Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 5

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Los Seminarios

El Santo Concilio de Trento considerando cuánto importa para la gloria de Dios y la edificación de los fieles que los que son promovidos a los Ordenes eclesiásticos tengan las disposiciones y cualidades convenientes a la santidad de ese estado; y reconociendo que si la virtud, que es una de las cosas más necesarias, no se planta pronto en el corazón de los niños hay razones para temer que no vaya a echar nunca raíces profundas; y que, al entrar más adelante en los beneficios y cargos eclesiásticos, y al recibir los santos Ordenes, no presenten las disposiciones requeridas y como consecuencia, en lugar de edificar, sirven de piedra de escándalo por los malos ejemplos de su vida: por esa razón ordenó que en todas las diócesis se crearan Seminarios, para formar en la piedad e instruir en las ciencias oportunas a los adolescentes en los que se vieran unas disposiciones especiales para la virtud y alguna inclinación y aptitud para el estado eclesiástico, prefiriendo los hijos de los pobres, sin excluir a los demás, a fin de que sus personas cuidadosamente formadas se hicieran capaces para producir algún día buenos frutos en la Iglesia.

Aunque todo eso haya sido instituido sapientísimamente, con todo, ha ocurrido que, por la corrupción y la malignidad del siglo, una Institución tan santa no ha tenido los resultados esperados; porque a pesar de que varios grandes Prelados del Reino que habían asistido al Concilio, a su vuelta a Francia habían establecido esa clase de Seminarios en sus diócesis, con el tiempo se ha visto que, en lugar de escoger a niños en los que se vieran como las primeras semillas de las virtudes eclesiásticas, y de confiar su dirección y la de los Seminarios a personas sabias, virtuosas y llenas del espíritu sacerdotal, se ha hecho todo lo contrario, y el interés temporal y particular ha prevalecido hasta el punto de que el buen orden casi haya degenerado en intrigas. Por un lado los burgueses de las ciudades donde se ha creado un Seminario, muy contentos por poder ahorrar las pensiones que hubieran tenido que pagar en los colegios para que sus hijos pudieran estudiar, han tratado, gracias a la ayuda de amigos, de conseguirles la entrada en esos Seminarios; y los han recibido excluyendo a los hijos de los pobres, sin que se los examinara si tenían inclinación o disposición para el estado eclesiástico. Por otra parte, la dirección de los Seminarios se la han dado no a los más dignos, sino a aquellos cuya capacidad de intriga era mayor. Y de este modo hemos visto que las santas intenciones del Concilio han quedado defraudadas y la Iglesia francesa privada de la ayuda que podía haber sacado de ella.

Como el Sr. Vicente conocía este abuso que, por cierto, le causaba mucha desazón, había querido ponerle algún remedio. Por eso, puso las bases de un Seminario, siguiendo aproximadamente los planes del Concilio, en el Colegio de BonsEnfants de París para instruir y formar allí en la virtud y en las ciencias a los adolescentes, en los que se viera alguna inclinación y disposición para el estado eclesiástico. Pero  la experiencia le había dado a conocer que los frutos que aquella clase de Seminario podía producir eran algo tardíos, debido al largo tiempo que pasa antes de que un adolescente alcance la edad y adquiera las ciencias y las otras cualidades necesarias para ser promovido a los santos Ordenes y entrar en el ministerio de la Iglesia. Y, por otra parte, había previsto con exactitud que no todos los que fueran formados en aquellos Seminarios corresponderían siempre a las esperanzas que se habían puesto en ellos, y que incluso se darían entre ellos quienes no tenían vocación para el estado eclesiástico y, por consiguiente, de quienes la Iglesia no recibiría ningún alivio en la gran necesidad que tenía de buenos y virtuosos sacerdotes. Por todas estas consideraciones pensó que sería más útil, y hasta en cierto modo necesario, crear otros Seminarios para los eclesiásticos ya promovidos a los santos Ordenes, o que tuvieran el propósito y la disposición próxima para recibirlos, para enseñarles durante un tiempo notable las materias más necesarias de la teología, principalmente las que se refieren a las costumbres y a la administración de los sacramentos, y para formarlos también en todas las funciones propias de su condición, como el Canto Llano, las Ceremonias, catequizar, predicar, etc. Pero, sobre todo, para hacerles practicar las virtudes convenientes a su estado, y enseñarles a llevar una vida bien reglada y digna del Carácter (sacerdotal) que conllevan; de forma que fueran capaces para desempeñar las actividades en las que sus Prelados los quieran emplear, y que puedan prestar un servicio útil a la Iglesia. Es eso precisamente lo que empezó a hacer en el Colegio de Bons Enfants, como ya lo hemos dicho en el Libro primero. Y eso lo hizo sin suprimir el Seminario de los adolescentes, que más adelante fue trasladado a una casa llamada de San Carlos, cerca de San Lázaro, pues creía que era conveniente mantenerlo tanto para estar de acuerdo con las santas intenciones del Concilio, como para no omitir nada de todo lo que pudiera servir, de la manera que fuera, para procurar buenos sacerdotes a la Iglesia.

