Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 11, Sección 7

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Caridad con los enemigos

Es aquí donde la caridad cristiana triunfa sobre todos los sentimientos de la naturaleza, y donde la gracia de Jesucristo erige un trofeo a las máximas del santo Evangelio, aboliendo y destruyendo las del mundo. Es la más segura señal de la adopción divina y el auténtico carácter de los verdaderos Hijos del Padre Celestial, que hace brillar el sol sobre los malos igual que sobre los buenos, y que envía el rocío y la lluvia sobre las tierras de los pecadores, así como sobre las de los justos.

El Sr. Vicente, que quiso cumplir tan digna y tan santamente con todas las obligaciones de la caridad, no quiso faltar en esto, sino que se portó con un interés tanto mayor, cuanto que Nuestro Señor Jesucristo lo recomendó expresamente en el Evangelio.

Hemos dicho en otro sitio que este gran Siervo de Dios había actuado siempre con tanto respeto y sumisión ante los grandes, condescendencia y caridad con los pequeños, y justicia y deferencia con toda clase de personas, que quizás no se ha visto nunca un hombre más ocupado que él en actuaciones en favor del público y, por consiguiente, más expuesto a la censura, a las murmuraciones y a la calumnia y que, sin embargo, no se las haya topado menos que él. Mas, no ha estado exento de ello; así lo permitió la Divina Providencia para darle ocasión de adaptarse con mayor perfección en este punto, igual que en los demás, a su Divino Maestro, que sufrió tantos ultrajes y tantos malos tratos, y que no quiso que este Siervo suyo quedara excluido del número de los bienaventurados que sufren por la Justicia

Hay dos cosas principales, que le han podido suscitar adversarios y enemigos: la primera ha sido el cargo que ha tenido en la Corte, referente a la distribución de los Beneficios; porque por un lado no podía de ninguna manera consentir en lo que veía que no era según la justicia; y por otra parte, no le era posible satisfacer al deseo de grandísimo número de solicitantes, hallándose a veces hasta doce o quince que trataban de conseguir con ardor el mismo beneficio; de modo que los que no podían obtener lo que ellos solicitaban se quejaban de él en su mayor parte en alta voz por todas partes, y le atribuían frecuentemente cosas muy falsas; bendecía a Dios por todo, y no dejaba, por eso, de saludarlos, cuando se encontraba con ellos y les manifestaba el respeto y el deseo de servirles, y cuando se presentaba la ocasión, lo hacía aún con más buena gana que antes.

La segunda cosa que le ha suscitado adversarios ha sido el cargo de Superior de una Compañía, que, estando obligada a tener algunas posesiones para vivir, él, a su vez, estaba obligado a velar por la conservación de esos bienes consagrados al servicio de Dios, siendo el depositario y no el propietario; y, particularmente, de los Derechos Señoriales de la casa de San Lázaro y otros intereses, los cuales ha debido defender en conciencia y mantener, como suele un beneficiado los de su beneficio. En calidad de tal se ha visto obligado a resistir algunas veces a los intentos o pretensiones injustas de los hombres, después de haber intentado vanamente unos modos de arreglo; y esas desavenencias han servido de pretexto a las partes adversas para hablar mal de él y despreciarle; y a él, de materia para hacer en favor de ellos la misma oración que hizo Nuestro Señor en la Cruz por sus enemigos.

Vamos ahora a referir algunos ejemplos de la manera cómo se portó este buen Siervo de Dios con quienes lo trataron mal, o le hicieron algún daño a la Compañía.

Un Señor de notable abolengo, no había podido obtener un Beneficio a causa de la entereza que el Sr. Vicente manifestaba en el Consejo, pues no creía en conciencia que la persona propuesta por él fuera digna del Beneficio, y había conseguido atraer a su favor los votos de los demás miembros del Consejo. Unos días más adelante, como el Sr. Vicente entrara en el Louvre, dicho Señor le dirigió los peores insultos ante todo el mundo, sin que él se quejara de ello a nadie. Lo supo la Reina por otras personas, y ordenó al que lo había maltratado que se retirara. Pero el Sr. Vicente no pudo sufrir aquello jamás; de manera que no cejó hasta que aquel Señor fuera vuelto a llamar. Finalmente la Reina accedió ante sus ruegos insistentes. He ahí un rasgo de caridad ante un enemigo, quien difícilmente hubiera podido decidirse a hacer una cosa semejante por el mejor de sus amigos.Veamos ahora otro donde se manifiestan la caridad y la humildad.

