Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 11, Sección 2

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Luis Abelly

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Caridad singular hacia los pobres

Después de haber visto en general cómo era la caridad del Sr. Vicente y los notables ejemplos que dio de ella en diferentes circunstancias, nos queda ahora por considerarla más al detalle en los sujetos particulares con quienes la ha ejercido santamente. Los que se presentan los primeros son los pobres, que él amó con un amor ternísimo, y para quienes tenía un corazón más que paternal; y ciertamente, si uno se quiere fijar en toda su vida, sobre todo desde el tiempo en que se dedicó al servicio del altar, verá que casi no ha sido otra cosa que un ejercicio continuo de caridad para los pobres, y que sus principales obras y actividades más señaladas han sido para los pobres. Para ellos procuró la fundación de varios Hospitales; para ellos fundó las Cofradías de la Caridad en tantos sitios, e instituyó la Compañía de las Hijas de la Caridad; a éstas les ha dado la categoría de Siervas de los Pobres. Por los pobres ha hecho tantas Reuniones, ha obligado a los suyos a emprender tantos viajes, y ha dedicado sus atenciones, sus vigilias y todos los medios de los que ha podido usar para contribuir al alivio y al servicio de ellos. En fin, se puede decir que ha fundado la Congregación de la Misión para evangelizar a los pobres. Y por esta razón decía a menudo a sus misioneros: Somos los Sacerdotes de los pobres; Dios nos ha escogido para ellos; éso es la esencial para nosotros, el resto es accesorio.

Efectivamente, parecía que el principal asunto de este caritativo Sacerdote era dedicarse a los pobres. A ellos dirigía habitualmente sus pensamientos, y a ellos tendían sus principales intereses. Llevaba a los pobres en su corazón, estaba vivamente conmovido por sus sufrimientos, y sentía un afecto muy sensible, cuando, al enterarse de sus necesidades y miserias, no veía ningún medio para poderles ayudar.

Estando un día transido de dolor por ese motivo, y hablando a uno de los suyos que le acompañaba en la ciudad, después de algunos suspiros y exclamaciones por el mal tiempo que amenazaba en aquella estación a los pobres con hambre y muerte: «Estoy triste —le dijo— por nuestra Compañía, pero ella no me preocupa tanto como los pobres. Nosotros nos libraremos yendo a pedir pan a las otras casas nuestras, si ellas tienen, o a servir de Vicarios en las parroquias. Pero, en cuanto a los pobres, ¿qué harán? Y ¿podrán irse? Confieso que ellos son mi peso y mi dolor. Me han dicho que en los campos la pobre gente dice que, mientras tengan restos de la cosecha, vivirán; pero que, después no tendrán que hacer más que sus fosas, y enterrarse vivos. ¡Oh Dios! ¡Qué extremo de miseria! Y ¿el medio para remediarlas?»

En otra ocasión, hablando a los suyos sobre el tema de los pobres, hizo el siguiente razonamiento: «Dios ama a los pobres, y, por consiguiente, ama a quienes aman a los pobres, pues, cuando se ama mucho a una persona, se siente también afecto a sus amigos y servidores. Pues bien, esta pequeña Compañía de la Misión procura dedicarse con afecto a servir a los pobres, que son los preferidos de Dios. Por eso, tenemos motivos para esperar que, por amor a ellos, también nos amará Dios a nosotros. Así pues, Hermanos míos, vayamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y abandonados. Reconozcamos delante de Dios, que son ellos nuestros señores y nuestros amos, y que somos indignos de rendirles nuestros pequeños servicios».

En una ocasión, hablando con dos personas eclesiásticas de calidad, les dijo una palabra muy de notar, y que merece que no quede en el olvido, a saber: «Que todos los que amen a los pobres durante su vida no temerán la muerte; que él había tenido esa experiencia en varias ocasiones; y que, por esa razón, tenía la costumbre de insinuar esta máxima en el espíritu de las personas, que veía llenas de miedo ante la muerte, y se aprovechaba de la ocasión para excitarlas al amor de los pobres».

Y hablando en una de sus cartas de la muerte de un virtuoso Sacerdote confirma lo mismo: «Su muerte —dice— ha respondido a su vida: ha tenido continua conformidad con la voluntad de Dios desde el comienzo de su enfermedad hasta el final, sin haber sentido ningún movimiento, ni pensamiento contrario alguno. Siempre temió mucho la muerte, pero como desde el comienzo de la enfermedad vio cómo la afrontaba sin ningún temor, y hasta con gusto, me dijo que seguramente moriría de aquello, porque —decía— que me había oído decir: Que Dios quita el mie do a la muerte a los que han practicado gustosamente la caridad con los pobres, y han sufrido ese miedo durante su vida».

