Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 2, Sección 6

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Los Ejercicios de Ordenandos practicados en Italia también han conseguido grandísimos frutos

Como es propio del bien ser comunicativo y difusivo, no hay por qué extrañarse si la práctica de los Ejercicios de Ordenación, que era tan buena y tan útil, se haya extendido fuera de Francia; y ha sido introducida fácilmente en Italia y en otros países, y en ellos ha tenido el mismo éxito y la misma bendición. Presentaremos aquí lo que se ha escrito desde dos grandes ciudades, y por ello se podrá juzgar lo que ha sucedido en otras partes.

La primera es la ciudad de Génova. Allí el Sr. Cardenal Durazzo, que es el arzobispo, fundó un establecimiento de los sacerdotes de la Congregación de la Misión para servirse de ella no sólo para la instrucción del pueblo, más también para la reforma del clero. Todas las veces que tuvo Ordenes en su diócesis, quiso que dichos sacerdotes dieran los Ejercicios a los Ordenandos. De ahí se siguió un maravilloso fruto en los eclesiásticos que han participado de esa gracia. He aquí lo que el superior de la Misión de Génova escribió al Sr. Vicente a propósito de una Ordenación; por ahí se podrá deducir lo que ha sucedido en todas las demás.

«Nuestra Ordenación —le dice— ha sido mediana en número, pero abundante en bendiciones, pues Dios ha derramado sobre ellos copiosamente sus gracias. Han observado con fidelidad el reglamento, con mucho silencio en todos los actos y tanta modestia sobre todo durante la comida, que parecía como si los Ordenandos se hubieran estado educando durante toda su vida en nuestra casa. Pero la gracia de Dios todavía se ha mostrado más en la oración y en las conferencias que se tenían después. No sé si es posible entregarse a este piadoso acto con más fervor que el que ellos tenían. Se veía a algunos durante el tiempo de la oración derramando lágrimas, e incluso durante la conferencia de la oración; otros daban gracias a Dios en voz alta por haberles concedido la gracia de entrar en los Ejercicios y recibir allí luz suficiente para conocer bien el estado que iban a abrazar en correspondencia con los designios de Dios y para vivir como verdaderos eclesiásticos. Hubo uno, especialmente, que, al despedirse de mí al final de los Ejercicios, me dijo entre sollozos que apenas le dejaban hablar, que pedía a Dios que le enviara antes mil muertes que permitir que llegara jamás a ofenderle. Cuando se lo decía ayer al Sr. Cardenal Durazzo, se puso a llorar de gozo y de satisfacción, no pudiendo contener su corazón los sentimientos que tenía por las bendiciones que Dios había derramado sobre esta Ordenación».

La segunda ciudad es la de Roma. En ella los sacerdotes de la Congregación de la Misión habían sido recibidos por el Soberano Pontífice, Urbano VIII, de feliz recordación, y su casa fue fundada el año 1642. Comenzaron el año siguiente a recibir en su casa a los que venían por su propia iniciativa para preparase a recibir los santos Ordenes. Los Padres tuvieron éxito con bendición durante varios años, y el fruto que conseguían se lo comunicaron a su santidad. El mes de noviembre de 1659 el Sr. Cardenal Vicario publicó un mandamiento, en virtud del cual los aspirantes a los Ordenes sagrados quedaban obligados a recogerse en la casa de los Sacerdotes de la Misión para prepararse a recibirlos, asistiendo a los Ejercicios; mandamiento que se ejecutó por orden de nuestro Santo Padre el Papa Alejandro VII.

Cuando se hizo la primera publicación, el superior de la casa de la Misión de Roma escribió al Sr. Vicente en estos términos:

«Vamos a prepararnos —dice— dentro de nuestra insignificancia, a servir a los señores Ordenandos. Nuestra confianza está en Dios, que se muestra tanto más autor de esta obra, cuanto que no sabemos cómo se ha tomado resolución ni quien ha sido el promotor. De forma que puedo decir que a Domino factum est istud,y que de esta manera cabe esperar que qui coepit opus ipse perficiet»

Si el Sr. Vicente quedó muy consolado al ver, estando todavía vivo, el uso de sus santos Ejercicios, a los que Dios había querido que diera él los primeros pasos, instaurado en aquella ciudad, señora de toda la cristiandad, quedó todavía más consolado, porque los de su Compañía habían sido elegidos para dar aquellos Ejercicios, sin que hubieran buscado aquella ocupación en Italia, igual que había sucedido en Francia.

