Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 10

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas

Aunque el Sr. Vicente haya tratado de imitar perfectamente a Jesucristo en la práctica de toda clase de virtudes, es sobre todo en ésta donde ha sobresalido de un modo más especial: grabó en sí mismo una viva imagen del celo del Divino Salvador. Podía muy bien decir, como El, que «Zelus domus tuae comedit me» Ps. 68el celo de la ca sa de Dios le devoraba, y que su vida se consumía en las llamas del deseo ardiente de procurar la gloria de Dios, ya que lo impulsaba continuamente a emprender, a sostener y a sufrir todo, sea para impedir que ofendieran a Dios, sea para reparar las ofensas cometidas contra su Divina Majestad, o, finalmente, para fomentar el avance de Su honor y de Su servicio. Porque, como nos enseña muy bien San Agustín a la pregunta, que se propuso a sí mismo: «¿Quién es el que es devorado por el celo de la casa de Dios?— Es —dice el Doctor— el que desea ardientemente impedir que ofendan a Dios, y quien, cuando ve alguna ofensa que se ha cometido contra su Majestad Divina, no descansa, sino que se dedica con todas sus fuerzas a reparar dicha ofensa; y si no puedo hacerlo, gime en su corazón y siente una gran pena al ver a Dios deshonrado».

Ese ha sido el Sr. Vicente, tal como hemos podido conocer bastante por todo lo referido en los dos primeros Libros de su Vida y de sus Obras. Podemos afirmar con seguridad, que no ha vivido para sí, sino únicamente para Jesucristo, cuyo honor y gloria le han sido incomparablemente más queridos que su propia vida; y, en cuanto a sus Obras, pueden servirnos muy bien de prueba de su celo, porque todo lo que ha hecho y emprendido sólo ha sido para destruir el pecado y para promover que Dios fuera conocido, servido, amado y glorificado en todos los lugares por toda clase de personas: por eso mismo ha trabajado en las misiones, fundado Conferencias y Seminarios, convocado tantas Compañías, en una palabra, por eso ha hecho y sufrido tanto durante su vida que, al final, se ha consumido en las llamas de su celo.

Y para decir algo más concreto, el celo de este gran Siervo de Dios le hacía, sobre todo, sentir vivamente las ofensas cometidas contra su Divina Majestad. No podemos decir qué sensiblemente estaba tocado, qué esfuerzos hacía para impedir las ofensas, y qué penitencias se imponía para repararlas después que las habían hecho. Pero se afligía fuera de toda medida, cuando se enteraba que un desgraciado pecador había muerto en pecado, y que un alma se había perdido, al ver que esa pérdida era irreparable, y cuando hablaba de ello y hacía notar cuánto valía una sola alma y lo que le había costado a Jesucristo, sus palabras hacían derramar lágrimas de los ojos de los oyentes.

Para impedir esa pérdida de almas, que veía eran tan queridas del Divino Salvador, no había nada que no quisiera hacer y sufrir; y exhortaba a los suyos a que concibieran y fomentaran en sus corazones ese mismo celo, de que estaba animado

