escribía, pues le molestaba recibir más honores de sus inferiores, que lo que les rendía él. Y a propósito de esto, como cierto día uno de los más antiguos Sacerdotes de la Congregación hubiera recomendado a la Comunidad de San Lázaro, que se le rindiera al Sr. Vicente algún acto de urbanidad especial, pues así lo requería su calidad de Padre común y de Superior General; y que, cuando tropezaran con él, se detuvieran un poco para hacerle una inclinación o reverencia mientras él pasaba cuando el Sr. Vicente, se dio cuenta, se quejó, como si le hubiera hecho daño, y no quiso que usaran más de aquello, y al indicársele que así se practicaba en la mayor parte de las Comunidades: Lo sé bien —dijo— y conviene respetar las razones que tienen para ha cerlo. Pero yo tengo las mías para no sufrirlo, por lo que a mí me toca, pues no debo ser comparado con el menor de los hombres, porque soy el peor

La silla, donde solía colocarse habitualmente en el coro de San Lázaro cuando oficiaba, la pusieron más alta que las demás; mandó deshacer lo hecho, diciendo que aquella silla era propia para Sres. Obispos, y no para un Sacerdote desgraciado, como él.

En ese mismo espíritu de humildad tomaba siempre para sí los peores ornamentos de la iglesia. La Reina Madre, con su acostumbrada piedad, regaló a la sacristía de San Lázaro algunos paramentos de tela de plata cuando nació el Rey. Su Majestad los envió con toda intención para que sirvieran en las Fiestas de Navidad. Pero el Sr. Vicente, que, según su costumbre, debía oficiar en dicha Solemnidad, al ver que le habían preparado aquellos ricos ornamentos, pidió los ordinarios; y, a pesar de que le dieron algunas razones para que se sirviera de ellos, no pudieron vencer su humildad, pues no tenía valor —decía— para revestirse el primero con semejante ornamento; de modo que obligó a que le dieran uno de camelote, y el diácono y el subdiácono se revistieron con unos semejantes para guardar la uniformidad.

Sufría difícilmente que le prestaran algunos pequeños servicios y que le ayudaran en cosas que él no las podía hacer sólo, debido a su edad y a sus indisposiciones. Y daba, por ello, gracias tan humildemente, que pagaba hasta con usura la poca ayuda que le prestaban. Pero, por el contrario, estaba encantado cuando podía servir a los demás, ya en el refectorio, o también en la cocina, y hasta en los menores oficios. Su misma humildad llegó a veces hasta el exceso de pedir la bendición a sus inferiores. He aquí lo que manifestó un día sobre esta cuestión, al escribir a uno de sus Sacerdotes, hablándole de otro que estaba gravemente enfermo: «¡Ay señor! ¡Qué triste estoy por el estado de nuestro querido enfermo! ¡Qué pérdida para la Compañía, si Dios lo saca de esta vida! Pero, a pesar de todo, ¡que se haga su Santísima y Adorabilísima Voluntad! Si todavía está vivo, le ruego que lo abrace de mi parte; que le diga mi dolor; que me encomiende en sus oraciones y que le pida su bendición para toda la Compañía, y para mí, que se la pido prosternado en espíritu a sus pies».

No hay por qué admirarse si obraba de ese modo, vistos los bajos sentimientos que tenía de sí mismo, considerándose, y haciéndolo público en toda ocasión, indigno de la categoría de Superior General y del carácter de su sacerdocio. Dijo muchas veces, que, si aún no lo hubiera recibido, dado el conocimiento que tenía en aquel momento de su indignidad, nunca se hubiera decidido a recibirlo, y que escogería más bien la condición de Hermano de la Compañía, o bien, de un simple labrador, igual que lo había sido su padre. Aunque desempeñaba muy dignamente todas sus obligaciones y todas las funciones sacerdotales, con todo, su gran humildad había causado tan fuertes impresiones en su espíritu, que muy lejos de presumir algo de su mérito, por el contrario, se consideraba como un obstáculo para el bien, y temía ser responsable ante Dios de las herejías, de los desórdenes y de las calamidades públicas, porque no las apartaba tanto como él creía que estaba obligado a hacer en calidad de sacerdote. Eso es lo que ha manifestado en varias ocasiones, y que también ha escrito al Sr. de Saint Martin, canónigo de Dax, viejo amigo suyo. Reproduciremos aquí su carta, porque es muy importante tanto por los bajos sentimientos que manifiesta de sí mismo, como por el alto aprecio que sentía por el estado sacerdotal: «Le doy gracias —le dice— por el interés que se ha tomado con mi pequeño sobrino; de él he de decir que nunca jamás deseé que fuera eclesiástico, ni mucho menos se me ocurrió nunca hacerle educar con esa intención, ya que esa condición es la más sublime que hay en la tierra, pues es la misma que Nuestro Señor quiso aceptar y practicar. En cuanto a mí, si hubiera sabido lo que era cuando tuve la temeridad de entrar en ese estado, como lo supe más tarde, hubiera preferido quedarme a labrar la tierra, antes que comprometerme en un estado tan tremendo. Esto mismo es lo que les he dicho mil veces a las pobres gentes del campo, cuando para anímarlos a vivir contentos y como buenas personas, les manifestaba que los consideraba felices en su condición. Efectivamente, a medida que me voy haciendo más viejo, más me confirmo en estos sentimientos, ya que descubro cada día lo lejísimo que estoy de la perfección en que debería estar. Ciertamente, Señor, los sacerdotes de este tiempo tienen muchos motivos para temer los juicios de Dios, pues aparte de sus propios pecados El les pedirá cuentas de los de los pueblos, por no haber procurado satisfacer por ellos a su justicia irritada, tal como es su obligación; y lo que es más tremendo todavía, Dios le imputará la causa de los castigos que les envía, porque no se oponen como deben a las plagas que afligen a la Iglesia, como son la peste, la guerra, el hambre y las herejías, que la atacan por todas partes. Digamos más aún, que ha sido de la mala vida de los eclesiásticos de donde han venido todos los desórdenes que han desolado a esta santa Esposa del Salvador y que la han deformado hasta el punto de que apenas se la puede reconocer. ¿Qué dirían ahora de nosotros esos antiguos Padres que la contemplaron en su primera belleza, si vieran la impiedad y las profanaciones que en ella vemos nosotros, ellos que opinaban que se salvarían muy pocos sacerdotes, a pesar de que en sus tiempos vivían en el más alto fervor?».

«Todas estas cosas, Señor, me hacen pensar que es más conveniente a ese pobre joven entregarse a la profesión de su padre, antes de emprender una tan alta y tan difícil, como la nuestra, en la que parece haber una pérdida inevitable para las personas que se atreven a entrar en ella sin haber sido llamadas. Y como yo no veo que haya sido llamado por ninguna señal segura, le ruego que le aconseje que trabaje para ganarse la vida y que le exhorte al temor de Dios, a fin de que se haga digno de su misericordia en este mundo y en el otro. Este es el mejor consejo que puede darle. Le ruego que se informe por el Señor N. de lo que se dijo en una Conferencia, que se celebró aquí, cuando él estaba con nosotros, a propósito de un párroco de Bretaña, que compuso un libro en el que decía que los sacerdotes que viven como hoy lo hace la mayoría, son los mayores enemigos que tiene la Iglesia de Dios. Si fueran todos lo mismo que usted y lo mismo que él, esa proposición no resultaría tan verdadera».

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