Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 12, Sección 1

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Luis Abelly

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Continuación del mismo asunto

Esta gran mansedumbre que el Sr. Vicente usaba al corregir y reprender, provenía de que estaba enormemente persuadido de una máxima aprendida de San Gregorio, a saber, que las faltas del prójimo nos debían más bien excitar a compasión que a cólera, y que la verdadera justicia le movía a uno más a compasión que a indignación contra los pecadores. Sobre esto decía el Sr. Vicente a menudo: «Que no hay que extrañarse de que los demás comenten algunas faltas, pues, lo mismo que es propio de los cardos y de las zarzas tener espinas, así, en el estado de la naturaleza caída, lo propio del hombre es faltar, pues ha sido concebido y ha nacido en pecado. Aún el justo, como dice Salomón, cae siete veces, esto es, muchas veces al día».

Añadía: «Que el espíritu del hombre también tiene sus achaques y sus enfermedades, como el cuerpo, y en vez de turbarse y descorazonarse lo que tiene que hacer es reconocer su condición digna de lástima, y humillarse, diciéndole a Dios, como David después de su pecado: Bonum mihi quia humiliasti me, ut discam justifica tiones tuas, me está bien que me hayas humillado, para que así aprenda tu justicia. Hemos de soportarnos a nosotros mismos en nuestras debilidades e imperfecciones, aunque trabajando por levantarnos de ellas».

Este conocimiento que él tenía de la miseria común de los hombres le hacía comportarse con compasión y mansedumbre con los pecadores e, incluso, cubrir sus defectos con una prudencia y una caridad maravillosa. También decía: «Si está prohibido juzgar mal a los demás, mucho menos se permite hablar mal de ellos, ya que es propio de la caridad, como dice el Santo Apóstol, cubrir la muchedumbre de los pecados; y sobre este tema citaba este dicho del Sabio: Audis ti verbum adversus proximum tuum? Commoriatur in te, ¿Has oído alguna conversación contra tu prójimo? Ahógala y hazla morir dentro de ti».

Alababa también esta virtud en la persona de la Señora Generala de las Galeras, la cual por su ternura y pureza de conciencia no hablaba nunca, ni podía sufrir que en su presencia se murmurara de los defectos del prójimo.

Algunos que habían salido de la Compañía de la Misión por tentación o por otra causa eran un motivo para que otros se sorprendieran de ello e, incluso, murmuraran sin conocer la causa, porque el Sr. Vicente seguía esta norma: no quejarse nunca de los que se salían y no decir las causas de su marcha. Al contrario, cuando se presentaba la ocasión y podía hacerlo con verdad, hablaba a favor de ellos y, en ocasiones, les prestaba toda clase favores, aunque conociera bien la mala disposición de algunos hacia él. Y varios de los que han perseverado en la Compañía, tanto de los primeros que iniciaron el Instituto, como otros que han llegado más tarde, han confesado que, después de Dios, debían su perseverancia a la mansedumbre y al aguante caritativo del Sr. Vicente con ellos.

Pues bien, aunque corrigiera los defectos del prójimo sin adularlos, sin embargo siempre era excusándolos o quitándoles importancia en cuanto podía. Procedía con tal manifestación de estima y de afecto con los que habían faltado, que lejos de que su corrección les causara algún desánimo, por el contrario, les daba más ánimos, les aumentaba su confianza en Dios y les producía de ordinario una gran edificación, viendo que, por su caridad maravillosa, se humillaba él el primero.

Intercalaremos aquí, como muy adecuados para este tema, párrafos de algunas cartas, que harán conocer mejor cómo eran los sentimientos relacionados con la mansedumbre que había que mezclar en la corrección, y el gran cuidado que se tomaba para crear una tolerancia mutua entre los de su Compañía: «Alabo a Dios —decía al Superior de una de sus casas— porque ha ido usted mismo a llevar a cabo las cosas que el Sr. N. se ha negado a realizar. Ha hecho usted muy bien en portarse así, mejor que andar urgiéndole: porque hay personas buenas y virtuosas, que temen a Dios y que no quisieran ofenderle, las cuales, a pesar de todo, caen en ciertas debilidades; y cuando se dan tales personas, hay que aguantarlas y no mantenerse con firmeza ante ellas. Ya que Dios da su bendición a este servidor suyo en el Tribunal, pienso que usted hará bien dejándole obrar según su espíritu, y ceder algo en esa ocasión a sus pequeñas veleidades, porque, gracias a Dios, no son malas. En cuanto al otro Sacerdote del cual usted me habla, la palabra que se le ha escapado a usted quizá sea una trampa de la naturaleza, más que una desazón del espíritu. Los más sabios dicen, a veces, unas cosas, cuando están preocupados por alguna pasión, y luego, no mucho más tarde, se arrepienten de ellas. Hay otros que manifiestan a veces sus aversiones y sus sentimientos respecto de personas como de trabajos, y que, sin embargo, no dejan de obrar bien. Y por eso, señor, sean como sean las personas con las que estamos, siempre tendremos que sufrir, pero también que merecer. Espero que aquél, de quien acabo de hablar, podrá ser ganado, con tal de que se le soporte con caridad; que se le aconseje con mansedumbre y prudencia y que se pida a Dios por él, como así hago por la familia de usted», etc