Pues bien, ese amor que el Sr. Vicente sentía por los pobres obraba dos efectos en su corazón: uno era un gran sentimiento de compasión de su indigencia y de su miseria, porque tenía el corazón extremadamente tierno en atención a ellos. Y ya hemos hecho notar que, cuando recitaba las Letanías de Jesús, cuando decía las palabras Jesu, pater pauperum, habitualmente lo hacía con un tono de voz que manifestaba la ternura de su corazón; y todas las veces que le iban a hablar de alguna miseria o necesidad especial, se le veía suspirar, cerrando los ojos y levantando los hombros, como un hombre que se siente oprimido por el dolor; y su cara abatida daba bien a entender que su corazón estaba desconsolado por la compasión que sentía por los sufrimientos de los pobres. Hablando un día, transido por ese sentimiento, a los suyos sobre el tema de la compasión: «Cuando vayamos —les dijo— a ver a los pobres, hemos de entrar en sus sentimientos para sufrir con ellos, y ponernos en las disposiciones de aquel gran Apóstol, que decía: Omnibus omnia factus sum, me he hecho todo para todos, de forma que no recaiga sobre nosotros la queja que antaño manifestó Nuestro Señor por boca de un Profeta: Sustinui, qui simul mecum contristaretur, et non fuit;esperé a ver si alguien se compadecía de mis sufrimientos, y no hubo nadie. Para ello es preciso que sepamos enternecer nuestros corazones y hacerlos capaces de sentir los sufrimientos y las miserias del prójimo, pidiendo a Dios que nos dé el verdadero espíritu de misericordia, que es el espíritu propio de Dios. Pues, como dice la Iglesia, es propio de Dios hacer misericordia y conceder el espíritu de ella. Pidámosle, pues, a Dios, Hermanos míos, que nos dé ese espíritu de compasión y de misericordia; que nos llene de él, que nos lo conserve, de forma que quienes vean a un misionero puedan decir: He ahí un hombre lleno de misericordia. Pensemos un poco en la necesidad que tenemos de misericordia nosotros, que debemos ejercitarla con los demás y llevar esa misericordia a toda clase de lugares, sufriéndolo todo por misericordia».

«¡Dichosos nuestros Cohermanos, que están en Polonia, que han sufrido tanto durante estas últimas guerras y durante la peste, y que todavía están sufriendo por ejercitar la misericordia corporal y espiritual, y por aliviar, asistir y consolar a los pobres! ¡Felices misioneros a los que ni los cañones, ni el fuego de las armas, ni la peste han hecho salir de Varsovia, donde los retiene la miseria de los demás; que han perseverado y todavía perseveran animosamente, en medio de tantos peligros y sufrimientos, por misericordia con los demás! ¡Qué felices son por emplear tan bien este momento de tiempo, que es nuestra vida, en la misericordia! Sí, este momento, porque nuestra vida no es más que un momento que vuela y desaparece en seguida. ¡Ay! Mis setenta y seis años de vida no me parecen ahora más que un sueño y un momento, y nada me queda de ellos, sino la  pena de haber empleado tan mal esos instantes. Pensemos en el pesar que tendremos a la hora de nuestra muerte, si no utilizamos estos momentos de nuestra vida en ser misericordiosos».

«Así pues, seamos misericordiosos, Hermanos míos, y ejercitemos con todos nuestra compasión, de forma que nunca encontremos un pobre sin consolarlo, si podemos, ni a un hombre ignorante sin enseñarle en pocas palabras las cosas, que necesita creer y hacer para su salvación. ¡Oh Salvador! ¡No permitas que abusemos de nuestra vocación, ni quites de esta Compañía el espíritu de misericordia! ¿Qué sería de nosotros, si nos retirases Tu misericordia? Concédenos ese espíritu junto con el espíritu de mansedumbre y de humildad».

