Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 8

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Cofradías de la Caridad de las parroquias

Entre las señales que Nuestro Señor dio de su Misión divina y de su condición de Mesías y Redentor del mundo, cuando su Precursor le envió a dos de sus discípulos, la última y principal que quiso usar, para que sirviera de sello de todas las demás, fue la de «Pauperes evangelizantur», que los pobres son evangelizados. Ciertamente, como ya lo había dicho en otro lugar del Evangelio, todas las obras que hacía daban testimonio de quién era, y todas las curaciones maravillosas que obraba con su palabra eran otras tantas pruebas incontestables de su condición de Hijo de Dios y de Salvador. Pero, como si no estuviera satisfecho todavía, después de haber dado la vista a los ciegos, la palabra a los mudos, el oído a los sordos y la vida a los muertos, añade, como señal más definitiva, «Pauperes evangelizantur», los pobres son evangelizados. Seguramente eso lo hacía para dar a conocer que así como el verdadero carácter de los hijos de Dios es la caridad, así la señal más segura para discernir, si una caridad es verdadera y perfecta, es cuando está purificada de todo interés y de toda satisfacción propia, tal como se ejerce con los pobres. Y si nos es permitido enriquecer aún más ese pensamiento para dar más realce al brillo de la perla preciosa de la Caridad, se puede decir que recibe un nuevo esplendor y una nueva perfección, cuando se practica con los enfermos pobres; y que en la doble postración de la indigencia y del dolor en que se encuentran se encargan de atenderlos corporal y espiritualmente, suministrando a los cuerpos alimento y remedios necesarios, y a las almas consuelo y otras ayudas, que les son más saludables: porque así la Caridad consigue redoblar el mérito y el valor, tanto por los bienes que hace, como por las incomodidades que sufre, y por la repugnancia de la naturaleza que tiene que superar.

Es en la asistencia corporal y espiritual de los pobres, especialmente en sus tribulaciones y enfermedades, donde el Sr. Vicente ha manifestado en qué grado de perfección poseía aquella divina virtud, como lo hemos dejado ver en el primer Libro, y en el primer Capítulo de este segundo. En él, hablando de las misiones, hemos relatado los grandes frutos que producen, y los actos de caridad que en ellas se practican, principalmente con los pobres. Pero, además de todos esos bienes, hay uno que hemos dejado para hablar de él en este Capítulo, a saber, la fundación de la Cofradía de la Caridad para asistir a los enfermos pobres, pues tal es el efecto propio de la caridad del Sr. Vicente. Pues Dios quiso servirse de él para producir aquella magna obra, cuyo mérito y cuya utilidad no sabríamos explicar con suficiente dignidad, no sólo para el alivio corporal de infinidad de enfermos pobres, que sin ella hubieran vivido en extremo abandono en muchos lugares; sino, aún más, para la salvación de sus almas, que frecuentemente estarían en peligro de perderse sin la atención espiritual que se les presta para prepararlas a bien morir.

Goza de mucha estima la caridad de los que contribuyen al mantenimiento de los hospitales, para recibir, acoger y atender en ellos a los enfermos pobres; y si alguna persona rica hubiera empleado parte de sus riquezas para fundar uno, dicha acción la aprobaría todo el mundo, y sería juzgada digna de eterna alabanza. ¿Qué sería, si se viera a un sacerdote pobre, que fuera capaz de realizar él solo, lo que los más ricos y los más poderosos con toda su opulencia ni siquiera han pensado realizar, no digo la fundación de un hospital, ni de diez, ni de cien, sino de mil, y aún más? Seguramente eso pasaría por una empresa que excede en absoluto el poder humano, porque sólo pertenece a Dios hacer algo de la nada, y con cinco panecillos hartar a varios miles de personas. Y podemos decir que Dios ha querido servirse para obrar esa maravilla, ciertamente no edificando casas para acoger en ellas a los enfermos pobres, sino procurando la fundación de las Cofradías de la Caridad, que les es aún más ventajosa, como fácilmente se puede uno enterar por el testimonio de aquellos mismos. Porque, por ejemplo, si se les preguntase a cincuenta o sesenta enfermos pobres, que son asistidos en una parroquia de París gracias a las atenciones y a costa de la Cofradía que está fundada en ella, si preferirían que los llevaran al HôtelDieu, responderían todos unánimemente y sin dudar, que preferirían con mucho se les dejara en su pobre habitación, continuando con ellos la asistencia caritativa que se les empezó a hacer.

