Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 7

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Asistencias y servicios prestados a los monasterios de las Religiosas de la Visitación de Santa María de la diócesis de París por el Sr. Vicente durante el tiempo en que fue su Superior y Padre espiritual

Las asistencias y los servicios que las religiosas de la Orden de la Visitación de Santa María de la diócesis de París han recibido del Sr. Vicente durante los treinta y ocho años en que ha sido su Superior y Padre espiritual merecen tener su sitio en este segundo Libro, porque es una obra que, no solamente manifiesta la extensión de su caridad, sino también da a conocer cuán iluminado estaba su espíritu por la luz del cielo para el discernimiento de las cosas espirituales, y cuál era su prudencia, su mansedumbre, su entereza y demás excelentes virtudes para la dirección de las almas.

No es nuestro propósito extendernos aquí sobre este tema, tanto como lo merece, sino referir sencillamente lo que hemos recogido de algunas memorias que han puesto en nuestras manos, y que en su mayor parte nos las han proporcionado las religiosas de dicha Orden.

El Bienaventurado Francisco de Sales, obispo de Ginebra, fundador de la Orden de la Visitación de Santa María, y la Venerable Madre, Juana Francisca Frémiot, fundadora y primera Madre y religiosa de esa Orden, y Superiora del primer monasterio de la Visitación de la ciudad de París, conociendo como conocían las raras cualidades que se daban en el Sr. Vicente para una prudente y santa dirección, resolvieron rogarle que fuera el primer Superior y Padre espiritual de las casas de ese santo Instituto en esta ciudad, y se lo rogaron una y otra vez. Y al mismo tiempo procuraron que el difunto Sr. Cardenal de Retz, entonces obispo de París, el año 1622, le ordenara que aceptase aquella ocupación y se encargara de la dirección de aquellas virtuosas monjas.

La Venerable Madre Fundadora experimentó bien pronto en la persona del digno Superior el valor del regalo que Dios les había hecho: concibió tal aprecio hacia él que se aconsejaba casi solamente de él para el buen orden y el progreso de su Instituto, como así lo han hecho las otras Superioras que le han sucedido: siempre han seguido la dirección del virtuoso Superior sin buscar en otra parte nuevas luces. Y las demás religiosas han hecho lo mismo. De ahí se han seguido grandes bendiciones de Dios, tanto para la conservación de la unión y de la regularidad, como para el progreso interno y la multiplicación externa de las religiosas y de las casas de su Instituto.

El primer monasterio formó poco después uno nuevo, e, inmediatamente, un tercero: aquél se estableció en el arrabal de SaintJacques, y éste, en la ciudad de SaintDenis; ambos bajo la dirección del Sr. Vicente, y por medio de ella Dios quiso comunicarles las mismas gracias que al primero. Hace ya algunos años el monasterio de SaintJacques ha originado otro en París, que está situado en la calle Montorgueil, y como también había tenido al Sr. Vicente por su primer Superior, ha experimentado de igual modo los efectos de sus buenos consejos. De esta manera, ha estado encargado del cuidado y de la dirección de estas cuatro casas hasta su muerte. Empleó así treinta y ocho años al servicio de ese santo Instituto con tanta bendición y éxito, que, de las dos primeras casas de París, se han originado mediata o inmediatamente unas treinta más en diversas ciudades del Reino y en otras partes, adonde las Hijas de un Padre espiritual tan sabio han ido a difundir el olor de sus virtudes, y a comunicar el espíritu de su Bienaventurado Fundador, y por ese medio a atraer otras jóvenes al partido de su celestial Esposo.

El Bienaventurado Francisco de Sales, que había conocido en París y frecuentado muy particularmente al Sr. Vicente, decía que no conocía un hombre ni más prudente ni más virtuoso que él. El difunto Sr. Coqueret, doctor en teología por la facultad de París, de la Casa de Navarra, que le había oído hablar de ese modo es quien ha dado ese fiel testimonio. El Bienaventurado Prelado, luego de confiar al Sr. Vicente la dirección de sus queridas monjas de la Visitación en la primera ciudad del Reino, marchó pronto al cielo, muy consolado por haber puesto en tan buenas manos la obra de su piedad, que amaba con especial predilección entre todas las demás.

En cuanto a la Venerable Madre Fundadora, sobrevivió cerca de veinte años al Bienaventurado Fundador de su Orden. Y como se veía obligada a ir y venir a diferentes sitios por exigírselo así los asuntos y por el bien general de su Congregación, se ponía a menudo en comunicación con el Sr. Vicente por medio de cartas a propósito de su dirección interna particular y de la de su Instituto; y siempre recibió de él mucha luz y mucho consuelo. El mes de noviembre del año 1627, mientras trabajaba en algunas misiones, ella le escribió una carta relacionada con su interior. En ella aparece suficientemente la confianza particularísima que tenía en el prudente Superior, y la presentaremos aquí para edificación del lector cristiano.

«Conque está comprometido, mi queridísimo Padre —le dice— a trabajar en la Provincia de Lyon y, por consiguiente, tendremos que vernos privadas de verle durante algún tiempo. Pero nada hemos de oponer a lo que Dios hace, sino bendecirle por todo, como yo lo hago, mi queridísimo Padre, por la libertad que su caridad me concede de mantenerle mi confianza y de importunarle. Lo seguiré haciendo con toda sencillez».

«He hecho cuatro días de Ejercicios, y no más, a causa de los muchos asuntos que me han surgido. He visto la necesidad que tengo de trabajar en la humildad y en la caridad con el prójimo, virtudes que había tomado como práctica el año pasado y que Nuestro Señor me ha concedido la gracia de practicar un poco. Pero es El quien lo ha hecho todo y lo seguirá haciendo según su voluntad, ya que me ofrece tantas ocasiones. Respecto a mi estado, me parece que me encuentro en una simple espera de lo que Dios quiera hacer conmigo. No tengo ni deseos ni intenciones: nada me preocupa sino el deseo de dejar obrar a Dios. No lo veo todavía, pero me parece que eso es lo que está en el fondo de mi alma. No tengo proyectos ni sentimientos para el porvenir, pero en estos momentos hago lo que me parece que es necesario hacer, sin pensar más allá».

«Muchas veces anda todo revuelto en la parte inferior, lo cual me hace sufrir mucho, y permanezco así, sabiendo que por la paciencia poseeré mi alma. Además tengo un montón de preocupaciones por mi cargo, ya que mi espíritu aborrece grandemente la acción, y al obligarme a actuar en la necesidad, mi cuerpo y mi alma quedan abatidos. Mi imaginación, por otro lado, me molesta grandemente en todos mis actos de piedad con un hastío muy grande. Nuestro Señor permite también que tenga exteriormente muchas dificultades, de suerte que no hay nada que me plazca en esta vida, sino sólo la voluntad de Dios, que quiere que permanezca en ella. Concédame Dios su misericordia, que suplico a usted que la pida para mí con mucho interés; y yo no dejaré de pedir a Dios, como lo hago de todo corazón, que le dé fortaleza para el cargo que le ha confiado».