Dios quiso dar una bendición tal al Seminario que el Sr. Vicente había creado por entonces para los Eclesiásticos ya ordenados, o que estaban a punto de recibir los Ordenes que, además de los frutos producidos y que continúa diariamente produciendo, ha dado incluso ocasión para la fundación de muchos otros en varias diócesis.

Ciertamente con mucha razón El Sr. Bourdoise, sacerdote de la Comunidad de San Nicolás du Chardonnet, de París. un celosísimo servidor de Dios, que ha trabajado muy útilmente con su santa Comunidad en la reforma del estado eclesiástico, se lamentaba en otro tiempo, porque se establecieran academias para la nobleza, donde los gentileshombres aprendían los conocimientos que les son convenientes, y porque cada profesión por humilde que sea, obligara a los que quieren practicarla a permanecer varios años aprendiéndola, antes de llegar a ser maestros; y sólo en el estado eclesiástico, destinado a desempeñar funciones importantísimas y para ministros verdaderamente divinos, se ingresara sin tener una preparación previa. Mas, por fin, plugo a Dios arreglar aquel desorden con los Seminarios, que vienen a ser como otras tantas escuelas de virtud y de santidad. En ellos los eclesiásticos pueden aprender la ciencia de los santos. Y es precisamente para eso para lo que El ha suscitado especialmente en estos últimos tiempos al Sr. Vicente y a los de su Congregación, para trabajar en una obra tan santa y tan necesaria con particular bendición

Veamos de qué forma habló en cierta ocasión el Sr. Vicente a propósito de este asunto a los Sacerdotes de su Comunidad:

«Los misioneros —les dijo— están enviados por Dios especialmente para trabajar en la santificación de los Eclesiásticos (185) Y uno de los fines de su Instituto es instruirlos no solamente en las ciencias para aprenderlas, sino también en las virtudes para practicarlas; porque enseñarles una cosa sin la otra es hacer poco o casi nada. Hace falta competencia y vida buena. La una sin la otra es inútil y peligrosa. Debemos formarlos igualmente en ambas, porque es eso lo que Dios nos pide. Al principio pensábamos en todo menos en servir a los eclesiásticos. Pensábamos sólo en nosotros y en los pobres. ¿Cómo empezó el Hijo de Dios? Estaba oculto, parecía que sólo pensaba en sí mismo, oraba, y únicamente hacía obras sin relieve: sólo dejaba transparentar eso. Después, anunció el Evangelio a los pobres; pero en seguida hizo unos Apóstoles, se puso a instruirlos, a darles consejos y a formarlos; y finalmente los inflamó con su espíritu, no sólo para ellos, sino para todos los pueblos de la tierra. Les enseñó también todas las normas para formar los sacerdotes, para administrar los sacramentos y para desempeñar su ministerio.