Hemos visto en el primer Libro el origen de estas Cofradías de la Caridad el año 1617, cuando el Sr. Vicente estaba en Châtillon de Bresse. Fue entonces cuando él comenzó por primera vez a reunir algunas honradas y virtuosas mujeres, para que se encargaran de los enfermos pobres del lugar, y para procurarles el alimento y los remedios corporales y espirituales durante la enfermedad, en sus propias casas, sin separar al marido de la esposa, ni a la madre de sus hijos. El gran Siervo de Dios no había oído hasta entonces hablar, como lo ha confesado él mismo, de semejante manera de atender a los enfermos pobres. Y ese pensamiento se le ocurrió en cierta ocasión, al ver en mucha necesidad en aquella aldea a algunos enfermos pobres que carecían de todo: aquello le obligó a buscar por sí mismo algún medio con que asistirlos, y su caridad, tan ingeniosa como cordial y tierna para con los pobres, le sugirió esa santa y nueva invención. Primero hizo una prueba; y su éxito le demostró claramente que aquello venía de Dios. Porque fue tal su bendición sobre la primera Cofradía de la Caridad, que se ha mantenido siempre muy bien, aunque el Sr. Vicente, por estar lejos o por sus múltiples ocupaciones, no haya podido cuidarla desde hace casi cincuenta años que la fundó. Y desde aquel primer comienzo, la Divina Bondad ha querido colmar a este caritativo Padre de los Pobres con tantas gracias para extender y perpetuar en la Iglesia ese santo Instituto, que, en el momento de su muerte, la Cofradía estaba extendida en sitios casi innumerables,tanto en Francia, como en Italia y en otros lugares. Y sus Hijos espirituales continúan aún hoy todos los días fundándola dentro y fuera del Reino en las parroquias donde dan misiones. Y todo con la aprobación de la Santa Sede, y con el beneplácito de los Prelados, Superiores y Pastores de los lugares.

¿Quiere alguien saber cómo se sostienen estas Cofradías, que en su mayor parte carecen de renta alguna? Le diré que a base de los fondos de la Providencia divina, que, hasta el momento, no ha permitido que ninguna de estas Cofradías que haya observado fielmente el Reglamento (hablaremos de él más adelante) haya carecido de las cosas necesarias para asistir a los enfermos. Primero se hace una colecta general en la parroquia en cuanto queda constituida la Cofradía; con eso se consigue de ordinario un pequeño capital, más o menos grande, según las posibilidades del lugar: y al mismo tiempo se recogen también mobiliario, ropa blanca y herramientas necesarias. Y las colectas que en adelante se hacen los domingos y fiestas en la Iglesia, de ordinario son casi suficientes para el sostenimiento de la obra, sobre todo, cuando las Oficialas ponen en práctica los consejos que se les dan para conseguir el bien y el provecho de la Cofradía, y si los Párrocos de los lugares prestan su ayuda.

Pero así como es el orden el que mantiene y conserva las cosas en buen estado, y todo lo que es de Dios, como dice el Apóstol, está bien ordenado, el Sr. Vicente pensó, desde que empezaron las Cofradías, que era necesario crear un orden. A tal fin, redactó un pequeño Reglamento, que incluiremos en este Capítulo, el cual ha sido comúnmente observado con la aprobación y el permiso de los Superiores, en los sitios en los que han sido fundadas las Cofradías. Está concebido con palabras sencillas e inteligibles, y en los pocos artículos que contiene se echa de ver la prudencia verdaderamente cristiana de su Autor.