Y comienza así una carta escrita en otra ocasión acerca de diferentes asuntos:

«Aunque mi corazón, mi queridísimo Padre, sea insensible a cualquier otra cosa que no sea el dolor, jamás podrá olvidar la caridad que ha tenido con él el día de su partida; pues, queridísimo Padre, se vió aliviado en su mal, e incluso robustecido, en las ocasiones con que tropieza y que se presentan de una parte y de otra»

«Me postro en espíritu a sus pies, pidiéndole perdón por la pena que le causé con mi poca mortificación, cuya vileza amo y abrazo tiernamente, cuando me vuelve y la vergüenza que de allí me viene, la acepto y abrazo de corazón. Pero, ¿a quién puedo dar a conocer y saber mis debilidades, sino a mi único Padre, que las sabrá soportar? Espero de su bondad que no se canse de mí», etc

Durante la estancia de la Venerable Madre en Annecy, tuvo cierta esperanza de ver allí al Sr. Vicente. Y le escribió en estos términos:

«¡Ay, mi queridísimo y verdadero Padre!, ¿será posible que Dios me conceda la gracia de hacerle venir por estas tierras? Ese sería el mayor consuelo que podría recibir en este mundo; y creo también que sería una misericordia de Dios para con mi alma, que podría aliviarse de alguna forma, según espero, cierta pena interior que siento desde hace cuatro años y que es para mí un martirio», etc

El Sr. Vicente pasaba la visita de vez en cuando a las casas de París y de SaintDenis para cerciorarse de su situación en general, y de la de cada una de las religiosas en particular, con el fin de recuperarlas de las pérdidas a las que está sujeta nuestra naturaleza, y de animarlas a la perfección. Actuaba con tanta humildad, recogimiento, prudencia y caridad, que ellas lo veían lleno del Espíritu de Dios, en virtud del cual obraba tan prudentemente en su oficio, que las monjas llegaron a pensar que el santo fervor que lo animaba era una acción del Espíritu Santo, que hacía fructuosas sus visitas, y que les daba siempre un éxito muy notable. La Comunidad quedaba perfumada por su devoción, y llena del deseo de perfeccionarse, pero con un deseo firme y efectivo, que se dejaba ver por el fervor en todos los actos de las religiosas. Las animaba a apreciar en gran manera su vocación, y a llevar una vida en conformidad con el espíritu de su santo Instituto. Les inspiraba una estima particularísima de las máximas del Evangelio, y de los preceptos de su Bienaventurado Fundador, contenidos en sus Reglas y Constituciones. A eso iban dirigidos sus buenos consejos y los actos que recomendaba, pues sabía que en eso consistía la perfección de su estado. Alababa mucho los otros escritos del Bienaventurado Fundador de ellas, y de su Madre Fundadora, para que los apreciaran mucho. También él los apreciaba hasta el punto de no poder leerlos sin que se le conmoviera el corazón; y se le ha visto derramar lágrimas, mientras leía el Libro de las Respuestas de la Venerable Madre Fundadora. Presentaremos aquí a continuación un párrafo de una carta que la Venerable Madre escribió desde Annecy a su querido Superior, el mes de septiembre del año 1631.

«Usted es admirable —le dice— en su humildad, de la que yo recibo un consuelo muy grande y muy especial, pero sobre todo por la satisfacción que dice usted haber recibido en la visita que ha hecho a nuestra casa del arrabal. La Hermana Superiora me escribe también que ella y todas sus Hijas han recibido con ella un grandísimo contento. ¡Dios sea bendito, alabado y glorificado por todo y quiera dar a mi queridísimo Padre una gran corona por las fatigas y la caridad que tiene para con nuestras buenas Hermanas! ¡Ay, mi queridísimo Padre! ¡Qué bueno es usted siempre con nosotras! Lo conozco por esa porcioncita de lágrimas que ha derramado al ver nuestras últimas respuestas», etc

A continuación de estas cartas de la Venerable Madre Fundadora, pondremos aquí los testimonios de las más antiguas y principales Religiosas de los monasterios de esta santa Orden, que están en París, y que más han conocido al Sr. Vicente:

«Podemos asegurar con toda certeza —dicen— que varias veces nos han ocurrido cosas casi milagrosas durante sus visitas o poco después. Desde el momento en que empezó a prestarnos ese caritativo oficio, libró casi en un instante a una de nuestras Hermanas de una pena espiritual, que era tan violenta, que redundaba en su cuerpo y la incapacitaba para cualquier servicio en el monasterio; daba mucha compasión a las que la veían. Pero después de su curación, ha ejercido con gran bendición los cargos de maestra de novicias y de superiora durante varios años; y, al final, ha muerto santamente. En otra ocasión, unas religiosas, que sufrían penas y tentaciones molestas, se vieron totalmente libres al descubrirlas al caritativo Padre. Otras cambiaron notablemente de costumbres por la comunicación de la gracia abundante que radicaba en él. En fin, todas, en cada una de sus visitas, se sentían renovadas y caminaban más alegremente que nunca por el camino de la perfección; y no podemos omitir que sus bendiciones alcanzaron hasta las cosas temporales después de sus visitas».

«Este humilde Siervo de Dios ha dejado ver en otras ocasiones la gracia particularísima que había recibido de Dios para iluminar, consolar y fortalecer las almas, y para devolver la paz a las más atribuladas, y, entre todas, a la difunta Madre Elena Angélica l’Huillier. Dios la probaba con grandes sufrimientos internos, que podíamos llamar agonías, ansiedades de corazón y angustias extremas. No podía hallar consuelo, después de Dios sino en aquel Padre querido, que solía acudir con mucho cariño en socorro de las personas llenas de angustia. En cierta ocasión, que temieron que se le molestaría mucho, dijo: Que ningún asunto consideraba tan importante, como el de servir a un alma en aquel estado. A las personas atribuladas les decía cosas agradables y palabras regocijantes con una santa alegría, para distraerlas de su tristeza y su dolor».

«Su caridad para aliviar al prójimo le causaba una pena sensible, cuando sus propias dolencias no le permitían acudir a visitar y a consolar a las religiosas enfermas que lo echaban en falta. No le bastaba con compadecer a las personas dolientes en el cuerpo o en el alma, sino que hacía todos los esfuerzos para aliviarlas. Cierto día una buena Hermana lega, cuya virtud apreciaba mucho, y que se sentía muy enferma y con mucha fiebre, le dijo que se sentía muy contenta de morir. ¡Ah, Hermana mía!—le replicó— todavía no es tiempo; y acercándose le hizo una cruz con su pulgar en la frente, y al instante la enferma se sintió curada, y desde entonces no volvió a tener fiebre ni dolor».

