Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 4, Sección 4

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Sentimientos de varias personas referentes a los Retiros, y ejemplos de los frutos logrados

 

Un sacerdote de Languedoc vino a París el año 1640, y quiso, antes de nada, hacer su Retiro en San Lázaro. En cuanto lo terminó, le escribió a un amigo suyo sacerdote, que le había encaminado a San Lázaro, en estos términos:

He recibido en esta casa tantos testimonios de benevolencia, y tan buen trato de todos aquellos con quienes he hablado, que me encuentro confundido; y más que todos los demás, el Sr. Vicente me ha recibido con tanto amor que me sentí completamente sobrecogido; mi corazón lo experimenta profundamente, pero no encuentro palabras que lo puedan expresar. Lo que puedo decir es que durante el tiempo de nuestros Ejercicios he estado como en el Paraíso, y ahora que me encuentro fuera, me parece que París es una cárcel. No crea que le digo esto por cumplir; hablo según los sentimientos que Dios me da. Por lo demás ya no sabría vivir más en el mundo; mi resolución es salir de él para darme enteramente a Dios

Otro eclesiástico, de Orleans, escribía al Sr. Vicente, sobre este mismo tema:

«Le ruego le dice que me conceda, por el amor de Dios y de la Santísima Virgen, otro Retiro más en la casa de ustedes. No hago más que suspirar con ese deseo, y espero que, cuando usted sepa por qué lo quiero hacer nuevamente, conseguiré esa gracia por la misericordia de Dios y de su bondad de usted. Ciertamente, señor, cuando pienso en los buenos sentimientos que se conciben en la casa de ustedes, me siento embelesado fuera de mí, y sólo puedo desear que Dios quiera que todos los sacerdotes pasen por esos santos Ejercicios. Si así fuera, no veríamos todos los malos ejemplos que dan algunos, con gran escándalo de la Iglesia».

Un virtuoso párroco de una parroquia campesina, que no está muy lejos de París, escribiéndole al Sr. Vicente el año 1642 le dice:

«Los frutos que han obtenido todos los que practican en casa de ustedes los actos del Retiro espiritual derraman tal olor en todos los lugares por donde pasan, que hacen nacer en el espíritu de muchos el deseo de acudir también a recogerlos del mismo árbol. Así pues, al haber visto a uno de mis parientes cercanos con esa buena voluntad, he creído que no puedo hacer por él nada mejor que suplicarle a usted muy humildemente que procure recibirlo, para que haga en la casa de ustedes los Ejercicios espirituales, de los que espera recibir luz y gracia para poder gobernarse el resto de su vida».

El difunto Barón de Renty, tan noble por su virtud como por su nacimiento, había empleado todos los medios que su gran caridad le había podido sugerir, para sacar a un párroco de un gran desorden, en el que había estado encenagado mucho tiempo, sin haber conseguido nada. Entonces tuvo la idea de dirigirse al Sr. Vicente, con el fin de llevarlo a hacer un Retiro en San Lázaro. Y en la carta que le escribió a ese propósito, le manifiesta que tenía la confianza de que con los actos del Retiro, bajo su caritativa dirección, la vida deplorable que había llevado hasta entonces, se cambiaría en vida de bendición

El Superior de una religión reformada de una casa de París tuvo también la misma idea para con un religioso de su orden, párroco de una parroquia, que había caído en algún desorden. He aquí con qué términos le escribió al Sr. Vicente:

«Ese buen religioso tiene mucha necesidad, por varios motivos que le podrá decir él mismo, de enmendar su vida, hasta ahora bastante desordenada, en perjuicio de las almas que tiene bajo su gobierno. Se le ha recomendado que se retire a casa de ustedes, como a un lugar seguro para las almas y el más indicado para ponerlas en el camino de su obligación. Le ruego con mucho interés que haga el favor de recibirle y no olvide nada de lo que usted juzgue conveniente para ganarlo para Dios».

