Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 3, Sección 5

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Luis Abelly

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La Compañía de los eclesiásticos que se reúnen en San Lázaro ha dado origen a otras Compañías semejantes fundadas en varias diócesis

Así como es propio de la caridad comunicarse, así esos buenos eclesiásticos, como están animados por esa virtud dondequiera que se hallen, están dispuestos con un deseo continuado para hacer que los demás participen de ese mismo espíritu, que Dios les había comunicado por medio del Sr. Vicente. De ahí procede que varios de ellos, al encontrarse en otras diócesis, ya porque habían ido por asuntos particulares, ya porque habían sido llamados para trabajar en las misiones, o para cumplir con cargos y beneficios, trataban en todas las ocasiones de incitar a otros eclesiásticos a convocar reuniones entre ellos, con el permiso y el consentimiento de sus obispos, para hablar y discutir juntos de todo lo que pudiera relacionarse con las virtudes y las actividades propias de su estado. Y algunos prelados, cuando han conocido las grandes ventajas que la Conferencia podría producir en sus diócesis, la han establecido en ellas, no sólo en las ciudades episcopales para el clero de sus iglesias, sino también en diversos sitios de sus diócesis, para los párrocos y vicarios del campo.

Como una pequeña muestra de los frutos que dichas reuniones y conferencias han producido en los lugares donde han sido fundadas fuera de París, presentaremos aquí extractos de algunas cartas escritas sobre esta materia.

El difunto abad Olier, que había sido uno de los primeros de esta conferencia de San Lázaro, había ido a predicar misiones en los sitios dependientes de su abadía de Pèbrac, en Avernia, con sacerdotes de la Congregación de la misión, más algunos de la Conferencia, el año 1636, invitó a lo señores canónicos de la iglesia catedral de Puy a que formaran una Compañía parecida, y les dio los mismos reglamentos, pero acomodados a su cargo de canónicos. Y para ese fin, escribieron ellos una carta a los señores eclesiásticos de la Compañía de París, diciéndoles que el Sr. Abad de Pébrac les había informado de lo que se hacía en la Compañía de ellos, y que por eso habían concebido grandísimos deseos de imitarla; que para eso se habían impuesto un reglamento más o menos como el de París, exceptuando artículos que habían adaptado a sus actividades especiales y que se los enviaban, suplicándoles que los vinieran y que cambiaran lo que estimaran más a propósito, y que los asociasen a su Compañía, haciéndoles participantes de sus oraciones y sacrificios

El mismo señor abad, escribiendo a los eclesiásticos de la Compañía de París, sobre la que había sido establecida hacía poco en Puy:

«Estan ustedes instituidos —les dice— por nuestro Señor en la ciudad de París, como luces puestas en un gran candelero para iluminar a todos los eclesiásticos de Francia. Por eso ustedes deben estar especialmente animados por los grandes frutos y bienes espirituales que produce en la ciudad de Puy la Compañía de los señores eclesiásticos, que han participado felizmente de vuestro espíritu: dan ejemplos de virtud que edifican a toda la Provincia; dan catequesis en varios puntos de la ciudad; la visita de las cárceles y de los hospitales es frecuente, y en la actualidad se preparan para salir de misiones a todos los sitios que dependen del cabildo. Estoy viendo su celo, y porque quieren que yo vaya a abrir la misión,siendo como soy tan poco capaz».

Los señores canónigos de la iglesia catedral de Noyon, que habían formado una Compañía parecida gracias a los cuidados del Sr Bourdin, doctor en teología, y arcediano de aquella iglesia, y que era también del número de los eclesiásticos de la Compañía de París, les escribieron el mes de noviembre de 1637 en estos términos:

«Señores : Vean cómo este pequeño arroyuelo vuelve a su fuente. Nos hemos tomado la libertad de hablarles de esta forma, porque nuestra pequeña agrupación recién nacida, después de Dios, no conoce otro principio de su fundación y de su ser que la venerable Compañía de ustedes, cuya fama, santas obras caritativas y piadosas que practican continuamente, el provecho singular que recibe la santa Iglesia, los frutos incomparables que sacan de ella los eclesiásticos que tienen la dicha de ser admitidos, nos han impulsado a fundar una parecida entre nosotros. Por esa razón, nos hemos reunido varias veces, y después de habernos puesto de acuerdo, y, finalmente, cerrado el asunto, hemos redactado este pequeño reglamento que les enviamos. Aunque hemos tratado de amoldarlo al de ustedes, y de ajustarlo todo lo que hemos podido a nuestra condición de canónigos y de otros eclesiásticos, con todo, les suplicamos humildemente que nos hagan la caridad de verlo, examinarlo y añadir, quitar y cambiar lo que juzguen conveniente. Cuando haya pasado por la censura de ustedes, lo seguiremos con mayor afecto y seguridad. Por lo demás, no sabríamos expresarles las obligaciones que tenemos con la bondad divina por habernos inspirado unos deseos tan provechosos, y con ustedes, señores, por habernos dado un ejemplo tan hermoso, y abierto un camino tan cómodo y tan seguro para llevarnos a los santos deberes de nuestra condición. Bendecimos para siempre, con la ayuda de Dios, su eterna Providencia, y trataremos de agradecerles a ustedes con nuestras oraciones, el beneficio singular que hemos recibido. Pero, permítannos, señores, que nos tomemos la libertad de pedirles por escrito el resultado de una de sus Conferencias sobre el Espíritu especial de la Compañía de ustedes, a fin de que podamos revestirnos de ese espíritu, sin el cual no podríamos lograr nunca un buen resultado en nuestro ser interno. Pedimos también a su caridad que quieran considerarnos de su asociación, y nos hagan participar de sus santos sacrificios y oraciones ut qui coepit in nobis opus bonum, ipse perficiat solidetque.Así son las obligaciones eternas que tendremos con ustedes», etc

Los eclesiásticos de la ciudad de Pontoise, que habían formado entre ellos una asociación parecida, escribieron al Sr. Vicente el mes de mayo de 1642, con la pluma de uno de los principales de su Compañía, en estos términos:

«La pequeña Compañía de la Conferencia de eclesiásticos de Pontoise me ordena escribirle para testimoniarle la satisfacción que todos sentimos por nuestra agrupación. Es preciso que le confiese que al principio no sabíamos todavía de qué se trataba, pero actualmente cada día saboreamos más las gracias y las bendiciones que Nuestro Señor quiere derramar sobre ella. Todos nos damos cuenta del provecho que podemos sacar nosotros y todo el cuerpo de la Iglesia. A usted, señor, después de a Dios, hemos de agradecerle que nos haya recibido para ser asociados a su buena y virtuosa Compañía de París. De usted hemos obtenido las primeras instrucciones para formar esta pequeña Compañía, que nos han servido de semilla para producir todos estos bienes que por aquí se nos presentan cada día y a los que Dios da su prosperidad y bendición. Le pedimos una gracia, que ya que no somos todavía más que niños en la virtud que no tenemos fuerza para sostenernos y dirigirnos, nos quiera conceder de vez en cuanto la visita de alguno de los eclesiásticos de su Compañía de París, para que nos enseñe a caminar con mayor solidez en los actos que todos hemos emprendido con tanta decisión. De esta manera le descubriremos nuestra debilidad, para que usted haga el favor de ayudarnos».

Una Compañía parecida a ésta fue fundada en la ciudad de Angulema. Uno de los eclesiásticos que la componían, escribió la siguiente carta el año 1644 al Sr. Vicente en nombre de todos:

«Nuestra Compañía ha creído que no debería retrasar por más tiempo su obligación de testimoniarle que no se reconoce digna del honor que usted le otorga al interesarse tanto por su progreso y perfección. Le suplica, señor, con toda humildad que le permita reconocerle como a su abuelo, ya que ha sido de uno de sus hijos de quien se ha servido Dios para que nazca, y rogarle que añada una nueva obligación a la primera: la de considerarla, no como a una extraña, sino como a su nieta, haciendo que esa ilustre y bella Compañía de París, que es como su hija mayor, no se desdeñe de considerarla como a hermana, aunque sea inferior a ella en todos los sentidos».

Omitimos otras muchas cartas escritas desde Angers, de Burdeos y de otras ciudades del Reino, y hasta de Italia, o de parecidas Compañías y Conferencias que han sido instauradas siguiendo el modelo de la de París. Y acabaremos este capítulo, refiriendo los sentimientos que el Sr. Godeau, entonces obispo de Grasse, y actualmente de Vence, manifestó sobre esta Compañía el año 1637 en la siguiente carta que escribió poco antes de su marcha:

«Señores: ciertamente pensaba tener hoy el honor de decirles adiós, pero estoy abrumado por tantas ocupaciones, que no puedo darme esa satisfacción. Acepten, pues, de buen grado, si les place, que les conjure, por medio de esta carta, a que me recuerden en sus Eucaristias; y créanme que considero como una bendición singular el haber sido recibido entre ustedes. El recuerdo de los buenos ejemplos que he visto y de las excelentes cosas que he escuchado, volverá a inflamar mi celo cuando se haya apagado, y serán ustedes los modelos según los que yo trataré de formar buenos sacerdotes. Continúen pues sus actividades según ese mismo espíritu, y respondan fielmente a los designios de Jesucristo sobre ustedes, que indudablemente quiere renovar por medio de ustedes la gracia del sacerdocio de su Iglesia».

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