La primera intención del Sr. Vicente era fundar la Cofradía solamente en las aldeas, para atender a los enfermos pobres, que, de ordinario, se encuentran en el mayor abandono. Pero algunas señoras, que poseían tierras en la diócesis de París y en otros sitios en los que se habían dado misiones y fundado Cofradías de la Caridad, cuando vieron los grandes frutos que producían gracias a la asistencia corporal y espiritual de los enfermos pobres, pensaron asimismo que se dan en París las mismas necesidades, pues hay un gran número de familias pobres de artesanos y obreros que sólo viven de su trabajo, y que, en cuanto cesa éste por causa de las enfermedades que les suelen ocurrir, les falta todo, y como por vergüenza u otras razones no se atreven a hacer que los lleven al HôtelDieu, frecuentemente quedan en gran abandono. Ese hecho les sugirió la idea de que la fundación de aquella Cofradía sería muy útil y hasta necesaria en las parroquias de París. Hablaron a los Sres. Párrocos, y éstos al Sr. Vicente, quien así se vio obligado a hacer dicha fundación en las parroquias con gran bendición; y las señoras de la Caridad que componen tantas Cofradías diferentes como parroquias hay, practican desde hace veinticinco o treinta años las mismas obras de misericordia con los enfermos pobres, que se llevan a cabo en las parroquias campesinas; y aún hacen algo más, porque preparan en sus casas y a costa suya los potajes, la carne y las demás cosas necesarias para alimentar a los pobres de la parroquia; y lo van haciendo una tras otra y cada una en su día.

Posteriormente, a imitación de las parroquias de París, dicha Compañía se ha ido extendiendo por muchas ciudades del Reino, así como por las aldeas, y ha pasado también a los países extranjeros; y ahora se encuentra establecida en tantos sitios, que no sabemos ni el número. De ahí se puede deducir cuantos miles de pobres son atendidos por ese medio diariamente, y lo serán en el futuro, corporal y espiritualmente. Ellos, después de a Dios, deben todas esas asistencias caritativas y la mayor parte del buen estado de sus almas y de su salvación eterna, a la caridad del gran Siervo de Dios, quien sólo por esa obra ha conseguido en el cielo una gloria especial, que va creciendo de día en día; y en la tierra, el título glorioso de «Padre de los pobres», que atraerá sobre todo lo que le pertenece y que le es más querido, infinidad de gracias y de bendiciones.

Reglamento de la Cofradía de la Caridad

«La Cofradía de la Caridad ha sido instituida para honrar a Nuestro Señor Jesucristo, patrono de la misma, y a su Santa Madre, y para asistir corporal y espiritualmente a los enfermos pobres de los lugares en donde está establecida; corporalmente, administrándoles la bebida y la comida y los medicamentos necesarios durante el tiempo de su enfermedad; y espiritualmente, haciendo que les administren los sacramentos de la Penitencia, la Eucaristía y Extremaunción, y procurando que los que mueran salgan de este mundo en buen estado, y que los que se curen tomen la resolución de vivir bien en adelante».

«Dicha Cofradía está compuesta de un número fijo y limitado de mujeres y de muchachas; éstas, con el consentimiento de sus padres y madres, y aquéllas, con el de sus maridos. Elegirán a tres de entre ellas en presencia del Sr. Párroco por mayoría de votos, cada dos años, el día siguiente a Pentecostés, para que sean sus Oficialas. La primera de ellas se llamará Superiora o Directora; la segunda, Tesorera o primera Asistenta, y la tercera, Guardamuebles o Segunda Asistenta.

Estas tres Oficialas llevarán la dirección total de dicha Cofradía. Con el parecer del Sr. Párroco, elegirán también a un hombre de la parroquia, piadoso y caritativo, que sea su Procurador».