«Como había experimentado en sí mismo todos los estados de la vida humana: enfermedades, humillaciones y tentaciones, para consolar a los que se sentían inquietados por penas semejantes, les decía ordinariamente que también él había tenido unas parecidas, que Dios le había librado de ellas, y que les haría la misma gracia: Tengan paciencia—les decía— sométanse al beneplácito de Dios, y usen de tal o cual remedio. A una buena Hermana lega, que le dijo una vez que tenía una mentalidad demasiado ruda como para dedicarse a las cosas espirituales, porque, estando en su tierra se había dedicado a guardar los animales de su padre, le dijo: Hermana, ese es el primer oficio que he tenido yo: he guardado puercos; pero como eso sirve para humillarnos, así nos haremos más aptos para el servicio de Dios. ¡Animo!».

«Otra Hermana, al descubrirle una tentación que la atormentaba, le dió ocasión para decirle que Dios le había probado con la misma pena durante varios años, sin haber tenido materia de confesarse sobre aquel punto, dando así a conocer a aquella Religiosa que su tentación no era pecado, y que no había por qué turbarse como ella se turbaba, porque estaba muy lejos de consentir en la tentación. Le confió el secreto de lo que acababa de decir de sí mismo, porque una de sus grandes preocupaciones era ocultar las gracias que Dios le había hecho, y no hablar nunca de ellas, si no iba en ello la edificación de un alma, como en esa ocasión».

«Creía que no era útil, ni tampoco conveniente, que las Religiosas tuvieran demasiado frecuentes y familiares comunicaciones con los Superiores. Y cuando alguna quería hablarle, si no veía en ello mucha necesidad, le hacía esperar largo tiempo para obligarla a meditar bien lo que iba a decir».

«Decía que una cosa era muy de temer y de evitar: dar pie a los inferiores para que promuevan pequeñas intrigas contra el gobierno de las Madres Superioras. Por eso, cuando una o varias Religiosas se le quejaban de la Superiora, examinaba bien la cosa y juzgaba con cordura, si se trataba de un movimiento de la naturaleza o de un celo bueno. Y conocida la causa exacta del descontento, ponía el remedio, y corregía en particular a la Superiora; pero no se ponía nunca del lado de las descontentas contra la Madre de ellas, tratando más bien de excusarla, mientras lo podía hacer en justicia, para sostenerla con el aprecio y la autoridad debidas, sabiendo que eso es necesario para un buen gobierno. Recomendaba sobre todo a las casas de París y a todas las que habían sido fundadas por ellas, que cuidaran mucho de que los eclesiásticos que acudían frecuentemente donde ellas, no estuvieran infectados de las opiniones nuevas: Porque —decía— los que siguen una mala doctrina, sólo buscan extenderla; pero no se suelen declarar al principio. Son como lobos que se introducen mansamente en la majada para destrozarla y perderla».

«Gracias a sus consejos la difunta Madre Elena Angélica l’Huillier, Superiora del primer monasterio de París, rechazó una notable cantidad de dinero que una Señora de abolengo ofrecía a la Comunidad para que le permitieran retirarse a ella, y para permitir que algunos jansenistas la fueran a hablar de vez en cuando a la reja».

«Cuando alguna religiosa, o varias juntas, le pedían la bendición, se arrodillaba y se recogía para darla a la vista de su nada y de la majestad de Dios; y lo hacía con palabras muy devotas y conmovedoras, añadiendo siempre algún deseo de bendición para sus ocupaciones y para sus personas junto con alguna palabra alentadora».

«A pesar de que tenía una mansedumbre sin par, era enérgico al corregir las faltas importantes; pero su prudencia le hacía esperar el tiempo conveniente, para que la corrección tuviera buen efecto. Un día le sugirieron que corrigiera a una religiosa por un defecto que tenía. A lo que contestó: No se les da medicinas a los que tienen fiebre sin una gran necesidad. Porque el ánimo de aquella persona no estaba entonces preparado para recibir el remedio. Les sugirió a las Superioras este método: que dieran sus avisos con gran circunspección y caridad, para que resultaran provechosos. Y por lo que tocaba a él, sólo los usaba cuando se veía obligado a imponer penitencias, que daba a entender que le costaría menos cumplirlas él que imponerlas».

«Se encontró un día con unas religiosas que, con el pretexto de una santa libertad, criticaban a las que eran más puntuales y más observantes; pero las sacó pronto de aquel abuso, haciéndoles ver que no se daba allí el espíritu de santa libertad, pues sólo se encuentra en la perfecta mortificación, que hace a la persona dueña de sus pasiones».

«Poseía una habilidad maravillosa para humillar a las almas altaneras, y lo hacía con cierta gracia, y sin que ellas se dieran cuenta. Pero cuando mostraba un celo más vigoroso era contra las que habían desobedecido en alguna cosa importante: las reprendía de forma tan humillante, que las dejaba anonadadas, y les hacía pensar lo que sería cuando Dios las reprendiera el día de su temible juicio, al ver que la palabra de un hombre las abatía y humillaba tan poderosamente».

«No había quien se le comparase cuando se trataba de aguantar las enfermedades del prójimo, tanto del alma como del cuerpo. Y, aunque su presencia infundía mucho respeto, sin embargo, ese respeto en lugar de encoger los corazones, los ensanchaba. Y no había persona alguna que infundiera más confianza que él, al manifestarle los pensamientos más secretos y las debilidades más difíciles de expresar: las toleraba y las excusaba, como hace una madre muy tierna con su hijo».

Una de las Madres Superioras mejor dotadas y de mayor valía de toda la Orden, al excusarse de hablar sobre el Sr. Vicente, puesto que su casa ya había entregado varias memorias, lo ha hecho de esta forma:

«Como las cosas —dice— que se han escrito son más o menos las que yo podría decir, confieso que me cuesta repetirlas, pues no acabo de decidirme a decir cosas generales, aunque, eso sí, admirables y que su profunda humildad no pudo ocultar a todo el mundo. Y en cuanto a las cosas particulares, estoy segura que las hemos mandado. Por eso trataré de honrar aquí el silencio que le he visto guardar en mil ocasiones, que tanto nos ha admirado. En cuanto a mí, he admirado frecuentemente la profundidad de su espíritu. Salía de estar con él con un sentimiento de pequeñez del mío, que confesaba interiormente que no podía penetrar hasta donde me parecía que iba el suyo. Y así por la grandeza de las luces que veía en él, sin que él las descubriera por completo, me parecía que era yo la más pobre y más incapaz del mundo».