Y en otra ocasión, hablando sobre el mismo asunto, dijo que: «El Hijo de Dios, al no poder tener sentimientos de compasión en el estado glorioso que posee desde toda la eternidad en el cielo, quiso hacerse hombre y pontífice nuestro para compadecer nuestras miserias. Para reinar con El en el cielo hemos de compadecer, como El, a sus miembros que están en la tierra. Los misioneros, por encima de todos los sacerdotes, deben estar llenos de ese espíritu de compasión, ya que están obligados, por su estado y vocación, a servir a los más desgraciados, a los más abandonados, y a los hundidos en miserias corporales y espirituales. Y, en primer lugar, han de verse tocados en lo más vivo y afligidos en sus corazones por las miserias del prójimo. Segundo, es menester que esta compasión y misericordia aparezca en su exterior y en su rostro, a ejemplo de Nuestro Señor, que lloró sobre la ciudad de Jerusalén por las calamidades que la amenazaban. Tercero, hay que emplear palabras compasivas que le hagan ver al prójimo cómo nos interesamos por sus penas y sufrimientos. Finalmente, hemos de socorrerle y asistirle, en la medida que podamos, en todas sus necesidades y miserias, procurando librarle de ellas en todo o en parte, ya que la mano tiene que hacer todo lo posible por conformarse con el corazón».

He ahí el segundo efecto del amor que él tenía a los pobres, que era socorrerlos y asistirlos tanto como podía; y eso lo hizo siempre, habiéndose convertido en el Administrador General de los pobres, en donde quiera que estuvieran, incluso en las tierras más lejanas, ocupándose con mucho esmero por subvenir a todas sus necesidades, y en proporcionarles alimento, vestido, albergue y todas las demás necesidades de la vida. Eso es lo que hacía que las personas caritativas enviaran de buena gana sus limosnas al Sr. Vicente, para que las distribuyera a los pobres, cosa que desempeñaba de tal manera, que daba siempre mucho más de lo que recibía.

Teniendo presentes unas consideraciones parecidas, un eclesiástico de condición y de virtud, presidente de una Comunidad de París, como disponía de cantidades considerables para emplearlas en limosnas, quiso dirigirse, después de la muerte del Sr. Vicente, a la casa de San Lázaro, para hacerlas llevar y distribuir a los pobres en unas Provincias lejanas. La razón por la que se dirigió a los Sacerdotes de la Congregación de la Misión antes que a otras, es—decía— «porque el Sr. Vicente ha sido verdadero Padre de los Pobres, y ha tenido un espíritu y una gracia especial para socorrerlos y asistirlos, y porque ha dejado en preciosa herencia ese mismo espíritu y esa misma gracia a sus Hijos, que no dejarán de seguir los ejemplos e ir tras las pisadas de su dignísimo Padre».

No repetiremos aquí lo que dijimos en otra parte, que en las diversas inundaciones y desbordamientos del río Sena, el Sr. Vicente tuvo especial preocupación, para que se cociera sin cesar pan en San Lázaro a costa del trigo de la Comunidad, y para que lo enviaran por barca a una aldea casi anegada del todo, llamada Genevilliers, a dos leguas de París: los pobres habitantes estaban cercados por las aguas y por el hambre, y reducidos a una necesidad extrema; y así recibieron una ayuda muy oportuna, y tan abundante, como inesperada, por la caridad del Padre nutricio de los pobres, quien les enviaba aquella limosna por medio de dos Hermanos de la casa de San Lázaro, no sin peligro, para distribuirla junto con el Sr. Vicario, que conocía las necesidades de cada familia y durante tanto tiempo como duró el desbordamiento.

Hay un gran número de acciones semejantes de caridad, que el Sr. Vicente practicó en favor de los pobres en sus necesidades, pero que las pasamos en silencio. Mas no debemos omitir una, que hubiera quedado sepultada en el olvido, como muchas otras ocultadas por él a los ojos de los hombres, si no llega a recuperarse, poco después, un certificado escrito y firmado de su puño y letra, que se vio obligado a dar, durante el tiempo de guerra, a los que guardaban las puertas de París, para que dejaran salir los víveres enviados por él a los pobres campesinos en una carreta de la casa de San Lázaro; porque los soldados, al ver que aquello seguía, quisieron asegurarse con otros testimonios distintos del carretero, de dónde procedían los víveres y adónde los llevaban. El certificado estaba concebido en estos términos: «El infrascrito, Superior de los Sacerdotes de la Congregación de la Misión, certifica a todos los interesados, que unas buenas y piadosas Señoras de esta ciudad me han comunicado que estaban enfermos la mitad de los habitantes de Palaiseau, y que morían diez o doce cada día. Dichas Señoras me han pedido que envíara algunos Sacerdotes para la asistencia corporal y espiritual de ese pobre pueblo, afligido a causa de la residencia de tropas en aquel lugar durante veinte días. Por ello les hemos enviado cuatro Sacerdotes y un cirujano, que asistan a esa pobre gente; también les hemos mandado, desde el día anterior al Corpus, todos los días excepto uno o dos, dieciséis grandes hogazas de pan blanco, quince pintas de vino, huevos y, ayer, algo de carne; y que dichos Sacerdotes de la Compañía me han dicho que es necesario enviar harina y un tonel de vino, tanto para la asistencia a dichas personas enfermas, como para las de las aldeas cercanas, por lo que he hecho partir hoy una carreta de tres caballos con cuatro sacos de harina y dos toneles de vino para la asistencia de esos pobres enfermos de Palaiseau y de las aldeas cercanas». «En fe de lo cual escribo y firmo la presente con mi propia mano en San Lázaro de París, el día 5 de junio de 1652». «Firmado: Vicente de Paúl, etc.»