Así, al principio, nuestra pequeña Compañía sólo se ocupaba en su propio progreso espiritual y en evangelizar a los pobres. En ciertas temporadas se recogía en casa, y en otras, iba a enseñar a la gente campesina. Dios ha permitido que, al principio sólo apareciera eso; pero en la plenitud de los tiempos, nos ha llamado para que contribuyamos a la formación de buenos sacerdotes, a proporcionar buenos pastores a las parroquias, y a enseñarles lo que deben saber y practicar. ¡Qué ocupación tan noble! ¡Qué sublime! ¡Está muy por encima de nosotros! ¿Quién de nosotros había pensado alguna vez en los Ejercicios de Ordenandos y en los Seminarios? Nunca nos habíamos imaginado tal, hasta que Dios nos ha dado a entender que le agradaba dedicarnos a eso. El es quien ha conducido a la Compañía a esas actividades, sin que nosotros las hayamos elegido. Y por eso nos pide esa dedicación, pero una dedicación seria, humilde, devota, constante y que responda a la excelencia de la obra»

«Quizás algunos digan que han venido a la Congregación sólo para trabajar en el campo, y no para encerrarse en una ciudad al servicio de un Seminario. Pero todos y cada uno de nosotros sabemos que todas las actividades que debemos realizar en esta casa relacionadas con los Eclesiásticos externos, sobre todo de los Seminarios, no deben descuidarse con el pretexto de las misiones, porque hay que hacer éstas sin omitir aquéllas, ya que estamos casi igualmente obligados por nuestro instituto a llevar a cabo unas y otras; y que, por otra parte, la larga experiencia ha hecho ver que es muy difícil que los frutos que se recogen en las misiones pueden conservarse mucho tiempo sin la ayuda de los Pastores, a cuya perfección parece que contribuyen, y no poco, las demás actividades de la Compañía. Por eso, todos se darán gustosamente a Dios para desempeñarlas bien y devotamente.

«Es una gran obra, ciertamente, trabajar en instruir a la pobre gente, pero todavía es más importante instruir a los Eclesiásticos, porque, como sean ignorantes, por necesidad lo serán también los pueblos que ellos guían. Le podían haber preguntado al Hijo de Dios ‘ ¿Por qué has venido? ¿No es para evangelizar a los pobres, siguiendo la orden de tu Padre eterno? ¿por qué, pues, haces sacerdotes? ¿Por qué tienes tanto cuidado en instruirlos y formarlos? ¿Por qué les das poder para consagrar, para atar y desatar?’etc. A lo que Nuestro Señor podría haber respondido, que El había venido no solamente a enseñar las verdades necesarias para la salvación, sino también para hacer buenos sacerdotes, y mejores que los de la Ley antigua. Ustedes saben que antiguamente Dios había rechazado a los sacerdotes por estar manchados y por haber profanado las cosas santas; que consideró como abominación sus sacrificios, y dijo que suscitaría otros, que desde el Oriente hasta el Occidente, y desde el Sur hasta el Norte, dejarían oír sus voces y sus palabras: In omnem terram exivit sonus eorum.Y ¿por medio de quién cumplió su promesa? Por su Hijo, Nuestro Señor, que hizo sacerdotes, y los instruyó y formó y por medio de los cuales ha dado el poder a su Iglesia para hacer otros: Sicut misit me Pater, et ego mitto vos.Y eso para continuar haciendo por medio de ellos en todos los siglos lo que había hecho El al final de su vida, con el fin de salvar a todas las naciones con sus enseñanzas, con la administración de los sacramentos».

«Sería, pues, un engaño y un enorme engaño para un misionero no querer dedicarse a formar buenos sacerdotes, y tanto mayor, cuanto que no hay cosa más grande que un buen sacerdote. Démosle vueltas y más vueltas, veremos que no podemos contribuir a nada más grande que a formar un buen sacerdote, al cual Nuestro Señor le da todo el poder sobre su cuerpo natural y sobre el místico, el poder de consagrar y de perdonar los pecados, etc. ¡Dios mío! ¡Qué poder! ¡Qué dignidad! Esta consideración nos obliga a servir al estado eclesiástico, que es tan santo y tan noble; y todavía más, la de la necesidad que la Iglesia tiene de buenos sacerdotes, que reparan tantas ignorancias y tantos vicios de los que está llena la tierra, y por los que las almas buenas deberían llorar lágrimas de sangre».