Otro religioso de uno de los más célebres conventos de París pensó que no podía hacer cosa mejor por un paje que se quería convertir, que ponerlo en manos del Sr. Vicente, y rogarle que le diera acogida durante unos días en su casa:

«Ruego a Dios decía en una carta que le escribió el año 1644 que prolongue sus días y sus años para su gloria y para bien del prójimo, por el cual usted trabaja incesantemente. Le presento ahora un asunto digno de su caridad: se trata de un paje del Príncipe de Talmond, que ha sido educado hasta el presente en la falsa religión calvinista, y se ha dirigido a mí para convertirse; pero no encontrándome suficientemente capacitado para esa buena obra, me he tomado el atrevimiento de dirigírselo a usted como una persona a la que Dios le ha concedido gracias muy especiales y muy grandes para su gloria y para la salvación de los pecadores y de los desviados. Tenga, pues, mi veneradísimo Padre en Nuestro Señor, la caridad de acogerle y abrazarle como a una pobre oveja descarriada que busca donde acogerse para salvarse de las fauces del lobo».

Ciertamente, si tuviéramos que presentar aquí al detalle todas las personas que acudieron a la caridad del gran Siervo de Dios, y enumerar todas las debilidades, miserias y necesidades espirituales que fueron remediadas, con bendición, por medio de los Ejercicios espirituales, sólo en la casa de San Lázaro, tendríamos para llenar varios volúmenes, y podría decirse en cierto modo del Siervo, lo que el Evangelio cuenta de su Divino Maestro, que le llevaban de todas partes a todos los que padecían alguna dolencia o enfermedad, y que  salía de El una virtud que los libraba de todos los males, y los curaba del todo.

Como no ha sido sólo en la casa de San Lázaro donde la caridad del Sr. Vicente se ha hecho notar, porque también se ha extendido por otros lugares, referiremos aquí algunos testimonios y ejemplos de los bienes que esos Ejercicios espirituales han producido en otros sitios, bajo la dirección de los Hijos del Padre de los Misioneros.

Un eclesiástico de París de condición y de grandísima virtud, después de haberse ejercitado durante varios años en todas las actividades de la Misión, y haber hecho varios Retiros en San Lázaro, fue nombrado para un obispado, e inmediatamente se retiró a dicha casa para prepararse mejor para su consagración y para todas las demás obligaciones de su cargo. En cuanto marchó a su diócesis con algunos Sacerdotes de la Congregación de la Misión, empezó a poner por obra todo lo que había visto practicar al Sr. Vicente y a todos los de su Compañía. Y como conocía por propia experiencia la utilidad de los Retiros espirituales, invitó a los párrocos y demás eclesiásticos de su diócesis a que fueran a hacerlos en su palacio episcopal, que dedicó, en parte, para dicho uso. Veamos lo que escribió en pocas palabras al Sr. Vicente el año 1644:

«Para informarle de nuestras noticias le diré que seguimos teniendo nuestras reuniones de Eclesiásticos, tanto de los de la diócesis, como de otros lugares aledaños que piden asistir a ellas. En la actualidad tengo conmigo a unos treinta sacerdotes que están haciendo Retiro espiritual en palacio con mucho fruto y bendición».

Otro gran Prelado, que además es arzobispo y que ha frecuentado durante varios años la casa de San Lázaro y los Ejercicios de la Misión, ha pensado que no podía procurar un bien mayor para su clero, que hacer acudir a su palacio arzobispal a los párrocos y demás eclesiásticos de su diócesis en varias tandas, para hacer en él los actos del Retiro espiritual bajo la dirección de un Sacerdote de la Congregación de la Misión, quien, al darle cuenta por medio de una carta acerca del resultado de la primera tanda de los Ejercicios, le habla en estos términos:

