Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 4, Sección 2

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Celo del Sr. Vicente para procurar a toda clase de personas el medio de hacer los Ejercicios espirituales

 

Como la práctica de los Retiros espirituales es un medio muy propio y muy saludable, tal como lo hemos dicho en la Sección anterior, para santificar y perfeccionar las almas, Dios se lo inspiró también a la Iglesia desde los primeros siglos del Cristianismo. Todos los grandes Santos, que se habían retirado a los desiertos de Egipto y a otros sitios, los practicaron con bendición. En estos últimos tiempos varios santos personajes los han vuelto a poner en vigor, y entre otros, San Ignacio ha tenido felizmente el acierto, para las personas metidas en el mundo, de proporcionar lugares de retiro tanto en las ciudades, como en los desiertos. Pero como esos sitios eran todavía poco frecuentados, y los actos de esos Ejercicios eran raramente practicados por las personas seglares, el Sr. Vicente, impulsado por un ardiente deseo de promover cada vez más la gloria de Dios y la salvación de las almas, ha hecho de manera que los Ejercicios tengan más fácil acceso para toda clase de personas, tanto seglares como eclesiásticos; y ha hecho más frecuente su uso, como no lo había sido nunca. Por una caridad muy desinteresada, y en cierto modo excesiva, ha abierto la puerta de su casa y de su corazón, a todos los que han querido venir a participar de ese bien, recibiéndolos sin acepción de personas, con un afecto cordialísimo y más que paternal. En eso se ha hecho un perfecto imitador del padre de familia del Evangelio, que admitía a su banquete a todos los que se presentaban, aunque fueran pobres, ciegos, cojos, lisiados, etc., mandándolos a buscar no sólo por los caminos y por las plazas de la ciudad, sino también hasta a los lugares del campo y a otros más lejanos, para invitarlos al banquete, y hasta a forzarlos a que fueran a tomar parte en él. Hemos de confesar que el gran Siervo de Dios ha hecho que se diera en nuestros días un espectáculo parecido, que ha causado a todo el mundo asombro y edificación, cuando han visto en el mismo comedor de la casa de San Lázaro entre los misioneros, a un gran número de personas externas de todas las edades y categorías, de la ciudad y del campo, de pobres y de ricos, jóvenes y ancianos, estudiantes y doctores, sacerdotes, beneficiados y personas constituidas en dignidad eclesiástica y prelaticia; gentileshombres, condes, marqueses y procuradores, abogados, consejeros, presidentes, relatores del Consejo de Estado y Oficiales de justicia; comerciantes, artesanos, soldados y hasta pajes y lacayos. Todos ellos han sido recibidos, alojados y alimentados en ese gran hostal de caridad para practicar en él su Retiro, y para encontrar allí el remedio para sus dolencias espirituales y las ayudas necesarias para ponerse en los caminos de su salvación.

Según los cálculos, sólo la casa de San Lázaro de París ha acogido, alojado y alimentado todos los años de setecientas a ochocientas personas para hacer el Retiro espiritual, sin contar las demás casas de la Misión, que reciben también tantas personas como pueden, y especialmente la de Roma, en la que siempre hay varias. De forma que sumados todos los Ejercicios espirituales que se han tenido desde el año 1635, en que fueron más frecuentes, hasta la muerte del Sr. Vicente acaecida veinticinco años más tarde, han acudido más de veinte mil ejercitantes. Durante ellos con las confesiones generales y otros actos se ha puesto remedio a un número casi incontable de desarreglos de familias y de conciencias; se ha reconciliado con Dios una grandísima multitud de pecadores públicos y secretos; se ha procurado a los justos un aumento de justicia y de gracia, y se ha puesto en manos de unos y otros armas ofensivas y defensivas contra el mundo, la carne y el demonio por los consejos saludables que han recibido para resistir todos los ataques, y conseguir gloriosas victorias contra los enemigos de su salvación.

Ciertamente al comienzo no se recibían tantas personas para que practicaran el Retiro, y su número fue creciendo poco a poco; pero al final, la caridad del Sr. Vicente, que no tenía límites, quiso que se abrieran los brazos para recibir lo más que se pudiera; y todo gratuitamente, a costa de la casa, sin que hubiera fundación reservada para ese fin. Y aunque entre las personas que vienen a practicar los actos del Retiro hay algunas más acomodadas que, para no resultar gravosas, al marcharse dejan una pequeña retribución, que el Sr. Vicente no ha querido que se rechazara por ser ofrecida espontáneamente, sin embargo, eso ha sucedido rarísima vez, y como no se suele exigir ni pedir nada a nadie, son poquísimos los que practican semejante agradecimiento, ya porque no pueden, o porque no se les ocurre, pues saben que no se recibe a nadie con esa intención, sino por motivos de caridad y de celo de su salvación y de su perfección.