«Se duda si todos los desórdenes que vemos en el mundo deben atribuirse a los sacerdotes o no. Esto podría escandalizar a algunos, pero el tema exige que por la magnitud del mal descubra la importancia del remedio. Desde hace algún tiempo se han tenido varias conferencias sobre esta cuestión que se ha tratado a fondo para descubrir el origen de tantas desgracias. Y el resultado ha sido que la Iglesia no tiene peores enemigos que los malos sacerdotes: las herejías vienen de ellos. Tenemos el ejemplo de las últimas en esos dos grandes heresiarcas Lutero y Calvino, que eran sacerdotes. Las herejías han triunfado por los sacerdotes; por ellos ha reinado el vicio, y la ignorancia ha instalado su trono entre la pobre gente; y eso, por sus propios desarreglos, y por no haberse opuesto con todas sus fuerzas y según sus obligaciones a esos tres torrentes que han inundado la tierra. ¡Qué sacrificio, señores, han ofrecido ustedes a Dios al trabajar en la reforma de los sacerdotes, para que vivan de acuerdo con la santidad de su condición, y para que la Iglesia se libre, por ese medio, del oprobio y de la desolación en que se encuentra», etc

«El carácter de los sacerdotes —les dijo en otra ocasión— es una participación del sacerdocio del Hijo de Dios. El les ha dado la potestad de sacrificar su propio cuerpo, y de darlo en alimento, para que los que coman de él, vivan eternamente. Es un carácter muy divino e incomparable, un poder sobre el cuerpo de Jesucristo, que los ángeles admiran, y una facultad para perdonar los pecados de los hombres, que, para éllos, es un gran motivo de admiración y gratitud. ¿Hay algo más grande y más admirable? Señores ¡Qué cosa más grande es el sacerdote! ¿Qué no puede hacer un buen Eclesiástico? ¿Qué conversiones no puede lograr? Fíjense en el Sr. Bourdoise, ese sacerdote excelente, ¿qué es lo que no hace? Y ¿qué es lo que no puede hacer? De los sacerdotes depende la felicidad del cristianismo; porque los buenos feligreses, en cuanto ven a un buen eclesiástico, a un Pastor caritativo, lo honran y siguen su voz, tratan de imitarlo. ¡Debemos esforzarnos en hacer buenos a todos, porque ése es nuestro ministerio, y el sacerdocio es algo tan noble…!»

«Pero, Salvador mío, si un buen sacerdote puede hacer grandes bienes, ¡cuánto daño hace uno que es malo, cuando se tuerce! ¡Dios mío!¡Cuánto cuesta volverlo al buen camino! ¡Oh Salvador mío! ¡Cómo deben entregarse a Tí los pobres misioneros para contribuir a la formación de buenos eclesiásticos, ya que es la obra más difícil, la más noble y la más importante para la salvación de las almas, y para el avance del cristianismo!».

«Si San Vicente Ferrer se animaba a la perfección con la idea de que Dios suscitaría algún día buenos sacerdotes y Obreros apostólicos para elevar el estado eclesiástico y disponer a los hombres para el juicio final, con cuánta más razón nosotros, que vemos en la actualidad cómo se va recuperando el estado eclesiástico hemos de animarnos cada vez más a la perfección para cooperar en esta restauración tan deseada».

Esos eran los sentimientos de este santo sacerdote; es así cómo comunicaba a su Compañía el celo que Dios le había comunicado para intentar volver a su pureza y a su esplendor el espíritu eclesiástico; es así cómo alentaba a los suyos a trabajar en los seminarios, a preparar a los que eran llamados a los Ordenes y a los cargos y dignidades de la Iglesia para recibir el espíritu de Jesucristo, tan necesario para ejercerlos dignamente.