La primera Ordenación tuvo lugar en diciembre de 1659, y la Providencia de Dios quiso que los señores de Chandenier, sobrinos del Sr. Cardenal de la Rochefoucauld, que habían ido a Roma por ese tiempo, estuvieran alojados en casa de los Sacerdotes de la Misión cuando los Ordenandos fueron recibidos en ella. Así lo dispuso Dios para que los dos virtuosos eclesiásticos contribuyeran con sus santos ejemplos a la edificación de todos los que estaban presentes en aquel lugar, como así lo hicieron de forma excelente, pues era cierto que no se podrían haber elegido dos modelos de modestia más cabales para enseñar a los que aspiraban a los Ordenes cómo debían ellos aparecer en su porte externo. El mayor celebraba diariamente la misa cantada en la capilla de la Misión en presencia de los Ordenandos con la gravedad, la devoción y el recogimiento habituales en él; y su hermano tenía la humildad de hacer de acólito y de turiferario. Dos sacerdotes italianos de la Congregación de la Misión dieron las charlas de la tarde y de la mañana; y todo fue transcurriendo tan bien, que , cuando se lo comunicaron a nuestro santo padre el Papa, su Santidad manifestó en un consistorio que tuvo lugar a los pocos días, que estaba muy contento de los Ejercicios de Ordenes. El Sr. Cardenal de Santa Cruz se lo comunicó al superior de la Misión, y éste le informó al Sr. Vicente, que le había hecho varias preguntas sobre esa cuestión. He aquí la respuesta del 16 de febrero de 1660:

«Me ordena usted, señor, que le diga cómo fue la última Ordenación, y si se ha notado algún provecho en las Ordenaciones después de los Ejercicios. Por lo que se refiere a los Ejercicios y a lo demás del reglamento que se observa en Francia, hemos procurado y seguimos procurando hacerlos observar de la misma manera que en París, acomodándonos día a día y hora a hora según las Memorias que hemos recibido de San Lázaro. Los señores Ordenandos han demostrado que están todos muy contentos. Y no sólo nosotros, sino también otras personas de fuera han reconocido el fruto que por la misericordia de Dios han sacado muchos de ellos en estos Ejercicios. Algunos de ellos están también en esta segunda Ordenación, en la que estamos trabajando ahora, que es la primera de esta cuaresma. Dan muy buenos ejemplos a los demás y parece que Dios, por su infinita bondad, quiere dar su bendición a estos Ejercicios y comunicar sus gracias por este camino a los eclesiásticos de este país, lo mismo que ha hecho en otros lugares».

Ese superior escribía al Sr. Vicente al final de cada una de las Ordenaciones cómo habían resultado. Presentemos aquí solamente algunos breves párrafos de sus cartas. En una de ellas hablaba en estos términos:

«Por lo que se refiere al fruto de las ultimas Ordenaciones, lo ha habido por la misericordia de Dios. Varios de los señores que han hecho aquí los Ejercicios nos vienen a ver de vez en cuando para manifestarnos que se mantienen en los buenos sentimientos que recibieron aquí. Y uno de ellos, que es persona de condición y ha asistido a los Ejercicios de tres Ordenaciones, vino ayer aquí a celebrar su primera misa, después de hacer previamente algunos días de retiro para prepararse mejor».

En otra carta, el mismo superior, hablando al Sr. Vicente sobre otra Ordenación, le dice que algunos Sres. Cardenales y otros prelados habían ido a las charlas; y que, entre los Ordenandos, había varias personas de cualidad y de mérito, entre otros un canónigo de San Juan de Letrán, sobrino del Sr. Cardenal Mancini, y otro, de San Pedro, llamado conde Marescotti, y otras personas relevantes. El Papa se mantuvo firme, y no quiso dispensar a nadie de asistir a los Ejercicios.

Dice en otra carta:

«Los Ordenandos que hemos tenido al comienzo de la cuaresma, y los que tenemos en la actualidad son tan puntuales en todos los actos y los hacen con tanta devoción, que estamos sorprendidos. Puedo decir que, en cuanto a la modestia y el silencio, me parece que no hay nada, o muy poco que se pueda desear más. Y por eso nuestro Señor quiere darnos a conocer sensiblemente que es El el autor de todos estos bienes».

