Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 12

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Luis Abelly

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Mansedumbre

La caridad está en su perfección—dice el Bienaventurado Francisco de Sales— cuando es no sólo paciente, sino, además de eso, mansa y buena a carta cabal. La mansedumbre viene a ser como la flor de esta divina virtud, que eleva tanto más su excelencia, cuanto más dificultad hay para reprimir los fallos de la naturaleza, que se cubre a menudo con el manto del celo, para dejarse llevar con más libertad por los arrebatos de las pasiones.

EL Sr. Vicente era de natural bilioso y de un temperamento vivo y, por consiguiente, muy inclinado a la cólera. Sin embargo, dominó de tal modo esta pasión con la ayuda de la gracia, y con la práctica de la virtud contraria que es la mansedumbre, que lejos de que aquella le hiciera cometer ninguna falta, parecía que ni siquiera sentía sus primeros impulsos. Es cierto que, cuando estuvo en casa de la Señora Generala de la Galeras (así lo confesó él mismo a personas de confianza) se dejaba llevar a veces un poco de su temperamento bilioso y melancólico. Por eso, aquella buena Señora se inquietaba pensando que él estaba descontento en casa de ella; pero, como el Sr. Vicente vio más adelante que Dios lo llamaba a vivir en comunidad, y que en ese estado tendría que vérselas con toda clase de personas de diferentes caracteres, me dirigí a Dios —dijo — y Le rogué con insistencia que me cambiara aquel humor seco y repulsivo, y me diera un carácter manso y benigno; y por la gra cia de Nuestro Señor, con un poco de atención que puse por mi parte para reprimir los hervores de la naturaleza, he quitado un poco de mi humor negro.

Aunque el Sr. Vicente no hablara nunca de sí mismo, sino cuando lo juzgaba necesario o muy útil para la edificación de los que vivían con él, sin embargo, su humildad era tal, que con frecuencia solía pedir excusa por ello, temiendo haber escandalizado de algún modo a quienes había hablado de aquella manera.

Así es cómo el Sr. Vicente cambió, y cómo trabajó, con la ayuda de la gracia divina, para adquirir la virtud de la mansedumbre, que reconocía y confesaba que no la poseía naturalmente, sino que la había adquirido de Dios por la oración y la práctica.

«Vemos —decía cierto día hablando a su Comunidad— a veces personas, que parecen estar dotadas de una gran mansedumbre, pero que no es más que un efecto de su carácter moderado; pues no tienen la mansedumbre cristiana, que consiste propiamente en reprimir y apagar los brotes del vicio contrario. Uno no es casto por el hecho de no experimentar movimientos deshonestos, sino porque los resiste cuando los siente. Tenemos aquí un ejemplo de verdadera mansedumbre. Lo digo porque no está presente esa persona, y porque todos pueden darse cuenta de su carácter seco y árido: es el Sr. N. Seguro que no conocen ustedes a dos personas tan duras y avinagradas como él y como yo; sin embargo, vemos cómo ese hombre se vence hasta el punto de que hay que decir que no es ya lo que era. ¿A qué se debe? A la virtud de la mansedumbre en la que él se esfuerza, mientras yo, desgraciado de mí, sigo tan seco como un espino. Les pido, señores, que no se fijen en los malos ejemplos que les doy, sino más bien les exhorto, como dice el Apóstol, a que caminen dignamente y con toda mansedumbre y jovialidad en el estado al que Dios los ha llamado».

Pero no basta con haber adquirido una virtud, es preciso conservarla y cultivarla; y por eso, es necesario ejercitarse en ella, hacer frecuentes actos y así lo ha enseñado a los suyos: no les decía nada, sin que antes lo hubiera puesto en práctica. Ahí va un breve resumen de algunos consejos dados por él sobre esta materia, y que él practicaba aún mejor

«En primer lugar, decía que para no ser sorprendido por las ocasiones en las que podrían faltar contra la mansedumbre, hacía falta prevenirlas, y representarse los motivos que podían verosímilmente excitar a la cólera, y formar en su mente, por adelantado, los actos de mansedumbre que se propone practicar en todas las ocasiones».