Como el celo del Sr. Vicente estaba sazonado con una gran prudencia, y sus actividades le habían proporcionado una larga experiencia que daba mucha luz, creía que para lograr frutos de un Seminario, era necesario que los eclesiásticos, que en él se recibían, estuvieran durante un tiempo notable. Su opinión era que se debía obligar a todos los aspirantes a Ordenes, a permanecer allí cuando menos un año antes de recibir los Ordenes sagrados, para trabajar durante ese tiempo en purificarse de todas las malas costumbres que podían haber contraído en el mundo, y en vaciar sus corazones de todo afecto desordenado a las criaturas para progresar en el conocimiento y en el amor de Dios, a cuyo servicio querían ellos consagrarse; para estudiar profundamente las verdades cristianas y las máximas evangélicas que nos han sido reveladas por su Hijo, y para asentar sólidamente en sus corazones los principios de la santidad y perfección con enérgicas resoluciones de hacerse imitadores de la vida y las virtudes de Jesucristo. En fin, creía que ese tiempo era especialmente necesario para aprender a hacer bien la oración, y decía a ese propósito: «Lo que es la espada para los soldados, es la oración para los que se dedican al servicio de los altares», ya que una de las principales funciones de los sacerdotes es ofrecer oraciones y sacrificios a Dios. Pensaba que no era conveniente dispensar de la entrada en el Seminario a ningún aspirante a Ordenes, ni siquiera a los más virtuosos ni a los más dotados, porque, además de que así tendrían ocasión para aumentar su capacidad y virtud y para hacerse más dignos del estado eclesiástico, con su presencia les serviría a todos los demás de mucho provecho, ya que los débiles se ven ordinariamente más animados con el ejemplo de los más fuertes, y van a gusto por el camino por donde los ven pasar. En fin, siendo, como es, una norma general, se evitan muchas impertinencias de todos los que tratan de obtener excepciones que sólo podrían serles perjudiciales. Proponía para eso el ejemplo de la forma de actuar que usaba el difunto Sr. Obispo de Cahors, que ha sido un perfecto modelo de Prelados. Entre las normas que tenía sobre ese punto, una de las principales era no conceder jamás dispensa alguna para entrar en el seminario a los que eran de su diócesis; y obligaba a todos los que aspiraban a los santos Ordenes a residir en el seminario un año entero antes de que recibieran el subdiaconado; y después, todo el tiempo que quedaba hasta que se ordenaran de sacerdotes. Y su intransigencia en ese punto le sirvió mucho para poner a su diócesis en muy buen estado. Unos años antes de su muerte le escribió acerca de esa cuestión al Sr. Vicente en estos términos:

«Quedaría usted encantado al ver a mi clero, y bendeciría a Dios mil veces si supiera el bien que los de usted han hecho en mi Seminario, que se ha propagado por toda la Provincia», etc

Mas para conocer mejor la gran utilidad de los Seminarios por la calidad y variedad de bienes que en ellos se logran, y qué razones tan poderosas tenía el Sr. Vicente para exhortar a los Sacerdotes de su Congregación al amor y a la fidelidad de aquella santa ocupación, presentaremos aquí dos cortos muestrarios de los frutos que consiguieron dos de sus sacerdotes que había destinado a dirigir dos seminarios, uno en París y otro en Bretaña, para que por medio de ellos se pueda juzgar de los demás.

El de París habla de la forma siguiente:

«1. En este Seminario se da algo así como una misión perpetua y se ven, en la debida proporción, los mismos frutos que se observan en las misiones del campo y de las ciudades; por ejemplo, se convierten beneficiados y sacerdotes, después de haber vivido mucho tiempo con una vida desordenada en los lugares en que han vivido. Y eso, hasta derramar lágrimas en los Retiros, pedirnos que los recibiéramos en confesiones públicas, y humillarse en todas las ocasiones. Cuando hablan en las Conferencias, declaran su pasada ceguera, y felicitan a sus compañeros por disponer de medios para aprender con toda tranquilidad y pronto cuál era su deber. Si tienen entre ellos enemistades inveteradas, se reconcilian por medio de cartas llenas de humildad. Restituyen grandes cantidades a la Iglesia, o a quien sea el dueño. Los Santos Padres de los primeros y últimos siglos citados en el Derecho Canónico dicen, a menudo, de los clérigos que son incorregibles. Pero, gracias a Dios, su enmienda es cosa ordinaria en los Seminarios, hayan sido lo que hayan sido».

