Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 1

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Observaciones generales sobre las virtudes del Señor Vicente

Antes de bajar a los detalles de las virtudes del Sr. Vicente, hemos juzgado necesario hacer algunas observaciones sobre cuatro o cinco circunstancias dignas de notarse, que contribuyeron mucho a su perfección.

En primer lugar, el Sr. Vicente no buscó ni fingió nada de extraordinario ni de singular en la práctica de las virtudes. Se entregó siempre gustosamente a la práctica de las que se consideran más comunes, como la humildad, la paciencia, la bondad, la mortificación, la tolerancia con el prójimo, el amor a la pobreza y otras semejantes; pero las practicó de una manera no común, y sí supo poner perfectamente por obra las piedras preciosas de la Jerusalén celestial y dar realce a su brillo con las excelentes disposiciones que él les añadía, ejerciéndolas siempre en un principio de gracia, y con intenciones muy nobles, viéndolas en Jesucristo como el original de toda perfección para adaptarse a sus ejemplos, y refiriéndolas fielmente a la gloria de Dios, como el único fin que se proponía en todos sus actos.

En segundo lugar, no se restringió al ejercicio de alguna virtud particular; sino que había recibido de Dios una grandeza y una capacidad de corazón, que le hacía abrazar todas las virtudes cristianas, que poseyó en grado perfectísimo. Y lo maravilloso es que se le ha visto destacar al mismo tiempo en la práctica de varias virtudes, cuyos actos eran muy diferentes, y hasta parecían en cierto modo opuestas.

Tenía una humildad profundísima y un gran desprecio de sí mismo; y al mismo tiempo, una magnanimidad audaz, cuando se trataba de defender los intereses de Dios. Se notaba en él un vigor infatigable para dedicarse a los más grandes asuntos; y una condescendencia maravillosa para acomodarse a las debilidades de los más sencillos. Sabía unir de modo excelente el oficio de Marta con el de María, y entregarse al mismo tiempo a la acción y a la contemplación, sin que una fuese obstáculo para la otra. Muchas veces se ha admirado la paz y la tranquilidad de su espíritu, que brillaba en la dulzura y la serenidad de su rostro en medio de los agobios de una incomparable multitud de asuntos y las apremiantes importunidades de toda clase de personas a que lo exponía su caridad. Por último, los Capítulos siguientes harán ver la feliz ensambladura que hizo en su corazón de toda clase de virtudes, que poseyó en un alto grado de perfección.

En tercer lugar, no se contentaba con tener las apariencias y el afecto de las virtudes, sino que se dedicaba continuamente a ponerlas por obra. Estaba plenamente convencido de lo que decía un Antiguo Padre: Que «Labor et patientia sunt exercitia, et corroboramenta virtutum». Lactan. lib. 3, Inst. Chrisel trabajo y la paciencia son el medio más eficaz para adquirir las virtudes y para asentarlas firmemente en nuestros corazones. A lo que añadía: «Que se podían perder fácilmente las virtudes que habían sido ad quiridas sin trabajo y sin dificultad; y que echaban raíces mucho más profundas en el corazón las que habían sido zarandeadas por las tempestades de las tentaciones, y habían sido practicadas a pesar de las dificultades y la repugnancia de la naturaleza».

En cuarto lugar, como era infatigable en el ejercicio de las virtudes, igualmente lo era en la adquisición de las mismas. Se puede decir sin faltar a la verdad, que era del número de los que tienen hambre y sed continua de la justicia. Nunca creía haber hecho bastante en una tan noble conquista; mas a imitación del Santo Apóstol, olvidando todo lo que había practicado de bueno en el pasado, empleaba todos sus anhelos en progresar y en alcanzar la cumbre de la perfección a la que Dios lo llamaba.

En quinto lugar, y finalmente, aunque sus virtudes eran conocidas de todos los que lo solían tratar, a pesar de todos los recursos que usaba para ocultarlas, sólo él no era capaz de verlas, pues su humildad, poniéndole ante los ojos un velo, las ocultaba a su vista, de modo que, por unos sentimientos muy opuestos a los de ese personaje, del que se habla en el Apocalipsis, aunque era rico y abundó en virtudes y dones celestiales, sin embargo se creía pobre, indigente, mísero y desnudo de toda clase de bienes espirituales. Y ante eso, la cualidad más ordinaria que se adjudicaba hablando de sí mismo era decir este desgraciado. Y por más que su vida fuera inocente y muy santa, y que sus días fueran unos días  llenos de toda clase de obras santas, no hablaba nunca de lo que había hecho, sino de un modo muy humillante: de ordinario decía que tenía mucha necesidad de mi-sericordia de Dios por las abominaciones de su vida.

Eso sí que era verdaderamente poseer un tesoro de virtudes, pero un tesoro tanto más seguro cuanto que estaba oculto al mismo que lo poseía, pues tenía tanto afán en ocultar, no sólo a los demás, sino también a sí mismo las virtudes y los excelentes dones de la gracia recibidos de Dios, como los amantes de la vanidad ansían manifestar y publicar el bien que creen poseer, y que las más de las veces viene a ser solamente una falsa y engañosa apariencia.

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