«En segundo lugar, que había que detestar el vicio de la cólera en tanto que desagrada a Dios, sin por eso enfadarse o amargarse contra sí mismo al verse sometido a ella, por cuanto hay que aborrecer ese vicio y amar la virtud contraria, no porque aquél nos disgusta, y ésta nos agrada, sino únicamente por el amor de Dios, a quien place esta virtud y desagrada ese vicio. Y si hacemos así, el dolor que concebiremos de las faltas cometidas contra esta virtud será suave y tranquilo».

«En tercer lugar, que cuando uno se siente colérico es conveniente dejar de obrar, y también de hablar, y, sobre todo, no tomar una decisión hasta que los movimientos de esta pasión estén calmados, porque—decía— los actos hechos en estado de agitación no estando plenamente dirigidos por la razón que está tur bada y oscurecida por la pasión, aunque, por lo demás, parezcan buenos, sin em bargo nunca pueden ser perfectos».

«En cuarto lugar, añadía que, durante la tentación, había que hacer un esfuerzo sobre sí mismo para impedir que aparezca alguna señal en la cara, que es la imagen del alma, sino dominarla y reformarla con la mansedumbre cristiana, lo cual —decía— no es contra la sencillez, porque se hace no para aparentar lo que uno no es, sino por un deseo sincero de que la virtud de la mansedumbre, que está en la parte superior del alma, fluya sobre la cara, sobre la lengua y sobre los actos externos para agradar a Dios y al prójimo por el amor de Dios».

«En quinto lugar, finalmente, que, sobre todo en ese momento, había que tratar de retener la lengua; y, a pesar de todos los borbotones de la cólera y de todos los engaños del celo que uno cree tener, sólo decir palabras mansas y agradables para ganar a los hombres a Dios. A veces—decía— sólo basta una palabra man sa para convertir a una persona de corazón duro; y, por el contrario, una palabra áspera es capaz de dejar desolada a un alma, y de causarle una amargura, que podría serle muy perjudicial. A propósito de esto, se le ha oído decir en diferentes ocasiones, que sólo había usado tres veces en su vida palabras duras para reprender y corregir a otros, pensando que tenía alguna razón para usarlas de aquel modo y que después siempre se arrepintió, porque aquello le había resultado muy mal; y que, por el contrario, siempre había obtenido con la mansedumbre lo que había deseado».

Sin embargo, distinguía mucho entre la verdadera virtud de la mansedumbre y la que lo es sólo en apariencia; porque la mansedumbre falsa es blanda, floja, indulgente; pero la mansedumbre verdadera no es opuesta a la entereza en el bien, a la cual siempre va junta por la conexión que existe entre las virtudes verdaderas.

«Y a este propósito decía que no había personas más constantes y más firmes que los que son mansos y apacibles. Por el contrario, los que se dejan llevar de la cólera y de las pasiones del apetito irascible son de ordinario muy inconstantes, porque no obran más que por arranques y por impulsos; son como los torrentes, que sólo tienen fuerza e impetuosidad en las riadas, pero se secan apenas ha pasado el temporal; mientras que los ríos que representan a las personas apacibles, fluyen sin ruido, con tranquilidad, sin secarse jamás. También era ésta una de sus grandes máximas, que aunque tuviera uno que mantenerse firme en cuanto al fin que uno se propone en las cosas buenas, con todo, era conveniente usar de la mansedumbre en los medios que se emplean. Alegaba a este fin lo que dice el Sabio acerca de la manera de actuar la Sabiduría de Dios, que tiende con fuerza a sus fines y, sin embargo, dispone los medios suavemente para llegar hasta aquéllos».

«Contaba a propósito de la mansedumbre el ejemplo del Bienaventurado Francisco de Sales, del que decía que había sido el hombre más manso y más afable que había conocido, y que la primera vez que lo vio, reconoció enseguida en su aspecto, en la serenidad de su rostro, en la manera de tratar y de hablar una imagen muy clara de la mansedumbre de Nuestro Señor Jesucristo, que le había ganado el corazón».