«Infundía en los corazones una gran confianza para descubrirle las cosas más penosas, y dicha confianza no impedía que sintiera una hacia él un profundísimo respeto. Sus palabras causaban un maravilloso efecto en las almas, ya para calmarlas en sus tribulaciones, ya para ponerlas en un suave recogimiento».

«Era enorme su tolerancia con las claudicantes, y nos ha parecido siempre muy notable, aunque no estuviera interesada en ello la entereza de su celo. Mantenía la balanza en el fiel, cuando había que corregir a alguna, y cuando el fiel se inclinaba a un lado más que al otro, siempre era a favor de las dos grandes virtudes de su corazón, la humildad y la caridad. Insensiblemente estoy cayendo en repeticiones que quería evitar, y eso se debe a la abundancia de mi corazón, que conserva por ese Padre santo más estima, amor y respeto que se pueda expresar ni imaginar».

El Sr. Vicente no tenía ningún respeto humano; aguantaba firme, por los intereses de Dios y por el bien espiritual de las casas religiosas, cualquier desprecio o perjuicio temporal que le pudiera suceder. Eso ocurría de modo particular con ocasión de las entradas (al monasterio), pues con frecuencia se veía muy importunado por Señoras de la más alta alcurnia, hasta de princesas que, por la curiosidad de ver por dentro aquellas santas Comunidades, o bien, por la devoción de ir a pasar un día con las religiosas, o por algunos percances a que están expuestos por accidentes de la vida tanto los grandes como los pequeños, pensaban que se les tenía que conceder aquello. Pero se excusaba ante todas ellas general y generosamente, diciéndoles que no tenían ningún derecho a ello, mas con respeto y tratando de que aceptaran gustosamente su negativa con buenas razones, hasta de conciencia.

Y como había algunas que habían adquirido ese privilegio, reunió en diversas ocasiones a las Superioras y principales Religiosas de los monasterios para ver qué Señoras eran las fundadoras y bienhechoras, a quienes era justo conceder alguna vez la entrada. Puestas de acuerdo, redactaron los nombres, y se resolvió excluir a todas las demás; y eso era lo que él deseaba, tanto para decir, llegado el momento, que no podía ir contra lo establecido, como para obligar a las religiosas a no dejarse vencer por su parte, porque, cuando ellas no se mantenían decididas, parecía que se ofendía a aquellas grandes Señoras al no concederles el permiso.

Temía muchísimo que el espíritu del mundo se les colara en las casas, y que las religiosas, después de haberlo dejado todo a un lado en el mundo, lo recuperaran de nuevo por la vista y el trato con los seglares, que a menudo llevan consigo la vanidad en triunfo hasta los lugares y los actos de piedad. Incluso se mantuvo firme con la Reina Madre del Rey, pero sin faltarle al respeto debido a Su Majestad, para que aceptara de buen grado que una de las Damas de honor no fuera recibida en el primer monasterio, como Su Majestad había deseado.

Y cuando se trataba de dar alguna negativa, no enviaba nunca a las religiosas para no descargar sobre ellas el problema, sino que respondía él, tanto por sí mismo como por ellas en semejantes ocasiones; pero otras veces no actuaba así, pues era de notar en su forma de actuar que no permitía o no mandaba nada de extraordinario y que fuera de alguna importancia, sin antes aconsejarse de las Superioras, y, a veces, hasta de las Consejeras, deseando en todo, siempre que lo creía razonable o posible, obrar de acuerdo con ellas y en conformidad con sus opiniones. Y ellas han hecho notar que todavía era más cuidadoso en consultar el oráculo de la Verdad, y que estaba absorto en Dios, cuando ellas le hablaban, porque, para responder a las cosas que le proponían, pedía consejo al Divino Espíritu dentro de sí mismo. De modo que al verle, cuando volvía de su recogimiento, recibían los consejos que les daba como luces enviadas del cielo. Solía empezar también a menudo sus respuestas con estas palabras: «In nomine Domini»,que le resultaban muy familiares y habituales.

Si tuviera que exponer aquí al detalle todo lo que está escrito en las memorias de estas buenas Madres en alabanza de su digno Superior, este capítulo tendría una extensión excesiva. Por eso, nos contentaremos con añadir a lo que acabamos de presentar, algunas observaciones más concretas hechas por las religiosas del monasterio de SaintDenis.

«Su forma de actuar —dicen— siempre nos ha parecido extraordinariamente desinteresada, pues sólo miraba los intereses de la gloria de Dios en todos los asuntos que trataba».

«Desde el momento que reconocía las órdenes de Dios y su voluntad, las acogía como obligatorias, diciendo en sus reuniones con una suavidad maravillosa que seguía en todo el paso de la Providencia».

«En los consejos que daba ante las cuestiones que le planteaban, hemos señalado que actuaba con mucha prudencia y con una estimativa tan profunda y tan clara, que no le escapaba ninguna circunstancia a sus luces. Eso nos ha sucedido en ciertos asuntos muy oscuros y embrollados, que habían sido consultados a algunos Padres de Religión muy perspicaces y a Doctores muy sabios, que tardaron bastante en poder darnos la solución. Acudimos a este Padre digno, y nos escribió con tanta claridad y solidez, penetrando en el fondo de este asunto, que nos dio el medio de salir adelante felizmente, sin interesar en ella a nuestra Comunidad, ni a la caridad del prójimo. Por eso, algunos confesaron que ciertamente tenía que tener el Espíritu de Dios para hacer un discernimiento tan equitativo y tan atinado. También se ha hecho notar que nunca daba una solución en el asunto que fuera, sin que se le viera previamente entrar dentro de sí mismo, como invocando la gracia del Espíritu Santo».

«Siempre hemos quedado enteramente satisfechas de su digna dirección, viendo en él una gran plenitud de Dios y del espíritu evangélico, con un celo suave, poderoso y abrasado por la gloria de Dios; una entereza dulce, pero inconmovible para mantener la observancia de nuestras Reglas, interesándose siempre de las cosas que teníamos señaladas y de los sentimientos de nuestro Bienaventurado Padre y de nuestra digna Madre, con el fin de hacerlos cumplir con exactitud, haciéndonos sopesar las más pequeñas observancias como las más importantes. Nunca se sirvió de su autoridad para introducir algún cambio en ellas, sino más bien para confirmarlas y consolidarlas».

«Tenemos un ejemplo memorable, que nos ha edificado en gran manera, en la firmeza que tuvo en preferir la observancia exacta de nuestra clausura a todas las consideraciones humanas y a sus intereses particulares, negando constantemente la entrada en nuestra casa a personas influyentes, cuya categoría y riqueza habrían podido servir tanto a él como a nosotras de gran apoyo temporal, prefiriendo la incomparable dicha de nuestra soledad a todas las vanas esperanzas del siglo».

