Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 4, Sección 3

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Palabras notables del Sr. Vicente relativas a los Ejercicios espirituales

El fiel Siervo de Dios, al ver, por un lado, los grandes frutos que los Retiros podían producir para la gloria de Dios y la salvación de las almas, y sabiendo como sabía que resultaban una carga grande para su Comunidad, tanto por los gastos, como por la molestia de tener que atender continuamente a personas de tan diferentes condiciones y disposiciones, temía mucho que los suyos llegaran a cansarse de llevar sobre sí una carga tan pesada. Por eso recomendaba a menudo a su Compañía que soportara aquel sobrepeso con constancia y perseverancia, y que pusiera mucho esmero en servir y ayudar a las almas que venían a buscar a Dios:

«Temamos, señores, les dijo temamos que Dios nos quite esta cosecha que El nos ofrece: porque da a otros las gracias, cuando no se hace el uso debido de ellas».

Y un día, en el momento de encomendar a las oraciones de los suyos a una persona que estaba de Retiro, se aprovechó para exhortar y excitar a toda su Comunidad a encariñarse con aquella santa obra:

«Señores, ¡cuánto hemos de apreciar la gracia que Dios nos concede de traernos tantas personas, para que les ayudemos en su salvación! Vienen incluso personas que pertenecen al ejército; uno de estos días me decía uno de ellos: Señor, dentro de poco tendré que marchar al peligro, y antes quiero ponerme en la debida disposición. Tengo remordimientos de conciencia y, ante la duda de lo que pueda pasarme, deseo prepararme a lo que Dios quiera de mí. Tenemos aquí ahora, gracias a Dios, a muchas personas en Retiro. Señores míos, ¡cuánto bien puede producir esto, si trabajamos en ellos con fidelidad! Pero ¡qué desgracia si esta casa llegase un día a descuidar esta práctica! Les aseguro, señores y hermanos míos, tengo miedo de que algún día nos falte el celo que hasta el presente nos ha hecho recibir a tantas personas, para que hagan Retiro. ¿Qué sucedería entonces? Habría que temer que Dios le quitara a la Compañía no sólo la gracia de esta ocupación, sino que la privaría incluso de las demás. Me decían anteayer que el Parlamento ha degradado a un consejero y que, obligándole a ir al salón de sesiones, donde estaban todos reunidos, vestido de sus ropajes rojos, el Presidente llamó a los ujieres y les mandó que le quitaran aquellos ropajes y el bonete, como indigno de aquellas señales de honor e incapaz del cargo que ocupaba. Lo mismo nos sucedería, señores, si abusáramos de las gracias de Dios descuidando nuestras obligaciones primeras: Dios nos las quitaría como indignos de la condición en que nos ha puesto y de las obras a las que nos ha dedicado. ¡Dios mío! ¡Qué dolor!».

«Para que nos convenzamos del daño tan grave que sufriríamos si Dios nos privase del honor de rendirle este servicio, hay que considerar que muchos vienen aquí a hacer el Retiro para conocer la voluntad de Dios, sintiendo deseos de dejar el mundo. Encomiendo a sus oraciones a uno de ellos, que ha terminado el Retiro y que, al salir de aquí, irá a tomar el hábito de los capuchinos. Hay algunas comunidades que nos mandan a los que desean entrar en ellas, para que hagan aquí los Ejercicios, a fin de probar mejor su vocación antes de recibirlos; otros acuden desde más de diez, de veinte y de cincuenta leguas no sólo para recogerse aquí y hacer su confesión general, sino para determinarse a una elección de vida en el mundo y pensar en los medios para salvarse. También vemos a muchos párrocos y eclesiásticos que vienen de todas partes para cumplir debidamente con las obligaciones de su profesión y avanzar en la vida espiritual. Todos acuden sin preocuparse del dinero que han de traer, sabiendo que serán siempre bien recibidos. A este propósito, me decía hace poco una persona que para los que no tienen nada es un gran consuelo saber que hay en París un lugar siempre dispuesto a recibirlos por caridad, cuando se presentan con un verdadero deseo de ponerse a bien con Dios».