Al volver un día de la ciudad a San Lázaro, se encontró en el arrabal de SaintDenis con una persona que, por tener el Sr. Vicente el honor de acercarse a la Reina y a los Primeros Ministros, le echó en cara públicamente que era la causa de las miserias del tiempo y de los impuestos con que estaba abrumado el pueblo. El santo Sacerdote, que tenía la costumbre, por sentimiento humanitario, de atribuir a sus pecados las penalidades públicas, desea aprovecharse de aquella afrenta, se baja del caballo, se pone de rodillas en la calle, confiesa que es un desgraciado pecador y suplica perdón a Dios y a aquel hombre por el motivo que hubiera podido darle para hacerle aquella reconvención. El hombre quedó tan confuso y tan meditabundo por su temeridad cuando vio al venerable Sacerdote humillado de aquella forma, que fue a verlo al día siguiente en San Lázaro para pedirle perdón. El Sr. Vicente lo acogió como a un buen amigo, le convenció de que se quedara seis o siete días en dicha casa, aprovechándose de aquella ocasión para invitarle a hacer un Retiro espiritual y una buena confesión general, logrando así que triunfara la caridad después de la humildad.

Era enemigo del rencor y tan amigo de la unión cristiana, que no sólo no guardaba contra nadie ninguna acritud, sino que no podía soportar que alguien tuviese en su corazón cualquier cosa contra él, aunque fuera sin motivo, sin que hiciera de su parte todo lo posible para borrársela caritativamente. Por eso, cuando se dio cuenta de que una persona de calidad, que siempre le había manifestado afecto, se había enfriado algo sin que él supiera la causa, después que lo hubo notado varias veces, fue expresamente donde ella, y con una cara sonriente le dijo: Señor, siento mucho haberle dado algún disgusto sin pretenderlo; pero, como no sé en qué, vengo a suplicarle que me lo diga, para que, si ha habido alguna falta de mi parte, trate de repararla. Aquel Señor, muy edificado por aquella sinceridad, le descubrió la causa de su contrariedad: Es cier to, Sr. Vicente, que su conducta me ha disgustado un poco en tal ocasión. El Sr. Vicente, cuando lo vio preocupado por unas informaciones inexactas, hizo con su caridad lo que el sol hace con su luz, porque disipó al mismo tiempo las sombras de su espíritu, y suavizó la amargura de su corazón, de forma que desde aquella hora aquel Señor lo quiso más que nunca.

En otra ocasión, mientras se revestía en la capilla del Colegio de BonsEnfants para celebrar la misa, se acordó de que un religioso de París le había manifestado que sentía alguna aversión hacia él. Inmediatamente se desvistió, quitándose los ornamentos, y se marchó en su busca, pidiéndole perdón por el motivo del disgusto que pudiera haberle causado, asegurándole que apreciaba y honraba a su persona y a su Orden. Hecho eso, se volvió para celebrar la Santa Misa.

Un día se enteró que cierto Superior de una Comunidad Religiosa importante de París había manifestado alguna contrariedad por su forma de actuar en algún asunto. Inmediatamente fue a buscarlo, se echó a sus pies y le pidió perdón, como si lo hubiera ofendido; no recibió más que desprecios y palabras ásperas; y sin poder calmarlo, se vio obligado a retirarse, muy contento por haber sufrido aquel rechazo por el amor de su buen Maestro. Al cabo de cierto tiempo, como necesitaran pedir prestados unos ornamentos para la capilla del Colegio de BonsEnfants, alguien preguntó al Sr. Vicente si podían ir donde aquel Superior para pedírselos: Sí, —dijo el Sr. Vicente— vaya a pedirle de mi parte que nos los presten. Los que le oyeron hablar de aquel modo, quedaron atónitos; sin embargo,al darle el recado a aquel Superior, éste les respondió con admiración: ¡ Qué! ¿ Es que el Sr. Vicente no se acuerda de lo que le dije? ¿ Ese es el resenti miento, que me guarda? ¡ Ah Señores! —añadió— Aquí hay algo de Dios: es ahora cuando he reconocido que el Sr. Vicente está guiado por el Espíritu de Dios. E inmediatamente, después de haberles dado los ornamentos, este buen Religioso, tocado por aquel ejemplo, fue a San Lázaro a visitar al Sr. Vicente, quien lo recibió con una alegría increíble por ambas partes.