«Al empezar, todos se miraban con temor y murmullos; los más indecisos no sabían qué pensar; pero Dios, que los había obligado por ministerio de usted y hasta arrastrado a la mayor parte a la soledad, de tal modo cambió sus corazones, que exclamaron: Vere Deus est in loco isto, et ego nesciebam. Y ya metidos en los Ejercicios, según que el día iba creciendo y disipando las tinieblas y la frialdad de ellos, decían: Quam bonum et quam jucundum habitare fratres in unum, y al terminar los Ejercicios: Faciamus hic tria tabernacula. Estos buenos señores, que eran en número de cuarenta, tanto rectores, como vicarios, aseguraban que sólo habían vivido aquellos diez días. Lloraban con lágrimas ardientes, acordándose de su vida pasada y de la ignorancia en la que habían vivido. Los mayores acudían corriendo a los actos; y le puedo asegurar que no he visto nunca tanto fervor, ni operaciones tan sensibles del Espíritu de Dios, que tiene en su mano los corazones, no sólo de los reyes de la tierra para doblegarlos a donde le plazca, sino también de los reyes del cielo, y de los sacerdotes, cuya dureza opone frecuentemente más resistencia a la gracia. Todos han hecho confesión general, y la mayor parte, de toda su vida, pensando que no habían hecho nada hasta ahora. Todos han hecho resoluciones decididas de trabajar en su propia santificación, y en la de sus rebaños, diciendo con el Rey Profeta: Dixi, nunc coepi; haec mutatio dexterae excelsi.A medida que la gracia iba cambiando los corazones, me venían a buscar en particular, y me decían, que el demonio los había dejado ciegos, haciéndoles creer que el Retiro sólo era una novedad insoportable, una cárcel y una gehenna. Otros decían: ¡Ay Señor! ¡Cuán obligados estamos a Monseñor! ¡Cuánto tendremos que pedir a Dios por su persona y por su vuelta! Si hubieramos tenido las luces que tenemos ahora, no hubiéramos hecho lo que hemos hecho. En fin, Señor, eran todos como niños pequeños, y yo estaba asombrado al ver cómo unas personas que podían ser mis abuelos, tenían tanta confianza en un instrumento tan débil: Vitulus et leo, lupus et ovis simul accubabunt, puer par vulus minabit eos. Toda la ciudad de usted ha quedado perfumada con el buen olor de esos buenos señores, no sólo de sus palabras, sino también de su modestia. Los eclesiásticos que se reían de los Ejercicios han quedado sorprendidos al ver a sus amigos y cohermanos cambiar de lenguaje, y algunos del cabildo preguntaban cuándo les iba a tocar a ellos. Espero, Monseñor, que sus oraciones obtendrán de Dios la realización de tan grandes y tan santas resoluciones, y que por este medio su diócesis adquirirá un nuevo rostro, ya que las cabezas ejercen tan buenas influencias sobre el resto del cuerpo»

Traeremos también aquí un párrafo de otra carta escrita al mismo Arzobispo, en la que sigue la continuación de las bendiciones que Dios seguía derramando sobre el clero de su diócesis en los retiros que se dieron más adelante. En ella el mismo sacerdote de la Misión le habló en estos términos:

«Aunque ni el lugar ni el tiempo hacen precisamente santos a los hombres, con todo, el uno y el otro contribuyen mucho a eso. La gracia tiene sus tiempos igual que la naturaleza. La Iglesia llama a los días de cuaresma días de salvación y de propiciación. La experiencia del último Retiro no nos permite dudar de ello. Y yo le puedo asegurar, Monseñor, que si Dios se ha mostrado liberal en los Retiros anteriores, se ha mostrado pródigo en el de ahora, que acabó en la víspera del domingo de Ramos. Porque, además de que todos han notado en el comportamiento de esos señores la acción maravillosa de la gracia, que cambia los corazones más rebeldes, y saca luz de las tinieblas, yo les he oído decir con frecuencia que sólo han empezado a abrir los ojos para conocer la eminencia de la dignidad del sacerdocio, que, si la hubieran conocido mejor, no se habrían comprometido a ella con tanta ligereza. Hubo quienes ofrecieron sus ahorros para seguir con los Retiros todos los años; otros querían renunciar a sus beneficios para estar siempre practicando actos parecidos; otros, en fin, pedían pasar durante algún tiempo en el seminario, con tal de que sus parroquias estuvieran atendidas. Todos se retiraron con tal pesar, que su cara estaba bañada en lágrimas; y con tal dependencia a las órdenes de usted y de los Señores Vicarios Generales, que decían que estaban dispuestos a hacer todo, y a ir adonde le plazca a usted. He ahí, Monseñor, cómo ha puesto usted misioneros en cada parroquia, para regar lo que la misión había plantado. Todos los laicos alaban la Bondad divina, y reconocen en su Pastor entrañas de Padre para lo espiritual y para lo temporal. Le puedo asegurar, que si hubiera usted tenido el consuelo de ver las maravillas de la misericordia de Dios, su alegría sería perfecta tanto cuanto puede serlo en este mundo. Pero creo que he olvidado decirle a Usted, que uno de esos señores que no había vivido como eclesiástico desde hace varios años en diversos lugares de su diócesis, y que sólo venía a los Ejercicios para fingir y para salvar las apariencias externas, así lo ha manifestado después, poco a poco se dejó tocar el corazón; pero, como no quería que las redes lo cogieran, buscaba otro confesor, en quien pensaba que tendría más confianza y Dios le hurtó la ocasión; y la noche anterior al día de la comunión, atormentado por su propia conciencia, no pudo dormir: Quis enim ei restitit et pacem habuit? Un sudor se apoderó de todos sus miembros, un temblor general se hizo con él, oía una voz interior, que le decía: Ha llega do tu hora; tienes que morir; resistes a Dios. Llama a uno de sus compañeros acostado en la misma habitación, le dice que va a entregar su alma, y le ruega que me venga a llamar. Me levanto, le confieso desde la medianoche hasta las cuatro de la mañana, con lágrimas y un agradecimiento a la divina Bondad, que sólo Dios ha podido conocer. Comulgó con los demás, pero con tal sentimiento, que tuvo miedo a perder el sentido, y que el demonio no se le transfigurase en ángel de luz para hacerle perder un tesoro tan grande. Efectivamente, el buen señor estaba como fuera de sí; pero vuelto ya en sí, me dijo que era un juicio secreto de Dios, que quería que, como sus faltas habían sido públicas, la reparación fuera también pública y conocida de todo el clero. Y así se retiró muy satisfecho, diciendo: Misericordia tua magna est super me, quia eruisti animam meam ex inferno inferiori».

Pasemos ahora a Italia. Allí se practican los mismos Ejercicios. Y comencemos por Génova. He aquí en qué términos el Superior de la Misión de esa ciudad le escribió al Sr. Vicente el año 1648:

«De parte del Sr. Cardenal Durazzo, arzobispo de esta ciudad, les hemos escrito a todos los arciprestes de los lugares en que se ha tenido la misión, para que avisen a todos los párrocos y sacerdotes de su arciprestazgo que los Ejercicios Espirituales tienen que comenzar en tal día, en la casa de la Misión, y que todos los que deseen aprovechar esta santa ocasión pueden venir acá, a tal hora. Ya han venido varios para hacer el Retiro. No puedo expresarle el gran consuelo que han recibido y la abundancia de gracias que Nuestro Señor les ha concedido, ni la gran modestia y el silencio que han observado, ni su humildad y sinceridad en dar cuenta de sus oraciones, ni las conversiones admirables y casi milagrosas que se han conseguido».

«Entre otros ha habido un párroco que me ha dicho, casi en público, que había venido para burlarse, más por hipocresía que por devoción, y para que el Sr. Cardenal le aumentase la renta. Dijo además que la Misión nunca había tenido peor enemigo que él, pues había dicho de ella todo lo malo que puede uno imaginar, lo mismo que de Su Eminencia. Era un hombre muy entregado al vicio, que había obtenido un beneficio por simonía, recibiendo los Ordenes sin más titulo que ese beneficio, ejercido los Ordenes, administrado los sacramentos y desempeñado los demás deberes parroquiales durante muchos años en el mismo estado; un hombre de negocios y de intrigas, etc. Pero finalmente Dios le ha tocado, y le ha tocado con mucha eficacia: se ha convertido, ha llorado, se ha humillado y ha dado muchas pruebas de haber cambiado. Todos los que lo vieron en estos Ejercicios u oyeron hablar de él se han quedado muy edificados, y nosotros no menos que los demás, ya que ha producido mucho fruto, a cada uno según sus necesidades».

«Le diré también, señor, cuán grande ha sido el consuelo y la alegría que por ello ha recibido Su Eminencia y las lágrimas que salían de sus ojos, cuando algunos de estos señores le manifestaron sus sentimientos, cosa que es imposible manifestar de palabra. Esto ha causado tanta impresión en la ciudad y en los alrededores que otros muchos se presentan para venir a hacer lo mismo».