«La Superiora se cuidará de que se cumpla el presente Reglamento y de que todas las personas de la Cofradía cumplan bien con su deber. Recibirá a los enfermos pobres de la parroquia que se presenten, y les dará de alta con el parecer de las otras Oficialas».

«La Tesorera aconsejará a la Superiora, guardará el dinero de la Cofradía en un arca con dos cerraduras diferentes; la Superiora tendrá una llave, y ella, la otra, aunque podrá tener a disposición suya un escudo para atender a los gastos ordinarios. Al final de sus dos años, presentará las cuentas a las Oficialas que acaban de ser elegidas y a las demás personas de la Cofradía, en presencia del Sr. Párroco y de los habitantes de la parroquia que deseen asistir al acto».

«La Guardamuebles aconsejará igualmente a la Superiora, recibirá, lavará y arreglará la ropa de dicha Cofradía; la proporcionará a los enfermos pobres cuando lo necesiten, por orden de la Superiora; procurará retirársela y dar cuenta de todo al cabo de dos años, lo mismo que la Tesorera».

«El Procurador mantendrá el control de las colectas que se hagan en la iglesia o por las casas, y de los donativos que hagan los particulares; dará los recibos; procurará el sostenimiento de dicha Cofradía y el aumento de sus bienes; llevará las cuentas de la Tesorera, si fuera necesario; tendrá un registro en el que copiará el presente Reglamento y el acta de fundación, haciéndolo ratificar, si es posible. Escribirá en el mismo registro el catálogo de las mujeres y de las muchachas que sean recibidas en la Cofradía el día de su recepción y de su fallecimiento, las elecciones de las Oficias, las actas de la rendición de cuentas, el nombre de enfermos pobres, que sean atendidos por la Cofradía, el día de su recepción, de su muerte o el de su curación y, en general, todo lo que ocurra de especial y digno de notarse».

«Las Hermanas de dicha Cofradía servirán, cada una en el día en que tengan destinado, a los enfermos pobres que hayan sido recibidos por la Superiora, llevándoles a sus casas la bebida y la comida preparada; harán la colecta, por turno, en la iglesia y por las casas, los domingos y las fiestas principales y solemnes; entregarán la colecta a la Tesorera, e indicarán al Procurador lo que hayan recogido; harán decir una misa en el altar de la Cofradía todos los primeros y terceros domingos de cada mes, a la cual asistirán todas; y aquel mismo día confesarán y comulgarán, si las circunstancias se lo permiten, asistiendo también aquel día a la procesión que se celebrará entre vísperas y completas, en la que se cantarán las letanías de Nuestro Señor o las de la Virgen; lo mismo harán todos los años el día 14 de enero, que es la fiesta del Nombre de Jesús, su patrono».

«Se querrán mutuamente como personas a las que Nuestro Señor ha unido y ligado con su amor, se visitarán y se consolarán en sus aflicciones y enfermedades, asistirán en corporación al entierro de las que fallezcan, comulgarán por su intención y mandarán cantar una misa funeral por cada una de ellas; lo mismo harán con el Sr. Párroco y con el Sr. Procurador, cuando mueran; asistirán también corporativamente al entierro de los enfermos pobres que hayan atendido, mandando celebrar una misa rezada por el descanso de sus almas. Todo esto sin obligación de pecado mortal o venial».

«A cada uno de los enfermos pobres, en cada comida, se les dará, además del pan que pueda comer, cinco onzas de ternero o de cordero, un potaje, y un cuartillo de vino, medida de París».

«En los días de abstinencia se les dará, además del pan, del vino y del potaje, un par de huevos y un poco de manteca; y a los que no pueden comer carne, les darán caldos y huevos frescos cuatro veces al día, y una asistenta a los que estén en peligro de muerte y no tengan a nadie para velarlos».

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