«2. Hay entre ellos quienes, habiendo poseído por mucho tiempo beneficios incompatibles y con mucho apego, basándose en la costumbre de sus Provincias, se someten gustosamente a dejar los que se quiera».

«3. Es muy frecuente, que sacerdotes, hasta los de más edad, ya sean beneficiados, o abades, canónigos, priores y párrocos; sean otros, como consejeros del Parlamento, o de juzgados, etc., desempeñan alegremente el oficio de portero, de acólito, de turiferario, de chantre, etc. tanto por inclinarse a esas funciones como por lamentar que no los hayan practicado nunca, o por haberlos descuidado en otro tiempo por considerarlos poco conformes con su categoría».

«4. Hay que destacar a varios, que, por no haber instruído nunca a sus feligreses, se ponen a catequizar, y que hacen maravillas en todo, cuando vuelven a sus casas: y han llegado a veces a declarar al pueblo, desde el mismo púlpito, que acababan de aprender sus deberes, y que querían empezar realmente a practicarlos».

«5. Varios, al salir del seminario, han formado en sus casas comunidades pequeñas de eclesiásticos, abandonando para ello sus casas paternas, y hasta el lugar de su nacimiento, para continuar juntos los actos de piedad, y ganar a otros para Jesucristo y su Iglesia».

«6. Hemos tenido a varios canónigos de iglesias catedrales y colegiatas, que, vueltos a sus casas, han sabido ganar poco a poco, sin meter ruido, pero con mucho fruto, a sus compañeros, y establecer sabios y santos lazos de unión entre sí, con el fin de mantener la disciplina en su iglesia. Y sabemos con qué celo y con qué sabiduría hablan ante el cabildo en pleno y en particular, acerca de la disciplina eclesiástica y del buen orden al que se han comprometido».

«7. Algunos, cuando han conocido la importancia de las escuelas, con todas las posibilidades que ellos tenían, se han puesto a hacerlas por pura caridad, con gran bendición y edificación de los pueblos, que han quedado admirados por ese hecho».

«8. No podemos omitir aquí, que Dios concede a la mayor parte y a casi todos la gracia de mantenerse en la piedad y en el ejercicio de sus funciones; de todos los lados nos llegan testimonios favorables acerca de eso».

«9. Pero lo que en cierto modo es más conmovedor es la inocencia de vida que se nota en ellos durante el Seminario. Los confesores ordinariamente tienen dificultades para hallar materia de absolución en ellos».

El otro Sacerdote de la Congregación de la Misión, que estaba encargado de un Seminario en Bretaña, ha descrito los bienes que se han conseguido, en estos términos:

«Entre los frutos que, lo hemos visto, se han logrado en los actos que se practican en este seminario para instruir a los Eclesiásticos, uno de los principales es la instrucción del pueblo. A ella se dedican con mucho fruto los que han permanecido aquí. Como se les enseña el método de predicar útil y familiarmente, eso ha multiplicado de tal modo los predicadores en ciertas diócesis, que en lugar de haber un solo predicador, durante la cuaresma, para cinco o seis parroquias muy alejadas, ahora se pueden ofrecer con facilidad tres o cuatro; así, después de predicar, pueden escuchar confesiones, con mucho consuelo del pobre pueblo del campo, porque antes, en algunos sitios, sólo tenían en cuaresma tres o cuatro predicaciones».

«Además, los señores Eclesiásticos, al verse así ocupados se sienten más animados a llevar una vida ejemplar, se ven más necesariamente obligados a una dedicación mayor al estudio; eso los libra de la ociosidad, y, con eso mismo, de muchos desórdenes».

«Y como predican útilmente y según el alcance del pueblo, tal como se les ha enseñado en el Seminario, cuando tienen Via Crucis, acuden a escucharlos desde cinco a seis parroquias vecinas».