De vez en cuando el mismo Superior escribía al Sr. Vicente acerca del resultado de los Ejercicios, que sería demasiado largo para ser transcrito aquí. Sólo presentaremos una carta

«Los párrocos dice se marcharon el viernes pasado, llenos de fervor y de edificación, y dicen maravillas de las gracias que Dios les ha hecho que, ciertamente, han sido grandes, y puedo decir que no he visto jamás una disposición semejante, ni tanta cantidad de lágrimas. Estaban de tal forma tocados, que hacían sus confesiones en público. Y hubo uno que dijo: Estamos en el va lle de Josafat, viendo la libertad y generosidad con las que cada uno iba descubriendo su corazón. Y todo, como ya lo he dicho, con gran efusión de lágrimas en público y en particular. Son efectos de la gracia todopoderosa; pero ¡qué maravilla! El buen Dios se ha mostrado tan generoso con las personas que han sido fieles al pequeño reglamento y, especialmente, al silencio… Los veía a los treinta juntos en el salón, esperándome, sin que ninguno se atreviera a decir una palabra al vecino».

«En la actualidad tenemos a cuatro ejercitantes. Entre ellos hay uno que es judío, que quiere hacerse cristiano, y que ha venido de Pisa expresamente para eso. Nos lo ha enviado Su Eminencia».

«Hay un senador, que quiere hacer una buena confesión general, y como no puede abandonar los asuntos públicos para hacer los Ejercicios Espirituales, ha elegido estos tres días de fiesta. Viene dos veces cada día a casa a hablar conmigo para hacer una confesión general. Ha empezado con mucho fervor y con grandes sentimientos de contrición. Espero que la terminará del mismo modo».

«Esperamos esta tarde a seis o siete sacerdotes, que vienen a empezar los Ejercicios. Piensan dar una misión en la ciudad, del mismo modo que nosotros las hacemos en el campo. Ruego a su caridad que encomiende a Dios este asunto».

También Monseñor el Cardenal Arzobispo de Génova hizo los Ejercicios varias veces en la casa de los Sacerdotes de la Misión, pero no con los curas, sino con los misioneros, que los hacen todos los años. He aquí lo que el mismo Superior le escribió al Sr. Vicente el mes de noviembre del año 1649.

«El Sr. Cardenal ha pasado ocho días con nosotros haciendo los Ejercicios Espirituales con los misioneros, en número de diez. Es un gran siervo de Dios. Es imposible creer con cuánta exactitud y puntualidad ha observado el orden de los actos, a pesar de ser de complexión muy débil, y de cincuenta y seis años de edad, pareciendo aún mayor por sus continuos trabajos, tanto corporales como espirituales. Por la mañana hacía oración en común con todos, de rodillas, sin moverse desde el comienzo hasta el final, aunque otros se levantaran. En cuanto a las demás meditaciones, que cada uno hacía en su habitación, él las hacía de rodillas o, si a veces se sentía un poco cansado, me preguntaba si podía levantarse; yo ya le había dicho que podía hacerlo y que, incluso, era conveniente que se sentase un poco para no cansarse demasiado; pero él no dejaba de pedirme permiso en cada ocasión, para tener el mérito de la obediencia. Cuando comunicaba los pensamientos y los buenos sentimientos de sus oraciones, lo hacía con tanta sencillez, humildad y devoción como cualquiera de nosotros. Apenas oía la campana para el oficio o para los demás actos de la Comunidad, lo dejaba todo y se encontraba de los primeros en la capilla. En la mesa quiso ser tratado como los demás. Yo le pedí que permitiera que lo tratáramos mejor, y finalmente acabó accediendo. Manifestaba que no le gustaba que le dieran agua para lavarse aparte, y quería acomodarse a lo que hacían todos».

«Al final de los Ejercicios le rogué que nos diera a todos la bendición para alcanzar de Dios la perseverancia. No quiso hacerlo, sino que, por el contrario, deseó que la diera yo mismo. Sin embargo, después de rogárselo mucho, nos la dió. ¡Qué ejemplo de virtud, querido Padre, tenemos ante nuestros propios ojos!».

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