Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 3, Sección 4

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Frutos notables de dos misiones dadas por eclesiásticos de esa misma Compañía

Por abreviar y para presentar algo así como una muestra de las bendiciones que Dios ha querido conceder a esos eclesiásticos que han trabajado bajo la dirección y según el espíritu del Sr. Vicente, aquí sólo referimos lo que sucedió de más notable en dos misiones que han predicado ellos, omitiendo todas las demás, para no cansar al lector con repeticiones que serían inevitables.

Hace ya varios años estos señores emprendieron una misión en una población grande, que estaba habitada en su mayor parte por oficiales de justicia y por taberneros, y se encontraron allí con muchos desórdenes entre unos y otros. Los taberneros consideraban como un derecho adquirido recibir impunemente a los habitantes del lugar para beber y emborracharse los domingos y días de fiesta durante el servicio divino. Y en cuanto a los oficiales de justicia, había entre ellos grandes abusos que llegaban hasta el escándalo. Los jueces iban a beber y a comer con sus clientes que los agasajaban en las tabernas. Los procuradores no hacían menos, y no querían trabajar para sus clientes sino en esa misma taberna, donde se hacían convidar, sin por ello rebajar los derechos. Empleaban tal cantidad de trapacerías para alargar los pleitos, que con frecuencia sucedía que un pobre campesino se había comido todos sus bienes en gastos antes de que el pleito estuviera en situación de ser juzgado. Y esos juicios no se presentaban casi nunca en audiencia, sino que ellos eran los que siempre citaban a las partes para sacar así más dinero y agotarlas por los gastos.

Los policías no producían menos desórdenes e injusticias. De tal manera se habían desacreditado todos los oficiales de aquel lugar, según el dicho de aquella tierra, que el lugar donde se tenían las sesiones para hacer justicia se llamaba «la columna del infierno».

Veamos ahora lo que los eclesiásticos de esta Compañía, o mejor, Dios por ellos hizo para poner remedio a todos aquellos desórdenes. En primer lugar, hablaron duramente en varios sermones contra el abuso y el desorden que se cometía en las tabernas los domingos y días de fiesta. Convencieron después al que era el jefe de la policía para que hiciera unas ordenanzas y dictara las prohibiciones necesarias, como lo exigía el asunto de aquella materia; que visitara en persona las tabernas esos días, y que castigara con multas y otros castigos, tanto a los taberneros, como a los que se encontraran donde ellos durante el servicio divino.

Después de eso, fueron a ver al preboste, que era el primer magistrado del lugar, y se entrevistaron con él varias veces. Le hicieron ver que, ya que, además de la gloria de Dios y el deber de conciencia, iba en ello su honor y hasta su interés, no debía tolerar aquellos desórdenes y todas aquellas injusticias, y que debía resolverse con energía a trabajar en desarraigarlos. Finalmente, le persuadieron a usar su autoridad e imponer castigos, como multas o entredichos a los procuradores, policías, o a otros oficiales de justicia, que faltaran a su deber, prohibiéndoles ir con las partes litigantes a las tabernas, exigiendo que no alagaran los pleitos con sus artimañas, y juzgando en los tribunales todos los pleitos que se pudieran, sin citarse a escribir, sino en caso de absoluta necesidad. Después de eso, como entre los que trabajaban en aquella misión habían algunos que estaban relacionados con los presidentes y consejeros del Parlamento, le aseguraron que, en el caso de que apelaran a las ordenanzas que iba a publicar, o a las multas y los castigos que iba a imponer, procurarían que fueran mantenidos y autorizados por los jueces superiores. Prometió que así lo haría, y que se mantendría firme y constante en el futuro.

Después convocaron a una reunión a todos procuradores del lugar; y en una entrevista que tuvieron con ellos, les hicieron ver la necesidad que había de reformar todos aquellos abusos y desórdenes de los que se dejaban llevar; que, de ninguna manera podían atender a su salvación, mientras permanecieran en aquel estado; y que tampoco podría administrarseles ni lícita ni válidamente el sacramento de la Penitencia, si no se resolvían entera y firmemente a portarse de otro modo que lo que habían hecho, y a obedecer sencillamente a las ordenanzas que les iban a prescribir para tal objeto. En fin, les exhortaron y rogaron con insistencia que hicieran de buena voluntad y por amor a Jesucristo lo que el Sr. Presboste les fuera a obligar y forzar por la autoridad de su cargo; estuvieron conformes con todo y lo prometieron cumplir con toda su alma.