Por este escrito se puede ver hasta dónde llegaba la caridad del Sr. Vicente, quien, en lugar de un solo Sacerdote que le habían pedido para asistir a los pobres enfermos de Palaiseau, les envió a cuatro con un cirujano, y que, al mismo tiempo que atendía al bien espiritual de las almas, enviaba con qué restablecer a los pobres extenuados de hambre, y con qué aliviar a los enfermos desprovistos de todo. Para eso, empleó sin dilación alguna y con toda la diligencia que le era posible los hombres, las provisiones y los caballos de su Comunidad hasta que llegaran otras limosnas, pero mientras llegaban, no reparó en gastar de la bolsa de su misma Comunidad, habiendo enviado hasta seiscientas sesenta y tres libras de su dinero; y eso lo dejó tan exhausto de recursos en medio de la carencia que había de todo por aquel tiempo, que se vio obligado a escribir a la Señora Duquesa de Aiguillon que ya no estaba en situación de hacer frente a aquellos gastos, y le suplicaba que reuniera un pequeño grupo de Damas de la Caridad en su casa y acordara con ellas qué habían de hacer en aquella necesidad apremiante: «Acabo de enviar —le dijo en la carta que le escribió sobre dicha cuestión— al Sacerdote con un Hermano y cincuenta libras. La enfermedad es tan maligna, que nuestros primeros cuatro Sacerdotes han caído enfermos, y el Hermano que les acompañaba también. Ha habido que traerlos aquí, y dos de ellos están gravísimos. ¡Ah Señora! ¡Qué cosecha tenemos para el cielo en este tiempo, en el que las miserias son tan grandes a nuestras puertas! La venida del Hijo de Dios ha sido la ruina para algunos y la redención para muchos, como dice el Evangelio; y podemos decir en cierto modo lo mismo de esta guerra, pues ella será la causa de la condenación de cantidad de personas, pero Dios se servirá también de ella para obrar la gracia, la justificación y la gloria de muchos otros, de cuyo número, tenemos motivos para esperar, será usted, como así se lo ruego a Nuestro Señor».

Esta caritativa intervención del Sr. Vicente para socorrer a los pobres de Palaiseau sirvió de ocasión y dio comienzo a las grandes caridades que se llevaron a cabo en la ciudad de Étampes y en todos los otros lugares de los alrededores de París, gracias a las atenciones y a la cooperación de las Damas de la Cofradía de la Caridad de París, y de algunas personas de gran piedad, que adquirieron por esas grandes obras un mérito, cuya memoria no perecerá nunca.

Ahí va una pequeña muestra de los efectos de la caridad del Sr. Vicente en socorrer a los pobres con toda clase de ayudas a las que él contribuía cuanto podía, y frecuentemente más de lo que podía. Y cuando no tenía más medios y ya no podía conseguir de otros sitios, su último recurso era la bondad y los actos caritativos de la Reina Madre. Aunque no quería ser inoportuno, ya que conocía bastante cómo practicaba Su Majestad liberalidades con toda clase de obras de piedad, sin embargo, en situaciones extremas, el refugio habitual del Sr. Vicente era acudir a ella para presentarle con confianza las acuciantes necesidades de los pobres, y nunca quedaba defraudado. Esta caritativa Princesa abría inmediatamente la mano, y aún más el corazón para asistirlos, porque siempre que disponía de dinero, se lo daba, y en caso contrario, le daba otra cosa. Cierta vez, entre otras, le dio un diamante valorado en siete mil libras, y, en otra ocasión, un hermosísimo pendiente, que se vendió en dieciocho mil libras para las Damas de la Cofradía de la Caridad. Y aunque Su Majestad, por un sentimiento de humildad cristiana, había rogado al Sr. Vicente, que no dijera nada a nadie, él no se creyó obligado a obedecerla en aquella cuestión, sino que le dijo: «Señora: Su Majestad me perdonará, si le place, si no puedo dejar oculta una acción caritativa tan hermosa. Es bueno, Señora, que todo París, e incluso toda Francia, la conozca, y creo que estoy obligado a publicarla por todos los sitios que pueda».