«En sus visitas no ahorraba ni desvelos ni molestias para hacerlas útiles, haciendo todo con mucha exactitud, paz y amabilidad. Tenía una benignidad, que traspiraba al Espíritu de Dios. Escuchaba con igual paciencia a la última novicia de la casa, como a la más antigua. Cuando reprendía los defectos, preparaba y disponía los espíritus con tanta caridad y tanta dulzura, que más bien se percibía la unción de sus palabras, que la amargura de la corrección, tanta era la virtud que tenía para llevar las almas a Dios».

«Para conocer y señalar los defectos, nos hacía entrar en juicio con Dios, y con nosotras mismas (ésas eran sus palabras). Nos decía que las faltas más ligeras eran grandes, comparándolas con los planes y con lo que Dios espera de nosotras».

«Hemos señalado que, a pesar de que sus correcciones eran siempre acompañadas con una gran caridad y aguante; con todo, cuando reprendía las faltas que se cometían en el Oficio Divino, parecía hacerse con un espíritu nuevo, e inflamándose de celo santo, hablaba con tanto vigor y energía, que imprimía en nuestros corazones el temor y el respeto de la Majestad de Dios, como un carácter que quedaba grabado en ellos para siempre de manera imborrable. Quería que se observaran hasta las menores ceremonias, que estaban señaladas, y decía que Dios recomendaba a su pueblo que guardara sus ceremonias y sus mandamientos, y que fulminó maldiciones tanto contra los que quebrantaban las ceremonias, como contra los infractores de sus Leyes. Nos mandaba a menudo que leyéramos nuestras Reglas y nuestros Directorios, y todo lo que es de nuestro instituto; y quería que lo hiciéramos con las disposiciones de los israelitas, cuando, después de su cautividad, derramaban lágrimas de contrición, al oír la lectura de la Ley de Dios, viendo las faltas que habían cometido».

«En sus visitas nos recomendaba frecuentemente la unión con nuestras Superioras; pero —decía— la unión de los corazones y deferencia a sus sentimientos hasta en las cosas indiferentes; el respeto y la condescendencia entre nosotras; y, sobre todo, asentir a los consejos de las antiguas, pues en ellas quería que se honrara al Antiguo de días. Cuando corregía algún defecto contra la caridad, invocaba sobre nosotras el espíritu de mansedumbre de nuestro Santo Fundador. Nos enseñaba que nuestro silencio debía honrar el del Verbo Divino en la tierra. Y nos decía que nos entregáramos a El por medio de la práctica de una perfecta obediencia a Dios, a nuestras Reglas y a nuestros Superiores, y que, al hacer el voto de obediencia, nos habíamos desprendido de nuestra propia dirección».

«Quería que después de las visitas se hiciera un resumen de las cosas más útiles que habían ocurrido, y que se leyera de vez en cuando en el Capítulo. Esta lectura —decía— atrae la gracia; y, en efecto, según sus designios, ella siempre tenía la bendición de renovarnos en las disposiciones de fervor, de puntualidad y de recogimiento, con que habían sido impuestas».

«Orientaba las casas que gobernaba hacia un gran desapego y a una perfecta abnegación, y enseñaba que se evitara todo lo que llevara al brillo, al aprecio de las criaturas y a todo lo que puede exponer y conducir a las religiosas a la comunicación con los seglares. Nos hacía disfrutar la felicidad que tenemos de estar fuera de París, y separadas del trato del gran mundo, obligándonos a mortificar toda clase de curiosidades, como los libros y la comunicación con las personas espirituales, que podían ser sospechosas de las opiniones peligrosas del tiempo; y nos aconsejaba que tuviéramos nuestras mentes fijas en los escritos de nuestro Bienaventurado Padre, hacia quien sentía una veneración muy especial».

«Con ese espíritu de abnegación nos hizo que diéramos una cordial negativa a las Reverendas Madres Ursulinas, que vivían cerca de nuestro monasterio, para usar del permiso que habían obtenido del Sr. Superior de ellas, para visitar a algunas de nuestras Hermanas parientes suyas, y para ver nuestra Comunidad, cuando fué derribada la pared medianera que nos separaba, diciéndonos que las Religiosas están muertas al mundo, y que no deben conocer más parientes en la tierra».

«Nos hablaba poco, pero, ya lo hemos hecho notar, una sola palabra suya hacía más efecto que unos sermones enteros por la eficacia del Espíritu de Dios que hablaba en él y por los sólidos fundamentos que su vida daba al aprecio que se tenía de su santidad. Una Hermana nos ha dicho que había tenido la dicha de confesarse con él, y que le había dicho en cuatro palabras lo que más necesitaba a propósito de una pena que sentía, pero tan atinadas, que quedó tan sorprendida como satisfecha».

«Dijo a otra Hermana, al aconsejarle la práctica de la presencia de Dios, que desde que se había entregado a El, no había hecho nunca a solas nada, que no hubiera querido hacer en un sitio público, porque—decía— la presencia de Dios de be tener más poder sobre nuestra alma, que la vista de todas las criaturas juntas»

«En cuanto a su caridad, entre un grandísimo número de ejemplos que podríamos presentar, le hemos visto exponer la salud y el tiempo que le era tan caro y tan precioso, preocupándose, al final de su vida, cuando estaba agobiado por los asuntos y las enfermedades, de venir varias veces aquí para disuadir, a una pobre Hermana que teníamos de tornera para el exterior, del propósito que tenía de que la dispensaran del voto para poder casarse. El Santo Varón, creyendo que en aquel cambio había peligro para su salvación, le habló con razones tan persuasivas, que hubieran sido capaces de ablandar un corazón de acero».

«Trataba con tanta circunspección las materias relacionadas con la caridad, que nunca decía la menor palabra que la pudiera afectar de la forma que fuera. Y cuando era preciso descubrir algún defecto del prójimo para asegurarse de la verdad, desde el momento en que lo había descubierto, tenía una santa habilidad que le hacía averiguar y manifestar las ventajas de aquella persona, para borrar totalmente la impresión del mal».

«Se sentía una suavidad sin par al verle actuar en los asuntos; les dedicaba el tiempo necesario para tratarlos a fondo. Su igualdad inalterable le daba una presencia de ánimo en todo, incluso para alegrar a los que él trataba, sobre todo, a los enfermos y a las personas atribuladas por las que sentía una caridad incomparable. Su buen corazón se adaptaba a todas sus debilidades, tanto del cuerpo como del espíritu. Así podía ciertamente decir con San Pablo: Me he hecho todo a todos para ganarlos a todos para Dios».

«Su deferencia y su respeto a toda clase de personas eran admirables, y la atención que tenía para hablar bien de ellas tan grande como la que siempre tenía en despreciarse, en declararse pecador y en humillarse en toda ocasión para mayor gloria de Dios y edificación del prójimo»..