Veamos en qué términos les habló un día acerca de lo que sufrían los misioneros residentes en Génova, cuando la peste estaba afligiendo a la ciudad: «Sufren —dijo— como hay que hacerlo, por la gracia de Dios, y en eso son bien felices por sufrir, en primer lugar, para servir a Dios, y, luego, para procurar la salvación de las almas. Pues bien, nosotros, señores, debemos tener una disposición semejante, y un mismo deseo de sufrir por Dios y por el prójimo, y consumirnos por eso. Sí, señores y hermanos míos, es necesario que seamos de Dios sin reservas y para el servicio del prójimo: debemos desnudarnos para vestirlo, dar nuestras vidas para procurar su salvación, estar siempre dispuestos a hacer de todo y sufrirlo todo por la caridad, estar dispuestos para ir adonde Dios quiera por ese motivo, ya a las Indias, o a otros sitios todavía más lejanos, y, finalmente, exponer gustosamente nuestras vidas para promover el bien espiritual de ese prójimo querido, y para extender el Imperio de Jesucristo en las almas. Y yo también, aunque anciano y tan caduco como estoy, no debo dejar de mantenerme en esa disposición, y aún de ir a las Indias, para ganar allí almas para Dios, aunque tuviera que morir por el camino; porque no penséis que Dios nos pide las fuerzas y la buena disposición del cuerpo, no, sólo nos pide nuestra buena voluntad y una verdadera y sincera disposición para abrazar todas las ocasiones de servirle, incluso con peligro de nuestra vida, manteniendo en nuestros corazones un deseo de sacrificarla por Dios y, si quisiera tal, de sufrir el martirio; y ese deseo es a veces tan agradable a su Divina Majestad, como si realmente se sufriera; y la misma Iglesia tiene un sentimiento semejante a esa disposición, pues ella honra como mártires a muchos Santos que solamente han estado desterrados por la fe, y que han muerto en el destierro de muerte natural. ¡Oh! ¡Qué sabios son en esta ciencia del saber sufrir nuestros Cohermanos, que trabajan en los países extranjeros!: unos están expuestos a los peligros de la peste, sirviendo también a los apestados; otros, en medio de los peligros de la guerra; otros, en las incomodidades del hambre, y todos, en los peligros, los trabajos y los sufrimientos, pero, a pesar de eso, se mantienen firmes e inconmovibles en el bien que han empezado. Agradezcamos, señores, la gracia que Dios hace a esta pobre e insignificante Congregación, al verse compuesta de tales personas y de tales miembros, tan fieles y tan constantes en sufrir por el servicio y por el amor de su Divina Majestad».

Estas palabras del Sr. Vicente dan a conocer el deseo que ardía en su corazón de sacrificar su vida en el martirio, o de ir a consumirla en los trabajos de las misiones; y lo habría llevado a cabo, si los dolores agudos de sus piernas y las demás molestias, que le afectaban continuamente, se lo hubieran permitido. En efecto, seis o siete años antes de su muerte, aún fue de misiones el tiempo de un jubileo, y trabajó en él con grandísimo fruto, y una maravillosa edificación de todos los que veían a aquel santo anciano, en edad tan avanzada y entre tantos achaques, dedicarse con tanto celo a catequizar, predicar, confesar y consagrase a otros actos parecidos. Pero aunque su edad y sus indisposiciones casi continuas, con todos los demás asuntos importantes atendidos por él, no le permitían continuar esa santa actividad, con todo no dejaba de conservar en su corazón el interés por ella. Un día escribiendo a uno de los suyos, y al declararle sus sentimientos acerca de dicha cuestión: «¡Qué felices son —le dijo— los que se dan a Dios gustosamente para hacer lo que Jesucristo hizo, y para practicar, a su ejemplo, las virtudes que el practicó: la pobreza, la humildad, la paciencia, el celo de la gloria de Dios y de la salvación de las almas; porque así se hacen verdaderos discípulos de tal Maestro: viven puramente de Su espíritu, y difunden, con el olor de su vida, el mérito de sus actos por la santificación de las almas por las que El quiso morir».