Ciertamente, también podemos decir, que el Sr. Vicente supo aprovechar bien el ejemplo de aquel Bienaventurado Prelado, porque, a su imitación, se notaba en él una acogida abierta, una mansedumbre y una afabilidad maravillosa, y unas palabras amables con toda clase de personas. Hablando un día sobre este tema a los suyos: «Tenemos —les dijo— tanta mayor necesidad de la afabilidad cuanto que estamos más obligados por nuestra vocación a tratar frecuentemente entre nosotros y con el prójimo, además, ese trato aún es más difícil, porque somos de diversos países y de carácter y temperamento muy distintos, mientras que en otra parte el trato con los demás nos resulta muchas veces duro de soportar. La virtud de la afabilidad es la que quita esas dificultades y la que, por ser el alma de una buena conversación, la hace no solamente útil, sino también agradable. La afabilidad hace que nos portemos en la conversación con benevolencia mutua, y como la caridad nos mantiene unidos como miembros de un mismo cuerpo, así la afabilidad es la que perfecciona esta unión».

Pero recomendaba de un modo especial a los suyos que practicaran esta virtud con los pobres campesinos: «Porque, de otra forma, —decía— se cansan y se sienten rechazados, pensando que somos demasiado severos, o demasiado grandes Señores para ello. Pero, cuando se les trata afable y cordialmente, piensan de otra forma de nosotros, y están mejor dispuestos para aprovecharse del bien que queremos hacerles. Pues bien, Dios nos ha destinado para servirlos, y lo debemos hacer de la manera que les resulte más provechosa y, por consiguiente, tratarlos con gran afabilidad, y atender a los avisos del Sabio, como dirigidos a cada uno de nosotros en particular: Congregationi pauperum affabilem te facito. Muéstrese afable ante el grupo de los pobres».

Pues bien, aunque el Sr. Vicente fuera muy afable en sus palabras, pero no era zalamero, sino todo lo contrario: censuraba enérgicamente a quienes se servían de palabras afables para insinuarse con un espíritu adulador en el afecto a los demás.

«Seamos afables —decía a los suyos— pero nunca lisonjeros, porque nada hay tan vil, ni tan indigno de un corazón cristiano como la lisonja. Un hombre verdaderamente virtuoso nada aborrece tanto como ese vicio».

Tenía también otra máxima sobre esa virtud: la de no disputar nunca con nadie, ni siquiera con los viciosos, cuando no estaba obligado a corregirlos, antes al contrario, quería que se sirviera siempre de palabras suaves y afables, según lo requerían la prudencia y la caridad. Por ese mismo principio, prohibía a los suyos meterse en disputas o altercados, cuando se trataba de disputar con los herejes, porque se les gana mejor con una mansa y amistosa advertencia. Después de convertir a tres en un viaje que hacía a Beauvais, más adelante declaró que la mansedumbre usada con ellos había contribuido más a su conversión, que todo el resto de su conversación.

«Cuando se discute contra alguien —decía— si uno se enfrenta con él dejándose llevar de un lenguaje altanero parece como si quisiera dominarle; por eso se prepara para resistir, en vez de disponerse a recibir la Verdad; de modo que, en semejante discusión, en vez de conseguir que se abra su espíritu, se cierra ordinariamente la puerta de su corazón. Por el contrario, la mansedumbre y la afabilidad se la abren. Tenemos un hermoso ejemplo de esto en la persona del Bienaventurado Francisco de Sales que, aunque era muy hábil en las controversias, sin embargo, convertía a los herejes más con su mansedumbre que con su doctrina. A propósito de eso, el Cardenal Perron decía que él valía mucho para convencer a los herejes, pero que sólo era capaz de convertirlos el Obispo de Ginebra. Acuérdense bien, señores, —añadía el Sr. Vicente— de las palabras de San Pablo a aquel gran misionero, San Timoteo: Servum Domini non oportet litigare: un siervo de Jesucristo no tiene por qué recurrir a litigios o disputas. Puedo decirles que nunca he visto, ni he sabido que se haya convertido ningún hereje por la fuerza de la disputa, ni por la sutileza de los argumentos, sino por la mansedumbre. Pues es cierto que esta virtud posee mucha fuerza para ganar a los hombres para Dios».