El Sr. Vicente tenía como norma, en los servicios y asistencias que prestaba a los pobres, la de extender de forma particular sus atenciones a los más abandonados. Y por esa razón, se dedicaba con un interés muy especial a atender a las necesidades de los pobres niños expósitos, como los más abandonados y los menos capaces de ser ayudados. Sentía un amor muy tierno por esas inocentes criaturas, y un amor no solamente afectivo, sino también efectivo.

«¿No es obligación de los padres —les decía a los suyos sobre ese tema— atender a las necesidades de sus hijos? Pues bien, si Dios nos ha puesto en lugar de quienes los engendraron, para que procuremos conservarles la vida y educarlos en el conocimiento de las cosas de su salvación, hemos de interesarnos en no relajarnos en una empresa que tanto Le agrada. Porque, si después de abandonarlos sus desnaturalizadas madres, nosotros no nos preocupamos de su alimentación y de su educación, ¿qué pasará con ellos? ¿Podemos consentir que vayan muriendo todos, como pasaba antes en la ciudad de París?» .

Una persona virtuosa, que conocía particularmente las preocupaciones que el Sr. Vicente sufría por la conservación de esas criaturas, incluso cuando las Damas más caritativas que se habían encargado de su cuidado, perdían casi sus ánimos a causa de los grandes gastos que hacían falta, ha manifestado lo siguiente unos años antes de la muerte del Sr. Vicente: «¡Dios sabe cuántos suspiros y gemidos ha dirigido hacia el cielo el Sr. Vicente a causa de estos pobres niños! ¿Qué recomendaciones ha hecho a su Compañía para que rogara a Dios por ellos? ¿Qué medios ha usado, y qué caminos no ha intentado para darles de comer con poco gasto? ¿Y de qué cuidados no ha usado para enviarlos a visitar estos años últimos a las casas de las nodrizas a diversas aldeas, con las Hijas de la Caridad, y, este año de 1649, con un Hermano de su Congregación, quien ha empleado cerca de seis semanas en llevar a cabo esa visita?» .

Un día le contaron que un Sacerdote de su Compañía había dicho que el cuidado que él se tomaba de los niños abandonados era la causa de la gran pobreza de la casa de San Lázaro, que estaba muy venida a menos en lo temporal, y se hallaba en peligro de quedar totalmente arruinada, «a causa —decía— de que las limosnas que acostumbraban a hacernos eran desviadas para esos niños, pues sus necesidades parecían mayores y más urgentes que las nuestras, y los que dan esas limosnas no podían dar a ellos y a nosotros a la vez». A lo que el Sr. Vicente respondió: «Dios le perdone esa debilidad, que le hace alejarse, de ese modo, de los sentimientos del Evangelio. ¡Qué fe más débil pensar, que por hacer y procurar el bien a unos niños pobres y abandonados como ésos, Nuestro Señor vaya a tener menos bondad con nosotros, El, que promete recompensar hasta el ciento por uno lo que se dé por El! Ya que ese admirable Salvador dijo a sus Discípulos: Dejad que los niños vengan a Mi, ¿podemos nosotros rechazarlos o abandonarlos cuando vienen donde nosotros, sin que Le desobedezcamos? ¿De qué ternura no dio muestras hacia los niños pequeños, hasta llegar a tomarlos en sus brazos y bendecirlos con sus manos? ¿No es precisamente en relación a ellos, cuando nos dio una regla de salvación, mandándonos que nos hiciéramos semejantes a unos niños pequeños, si queremos tener entrada en el Reino de los Cielos? Pues bien, tener caridad a los niños y cuidar de ellos es, en cierto modo, hacerse niño, y proveer a las necesidades de los niños abandonados es ocupar el lugar de sus padres y de sus madres, o, mejor aún, el de Dios, pues El dijo que si la madre llegaba a olvidarse de su hijo, El mismo lo cuidaría y no lo olvidaría nunca. Si Nuestro Señor viviera ahora entre los hombres en la tierra y viera a unos niños abandonados, ¿pensaríamos que El querría abandonarlos? Sería indudablemente hacer una injuria a su Bondad infinita atribuirle semejante pensamiento; y seríamos infieles a su gracia, si, habiendo sido elegidos por su Providencia para procurar la conservación corporal y el bien espiritual de esos pobres niños abandonados, fuéramos a dejarlos y a abandonarlos por las molestias que nos ocasionan».

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