Con ese mismo espíritu y con ese mismo celo exhortaba y animaba a los suyos en los trabajos, en que estaban comprometidos por el servicio de Nuestro Señor. Vean con qué palabras le escribió a uno de sus Sacerdotes, que había sido destinado a unos lugares muy lejanos, donde había mucho que trabajar y que sufrir por el servicio de Nuestro Señor: «¡Ah señor! ¡Cómo me lleno de consuelo al pensar que usted es todo para Dios y para su vocación, que es verdaderamente apostólica! Ame usted esa feliz porción que le ha tocado en suerte y que debe atraer sobre usted una infinidad de gracias, con tal de que sea usted muy fiel a las costumbres de los mayores, e indudablemente tendrá que combatir mucho, porque el espíritu maligno y la naturaleza corrompida se pondrán de acuerdo para oponerse al bien que usted quiera hacer. Le harán aparecer las dificultades más grandes de lo que son, y se esforzarán en persuadirle que la gracia le faltará cuando la necesite, con el fin de llenarle de tristeza y desanimarle; suscitarán hombres que le llevarán la contraria y le perseguirán, y además, quizás de los que usted mismo tiene por sus mejores amigos, y que deberían apoyarle y consolarle. Si le ocurre esto, señor, debe animarse, y considerarlo como buena señal; porque usted gracias a eso estará más relacionado con Nuestro Señor, quien estando abrumado de dolores, se vio abandonado por su propio Padre. ¡Oh! ¡Qué felices son los que llevan amorosamente su cruz, siguiendo a semejante Maestro! ¡Recuerde, señor, y créalo firmemente, que cualquier cosa que le suceda, nunca será tentado más de lo que le permitan sus fuerzas, y que Dios mismo será su apoyo y su fuerza con tanta mayor perfección, cuanto mayor refugio y confianza tenga sólo en El».

Y escribiendo a uno de los suyos, que había destinado a una misión muy laboriosa y difícil: «¡Bendito sea el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que con tanta suavidad y firmeza le ha inspirado la misión que ha emprendido usted por la propagación de la Fe! ¡Y bendito sea ese mismo Señor, que no solamente vino a este mundo para redimir las almas que usted va a instruir, sino también para merecerle a usted las gracias que necesita, a fin de procurar la salvación de ellas y la de usted! Puesto que todas esas gracias ya le están preparadas y el buen Dios, que las da, no desea otra cosa más que concederlas con largueza a todos los que quieren servirse de ellas, ¿qué es lo que impedirá que usted se llene de ellas y que con la fuerza de ellas destruya en usted mismo los restos del hombre viejo y las tinieblas de la ignorancia y del pecado en ese pueblo? Quiero esperar que de su parte no ahorrará usted ningún esfuerzo, y que pondrá en ello su salud y su vida; para eso es para lo que usted se entregó a El, y se expuso al peligro de un viaje tan largo. Por tanto, no queda más que tomar la firme resolución de poner en serio manos a la obra. Pues bien, para comenzar bien y obtener un buen resultado, acuérdese de obrar siempre en el espíritu de Nuestro Señor, de unir sus acciones a las de El, y de darles una finalidad enteramente noble y divina, dedicándolas a Su mayor gloria. De este modo Dios derramará toda clase de bendiciones sobre usted y sobre sus obras; podrá suceder quizá que usted no lo vea, al menos en toda su amplitud, ya que Dios oculta a veces a sus servidores el fruto de sus trabajos por razones muy justas; pero nunca deja de producir los mayores efectos. Pasa mucho tiempo antes de que el labrador pueda ver el fruto de sus trabajos y, a veces, ni siquiera logra ver toda la abundante cosecha producida por la semilla. Eso mismo le pasó a San Francisco Javier, que no vio en su tiempo los frutos admirables que sus santos trabajos produjeron después de su muerte, ni los progresos maravillosos que obtuvieron las misiones que comenzó. Esta considera ción tiene que ensanchar mucho su corazón y mantenerlo muy elevado hacia Dios, con la confianza de que todo marchará bien, a pesar de que a usted le parezca lo contrario».

Hablando cierto día a los de su Comunidad con ese mismo espíritu: «He aquí —dijo— un hermoso campo que Dios nos abre, tanto en Madagascar como en las Islas Hébridas y en otras partes. Pidamos a Dios que abrase nuestros corazones en el deseo de servirle. Entreguémonos a El para hacer lo que le plazca. San Vicente Ferrer se animaba pensando que vendrían sacerdotes que, con el fervor de su celo, abrasarían toda la tierra. Si no merecemos que Dios nos conceda esa gracia de ser esos sacerdotes, supliquémosle que, al menos, nos haga sus imágenes y precursores. Pero, sea lo que sea, estemos ciertos de que no seremos verdaderos cristianos hasta que no estemos dispuestos a perderlo todo y a dar incluso nuestra vida por el amor y la gloria de Jesucristo, decididos, con el Santo Apóstol, a escoger antes los tormentos y la muerte que vernos separados de la caridad de este Divino Salvador».