Pero la mansedumbre del Sr. Vicente se distinguía, sobre todo, en las correcciones y reprensiones que estaba obligado a hacer. En ellas obraba con tal moderación y mansedumbre y dulzura de espíritu, y hablaba de forma tan suave y, a pesar de todo, tan eficaz, que los corazones más duros quedaban ablandados y no podían resistir la fuerza de su dulzura. Presentaremos aquí solamente un ejemplo que hará ver cómo eran no sólo la dulzura, sino también la prudencia de este sabio y caritativo Superior, cuando tenía que reprender y corregir a algunos de los suyos. Le dijeron un día que un Sacerdote de su Congregación no trabajaba bastante en las misiones, aunque podía hacerlo muy bien; y que, cuando trabajaba en ellas, trataba al pueblo con un poco de aspereza en sus predicaciones. Sobre eso le escribió una carta para exhortarle a mostrarse más asiduo en las misiones y más manso con la pobre gente del campo. Y esto lo hizo de una manera tan suave como prudente y enérgica; y le hizo esta advertencia sin que le manifestara menosprecio alguno hacia su persona, ni hacerle saber que se le había informado de aquel defecto.

«Le escribo —le dice— para pedirle noticias de ustedes y darles alguna de las nuestras. ¿Cómo siguen ustedes después de tantos trabajos? ¿Cuántas misiones han dado? ¿Encuentra usted al pueblo dispuesto a sacar provecho de los actos, y a obtener todo el fruto que sería de desear? Me alegrará mucho saber todas las cosas al detalle»

«Tengo buenas noticias de las demás casas de la Compañía; en todas se trabaja con fruto y satisfacción, gracias a Dios. Algunos, como el Sr. N, lleva ya en el campo hasta nueve meses seguidos, trabajando en las misiones casi sin parar; es algo maravilloso ver las fuerzas que Dios le da y el bien que hace, que es extraordinario, según me informan de todas partes. Me han hablado de él los Sres. Vicarios Generales; otros me lo han dicho o escrito, incluso los religiosos, que están cerca de los sitios donde trabaja. Se atribuye todo este éxito al cuidado que él pone en ganarse a los pobres con su mansedumbre y su bondad. Esto me ha movido a recomendarle más que nunca a toda la Compañía, que se entregue cada vez más a la práctica de estas virtudes. Si Dios derramó alguna bendición sobre nuestras primeras misiones, se notó que era por haber tratado con amabilidad, con humildad y con sinceridad con toda clase de personas. Si Dios ha querido servirse del más desgraciado para la conversión de algunos herejes, ellos mismos confesaron que fue por la paciencia y por la cordialidad que les había mostrado. Los mismos condenados a galeras, con los que estuve algún tiempo, se ganan por ese medio; cuando, en alguna ocasión, les hablé secamente, todo se perdió; por el contrario, cuando alabé su resignación, cuando me compadecí de sus sufrimientos, cuando les dije que eran felices de poder tener su purgatorio en este mundo, cuando besé sus cadenas, cuando compartí sus dolores y mostré mi aflicción por sus desgracias, entonces fue cuando me escucharon, dieron gloria a Dios y se pusieron en estado de salvación. Le ruego, señor, que me ayude a dar gracias a Dios y a pedirle que quiera poner a todos los Misioneros en esa práctica de tratar con mansedumbre, con humildad y caridad al prójimo, en público y particular, y hasta a los pecadores más endurecidos, sin usar nunca de invectivas, de reproches o de palabras duras contra nadie. No dudo, señor, de que usted procurará por su parte evitar esa forma tan lamentable de servir a las almas que, en vez de atraerlas, las endurece y las aparta. Nuestro Señor Jesucristo es la suavidad eterna de los hombres y de los ángeles, y esa misma virtud es la que debe movernos hacia El, conduciendo también a los demás».

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