He ahí lo que las virtuosas religiosas de Santa María han atestiguado acerca de su Padre Superior. Cuando menos, eso ha sido lo principal de lo que hemos recogido de sus Memorias. Omitimos, para abreviar, otros consejos espirituales, contenidos en esas mismas memorias, que el Sr. Vicente dio en diversas circunstancias a sus queridas Hijas, tanto en general como en particular, referentes a la práctica de las virtudes que les eran más convenientes, y especialmente a la unión y a la caridad que debían tener entre sí, a la obediencia para con las que estaban encargadas de su dirección, a la fidelidad a las Observancias, al recogimiento interior, a la oración, a la preparación para los sacramentos, a la pureza de intención, al amor de la pobreza, a la necesidad de la mortificación, a la perseverancia, y a otras parecidas.

Como el Sr. Vicente tenía un corazón abrasado en caridad para con el prójimo no podía menos de comunicar alguna chispa de ese fervor a sus queridas Hijas, y llevarlas, en tanto que se lo podía permitir su condición, a procurar la salvación y el consuelo de las almas, no sólo con las oraciones de ellas, sino también con unas ayudas efectivas. Creía que eso estaba conforme con el espíritu de su Instituto, y con las intenciones de su Bienaventurado Padre y Fundador. No creía que fuera bastante con que ellas practicaran su caridad entre sí, sino que deseaba que la luz y el calor del fuego divino, que él trataba de encender en sus corazones, saliera también fuera del monasterio para comunicarse a otras, y procurara en él el orden, la regularidad, la unión y toda clase de otros bienes espirituales. Precisamente por eso el caritativo Superior ha llevado siempre a las Religiosas de Santa María a aceptar las ocasiones que se les ha presentado para ir a introducir la reforma en monasterios que estaban necesitados de ella. Solamente aduciremos aquí un ejemplo, que bastará para dar a conocer las santas disposiciones del caritativo Padre espiritual y de sus virtuosas Hijas en esta materia.

Hace ya varios años que, por la piedad y por los favores de la difunta Señora de Maignelay, su memoria es bendita, y por la intervención de otras personas virtuosas y caritativas, se fundó el monasterio de Santa Magdalena, cerca del Temple de París, para que sirviera de lugar de acogida a las jóvenes y mujeres, que, habiendo vivido una vida desordenada, tuvieran el propósito de retirarse allí y convertirse enteramente a Dios. Como desde el comienzo de la fundación se vio que faltaba la parte principal, a saber, una buena dirección dentro de aquella casa, porque las personas que habían sido recogidas allí, carecían de experiencia y de otras cualidades requeridas para tal función, se pensó en los medios con que podría suplirse dicha carencia, y desde entonces determinaron introducir allí las religiosas de la Visitación, y encargarlas de la dirección del nuevo monasterio, porque se las consideró más aptas que otras, a causa del espíritu de su Instituto, que les obliga a hacer profesión particular de caridad y de mansedumbre, virtudes propias para ganarse el afecto de aquellas pobres penitentes y atraerlas con lazos de amor a Jesucristo. Le hablaron también del caso al Bienaventurado Obispo de Ginebra, quien predijo que aquello podría hacerse algún día, pero que aún no había llegado la hora. Por fin, unos años más tarde, le hicieron la propuesta al Sr. Vicente, y después de haber considerado ante Dios la importancia de la obra, quedó firmemente persuadido de que las Religiosas de Santa María debían encargarse de ella. Por eso, habló a la Madre Elena l’Huillier, Superiora del primer monasterio, y la preparó con su comunidad, a pesar del temor que tenían por ser una empresa tan difícil, a hacerse cargo de la casa, animándolas por el mérito de la obra y las ayudas que debían esperar de Dios.

El año 1629 destinó a cuatro Religiosas del primer monasterio de la Visitación, para que se trasladaran al de Santa Magdalena, cuyos primeros cargos, a saber, de Priora, Directora, Portera, etc., les fueron encomendados por la autoridad del Sr. Arzobispo de París. De vez en cuando, las han cambiado para aligerarlas del mucho trabajo que allí tienen. Pues bien, su dirección ha estado acompañada de tantas bendiciones, que han logrado imponer un orden maravilloso en aquella gran comunidad, de forma que, desde hace más de treinta años, todo ha transcurrido con edificación; y el monasterio de Santa Magdalena ha logrado producir otros dos: uno en Ruán, y otro en Burdeos. El Sr. Vicente ha contribuido a todo eso con sus sabios consejos y con sus desvelos caritativos, yendo, o escribiendo a menudo a aquella casa, y procurándole virtuosos confesores, que pudieran contribuir a mantener en ella la paz, la obediencia, y el buen orden de todo lo que está relacionado con el servicio de Dios.

Al principio hubo grandes obstáculos para la ejecución de aquel buen proyecto, y mucho que arreglar. Por eso, el Sr. Vicente, usando de su prudencia habitual, procuró diversas reuniones de doctores y de otras personas de insigne piedad, para hacerse con medios con los que superar las dificultades y resolver las dudas, con el fin de obrar con mayor seguridad en un asunto de aquella importancia, que afectaba a la edificación del público y el bien espiritual de tantas pobres criaturas. Gracias a ese medio se las saca del naufragio, y se las lleva a aquel sitio, como a un puerto de salvación.

Suelen ser, de ordinario, unas cien o ciento veinte. Algunas hacen los votos solemnes de religión. Otras, no los hacen, pero viven allí por propia voluntad, y llevan una vida reglada. También hay otras a las que se las mete a la fuerza, y que son retenidas a su pesar. Pero Dios, que es rico en misericordia, a algunas les hace la gracia de pasar del tercer estado al segundo, y del segundo al primero por los caritativos cuidados que tienen con ellas las Religiosas de la Visitación, que tienen mucho que sufrir, tanto dentro como fuera, desde que han sido encargadas de la dirección. Mas Dios les ha hecho la gracia de superar por su humildad, mansedumbre y paciencia, todas las contrariedades, persecuciones y calumnias, que el demonio y el mundo han promovido contra ellas. Han estado muy ayudadas por el Sr. Vicente, que las ha animado continuamente a la perseverancia, haciéndoles ver cuánta gloria daban a Dios su paciencia y su caridad, cómo adquirían méritos y atraían también bendiciones para toda su Orden, pues era un gran honor para ellas hacer lo que habían hecho los Apóstoles, y lo que Jesucristo en persona había venido a hacer en la tierra, que es convertir las almas a Dios. He aquí lo que él escribió un día a este propósito a la Madre Ana María Bollain, que fue la primera Superiora que se mandó al monasterio de Santa Magdalena. En él trabajó varios años con gran fruto.