Tuvieron una entrevista parecida con los policías. Estos le presentaron una larga lista de todo lo que correspondía al oficio de sus cargos, que contenía veinticinco o treinta artículos. Al margen de cada artículo les escribieron la manera cómo debían conducirse; y todos ellos se sometieron, y como señal más segura de sumisión, levantaron un acta que firmaron todos

Después de aquellas entrevistas, y tomadas que fueron las resoluciones correspondientes, todos los oficiales de justicia se presentaron al sacramento de la Penitencia con gran edificación del pueblo. Y, según se ha habido más adelante, todas las cosas fueron ejecutadas y observadas con tal exactitud, que el preboste no perdonó ni a su propio padre, que era Procurador, pues en pleno tribunal lo multó, por haber querido usar de algunos amaños en un pleito, y emplear formalidades inútiles.

La otra misión, de la que íbamos a hablar en esta sección, se dio en el arrabal de Saint-Germain, de la ciudad de París el año 1641. Los eclesiásticos de esta Compañía trabajaron en ella con gran bendición. Este arrabal era entonces algo así como la sentina, no sólo de París, sino de casi toda Francia; y servía de refugio a todos los libertinos, ateos y otros individuos que vivían en la impiedad y en el desorden.

La gran dificultad para que se pudiera remediar aquello, lo cual a muchos les parecía un imposible moralmente, les daba ocasión para entregarse a toda clase de desvergüenzas y vicios con total impunidad. 2. La Duquesa de AiguillónUna señora de mucha virtud 2 , conmovida por el sentimiento de pecados tan enormes como se cometían contra Dios, se desahogó con el Sr. Vicente, y conociendo los efectos admirables que Dios obraba en todos los sitios con sus misiones, le propuso la idea que había tenido, de que se diera una misión en aquel arrabal. El Sr. Vicente le hizo ver que aquello no lo podían hacer los suyos, porque, según su Instituto, no debían dar misiones en las ciudades episcopales, y porque, además, veía que se oponían obstáculos y dificultades casi insuperables para emprender semejante obra en aquel arrabal, debido a los desórdenes que allí reinaban y a la poca disponibilidad que existía. Aquella señora no desistió de su empeño, sino que redobló sus ruegos con tanto apremio, que finalmente el Sr. Vicente, pensando que era Dios quien le impulsaba a obrar así, habló sobre dicha cuestión a la Compañía de los eclesiásticos que se reúnen en San Lázaro, y les propuso que emprendieran aquella misión. Al principio sintieron mucha repugnancia, y presentaron al Sr, Vicente varias razones muy fuertes. Por ellas creían que no debían meterse en semejante empresa, pues, según todas las apariencias humanas, no podía esperarse ningún resultado bueno. Pero el Sr. Vicente, después de haber encomendado mucho el asunto a Nuestro Señor, persistió en sus primeras ideas, y les dijo que había razones para creer que Dios les pedía aquel servicio, y que su bendición y su gracia podían superar todos los obstáculos y sacar de ellos algún gran bien, a pesar de todos los esfuerzos de la malicia de los demonios y de los hombres. Al ver que su entereza causaba alguna contrariedad a algunos de los que habían opinado lo contrario, se arrodilló y pidió perdón a toda la Compañía por haber sido tan miserable, al haber mantenido con tanta tenacidad su parecer, pero que se había visto presionado interiormente a hacerlo así, porque pensaba que Dios pedía aquel servicio a la piedad y al celo de ellos. La gran humildad del santo varón causó tal efecto en los presentes, que los más opuestos a la misión inmediatamente tendieron sus manos, y de común acuerdo y con espíritu de sumisión, decidieron llevarla a cabo. Pero antes de comenzarla, concertaron con el Sr. Vicente todo lo que tenían que hacer, pues querían decididamente actuar según sus consejos y sus órdenes. Y lo que es más digno de mostrarse, después de preguntarle de qué forma y con qué método habían de hacer las predicaciones y la catequesis, ya que las personas a quienes se les iba a hablar eran muy diferentes a las del campo, y que estarían expuestos a las críticas y a la reprobación de muchos, el gran Siervo de Dios les respondió, que la manera y el método que creía más propios y más útiles eran actuar con la misma sencillez que habían usado en todas las demás misiones, a las que Dios había querido dar tantas bendiciones; que el espíritu del mundo, del que estaba lleno aquel arrabal, no se podía combatir ni abatir de mejor modo que con el espíritu de Jesucristo; que debían entrar en sus mismos sentimientos y buscar como El, no su propia gloria y aprecio, sino únicamente la gloria de Dios; ponerse como El en actitud de abrazar el deshonor y los desprecios, y hasta sufrir las contradicciones y las persecuciones, si era tal la voluntad de Dios; predicar y hablar como El sencilla y familiarmente con humildad y caridad; y que por ese medio podrían tener la confianza, de que no serían ellos, sino Jesucristo quien hablaría por ellos y quien se serviría de ellos como de instrumentos de su misericordia y de su gracia, para conmover eficazmente los corazones más duros y convertir los espíritus más rebeldes.