En otra carta le dice:

«En la última Ordenación tuvimos a un hidalgo español, que es de la diócesis de Plasencia, cuyo obispo se encuentra actualmente en esta corte como embajador extraordinario del Rey de España. Este buen señor, pensando en recibir los sagrados Ordenes, vino con mucho interés a asistir a los Ejercicios; pero al escuchar las pláticas y reconocer cuánta importancia tiene no ingresar en los Ordenes sagrados sin haber sido llamado por Dios, y habiendo considerado, por otra parte, las grandes obligaciones que se contraen al recibir los sagrados Ordenes, se vio invadido de un gran temor y experimentó una gran dificultad en resolverse a abrazarlos; pero lo hizo finalmente con muy buenas disposiciones, y la señal más segura ha sido el gran cambio que se ha notado en él, lo mismo que en muchos otros, después de la Ordenación».

«Al salir de los Ejercicios, se lo ha referido a su Sr. obispo, que ha querido hablar con nosotros, y habiéndonoslo comunicado, estuvimos esta mañana en su casa, donde nos encontramos con un prelado lleno de celo, que ha dado gran número de misiones en sus diócesis, casi de la misma forma que la Compañía, a no ser que las hace un poco más cortas. El en persona predica, confiesa y da la catequesis. Pero se ha sentido entusiasmado con esta invención de trabajar por conseguir buenos eclesiásticos. Quiere venir acá para la próxima Ordenación, y pregunta si, cuando vuelva a España, le podríamos dar alguno de los nuestros. Mientras le contestamos, quiere enviar a su diócesis un informe de lo que hacemos en la Ordenación, para empezar a practicarlo».

Este buen prelado acudió a la casa al empezar los Ejercicios de Ordenación siguientes. Y no contento con saber la teoría, quiso ver la práctica y estar presente en todos los actos de los Ejercicios, para hacer practicar lo mismo en su diócesis.

El Sr. Vicente, luego que supo aquella noticia, tuvo miedo a que sus sacerdotes de Roma se comprometieran demasiado con aquel buen prelado español en lo referente al envío de un sacerdote de su Compañía a España, pues siempre estuvo muy lejos de su pensamiento extender su Congregación y sus actividades por medios humanos. Les hizo sobre ello una advertencia por carta. Lo sabemos por la respuesta que le envió el superior de la casa de Roma en estos términos:

«Sobre el obispo de Plasencia, embajador de España, Dios nos ha concedido la gracia, según los deseos de usted, de no tener que volver donde él, desde que nos rogó que fuésemos allá para darle las Memorias de la Ordenación. Y según las ordenes de usted no haremos nada en este asunto ni en ninguna otra cosa, con la ayuda de Dios, para buscar alguna ocupación, o para actuar por nosotros mismos; incluso cuando nos urgieran, lo dejaríamos todo ante la respuesta y decisión de usted, ya que no podemos obrar de otra manera».

Como las mejores y más santas actividades son ordinariamente las más expuestas a la envidia y a la contradicción, ocurrió que los grandes frutos que los Ejercicios producían y los rumores favorables que se extendían por Roma acerca de ellos, provocaron la emulación de ciertas personas religiosas que pensaron que sería rendir un servicio a Dios, si atraían a su Compañía aquellos ejercicios y se los quitaban a los Sacerdotes de la Misión. Veamos lo que el mismo superior le escribió al Sr. Vicente el mes de mayo de 1660:

«Creo que tengo que informarle a propósito de cierta oposición que desde hace poco tiempo se ha levantado contra la continuación de los Ejercicios de Ordenación. En primer lugar, hace algún tiempo que el Sr. Cardenal Vicario me hizo el honor de decirme que otra comunidad había pedido dar esos Ejercicios y que se les enviaran los Ordenandos a ellos y no a nosotros. Su Eminencia se los llegó a negar en absoluto. Ya me había advertido anteriormente de esta solicitud otra persona, que me declaró también cuál era esa comunidad. En segundo lugar, me han comunicado además que en el último examen que se le hizo para los sagrados Ordenes el reverendo Padre… dijo que, puesto que se presentaban muchas personas distinguidas para recibir los Ordenes en Roma, no se les podía seguir obligando a ir a los Ejercicios de la Misión y que hablarían de ello al Papa. Pues bien, he sabido que le han hablado y que han hecho todo lo posible para convencerle de que no obligue a los Ordenandos a venir aquí, y que Su Santidad, que estaba muy bien informado de lo que se hacía en los Ejercicios de Ordenandos, no quiso tener en consideración todas esas indicaciones, y se mantuvo firme en su primera resolución. He ahí, señor, cómo tenemos la gracia de depender visiblemente de la protección de nuestro Señor y de su santa Madre».