«Nuestro Señor —le dice— que nos llama a lo más perfecto, verá la continuación de sus servicios en la Magdalena con mayor agrado que si obrara usted de otro modo. La gracia de la perseverancia es la más importante de todas; es la que corona todas las demás gracias. Y la muerte que nos encuentra con las armas en la mano es la más gloriosa y la más deseable.

Nuestro Señor terminó como vivió: su vida fué ruda y penosa; su muerte, rigurosa y llena de angustia, sin mezcla de consuelos humanos. Por eso, varios Santos han tenido esa devoción; la de morir solos, y la de ser abandonados de los hombres, con la confianza que tenían de que sólo Dios los socorrería. Estoy seguro, mi querida Hermana, que usted sólo le busca a El, y que entre las buenas acciones que se le presentan para hacer, usted prefiere siempre aquéllas en las que se dé más gloria a El y menos al interés de usted».

Además de las consideraciones precedentes por las que el Sr. Vicente conducía con tanto cariño a aquellas buenas Hijas de la Visitación a persistir en aquella empresa caritativa, tal como lo han venido haciendo en adelante, y lo hacen aún hoy en día, había una que él consideraba no menos importante que las demás. Era el temor que tenía, de que si aquellas Religiosas se retiraban o renunciaban a su dirección, se introdujera en aquella casa el veneno de los nuevos errores que algunos intentaban difundir por todas partes. Decía que, además del perjuicio que recibía la fe y la Religión, se trataba de una cizaña muy peligrosa y fuente de división para las Comunidades, que el enemigo sembraba secretamente, cuando no se estaba vigilante, como la experiencia lo había dado a conocer con demasiada frecuencia.

Antes de acabar este capítulo, hemos pensado que era conveniente para edificación del Lector, insertar dos párrafos que han sido escritos de puño y letra por el Sr. Vicente, relativos a dos grandes siervas de Dios del Instituto de la Visitación, que darán a conocer unas gracias notables y extraordinarias que Dios quiso conceder a su fiel Siervo, y también manifestarán cada vez más la santidad del Bienaventurado Francisco de Sales, Fundador de esta santa Orden y de la Venerable Madre Juana Francisca Frémiot, que ha sido su Fundadora. He aquí cómo habla en el primero:

«Place a la Bondad de Dios realizar a veces milagros por medio de sus Santos para testimoniar su santidad. Referiré aquí uno del que he sido testigo, que ocurrió en la persona de Sor M. M., Religiosa de la Visitación de Santa María, en el monasterio del arrabal de SaintJacques, en París».

«Hacía unos seis años que la mencionada Religiosa se veía atormentada por una horrible tentación de odio contra Dios, contra el Santísimo Sacramento y contra todos los actos de la santa Religión, de forma que blasfemaba contra Dios y le maldecía tantas veces cuantas se le decía que lo alabase o escuchaba las alabanzas de las otras Religiosas. Cuando estaba en el coro, se le oía proferir en voz suficientemente alta y clara blasfemias y maldiciones extrañas contra Dios. Su Superiora le quería obligar a hacer algún acto de ofrecimiento a Dios; ella le respondía que no tenía más Dios que el diablo. En una palabra, sentía tanta cólera y rabia en su interior contra su Divina Majestad, que en varias ocasiones estuvo a punto de suicidarse para ir más pronto al infierno, según decía ella misma, adonde deseaba ir para poder maldecir a Dios a sus anchas, ya que en eso consistían todas sus delicias».

«Después de que su reverenda Madre Superiora la presentó a algunos Prelados, a ciertos religiosos y a otras personas entendidas en cosas interiores, siguiendo sus consejos, ordenó que la examinaran también los médicos, por orden de los cuales le hizo tomar gran cantidad de remedios. Pero todo fué inútil; por lo que finalmente aquella buena Madre, llena de confianza en que, si le aplicaba un trozo de roquete del Bienaventurado Obispo de Ginebra, lograría curarse, hizo efectivamente lo que pensaba. Y al cabo de unos pocos días, se produjo la curación en un instante, de forma que su espíritu, que hasta entonces se había visto tan perturbado, se tranquilizó de repente; su cuerpo, muy debilitado, recobró las energías, recuperó el apetito y el sueño, que había perdido por completo; y todo esto se realizó en un momento, y desde entonces ha conservado el espíritu muy fuerte y bueno, e igualmente el cuerpo, como si no hubiera tenido ningún mal anteriormente, y sin que quedara ningún rastro del mismo. Y ha llegado a alcanzar un estado tal, que ha podido ejercer con bendición los cargos del monasterio, y en la actualidad es maestra de novicias».

«Lo que me hace creer que se trata de una curación milagrosa es que siguió a la aplicación del roquete del Bienaventurado Obispo de Ginebra, y que los remedios humanos no habían servido de nada: su mal aumentó después de la aplicación de aquel roquete, tal como sucede de ordinario en las curaciones milagrosas, pero luego se curó en un instante, según la perfecta confianza de la Madre Superiora, y ella cree, con la misma certeza que si lo viera u oyera por sí misma, que Nuestro Señor le ha concedido esta gracia por los méritos de ese Bienaventurado Obispo y la aplicación del roquete. Eso mismo lo atestiguo yo por haber hablado con dicha Religiosa durante su enfermedad y después de su curación, y por haber sabido los detalles por boca de la Madre Superiora y de la misma Religiosa inmediatamente después de la curación, que tuvo lugar el mismo día que yo hacía la visita a dicho monasterio por autorización del Ilustrísimo y Reverendísimo Sr. Arzobispo de París».

Aunque, después del testimonio del humilde Siervo de Dios, no hay lugar para dudar de esa extraordinaria y milagrosa curación ocurrida por los méritos del Bienaventurado Obispo de Ginebra, Fundador de la Orden de la Visitación, que posteriormente ha obrado tantos milagros; y que es justo que el Santo Obispo sea reconocido como el verdadero autor, después de Dios, que por ello será tanto más honrado y glorificado en su Santo; con todo, hay unas circunstancias dignas de notarse, que han acompañado o seguido a dicha curación milagrosa, y que están relacionadas con el Sr. Vicente, y que dan a conocer que Dios ha querido en primer lugar que aquél tuviera alguna parte en dicho bien.