En otra ocasión, después de haber relatado a su Comunidad alguna persecución acaecida a los Misioneros residentes en Berbería, añadió a continuación: «¿Quién sabe si Dios no ha enviado esta persecución para probar nuestra fidelidad? ¿Dejan acaso los mercaderes de echarse a la mar por los peligros que corren, o dejan los soldados de ir a la guerra por las heridas y la muerte, a la que se exponen? ¿Y dejaremos nosotros de cumplir con nuestro oficio de socorrer y ayudar a las almas por las penas y persecuciones con que podamos encontrarnos?».

Alentaba de esta forma con el ardor de su celo a los de su Compañía para que continuaran con sus trabajos al servicio de Nuestro Señor. Y como su celo era verdaderamente desinteresado, no se alegraba sólo con ellos por las bendiciones que Dios concedía a sus misiones, en las que hacían lo que él hubiera deseado hacer en persona, si la edad y los achaques no se lo hubieran impedido; mas concebía también una santa alegría por el bien que hacían otras Comunidades, y por los servicios que rendían a la Iglesia. He aquí lo que una persona de gran virtud ha manifestado:  «El Sr. Vicente siempre se llenó de gozo cuando oía los grandes frutos y progresos que hacían las demás Comunidades; y lejos de concebir ninguna envidia, manifestaba plenamente el aprecio que sentía de ello. Les dirigía grandes alabanzas, y les prestaba en ocasiones toda clase de servicios y asistencias. Tenía un celo parecido al de Moisés, pues decía como él Utinam omnes prophetent!, y deseaba que las gracias que recibía de Dios fueran comunicadas a otros. Y, en efecto, ¿qué no hizo, ya por sí mismo, ya por medio de otros para renovar ese espíritu apostólico y eclesiástico que vemos hoy en día florecer en la Iglesia?. Ha empleado a todo el mundo para ese objeto: la lengua de unos, la boca de otros, el favor de los Grandes, el cuidado de los pequeños, las plegarias de la gente buena, en una palabra, su celo no ha tenido límites, y casi toda clase de personas han sentido sus efectos: hasta los pequeños huérfanos y los pobres ancianos lo publican»

Con ese sentimiento hablaba a menudo con estima y elogio de los Religiosos de la santa Compañía de Jesús, alabando a Dios por las grandes cosas que ha hecho en todas las partes del mundo por la propagación del Evangelio y por la institución del Reino de Jesucristo, su Hijo. Y un día, entre otros, hablando sobre este tema a los de su Comunidad, por un movimiento de ese mismo celo, acompañado de su humildad habitual, les dijo: «Seamos, Hermanos míos, como aquel aldeano que llevaba la impedimenta de San Ignacio y de sus compañeros cuando iban de viaje y que, cuando veía que se ponían de rodillas al llegar a algún lugar para detenerse allí, también él se arrodillaba; cuando les veía rezar, también él rezaba; y como aquellos santos varones le preguntaran una vez que era lo que hacía, les contestó: Le pido a Dios que ha ga lo que ustedes Le piden. Soy como un pobre animal, que no sé hacer oración, y Le ruego que les escuche a ustedes. Me gustaría decirle lo que Le dicen uste des, pero yo no sé, y por eso le ofrezco las oraciones de ustedes».