«Esta casa, señores, servía antes de refugio para los leprosos. Se les recibía aquíy ninguno se curaba. Ahora sirve para recibir pecadores, que son enfermos cubiertos de lepra espiritual, pero que se curan, por la gracia de Dios. Más aún, son muertos que resucitan. ¡Qué dicha que la casa de San Lázaro sea un lugar de resurrección! Este Santo, después de haber permanecido tres días en el sepulcro, salió lleno de vida. Nuestro Señor que lo resucitó, les concede ahora esta misma gracia a muchos que, después de haber permanecido aquí algunos días, como Lázaro en el sepulcro, salen con una nueva vida. ¿Quién no se alegrará con semejante bendición, y quién no sentirá un amor y un agradecimiento muy grande para con la bondad de Dios por semejante bien?».

«Pero ¡qué vergüenza, si nos hacemos indignos de esta gracia! ¡Qué confusión, señores, y qué pesar tendremos si un día, por culpa nuestra, llegamos a perderla y nos vemos degradados con oprobio ante Dios y ante los hombres! ¡Qué aflición para un pobre Hermano de la Compañía, que ve ahora cómo vienen de todas partes tantas personas del mundo para retirarse un poco entre nosotros a cambiar de vida, y que vea entonces cómo se ha perdido este bién! Verá que ya no se recibe a nadie; ya no verá lo que tantas veces ha visto; pues podríamos llegar a esta situación, señores, si no inmediatamente, sí con el tiempo. ¿Por qué motivo? Si se le dice a un pobre misionero relajado: Señor, quiere usted dirigir a este ejercitante durante el Retiro? Esta súplica será para él un infierno; y, si no se excusa, no hará, como se suele decir, más que pasar la escoba; tendrá tantas ganas de pasarlo bien y le costará tanto quitarle una media hora a su recreo después de comer, y otra media después de cenar, que esta hora le resultará insoportable, aunque la dedique a la salvación de un alma y sea la mejor empleada de todo el día. Otros murmurarán de esta tarea con el pretexto de que nos ocasiona muchos gastos y molestias; entonces los Sacerdotes de la Misión, que antes habían dado la vida a los muertos, ya no tendrán más que el nombre y el recuerdo de lo que han sido; no serán más que cadáveres y no verdaderos misioneros; serán esqueletos de San Lázaro y no Lázaros resucitados, y mucho menos hombres que resucitan a los muertos. Esta casa, que ahora es como una piscina salvadora, donde tantos vienen a lavarse, no será más que una cisterna corrompida por el relajamiento y la ociosidad de sus moradores. Pidámosle a Dios, señores y hermanos míos, que no nos suceda esta desgracia; pidámosle a la Santísima Virgen que la aleje de nosotros con su intercesión y por el deseo que ella tiene de la conversión de los pecadores; pidámosle al gran San Lázaro que acepte ser siempre el protector de esta casa, y que le obtenga la gracia de la perseverancia en el bien comenzado».

En otra ocasión, al encomendar un ejercitante a las oraciones de la Comunidad añadió lo que sigue:

«Les suplico dijo que den gracias a Dios por esa inclinación que les da a muchas personas de venir a hacer aquí el Retiro, que es una maravilla; muchos eclesiásticos de la ciudad y del campo lo dejan todo por venir, muchas personas solicitan ser recibidas y tienen que pedirlo con insistencia desde mucho tiempo antes. ¡Gran motivo para alabar a Dios! Unos vienen a decirme: Señor, ya hace mucho que le pedí esta gracia; ya he venido muchas veces sin poderla obtener. Otros dicen: Señor, tengo que irme; me han encargado de un beneficio al que he de atender cuanto antes. Concédame este favor. Otros: He acabado mis estu dios; tengo que retirarme y pensar en lo que voy a ser.Y otros todavía: Señor, lo necesito mucho; si usted supiera, me concedería en seguida este consuelo.Hay hasta algunos ancianos para prepararse a la muerte».