Escribiendo sobre una cuestión parecida a otro Superior: «El Sacerdote —le dice— de quien usted me habla es un hombre de bien, va camino de la virtud y tenía buena fama en el mundo antes de que fuera recibido en la Compañía. Y si ahora, que está con nosotros, mantiene el espíritu inquieto, si él se complica con alguna preocupación temporal y por amor de sus parientes, y, finalmente, si causa alguna molestia a los que están con él, hay que aguantarle con dulzura. Si no tuviera esos defectos, tendría otros, y si usted no tuviera nada que sufrir, su caridad tampoco tendría mucho que practicar, ni su comportamiento de V. se parecería mucho al de Nuestro Señor, quien quiso tener unos Discípulos rudos y con muchos defectos para tener ocasión, practicando la mansedumbre y la tolerancia, de enseñarnos con su ejemplo como deben portarse los que tienen algún cargo. Le ruego, señor, que se acomode a este santo modelo, que le enseñará no solamente a aguantar a sus Cohermanos, sino también la forma de ayudarles a ir desprendiéndose de sus imperfecciones de ellos. No hay que descuidar el mal por una tolerancia demasiado laxa, sino que también hay que tratar de remediarlo con dulzura».

Escribió también sobre el mismo asunto a un tercero, que trabajaba con otro Sacerdote de la Compañía en una diócesis lejana. He aquí en qué términos: «Espero de la bondad de Nuestro Señor que dará su bendición a sus trabajos, si la cordialidad y la tolerancia se dan entre ambos. Y le ruego, en nombre de Dios, señor, que sea ése su gran ejercicio; y como usted es el más antiguo y el Superior, soporte todo con mansedumbre al que está con usted; digo todo, de forma que, deponiéndose a sí mismo de la superioridad, se adapte a él en espíritu de caridad. Ese es el medio con el que Nuestro Señor se ganó e hizo mejores a sus Apóstoles, y también es ése el único medio con el que conseguirá algo de ese buen Sacerdote. Según eso, ceda un poco de espacio ante su humor, no le contradiga nunca en el mismo momento en que usted crea que tiene motivo, sino hágaselo notar algo más tarde humilde y cordialmente, y, sobre todo, pórtese de tal modo, que no aparezca entre usted y él división alguna; porque ustedes están ahí, como en un escenario, expuestos a la vista de toda clase de personas, en cuyo espíritu un solo acto de acritud que vieran en ustedes, sería capaz de estropearlo todo. Espero que usará usted de estos consejos que acabo de darle, y que Dios se servirá de un millón de actos de virtudes que usted pondrá en práctica como base y cimiento del bien de El quiere hacer por medio de usted».

Finalmente, nada recomendaba tanto por sus cartas y de viva voz a los Superiores y a los particulares de sus casas como la mansedumbre y la tolerancia mutua, que son una fuente de paz y un lazo de perfección que une los corazones. Cuando los Superiores de algunas casas de su Compañía pedían se les liberara de algún enfermo que no podía trabajar, les recordaba que, como había caído enfermo en su casa, era justo que siguiera viviendo en ella, para que la Comunidad tuviera ocasión de practicar con él la tolerancia y la caridad. Si pedían el cambio de alguno por sus defectos, les decía que había que aguantarlo; que no hay nadie que no tenga defectos, y que el que fuera enviado en su lugar quizás los tuviese mayores.

Cuando los Oficiales, u otros de los suyos, faltaban a lo mandado por él, como sucedió en alguna ocasión, haciendo las cosas de distinta forma de la que les había mandado, incluso varias veces, no les decía más que: Señor, o Hermano mío, qui zás si usted hubiera actuado de la forma como le rogué, Dios lo habría bendecido. Otras veces no decía nada, deseando que su silencio y su paciencia sirviera de corrección, si es que no se trataba de alguna cosa importante a la que había que proveer; o en caso de desobediencia formal, si es que notaba alguna.