«¡Padres y Hermanos míos! Hemos de considerarnos como los mozos de carga de esos dignos Obreros, como unos pobres idiotas, que no saben decir nada, y que son el desecho de los demás; como esos pequeños espigadores, que van detrás de los grandes segadores! Demos gracias a Dios de que acepte nuestros humildes servicios. Ofrezcámosle con nuestras pobres espigas las grandes cosechas de los demás y estemos siempre dispuestos a hacer todo lo que podamos por el servicio y la ayuda del prójimo. Si Dios le dio tan hermosa idea y tan poderosa gracia a aquel pobre aldeano, que por eso mereció que hablara de él la Historia, esperemos que, si hacemos lo posible, como él lo hizo, para contribuir a que Dios sea honrado y servido, su Divina Bondad recibirá en gran parte nuestras oblaciones y bendecirá nuestros humildes trabajos».

Si el Sr. Vicente ha manifestado de tantas maneras el ardor de su celo, no nos ha dejado ver menos su fuerza y su constancia, perseverando en las santas empresas que Dios le había inspirado a pesar de las dificultades, las oposiciones, las pérdidas y todos los demás contratiempos enojosos que le han ocurrido. Ciertamente, entre todas las misiones en las que estuvo comprometido, una de las más penosas y más perjudiciales para su Congregación fue la de la Isla de Madagascar. De ella hemos hablado ampliamente en el Libro segundo, porque hemos visto cómo esta misión le ha consumido a varios Obreros buenos: la mayor parte murieron al poco tiempo de llegar, sin haber podido trabajar allí, ni conseguir el fruto esperado; otros naufragaron en medio del viaje: otros cayeron en manos de quienes estaban en guerra en aquel momento; en fin, parecía que los elementos y los hombres estuvieran opuestos al proyecto que había concebido, de socorrer e instruir a los pobres isleños.

Y ciertamente, después de tantos accidentes y tantas pérdidas, una virtud menor que la del Sr. Vicente se hubiera doblegado bajo la carga de tan horribles contratiempos y hubiera abandonado aquella buena obra, con el pretexto de cualquier imposibilidad. Pero el coraje y el celo de aquel Santo Varón se enderezaba como la palma, cuando parecía que debía haber sucumbido bajo todos aquellos funestos accidentes. Cuanta más oposición veía de parte de las criaturas, tanta más confianza y decisión manifestaba de perseverar en sus buenas empresas por la gloria de Dios; y cuanto más le arrastraban hacia el descorazonamiento aquellas pérdidas y oposiciones, tanto más tomaba de ellas motivos para animar más a los suyos, de modo que ellos estaban aún más interesados y más dispuestos para ir a aquellos lugares, a pesar de todos esos trastornos que daban pie para temer que les ocurrieran cosas parecidas. Veamos lo que escribió a uno de sus Sacerdotes a propósito de esto: «El hombre propone y Dios dispone de los acontecimientos como El quiere. Las medidas que habíamos tomado para la misión de Madagascar han quedado tantas veces rotas, que parece que no podemos prometernos más. Sin embargo, pienso que debemos siempre, por lo que a nosotros toca, tender a la ejecución de ese plan, en cuanto que concierne a la gloria del Amo a quien servimos, el cual concede a la perseverancia los resultados que ha negado a los primeros esfuerzos, y que se complace a veces en probar a sus obreros, antes de confiarles las obras más fuertes y difíciles, para hacerles merecer por el ejercicio su fe, su esperanza y su amor, la gracia de ir a plantar esas virtudes en las almas, que están desprovistas de ellas».

Y en otra carta: «Hemos llorado —dice— la muerte de nuestros queridos difuntos, que la misión de Madagascar nos ha arrebatado. No puedo disimular que esta noticia nos ha entristecido mucho, y que tenemos motivos grandes para adorar en esta ocasión sorprendente los recursos incomprensibles de la forma de actuar de Dios. Sin embargo, ni este dolor, ni todas las otras pérdidas anteriores, como tampoco los accidentes desgraciados que han sucedido más tarde, han sido capaces de quitarnos nada de nuestra decisión de socorrer a ese pobre pueblo».