«¡Qué gran favor y gracia ha hecho Dios a esta casa, al llamar a tantas almas a los santos Ejercicios y servirse de esta familia como de un instrumento para su conversión! ¿En qué otra cosa deberíamos ocuparnos, sino en ganar un alma para Dios, sobre todo, cuando ella viene a nosotros? No deberíamos tener otra finalidad, ni mirar más que a esto, sólo a esto. ¡Ay! Le han costado mucho al Hijo de Dios, y es a nosotros a quienes El las envía para devolverles su gracia. ¡Oh Salvador! Tengamos cuidado de no hacernos indignos de ello y que Dios retire su mano de nosotros. Es verdad que hay algunos que no sacan ningún provecho, que vienen por necesidad, y que sólo buscan un poco de descanso; pero no por eso hemos de dejar de atender a los demás; por algunos que no hagan buen uso del Retiro, no hay que perjudicar a tantas almas buenas que sacan mucho provecho. ¡Qué frutos, qué frutos tan maravillosos! Ya les he dicho, y por ahora me contentaré con decirles un ejemplo».

«El último viaje que hice a Bretaña, hace cinco años, apenas llegué, vino a darme gracias una persona muy distinguida por el gran favor que, según decía, le habíamos hecho de admitirle a practicar aquí los Ejercicios. Seño me dijo sin eso, es taba perdido; le debo, después de a Dios, mi salvación. Aquello fué lo que dio paz a mi conciencia, y lo que me hizo emprender una forma de vivir que he guardado desde entonces, y que conservo todavía, por la gracia de Dios, con gran paz y satisfacción de mi alma. Ciertamente, señor añadió me siento tan obligado a su caridad que hablo por todas partes de ella, y se lo digo a todos los compañeros con quienes me encuentro, que, sin el Retiro que hice en San Lázaro, estaría condenado. ¡Cuánto le debo agradecer la gracia que me ha hecho! Le ruego que me crea que me acordaré de eso toda mi vida».

«¡Qué desdichados seríamos, señores, si, por nuestras negligencias, obligásemos a Dios a retirarnos esta gracia! Es cierto, que no todos los que hacen su Retiro en este lugar se aprovechan tanto como este de quien acabo de hablarles. Pero ¿es que el reino de Dios en la tierra no está compuesto de buenos y de malos? ¿No es una red que coge toda clase de peces? De todas las gracias que Dios concede a todas las personas del mundo, siempre hay algunas que abusan de ellas, y aunque Dios prevé este abuso, no por eso deja de concederlas. ¡Cuántos hay que no han querido aprovecharse de los frutos de la muerte y de la pasión de Nuestro Señor, y que, como dice el Apóstol pisotean con sus pies la sangre que El ha vertido por su salvación! ¡Oh dulce y misericordioso Salvador! Tú sabes de sobra que la mayor parte no la tendrán en cuenta, pero no por eso Te has negado a sufrir la muerte por su salvación, a pesar de que preveías que esa muchedumbre considerable de infieles se burlaría de Tí, y que ese gran número de cristianos abusarían de las gracias que Tú les habías merecido!»

«No hay ninguna obra de piedad que no se profane, nada tan santo de lo cual no se abuse; mas a pesar de eso, nunca hay que desistir de hacer el bien; y no tendríamos excusa ante Dios, si nos fuéramos a cansar y enfriar en estos actos de caridad, por el hecho de que no todos, los que atendemos, saquen todo el fruto que podríamos desear. ¡Qué pérdida y qué desgracia, si llegáramos a cansarnos de ese favor que Dios nos ha hecho de elegirnos entre tantas comunidades para prestarle este servicio, y privar a su Divina Majestad de la gloria que de ahí saca! Sí, lo digo, señores y hermanos míos, ¡Qué desgracia! ¡Desgraciado de aquel que, por pereza o por miedo a perder su comodidad, o por un deseo de darse buena vida, cuando hay que trabajar, frenara el fervor de esta santa práctica! Pase lo que pase por culpa de algunos, la mayoría no hemos de cansarnos nunca de ello; tengamos siempre ánimos, y esperemos que Dios, que nos ha dado esta gracia, nos la mantendrá; y hasta nos las dará mayores. Tengamos siempre cada vez más confianza en El; tengamos un corazón firme contra la inconstancia y un coraje inflexible contra las dificultades. Sólo es ese maldito espíritu de pereza el que se acobarda ante la menor repugnancia, el que teme en exceso las dificultades; no hay trabajo que no rehuya, ni carga que no tema, ni satisfacción que no busque. Ese amor propio lo arruina todo. Expulsemos lejos de nosotros esa flojera. Pidamos a Dios, que, por su misericordia, conserve lo que liberalmente nos ha dado; es un gran regalo el que ha hecho a la Compañía. Pidamos a su bondad que no nos hagamos indignos de El por nuestra negligencia. Recemos mucho por ello».