Más adelante se han hecho nuevos esfuerzos para abolir estos Ejercicios. Se han quejado al Papa y a los cardenales de que se hicieran en la casa de los Sacerdotes de la Misión y no en otra parte; y que parecía que los que los apoyaban sólo apreciaban los Ejercicios que se hacían donde ellos, con desprecio de los demás. Pero todo eso no ha producido ninguna impresión en el espíritu del Papa, y no ha impedido que se haya hecho aún más inflexible en hacer observar el contenido de su primer Breve. Y ha hecho publicar un segundo Breve el año 1662, en el cual por iniciativa propia aprueba y confirma todo lo que se ha hecho en esta materia, y obliga no solamente a todos los que van a recibir los Ordenes de la ciudad de Roma, sea cual fuere su nación y su diócesis, sino también a los de los seis obispados sufragáneos, que quieran ordenarse en la diócesis de ellos, a asistir a esos Ejercicios antes de ser promovidos a los santos Ordenes. En eso mismo manifiesta tanto celo en procurar por ese medio la perfección de los eclesiásticos, en cuanto que se reserva para sí el poder de dispensar de ellos. Y se mantiene tan firme en lo de no exceptuar a nadie, que hasta llega a obligar a los que concede dispensa de recibir los Ordenes extra tempora, a hacer antes un retiro espiritual en casa de los sacerdotes de la Misión.

Se pueden razonablemente atribuir todos esos favores y esas gracias a la gran confianza que el Sr. Vicente ha manifestado tener siempre en la protección de Dios, y a esa pureza de intención tan singular, que animaba a todos sus proyectos buenos. De ahí provenía que no se molestaba mucho por las tormentas que surgían contra él, pues reconocía que, como aquella actividad les había sido dada por Dios, El era suficientemente poderoso y suficientemente bueno como para mantenerlos en ella mientras fueran fieles a sus Reglas. Esto no le impedía pensar que si la Compañía descuidaba los dones de Dios, era justo que fuera despojada de los mismos.

Pero ni con mucho todas aquellas emulaciones y tentativas causaron alguna disminución o algún deterioro a los frutos de los Ejercicios de la Ordenación; al contrario, parece que aquello atrajo nuevas bendiciones para extenderlos todavía más, porque ya es sabido, un solo Ordenando del Reino de Nápoles que había asistido a los Ejercicios y que había vuelto a su tierra, logró persuadir a su arzobispo a que hiciera pasar por los mismos Ejercicios a todos los de su diócesis que desearan recibir los Ordenes sagrados.

El Sr. Cardenal Barbarigo, habiendo oído hablar sobre los grandes frutos de los Ejercicios de Ordenación, llamó a los Sacerdotes de la Misión de Roma a la ciudad de Bérgamo (165), situada en el estado de Venecia, de donde era entonces obispo, en donde él empezó a tener los Ejercicios de Ordenandos dirigidos por aquellos, con la intención de procurar su continuación por haber reconocido su importancia y su utilidad. Y habiendo vuelto de Bérgamo a Roma el año pasado de 1663, ha tenido la devoción de dar él mismo alguna de las charlas de los Ordenandos, a las que asistieron varios cardenales. Y logró un resultado con tanta bendición que no sólo los Ordenandos quedaron sensiblemente conmovidos, sino que también los cardenales presentes quedaron muy edificados. Y algunos de ellos, siguiendo su ejemplo, han actuado también en las Ordenaciones siguientes, a saber: el Sr. Cardenal Albici, después, el Sr. Cardenal de Santa Cruz, uno y otro con el aplauso de un buen número de cardenales, de obispos, de prelados, de generales de Ordenes religiosas y de otras personas de categoría que se encontraban allí.

El mismo superior también ha hecho notar en varias cartas escritas a partir de ese año que, por la gracia de Dios, se veían buenos efectos de aquellos Ejercicios en la perfección del clero; y que incluso sus frutos se extendían fuera de Roma; porque entre los Ordenandos hay, además de los de Italia muchos otros de varias nacionalidades.

He ahí unos pequeños ejemplos de las consecuencias muy felices de esta obra empezada y establecida en la Iglesia gracias al celo universal del Sr. Vicente, y por la bendición singular que Dios le ha concedido para su mayor gloria.

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