En otra ocasión el Superior de la casa de la Misión de Marsella le hizo notar que sería muy difícil continuar las misiones de Berbería; y que todos los bienes de su Congregación no bastarían para conservarla y para pagar todas las afrentas que los turcos hacían sufrir a sus misioneros. Le respondió, que no podía resolverse a abandonar aquella obra: «Porque —dijo— si la salvación de una sola alma es de tal importancia que se debe exponer la vida temporal para procurarla, ¿cómo podríamos abandonar a tan gran número de ellas por temor a algún gasto? Y aunque no se consiguiera otro bien de esas misiones que hacer ver a aquella tierra bárbara y maldita la hermosura de nuestra Religión, enviando allí hombres que atraviesan los mares, que dejan voluntariamente su tierra y sus comodidades y que se exponen a mil clase de ultrajes para ir a consolar y ayudar a sus hermanos afligidos, creo que los hombres y el dinero estarían muy bien empleados».

Así era el celo que inspiraba al Sr. Vicente esa energía y esa fuerza para perseverar constantemente en esas santas empresas, y que también le hacía sentir una pena muy grande, si veía a algunos de los suyos, que actuaban sin ningún interés, o que, escuchando demasiado a los sentimientos de la naturaleza y el razonamiento del amor propio, se dejaban caer en el desánimo, y arrastraban a veces consigo a otros. Presento aquí un párrafo de una Conferencia que dio un día a su Compañía a propósito de esa cuestión. Y con esto daremos por terminado este Capítulo.

«Es imposible —les dijo— que un Sacerdote misionero que vive flojamente, tenga éxito en su condición y tenga un fin feliz. Porque ¿qué daño creen ustedes que hacen estas almas relajadas en una Compañía? Pero ¡qué daño no se causan esos perezosos a sí mismos y a los demás, a quienes desaniman con sus malos ejemplos y con sus conversaciones impertinentes! ¿A qué vienen — dicen— tantas clases de actividades, tantas misiones, seminarios, conferencias, retiros, reuniones y viajes por los pobres? —»Cuando el Sr. Vicente se muera, todo eso se dejará bien pronto; porque ¿con qué medio se podrán atender tantas clases de actividades? ¿Dónde podrán encontrarse misioneros para enviarlos a Madagascar, a las Islas Hébridas, a Berbería, a Polonia, etc.? Y ¿el dinero para cubrir todos los gastos de esas misiones tan lejanas y onerosas?»— A eso hay que responder: que si la Compañía en su nacimiento y desde su cuna ha tenido el coraje de abrazar esas ocasiones de servir a Dios, y si los primeros que han sido enviados se han portado con tanto fervor, ¿no tendremos motivos para esperar, cuando la Congregación se fortalezca y crezca con el tiempo? No, no, señores. Si Dios nos presenta incluso ahora nuevas ocasiones para servirle, no dejaríamos de emprenderlas con su gracia. Esos espíritus flojos y desmoralizados no son capaces sino de desanimar a los demás. Por eso ustedes deben guardarse de semejantes personas. Y cuando les oigan hablar de esa manera, digan con audacia con el Santo Apóstol Iam nunc Antichristi multi sunt in mundo, ya hay Anticristos en el mundo, Antimisioneros, que se oponen a los planes de Dios. ¡Ay señores! Apenas estamos notando que descienden sobre nosotros las primeras gracias de nuestra vocación, que, por cierto, son muy abundantes, y tenemos motivos para temer que por nuestra laxitud nos hagamos indignos de tantas bendiciones como Dios ha derramado, hasta el presente, sobre nuestra Compañía, y tantas ocupaciones santas que su Providencia le ha confiado, y que caigamos en el estado en que vemos a algunas Comunidades: eso sería la mayor desgracia que nos podría ocurrir».

En fin, como el celo mira, después de la gloria de Dios, la santificación y la salvación de las almas, para hacer conocer aún mejor la grandeza y la magnitud del celo del Sr. Vicente, vamos a ver en el Capítulo siguiente cuáles han sido sus disposiciones en relación al prójimo, y cuán perfecta ha sido la caridad que tenía a los demás.

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