Le escribieron una vez desde Marsella que un religioso había hablado mal de su Congregación, aunque tenía poquísima razón para ello, pues había recibido de ella muy buenos servicios. He aquí la respuesta que dio sobre dicha cuestión: «Las palabras que se le han escapado a ese Reverendo Padre, nos dan motivos para alegrarnos de no haber dado lugar a sus calumnias, y agradecérselo a Dios. ¡Seremos dichosos, si nos encontramos dignos de sufrir por la justicia y si nos da la gracia de amar la confusión y devolver bien por mal!».

La Congregación de los Sacerdotes de la Misión había hecho una suplica a nuestro Santo Padre el Papa, Alejandro VII, en el comienzo de su Pontificado, para que confirmara una cosa importantísima tocante a la conservación de su Instituto. El Superior de la casa de Roma escribió al Sr. Vicente, que algunas personas influyentes ponían trabas a dicho proyecto. Cuando leyó la carta, dijo a uno de los suyos que estaba con él: «Por esta carta me he enterado de que tales personas(que nombró) nos son contrarias; pero, aunque nos hubieran arrancado los ojos, no dejaría de querer las, respetarlas y servirlas durante toda mi vida; y espero que Dios me concederá es ta gracia». Eso es precisamente lo que hizo, poniéndose siempre al lado de ellos, defendiendo su fama contra los murmuradores, haciendo públicas sus virtudes, ponderando y alabando en gran manera los frutos de sus trabajos y prestándoles, en general y en particular, todos los buenos oficios, deferencias y sumisiones imaginables.

Varios eclesiásticos extranjeros refugiados en París a causa de la persecución que tenía lugar en su país, estaban con mucha necesidad espiritual y corporal; el Sr. Vicente rogó a un Sacerdote de su Congregación, natural de ese mismo país y conocido por la mayor parte de ellos, que los cuidara para que los animara a reunirse ciertos días de la semana con el fin de tratar acerca de las virtudes y para instruirse de las cosas que debían saber y practicar, y así vivir rectamente según su condición, y con la intención de procurarles después alguna ocupación, sacándoles de esa forma de la miseria y de la ociosidad. Podremos también—le dijo— buscar un medio para asistirles, cuando se reúnan de ese modo, porque se les verá en dispo sición de sentirse más útiles y ejemplares que lo que son. Le ruego, señor, que tra baje en eso. El sacerdote le respondió: Señor, sabe muy bien que, por orden suya, hace algún tiempo empezaron esas reuniones y continuaron durante algún tiempo; pero como se trata de caracteres difíciles, divididos entre ellos como lo están las provincias de su país, esa buena obra se acabó. Empezaron a desconfiar unos de otros y envidiarse; y aunque usted les ha hecho y procurado otros muchos bienes, también han desconfiado de usted, señor; se han quejado y han sido tan desconsi derados que dicen ellos mismos y hacen escribir de Roma que no le mezclen a us ted en nada que se refiera a sus personas o a sus asuntos. Parece, pues, señor, que su ingratitud merece que no les haga usted ningún bien en adelante. ¡Oh, señor! ¿Qué es lo que dice? —respondió el Sr. Vicente— Hay que hacérselo por eso mismo. Y de las palabras el Sr. Vicente pasó a los hechos, pues trató de hacerles todo el bien que pudo en todas las ocasiones.

En cierta ocasión una persona que tenía pendiente un pleito en París, le rogó que tuviera a bien recomendar sus derechos a alguno de los jueces. El se excusó, diciendo que no era una persona con influencia para ello. A pesar de todo, no dejó de hacerlo ocasionalmente, aunque de ordinario no quería disponer de sus recomendaciones para nadie en esos asuntos. Más adelante, el que le había hecho aquella petición, pensando que había perdido su proceso, le fue a buscar de nuevo, quejándose con palabras injuriosas porque no había querido, como él pensaba, recomendarlo. El Sr. Vicente lo soportó no solamente con mansedumbre, sino que además le pidió perdón, de rodillas, por la ocasión que le podía haber dado para enfadarse de aquel modo contra él. Sin embargo, sucedió que le habían dado a este pobre hombre una falsa noticia, y que había ganado el pleito. Aquello le obligó a volver a San Lázaro a pedir perdón al Sr. Vicente, porque, al estar mal informado acerca del resultado de su negocio, el rencor le había hecho abrir la boca para quejarse y criticarlo.