Pero, sobre todo, se portaba con tanta dulzura y con una tolerancia maravillosa con los enfermos, ya del cuerpo, ya del alma. Nunca se quejaba, ni daba muestras de que estuviera muy atareado; pero, poniéndose en el lugar de ellos por una condescendencia caritativa, les prestaba las mismas atenciones que hubiera querido recibir, si él sufriera las mismas dolencias. Solamente señalaremos, que entre los que admitían a la prueba en su Congregación, siempre se encontró con algunos inconvenientes por los cuales, según las apariencias no podían ser admitidos en el Cuerpo de la Compañía. Pero, a pesar de todo, el Sr. Vicente procuraba recuperarlos, haciéndoles tomar remedios, dándoles reposos y usando otros medios que él consideraba propios para tal efecto. Y aunque algunos le hicieran notar que había que despedirlos, él, por el contrario, decía que era preciso esperar y aguantarlos. Y, efectivamente, después de esperar mucho tiempo en varias ocasiones, algunos se curaron, y después han prestado buenos servicios a Dios en la Compañía.

Si usaba una dulzura tan caritativa con los que sólo estaban de prueba para incorporarse a su Congregación, usaba aún de mucha mayor con los que estaban ya recibidos; porque lejos de mandar afuera a nadie por cualquier enfermedad, tampoco quería permitir que alguno se marchara por propia iniciativa con semejante pretexto. Consideraba a los enfermos como individuos que atraían las bendiciones del cielo sobre la Congregación. He aquí lo que le escribió un día a un Sacerdote de su Congregación, quien, por su falta de salud, pensaba marcharse: «No tema —le dijo— de ninguna manera, que es una carga para la Compañía a causa de sus dolencias, y esté persuadido que no lo será nunca por esa razón; porque, por la gracia de Dios, no se halla cargada de enfermos; al contrario, es una bendición para ella tenerlos».

He ahí los sentimientos y la práctica del Sr. Vicente sobre este punto; es así cómo su Compañía actúa con ese mismo espíritu, no despidiendo a ninguno de sus miembros por una enfermedad.

Trataba también con una dulzura muy especial a los Hermanos de su Congregación, aunque fueran rudos o poco útiles, no queriendo despedirlos por su rusticidad o poca utilidad para la casa. Les hacía también hablar en las Conferencias y Coloquios espirituales de la Comunidad para abrirles la mente; y aunque sus charlas fueran a veces demasiado largas, cansinas y fuera del tema propuesto, a pesar de eso, les dejaba decir todo lo que quisieran, sin interrumpirles y sin manifestarles nunca que no estaba de acuerdo con lo que habían dicho, a no ser que hubieran propuesto alguna cosa falsa o errónea y necesitara ser corregida; porque entonces les corregía paternalmente y con gran dulzura para no contristarlos o descorazonarlos, interpretando de buena manera lo que habían dicho, o excusándolos hábilmente, e indicándoles, a pesar de todo, dónde se habían equivocado.

La dulzura de su caridad iba todavía más adelante, y soportaba no sólo los defectos naturales del cuerpo o del espíritu, mas también los que cometían contra las costumbres. Porque, de vez en cuando, se han encontrado en la Congregación, igual que en otras Comunidades, individuos, que, por estar relajados en el camino de la virtud, hacían en ella más mal que bien con sus murmuraciones, maledicencias y otras faltas, conocidas por los miembros de la Compañía. Alguno se extrañaba de que el Sr. Vicente no los mandara fuera, e, incluso, le urgían a que lo hiciera. Mas este caritativo y bondadoso Superior los soportaba con una dulzura, una caridad y una paciencia increíble, para darles posibilidad de que se conocieran; pero empleaba todos los medios que estimaba apropiados para remediar los desarreglos.