Aunque la casa de San Lázaro se vea muy sobrecargada y grandemente endeudada tanto por ese motivo, como por los Ejercicios de Ordenación, continúa y continuará, con la ayuda de Dios, mientras pueda, con esas buenas obras para gloria de Dios y para consuelo y utilidad del público, que puede sacar grandes ventajas espirituales de una casa siempre abierta a los que quieren retirarse a ella para renovar su vida. Y en esto los hijos del Sr. Vicente dan a conocer que han heredado su verdadero espíritu. Porque el Padre de los misioneros no escatimaba nada cuando se trataba de procurar la salvación de las almas, viendo que Nuestro Señor había dado su sangre y su vida para ese fin; y no se podía persuadir de que su Congregación llegara nunca a carecer de bienes temporales, mientras los empleara y consumiera en obras de caridad; y hasta llegaba a manifestar que le gustaría verla alguna vez necesitada por ese motivo, para que sus hijos aprendieran por propia experiencia a depender más absolutamente de la Providencia de Dios, y tuvieran ocasión de decir entre las molestias y actividades enojosas, como San Pedro en medio de las olas y de las tempestades: «¡Señor! ¡Sálvanos que perecemos!» Y, en efecto, Dios ha preservado a esta barca, como por milagro, del agotamiento final del que se ha visto frecuentemente amenazada, sin que por ello viniera a menos la caridad del Padre de los misioneros. A propósito de esto, un Hermano de la Misión, como viera la casa saturada por el número excesivo de los que hacían Ejercicios, se tomó la libertad de decirle un día, que parecía que se acogía un número demasiado grande de ejercitantes. El Sr. Vicente por toda respuesta le dijo: «Hermano, se quieren salvar».

En otra ocasión, como le recordaran en una charla familiar que la casa tenía demasiados gastos por sustentar a tantas personas como venían a hacer su Retiro, y que se veía comprometida en exceso por dicho menester, respondió:

«Si tuviéramos para subsistir treinta años, y recibiendo a los que vienen a hacer su Retiro sólo debiéramos subsistir quince, no habría que dejar por eso de recibirlos. Ciertamente el gasto es grande, pero no puede estar mejor empleado. Y si la casa está empeñada, Dios sabrá darnos los medios para desempeñarla, como hay motivos para esperar de su Providencia y Bondad infinita».

Solía decir con frecuencia a los encargados de recibir a los ejercitantes: «Denles nuestra habitación, cuando las demás estén ya ocupadas». Y como se le indicara de nuevo que no había medios para atender a tan gran número de personas como venían a hacer Ejercicios por verse la casa necesitada, quiso hablar personalmente a los que se presentaran en lo sucesivo, y encargarse de recibirlos, pensando quizás que por el discernimiento que él haría, habría menos; pero, al contrario, recibió aún más de lo que hacían antes. Su caridad le urgía de tal manera que no podía rechazar a nadie. Por eso creyeron que había querido encargarse personalmente de la acogida, más bien para aumentar su número que para reducirlo.

Un día le dijeron que, entre el gran número de personas como venían a hacer el Retiro, había muchas que no lo aprovechaban como debían. Y él respondió: «No es poco si parte de ellos lo aprovechan». Y como alguno le replicara que parecía que algunos venían forzados por la necesidad más bien para recibir el alimento para el cuerpo que para el alma:

«Y ¿qué? le dijo No deja de ser una limosna, cosa agradable a Dios; y si ustedes ponen dificultades para recibirlos, ocurrirá que rechazarán a algunos que Nuestro Señor querría convertir en los Ejercicios, y la escrupulosidad excesiva que pongan en examinar la intención de ellos, hará que algunos pierdan el deseo que habrían concebido de darse a Dios».

Terminaremos esta Sección con el testimonio que, sobre este particular, ha dado un dignísimo eclesiástico, que ha conocido muy íntimamente al Sr. Vicente, y que ha hecho varios Retiros en San Lázaro:

«Así como París dice es el lugar accesible para toda clase de personas, también todos los desgraciados y los afligidos, de la condición que fueren, estaban seguros de encontrar un asilo y una casa de ayuda y de consuelo para ellos en San Lázaro en la persona del Sr. Vicente y de los suyos: son testigos su puerta, su mesa y todas sus habitaciones. He visto a la vez a varias clases de eclesiásticos y de religiosos, con señores y magistrados, a soldados, estudiantes, ermitaños y campesinos; y todos bien recibidos y bien acogidos. El Sr. Vicente no quería substraerse al consuelo y a la asistencia espiritual de nadie. Ha querido que su casa fuera una misión perpetua; un flujo y reflujo de actos piadosos, de Retiros, de penitencias y de confesiones generales para los pobres pecadores, que desearan convertirse y cambiar de vida. Y, generalmente, para toda clase de personas, que allí son recibidas, alojadas y alimentadas durante su Retiro, sucesivamente y sin interrupciones durante todo el año. Y se hace todo tan de buena gana, y con tanta caridad, que los más empedernidos quedan edificados y cambiados, su corazón, tocado y ganado por la hospitalidad, benignidad y dulzura, como también por todos los buenos ejemplos que ven allí».

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