1. Por eso vamos a señalar en primer lugar, que Dios ha querido hacer esa gracia al digno Superior, porque las visitas que ha hecho de vez en cuando a las casas de la Visitación, según atestiguan las Religiosas, habitualmente han producido en ellas unas gracias particulares. Y, entre otras, que algunas Religiosas que sufrían penas muy dolorosas y estaban atormentadas por tentaciones muy molestas se hallan totalmente libres de ellas, y, en ocasiones, en un instante, después que las hubo hablado

2. La Visita, de la que se habla en ese escrito, era la primera de las que había hecho en el segundo monasterio de la Visitación de París, que fue hacia el año 1623. El aún vivía en casa del difunto Sr. General de las Galeras, unos años antes de la fundación de la Congregación de la Misión

3. Cuando vio en aquella visita a la buena Religiosa obsesionada de aquella manera, y atribulada por una pena tan espantosa, quedó muy impresionado con un gran sentimiento de compasión; y, por un especial movimiento de caridad, se puso a rezar por ella. E inmediatamente aquella Religiosa quedó repentinamente libre; así que, todavía (como ya lo hemos dicho), después de Dios, la principal gloria de la curación milagrosa corresponde al Bienaventurado Francisco de Sales, Obispo de Ginebra, por cuya intercesión, hay motivos serios para creer, Dios ha liberado a la buena Religiosa de sus horribles penas y tentaciones. Pero, sin quitar nada al honor debido a este santo Prelado, puede afirmarse también que, por la intercesión del Sr. Vicente, cuya virtud había apreciado y querido mucho el Santo durante su vida, la pudo invitar de una manera más particular, a emplear sus intercesiones ante Dios, para favorecer a quien le prestaba un servicio tan fiel y tan de su agrado en la persona de sus queridas Hijas.

El segundo escrito contiene las siguientes palabras:

«Nos, Vicente de Paúl, indigno Superior General de los Sacerdotes de la Congregación de la Misión, certificamos que, hace unos veinte años, Dios nos concedió la gracia de tratar con la difunta Venerable Madre de Chantal, Fundadora de la santa Orden de la Visitación de Santa María, tanto de palabra como por escrito, no sólo en el primer viaje que hizo a esta ciudad, hace unos veinte años, sino también en otros que hizo luego, en todos los cuales me honró con la confianza de manifestarme su vida interior, que siempre me pareció que estaba llena de toda clase de virtudes, especialmente de fe, a pesar de que durante toda su vida se vió tentada con pensamientos contrarios, y que tenía una incomparable confianza en Dios y un amor inmenso a su Divina Bondad, un espíritu justo, prudente, templado y fuerte en un grado eminente, distinguiéndose también en la humildad, la mortificación, la obediencia, el celo de la santificación de su santa Orden y de la salvación de las almas del pobre pueblo, en una palabra, nunca observé en ella ninguna imperfección, sino un ejercicio continuo de toda clase de virtudes y, que, a pesar de gozar aparentemente de la paz y de la tranquilidad del espíritu de que gozan las almas que han llegado a tan alto grado de virtud, sufría sin embargo penas interiores tan grandes, que me dijo y escribió varias veces que su alma estaba llena de tentaciones y abominaciones, y que tenía que esforzarse continuamente en apartar la mirada de su interior por no soportar la vista de su alma, tan llena de horrores, que le parecía la imagen del infierno. A pesar de sufrir de ese modo, nunca perdió la serenidad de su rostro, ni se desvió en lo más mínimo de la fidelidad que Dios le pedía en el ejercicio de las virtudes cristianas y religiosas, ni en la solicitud prodigiosa que tenía por su santa Orden. Por eso, creo que era una de las almas más santas que he conocido en la tierra, y que es ahora bienaventurada en el cielo. No dudo que Dios manifestará algún día su santidad, como he oído que ya lo ha hecho en varios lugares de este Reino de diversas maneras. He aquí una que le ha sucedido a una persona digna de fe, de la que estoy seguro que preferiría antes morir que decir una mentira».

«Esa persona me ha dicho que, cuando se enteró de que nuestra difunta se hallaba en extrema gravedad, se puso de rodillas para rezar a Dios por ella. El primer pensamiento que le vino a la mente fué hacer un acto de contrición por los pecados que había cometido y comete de ordinario; inmediatamente después se le apareció un pequeño globo como de fuego, que se elevaba de la tierra y se fué a unirse, en la región superior del aire, con otro globo mayor y más luminoso; luego, los dos, reducidos a uno solo, se elevaron más arriba, entraron y empezaron a brillar en otro globo infinitamente más grande y más luminoso que los otros. Entonces se le dijo interiormente a aquella persona que el primer globo era el alma de nuestra Venerable Madre; el segundo, el de nuestro Bienaventurado Padre, y el otro la esencia divina, y que el alma de nuestra digna Madre se había reunido con la de nuestro Bienaventurado Padre, y ambos con Dios, su soberano principio».

«Me dijo también aquella persona, que es un sacerdote, que, al celebrar la Santa Misa por nuestra digna Madre, inmediatamente después de saber la noticia de su bienaventurado tránsito, cuando estaba en el segundo Memento, en que se reza por los muertos, pensó que hacía bien al rezar por ella, pues quizás estaba en el purgatorio por ciertas palabras que había dicho en una ocasión, que parecían ser pecado venial, y que entonces volvió a ver la misma visión, los mismos globos y su unión, y que le quedó un sentimiento interior de que aquella alma era ya bienaventurada y no tenía necesidad de oraciones. Esto se le quedó tan grabado en el alma al sacerdote, que le parece que la ve siempre en ese estado cada vez que piensa en ella».

«Lo que puede hacer dudar de esta visión es que aquella persona tiene tan gran aprecio de la santidad de aquella alma bienaventurada, que no lee jamás sus Respuestas sin llorar, pensando que es Dios quien inspiró lo que ellas contienen, y que dicha visión es por tanto un efecto de su imaginación. Pero lo que le hace pensar que se trata de una verdadera visión es que esa persona no se muestra nunca inclinada a tenerlas, y nunca ha tenido más visión que ésta«. «En fe de lo cual firmo la presente con mi propia mano y la sello con mi sello». VICENTE DE PAUL

Esta declaración del Sr. Vicente es del año 1642. Es él quien habla en tercera persona, cuando habla de la visión de los globos; es a él a quien Dios manifestó la bienaventuranza de los Santos Fundadores del devoto Instituto de la Visitación. Pero antes de escribir nada y de hablar a nadie, acudió donde el difunto Sr. Arzobispo de París, al que refirió la cosa y le dijo todo sencillamente tal como había sucedido, para escuchar su parecer y no equivocarse. También se puso al habla con el R. P.

Don Mauricio, un barnabita, con quien se encontró en el monasterio de Santa María del arrabal de SaintJacques, y le preguntó si podía fiarse de que aquello no fuera un engaño del demonio. Y como ambos le afirmaran que tenía todas las señales que podían desearse, para juzgar que era el Espíritu de Dios el que le había revelado el secreto, y que podía estar seguro de ello, pensó que debía dar parte de aquel consuelo a algunas Religiosas de la misma Orden, a quienes veía sensiblemente afectadas por la pérdida de su buena Madre, contándoles detalles de aquella visión, que más adelante puso por escrito, para que perdurara su memoria.

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