El Superior de una de las casas de su Compañía se hallaba contento por haber sido liberado de algunas personas flojas y de carácter difícil, y le escribió al Sr. Vicente que convendría purificar la Compañía de semejantes individuos. Vean la respuesta que le dio, muy interesante por cierto, para el asunto que estamos tratando: «Soy de su parecer —le dijo— en cuanto al individuo del que me ha escrito. Creo que no está como para salir del estado en que está, al contrario, temo que nos va a causar muchas molestias en esta casa, adonde le hemos hecho venir; y no solamente lo temo, sino que ya lo he empezado a experimentar. Y le confieso que él y otros dos nos han causado muchos problemas: uno está fuera, después de haberlo soportado tanto cuanto nos ha sido posible; y sería conveniente que los otros marcharan muy lejos; eso sería hacer justicia a la Compañía: cercenar esos miembros gangrenados, y la misma prudencia parece que lo exige. Pero, porque es necesario dar lugar a todas las virtudes, ahora estamos practicando la tolerancia, la dulzura, la longanimidad y la caridad, deseando la enmienda de ellos. Aplicamos remedios al mal, empleando amenazas, oraciones, avisos y todo eso sin esperanza de otro bien, que el que Dios quiera obrar en ellos con Su gracia.Nuestro Señor no rechazó a San Pedro por haberle negado tres veces, ni tampoco a Judas, eso que El había previsto que moriría en su pecado. Así, yo pienso que su Divina Bondad considerará muy de su gusto que la Compañía extienda su caridad sobre los díscolos, para no omitir ni ahorrar nada que pueda ganarlos para Dios. Esto no significa que, al final, no nos veamos obligados a cercenarlos, si es que no cambian».

Algunas almas timoratas y llenas de escrúpulos, que hacían su propia vida muy penosa y, en cierto modo, insoportable, también le han hecho poner en práctica su caridad al Sr. Vicente, y le han proporcionado a menudo dónde usar la dulzura y el aguante. Y, entre los suyos, también ha habido quienes, durante muchos años, a causa de los escrúpulos fundados en motivos fútiles, estuvieron continuamente molestándolo con sus continuas importunidades; a pesar de todo, nunca se quejaba de ellas, ni tampoco las rechazaba, sino que los aguantaba, y hasta procuraba acogerlos amablemente para no darles motivos de desánimo o de tristeza, y aunque estuviera en compañía de quien fuera, se levantaba en cuanto los veía venir, y les iba a hablar en algún rincón del sitio en el que se hallaba; y aunque volvían de nuevo donde él varias veces para la misma cuestión: hubo algunos que fueron a interrumpirle tres y cuatro veces en una hora. Los recibía siempre con la misma serenidad, les escuchaba con igual paciencia y les respondía con las misma dulzura. He aquí el testimonio que una de esas personas enfermas ha dado sobre esta materia: «El Sr. Vicente —dice— siempre tuvo conmigo una grandísima paciencia, y me trató con mucha dulzura en las angustias de mi alma. Iba yo a interrumpirle continuamente, incluso cuando se disponía a celebrar la misa, o a recitar el Oficio; y cuando había recibido ya la respuesta, me marchaba, y luego volvía casi de inmediato para hablarle, y así sucesivamente varias veces seguidas. Y esto duró mucho tiempo, sin que por eso yo haya notado que me dijera ninguna palabra áspera; al contrario, me respondía siempre con gran mansedumbre, sin rechazarme, cosa que podía haber hecho muy justamente, vista la persistencia de mis importunidades, incluso después de haberme dicho lo que tenía que hacer, pues me veía con nuevas dudas; y hasta se tomó la molestia de escribir de su propia mano lo que me había dicho, para que lo retuviera mejor, y también con ese mismo fin, me pedía que se lo leyera en alta voz en su presencia; y, en fin, a cualquier hora que yo fuese a verlo, aunque fuera con frecuencia y bien entrada la noche, o también en otras ocasiones, cuando estaba ocupado con otros asuntos, me recibía siempre con una bondad siempre igual, me escuchaba y me respondía con una dulzura y una caridad, que no puedo explicar».

Otro también ha declarado que había ejercitado muchas veces la paciencia y la caridad del Sr. Vicente, obligándole a repetir varias veces lo que había dicho; sin embargo, el caritativo Superior hacía eso con mucho gusto, sin mostrar contrariedad alguna, repitiendo varias veces, y tantas como él deseaba, la misma cosa que le había dicho, y explicándosela con mayor claridad y aún más gusto la última vez que la primera. Una vez, entre otras, que había estado ocupado en algún negocio con unas personas importantes, llamó a un Hermano para decirle alguna cosa, mas el Hermano, como no le entendió bien, se la hizo repetir más de cuatro veces sin que el Sr. Vicente le mostrara la menor señal de impaciencia, repitiéndosela por quinta vez con la misma dulzura y tranquilidad de espíritu que la primera, manifestando en su cara sonriente que sentía más bien placer que molestia.

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