Aquellos señores recibieron todos los consejos como si les hubiera hablado Jesucristo por boca de su siervo. Comenzaron a trabajar en aquella misión con una perfecta conformidad con la voluntad de Dios y una gran confianza en su bondad. Quiso Dios derramar sobre ellos bendiciones muy extraordinarias, y comunicarles gracias tan abundantes y tan eficaces, que llegaron a obrar conversiones casi milagrosas. Hasta los mismos que trabajaban en la misión estaban llenos de asombro, viendo que no había proporción entre los medios empleados y los efectos conseguidos. Porque, además de la gran asistencia a las predicaciones y los catecismos, aunque los hacían de una manera muy sencilla y familiar, según los consejos del Sr. Vicente, estaban sorprendidos y admirados, al ver a unos pecadores inveterados, a unos usureros endurecidos, a unas mujeres abandonadas, a unos libertinos que habían pasado toda una vida desordenada, en fin, a unos hombres sin fe y sin Dios, que venían a postrarse a sus pies con los ojos llenos de lágrimas y el corazón vivamente tocado por el dolor de sus pecados pidiendo misericordia. Por todo eso se podía conocer muy bien y decir con verdad «digitus Dei est hic», o bien, «Non manus nostra, sed Dominus fecit haec omnia». Claro, que si tuviéramos que contar detalladamente todas las cosas buenas que se llevaron a cabo en aquella misión, todas las conversiones, reconciliaciones, restituciones, etc, habría para llenar un libro entero. Bastará con que relatemos aquí una cosa muy digna de ser destacada. Sucedió al final de la misión. Un burgués de París, a quien le gustaba asistir a todos los actos misionales, al ver los grandes bienes que Dios había obrado, quedó tan impresionado, que un día fue a la casa donde estaban comiendo los eclesiásticos, y pidió hablar con los responsables de los misioneros. Les dijo que era viudo, pues Dios se había llevado de este mundo a su mujer y a sus hijos, y que iba a ofrecerles todos sus bienes temporales, que consistían en siete u ocho mil libras de renta, y también su persona para servirles en lo que le quedaba de vida, con tal de que quisieran vivir siempre juntos, y continuar en otros sitios el trabajo que habían realizado en aquel arrabal; y añadió que no creía que pudiera rendir a Dios un servicio mejor, ni procurar un mayor bien a la Iglesia, ni por consiguiente, emplear mejor su persona y sus bienes. Le agradecieron muy afectuosamente su buena voluntad, y le hicieron saber que, aunque todos los que habían trabajado en la misión tuvieran la intención de servir a Dios durante toda su vida en ocupaciones parecidas, sin embargo no podían por varias razones unirse con un vínculo de la forma que él quería, pero que Dios le tendría en cuenta su buena voluntad.

La Providencia de Dios quiso servirse de aquella misión no sólo para los bienes que produjo entonces, sino también para disponer el arrabal para las bendiciones y gracias que quería verter sobre él en tiempos venideros por medio del ministerio del Sr. Abad Olier, pero un poco más adelante lo llamaron para la parroquia de San Sulpicio. Aquí con los señores de su Comunidad y de su seminario no solamente ha conservado, sino aumentado y perfeccionado el bien que había hecho en la misión.

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