Algunos soldados se toparon en un lugar apartado, dentro de las tierras de San Lázaro, con dos jóvenes Clérigos de la casa, que habían sido enviados fuera del arrabal, y les robaron los manteos. Algunas personas del barrio vieron aquello, corrieron tras los soldados y los condujeron, como a dos prisioneros, a las cárceles del Bailiazgo. Allí el Sr. Vicente les dio bien de comer, y envió a visitarlos, y, finalmente, procuró que hicieran una confesión general; después de ella, prometieron que no volverían a robar, y así los mandó sacar de la cárcel sin castigarlos, como lo habían merecido y como estaba en su mano el hacerlo si hubiera querido.

Sorprendieron una y otra vez a unos hombres con el hurto en las manos, pues solían robar de las posesiones de la casa de San Lázaro y de las fincas que dependen de ella, ya segando y robando de noche el trigo de las tierras, ya cortando robles en los bosques, ya cogiendo y arrancando la fruta de los árboles, ya las verduras u otras cosas; y como se les quería meter en la cárcel para castigarlos, el Sr. Vicente sentía tanta pena en permitirlo, que muchas veces no lo quería tolerar, y cuando estaban en la cárcel, les hacía salir; y yendo todavía más adelante, los excusaba, los recibía en casa, les hacía comer en el refectorio, y alguna vez, incluso les daba dinero. Sucedieron muchos casos de ésos, que le daban ocasión al caritativo Sacerdote, no solamente para perdonar a los malhechores, sino también para hacerles un favor. Son una pobre gente, —decía— que me dan compasión.

El año 1654 un joven de Alemania, luterano, después de haber abjurado de su herejía en París, quizás para encontrar más ayuda entre los católicos, fue donde el Sr. Vicente por sugerencia de la Superiora de un Monasterio de Religiosas, que él frecuentaba y de donde sacaba alguna ayuda. Aquella Madre lo recomendó al Sr. Vicente como a una persona que daba esperanzas de que podría llegar a ser algún día un buen misionero, si era admitido en el número de sus Hijos. El Sr. Vicente lo hizo recibir en su casa de San Lázaro para el Retiro espiritual de ocho días, y el joven se fue introduciendo en algunas de las habitaciones, de donde fue cogiendo un manteo largo y una sotana, que se la vistió, llevándose además otras cosas de la Comunidad; salió por la puerta de la iglesia, y se fue al arrabal de SaintGermain a verse con el ministro (protestante) Drelincourt, y le dijo que era de la Misión, y que venía a echarse en sus brazos para hacer profesión de su Religión. El ministro, al verlo con un hábito eclesiástico, lo llevó de calle en calle para hacer ver que había hecho una gran conquista atrayendo a un Misionero a la Religión. Lo presentó en las principales casas de los Hugonotes, tanto para mostrar los frutos de su ministerio, como para confirmar al joven en su resolución con agasajos y favores. Según iban paseándose de aquella forma, el Señor Des Isles, que trabajaba con celo en las Controversias, se topó con ellos, y al ver a un eclesiástico que se paseaba con el ministro, empezó a sospechar algo, y los siguió hasta la primera casa; allí, junto con ellos, también entró él, dejó subir al ministro, y se quedó abajo con el joven, y por él se enteró del plan que tenía con el Ministro. El fantasma de misionero, pensando que estaba hablando con un hugonote, le contó su salida de San Lázaro, y el proyecto que tenía. Con esto, salió el Sr. Des Isles, se puso de acuerdo con el Sr. Párroco de San Sulpicio, y echaron mano de aquel escandaloso que así profanaba el hábito y el nombre de Misionero, y después de llevarlo a las cárceles del Châtelet, informó de todo cuanto supo al Sr. Vicente. Varias personas le urgieron que solicitara jueces para hacer castigar a aquel joven por el robo cometido y por el escándalo que había dado. Pero este caritativo Sacerdote, después de agradecerles, les aseguró que haría lo que fuera necesario. Y, en efecto, envió por los Jueces, pero no para exigir justicia, sino más bien misericordia por aquel pobre criminal; y él en persona se tomó la molestia de ir a ver al Sr. Procurador del Rey y al Sr. Lugarteniente Criminal, para informarles de parte de su Congregación, que no pretendía nada contra aquel joven; que le perdonaba el daño y la confusión que había recibido. Y en cuanto al joven, que les suplicaba muy humildemente, que ordenaran que fuera puesto en libertad; que era propio de Dios perdonar y que su Divina Majestad se alegraría mucho, si declaraban absuelto a aquel pobre extranjero, que sólo era culpable de una ligereza juvenil. Eso edificó mucho a aquellos señores. Y, ciertamente, el Sr. Vicente hizo ver claramente en esta ocasión, que estaba demasiado bien asentado en las máximas de Nuestro Señor para obrar de igual manera que el Divino Salvador, el cual no sólo manifestaba de palabra que había venido al mundo para salvar a los pecadores y no para condenarlos o castigarlos, sino también con las obras, salvando a la mujer adúltera y portándose con tanto amor con toda clase de pecadores y hasta con el traidor Judas.