«Vemos por experiencia que los señores Eclesiásticos se hacen en el Seminario con el espíritu de celo por la salvación de las almas; y que, cuando están en sus parroquias confiesan asiduamente, no sólo todos los domingos y días de fiesta del año, sino también los días de entre semana; antes esto era inaudito. Gran parte de los párrocos del campo, que han estado en el seminario, procuran tener con ellos un sacerdote para poder continuar más fácilmente los actos piadosos que habían practicado en el seminario, y con ese medio perseverar más fácilmente en sus buenos propósitos».

«Hay diócesis enteras, donde, antes de crear el seminario, apenas se veía a un eclesiástico del campo vestido de negro. La mayor parte vestían de gris, y trabajaban después de las misas, como los seglares. Y después de la fundación del Seminario es raro ver a alguno que no lleve al menos sotanela. La mayor parte viste sotana, con los cabellos cortos y el resto de su exterior de acuerdo con la decencia eclesiástica».

«Hemos visto a algunos, que estando en posesión de buenos beneficios con cura de almas, los han dejado, con el fin de estar más libres para ir a catequizar y confesar en las parroquias del campo, en las que había mucha necesidad de ayuda».

«Ha habido otros que, al salir del Seminario, trabajan principalmente en inspirar ese mismo celo a los demás sacerdotes del campo, que en ciertos sitios son hasta cincuenta, y aún más, en una sola parroquia, y con sus viviendas separadas una legua y más de la iglesia. Para eso los atraen suavemente, y así pueden tener una vez por semana algunas conferencias espirituales. De ahí se sigue un grandísimo provecho no sólo para dichos eclesiásticos, que son muy rudos, sino también para los pueblos que así son atendidos más caritativamente en sus enfermedades».

«Hemos visto a muchos eclesiásticos del campo, quienes, al ver el buen ejemplo de los que habían salido del Seminario, han llevado a cabo cambios muy considerables en su vida, y han edificado toda una diócesis. Algunos habían venido de más de veinticinco leguas expresamente a tener un Retiro en el Seminario para reafirmarse en sus buenos propósitos».

«En la actualidad es una cosa ordinaria el que los eclesiásticos del campo se reúnan la víspera de fiestas para preparar las ceremonias de la Santa Iglesia entre ellos, y así practicarlas con más devoción y edificación para el pueblo; y también para consultarnos por escrito las dificultades que pueden encontrar en ellas. Por ahí se ve el interés que tienen en hacer bien el servicio divino a partir de la creación del Seminario».

«En algunas diócesis vecinas antes no solían tener catequesis, y ahora se puede decir que casi no hay ninguna en la que no se dé exacta y caritativamente».

Antes de acabar este capítulo, no debemos omitir una cosa digna de notarse, que es que el Sr. Vicente no se contentaba con que se les diera la instrucción y todas las ayudas espirituales a los que estaban en el Seminario de BonsEnfants, confiado a su Compañía. En los primeros años procuró además que, algunos que no tenían con qué pagar la pensión, y que manifestaban buena voluntad para aprovechar las prácticas que allí se hacían, fueran alimentados y sostenidos en parte a costa de su Compañía, y en parte, gracias a las ayudas y limosnas caritativas.

La caridad del Sr. Vicente despertó la de unas personas piadosas, que enviaron limosnas a otros seminarios, para que las emplearan en el sostenimiento y la alimentación de los más pobres. Y, entre otras, M. Chomel, Vicario General y oficial del Sr. Obispo de Saint Flourun eclesiástico de condición y de virtud envió, durante diez o doce años, anualmente al Seminario de Troyes, en Champaña, y al de Annecy, en Saboya, una cantidad muy considerable para ayudar a unos buenos eclesiásticos a pagar sus pequeñas pensiones, y procurar por aquel medio que fueran instruidos y capacitados para servir útilmente a la Iglesia en esas diócesis. No hay duda de que semejante limosna ha sido muy agradable a Dios, y tanto más cuanto que puede producir mejores efectos y mayores frutos para su gloria y para el bien de la Iglesia. Un buen sacerdote es capaz de hacer mucho bien. Por eso, el Sr. Vicente exclamaba a veces: «¡Oh! ¡Qué cosa más grande es un buen sacerdote! ¿Qué no podrá hacer? ¿Y qué no hará con la gracia de Dios?».

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