«¡Oh Salvador! Suscita en nosotros el espíritu del gran San Lorenzo, cuya fiesta celebramos, que le hizo triunfar en medio de las llamas de la furia del infierno. Suscita en nuestros corazones ese fuego divino, ese fervor ardiente que nos haga triunfar de todas las artimañas del diablo y de nuestra naturaleza corrompida, que se opone al bien. Fomenta en nosotros un celo ardiente de promover tu gloria en todas nuestras actividades, para que perseveremos en ellas constantemente hasta la muerte, a ejemplo de ese gran santo. Te lo pedimos por su intercesión».

«Demos gracias a Dios, hermanos míos, decía en otra ocasión mil y mil veces, porque ha querido escoger la casa de San Lázaro para teatro de sus misericordias: el Espíritu Santo desciende aquí continuamente sobre las almas. ¡Quién pudiera ver con los ojos del cuerpo esta efusión! ¡Cuán admirado quedaría! ¡Y qué felicidad para nosotros, los misioneros, que San Lázaro sea un trono de las justificaciones de Dios, que la casa de San Lázaro sea un lugar donde se prepara la morada del Rey de Reyes en las almas bien dispuestas de los que acuden acá a hacer su Retiro! Sirvámosles, señores, no como a simples hombres, sino como a hombres enviados por Dios. No tengamos ninguna acepción de personas; estimemos al pobre lo mismo que al rico, y más todavía, ya que es más conforme con el estado de vida que Jesucristo llevó sobre la tierra. Encomiendo a sus oraciones a uno de ellos, que se encuentra especialmente necesitado; sin duda, es capaz de hacer mucho bien, si se convierte enteramente a Dios; por el contrario, si no se convierte como es debido, hay razones para creer que hará mucho mal».

«Tenemos aquí a un capitán les dijo en otra ocasión que quiere ser cartujo, y al que nos han enviado esos buenos Padres para probar su vocación, según es costumbre en ellos. Les pido que lo encomienden a Nuestro Señor, y al mismo tiempo que consideren cuán grande es su Bondad: tomar de esta forma a un hombre, cuando está muy comprometido en un estado tan contrario al que ahora desea. Adoremos esta misericordiosa Providencia y que Dios no hace acepción de personas, sino que las elige de toda clase de estados por su infinita Bondad, y a quien mejor le parece».

«Tenemos también a otro que está en el ejército y que es también capitán. Alabaremos por eso a Dios y lo encomendaremos a El, lo mismo que al otro. También se acordarán ustedes en sus oraciones de otro, recientemente convertido de la pretendida religión reformada, pero muy convertido; actualmente trabaja y escribe en defensa de la verdad que ha abrazado, y podrá por este medio ganar a otros. Démosle gracias a Dios por ello, y supliquémosle que le aumente sus gracias cada vez más».

«Estos últimos días teníamos un sacerdote dijo también en otra ocasiónque había venido de muy lejos para hacer aquí los Ejercicios. Para empezar me dijo: Señor, vengo donde ustedes, y si no me reciben, estoy perdido. Y cuando se marchó, parecía que estaba de tal manera tocado por el Espíritu de Dios, que me quedé extraordinariamente asombrado. Otros tres partieron para aquí desde el fondo de Champaña: se habían animado unos a otros para venir a hacer su Retiro en San Lázaro. ¡Dios mío! ¡Cuántos vienen aquí de lejos y de cerca movidos por el Espíritu Santo! Pero ¿qué fuerte tiene que ser la gracia para atraer así de todas partes a los hombres a la crucifixión? Porque los Ejercicios espirituales son para crucificar la carne, y así poder decir con el santo Apóstol: Estoy crucificado para el mundo, y el mundo está crucificado para mí».

He aquí algunas chispas de los santos ardores en que se abrasaba el corazón del Sr. Vicente para procurar el avance del reino de Dios en las almas, con los actos del Retiro espiritual. Ese mismo fuego divino era el que trataba de comunicar e inspirar a los de su Congregación, para encender en sus corazones una caridad y un celo infatigable, en favor de los que venían a refugiarse en el abrigo de su casa de San Lázaro y a curar y santificar sus almas.

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