El año 1655 otro joven fue recibido en la Congregación de la Misión, pero se marchó, después de algún tiempo, en contra del consejo del Sr. Vicente, que preveía que algunos se escandalizarían por su salida. El aspirante se fue a ingresar en el ejército en las Compañías de los Guardias Suizos; también desertó de ellas muy pronto, pero no con tan buen éxito como había salido de la Misión: porque fue capturado como desertor del ejército, y por esa falta notable, lo metieron en el calabozo, e inmediatamente fue condenado a ser decapitado. El joven, que conocía cómo era la caridad del Sr. Vicente, acudió en aquella situación extrema donde él, e inmediatamente el caritativo Siervo de Dios, que mantenía, como norma, devolver bien por mal, olvidándose del desprecio que había hecho de su consejo y de su Congregación, intervino muy gustosamente para salvarle la vida, pidiendo gracia para el joven, y la obtuvo.

A un pobre, que preguntaba al Sr. Vicente a la puerta de San Lázaro, si quería que le dijera lo que se hablaba de él, le respondió: Sí, amigo mío, dígalo—dijo el Sr. Vicente— Se le injuria por París —respondió— porque creen que usted es la causa de que encierren a los pobres en el Hospital General. A lo que el Sr. Vicente replicó con su mansedumbre habitual: Gracias, amigo mío; voy a rezar por ellos

El Sr Vicente mostró también su caridad hacia los que lo trataban mal y su desinterés por los bienes de la tierra en una pérdida considerable y la más grande que su Compañía había tenido mientras él estuvo vivo; porque era de más de cincuenta mil libras. He aquí lo que él escribió a una persona cualificada de París, muy íntima amiga de la casa: «Señor: Los buenos amigos participan del bien y del mal que les acontece a uno de ellos; y como usted es uno de los mejores amigos que tenemos en el mundo, no puedo menos que comunicarle la pérdida que hemos sufrido en el asunto que usted sabe, no ya como un mal que nos haya caído encima, sino como una gracia que Dios nos ha concedido, a fin de que haga usted el favor de ayudarnos a darle las gracias por ello. Yo llamo gracias de Dios a las tribulaciones que El nos envía, sobre todo, cuando son bien recibidas. Pues bien, como la divina Bondad nos había preparado para este despojo antes de que se ejecutase, nos ha hecho aceptar también este incidente con una completa resignación, y me atrevo a decir, con el mismo gozo que si hubiera sido favorable a nosotros. Esto parecerá una paradoja a quien no esté tan versado como usted en los asuntos del cielo, y no sepa que la conformidad con la voluntad de Dios en las adversidades es un bien muy superior a las ventajas temporales. Le ruego humildemente, que acepte que derrame de esta forma en su corazón los sentimientos del mío».

Lo que es más de admirar en esta pérdida es el afecto, la caridad y el respeto, que el Sr. Vicente ha rendido a las personas concretas que fueron los autores de todo ese desgraciado suceso, devolviendo en toda ocasión el bien por el mal, el honor por el deshonor, el buen trato por el malo y, finalmente, mostrando con unas bondades muy especiales cuánto quería, tal como le dijo en esa ocasión, observar lo que el Espíritu Santo ha dicho, que es echar carbones encendidos sobre la cabeza de nuestros adversarios.

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